domingo, 21 de junio de 2026

MARIA TERESA DE AUSTRIA Y SUS HIJOS: RESPONSABILIDAD Y LEGADO MATERNO. CAP.07

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Les conflits d'une mère. Marie-Thérèse d'Autriche et ses enfants
La familia imperial alrededor de Marie Teresa, Maria Cristina y su esposo Alberto de sajonia, Maximiliano, Maria Ana, Maria Elisabeth y jose II. cuadro de Heinrich Füger (1776).
La despedida de su hija Antonieta, último comodín en este juego de alianzas, ha apenado a María Teresa. Durante muchos años y años, esta envejecida y fatigada dama ha aspirado, como la más alta dicha, a este casamiento, que acrece el poder de la Casa de Habsburgo, y, no obstante, en el último momento, le inspira cuidados el destino que ella misma ha decidido para su hija en Francia. Si se consideran con atención sus camas y su vida, hay que reconocer que esta soberana trágica, el único gran monarca de la Casa de Austria, hacía mucho tiempo que llevaba la corona sólo como una carga.

Con fatiga infinita, por medio de continuas guerras contra Prusia y los turcos, contra Oriente y Occidente, ha logrado afirmar como una unidad el Imperio, formado por sucesivas alianzas de pueblos y, en cierto sentido, artificial; pero precisamente ahora, cuando parece consolidado en lo exterior, siente decaer sus ánimos la fundadora. Un extraño presentimiento aflige a esta digna señora: aquel Imperio, al cual ha entregado ella toda su fuerza y toda su pasión, se arruinará y deshará en manos de sus descendientes; sabe bien, como política sagaz y casi profética, lo poco sólida que es esta mezcla de naciones enlazadas por la casualidad y que su existencia sólo puede ser prolongada a fuerza de precauciones, de prudencia y cauta pasividad. 

Pero ¿quién ha de continuar lo comenzado por ella con tanto cuidado? Profundos desengaños que sus hijos le han dado han suscitado en ella el espíritu de Casandra; en todos ellos falta lo que constituyó la fuerza más originariamente personal del ser de su madre: la gran paciencia, el lento y seguro planear y perseverar, el saber renunciar y el prudente limitarse a sí mismo. Pero, de la sangre lorena de su marido, debe haberse infundido una ardiente ola de inquietud en las venas de los hijos; todos están dispuestos a destruir posibilidades incalculables por el placer de un instante; una casta poco seria y descreída que sólo se esfuerza por triunfos pasajeros.

Su hijo y corregente José II adula, con la impaciencia de un príncipe heredero, a Federico el Grande, el cual, durante toda la vida ha perseguido y vejado a María Teresa, y corteja a Voltaire, a quien ella, como católica piadosa, odia como al Anticristo. Su otra hija, destinada también por ella a sentarse en un trono, la archiduquesa María Amalia, apenas casada en Parma, escandaliza a toda Europa con la ligereza de sus costumbres: al cabo de dos meses de matrimonio dilapida las finanzas, desorganiza el país, se divierte con amantes. Y también la otra, la de Nápoles, Maria Carolina, le hace poco honor; rodeada de una camarilla que apostaba fuerte en cuestiones políticas, llevo al país a una guerra civil. ninguna muestra seriedad ni severidad moral. Y la inmensa obra de abnegación y sacrificio por la cual la gran emperatriz había renunciado implacablemente a toda su vida personal y privada, a toda alegría, a todo placer fácil, se le presenta como ejecutada sin sentido. 

Les conflits d'une mère. Marie-Thérèse d'Autriche et ses enfants
El conflicto central de José II es la discordia con su madre, María Teresa, lo que a su vez marca un conflicto generacional.
Lo que preferiría sería refugiarse en un convento, y sólo el temor, inspirado en un justo presentimiento, de que su aturdido hijo destrozará inmediatamente con irreflexivos experimentos todo lo que ha edificado ella, conserva firmemente el cetro en poder de la antigua luchadora, cuyas manos, desde hace ya mucho tiempo, están fatigadas de sostenerlo.

Tampoco se hace ninguna ilusión aquella gran conocedora de caracteres acerca de su hija tardía María Antonieta; sabe las buenas cualidades de su hija más joven -su gran bondad y cordialidad, su puro y alegre buen sentido, su natural humano y sincero-, pero conoce sus peligros: su falta de madurez, su aturdimiento, su ligereza, su inconsecuencia. En medio del júbilo universal por el triunfo de su hija, la anciana señora va a la iglesia y suplica a Dios que aleje el daño que ella sola, entre todos, presiente.

