domingo, 15 de febrero de 2015

LA MUERTE DE LUIS XV

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El colapso físico de Louis XV a finales de abril de 1774 tomo a la corte por sorpresa y por un tiempo se hicieron esfuerzos frenéticos para fingir que él era capaz de recuperarse. El barón de Besenval analizo el fenómeno: “cuando la enfermedad llega a los príncipes, la adulación les sigue a la tumba y nadie se atreve a admitir que ellos están enfermos”. Sin embargo, a los sesenta y cuatro, el rey francés había sobrevivido a su padre y su abuelo. Él también había experimentado la extraordinaria popularidad que disfruto en su juventud. Como el conde de Segur describió en sus memorias: “en su juventud, fue objeto de un entusiasmo que era demasiado y poco merecido, y en su vejez, reproches severos era igualmente exagerados”. Cuando una gran estatua de Luis XV se erigió en la plaza, al oeste de los jardines de las Tullerias que lleva su nombre, mostró al rey magníficamente en alto en su corcel con las diversas virtudes agrupadas. Corrió de inmediato una sátira: monumento grotesco! Pedestal infame! Virtudes a pie, lascivo con poder.


El 27 de abril de 1774, el rey Luis XV, encontrándose de caza, es asaltado de súbito desfallecimiento; con intenso dolor de cabeza regresa a Trianón, su palacio favorito. Por la noche, los médicos comprueban que tiene fiebre y lleva a madame Du Barry a su cabecera. A la mañana siguiente, intranquilos, ordenan ya el traslado a Versalles. Hasta la inexorable muerte tiene que someterse a las leyes, aún más inexorables, de la etiqueta: a un rey de Francia no le es lícito estar gravemente enfermo, o morirse, más que en su lecho regio y solemne. Allí rodean inmediatamente el lecho del enfermo seis médicos, cinco cirujanos, tres boticarios, catorce personas en total; seis veces por hora, cada uno de ellos toma el pulso al enfermo.

Pero sólo la casualidad establece el diagnóstico; por la noche, al alzar un servidor un cirio, uno de los presentes descubre en el rostro del enfermo las mal afamadas manchas rojas, y al instante Lo sabe toda la corte, Lo sabe todo el palacio, desde el umbral a los caballetes del tejado: ¡las viruelas! Un viento de terror sopla a través de la gigantesca residencia; miedo del contagio, y, en efecto, algunas personas son atacadas del mal en el curso de los días siguientes, y quizá más miedo en los cortesanos, por su situación en caso de que el rey fallezca. Las hijas muestran el valor de las gentes verdaderamente piadosas; durante todo el día no se apartan del rey; por la noche es madame Du Barry la que se sacrifica al pie del lecho del enfermo. A los herederos del trono, por el contrario, al delfín y a la delfina, las leyes de la casa les prohíben que penetren en la habitación del enfermo, a causa del peligro del contagio; desde hace tres días su vida se ha hecho mucho más preciosa. Y ahora se produce en la corte una profunda división: a la cabecera del lecho de Luis XV vela y tiembla la antigua generación, los poderosos del ayer, las tías y la Du Barry; saben perfectamente que su magnificencia termina con el último aliento de aquellos febriles labios.

En otra estancia se reúne la generación que adviene al poder, el futuro rey Luis XVI, la futura reina María Antonieta y el conde de Provenza, el cual, mientras que su hermano Luis no pueda decidirse a engendrar hijos, se considera también secretamente como futuro heredero del trono. Entre ambas cámaras se alza el destino. A nadie le es permitido entrar en la habitación del enfermo, donde se pone el viejo sol de la soberanía; a nadie, tampoco, en la otra estancia, por donde sale el nuevo sol del poder: entre ellas, en el Oeil-de boeuf , en la antecámara, espera, vacilante y angustiada, la masa de cortesanos, incierta de adónde debe dirigir sus deseos, hacia el rey moribundo o hacia el que viene, hacia el sol que se pone o hacia el que nace. 


Mientras tanto, la enfermedad, con mortal violencia, trabaja el debilitado, desfallecido y agotado cuerpo del rey. Espantosamente hinchado, cubierto de pústulas, aquel cuerpo viviente cae en una horrible descomposición, mientras el enfermo no pierde un solo instante la conciencia. Las hijas y madame Du Barry necesitan de abundante valor para resistir, pues a pesar de las ventanas abiertas, una hediondez pestilente llena la cámara regia. Pronto se apartan los médicos, dando por perdido el cuerpo; ahora comienza la otra batalla, la lucha por el alma pecadora. Pero -¡espanto!- los sacerdotes se niegan; aproximarse al lecho del enfermo, a proporcionarle confesión y comunión; primero, el rey moribundo que tanto tiempo ha vivido impíamente y sólo para sus placeres debe probar eficazmente su arrepentimiento. Primero tiene que ser alejada la piedra del escándalo, la concubina, que vela desesperada al pie de un lecho que tanto tiempo compartió anticristianamente. Con dificultad se decide el rey, justamente entonces, en aquella hora espantosa de la última soledad, a echar de su lado a la única criatura humana con la cual se siente unido íntimamente. Pero cada vez de un modo más sañudo le aprieta el gaznate el miedo a los fuegos del inferno.

Por desgracia, desde el punto de vista del rey, la decisión no podía ser revertida, arrepentirse totalmente de una relación particular y luego alegremente renovarlo con el regreso de la salud estaba en contra de las reglas de etiqueta espiritual, que, sin embargo laxa y casuística, aun existían. Treinta años antes, el rey había caído gravemente enfermo y después de un periodo de conjeturas agitado, su entonces amante, la duquesa de Chateauroux se despidió, el rey debidamente recibió la absolución, pero no murió. Lamentablemente esto significaba que la duquesa no podía regresar, su reinado había terminado. Otra amante siguió: la marquesa de Pompadour.

No fue hasta el 3 de mayo que el rey mirando las pústulas de su cuerpo le dijeron en voz alta las temidas palabras que nadie más se había atrevido a pronunciarle: “es la viruela”. Hasta ahora había sido impulsado por la creencia de que ya había sufrido de viruela cuando era joven y estaba, por tanto, inmune. El diagnostico significaba que su confesión se convirtió en una cuestión de urgencia. Sus devotas hijas determinaron que su bienestar espiritual ahora debía prevaleces y que la favorita debía ser desterrada.


En la tarde del cuatro de mayo, el rey finalmente ordeno a la Du Barry salir para el palacete de Rueil. Sus palabras fueron: “madame, yo estoy enfermo, y se lo que tengo que hacer… tenga la seguridad de que siempre tendré los sentimientos más tiernos hacia usted”. Pero tal vez no lo hizo incluso entonces enuncia a toda esperanza, porque unas horas más tarde mando llamar a su amante de nuevo, solo para enterarse de que ella ya se había marchado. Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del rey. Fue entonces cuando por fin se enfrentó a la verdad de su propia mortalidad.

Sólo ahora, después de este patente acto de arrepentimiento, es posible la penitencia y la comunión. Sólo ahora penetra en el dormitorio regio el hombre que durante treinta y ocho años ha sido quien tuvo menos quehacer en toda la corte: el confesor de Su Majestad. A su espalda se cierra la puerta y, con gran desolación, no pueden los curiosos cortesanos de la antecámara oír la lista de pecados del Parque de los Ciervos (¡habría sido tan interesante!). Pero con el reloj en la mano miden cuidadosamente desde afuera el curso de los minutos, para, por lo menos, con su maligna complacencia en el escándalo, saber cuánto tiempo necesita un Luis XV para confesar la totalidad de sus culpas y descarríos. Por fin, al cabo de dieciséis minutos, con toda exactitud contados, se abre de nuevo la puerta y sale el confesor. Pero varias señales indican ya entonces que a Luis XV no le ha sido dada todavía la definitiva absolución, que la Iglesia exige una humillación aún más profunda que esa secreta confesión por parte de un monarca que durante treinta y ocho años no ha aliviado ni una sola vez con los sacramentos su pecaminoso corazón y que, ante los ojos de sus hijos, ha vivido en la vergüenza de los placeres carnales.

Precisamente porque ha sido el más grande de este mundo y ha creído despreocupadamente hallarse por encima de las leyes eclesiásticas, exige de él la Iglesia que se incline de modo más hondo delante del Todopoderoso. Públicamente, ante todos y a todos, es preciso que el rey pecador dé cuenta de su arrepentimiento por el indigno curso de su vida. Sólo entonces debe serle administrada la comunión.
Magnífica escena a la mañana siguiente: el autócrata más poderoso de la cristiandad tiene que hacer cristiana penitencia ante la muchedumbre reunida de sus propios súbditos. 

