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domingo, 15 de febrero de 2026

MARIE ANTOINETTE CAMINO AL CADALSO 1793 (DIBUJO DE JACQUES-LOUIS DAVID)

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Marie Antoinette Led to the Scaffold (drawing by Jacques-Louis David, 1793)
David retrata a María Antonieta en el carro de los condenados - Joseph-Emmanuel van den Büssche (1900)
Desafortunadamente, el genio y la belleza del alma no siempre van de la mano. Este es el caso de Jacques-Louis David, el gran pintor que creó el último retrato dramático de María Antonieta conducida a la horca. 

"En la esquina de la calle de Saint-Honore, en el sitio del actual café de la Régence, esperaba un hombre, lápiz en ristre y una hoja de papel en la mano. Es Luis David, una de las almas más cobardes al mismo tiempo que uno de los mayores artistas de la época. 

Marie Antoinette Led to the Scaffold (drawing by Jacques-Louis David, 1793)
Dibujo improvisado de David que representa a la reina siendo conducida a la horca.
París, Louvre.
Este hombre posee un ojo magnífico y una mano impecable. En un bosquejo, fija de modo imperecedero, en la volandera hoja de papel, el semblante de la reina tal como va camino del cadalso: boceto espantoso y magnífico, dotado de siniestra fuerza, arrancado de la propia vida, caliente y palpitante: una mujer envejecida, ya no bella, pero todavía orgullosa. La boca cerrada con soberbia, como si gritara hacia dentro; los ojos indiferentes y ajenos a lo que ocurre, va sentada, con las manos atadas a la espalda, tan recta y desafiadora sobre su carreta de adrales como si estuviese en un trono. Un indecible desprecio nos habla desde cada uno de los rasgos de su rostro como de piedra; una inconmovible decisión se ve en el busto bien erguido; una resignación que se ha transformado en pertinacia, un dolor que internamente ha llegado a ser una fuerza, prestan a esta atormentada figura una nueva y terrible majestad. Hasta el mismo odio no puede ocultar, en este dibujo, la nobleza con que María Antonieta triunfa de la vergüenza de la carreta de adrales con su actitud magnífica".

Marie Antoinette Led to the Scaffold (drawing by Jacques-Louis David, 1793)
Marie Antoinette Led to the Scaffold (drawing by Jacques-Louis David, 1793)

Con el regreso de Luis XVIII, sin esperar ningún perdón de la familia real, David se exilió. Además de haber votado a favor de la muerte del rey, el pintor sabía bien que la duquesa de Angulema no podía olvidar que entre las personas que presenciaron su interrogatorio, en el que se le hicieron preguntas indecentes sobre su madre, su hermano y su tía, estaba él también.

Unos años más tarde fue atropellado por un carruaje y murió al año siguiente de este accidente en el que había perdido totalmente el uso de sus manos. Este último detalle casi parece un castigo divino.

Marie Antoinette Led to the Scaffold (drawing by Jacques-Louis David, 1793)

"La mayoría de la gente fue, curiosamente en silencio hasta llegar a la Rue Saint-Honoré, donde los incondicionales de la Revolución, el peor de los poissardes estaban esperando para regodearse con su caída. Un actor de clase baja llamado Grammont estaba pavoneándose a caballo, blandiendo una espada y gritando: "Aquí va la mala Antonieta! Ella está finalmente terminado, mis amigos!" Y aquí estaba David, no un gran artista sino un ser humano despreciable, un regicidio que ahora se lamió las botas de Robespierre y fue más tarde para rendir homenaje a Bonaparte. En esos breves instantes esbozó esa semejanza memorable y cruel de una mujer destrozada, toda la belleza ha ido, con la izquierda nada más que orgullo y una gran determinación a morir de una manera digna de sus antepasados. Ella lo mira por delante, con los labios Habsburgo, que eran una vez a la faneca bonitos, situado en una mirada de desprecio"- De María Antonieta, Joan Haslip, 1987.

Marie Antoinette Queen of France (1956)

¿UNA NUEVA ATRIBUCIÓN?

La exposición "María Antonieta: Métamorfosis de una imagen", celebrada en París entre 2019 y 2020, reavivó la controversia en el mundo del arte sobre la verdadera autoría del último retrato de la reina: el famoso boceto que la inmortaliza camino a la guillotina. Algunos sostienen que el verdadero autor no fue David, y que el boceto no fue pintado del natural. Numerosos expertos en arte, como Philippe Bordes y Xavier Salmon, coinciden en que el dibujo no se corresponde con el estilo de David; además, no hay pruebas de que el boceto sea realmente obra suya. Se cree que la supuesta atribución errónea se remonta al antiguo propietario de la obra, un tal Jean-Louis Soluavie, quien escribió bajo el dibujo original: "Retrato de María Antonieta, reina de Francia, siendo conducida a la muerte, dibujado a pluma por David, espectador de la escena desde la ventana de la ciudadana Jullien, quien me contó esta historia".

Según Salmon, el artista con mayor probabilidad de haber realizado el famoso dibujo fue Vivant Denon; muchas de sus obras se atribuyeron erróneamente a David en el pasado. Ambos eran amigos, y David había ayudado a su colega a encontrar trabajo en el París revolucionario. Denon, viajero frecuente, había sido expulsado de Venecia en julio de 1793 por ser espía de la Convención, pero no regresó a París hasta mediados de diciembre, casi dos meses después de la ejecución de María Antonieta (el pintor se encontraba en Florencia el 16 de octubre). Por lo tanto, no pudo haber sido testigo presencial de la ejecución de la reina, y el boceto sería, por lo tanto, una obra de ficción. Según la nueva interpretación, Denon, un ferviente revolucionario, odiaba a María Antonieta porque ella lo había hecho retirar de su puesto en Nápoles en 1785. Fue entonces "por nuestro asombro ante su detesta" que el artista creó este boceto caricaturesco. 

Marie Antoinette Led to the Scaffold (drawing by Jacques-Louis David, 1793)

Esta obra de ficción se ve respaldada por el testimonio de un tal Jean-Gabriel-Philippe Morice, quien en sus memorias, publicadas en 1892, recuerda el día de la ejecución de la reina. El 16 de octubre de 1793, Morice se encontraba en la calle Saint-Honoré (el lugar donde, según algunos, David pintó el último retrato improvisado de la reina) cuando vio cómo llevaban a María Antonieta al cadalso: "Llevaba la cabeza descubierta y ya le habían cortado el pelo. Sin embargo, aún le quedaba suficiente pelo como para molestarle cuando el viento se lo metía en los ojos. Como tenía las manos atadas a la espalda, se veía obligada a menear la cabeza de vez en cuando. Cuando la carreta llegó frente a la Iglesia de la Asunción, donde yo estaba, el verdugo intentó ayudarla a peinarse; ella giró la cabeza horrorizada".

Por lo tanto, según este testimonio, la reina no llevaba la cofia, que casi siempre aparece en las obras que la representan en sus últimos momentos. En casi todas las biografías, la presencia de la cofia se da por sentada. Por ahora, el único testimonio en contra es el de Morice, quien, en el momento de los hechos, tenía 17 años. Resulta curioso que la cofia no aparezca en sus memorias, sino que especifique que la reina llevaba la cabeza descubierta. Este es un detalle interesante, ya que, por lo general, las memorias de la época, casi todas hagiográficas, hacen referencia a elementos que se han convertido en dogma. 

Pero ¿cómo llegó a nosotros este boceto? La obra pertenecía a un coleccionista, el abad Jean-Louis Giraud Soulavie, quien, según la nota adjunta, la obtuvo de la esposa del exconvencionista Marc Antoine Jullien. La colección de Soulavie fue adquirida por Eugène de Beauharnais, hijo de la emperatriz Josefina. El dibujo fue subastado posteriormente por Drouot en 1904 y adquirido por el barón de Rothschild, quien lo legó al Louvre en 1936. Pero ¿quién era Madame Jullien, de quien Soulavie obtuvo el boceto? Su voluminosa correspondencia, publicada por Annie Duprat bajo el título «Les affaires d'état est mes affaires de coeur», demuestra que era una firme defensora de Robespierre, aunque tras la muerte del Incorruptible se distanció de su memoria por temor a represalias.