                                           ***

María Teresa favoreció claramente a tres de los trece hijos que crió, concediéndoles a algunos lo que les negaba a otros. Con ello, introdujo el veneno de los celos en la familia, e incluso entre los propios hijos favorecidos. Estos tres -José, María Cristina y Fernando- se peleaban por la atención de su madre y las ventajas que esta conllevaba. Pero los celos más intensos eran los que enfrentaban a los dos mayores, los más inteligentes, los que ejercían mayor influencia sobre su madre.

Aunque las disputas, a veces muy violentas, empañaron la relación entre los corregentes, José siempre fue el hijo de quien ella se sintió más orgullosa. A pesar de las humillaciones que le infligió al final de su reinado, Leopoldo pudo testificar en 1778 que «ama profundamente al Emperador y no conoce mayor satisfacción que oírlo elogiado y aclamado». Esta afirmación fue confirmada por Rosenberg, quien se la mencionó el mismo año a Léopoldine Kaunitz: "la ternura de la Emperatriz por el Emperador, a quien ama solo más que a todos sus otros hijos juntos". Sin embargo, no ejercía sobre la emperatriz el mismo poder que María Cristina sobre su madre. Leopoldo, con cierto cinismo, explicó la razón:

"María vive para sí misma. Ella, poseedora de un talento enorme, sabe y supo explotar las debilidades de la Emperatriz. La compadece, está de acuerdo con ella, está siempre a su disposición a cualquier hora del día y en cualquier momento, le escribe constantemente, y así ha logrado ganarse su plena confianza; la obliga a hacer lo que le place, exige mucho de la Emperatriz, quien hace todo lo que ella quiere. En toda situación, desea ser mejor servida y más distinguida que todos los demás miembros de la familia. Gasta dinero en nombre de la Emperatriz y usa a su personal como si fuera suyo".

Les conflits d'une mère. Marie-Thérèse d'Autriche et ses enfants
La emperatriz María Teresa con el emperador Francisco Esteban y el joven José II en el círculo de sus consejeros. Julio Schmid.
Si José odia a María Cristina, ella le devuelve el sentimiento: «Siente una gran repulsión y odio hacia su hermano el emperador porque la ridiculiza a ella y a su marido; vuelve loca a la emperatriz contra él» Entre ellos reina una feroz envidia, constatada también por los embajadores en Viena. No es sorprendente que Leopoldo y su esposa escaparan a la ira de José (hasta 1778) y de María Cristina hasta el final de su vida. Al estar lejos de Viena y ser probablemente el menos querido por su madre, no despertó celos en ninguno de los dos. Pero al leer los feroces relatos de la mayoría de sus hermanos y hermanas, no es imposible que fuera el más celoso de todos. 

"Casi nunca ve a Marianne. La considera talentosa, pero no la soporta porque él cree que ella conspira para promover a sus protegidos en tratos comerciales. Nunca ve a Elisabeth y dice que no la soporta, pero la deja contarle chismes; sin embargo, en público, no duda en despreciar y difamar a sus dos hermanas. Es más amable y atento con Mimi [Marie-Christine], porque le tiene demasiado miedo, sabiendo que siempre está con la Emperatriz, porque dice que conspira con ella para conseguir trabajos y pensiones para sus criaturas. Él cree que le cuesta mucho dinero a la Emperatriz y se entromete en todo. Expresa su malicia hacia ella en público ridiculizándola y diciendo cosas viles que dañan a su esposo, el Príncipe Alberto. Tiene miedo de Marie y celos de ella. Desprecia a Ferdinando porque conspiró con la Emperatriz a sus espaldas. A él le gusta mucho Maximiliano porque se dedica por completo a él, hace todo lo que quiere sin contradecirlo jamás y ve que siempre será un súbdito de segunda clase que nunca podrá eclipsarlo".

Despues de la muerte de su madre, José informó a sus hermanas Mariana e Isabel que ya no eran bienvenidas en el Palacio de Hofburg, pues necesitaba su apartamento para sus oficinas. Pero incluso antes de pedirles que abandonaran Viena, las dos archiduquesas ya habían decidido retirarse a sus respectivos capítulos nobiliarios, Mariana a Klagenfurt e Isabel a Innsbruck, para no estar bajo el yugo de su hermano. Por su parte, Maximiliano, contra los deseos de José, rechaza el testamento de su madre, lo que le costaría más de lo que le reportaría. "El altercado entre los dos hermanos produjo algunos intercambios bastante acalorados. La situación están tan mal que Maximiliano ha anunciado su intención de retirarse a Mergentheim". Esto se realizará el próximo 20 de marzo.

En cuanto a las tres hermanas soberanas, sólo tienen derecho a una frase escueta: «No le importa Nápoles, y menos aún Francia, y no soporta a la hermana de Parma». Curiosamente, Leopoldo señala que José "demostró sinceramente unaGran atención, confianza y amistad”, que, al parecer, no fueron correspondidos por Leopoldo. A diferencia de sus hermanos mayores, los últimos cuatro hijos de María Teresa permanecieron unidos. En cuanto a Amelia de Parma, fue rechazada por todos, excepto por su amada Marianne y, en cierta medida, por Fernando, su vecino italiano.