A lo largo de toda la escalera de palacio se alzan guardias armados; los suizos tienden sus filas desde la capilla hasta la cámara mortuoria; los tambores redoblan sordamente cuando el alto clero, en solemne procesión, se acerca, llevando la custodia bajo palio. Cada cual con un cirio encendido en la mano, detrás del arzobispo y de su séquito, avanzan el delfín y sus dos hermanos, los príncipes y las princesas, para acompañar hasta la puerta al Santísimo. Se detienen en el umbral y caen de rodillas. Sólo las hijas del Rey y los príncipes no capaces de heredar penetran con el alto clero en la cámara del moribundo. 


En medio de un silencio no interrumpido ni por el respirar de los asistente, se oye al cardenal, que pronuncia una plática en voz baja; se le ve, a través de la puerta abierta, cómo administra la sagrada comunión. Después -momento lleno de emoción y de piadosa sorpresa- se acerca al umbral de la antecámara y, elevando la voz, le dice a toda la corte reunida: «Señores, me encarga el rey que les diga que pide perdón a Dios por todas las ofensas que contra Él ha cometido y por el mal ejemplo que ha dado a sus súbditos. Si Dios volviera a darle salud, promete hacer penitencia, proteger la fe y aliviar la suerte del pueblo». Brotando del lecho, se oye un leve quejido. En forma sólo perceptible para los más próximos, murmura el moribundo: «Querría haber tenido fuerzas para decirlo yo mismo». 

Lo que viene después no es más que espanto. No es un hombre que se muere: es un cadáver, hinchado y ennegrecido, que se descompone. Pero, como si todas las fuerzas de sus antepasados borbónicos se hubiesen reunido en él, el cuerpo de Luis XV se defiende, con gigantesco esfuerzo, contra el inevitable aniquilamiento. Terribles son estos días para todos. Los sirvientes caen desvanecidos ante el tremendo hedor; las hijas emplean en velar sus últimas fuerzas; hace tiempo que, sin esperanza alguna, se han retirado los médicos; cada vez más impaciente, toda la corte espera la pronta terminación de la espantosa tragedia. Abajo, enganchadas desde hace días, están dispuestas las carrozas, pues, para evitar el contagio, el nuevo Luis, sin perder tiempo, debe trasladarse a Choisy con todo su séquito tan pronto como el viejo rey haya exhalado su último aliento. Los de caballerías tienen ya ensillados sus caballos; los equipajes están hechos; horas y horas esperan abajo los lacayos y cocheros; todos miran atentamente el pequeño cirio encendido que ha sido colocado en la ventana del moribundo y que -signo perceptible para todos- debe ser apagado en el consabido momento. Pero el poderoso cuerpo del viejo Borbón se defiende aún un día entero. Por fin, el martes 10 de mayo, a las tres y media de la tarde, se extingue el cirio. Al instante, los murmullos se convierten en fuertes rumores. De cámara en cámara, como olas por las rompientes, corre la noticia; los rumores son ya gritos bajo el viento creciente: «¡El rey ha muerto, viva el rey!». 


María Antonieta espera con su esposo en una pequeña estancia. De repente oyen aquel misterioso rumor; cada vez más alto, más y más cercano, muge de sala en sala un incomprensible oleaje de palabras. Ahora, como si un tormento la desquiciara violentamente, se abre la puerta cuan ancha es; madame de Noailles penetra en la cámara, se postra de hinojos y saluda la primera a la reina. Detrás de ella se precipitan los otros, cada vez más, la corte entera, pues cada cual quiere entrar rápidamente para presentar su homenaje; cada cual quiere mostrarse, hacerse visible entre los primeros felicitantes.  Redoblan los tambores, los oficiales alzan las espadas y en centenares de labios retumba el grito: «¡El rey ha muerto, viva el rey!». 

María Antonieta sale como reina de la habitación donde entró como delfina. Y mientras en la abandonada cámara real, con un suspiro de alivio, colocan rápidamente en el féretro, largo tiempo ha preparado, el irreconocible cadáver de Luis XV, azulado y negruzco, para enterrarlo con la mayor ostentación posible, una carroza conduce a un nuevo rey y a una nueva reina fuera de la dorada verja de la puerta del parque de Versalles. Y en las calles el pueblo los aclama, lleno de júbilo, como si con el viejo rey hubiera terminado la vieja miseria y comenzara con los nuevos soberanos un mundo nuevo.

Cortejo fúnebre del rey Luis XV (1774)
Nadie, sin embargo, se quedo en versalles. El peligro del contagio era extremo piara todos, pero especialmente para Luis augusto que nunca había tenido la viruela, ni siquiera había sido vacunado. A las cuatro de la tarde la comitiva real se organizo para partir hacia el palacio de Choisy, a cinco millas de parís, a orillas del Sena, famoso por su frescura y sus jardines de flores. Un carruaje tomo las tías, a raíz de sus periodos heroicos de enfermería, y las princesas más jóvenes, Clothilde y Elisabeth, con su institutriz, la condesa de Marsan, otro transporto a los jóvenes condes de Artois y Provenza con sus respectivas esposas y finalmente el carroza que llevo al nuevo rey y reina, pues una nueva vida comenzaba.

Marie Antoinette por Sofía Coppola 2006

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domingo, 8 de febrero de 2015

LA MALVADA REINA: CHANTAL THOMAS

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Les Libelles sur Marie Antoinette
Marie Antoinette retratada como bruja
El odio hacia ella fue creciendo, al mismo tiempo que su vanidad, la reina baratija de plumas de cerebro, engalanada como sus jardines, se convirtió en la perversa María Antonieta, la reina disoluta de la matriz madre. Sus excesos se reducen a lo infrahumano (era peor que un animal) y la catapulto mucha más allá de la humanidad (que era una bruja, un azote, un vampiro, la reina malvada de los cuentos de hadas). Sus vicios no solo amenazaba la salud de los ciudadanos de Francia y el estado financiero de la nación, sino también en equilibrio del mundo: - a lomos de un monarca humano/ veo a la madre de vice/ sumergida en los placeres de miedo dos veces/ una reina puta, una corte principesca/ un patán como príncipe, una reina prostituta – (la mujer de Austria en el alboroto, 1789).

Frívola, extravagante, libertina, orgiasta, lesbiana, incestuosa, sedienta de sangre, un envenenador, infanticida, María Antonieta puso la mano en todos estos crímenes, a través de su maldad causo la revolución. ella arruino el país, llevo al pueblo a la desesperación, lo llevo a la rebelión: “todo se debe revelar, era de su lujuria que nuestras arcas se vaciaron para sus placeres, ella era la corrupción personificada, infinitamente decadente” (el secreto de la conducta de María Antonieta de Austria, reina de Francia, 1790).

Como si no hubiera sido suficiente esparcir en el pueblo la imagen de una reina extravagante, corrompida la transformación de la corte de Francia en un burdel y al rey en un cornudo todopoderoso… un golpe más de la depravación tenía que añadir: a María Antonieta le gustaban las mujeres. Se agoto de los hombres sin amarlos. En realidad, ella estaba interesada en su propio sexo. La imagen se pone peor: lo que fue un estremecimiento de incorrección se convirtió en un asco, nauseas, una imagen repulsiva de una reina de Francia. María Antonieta antes bienvenida, ahora era vilipendiada lo largo y ancho del país.

Les Libelles sur Marie Antoinette

Lo pero era la cuestión de su relación “sáfica” con los dioses –vosotros que se deleitan experimentando una noche encantadora- las acusaciones sonaron tan felizmente con la noción popular de la reina como viciosamente pervertida e inmoral. El “asunto” con Artois era una cosa, los episodios sexuales con la Lamballe y la Polignac resonaron alegremente con tanto detalle que era poco natural darlo por falso. Además de atacar también su familia austriaca, especialmente su hermano José: “fue el más ambicioso de los soberanos, el hombre más inmoral, hermano de Leopoldo, en definitiva, quien gozo de las primicias de la reina de Francia. Acumulo en él, por decirlo así, la pasión del incesto, los gozos más sucios, el odio a Francia, la aversión a los deberes de esposa y madre, en una palabra, todo lo que rebaja a la humanidad al nivel de las bestias feroces” (la vida privada, libertina y escandalosa de María Antonieta de Austria, 1793).

Otro aspecto de estas denigraciones fue la comparación de la reina: “el monstruo escapo de Alemania”, para otras notoriamente era igual a malas mujeres y lascivas de la historia: era pero que cleopatra, mas orgullosa que Agripina, mas lubrica que mesalina, mas cruel que Catalina de Medicís… este fue el canto misógino vicioso que continuaría con la  muerte de María Antonieta y mas allá de ella.

Nos vamos a Louise Robert, una mujer que tuvo la tarea de acusar a la reina: “pero puede ser que Antonieta, superando todo su gusto, infecto a la corte de Francia con un tipo de libertinaje que nunca antes regia allí, mi pluma…. Me falla, Antonieta! ¿Quién de ahora en adelante en el mundo entero podría ser tan impuro como para oír su nombre sin estremecerse de horror?