Marie Antoinette Led to the Scaffold (drawing by Jacques-Louis David, 1793)

Según la nota, David se encontraba en una ventana de la casa de la familia Jullien cuando realizó este boceto, pero Annie Duprat sostiene que Jullien se encontraba ausente de París en el momento de la ejecución de la reina y, en cualquier caso, su alojamiento en la Rue Saint-André-des-Arts no se encontraba directamente en la trayectoria del carruaje. Paul Belaiche-Daninos, en su novela "Les Soixante-Seize jours de Marie Antoinette à la Conciergerie", sugiere que la casa desde la que David pintó el retrato de la reina estaba en el número 1 de la Rue des Prouvaires, esquina con la Rue Saint-Honoré.

Sin fuentes verdaderamente fiables, es difícil confirmar esta atribución. Además, se han atribuido otros bocetos y dibujos, con sus respectivas firmas, al pintor David, pero un análisis minucioso realizado por expertos ha revelado que son falsificaciones. Una segunda imagen de María Antonieta atribuida a David, esta vez mostrando la cabeza decapitada de la reina, se encuentra en las colecciones del Senado, pero ésta también es casi con certeza una atribución falsa, lo que nos recuerda con qué facilidad se atribuían bocetos y caricaturas a David.

domingo, 20 de julio de 2025

LOS DÍAS DE MARIE ANTOINETTE EN LA CONCIERGERIE

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The Days of Marie Antoinette in the Prison of the Conciergerie

En la Conciergerie se encuentra María Antonieta en el último, en el más bajo peldaño de su soledad. Los nuevos carceleros, aunque sientan buena voluntad hacia ella, no osan hablar ya ni una palabra con esta mujer peligrosa, al igual que los gendarmes. El relojito no está ya allí para partir, con su débil tictac, la infinidad del tiempo; la han privado de sus labores de aguja; nada le han dejado sino su perrillo. Ahora, por primera vez al cabo de veinticinco años, en este abandono pleno, se acuerda María Antonieta del consuelo que su madre le ha recomendado tantas veces; por primera vez en su vida pide libros y los va leyendo, uno tras otro, con sus apagados y enrojecidos ojos; no dan abasto a traerle suficientes. No quiere ninguna novela, ninguna obra de teatro, nada alegre, nada sentimental, nada amoroso; podrían recordarle demasiado los pasados tiempos; sólo aventuras totalmente rudas, los viajes del capitán Cook, historias de naufragios y audaces expediciones; libros que se apoderan del lector y lo arrebatan consigo, lo excitan y mantienen en tensión sus nervios; libros con los cuales se olvida uno del tiempo y del mundo. Personajes inventados, imaginarios, son los únicos compañeros de su soledad.

Nadie viene ya a visitarla; durante todo el día no oye nada sino la campana de la inmediata Sainte-Chapelle y el crujir de las llaves en la cerradura; después otra vez silencio eterno, silencio en aquel bajo recinto, estrecho, húmedo y oscuro como un ataúd.

l'autrichienne 1990

La falta de movimiento y aire debilita su cuerpo, fuertes hemorragias la fatigan. Y cuando por fin la llevan ante el Tribunal, es un vieja de blancos cabellos la que, de esta larga noche, surge bajo la desacostumbrada luz del cielo.

Está alcanzado ahora el peldaño más bajo, toca a su fin el camino. La más extraña oposición de contrastes que podía ser imaginada por el destino está ya realizada. La mujer que había nacido en un castillo imperial y había tenido por suyas cien estancias en su palacio regio, habita ahora en un estrecho, enrejado, semisubterráneo, húmedo y tenebroso recinto. La que amaba el lujo y las mil diversas, artificiosas y artísticas preciosidades de la riqueza, para rodear su vida no tiene ya ahora ni un armario, ni un sillón, ni un espejo, sino sólo lo más extremadamente indispensable, una mesa, una silla, una cama de hierro. La que, para su servicio, amontonaba en torno a sí una vana chusma de innumerables cargos, una superintendencia, una dama de honor, una dama de palacio, dos camareras para el día, otras dos para la noche, un lector, un médico, un cirujano, un secretario, trinchantes, lacayos, camareras, peluqueros, cocineros y pajes se peina ahora sin auxilio ajeno sus encanecidos cabellos. La que necesitaba trescientos trajes nuevos al año, se zurce ahora a sí misma, con sus ojos semiciegos, la bastilla de su destrozado traje de prisionera. La que fue fuerte, está fatigada; la hermosa y deseada de otros tiempos es una matrona pálida. 

l'autrichienne 1990

La mujer sociable, que amaba la compañía desde el mediodía hasta mucho más allá de la medianoche, medita ahora sola, y durante toda la noche sin sueño, espera hasta que aparece la aurora detrás de las rejas de su ventana. Cuanto más va pasando el verano, tanto más se entenebrece la funesta celda, convirtiéndose en ataúd, pues la oscuridad comienza cada vez más temprano, y desde aquella agravación de las precauciones para guardarla, ya no puede María Antonieta encender luz alguna; sólo desde el corredor, por un alto ventanillo, cae piadosamente, en la completa tiniebla de la celda, el tenue y pobre resplandor de una lámpara de aceite. Se conoce que comienza el otoño, asciende el frío desde los desnudos ladrillos del pavimento; del vecino Sena llega una niebla húmeda que penetra a través de los muros; todo objeto de madera se siente mojado como una esponja al tocarlo; huele a humedad y podredumbre; huele, cada vez más violentamente, a muerte.

La ropa blanca cae en pedazos, los vestidos están llenos de desgarrones; hasta lo más profundo, hasta los huesos, penetra el frío húmedo y produce mordedores dolores de reuma. Se siente cada vez más cansada aquella mujer que se hiela interiormente, aquella que un día -a su modo de ver, debe de hacer de ello mil años- fue la reina del país y la mujer más satisfecha de vivir de toda Francia; en torno a ella, el silencio se hace cada vez más frío, cada vez más vano el tiempo. Ya no se espantará cuando la muerte venga a llamar por ella, pues en esta celda ha estado en vida como en un ataúd.

l'autrichienne 1990

domingo, 10 de noviembre de 2024

MARIE ANTOINETTE: ULTIMO VIAJE (16 OCTUBRE 1793)

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Marie Antoinette guillotined October 16, 1793
María Antonieta siendo llevada a su ejecución, 16 de octubre de 1793
A las cinco de la mañana, mientras María Antonieta escribe todavía su última carta, tocan ya a llamada los tambores en todas las cuarenta y ocho secciones de París. A las siete está en pie toda la fuerza armada; cañones dispuestos a ser disparados cierran los puentes y las grandes calles; destacamentos de guardia atraviesan la ciudad con bayoneta calada; la caballería forma grandes filas... Un inmenso movimiento de soldados, y todo contra una única mujer que ella misma no quiere otra cosa sino llegar pronto al fin. Con frecuencia, la fuerza tiene más miedo de la víctima, que la víctima de la fuerza. A las siete, la criada del carcelero se desliza silenciosamente en el calabozo. Sobre la mesa arden todavía las dos luces de cera; en el rincón está sentado el oficial de gendarmería, como una sombra vigilante. AL principio, Rosalía no ve a la reina; sólo después nota, toda espantada, que María Antonieta, completamente vestida de su negra ropa de viuda, está tendida en el lecho. No duerme. Sólo está fatigada y agotada por sus permanentes pérdidas de sangre.