                                          ***

Si bien María Teresa no logró cumplir su deseo de dejar una familia unida, es ciertamente responsable, pero no condenable. Cuidó de todos sus hijos como ninguna otra mujer de su tiempo y posición social, inaugurando el modelo de maternidad activa que triunfaría en los siglos venideros. Es cierto que fue demasiado estricta, demasiado autoritaria, demasiado desconfiada. Al no ocultar sus preferencias, lo que condujo a injusticias, no fue la madre perfecta.

Les conflits d'une mère. Marie-Thérèse d'Autriche et ses enfants
María Ana (a la derecha) con su hermana María Isabel (1743-1808) (en el centro) y su hermano José II (1741-1790), que está sentado al piano a la izquierda.
Pero ¿quién puede decir que lo es? Démosle la última palabra en su defensa:

"La educación de mis hijos siempre ha sido mi mayor y más preciado anhelo. Si todo no se ha hecho según mis instrucciones, órdenes y el cuidado que puse, no es culpa mía, sino resultado de mil circunstancias de este mundo que nos impiden alcanzar la perfección, y que son inherentes a nuestra perversa y desafortunada humanidad".

Muchas madres hoy podrían decir lo mismo.

domingo, 14 de junio de 2026

LA CONCIERGERIE: ARRIVO DE LA REINA A LA PRISIÓN. CAP.02

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JUEVES 1 DE AGOSTO DE 1793, LA CONSERJERÍA, ONCE DE LA TARDE

The Conciergerie: The Queen’s Arrival at the Prison.

En su alojamiento, situado en el entresuelo de la Conciergerie, Toussaint y Marie Richard, sentados alrededor de una mesa mal servida, terminan su cena en compañía de su joven y bella criada Rosalie Lamorlière.

Richard es el conserje de esta prisión. En realidad sus funciones son más las de un gobernador. Es una persona muy importante, a quien los familiares y amigos de los presos saludan profundamente para obtener autorización de visita. Sin embargo, es mejor preguntarle cuando esté de buen humor. Es un hombre de unos cincuenta años, muy temperamental pero con cierta compasión por sus prisioneros.

Los Richard viven en la Conciergerie con sus hijos. Fanfan es la niña querida pero, sobre todo, es su nieta quien hace compañía a su abuelo todas las mañanas en su oficina.

La verdadera directora de la prisión es su esposa Marie Richard. Ella supervisa toda la organización y siempre está llamada a resolver problemas delicados.

Sólo que aquí, esta noche no es como las demás…

Se ordenó a los conserjes que estuvieran listos para asumir una tarea importante durante la noche. Por eso prefieren quedarse con su joven sirviente para prepararse ante cualquier eventualidad.

Marie Richard entrega a su marido la carta que recibió esa misma tarde del Comité de Seguridad General.

— Rosalía -dijo Marie Richard- esta noche no nos acostaremos, tú dormirás en una silla; la Reina será trasladada del Temple a esta prisión.

Rosalie abre mucho los ojos sorprendida:

— ¿La Reina en la Conciergerie? ¿Dónde piensas instalarla?

— En la antigua sala del Consejo.

— ¡Pero Custine ya está ahí!

— Lo trasladé esta tarde a un calabozo ubicado enfrente... Rosalie, estoy de acuerdo en que hagamos todo lo posible para aliviar el sufrimiento de esta pobre Reina pero ¡sin correr jamás el más mínimo riesgo!

- Señora -dijo Rosalie con ojos brillantes- me preguntaba sobre la utilidad de esta ropa de cama, ¡no tenía idea de que estaba destinada a Su Majestad!

Marie Richard lo interrumpe con dureza:

— ¡Nunca la llames así, Rosalie! Esto podría causarnos un gran daño, llámela Señora, ¿ha entendido Rosalie? Señora! ¡De otro modo no!

— ¡Perdóneme, señora!

— Ahora ve a dormir al pasillo, te despertaré cuando llegue la Reina. Sólo el señor Richard la recibirá, esperaremos aquí a que el administrador nos llame.

Rosalie se acomoda en el único sillón que hay en la entrada. Ella ayudó a Deshouilles toda la tarde a extraer ese horrible óxido rojo que rezuma del suelo. Tiene veinticuatro años, el sueño sólo tarda un minuto en invadirla.

                                       ***

VIERNES 2 DE AGOSTO , PRIMER DÍA DE DETENCIÓN, LAS TRES DE LA MAÑANA

El sonido de una cabalgata resuena sobre los adoquines mientras suenan tres disparos en el carillón de la Sainte-Chapelle. En el entresuelo de la prisión, Rosalie Lamorlière duerme profundamente en su sillón, Marie Richard está inclinada sobre ella, con un quinquete en la mano:

— Rosalie, vamos, vamos, ¡despertemos! ¡Toma esta antorcha, allá vienen! 