-Extractos del libro "la malvada reina: orígenes del mito sobre Maria Antonieta" de Chantal Thomas.

domingo, 1 de febrero de 2015

MARIE ANTOINETTE Y SU PASIÓN POR EL ARPA

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“a pesar de los placeres del carnaval soy siempre fiel a mi arpa, y encontró que estoy haciendo progresos”.
María Antonieta (13 enero 1773)


Para el siglo 18 la elite francesa, la música no solo era un placer social, sino también una actividad que equipara una vida de privilegios, refinamiento y riqueza. El interés por la música era “fundamental en el concepto y la práctica de la vida artística del siglo 18”, una parte esencial de los placeres cotidianos de los ricos, la música evoca un estilo de vida de la clase alta que animo las interacciones sociales, esto se ve especialmente en el instrumento musical de la arpa, la cual, debido a su tamaño y sonido delicado, enfatizo tales nociones.

Las funciones principales de la música para los ricos eran para el entretenimiento, el disfrute y la apreciación. Solo la clase alta podía darse el lujo de estudiar música en sí misma, y por lo que fueron por lo general los compradores y empleadores de músicos. Para la clase alta, la presencia del arpa creo situaciones sociales de intercambio o música de lección dio lugar a espacios muy íntimos de placer.


La música en Francia en la ilustración es una historia de mujeres. Entre los que cuentan en la renovación de las artes, el primer lugar pertenece claramente a María Antonieta.

En la música, la estética “Louis XVI” se define principalmente por un amplio espectro estilístico de gran opera trágica “neoclásica” como Gluck y ópera cómica de Gretry y Monsigny; todos protegidos por la reina. Es imposible comparar a María Antonieta con Luis XIV, pues las artes eran objeto de propaganda y poder, una extensión natural de la energía. María Antonieta no veía tan lejos, lo demuestra loas representaciones en la que se produjo en su pequeño teatro privado en Trianon. Sin embargo, su ecléctico gusto y buen juicio casi hizo la técnica de todas las estrategias, sin saberlo revoluciono las artes en Francia.

salón de música de la reina en el trianon
Para María Antonieta, el arpa era la manera perfecta para entretenerse y tal vez mostrase a sus invitados. También permitió una expectativa más íntima de la reina de Francia, a pesar de no utilizar su ajuar completo, María Antonieta llevo un sencillo vestido en la mañana mientras ella elegantemente tomaba lecciones, a pesar de su conjunto casual, ella fue todavía una gran reina.

“la reina ha utilizado un par de horas todos los días a la música –según el informe del embajador Mercy-  sobre todo a tocar el arpa, un instrumento para el cual muestra progreso… tiene casi todas las tardes un concierto que sirvió para mostrar lo aprendido en las lecciones de la mañana. Los progresos realizados por la reina en la música aumentan el saber por este tipo de entretenimiento”.

El arpa era no solo un instrumento musical, sino también un apoyo social, que, si se usa correctamente, podría resaltar el cuerpo a su ventaja. Una manera de controlar los actos de ocio de la sociedad privilegiada. El arpa tenía la capacidad de representar interacciones humanas, el arpa es el foco central de la escena, ya que sus resultados dan intimidad, sensualidad y romance. El arpa demuestra ser un poderoso instrumento de seducción y un estimulante sexual para los jugadores de arpa y espectadores.


Jean-Henry Naderman, un maestro Luthier, hizo una hermosa arpa para María Antonieta y se la dio en versalles para su cumpleaños número 19 en 1774. El instrumento fue pintado a mano, represento a Minerva, la patrona de los artistas. La reina a menudo toco canciones de cuna en esta arpa para calmar a sus hijos, especialmente al pequeño Luis Carlos.

Para los ricos, la musicalidad, eran aspectos positivos asociados con un alto estatus y gusto. La aptitud musical fue visto como un “signo de feminidad refinada, lo que eleva las perspectivas de matrimonios de una mujer joven”. La reina alentó al tribunal para seguir su afición por el instrumento lo que se convirtió en la nueva moda francesa. Las facturas de arpas en época de Luís XVI alcanzo sin precedentes de refinamientos, hermosos terminados, suntuosamente decoradas, farolas, adornos como ramos de flores, querubines, guirnaldas y escenas pintadas.

En 1774 Jean Baptiste Gautier pinto a María Antonieta en su dormitorio en versalles precisamente con su pasatiempo favorito: el arpa. Era una composición encantadora. Llevaba un vestido de gasa gris claro bajo un envoltorio con un toque de la cinta color melocotón en el pecho, una lectora tendió un libro, un cantante toco la música, una doncella extendió una cesta de plumas para poner en el pelo y en la esquina un artista contemplo su paleta. Aquí la reina afirma su feminidad a través del simbolismo del arpa, que se posiciona a si misma para acentuar su figura y manos delicadas.

domingo, 11 de enero de 2015

MARIE ANTOINETTE: EL MITO DE LA "CAJA DE PANDORA"

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En la mitología griega, pandora fue una mujer enviada a los hombres para castigar su orgullo, ya sea por error o por el deseo consciente de hacer el mal. Todo empieza cuando Zeus crea a la última especie de raza humana, los "hombres de hierro". Se especifica que Zeus solo crea hombres. Tras un engaño por parte del titán Prometeo, Zeus decide castigar a la humanidad quitándoles el fuego. Pero Prometeo, ayudando a los humanos, roba el fuego que Zeus había quitado. Entonces Zeus, enfurecido, decide castigar al hombre nuevamente, esta vez enviándole una mujer. Cabe destacar que en la mitología griega, la mujer era vista como un "mal hermoso". La belleza de las mujeres era vista como algo que podía ser admirable y seductor, pero esa misma sensualidad femenina podía también debilitar al hombre. 

Zeus le entrega al hombre la primera mujer sobre la tierra, Pandora. Con ella había sido enviada una caja, pero se le había dicho que no debía de abrirla bajo ninguna circunstancia. Ignorando esto, Pandora abre la caja, la cual contenía en su interior todos los males que hoy conocemos. Dolor, ira, enfermedad, sufrimiento, tristeza, plagas, muerte son esparcidas por todo el mundo. 


La caricatura, aunque difícil hasta la fecha, se refiere a la boda de Luis XVI.Una figura vestida de rojo (probablemente el ministro austriaco Kaunitz o el embajador Mercy) presentan al delfín Luis, rodeado de cuatro mujeres (las hijas de luis XV), una caja de la que una joven identificada por las palabras “Antoinette” sobresale del estuche. La tapa de la caja está decorada con el águila austriaca y lleva las palabras “de todos los males, es el peor”.

De la boca de las mujeres salen diálogos como: “esta es la única joya de Alemania que se puede ganar dinero”, “es mejor derretirla”, “esparce un olor no precisamente a rosas”, “cuidado con este personaje, es un regalo que nos hace la corte de Viena” 

domingo, 4 de enero de 2015

LOS ÚLTIMOS MOMENTOS DE LUIS XVI CON SU FAMILIA

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Extracto de Marie Theresa: el destino de la hija de Marie Antoniette de Charles Benazech.

"El domingo, 20 de enero, un voceador caminaba por la prisión del temple, anunciando a la familia real que al rey Luís XVI se le había dado la sentencia de muerte. Así es como la reina y sus hijos se enteraron que el rey iba a morir. El abad Clery fue con la familia real cuando el rey vino a ellos, y desde las siete hasta las diez de la noche, vio la despedida angustiosa. María Antonieta y Luís Carlos se aferraron al rey, pero Marie Theresa se puso histérica. En sus memorias, el abad recordó generalmente que Marie Theresa gimió incontrolablemente por lo que ella cayó al suelo en un estado de inconsciencia".

Pasemos al relato de Marie Theresa: "A las siete de la tarde, un decreto de la Convención llegó, lo que nos permite ir a mi padre; nos apresuramos allí y nos pareció que él había cambiado mucho. Lloró por dolor por nosotros, y no del miedo a la muerte; relató su juicio a mi madre, excusando a  los miserables que le causaron la muerte; él le dijo que se propuso hacer un llamamiento a las asambleas primarias, pero se opuso a ella, porque esa medida podría traer problemas en el Estado. Luego le dio la instrucción religiosa a mi hermano, le dijo que por encima de todo debía perdonar a los que le estaban poniendo a la muerte, y le dio su bendición; también a mí. Mi madre deseaba ardientemente que debamos pasar la noche con él; él se negó, haciéndola sentir que no tenía necesidad de tranquilidad. Ella le rogó al menos dejar que nos acercamos a la mañana siguiente; concedió que a ella; pero tan pronto como nos habían desaparecido, dijo a la guardia para no dejar que nos encontramos de nuevo, porque nuestra presencia le dolía demasiado".

Más tarde, la retratista de la reina, madame Vigee Le-Brun, pidió a Clery contarle lo sucedido para pintar la familia por última vez, pero cuando ella escucho los detalles estaba demasiado alterada para pintar la escena. Otro artista, Jean-Baptiste Mallet, sin embargo, trato de capturar la escena en una acuarela basada en los recuerdos de un guardia de servicio. Otros artistas lo siguieron con sus propias interpretaciones.