La tierna aldeanita se aproxima temblorosa, conmovida por doble compasión: de la condenada a muerte y de su reina. «Señora -pronuncia sobrecogida al acercarse-, ayer por la noche no tomó usted ningún alimento, y casi nada durante el día. ¿Qué desea hoy por la mañana?» « Hija mía -le responde la reina sin levantarse-, ya no necesito nada; para mí está ya todo terminado.» Pero, como la muchacha le ofrezca de nuevo, insistentemente, una sopa que ha preparado especialmente para ella, acaba por decir, fatigada: « Bueno, Rosalía, tráigame usted el bouillon ». Toma algunas cucharadas; después, la muchachita la ayuda a cambiar de traje. Han recomendado a María Antonieta que no vaya al cadalso con la negra ropa de luto con que compareció ante los jueces: el llamativo traje de viuda podría excitar al pueblo. María Antonieta -¡qué le importa ahora un vestido!- no opone ninguna resistencia y decide llevar un ligero traje blanco de mañana.

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793

Pero tampoco para esta última molestia le es ahorrada una última humillación. En todos estos días, la reina ha perdido sangre incesantemente; todas sus camisas están manchadas de ella. Por el natural deseo de recorrer corporalmente limpia su último camino, quiere cambiar ahora de camisa y ruega al oficial de gendarmes que está de guardia que se retire durante un momento. Pero el hombre, que tiene el severo encargo de no perderla de vista ni un segundo, declara que no le es permitido abandonar su puesto. Por tanto, se acurruca la reina en el estrecho espacio entre la cama y la pared, y mientras se cambia la camisa, la cocinera, compasiva, se coloca delante de ella para ocultar su desnudez. Pero ¿qué hacer con la ensangrentada camisa? Se avergüenza la mujer de dejar aquel lienzo maculado bajo la vista de aquel hombre desconocido, expuesto a las curiosas miradas de los que, pocas horas más tarde, deben venir para repartir la ropa de su pertenencia. Por tanto, la arrolla rápidamente en un pequeño envoltorio y lo introduce en un hueco que hay en el muro, detrás de la estufa.

Se viste entonces la reina con especial cuidado. Desde hace más de un año no ha vuelto a pisar la calle ni ha visto sobre su cabeza el cielo libre y dilatado: precisamente este último deseo debe hacerlo limpia y decentemente vestida; no es una vanidad femenina lo que la determina a ello, sino el sentimiento de la dignidad en esta hora histórica.

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793

Cuidadosamente se ajusta el blanco vestido mañanero, envuelve su cuello con un fichu de suave muselina, escoge sus mejores zapatos; oculta sus encanecidos cabellos con una cofia de dos volantes. A las ocho llaman a la puerta. No, no es todavía el verdugo. No es más que el que le precede, el sacerdote; pero uno de esos que han prestado juramento a la República. La reina se niega cortésmente a confesarse con él; sólo reconoce como verdaderos servidores de Dios a los sacerdotes no juramentados, y, a la pregunta de si debe acompañarla en sus últimos pasos, responde con indiferencia: «Como usted quiera» .

Esta aparente indiferencia es, hasta cierto punto, el muro protector tras el cual prepara María Antonieta su energía para el último viaje. Cuando, a las diez de la mañana, entra el ejecutor Sansón, joven de estatura gigantesca, para cortarle los cabellos, deja tranquilamente que le ate las manos a la espalda y no opone ninguna resistencia La vida, ya lo sabe, no es posible salvarla; únicamente el honor. Pues ahora, ¡a no mostrar debilidad alguna delante de nadie! Sólo conservar la fortaleza y enseñar a todos los que desean verlo cómo muere una hija de María Teresa.

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793
Un grabado de María Antonieta con las manos atadas a la espalda, de una reimpresión británica del registro de su juicio. Alrededor de 1795.
Hacia las once se abren las puertas de la Conserjería. Fuera está la carreta del verdugo, una especie de carro con adrales y al cual está enganchado un poderoso y pesado caballo. Luis XVI había sido conducido todavía a la muerte, solemne y respetuosamente, en su cerrada carroza de corte, protegido por las paredes de cristal contra la más grosera curiosidad y el más ofensivo odio. Pero, después, la República ha seguido avanzando desmedidamente en su camera impetuosa; también exige igualdad en el viaje de la guillotina; una reina no debe morir más cómoda que cualquier otro ciudadano; un carro de adrales es suficiente para la viuda de Capeto. Como asiento le sirve sólo una tabla puesta entre los travesaños, sin almohadón ni cubierta alguna; también madame Roland, Danton, Robespierre, Fouquier, Hébert, todos los que envían ahora a María Antonieta hacia la muerte, harán su último viaje sobre la misma dura tabla; sólo un breve trecho de camino precede la condenada a sus condenadores.

Primeramente surgen del oscuro pasillo de la Conserjería algunos oficiales, y detrás de ellos toda una compañía de la guardia con el fusil al hombro; después María Antonieta, tranquila y con seguro paso. El verdugo Sansón lleva cogido el extremo de la larga cuerda con la cual ha atado a la espalda las manos de la reina, como si hubiese peligro de que su víctima, rodeada de centenares de guardias y soldados, pudiera todavía escaparse.

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793

Involuntariamente, la muchedumbre queda sorprendida por esta humillación insospechada a innecesaria. No se alza ninguno de los sarcásticos gritos habituales. En completo silencio, se deja que la reina avance hasta la carreta. Llegados allí, Sansón le ofrece la mano para subir. Junto a ella se sienta el clérigo Girard, vestido de paisano, mas el verdugo permanece en pie, inconmovible el semblante, con la cuerda en la mano; lo mismo que Carón las almas de los difuntos, lleva a diario su cargamento, con impasible corazón, a la otra orilla del río de la vida. Pero esta vez, tanto él como sus ayudantes, durante todo el trayecto llevan bajo el brazo el sombrero de tres picos, como si quisiesen disculparse de su triste oficio ante la mujer indefensa que conducen al patíbulo.

La miserable carreta avanza lentamente, bamboleándose sobre el pavimento. Con toda intención se deja tiempo para que cada cual pueda considerar suficientemente este espectáculo único. Sobre su duro asiento, le daña a la reina hasta el tuétano de los huesos cada vaivén de la grosera carreta sobre el mal pavimento, pero, inconmovible el pálido semblante, con sus ojos orlados de rojo mirando fijos ante sí, María Antonieta no da ninguna muestra de miedo o de dolor a las apretadas filas de curiosos. Reconcentra todas las fuerzas de su alma para mantenerse enérgica hasta el final, y en vano sus más crueles enemigos acechan para sorprender en ella un momento de debilidad o desaliento. Pero nada desconcierta a María Antonieta, ni siquiera que, junto a la iglesia de Saint-Roch, las mujeres allí reunidas la reciban con los habituales sarcásticos clamores, ni que el comandante Grammont, para animar la fúnebre escena, cabalgue delante del carro de la muerte con su uniforme de guardia nacional y, blandiendo el sable, exclame: « ¡Aquí tenéis a la infame Antonieta! Se ha fastidiado ahora, amigos míos». 

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793
María Antonieta conducida a la horca - François Flammeng 1887
El semblante de la reina permanece inmóvil, como de bronce; parece no oír ni ver nada. Las manos atadas a la espalda le hacen levantar un poco más la cabeza; mira derechamente ante sí, y todos los abigarrados y bárbaros cuadros de la calle no penetran ya en sus ojos, que, en su interior, se encuentran ya anegados por la muerte. Ni un estremecimiento mueve sus labios, ningún escalofrío recorre su cuerpo; totalmente señora de sus fuerzas, permanece allí sentada, orgullosa y desdeñada, y hasta el mismo Hébert tiene que confesar al día siguiente en su Père Duchéne : «Por lo demás, la muy bribona se mantuvo hasta el final audaz a insolente».