The Conciergerie: The Queen’s Arrival at the Prison.

Dos coches acompañados de gendarmes a caballo entran al mismo tiempo en el patio de Mai. Del primer vagón sale una mujer alta, con una gran gorra de viuda y vestida con un traje largo negro que da aún más brillo a su extraordinaria blancura. La siguen dos agentes municipales. El último en salir del auto nota una mancha oscura en el asiento donde estaba sentada. Intrigado, lo siente, luego observa su mano a la luz de las linternas del sedán. ¡Es sangre!

Del otro coche sale un hombre pequeño, vestido de civil, de unos sesenta años: se trata del fabricante de limonada Jean-Baptiste Michonis. Es administrador de la prisión, a cargo de la policía. Lo acompañaron varios oficiales y administradores.

La mujer de apariencia imponente es María Antonieta, la viuda del rey de Francia. Está erguida, su postura es altiva, la sigue un pequeño pug, pero el modesto bulto que lleva como un vagabundo choca con esta nobleza. Sus zapatos están gastados y su vestido raído.

la Reina, rodeada por la tropa, cruza la Corte de Mayo. Los centinelas abren la puerta bajo la arcada que comparte las dos explanadas. María Antonieta baja los cinco escalones y llega a un pequeño patio que da acceso a la prisión. Con las culatas de sus rifles, los soldados llamaron repetidamente a la puerta. 

Un joven medio dormido abre la puerta, es el joven Louis Larivière, uno de los ocho poseedores de las llaves de la prisión. Lleva atado con una correa a un enorme sabueso con bozal, con el predestinado nombre de Ravage. La Reina se adentra en las profundidades de la prisión y desaparece.

El alcaide, Toussaint Richard, se quejó de no haber sido informado de la llegada inesperada a tiempo para tener una habitación preparada para el prisionero real, pero uno de sus ayudantes comentó: "La mazmorra más infectada con unas cuantas vigas de paja como cama es todo lo que se necesita". 

Aunque Richard y su esposa eran conocidos por tratar a sus prisioneros con respeto y consideración, existen relatos contradictorios sobre la primera noche de la reina en la Conciergerie. Según uno, estuvo confinada en la Cámara del Consejo. Otro informó que se alojó temporalmente en los aposentos más cómodos de Richard durante varios días hasta que se pudiera preparar la Cámara del Consejo, cerca de la capilla de la prisión. Este último relato parece más probable porque la Cámara del Consejo estaba ocupada en ese momento por otro prisionero, el condecorado general Adam Philippe Custine.

Sin embargo, la reina solo pudo haber estado alojada en los aposentos de Richard durante la primera noche de su encarcelamiento en la Conciergerie. Aunque el fiscal Antoine Quentin Fouquier-Tinville le ordenó encerrarla en una celda como a cualquier otro preso común, el alcalde Richard sacó al general Custine de la Cámara del Consejo y trasladó a la reina a la celda del general a la mañana siguiente. 

Ils ont jugé la reine (tv Movie 2018)

domingo, 7 de junio de 2026

PROCESO DEL REY: LUIS XVI ES ACUSADO DE ALTA TRAICION POR LA CONVENCION NACIONAL. CAP.05

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Trial of the King: Louis XVI is accused of high treason by the National Convention (1792).

Los dos primeros votos 14-15 DE ENERO DE 1793

La sesión del 14 de enero, que duró doce horas, concentró la lucha entre regicidas y antiregicidas. El momento temido había llegado cuando los discursos teóricos sobre la justicia y las elaboradas maniobras parlamentarias ya no eran tolerables: los diputados tienen que votar. Pero antes de votar hay que fijar el orden y la redacción de las preguntas. Las tres cuestiones que debían votarse (la culpabilidad de Luis, su castigo y el llamamiento al pueblo) no estaban en duda, pero el orden en que debían presentarse a la Convención era importante. Los regicidas querían que las cuestiones de culpabilidad y castigo se decidieran antes de apelar al pueblo. Si Luis fuera encontrado culpable (un juicio que ningún diputado pensó en duda) y luego condenado a muerte (el castigo lógico), el llamamiento al pueblo tendría poca importancia. Por otra parte, los antiregicidas quería que se votara el llamamiento al pueblo primero, porque si el llamamiento fue aprobada, los convencionales podrían inclinarse a ser más moderados al votar sobre la culpabilidad y el castigo del rey.