Antes de darles las buenas noches, el rey les dijo que iba a verlos en la mañana. La reina, que ni siquiera tenía fuerza para desvestirse, yacía en su cama, llorando y temblando de dolor toda la noche. Marie Theresa yacía en el suelo junto a ella… el rey se le permitió tener un sacerdote con él durante sus últimas horas y pidió al abate Edgeworth, quien también lo acompaño al patíbulo. El rey no podía soportar el sufrimiento de su familia, él no cumplió su palabra a su esposa e hijos. El 21 de enero, Luís XVI fue guillotinado sin un adiós final.

“Les Adieux de Louis XVI à sa famille”
(la veille de son exécution; adieux de Louis XVI à sa famille au Temple, le 20 janvier 1793).
Dessin d’époque, de Jean-Baptiste Mallet.

domingo, 21 de diciembre de 2014

LA EPIDEMIA DE SARAMPIÓN (1776)

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Charles Philippe, Comte de Artois.
En la primavera de 1776, el sarampión se esparció por todo Versalles. La corte renuncio al viaje a Compiegne. La epidemia afecto pronto al el conde Artois y al conde de Provenza, lo que contribuyo en gran medida a la relativa calma de la corte en Marly por temor al contagio. El conde de Artois tuvo, al tercer día de esta enfermedad, una recurrencia muy aguda que, sin embargo, le privó en varias ocasiones horas de sueño durante la noche. El sarpullido en la espalda que al principio no era muy visible, en pocos días se manifiesto. La fiebre fue moderada; así como tos.

María Antonieta recogió al pequeño duque de Angulema y lo instalo en su casa en Trianon. “este acto de bondad –escribió la emperatriz- el cuidado que mi hija ha demostrado para su sobrino, el duque de Angulema, en el Petit Trianon…. Estoy segura de que en ocasiones esta naturaleza, nunca dejara los impulsos de su buen corazón”.

"Esta repentina migración de la corte a: Marly, a las diez y media de la tarde, debe dejar claro que la peste ha estallado de repente, y que hay al menos algunos enfermos en agonía. Sin embargo, no hay nada al respecto. El sarampión del señor conde de Artois, bien declarado y bien difundido por todo el cuerpo, ya estaba fuera de ninguna sospecha de peligro o contagio. Pero la oportunidad de moverse era demasiado buena para no aprovecharla" - relato en una carta El abad Maudoux, confesor de Luis XV.

La reina paso días tranquilos en los jardines de Marly rodeada de unos pocos amigos íntimos. Madame de Polignac, el barón de Besenval, el duque de Coigny y el duque de Guines estuvieron entre los elegidos. María Antonieta esperaba la presencia de su intima amiga la princesa de Lamballe pero también sufrió de sarampión mientras se encontraba en Plombiéres. La reina se vio afectada por la noticia y profundamente preocupada por la salud de la princesa.

“Mi queridísima madre –escribe el 14 de julio 1776- el conde Artois fue el más aterrador caso de sarampión en primer lugar, tenía una tos tan violenta y continuo escupiendo sangre, pero se recupero por completo. El sarampión del conde de Provenza estaba más débil y no tiene ningún preocupante síntoma, a pesar de todo, no estaba tan bien restaurado como el conde Artois… de momento nos mantenemos en Marly, no solo durante el sarampión de mis hermanos y su recuperación, pero también hasta estar totalmente libre Versalles, donde había habido muchos contagiados por esta epidemia. La medicina y el régimen del rey, se ha conservado y su salud es muy buena”.

María Antonieta está preocupada por la salud de su amiga como la de su hermano. En honor a ellos, sin embargo, ella organizo una fiesta encantadora en la finca del Trianon para celebrar su recuperación. La familia real tuvo una esplendida cena en el pequeño castillo. El jardín estaba iluminado y la noche termino con un pequeño espectáculo en el que los versos se cantaban en la recuperación exitosa de la princesa de Lamballe.


lunes, 17 de noviembre de 2014

LA ARCHIDUQUESA LOUISE VON ÖSTERREICH-TOSCANE COMO MARIE ANTOINETTE

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“Me parece que, en ciertas crisis en nuestras vidas, estamos incautos por las fuerzas anormales, dormida en nosotros los poderes que causan trastornos neuróticos transitorios, bajo cuya influencia somos acciones espontaneas, tienen consecuencias para toda la vida”


Luisa nació el 2 de septiembre de 1870 en Salzburgo, hija del último gran duque de Toscana, Fernando IV y la princesa Alix de Borbón-Parma. Su nombre completo con titulo fue Luisa Antonieta María Theresa Josepha Leopoldine Caroline Ferdinande Alice Ernestine, Princesa imperial y archiduquesa de Austria, princesa real de Hungría y de bohemia, princesa de toscana.

“El día que se despidieron nuestras enfermeras, también se despidieron las cosas de niños, fuimos entregados a los tutores e institutrices para ser moldeados en los patrones de conducta mas aprobados. Se suponía que no podíamos cuestionar nada, sino se limita a convertirnos en autómatas inteligentes…
Siempre era la misma; nosotros no fuimos educados para nosotros mismos, sino que se limita a vivir a los ojos del mundo, nuestras jóvenes vidas se sacrificaron a la posición y no debía poseer cualquier individualidad o mostrar ninguna emoción”.


Ya para los 17 años de edad, la princesa se mantuvo en el mirador para concertar un matrimonio con Pedro de Saxe-Coburgo (hijo del emperador del Brasil), ya que el príncipe Fernando del Bulgaria no hallo gracia ante los ojos de la princesa mimada. En el verano de 1887 se reunió en Schloss Pillnitz con el príncipe Federico Augusto Von Sachsen, hijo del príncipe George, rey de Sajonia en 1902. El 21 de noviembre de 1891 la pareja se caso en Viena, pero Luisa no podía soportar con la estricta etiqueta de la corte y la mala relación con la familia de su marido.

Además siempre estuvo opuesta al ministro del interior del rey, Jorge Von Metzsch-Reichenbach, por lo que su vida se vio envuelta por intrigas palaciegas en la corte. Rumores circularon que ella tuvo un romance con un dentista llamado O´brian y el profesor de idiomas de sus hijos, André Girón. Cuando en un momento de desesperación ella envió un último telegrama, este fue interceptado por la policía secreta y resulto que ella realmente había comenzado un romance con el belga Girón. Este amante se describió como delgado de pelo negro con un pequeño bigote oscuro. Era un hombre lleno de vida, con buenos modales y un buen gusto para la ropa.

Cuando ella estaba embarazada de su séptimo hijo, se fue con sus dos criadas Sidone y María Beeger, ambas hijas del arquitecto de la corte real Eduard Beeger, el 9 de diciembre de 1902 de Dresden hacia el lago de Ginebra. En la corte de Sajonia cree que este viaje sirva para su recuperación, pero en realidad se reunió con su hermano Ferdinand Leopold Salvator. Este había sido separado de la casa imperial por tener una relación seria con una prostituta por lo que le fueron quitados todos sus títulos y dignidades. El motivo era preparar el escape de Luisa, tres días mas tarde, los hermanos fueron a Ginebra, mientras tanto, André Girón estaba en Bruselas. Pero un par de días después los hermanos fueron identificados.


La conservadora baronesa Spitzemberg escribió en su diario: “Todos estaban, como nosotros, llenos de los terribles escándalos de la corte sajona, que realmente no tienen paralelo en su disgusto. Dejar atrás a cinco hijos, un marido y un trono para escapar a la edad de 32 años con la esperanza del tutor de esos mismos niños: ¡es nada menos que horrible! Entonces, cuando las mujeres reales se olvidan de sí mismas y desprecian todo lo que de otro modo se consideraría decente, noble y cristiano, incluso en la adversidad, entonces se privan del derecho a existir"

Este fue el primer escándalo de la nobleza alemana en el siglo XX sobre todo porque la corte real de Sajonia era severamente católica. Luisa fue despojada de todos los títulos imperiales, además de que todos sus hijos fueron alejados de su lado para ser educados exclusivamente en la corte de Sajonia.

“Tiene, por tanto, de ahora en adelante, no utilizar el titulo de una princesa imperial y archiduquesa de Austria, siendo una princesa real de Hungría y de bohemia. Ya no poseerá el escudo de armas ancestral con emblemas de una archiduquesa, ya no merece el título de alteza imperial y real… todos los derechos futuros para honrar los mando a la basura” (el emperador Francisco José, en una carta el 20 de enero de 1903 en la suspensión de Luisa).