La gigantesca Plaza de la Revolución, la actual Plaza de la Concordia, está llena de gente. Diez mil personas se encuentran allí de pie desde por la mañana temprano, para no perder aquel espectáculo único de ver cómo una reina, según la grosera frase de Hébert, es «afeitada por la navaja nacional». Horas enteras lleva ya de espera la curiosa muchedumbre. Para no aburrirse, se charla un poco con una linda vecinita, se ríe, se bromea, se compran periódicos o caricaturas a los voceadores, se hojea el más reciente folleto de la actualidad: Les Adieux de la Reine à ses mignons et mignonnes o Grandes fureurs de la ci-devant Reine. Se trata de adivinar, en voz baja, qué cabezas caerán aquí, en el cesto, en los días siguientes, y, mientras tanto, se adquiere limonada, panecillos o nueces de los vendedores callejeros: la gran escena bien merece un poco de paciencia.

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793

Sobre este hervidero de curiosos, negro y ondulante, se elevan rígidamente dos siluetas, las únicas cosas sin vida en aquel espacio cargado de animación humana: la esbelta línea de la guillotina, con su puente de madera que lleva del más acá al más allá; en lo alto de su yugo centellea, bajo el turbio sol de octubre, el brillante indicador del camino, la cuchilla recién afilada. Ligera y esbelta, se recorta sobre el cielo gris, juguete olvidado de un dios horrendo, y los pájaros, que no sospechan la tenebrosa significación de este cruel instrumento, juguetean despreocupadamente sobre él en sus revoloteos. Severa y grave se levanta allí al lado, dominando a esta tremenda puerta de la muerte, la gigantesca estatua de la Libertad, sobre el pedestal que sostuvo en otro tiempo la estatua de Luis XV.

Tranquilamente se muestra allí sentada la inaccesible diosa, coronada la cabeza con el gorro frigio, meditando con la espada en la mano; permanece allí sentada, piedra sobre piedra, la diosa de la Libertad, y mira soñadora ante sí. Sus blancos ojos sin pupila miran más allá de la muchedumbre, eternamente inquieta, que se tiende a sus pies, y mucho más allá de la inmediata máquina mortífera, fijándose en algo lejano a invisible. No ve en torno suyo lo humano, no ve la vida, no ve la muerte, la incomprensible y eternamente diosa amada, con sus soñadores ojos de piedra. No oye los gritos de todos aquellos que la llaman, no advierte las guirnaldas que se cuelgan en torno a sus rodillas de piedra, ni la sangre que abona la tierra bajo sus pies. Símbolo de un eterno pensamiento, extraño entre los hombres, permanece silenciosa y contempla en la lejanía una invisible meta. Ni pregunta ni sabe qué cosas se realizan en su nombre.

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793
María Antonieta sentada en un carro, junto a Girard, sacerdote constitucional de Saint-Landry
De pronto se agita la muchedumbre, se alza en conmoción, para quedar después súbitamente muda. En este silencio se oyen ahora unos salvajes gritos que llegan desde la calle Saint-Honoré; se ve la caballería que precede al cortejo, y después, bamboleándose al dar la vuelta a la esquina, la trágica carreta con la mujer amarrada que en otro tiempo fue señora de Francia; de pie, detrás de ella, con la cuerda llevada orgullosamente en una mano y humildemente el sombrero en la otra, viene Sansón, el verdugo. Un silencio total se hace ahora en la plaza gigantesca. Los vendedores no lanzan sus pregones, enmudece toda lengua; tan grande llega a ser el silencio, que se perciben los pesados pasos del caballo y el chirriar de las ruedas. Las diez mil personas que poco antes charlaban y se reían animadamente, se sienten de pronto oprimidas y contemplan con una mágica emoción de horror a la pálida mujer atada que no mira a nadie. Sabe que aquello no es más que la última prueba. Sólo cinco minutos hasta morir, y después la inmortalidad.

La carreta se detiene delante del patíbulo. Tranquila y sin auxilio de nadie, «con aire aún más sereno que al salir de la prisión», asciende la reina, rechazando toda ayuda, las escaleras de tablas del cadalso; sube exactamente con la misma alada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles. Ahora, por encima del repulsivo verbeneo de las gentes, una última mirada que se pierde en el cielo. ¿Reconoce, al otro lado de la plaza, en medio de 1a neblina otoñal, las Tullerías, en las que ha vivido y sufrido indecibles dolores? ¿Recuerda todavía, en estos últimos minutos, ya los postreros, el día en que estas mismas muchedumbres la saludaron con entusiasmo, en el mismo jardín, como heredera del trono? No se sabe. Nadie conoce los últimos pensamientos de un moribundo. Ya está terminado todo. Los verdugos la cogen por los hombros; la arrojan, con un rápido impulso, sobre el tablero, con la nuca bajo el filo; un tirón de la cuerda, un relámpago de la cuchilla, que cae zumbando, un golpe sordo, y Sansón coge ya por los cabellos la cabeza que se desangra, alzándola bien visible a los cuatro lados de la plaza.

Marie Antoinette guillotined October 16, 1793

De repente, el horror que cortaba el aliento de las diez mil personas se resuelve ahora en un salvaje grito de «¡Viva la República!» que retumba al salir de unas gargantas libradas ahora de una furiosa congoja. Después, la muchedumbre se dispersa casi presurosa. Parbleu! , realmente son ya las doce y cuarto, más que tiempo para la comida del mediodía; ahora, de prisa a casa. ¿Para qué estar aún más tiempo dando vueltas por allí? Mañana, y todas las próximas semanas, y meses, podrá casi todos los días, en la misma plaza, contemplarse veces y veces idéntico espectáculo. Es más de mediodía. La muchedumbre se ha dispersado. En un carretoncillo se lleva el ejecutor de la justicia el cadáver, con la sangrienta cabeza entre las piernas. Algunos gendarmes guardan todavía el cadalso. Pero nadie se preocupa de la sangre que va empapando lentamente la tierra; aquel lugar vuelve a quedar vacío.

Sólo la diosa de la Libertad con sus soñadores ojos de piedra, ha permanecido inmóvil en su sitio, y contempla sin cesar, allá en lo remoto, una meta invisible. No ha visto ni oído nada. Severamente, columbra una eterna lejanía más allá de las salvajes y locas acciones de los hombres. No sabe ni quiere saber qué cosas se hacen en su nombre. 

domingo, 24 de marzo de 2024

LOUIS FRANCOIS DE BUSNE: EL OFICIAL ACUSADO POR SER GENEROSO CON MARIE ANTOINETTE DURANTE SU JUICIO

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LOUIS FRANCOIS DE BUSNE: THE OFFICER ACCUSED OF BEING GENEROUS TO MARIE ANTOINETTE DURING HER TRIAL
María Antonieta ya no está sola en su calabozo. Un oficial de la gendarmería la vigila: el teniente Louis François de Busne, que antes de la revolución vestía el uniforme del regimiento "Royal-Dauphin".
Louis François de Busne era un soldado y oficial asignado a la celda de María Antonieta en la Conciergerie. Durante sus últimos días, acompañó a María Antonieta hacia y desde la sala del tribunal durante el juicio y después de que se leyera la sentencia.

Busne fue denunciado ante el Tribunal Revolucionario después de su juicio porque: le dio a María Antonieta un vaso de agua durante las sesiones, le ofreció el brazo a María Antonieta en el camino de regreso a su celda y en algún momento se quitó el sombrero en su presencia.

Sin duda, el aterrorizado De Busne, porque no fue el único arrestado tras el juicio de la reina, escribió una carta defendiendo sus acciones:

LOUIS FRANCOIS DE BUSNE: THE OFFICER ACCUSED OF BEING GENEROUS TO MARIE ANTOINETTE DURING HER TRIAL
Christophe Brault como Louis François de Busne en L'Autrichienne (1990).
“¿Cuál es el delito del que me acusa este ciudadano y quienes comparten su opinión? De haberle dado un vaso de agua al imputado, porque los ujieres ciudadanos estaban por el momento ausentes al servicio del Tribunal: de haber tenido mi sombrero en la mano, lo que hice por mi propia conveniencia porque el clima era caluroso, y no por respeto a una mujer condenada a muerte, como creo, con justicia.