La pelea parlamentaria por el orden de las preguntas fue por lo tanto feroz. Y como ocurre con todo en el juicio jacobinos y los girondinos lucharon por la supremacía, examinando minuciosamente la lista de diputados contando votos, tratando de adivinar cómo votaría la mayoría de los diputados del Marais. La mayoría de los participantes en la convención aún no se habían declarado, pero el 14 de enero había una gran cantidad de pruebas disponibles en las que basar una predicción. Por ejemplo, allí Se publicaron 406 opiniones en los discursos del juicio, ya sea pronunciados en la tribuna y posteriormente publicados, o discursos que nunca se entregaron, pero se publicaron a expensas del gobierno y provinieron de las plumas de 291 diputados, o alrededor del 39 por ciento de la Convención. Setenta y ocho de los ochenta y tres departamentos representados en la Convención tuvieran al menos un diputado que hubiera publicó al menos una opinión. Otros diputados habían permanecido mudos. durante todo el juicio, no participando en los debates ni publicando opinión. ¿Cómo votaría esta silenciosa mayoría?

El comportamiento político de los diputados del Marais sería coherente: después de haberse opuesto a las propuestas girondinas de crear una guardia departamental, de castigar a los septembriseurs y de acusar al duque de Orleans, ahora se opondrían al indulto para el rey votando a favor de muerte y contra el llamamiento al pueblo. Pero suele ser un error suponer que el comportamiento político es racional y lógico; y en una cuestión tan emotiva y personal como el destino del rey fue un error evidente. Pero si los Montagne sobreestimó su fuerza, fue esencialmente correcto en su análisis y tomó una decisión política prudente el 14 de enero, o al menos una decisión consistente con su evaluación equivocada. Los regicidas decidieron que encontrarían a Luis culpable si los diputados tuvieran libertad para votar.

Ninguno de los grandes líderes raciales: ¡Robespierre, Saint-just y Mara! Participó especialmente en los debates de ese día. El único jacobino de importancia que habló fue Geotrges Cauthon, cuya contribución fue leve y que aún no se había convertido en una de las voces principales de la izquierda. Los regicidas evitaron astutamente enemistarse con el Marais con otra diatriba más sobre la justicia revolucionaria y las maquinaciones de los girondinos. Los antiregicidas razonaron que la Convención no había demostrado particular entusiasmo por el regicidio y, de hecho, había mostrado considerable inquietud ante los procedimientos poco ortodoxos. Es cierto, la mayoría no había apoyado ninguna de las propuestas girondinas, pero tampoco apoyaron cualquier propuesta jacobina. Los antiregicidas asumieron que esto significó que la mayoría de los diputados se mostraron reacios a enviar el rey a la guillotina, reacio a apoyar a los Montagne. 

El debate sobre el orden de las preguntas estuvo desorganizado y frecuentemente fuera de control, las propuestas desconcertantes en complejidad y número. Hablaron 32 diputados, aproximadamente divididos entre regicidas y antiregicidas ya que las reglas procesales de la Convención especificaban que se debe seguir a un orador para una proposición por un orador en contra. Varios de los líderes reconocidos de Girondino acudió a la tribuna para defender la necesidad de poner en primer lugar el llamamiento al pueblo en el orden de las preguntas: los Montagne permaneció en silencio. 

A principios de los debates del 14 de enero surgió un acuerdo: el necesidad de una votación nominal. Los argumentos utilizados para sustentar este recurso nominal, eran idénticos tanto para regicidas como para antiregicidas: solemnidad de la ocasión y su enorme importancia política. La cuestión del voto abierto versus el voto secreto era una cuestión constante para la Revolución, avanzando a tientas hacia procedimientos democráticos. En general, los moderados estaban a favor de una votación secreta, los radicales una votación abierta. El primero insistió en que el voto secreto salvó al elector de la presión injusta de sus compañeros, del acoso posterior gracias a su elector y, en consecuencia, garantizó un voto libre. Este último insistió en que el voto secreto fomentaba el egoísmo y irresponsabilidad. Era más sano que un hombre se levantara en público y ser contado. El secreto era la costumbre de la corte, pero un pueblo revolucionario debía hacer sus asuntos políticos abiertamente. 

En las elecciones de noviembre para la alcaldía de París, los girondinos habían insistido en el voto secreto como medida de control de la intimidación radical, los jacobinos habían insistido en una votación oral. Pero en el juicio del rey ambas  facciones acordaron que la votación debe ser abierta y nominal. La razón era simple: tanto girondinos como jacobinos creían en el silencio. La mayoría preferiría la protección de una votación secreta y ambos creían que una votación secreta les haría perder apoyo en el Marais.