El 4 de mayo de 1903 nació Anna Monika Pía en Lindau, el director de la corte de Sajonia envió a un médico para inspeccionar a la princesa, el color brillante de los ojos y el pelo y su apariencia se estableció que el padre si era el príncipe heredero Federico Augusto. El rey George murió el 15 de octubre de 1904. Federico Augusto III ahora rey prometió a su padre no dejar volver a Luisa a la corte y divorciarse de ella. Pocas veces pudo ver a sus hijos, ya que los ministros de su marido se los prohibía, se le permitió verlos en una reunión privada en una embajada sajona.


Nota en pie de foto: “mi mismo vestido de lujo como Marie Antoinette”. De los Habsburgo tenía el legado de la independencia absoluta de pensamiento y acción, que siempre ha sido tan extraño en miembros de una casa imperial escondida por la etiqueta y la tradición. La mayoría de nosotros los Habsburgo tienen gustos artísticos, la mayoría de nosotros poseemos el deseo de vivir la vida sobre líneas grandes y nobles, pero también la torcedura mental que ha llevado a algunos al suicidio, el destierro y modestia. Creo que poseo la fuerza de voluntad de María Theresa y el coraje en problemas de Marie Antoniette. Al igual que ella, he experimentado la calumnia, despedidas amargas y soledad absoluta. Pero da como resultado formar un carácter verdadero".

La archiduquesa Luise von Österreich-Toskana como la reina marie antoinette. memorias "mi propia historia"

lunes, 3 de noviembre de 2014

LA TORRE DE MARLBOROUGH DE MARIE ANTOINETTE

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En 1783 el nacimiento del Delfín Luis José origino una gran festividad en toda Francia. Madame de Poitrine encargada de dar pecho al nuevo Delfín, hizo popular una de sus canciones de cuna, la famosa “mambrú se fue a la guerra”. La reina tarareo la melodía que pronto se hizo popular. María Antonieta conmemoro esta muestra de gratitud ordenando construir una torre llamada Marlborough. Pero ¿de dónde salió esta canción? ¿Quién era Marlborough? ¿Por qué se hizo tan popular?

La melodía surgió como una manera de los franceses burlarse de su enemigo, John Churchill, primer duque de Marlborough. A pesar de que la canción sugiere que el duque murió, en realidad este fue herido en la batalla de Malplaquet el 11 de septiembre de 1709.


La canción conocida desde 1781 por Beaumarchais quien la había incluido en su obra "las bodas de fígaro”. Tras la prohibición del rey, para alentar a la opinión pública, el autor la hizo circular por los salones de la aristocracia francesa. La enfermera del Delfín quien la había aprendido en su pueblo natal, un día la canto frente a la reina, está llena de curiosidad por aprenderla la acompaño junto al clavicordio, además de encantarle al pequeño niño.

“En una circunstancia extraña – dicen las memorias secretas- un don nadie del tribunal la hizo popular. La señora de pecho, la enfermera del Delfín, la había aprendido en su pueblo, y un día la tarareo, el rey y la reina vinieron sobre ella para oírla, se divirtieron, quería aprenderla, y los cortesanos no dejaron de imitar a sus amos, todos la repitieron en la Muette…”.

La moda era enorme y muchos objetos fueron decorados con ilustraciones de este tema. Había bandas, tocados, chalecos y sombreros al estilo Marlborough. Pronto se extendió a parís donde se cantaba la canción por todas partes como una expresión de alegría por tener un Delfín. Para conmemorar la exaltación nacional, María Antonieta ordeno la construcción de una pequeña torre en los jardines del Trianon para que más adelante el pequeño Delfín jugara en ella.


La torre de Marlborough, construido con un aspecto de un faro vagamente medieval, inicialmente llamada la “torre de pesca”. De los tres pisos de la torre, solo la base hexagonal es piedra Vergelé para garantizar su durabilidad. Cerca de su base se establece el falso granero, a través del cual se colocó originalmente un pasó rápidamente demolido, lo que lleva al lago. La torre se utiliza para el almacenamiento en sus bases, las herramientas y los barcos de pesca. Un estrecho pasillo se puede tomar de la lechería a la sala circular. La escalera es de roble macizo adornada con Alhelíes y Geranios en sus pasamanos. Durante su construcción en 1784, también se hizo una pesquería rectangular. Pero después de menos de un año de trabajo, fue demolido para dar paso a la industria láctea.


Para nosotros es muy conocida la canción aunque un poco reformada a través de los tiempos. Existen también versiones en otros idiomas. La inglesa, ha dado lugar a la canción del mismo nombre, conocida en España como Es un muchacho excelente y en Argentina, Chile, México, Paraguay, Colombia, Perú y Uruguay (entre otros países de Latinoamérica) como Porque es un buen compañero. Les doy un pequeño pedazo para que se acuerden:

Mambrú se fue a la guerra,
qué dolor, qué dolor, qué pena,
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá.
ah ah ah ah ah ah ah,
no sé cuándo vendrá
.

domingo, 5 de octubre de 2014

"LES AMOURS DE CHARLOT ET TOINETTE"

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Les Libelles sur Marie Antoinette

Una reina joven y fragante,
Augusto, cuyo marido era un hijo de puta muy pobre,
Fue, en ocasiones, una mujer muy conservadora,
La desviación de su dolor,
Mediante el aprovechamiento de la pequeña industria
En un espíritu cansado de esperar y un mal atornillado en contra.

En un dulce sueño
Su cuerpo compacto muy pequeño, desnudo,
A veces en la llanura suave de una pastora,
Con un dedo, el portero del amor
Busca la relajación de las restricciones de los días de noche;
Y quemaron incienso al dios de Citera:
A veces, morir de aburrimiento en medio de un hermoso día,
Se removió en la cama sola:
Sus pezones palpitantes, sus hermosos ojos y la boca,
Suavemente jadeando, medio abierta,
Parecía una hija de puta orgullosa de invitar al desafío.

En sus actitudes lascivas,
Antoinette le hubiera gustado
No permanecer en los preludios,
Y Luis tuvo la mejor maldita;
Pero, ¿qué puede uno decir?
Sabemos que el señor de los pobre,
Tres o cuatro veces condenado a la opción segura,
Para una completa impotencia
Que no satisface a antoinette.

Convencidos de esta desgracia,
Considerando la horma de su zapato
¿No es más grande que una paja?
Eso sigue siendo suave y torcido,
Ha vivido en el bolsillo,
En el lugar de mierda que ha hecho.

D’artois sensación de una día de gracia triunfante,
De esperma y deseo de renacimiento
Llego a los pies de la esperanza de la reina y tiembla;
A menudo pierde su voz que quiere hablar con él,
Presiona sus hermosas manos con una mano que acaricia,
A veces las hojas brillan con su linterna hacia adelante,
Muestra un poco de problemas, le da su vez,
Por último, por favor, antoinette fue el trabajo de una día:
Los príncipes y reyes pronto son de amor.

En una alcoba de oro artísticamente bello
La cual no era oscura y no muy iluminada,
Ternero en un sofá de terciopelo rayado,
La belleza de augusto de los encantos que recibe.

El príncipe tiende su polla a la diosa:
Delicioso momento de esperma y de ternura!
El corazón se ganó, el amor y la modestia
Pintar la belleza de un rojo precioso;
Pero la decencia se va, y solo el amor sigue siendo:
La reina se defiende débilmente, ella llora.

Los ojos soberbios… deslumbrados, encantados
Impulsados por un buen fuego, deambulan por estas bellezas:
¡A! Que no afectaron a un idolatra.

Bajo un cuello bien torneado, que no avergüenza a la de alabastro
Son dos bonitos pezones, se separaron
Latidos suavemente redondeados por el amor:
Cada uno de ellos representa una pequeña rosa.

Pezón con encanto que nunca descansa,
Parece que te invita a apretar la mano,
La mirada se fija en ti, darte un beso en la boca.

Antoinette es divina y todo los que es encantador en él:
El dulce placer que ella le coge la mano,
Sin embargo parece dar una nueva gracia:
Cubierta de placer, el amor es un gran agujero.

D’artois sabe que por el corazón y la folla por todas partes,
Su composición es perfecta, su corazón un horno;
Besa sus hermosos brazos, su coño muy bonito
Y a veces las nalgas y, a veces un alfiler:
Suavemente abofetea su regordete glúteo,
El muslo, el abdomen, el ombligo, el centro
De todo lo bueno;
El príncipe se folla en toda su dulce locura;
Y sin darse cuenta se ve como un canalla,
Mientras se transporta en su ardor extremo,
Él quiere ir derecho al punto de la amistad.

Antoinette pretende evitar lo que a ella le gusta,
El miedo de la sorpresa, se presta solo la mitad:
D’artois aprovecha el momento, y derrota a antoinette
Por ultimo considera que es dulce que se la follen así.

Si bien muy caro encanta el entrelazado
Carlos apretando, le ruego por la misericordia,
Palpita antoinette, y ya en los ojos
Se pintan los placeres de los dioses:
Llegan a la felicidad, pero el hechizo es un traidor,
Suena el timbre… una página de alerta
Demasiado dispuesto a obedecer, perturbado
Por entrar en…
Abrir y ver… ver todo y se van, fue la obra de un momento.