... Mientras la viuda Capeto caminaba por el pasillo que la conducía a la escalera interior de la Conciergerie, me dijo: "Apenas puedo ver a dónde voy". Le ofrecí mi brazo derecho y, con su ayuda, bajó las escaleras. Lo tomó de nuevo mientras bajaba los tres escalones resbaladizos del patio. Para evitar que ella cayera me comporté de esta manera, y ningún hombre sensato pudo detectar ningún otro motivo en mi acción. Las leyes de la naturaleza, mi misión y las leyes del más formidable de los Estados, todas me enseñaron que Era mi deber mantenerla a salvo durante todo el cumplimiento de su sentencia”

domingo, 10 de marzo de 2024

ROSALIE LAMORLIÉRE SIRVE A LA REINA EN LA CONCIERGERIE

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ROSALIE LAMORLIÉRE
Presunto retrato de Rosalie Lamorlière. No se conocen ciertos retratos de ella pero sí sabemos que la hija de Joseph Boze pintó un retrato de Rosalie durante el período en que el conocido pintor estuvo en prisión.
"La pobre niña no tiene una historia". Así, un célebre historiador del siglo XIX, Lenotre, resumió la vida de Marie-Rosalie Delamorlière.

Sin embargo, esta joven Picardía, cuyo recuerdo se habría desvanecido de la memoria de la humanidad como tantas otras personas comunes, tenía un destino que la unía de manera imperecedera al nombre de María Antonieta. Hoy es casi imposible reconstruir con precisión su vida y sus orígenes porque la ciudad de Breteuil, donde nació el 3 de marzo de 1768, fue prácticamente arrasada por los alemanes en 1940 y muchos documentos, incluidos los registros parroquiales, se perdieron para siempre. . .

Lo poco que sabemos de Rosalie es que era hija de un zapatero y perdió a su madre a los 12 años. Tuvo que cuidar a los seis hermanos menores y empezar a trabajar desde muy temprano. A los 22 años se traslada a París en plena revolución, entrando a trabajar como empleada doméstica con Madame Beaulieu, una mujer de fe monárquica, cuyo hijo era un famoso comediante de la época.

Para evitar cualquier malentendido de que en un período histórico como el de la Francia revolucionaria también podría tener consecuencias desagradables, abandonó el nombre de pila "Marie", eliminando así cualquier connotación religiosa, y el "De" (larmolière) que no lo era en absoluto, en su caso, una partícula noble pero que podría haberlo parecido por asonancia.

Rosalie Lamorliere et Marie Antoinette

Madame de Beaulieu, ya lisiada y sufriendo, casi muere de dolor al enterarse de la muerte de Luis XVI, a cada momento lloraba:

“pueblo injusto y bárbaro, un día derramareis lágrimas de desesperación sobre la tumba de tan buen rey”.

Poco después murió, su hijo recomendó a Rosalie a madame Richard, esposa del custodio de la Conciergerie. siente una gran reticencia a aceptar el servicio de conserje de una prisión, pero el señor Beaulieu, que fue un buen monárquico y que defiende como abogado a los desdichados del tribunal revolucionario, le ruega que acepte este lugar donde encontrara la oportunidad de ser útil a una multitud de personas honestas que contiene la prisión.

En ese momento, se necesita mucha presencia de animo para dirigir una gran prisión como la Conciergerie; Rosalie nunca ve a su ama avergonzada. Ella responde a todos en pocas palabras; ella da sus ordenes sin ninguna confusión; solo duerme unos instantes y no pasa nada dentro o fuera que no se le informe con prontitud. Su marido, Toussaint Richard, sin ser tan apto para los negocios es laborioso.

Poco a poco, Rosalie se apega a esta familia, porque ve que le inspiran los pobres presos. A pesar de que, sin embargo, madame Richard llega a fin de mes vendiendo el cabello de los presos condenados a muerte.

Así fue como Rosalie se encontró trabajando en la Conciergerie justo cuando la reina fue trasladada allí, en agosto de 1793. Después de la cena, madame Richard le dijo a Rosalie en voz baja: “Rosalie, esta noche no nos acostaremos, dormirás en una silla, la reina va a ser trasladada del temple a esta prisión”.

Rosalie Lamorliere et Marie Antoinette

Inmediatamente, se dio la orden de remover al general Custine de la cámara del consejo, para ubicar allí al ilustre huésped. Los esposos Richard hicieron todo lo posible para hacer más humana la detención de la reina mediante pequeñas precauciones, como cubrir la pared contra la que se encontraba la cama con una gran cortina (la habitación estaba muy húmeda) y proporcionar ropa de cama. Antes de que la reina entrara a aquella choza, Richard había comprado al tapicero Bertaud, una cama con correas, dos colchones, una almohada, una manta, un sillón de mimbre que hacia las veces de armario; madame Richard añadió una mesa y dos sillas de paja. Le permite a Rosalie traer un taburete de tela de su propia habitación.

“son las tres de la mañana cuando ella llega a su nueva prisión. Hace mucho calor esta noche; con su pañuelo se seca, tres veces, el sudor que le resbala de la frente. Sus ojos contemplaron con asombro la horrible desnudez de la habitación”.

Uno de los guardias le pide que diga su identidad, ella responde con frialdad:

-“mírame”


Ella se convierte en la prisionera #280. Fue tratada con cierta benevolencia por parte del personal penitenciario encabezado por el matrimonio Richard y su criada Rosalie. Se le lleva directamente a la habitación destinada para ella, sin pasar por el registro. Camina por un pasillo largo y oscuro que se abre a una enrome puerta de roble.

María Antonieta descubre a una joven “extremadamente dulce”, se trata de Rosalie, encargada de la “comida privada de la reina”. María Antonieta comienza a desvestirse para ir a la cama, cuando la joven se adelanta tímidamente y se ofrece a ayudarla: “gracias, hija mía, me dijo dulcemente, pero como no tengo a nadie, me ayudo”.

Rosalie Lamorliere et Marie Antoinette

“el 2 d agosto, durante la noche, cuando la reina llego del temple note que no había traído ningún tipo de vestido consigo. Al día siguiente, y todos los días siguientes, esta desdichada princesa pidió ropa blanca y madame Richard, temiendo comprometerse, no se atrevió a prestárselo ni a dárselo. Finalmente, el municipal Michonis, que en el fondo era un hombre honesto, fue al temple y al decimo día trajeron secretamente un paquete de la torre, que la reina abrió rápidamente. Contenía hermosas camisas de batista fina, pañuelos de bolsillo, fichus, medias negras de seda, una bata blanca para la mañana, unos gorros de dormir y varios trozos de cinta blanca de diferentes anchos”.


Rosalie le presta un taburete de tela en el que ella se sube para colgar su reloj en un clavo oxidado clavado en la pared. “ella -dice la niña- recibió la caja con la misma satisfacción que si le hubiera prestado el mueble más hermoso del mundo”. 

“La señora, que era excesivamente limpia y delicada, miraba mi ropa interior, que siempre estaba limpia, y por sus miradas parecía agradecerme las precauciones que tenía con ella. A veces señalaba su vaso para servirla. Bebía sólo agua, incluso en Versalles, como ella nos recordaba a veces. Admiré la belleza de sus manos, cuya dulzura y blancura estaban más allá de lo que se podría decir. Sin molestarla, me deslicé entre la mesa y su cama y admiré la elegancia de sus manos. todos sus rasgos que la ventana iluminaba perfectamente, y un día noté aquí y allá algunos signos muy leves de viruela, por así decir imperceptibles, que no se notaban a cuatro pasos de ella. En la época de Lebeau, Madame se peinaba todos los días delante de él y de mí, mientras yo hacía la cama y arreglaba el vestido en una silla. Noté pelo blanco en ambas sienes. Apenas había en su frente o en su otro cabello.