Le Déluge 2024

Las propuestas sobre el orden de las preguntas y su redacción cubrió casi todas las posibilidades imaginables. Algunos argumentaron que la convención debería votar sólo sobre la cuestión de la culpabilidad del rey, y si fuera declarado culpable sufriría la pena prevista para la traición en el Código Penal: la muerte. Algunos argumentaron que el llamamiento al pueblo debía ser lo primero, porque ellos entendían que la propuesta significa que la nación debe ser consultada antes de cualquier otras votaciones. Otros argumentaron que la apelación era sólo una ratificación, pero aún debe ocupar el primer lugar en el orden. Algunos querían abandonar por completo la votación sobre el llamamiento al pueblo. 

Un girondino simpatizante Pierre-Claude-François Daunou propuso la solución a los procedimientos complicados de la sesión. Primero los diputados tienen que decidir si el juicio del rey fue un acto político o un acto judicial: ¿estaban juzgando al rey o simplemente tomando una decisión sobre la seguridad de la nación? En el primer caso, la propuesta de Daunou llamaba por once votaciones diferentes, en las últimas diez. La propuesta no ganó adherentes. Nicolas-Marie Quinette, moderado, consideró que el llamamiento al pueblo era una maniobra política y quiso evitar toda la cuestión votando sólo sobre la culpabilidad de Luis. Esta propuesta fue un intento de hacer de Luis un ciudadano común y corriente, sujeto a las mismas leyes como cualquier otro francés.

Brissot propuso que la primera pregunta debería ser "¿tenía la Convención derecho a Juzgar al rey?" Una vez decidido esto, los diputados podían votar sobre la culpa de Luis. La tercera pregunta sería: "¿Tiene la Convención la misión de pronunciarse sobre la vida o muerte?” La propuesta cayó, merecidamente, muerta desde la tribuna. Pero indicó que todavía había diputados que creían que la convención no pudo juzgar al rey. Cuando todos los que habían pedido la palabra terminaron, los secretarios, sin duda tan confundidas como sus colegas, leer las distintas propuestas. Esta repetición sólo engrosó la niebla ya impenetrable. En el medio del desorden, Defermon, ex presidente de la Convención, logró proponer un compromiso: convocó a una votación sobre la cual las tres preguntas vendría primero. Los secretarios comenzaron a pasar lista sobre la moción de Defermon, pero la Convención se vio inmediatamente convulsionada por el desorden. Durante una breve pausa en el tumulto Barere y Barbaroux sugirieron compromisos y nuevamente los secretarios comenzaron a pasar lista. Nuevamente la anarquía reemplazó al orden.

El presidente Vergniaud se rindió a la confusión y puso su sombrero en la cabeza, simbolizando que la sesión fue suspendida y no podía ocuparse de ningún asunto parlamentario. Después de varios minutos los diputados se dieron cuenta de la acción de Vergniaud y se calmaron. Cauthon, el cortés y apacible jacobino que estaba confinado a una silla de ruedas debido a una meningitis paralizante, tomó la palabra. "Es muy doloroso para el bienestar público ver los desórdenes en que se encuentra la Convención", dijo a la Convención. La sesión duró más de tres horas y, aparte del acuerdo sobre la necesidad de una votación nominal no se había adoptado ni una sola decisión, Couthon pidió que se pasara lista inmediatamente sobre la culpabilidad de Luis. Una vez más el orden colapsó.

Manuel propuso que todo el problema se entregara a una comisión que presentaría a la Convención el orden y redacción de las preguntas al día siguiente. El desorden continuó. Vergniaud, agotado por sus infructuosos esfuerzos por controlar la Convención, pidió a Treilhard, ex presidente, que lo reemplazara en la silla. Treilhard no pudo hacer cumplir la autoridad del presidente en ningún momento. Pedro Loysel, un simpatizante girondino, deliberadamente provocó a los Montagne: "Si se declarara culpable a Luis antes de que el soberano ratificara este juicio, lo asesinarían", gritó. El insulto, según las lacónicas palabras de la transcripción de la sesión, provocó "Interrupciones violentas y nuevos murmullos de la extrema izquierda".

La manifestación provocada por el descaro de Loysel duró sólo un poco tiempo. La Convención estaba cansada de las incesantes disputas y el desorden. Los diputados se habían esforzado hasta llegar a un estado de excitación que había logrado agotar su pasión por la confrontación. Boyer-Fonfrede, uno de los internos girondinos, propuso un compromiso que finalmente fue aceptado:

Primera pregunta: ¿Es Louis culpable? (sí o no)

Segunda pregunta: Cualquiera que sea su decisión, ¿deberá someterse a la ratificación del pueblo? (sí o no)

Tercera pregunta: ¿Qué castigo sufrirá Luis?

Aproximadamente la misma formulación había sido propuesta horas antes, pero la Convención no estaba entonces dispuesta a aceptarlo. Y era importante que el compromiso viniera de los girondinos, los defensores del llamamiento al pueblo. Los diputados votaron por aceptar la formulación de Boyer-Fonfrede y la sesión terminó a las 9:30pm.