Asombrado por su desgracia,
D’artois… había dejado el lugar
Ella suspiro,
Miro hacia abajo, ruborizada,
Sin pronunciar una palabra:
Por otro beso consola al príncipe
“olvídalo, querida reina, olvídate de esta desgracia,
Esta advertencia me molesto demasiado,
Un retraso de nuestra felicidad,
Da vigor más placer
Además reparare está perdida”.

El amor es llorar su ruptura,
La reina está enojada, ella pronuncia sollozos,
Lugo cae como un peso pesado
Las capturas en una ficha,
Mudos testigos de su desgracia.

El evento cesa, y rompe su bonito cuerpo
El obstáculo de sus fuegos… se trata de la cinta maldita
La campana, el glande,
Fuentes malditas, envenenado,
Los accidentes del día
Entre dos cojines se tomó…

Nuestros amantes celebran el amor
Dos o tres buenos tiempos, antes del final del día:
Y los dos se hundieron en el seno de la felicidad
Parecen disfrutar de sus instalaciones precisos.

domingo, 7 de septiembre de 2014

LA FARSA DEL BOSQUECILLO DE VENUS

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En abril de 1784 comienza la De la Motte a dejar caer de cuando en cuando una pequeña observación acerca de lo tiernamente que confía en ella su «querida amiga» la reina; cada vez más llena de fantasía, inventa episodios que suscitan en el sencillo cardenal la idea de que aquella linda mujercita podría ser una ideal intercesora para él cerca de la reina. Cierto que le afecta mucho, acaba por confesar francamente, el que desde hace años Su Majestad no le honre ni con una mirada, cuando para él no habría mayor dicha que la de que le fuera dado servirla respetuosamente. ¡Ay! ¡Si hubiese alguien que hiciera conocer a la reina sus verdaderos sentimientos! Compasiva y emocionada, promete la «íntima amiga» hablarle en su favor a María Antonieta; y de qué peso, con asombro de Rohan, tiene que ser la intervención de la De la Motte, ya que en mayo le anuncia que la reina ha cambiado de opinión y próximamente dará al cardenal una discreta muestra de su transformado pensamiento; claro que nada público todavía; durante la próxima recepción de la corte le hará de un modo determinado cierto saludo secreto. Cuando se desea crear alguna cosa es grato creerla; cuando se desea su vista, también se llega a verla fácilmente. En efecto, el buen cardenal, en la siguiente recepción, cree observar cierta nuance en la inclinación de cabeza de la reina y le paga muy buenos ducados a la tierna mediadora. 

Mas para la De la Motte falta aún mucho para que el filón de oro rinda con la debida abundancia. Para meterse aún con mayor seguridad al cardenal en el bolsillo hay que mostrarle cualquier prueba escrita del regio favor. ¿No estarían bien unas cartas? ¿Para qué tendría, si no, la De la Motte un secretario sin escrúpulos en su casa y en su lecho? En efecto, Rétaux escribe sin vacilar unas cartas de la propia mano de María Antonieta a su amiga la Valois. Y ya que el bobalicón las admira como auténticas, ¿por qué no seguir avanzando por este lucrativo camino? ¿Por qué no simular al momento una correspondencia secreta entre Rohan y la reina, a fin de poder llegar más hasta el fondo de la caja del primero? Por consejo de madame De la Motte redacta el deslumbrado cardenal una detallada justificación de su anterior conducta, la corrige durante días enteros y entrega por fin el escrito, puesto en limpio, a aquella mujer impagable en el más auténtico sentido del vocablo. Y he aquí... Realmente, ¿no es una hechicera esta madame De la Motte y la más íntima amiga de la reina? De aquí que, pocos días más tarde, le trae ya una cartita, en un blanco plieguecillo afiligranado, con dorados bordes y la flor de lis francesa en un ángulo.

La hasta entonces inaccesible y esquiva, la orgullosa reina de la Casa de los Habsburgo le escribe al otro tiempo menospreciado cardenal: «Me alegro mucho de no tener que considerarte a usted ya como culpable; todavía no puedo conceder a usted la audiencia que desea. Tan pronto como las circunstancias lo permitan se lo comunicaré. Sea usted discreto». El embaucado apenas es capaz de dominar su alegría; por consejo de la De la Motte da las gracias a la reina; recibe de nuevo cartas y de nuevo las escribe, y cuanto más se le llena el corazón de orgullo y anhelo ante la idea de estar en tan alto favor con María Antonieta, tanto más le aligera los bolsillos la De la Motte. El temerario juego se halla en pleno curso.

Sólo es lástima que no haya medio de que un importante personaje se muestre dispuesto a desempeñar su papel en la comedia: precisamente la protagonista, la reina. Mas no es posible continuar largo tiempo esta peligrosa partida sin introducirla en la acción, pues no se puede embaucar ni aun a la persona más fácilmente crédula haciéndole figurar eternamente que la reina le ha saludado, si ella, en realidad, aparta con toda tiesura la mirada de aquel hombre execrado y jamás le dirige la palabra. Cada vez se hace mayor el peligro de que el pobre bobalicón descubra por fin el pastel.

Por cuanto hay que inventar una jugada de ajedrez muy usada. Como naturalmente está descontado que jamás la reina le dirigirá la palabra al cardenal, ¿no bastará hacer creer a aquel majadero que ha hablado con la reina? ¿Qué ocurriría si, aprovechando el momento favorable para todas las trapacerías, la oscuridad de la noche, y un lugar propicio en cualquier sombrío paseo del parque de Versalles, se llevara a Rohan, en lugar de la reina, una figuranta a quien se hubiera enseñado a decir algunas palabras? De noche todos los gatos son pardos, y, en su excitación y atontamiento, el buen cardenal se dejaría burlar con la misma facilidad que con las paparruchas de Cagliostro y las camas de cantos dorados escritas por mano de su ignaro secretario.


Pero ¿dónde encontrar a toda prisa una figuranta, un «doble», como se dice hoy en el lenguaje del cine? Sólo allí donde unas muy amables damas y damiselas, de todas clases y tamaños, esbeltas y metidas en carnes, flacas y gordas, rubias y morenas, se pasean a todas horas con un fin comercial: en el jardín del Palais Royal, el paraíso de la prostitución de París. El «conde» de la Motte toma a su cargo la espinosa comisión: no necesita mucho tiempo y ya ha hecho el descubrimiento de una sustituta de la reina, una joven dama llamada Nicole -que más tarde llevará el nombre de baronesa de Oliva-, modista en apariencia, pero en realidad más ocupada del servicio de los caballeros que de una clientela de señoras. No cuesta mucho trabajo convencerla para que represente su fácil papel, pues -según explica la señora De la Motte delante de sus jueces- «era muy tonta».

El 11 de agosto llevan a Versalles a la condescendiente esclava del amor a una vivienda precisamente alquilada para ello: por su propia mano, la condesa de Valois la viste con un traje de muselina con lunares blancos, copiado exactamente de aquel que lleva la reina en el retrato de madame Vigée-Lebrun. Le plantan además un sombrero de alas anchas, que dé sombra al semblante, sobre los cabellos cuidadosamente empolvados; y entonces, adelante, viva y descaradamente, por el nocturno parque sombrío, con la pequeña que se asusta con facilidad y que deber representar, durante diez minutos, a la reina de Francia delante del gran limosnero del rey. La más temeraria bellaquería de todos los siglos está en marcha.

 
Muy calladamente se desliza la pareja, con su seudo reina disfrazada, por la terraza de Versalles. El cielo los protege, como siempre a los trapaceros, y derrama una oscuridad sin luna sobre los jardines. Bajan hacia el bosquecillo de Venus, espesamente cubierto de abetos, cedros y pinos, donde de cada figura apenas es posible distinguir otra cosa que la silueta; es un lugar maravillosamente apropiado, por tanto, para los juegos de amor, y más aún para esta fantástica comedia de engaños. La pobre golfilla comienza a temblar.


¿En qué aventura se ha dejado meter por una gente desconocida? Lo mejor para ella sería escaparse. Llena de miedo, tiene en sus manos la rosa y la esquela que, según lo prescrito, debe entregar a un distinguido señor que se acercará a hablarle. Crujen ya las arenas del paseo. Surge de las sombras la silueta de un hombre; es Rétaux, el secretario, que, fingiéndose servidor real, conduce a Rohan. De repente, la Nicole se siente enérgicamente impulsada hacia delante; como tragados por la oscuridad desaparecen de su lado los dos rufianes. Se queda sola, o más bien ya no lo está, porque, alto y esbelto, con el sombrero muy calado sobre la frente, un desconocido viene ahora a su encuentro: es el cardenal. 