Rosalie Lamorliere et Marie Antoinette
La firma algo incierta de Rosalie. La niña era prácticamente analfabeta.
"Madame Richard me dejó prestarle mi espejo de mano. Ofrecérselo me hizo sonrojar porque el espejo lo habían comprado en los tenderetes y no me había costado más de veinticinco sueldos. Todavía me parece verlo. Estaba bordeado de rojo con caras chinas pintadas en ambos lados. La reina aceptó el espejo porque lo consideró algo bastante importante y lo usó hasta el último día de su vida”.

El día de María Antonieta era lento y monótono también porque no se le permitía hacer nada, ni siquiera tejer por miedo a que con las agujas pudiera terminar sus días. Su única distracción fue ver a los dos guardias jugar "jacquet"; de vez en cuando desgarraba el hilo grueso de la tela que cubría las paredes de su celda y con ese hilo, con su mano tersa, hacía una red minúscula con la ayuda de su rodilla que hacía de cojín.

Por la mañana se levantaba a las siete, se calzaba las pantuflas "remachadas y cada dos días le cepille los lindos zapatos negros de endrinas, cuyos tacones, de unas dos pulgadas, eran estilo Saint-Huberty” y bebía una taza de café o de chocolate. Se estaba vistiendo frente al espejo que le prestó Rosalie: "su peinado era uno de los más sencillos -nos cuenta la niña- se partió el pelo en la frente después de untar un poco de polvo perfumado", tras lo cual con una cinta blanca, ató las puntas del cabello, las anudó fuertemente y luego las dos partes de la cinta fueron cruzadas y fijadas en la cabeza, dando al cabello la forma de un moño.

"Madame Richard, debido a una ley reciente, había escondido su cubertería de plata, la Reina fue servida con cubiertos de hojalata que mantuve tan limpios y relucientes como pude. Su Majestad comió con bastante buen apetito; partió el pollo en dos, eso es decir que la hacía durar dos días, desollaba los huesos con una facilidad y un cuidado increíbles, nunca dejaba las legumbres que eran su segundo plato, cuando terminaba recitaba en voz baja la carta de agradecimiento, se levantó y caminó de un lado a otro. Era la señal para que nos fuéramos ".

“Se habían olvidado de quitarse los dos anillos con solitario. Esos dos diamantes eran, sin que ella se diera cuenta, una especie de diversión para ella. Sentada y sin pensar, se los quitaba, se los volvía a poner, se los pasaba de una mano a la otra varias veces al mismo tiempo ".

Para distraerla, Madame Richard le trajo un día al menor de sus hijos, Fanfan, "que era rubio y tenía los ojos muy brillantes". La pobre mujer, dijo Rosalía, “al ver a ese niño, visiblemente se sobresaltó; lo tomó en sus brazos, lo cubrió de besos y caricias y se echó a llorar, hablándonos del señor Delfín, que tenía más o menos la misma edad; y hablaba de ello continuamente...".

Rosalie Lamorliere et Marie Antoinette
Géraldine Danon como Rosalie en la película "L'Austriachienne"
"La angustia, el mal aire, la falta de ejercicio físico, empeoraron la salud de la reina. Secretos trapos hechos de lino, y muchas veces rompía mis camisas y ponía los trapos debajo de su almohada".

En las tardes de septiembre la reina sufría de frío; no había chimenea en la habitación ni estufa. Rosalie, todas las noches calentaba el camisón de la reina frente a su fuego encendido antes de llevárselo.

Son testimonios sumamente conmovedores y al mismo tiempo preciosos para un historiador que se dispone a reconstruir en detalle la vida de la reina en la Conciergerie. Sin embargo, las opiniones de los estudiosos difieren sobre Rosalie. Hay quien cree que le debemos el más sincero informe de los últimos setenta y seis días de la reina. Otros consideran a la niña casi un invento literario nacido de la bizarra imaginación de Lafont D'Aussonne (uno de los primeros biógrafos de María Antonieta) quien fue el primero en relatar completamente la "relación" de Rosalie (recordemos que la joven era prácticamente analfabeta) en el "Memorias secretas y universales sobre la vida y desventuras de la Reina de Francia"; D'Aussonne le habría confiado el papel de la niña piadosa del pueblo que estuvo al lado de la reina en la última etapa de su vida, aportándole algún consuelo y calor humano. Para muchos, por tanto, una construcción romántica nacida en plena Restauración.

en la Conciergerie, Rosalie tuvo contactos con otras personalidades famosas como Madame Du Barry, Robespierre, Philippe-Egalitè, y todos mostraron una gran humanidad. Esto le valió el apodo de "Mam'zelle Capet". Trabajará en la prisión por un total de seis años. Después seguirá trabajando como empleada doméstica, cocinera y costurera. En 1801 tuvo una hija de padre desconocido. Él nunca cuidará del bebé. Esta parte de su vida sigue siendo un misterio. En 1824, aquejada de una violenta ciática, ingresó en el hospital de incurables (posteriormente hospital de Laennec). Se le pagará una pensión de 200 francos en interés de la duquesa de Angulema que, sin embargo, nunca quiso conocerla. En el hospital terminará sus días a los 80 años.

Rosalie Lamorliere et Marie Antoinette

Enterrada en una fosa común en el cementerio de Montparnasse por interés de su hija, se erigirá un monumento funerario en el cementerio de Père Lachaise cerca de la tumba familiar de su yerno, Antoine Lacroix. Se lee: "En memoria de mi madre, Rosalie Dellamolière, la última persona que estuvo al lado de la difunta Reina María Antonieta durante su encarcelamiento de 76 días por las necesidades de todo su servicio que desempeñó con delicadeza y respeto. Falleció el 2 de febrero de 1848 a los 80 años. Oren por ella”.

domingo, 6 de noviembre de 2022

LA NOTICIA DE LA EJECUCIÓN DE LA REINA LLEGA A FERSEN

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VIUDO DE AMOR TRÁGICO

La noticia de la ejecución de María Antonieta no llego a Bruselas hasta el 20 de octubre de 1793, como registro Fersen en su diario: “a las 11 de la noche vino la abuela a decirme que Ackermann, un banquero, había recibido una carta de su corresponsal en parís diciendo que la sentencia de la reina había sido pronunciada el día anterior, que debía ser ejecutada inmediatamente… aunque estaba preparado para ello y desde su traslado a la Conciergerie lo esperaba, esta certeza me abruma. ¡Fue el día 16 a las 11:30 horas que se cometió este execrable crimen, y la venganza divina aun no ha golpeado a estos monstruos!. No tenía fuerzas para sentir nada. Salí a hablar de esta desgracia con mis amigos y con la señora de Fitz-James y el barón de Breteuil a quien encontré, llore con ellos…”

Atormentado por el recuerdo de la reina, por el remordimiento por no haberla salvado, por no haberla amado como debería, Axel se hunde en una profunda melancolía. Es el viudo de un amor trágico, el desconsolado, el príncipe de un reino secreto que solo le pertenece. Derrama su dolor en cartas a Sophie y en su diario: “pensaba constantemente en ella, en todas las horribles circunstancias, en sus hijos; en su hijo desdichado y su educación que se arruinara, en los malos tratos a los que pueden someterlo, en la miseria de la reina al no verlo. En sus últimos momentos, en la duda que quizás tenía sobre mí, sobre mi apego y mi interés. Esta idea me devasto. Entonces sentí todo lo que había perdido… me sentí realmente desdichado, y todo parecía haber terminado para mí”.