 Además, el compromiso de Boyer-Fonfrede llevó al llamamiento al pueblo a ratificar la decisión del Convenio sobre las penas. ¿podría la Convención, por decreto, limitar la soberanía de la nación? Aún así, la inclusión del llamamiento al pueblo. Cualquiera que sea el veredicto, no se podría imponer pena, asumiendo la apelación al pueblo llevado, sin consultar a la nación, y esto significaría inevitablemente un retraso.

La sesión del martes 15 de enero comenzó a las 10:43 horas, tarde comienzo de la Convención. La larga y amarga sesión del anterior día (y la noche) había agotado a los diputados, de modo que a pesar de la importancia del negocio en cuestión, muchos no pudieron tomar su asientos en el horario habitual. Los miembros presentes decidieron pasar a la lectura rutinaria de cartas mientras esperaban al resto de sus compañeros. 

Vergniaud, el presidente, anunció entonces el planteamiento de la pregunta:

"¿Es Luis Capeto, antiguo rey de los franceses, culpable de conspiración?"

¿contra la libertad y atentados contra la seguridad del Estado?

"Sí o no". Las secretarias comenzaron a pasar lista.

La mayoría de los diputados se conformaron con un simple "" o "No". Aun así, decenas de diputados no pudieron resistir la tentación de dar la razones de su elección, y estas explicaciones, en forma abreviada de formulario, refleje todas las cuestiones del juicio. El duque de Orleans no tuvo dificultades para votar por su primo culpable. El pase de lista sobre la culpabilidad del rey terminó en un tiempo relativamente corto. Vergniaud consultó brevemente con las secretarias y luego dijo a la convención: "Voy a anunciar los resultados de la convocatoria nominal. Invito a los socios y ciudadanos a escuchar los resultados en la calma que sea apropiado a la situación".

Los secretarios calcularon la composición de la Convención en 745 diputados. Veinte estuvieron ausentes del negocio oficial. Cinco estuvieron ausentes por enfermedad. Uno estuvo ausente "sin motivo conocido". Veintiséis diputados habían hecho "diversas declaraciones", a las que se les adjunta alguna condición o aclaración a sus votos, lo que dejó 693 diputados que habían votado "" que el rey era culpable de los cargos. Ningún diputado había votado "no".

Le Déluge 2024

"Asi", anunció Vergniaud, "la Convención Nacional declara a Louis Capet culpable de atentado contra la libertad y de conspiración contra la seguridad general del Estado". La declaración de culpabilidad fue casi unánime. Luis fue considerado culpable por toda la Convención. Quedaba por ver si los diputados fueron coherentes y condenaría a muerte al rey culpable.

Sin interrupción la Convención pasó al segundo pase de lista:

"La sentencia que se dicte sobre Luis, ¿deberá someterse a la ratificación del pueblo unido en sus asambleas primarias? "Sí o no". Esta votación sobre el llamamiento al pueblo, en su formulación definitiva, tenía poco que ver con el destino de Luis, pero era la votación crucial en la contienda política entre jacobinos y girondinos. 

Mallet du Pan, un periodista contemporáneo, lo expresó sin rodeos: "La mayoría de los que votaron para enviar el juicio del rey al pueblo no lo hizo por ningún sentimiento de justicia, de humanidad, de compasión por este infortunado príncipe; pero únicamente por razones políticas. En una palabra, para evitarle a la Convención el odio de ser regicidio."

El pase de lista para el llamamiento al pueblo fue largo y tedioso. Muchos diputados optaron por explicar sus votos, a menudo de forma extensa. No esperaban persuadir a sus colegas ni alterar el resultado; más bien aprovecharon la ocasión para justificarse y vilipendiar a sus enemigos.

Fueron 424 votos en contra del recurso, 283 votos a favor. "Declaro, en el nombre de la Convención", dijo el presidente, "que la sentencia contra Louis Capet no será enviado al pueblo para su ratificación".

El 15 de enero la Convención había anunciado a Francia y al mundo que ella sola iba a juzgar al rey; y la mayoría de los contemporáneos creían que esto significaba la pena de muerte. Al hacerlo, anunciarían públicamente que, aunque consideraban al rey culpable de traición, y aunque cualquier otro hombre fuera encontrado igualmente culpable iría a la guillotina, Luis era de alguna manera diferente. Las leyes que gobernaban Francia de alguna manera no se aplicaban a Luis. Para librar a Luis del castigo prescrito por traición. Parecía sospechosamente como diciendo lo que los apologistas realistas habían dicho durante siglos: el rey era único, por encima de la ley, tal vez una criatura semidivina que debe responder sólo ante Dios.

Al día siguiente tuvieron que regresar al Manege para votar sobre la decisión del castigo de Luis XVI.