Pero ¡de qué modo tan raro se conduce este hombre extraño! Se inclina respetuosamente hasta el suelo y le besa a la moza la orla del vestido. Ahora debería la Nicole tenderle la rosa y la carta que tiene preparadas. Pero, en su aturdimiento, deja caer la rosa y se olvida de la carta. Sólo balbucea, con voz ahogada, las escasas palabras que trabajosamente le han metido en la cabeza: «puede usted confiar en que todo lo anterior está olvidado». Y estas palabras parecen encantar desmedidamente al desconocido caballero; una y otra vez se inclina ante ella y tartamudea, con manifiesto embeleso, las más sumisas y respetuosas gracias, sin que la pobre modistilla sepa por qué. Sólo tiene miedo, un miedo mortal, de tener que decir algo y con ello traicionarse. Pero, gracias a Dios, rechina otra vez la arena bajo unos pasos precipitados, y alguien dice en voz baja y agitada: «¡Pronto, pronto, venid! Madame y el conde Artois están muy próximas».


La llamada hace su efecto; se espanta el cardenal y se aleja precipitadamente, acompañado por la De la Motte, mientras que el noble esposo conduce a la pequeña Nicole: con corazón palpitante, se desliza la seudo reina de esta comedia a lo largo del palacio, en el cual, detrás de las ventanas sumidas en las tinieblas, la verdadera reina duerme sin sospechas. 

La farsa aristofánica ha triunfado gloriosamente. El pobre imbécil del cardenal ha recibido un golpe en el cráneo que le arrebata por completo todos los sentidos. Hasta entonces había habido que volver a cada momento a cloroformizar su desconfianza; el pretendido saludo era sólo una semi prueba, lo mismo que las cartas; pero ahora que el burlado cree haber hablado en propia persona con la reina y haber oído de su boca que lo perdona, cada palabra de la condesa de la Motte va a ser para él más verdadera que el Evangelio. Ahora, llevados sus andares por la condesa, marcha por donde ella quiere. Esta noche no hay un hombre más feliz que él en toda Francia. Rohan se ve ya primer ministro gracias a las mercedes de la reina.

Algunos días más tarde, la De la Motte le anuncia ya al cardenal otro testimonio del favor de la reina. Su Majestad -bien conoce Rohan su generoso corazón- tiene el deseo de hacer entregar cincuenta mil libras a una familia noble caída en la miseria, pero por el momento se ve impedida a pagarlas. ¿No querría el cardenal tomar a su cargo este caritativo servicio? Rohan, dichosísimo, no se asombra ni por un instante de que la reina, a pesar de sus gigantescos ingresos, se encuentre mal de fondos. Todo París sabe, por lo demás, que siempre está metida en deudas. Al instante el cardenal hace llamar a un judío y dos días después las monedas de oro tintinean sobre la mesa de los De la Motte. Por fin tienen éstos ahora en sus manos los hilos para hacer bailar a su gusto al fantoche. Tres meses más tarde tiran de ellos aún con mayor fuerza: otra vez desea dinero la reina, y Rohan empeña, diligente, muebles y objetos de plata, sólo para agradar más pronto y ricamente a su protectora.

Ahora vienen unos tiempos celestiales para el conde y la condesa de la Motte. El cardenal está lejos, en Alsacia, pero sus dineros suenan alegremente en los bolsillos de la pareja. Ahora no necesitan tener ya ninguna preocupación; han encontrado un tonto que paga. Le escribirán de cuando en cuando una carta en nombre de la reina y el cardenal destilará nuevos ducados. Entre tanto, ¡a vivir magníficamente al día y con toda clase de goces y no pensar en mañana! No sólo los soberanos, los príncipes, los cardenales, son irreflexivos en estos tiempos livianos, sino que lo son también los bellacos. Se apresuran a comprar una casa de campo en Bar-sur-Aube, con magnífico jardín y dilatada labranza; comen en vajilla de plata, beben en copas de cristal centelleante; se juega y se oye música en este noble palacio; la mejor sociedad se disputa el honor de poder tratarse con la condesa de Valois de la Motte. ¡Qué hermoso es el mundo donde se dan tales pazguatos! Quien al jugar ha sacado por tres veces la carta más alta, no vacilará en atreverse a realizar, también por cuarta vez, la más audaz jugada.

The Affair of the Necklace 2001

👉🏻 #escandalo del collar

domingo, 31 de agosto de 2014

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“Decidió sentarse en el pabellón unos minutos para que la pequeña Marie Theresa pudiera descansar. En la primavera las bancales estaban llenas de jacintos azules, flores muy apreciadas por la reina, así como los narcisos y tulipanes. En octubre, la mayoría de las flores del verano se habían marchitado. Solo las caléndulas, geranios, áster y crisantemos se mantenían por su propia cuanta, dando una tonalidad de cobre a aquel palacete querido”

-Trianon - María Elena Vidal - 2000

domingo, 24 de agosto de 2014

EL ESCANDALO DEL "MATRIMONIO DE LE FIGARO"

Las primeras semanas de agosto de 1785 encuentran a la reina extraordinariamente ocupada, pero no porque la situación política se haya hecho especialmente dificultosa y el levantamiento de los Países Bajos someta a la más peligrosa prueba a la alianza franco-austríaca; como siempre, a María Antonieta sigue pareciéndole más importante su teatro rococó en Trianón que la dramática escena del mundo. Su desacostumbrada excitación procede exclusivamente, esta vez, de una nueva primera representación. Están impacientes ella y sus amigos por ejecutar en el teatro del palacio El barbero de Sevilla, la comedia del señor de Beaumarchais. Y ¡qué selecto reparto viene a dignificar los profanos papeles! El conde de Artois, en su propia altísima persona, debe encamar a Fígaro; Vaudreuil, al conde, y la reina, a la alegre Rosina.


¿El señor de Beaumarchais? ¿No será acaso aquel mismo señor Caron, bien conocido de la Policía, que hace diez años fingió descubrir y llegó a presentarle a la amargada emperatriz María Teresa aquel infame folleto que proclamaba altamente ante el mundo entero la impotencia de Luis XVI, el cual, en realidad, había sido escrito por él mismo? ¿Aquel a quien la madre de la reina ha llamado fripon y tunante, y Luis XVI de loco? ¿El mismo que en Viena ha sido encarcelado, por mandato imperial, como manifiesto estafador y que en la prisión de Saint-Lazare ha recibido, a su ingreso, el entonces usual tratamiento de azotes? Sí, precisamente el mismo. Tan pronto como se trata de su placer, María Antonieta tiene una memoria espantosamente corta, y Kaunitz, en Viena, no exagera nada cuando dice que sus locuras no hacen más que crecer y embellecerse. Pues no es sólo que este infatigable y, al mismo tiempo, genial aventurero haya escarnecido a la reina a irritado a la emperatriz, su madre, sino que, además, el nombre de este autor de comedias va unido a la más espantosa burla que jamás se haya hecho a la autoridad real.

La historia de la literatura, lo mismo que la Historia Universal, recuerdan todavía, al cabo de ciento cincuenta años, aquella lamentable derrota infligida a un rey por un poeta; sólo la propia esposa, pasados cuatro años, la ha olvidado ya por completo. En 1781, la censura, con prudente olfato, había adivinado que la nueva comedia de este poeta, Le Maríage de Figaro , olía peligrosamente a pólvora y que, inflamado en una velada el ardiente humor de un público dispuesto a armar escándalo, podía hacer saltar por los aires todo el antiguo régimen; “Las Bodas de Fígaro” tiene en su epicentro dos de los temas más populares de aquél maravilloso siglo XVIII, a saber: el sexo y las nuevas ideas. A diferencia de obras contemporáneas de los grandes ilustrados de la época, la de Beaumarchais tiene la virtud de que, a pesar de resultar menos profunda y revolucionaria, llega a todo el mundo, es fácil de comprender y se hace empleando recursos comunicativos muy populares en la época. 


"Beaumarchais había tenido mucho tiempo una reputación en ciertos círculos de parís –según Madame Campan- por su ingenio y su talento musical, y en los teatros de los dramas más o menos indiferente, cuando su “barbero de Sevilla” le valió una posición más alta entre los escritos dramáticos… después de varios años de prosperidad de la mente de los franceses se había vuelto más crítica en general y cuando Beaumarchais había terminado su monstruosa obra “mariage de fígaro”, fueron todas las personas ansiosas por la satisfacción de oírlo leer… estas lecturas de “fígaro” llego a ser tan numeroso que la gente escuchaba todos los días decir sobre el deseo de verlo realizado en el teatro… el barón de Breteuil y todos los hombres del circulo de madame de Polignac entraron en las listas como los mas cálidos protectores de la comedia”

Unánimemente, el Consejo de Ministros prohibió la representación. Pero Beaumarchais, incomparablemente ágil siempre y cuando se trata de su gloria o, más aún, de su dinero, encuentra cien caminos para conseguir que vuelva a tratarse de su obra una y otra vez; por último logra que le sea leída al propio rey, cuya decisión debe ser la última y definitiva.