21 de octubre: “solo podía pensar en mi perdida. Era espantoso no tener detalles positivos. Que estuviera sola en sus últimos momentos, sin consuelo, sin nadie con quien hablar, a quien dar sus últimos deseos, es horroroso. ¡Los monstruos del infierno! No, sin venganza mi corazón nunca estará satisfecho”.

22 de octubre: “pase todo el día en silencio sin hablar, ni siquiera quería. Solo podía pensar sin rumbo fijo. Forme miles y miles de planes. Si mi salud lo hubiera permitido, habría ido a servir, a vengarla o hacer que me mataran”.

23 de octubre: “mi dolor, en lugar de aliviar, aumenta a medida que disminuye la sorpresa y la conmoción”.

24 de octubre: “su imagen, sus sufrimientos, su muerte y mi amor nunca abandonan mi mente, no puedo pensar en otra cosa. Dios mío ¿Por qué tuve que perderla y que será de mí?”.

el conde Fersen, manga serie "la rosa de versalles" o "lady oscar"
El arresto de la familia real en Varennes y el encarcelamiento en las Tullerias habían obligado a María Antonieta a sacrificar a Fersen, su “hombre más amado y cariñoso” para cumplir con su deber, pero de su diario y sus cartas se desprende claramente que él nunca había perdido la esperanza que algún día se reunirían.

Fersen escribió a su hermana la condesa Sophie Piper el 24 de noviembre de 1793: “pensar en ella y llorarla son mis únicas ocupaciones; buscar todo lo que pueda encontrar de ella y conservar lo que tengo es todo mi cuidado y placer; hablar de ella es mi único consuelo, y a veces tengo ese goce pero nunca con tanta frecuencia como quisiera. Perderla es el dolor de toda mi vida y mi pena me dejara solo cuando muera. Nunca había sentido tanto el valor de todo lo que poseía y nunca la había amado tanto”.

En su diario el 8 de enero de 1794 escribió: “cada día siento cuanto perdí en ella y que perfecta ella era en todo. Nunca ha habido ni habrá otra mujer como ella”.

Destrozado por el dolor de la perdida, emprende una búsqueda desesperada en busca de testimonios y reliquias: “me gustaría recopilar la mayor cantidad de detalles sobre esta gran y desafortunada princesa a la que amare toda la vida”. “todo sobre ella es precioso para mi” escribió. En marzo de 1794 consiguió comprar un retrato de cuerpo entero de María Antonieta y otro de Luis XVI. Fue en este momento cuando recibió el mensaje final de la reina: una pobre cartulina en la que ella había imprimido su lema, “Tutto a te mi Guida”, diciéndole que “nunca había sido más cierto”.

Axel se refugia en el pasado y comienza a conmemorar los días más dramáticos de su historia con la reina: los días de octubre de 1789, 20 de junio de 1790, 16 de octubre de 1793 y otras fechas más triviales. ¿Cuántas veces se arrepentirá de no haber muerto cerca de ella el 20 de junio? Él se entrega a una verdadera adoración que continuara hasta el final de su vida. Su existencia pasada que él magnifica ahora está condenada a la desgracia. Todo se vuelve indiferente para él, incluso el cariño que le muestran sus amigos y la solicitud que le muestra la archiduquesa María Cristina.

El 13 de octubre de 1794. Tres días después, era el primer aniversario dela muerte de la reina, escribió: “ese día fue un día terrible y memorable para mí, es el día en que perdí a la persona que mas amaba en el mundo y que realmente me amaba. Lamentare su perdida toda mi vida y siento que todos mis sentimientos por ella no pueden hacerme olvidar todo lo que he perdido”.

domingo, 23 de octubre de 2022

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 “su sensibilidad era extrema y no pasaba desapercibida ni para los más desatendidos. Escondido en su corsé, tenía un retrato del joven rey y un rizo de su cabello, envuelto en un guante de cuero amarillo que le había pertenecido al niño y note que a menudo se escondía detrás de su miserable camilla para besar estas cosas y llorar por ellas. Se le podía hablar de sus desgracias, de la situación en la que se encontraba, sin que ella mostrara ninguna emoción o depresión; pero las lágrimas fluían incesantemente ante la idea de dejar a sus hijos.

Respecto al sangrado que siguió a sus crisis nerviosas y que no la abandono hasta su muerte, nos suplicó que no le prestáramos atención médica porque no podíamos hacer nada.

La registraron varias veces en la Conciergerie y el reloj que llevaba colgado del cuello con una cadena resistente fue brutalmente arrancado. Sin embargo, unos días antes de su muerte, aún conservaba el medallón que contenía el retrato del joven rey”.


–Los recuerdos de Rosalie Lamorliere

domingo, 27 de marzo de 2022

LA ULTIMA CARTA DE MARIE ANTOINETTE ANTES DE SU MUERTE (16 OCTUBRE 1793)

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La última misiva de María Antonieta. Pintura de Battaglini copia de un original de Danloux
Después de la sentencia en la pequeña celda arden dos velas sobre la mesa. A la condenada a muerte le han otorgado este último favor para que no tenga que pasar en la oscuridad su última noche antes de la noche eterna. También a otro ruego no osa resistirse el hasta entonces excesivamente cauto carcelero: María Antonieta pide papel y tinta para una carta; desde su última tenebrosa soledad querría dirigir, una vez aún, la palabra a aquellos que se preocupan por ella. El guardia trae tinta, pluma y un papel plegado, y mientras las primeras rojeces de la aurora penetran ya por la enrejada ventana, María Antonieta, con sus últimas fuerzas, comienza a escribir su última carta.

Goethe dice una vez, tratando de las últimas manifestaciones de vida espiritual inmediatamente anteriores a la muerte, esta frase magnífica: «Al fin de la vida, pensamientos hasta entonces no pensados surgen claramente del espíritu; son como genios dichosos que se posan deslumbrantes en las cimas de lo pasado». Tal misteriosa luz de despedida ilumina también esta última carta de la consagrada a la muerte: jamás María Antonieta ha concentrado su alma tan poderosamente ni con tan manifiesta claridad como en esta despedida a madame Elisabeth, la hermana de su esposo y ahora también protectora de sus hijos. Más firmes, más seguros, casi varoniles, son los rasgos de esta letra trazada en una miserable mesilla de prisión que todos aquellos que salían revoloteando desde la dorada mesa de escribir de Trianón; más pura es ahora la forma del lenguaje sin recatar el sentimiento; es como si la tempestad interna desencadenada por la muerte hubiera desgarrado toda la inquieta masa de nubes que fatalmente, durante largo tiempo, le habían encubierto a esta mujer trágica la vista de su propia profundidad.


María Antonieta escribe así: «A usted, hermana mía, es a quien escribo por última vez. Acabo de ser condenada no a una muerte vergonzosa, sólo lo es para los criminales, sino a ir a reunirme con su hermano inocente como él, espero mostrar la misma firmeza que mostró él en sus últimos momentos. Estoy tranquila como se está cuando la conciencia no reprocha nada. Tengo la profunda pena de abandonar a mis pobres hijos; usted sabe que yo no existía más que para ellos y para usted, mi hermana buena y tierna. A usted, que lo había sacrificado todo por su afecto hacia nosotros y para acompañarnos, ¡en qué situación la dejo! He sabido, por el curso del mismo proceso, que mi hija está separada de usted. ¡Ay, mi pobre niña!, no me atrevo a escribirle, no recibiría mi carta; no sé siquiera si ésta llegará a sus manos. Reciba usted mi bendición para los dos; espero que un día, cuando sean mayores, podrán reunirse con usted y gozar por completo de sus tiernos cuidados. Que piensen los dos en lo que no he cesado yo de inspirarles: que los buenos principios y el cumplimiento exacto de los deberes son la primera base de la vida, que su amistad y confianza mutuas les traerán la dicha. Que comprenda mi hija que, en la edad que tiene, debe ayudar siempre a su hermano con los consejos que su experiencia, mayor que la de él, y su cariño puedan inspirarle; que, a su vez, mi hijo preste a su hermana todos los cuidados y los servicios que su cariño pueda inspirarle; que sepan, en fin, los dos que en cualquier posición en que puedan encontrarse sólo por su unión será verdaderamente felices; que tomen el ejemplo de nosotros.

¡Cuántos consuelos en nuestras desgracias no nos han dado nuestra amistad! Y de la dicha se goza doblemente cuando puede compartirse con un amigo; y ¿dónde encontrar uno más tierno y más unido que en su propia familia? Que no olvide jamás mi hijo las últimas palabras de su padre, que tantas veces le he repetido expresamente: ¡que no trate jamás de vengar nuestra muerte! Tengo que hablar a usted de una cosa bien dolorosa para mi corazón. Sé cuánta pena ha debido producirle ese niño. Perdónele usted, mi querida hermana; piense en la edad que tiene y en lo fácil que es hacer decir a un niño lo que se quiera y hasta lo que no comprende. Llegará un día, así lo espero, en que tanto mejor sentirá él todo el aprecio de sus bondades y de su ternura hacia los dos. Me falta todavía confiar a usted mis últimos pensamientos. Habría querido escribirlos desde el comienzo del proceso; pero, aparte que no me dejaban escribir, su marcha ha sido tan rápida que, realmente, no habría tenido tiempo.

Muero en la religión católica, apostólica y romana, en la de mis padres, en la que he sido educada y que he confesado siempre. No teniendo ningún consuelo espiritual que esperar, no sabiendo si existen todavía aquí sacerdotes de esta religión y ni siquiera si el lugar en que me encuentro los expondría a demasiado peligro si entraran aquí una vez, pido sinceramente perdón a Dios de todas las faltas que he podido cometer desde que existo; espero que, en su bondad, querrá aceptar mis últimos ruegos, lo mismo que los que hago desde hace tiempo para que quiera recibir mi alma en su misericordia y su bondad. Pido perdón a todos los que conozco, y en particular a usted, hermana mía, por todas las penas que sin quererlo haya podido causarle. Perdono a todos mis enemigos el mal que me han hecho. Digo aquí adiós a mis tías y a todos mis hermanos y hermanas. He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir; que sepan, por lo menos, que hasta mi último momento he pensado en ellos.

Adiós, mi buena y tierna hermana; ¡ojalá esta carta pueda llegar a usted! Piense siempre en mí; la abrazo de todo corazón, lo mismo que a esos pobres y queridos niños. ¡Dios mío, cómo desgarra el alma dejarlos para siempre! Adiós, adiós: no voy a ocuparme más que de mis deberes espirituales. Como no soy libre en mis acciones, acaso me traigan un sacerdote; pero protesto aquí de que no le diré ni una palabra y de que lo trataré como a un ser absolutamente extraño.»

Aquí termina súbitamente la carta, sin fórmula de despedida ni firma. Probablemente la fatiga ha vencido a quien la escribió. Sobre la mesa arden todavía las dos velas de cera, cuyas vacilantes llamas acaso duren más que la vida del ser humano que escribió a su resplandor. Esta carta, venida de las sombras, no llega ya a manos de casi ninguno de aquellos a quien iba dirigida. María Antonieta, poco antes de la entrada del verdugo, se la entrega al primer carcelero, Bault, encargándole que se la dé a su cuñada; Bault había tenido bastante humanidad para proporcionarle papel y pluma, pero no el valor necesario para desempeñar sin permiso aquel encargo fúnebre (¡cuantas más cabezas se ven caer, tanto más teme uno por la suya propia!). Por tanto, conforme a los reglamentos, entrega la carta de la reina al juez instructor, Fouquier-Tinvile, que le da entrada en su registro pero tampoco la hace seguir adelante. Y cuando, después de dos años, por su parte, tiene que subir también a la carreta que ha enviado para tantos otros a la Conserjería, desaparece aquel documento; nadie en el mundo sospecha ni conoce su existencia, sino sólo un hombre único, en extremo insignificante, llamado Courtois.

Este diputado, sin altura ni talento, había recibido el encargo de la Convención, después de la prisión de Robespierre, de ordenar y publicar los papeles dejados por éste; con tal motivo, aquel antiguo zuequero tiene la revelación de cuánto poder poner en manos de alguien el apropiarse de secretos documentos de Estado, pues todos los diputados comprometidos se mueven ahora humildemente en torno al pequeño Courtois, a quien antes apenas saludaban, y le hacen las más locas promesas si les devuelve las cartas que habían dirigido a Robespierre. Es, por tanto, labor útil -observa el hábil mercader- apoderarse en cuanto sea posible de correspondencias ajenas; así, se aprovecha del caos general para saquear todos los documentos del Tribunal Revolucionario y negociar con ellos; sólo reserva en su poder, el muy ladino, la carta de María Antonieta, que en esta ocasión cae en sus manos; ¿quién puede saber, dado el curso de los tiempo, cómo podrá alguna vez ser utilizado aquel precioso documento secreto si volviese a cambiar de rumbo el viento? Durante veinte años oculta su rapiña, y, en efecto, cambia el viento. Otra vez llega a ser rey de Francia un Borbón, Luis XVIII, y los «regicidas», aquellos que habían votado la ejecución de su hermoso Luis XVI, sienten ahora en el cuello una extraña picazón. Para adquirir su favor, ofrece Courtois a Luis XVIII (¡ya se ve si es bueno el robar papeles!), en una carta hipócrita, como regalo, aquel escrito de María Antonieta «salvado» por él. Su astucia no le sirve de nada; Courtois es desterrado lo mismo que los otros. Pero se ha obtenido la carta. Veintiún años después de que la reina la ha expedido, sale a la luz esta asombrosa carta de despedida.

El libro de oraciones con las pocas líneas escritas por la reina, en una foto antigua
Pero ¡demasiado tarde! Casi todos aquellos a quienes María Antonieta quería saludar en la hora de su muerte han seguido sus pasos. Madame Elisabeth, en la guillotina; el delfín ha muerto realmente en el Temple o vaga entonces desconocido por el mundo (hasta hoy no se sabe toda la verdad), bajo nombre extraño, ignorante de su propio destino. Y tampoco a Fersen alcanza ya el amoroso saludo. Ninguna palabra lo cita en aquella carta y, sin embargo, ¿a quién si no a él van dirigidas aquellas emocionantes líneas: «He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir.» El deber prohíbe a María Antonieta que mencione delante del mundo a aquel que era para ella lo más querido. Pero había confiado en que estas líneas llegarían a estar alguna vez ante su vista y que el amante reconocería también en estas encubiertas palabras que hasta su último aliento había pensado en él con invariable rendimiento de corazón.

Pero -¡misterioso efecto lejano del sentimiento!, como si Fersen hubiese sentido el deseo de la reina de estar con él en su última hora, responde a ello, como a una llamada mágica, su Diario, al recibir la noticia de la muerte: «Es mi mayor dolor, en medio de todas mis penas, pensar que en sus últimos instantes estuvo sola, sin el consuelo de tener a alguien cerca de sí con quien hubiera podido hablar». Lo mismo que ella en él, en la más extrema soledad, también él piensa en ella en el mismo momento. Apartadas por leguas y muros, invisibles e inalcanzables una para otra, respiran sus dos almas con idéntico deseo en el mismo segundo del tiempo: en espacios inalcanzables, por encima del tiempo, se unen sus pensamientos, al difundirse en vibraciones circulares, lo mismo que labio y labio en el beso.

María Antonieta ha dejado la pluma. Lo más difícil está vencido: despedirse de todos y de todo. Ahora descansa en su lecho algunos momentos para concentrar sus últimas fuerzas. Ya, para ella, no hay nada que hacer en esta vida. Sólo una única cosa: morir, y, a la verdad, morir bien.