“las solicitudes al rey llego a ser tan apremiantes que su majestad determino en juzgar por sí mismo de una obra que había atrapado de tal manera la atención del público, y le pregunto al señor Le Noir, teniente policía, por el manuscrito de “mariage de fígaro”. Una mañana recibí una nota de la reina ordenándome estar con ella a las tres, y no venir sin haber cenado, porque ella me necesitaba por mucho tiempo. Cuando llegue a sus aposentos me encontré a solas con el rey, una silla y una mesita estaban listas situados frente a ellos un enorme manuscrito en varios libros. El rey me dijo: “es la comedia de Beaumarchais, para que la lea para nosotros. Usted encontrara varios lugares problemáticos a causa de las borraduras y referencias. El rey después de escuchar algunas líneas de la lectura se levantó indignado y dijo: - eso es detestable, destruiría la bastilla antes de autorizar la actuación de esta obra, este autor se mofa de todas las cosas que hay que respetar en un estado-“.


Por muy torpe que sea este buen hombre con corona, no es lo bastante limitado para desconocer lo que hay de sedicioso en esta encantadora comedia. «Este autor se mofa de todas las cosas que hay que respetar en un Estado», gruñe con despecho. «Por tanto, ¿no será representada?», pregunta con desilusión la reina, para la cual un estreno interesante es más importante que el bien del Estado. «No, resueltamente no -responde Luis XVI-; puedes estar segura de ello.» Con esto parece quedar pronunciada la sentencia de la obra; el rey cristianísimo, el monarca absoluto de Francia desea no ver representada Las bodas de Fígaro en su teatro, no hay discusión posible sobre ello. El asunto está resuelto para el rey.

Pero en modo alguno lo está para Beaumarchais. Éste no piensa en arriar velas; conoce demasiado bien que la cabeza regia no tiene poder más que en las monedas y documentos oficiales, pero que, en realidad, sobre el rey reina la reina, y sobre la reina, los Polignac. Por tanto, ¡vayamos a esta suprema instancia! Beaumarchais lee diligentemente en todos los salones su obra -la cual, con la prohibición, se ha puesto de moda-, y con aquel misterioso impulso hacia la autodestrucción, que es tan característico de todas las sociedades degeneradas, la nobleza alaba, encantada, la comedia; en primer lugar, porque se ve escarnecida en ella, y en segundo, porque Luis XVI la ha encontrado inconveniente.

Pero aún no basta con esto; es preciso que el rey deje de tener oficialmente razón y la tenga Beaumarchais; la comedia tiene que ser representada en el propio teatro del rey, que la ha prohibido, y precisamente por la razón de haberla prohibido. Secretamente, y según todas las probabilidades con conocimiento de la reina, para la cual una sonrisa de su Polignac es más importante que toda la autoridad de su esposo, reciben orden los cómicos de estudiar sus papeles; ya están repartidas las localidades, ya se agolpan los carruajes delante de las puertas del teatro, cuando, en el último momento, medita el rey en su dignidad amenazada. Ha prohibido representar la obra; se trata ahora de su autoridad. Una hora antes del comienzo impide Luis XVI la representación mediante una lettre de cachet. Se apagan las luces; los carruajes tienen que regresar a casa. Esta prohibición fue considerada como un ataque a la opinión pública. La decepción producida el descontento de tal manera que a opresión y tiranía fueron palabras pronunciadas con más pasión. Beaumarchais con desagrado exclamo: “bueno, señores, no sufran porque no se juega aquí, pero les juro que se jugara, tal vez en el coro de la misma Notre Dame!”

El conde de Vaudreuil aliado con el duque de Fronsac convenció al conde de Artois para pedir el permiso del rey para poder representar esta obra en la casa de campo de Gennevilliers.

-desde mi escritura, mi querido La Ferté… recibí esta noche en parís la nota de la reina, donde me dijo que el rey dio su consentimiento para que el matrimonio de fígaro se jugara en Gennevilliers el 18 y lo hare- aunque según madame de Campan, la reina habría sido la primera en expresar el descontento contra todos los que participaron en esta aprobación, la carta del duque de Fronsac parece demostrar lo contrario, que para ser amable con el conde Artois, el señor Vaudreuil y madame de Polignac, la reina había ayudado a conseguir el permiso del rey. Luis XVI incapaz de decidir que se permitiera la realización de una obra de teatro que consideraba tan peligrosa e inmoral, trato de arrastrar el caso y aun resistir siete meses más.

“Espero, señor, usted me pueda encontrar responsable de obtener la aprobación para el mariage de fígaro se pueda jugar en Gennevilliers… el conde de Artois llego a cazar y madame de Polignac llego con su empresa para la cena. Vaudreuil me consulto para darles un espectáculo, porque hay una habitación muy bonita, y yo le dije que no había más encantador que el matrimonio de fígaro. El conde de Artois y toda su compañía fueron sorprendidos por el show, y su duda sería un gran paso para que sea jugado tal vez en Fontainebleau o Paris”. (El duque de Fronsac a Beaumarchais, 4 septiembre 1783).

Según Bachaumont (27 septiembre 1783): “las boda de fígaro se jugó ayer en la casa de campo del conde de Vaudreuil en Gennevilliers. La reina debía honrar el show con su presencia, pero no pudo estar presente debido a las molestias diplomáticas que se habían producido. El conde de Artois fue allí, la duquesa de Polignac se le permitió asistir a esta obra acompañado por un grupo. El espectáculo no comenzó hasta las nueve. Dicen que las bodas de fígaro fue un gran éxito”.

Pero la descarada camarilla de la reina se divierte ahora en demostrar que su poder, estando unida, es mayor que el de una cabeza coronada sin carácter. El conde de Artois y María Antonieta son enviados por delante para insistir cerca del rey; como siempre, el hombre sin voluntad se doblega tan pronto como su mujer exige algo de él. Tras la aprobación del rey, toda la nobleza estalló en aplausos en la sala con el famoso pasaje: “porque usted es un gran señor, usted piensa que es un genio!... nobleza, fortuna, rango, lugares, todo esto lo hace tan orgulloso! ¿Qué has hecho para tantas propiedades? Usted ha tomado la molestia de nacer y nada más…”

Para cubrir su derrota sólo pide algunas variaciones en los pasajes más provocativos, justamente aquellos que, en realidad, todo el mundo sabe de memoria desde hace mucho tiempo. La representación de Las bodas de Fígaro en el Théâtre Français es fijada para el 27 de abril de 1784; Beaumarchais ha triunfado sobre Luis XVI. El que el rey haya querido prohibir la representación y expresado su esperanza de que la obra tenga mal éxito convierte en sensacional la velada para los aristócratas. La aglomeración es tan grande que son rotas las puertas y destrozadas las barras de hierro de la entrada; con frenéticos aplausos recibe la vieja sociedad aquella obra que, moralmente, le da el golpe mortal, y estos aplausos son, sin que ella lo sospeche, los primeros movimientos públicos del levantamiento, los relámpagos de la Revolución. 


Una mínima idea de decoro, de tacto, de razón, tendría que haber ordenado a María Antonieta, dadas las circunstancias, que se mantuviera apartada de toda comedia de este señor Beaumarchais. Precisamente este señor Beaumarchais. que ha manchado descaradamente con su tinta el honor de la reina y que ha puesto en ridículo al rey delante de todo París, no debería poder alabarse de haber visto personificada una de sus figuras de teatro por la hija de María Teresa y esposa de Luis XVI, cuando ambos lo han hecho prender a él por bribón. Pero instancia suprema para aquella reina mundana: el señor de Beaumarchais, después de su victoria sobre el rey, es la gran moda de París, y la reina obedece a la moda. ¡Qué importan el honor y las conveniencias si se trata sólo de teatro! Y además, ¡qué delicioso papel el de aquella pícara muchacha! ¿Cómo dice el texto? «Imaginaos la más linda y deliciosa criatura: dulce, tierna, cortés, fresca y apetitosa; pie furtivo; talle esbelto, ágil; brazos regordetes, boca de rosa y ¡unas manos!, ¡unas mejillas!, ¡unos dientes!, ¡unos ojos!...» ¿Le es lícito realmente a ninguna otra -¿quién tiene manos tan blancas y brazos tan suaves?- representar este papel encantador sino a la reina de Francia y de Navarra? Por tanto, ¡fuera toda consideración y miramiento! Que venga el excelente Dazincourt de la comedia francesa para que enseñe a moverse de modo realmente gracioso a aquellos nobles aficionados y que le encarguen a Mademoiselle Bertin los más lindos vestidos. Hay que divertirse una vez más todo lo posible y no pensar eternamente en la animosidad de la corte, las malicias de los queridos parientes y las tontas contrariedades de la política. Todos los días está ahora ocupada María Antonieta con esta comedia, en su delicioso teatrillo blanco y dorado, sin sospechar que ya se está alzando el telón para representar otra comedia, en la cual está llamada a desempeñar el papel principal, sin saberlo ni quererlo.