👉🏻 #Proceso y ejecución del rey

domingo, 31 de mayo de 2026

El TEMPLE: LA PRINCESA DE LAMBALLE Y EL SÉQUITO SON SEPARADOS DE LA FAMILIA REAL. CAP.04

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The Princess of Lamballe is separated from the royal family at the Temple.
Imágenes de Marie Antoinette de 1938, donde vemos como la princesa de Lamballe es separada a la fuerza de la familia real en el Temple.
Tan pronto como la familia real se instaló en la pequeña torre, las medidas de seguridad se volvieron draconianas. Algunas ventanas fueron inmediatamente bloqueadas para impedir que los cautivos se comunicaran con el mundo exterior. En la planta baja, todos los días se examinaba la comida, se degustaban los platos y se inspeccionaban los restos por temor a que allí se escondieran mensajes secretos. La ropa blanca, sacada del Temple para ser lavada por la viuda Clouet, también fue registrada en el camino de ida y vuelta. En el rellano del primer piso, en la puerta que daba a la escalera estaba montada una enorme cerradura traída de la prisión de Châtelet. En un pequeño camerino, dos “cerberos con rostro humano”, los llaveros Rocher y Risbey, estaban puesto en guardia.

La familia real había llegado al Temple completamente desprovistos incluso de lo más necesario. Estaban obligados, por tanto, a tener comunicación exterior, unas veces para una cosa, otras para otra, y estas comunicaciones, obstaculizadas por mil obstáculos, al cabo de un tiempo se convirtieron en motivo de sospecha. La Comuna decidió entonces formar un comité del Templo “para vigilar todo lo que sucede en torno a la persona del rey”. La idea no era nueva, ya que el 6 de agosto Pétion había propuesto designar cada día a ciudadanos de las 48 secciones de la ciudad de París para custodiar al rey en las Tullerías.

Aquellos que tuvieron el conmovedor privilegio de seguirlos en sus desgracias, fueron denunciados ante la Comuna, que en su sesión del 17 de agosto ordenó que los sacaran de la torre. La notificación de este decreto fue transmitida al día siguiente al Temple por dos funcionarios municipales. Era la hora de cenar, La familia real estaba, según su costumbre habitual, a la mesa en la habitación del Rey. "Señores -respondió el Rey- es en virtud de una orden del alcalde que estas personas nos han seguido a mí y a mi familia". "No importa -respondieron los comisarios- la nueva orden que llevamos anula la primera; la Comuna seleccionará a otras personas para que le atiendan". (Parece que la intención era rodear a la familia real de las esposas y parientes de los funcionarios municipales) 

"Señores -dijo el Rey- si persisten en sacar a los sirvientes que aquí tenemos, declaro que mi familia y yo nos atenderemos a nosotros mismos. Que no me presenten, pues, persona alguna". "Informaremos -respondieron los enviados de la Comuna- informaremos al Consejo General del resultado de nuestra misión", y se retiraron. Manuel llegó al Temple como a las cinco; afectado por el dolor manifestado por el Rey y la Reina, ante la idea de perder a personas tan apegadas a ellos, prometió hacer todo lo posible para obtener la revocación de la orden que acababa de dictarse, y partió para conferenciar con el Consejo de la Comuna sobre este punto.

A última hora de la tarde, dos enviados municipales se presentaron en la torre, anotaron los nombres de la princesa de Lamballe, de Madame de Tourzel, y de todas las personas al servicio de la familia real, y luego, sin explicar el objeto de su procedimiento, se retiró. En la noche del día 19 se presentaron nuevamente estos dos funcionarios municipales, encargados de traer a todas las personas que no fueran miembros de la familia Capeto. La Reina se opuso en vano a la partida de Madame de Lamballe, declarando que era su pariente y que el decreto de la Comuna no podía afectarla. Su despedida fue desgarradora.

Los dos niños, despertados por el ruido, mezclaron sus lágrimas y sus caricias en esta escena de dolor, que los municipales sólo pudieron poner fin arrastrando violentamente a la señora de Lamballe y a la señora de Tourzel, asegurándoles que se les permitiría regresar después de haber sido examinadas. Hue y Chamilly, las damas de Saint Brice, Navarre, Basire y Thibaud, fueron, con estos tres cautivos, conducidos a la luz de las antorchas a través del jardín. Al llegar a la puerta del Temple, subieron a coches de alquiler, sin saber adónde iban, y fueron conducidos primero al bar de la Comuna y de allí al Hôtel de la Force.

Le Déluge 2024

El Termómetro de la época justificó esta medida informando que “cartas y libelos contrarrevolucionarios” llegaron al Temple, a través de “las señoras de Tourzel, de Lamballe y otras sirvientas de la corte”. La Comuna tenía motivos para sospechar: las señoras de Navarre y Thibault fueron, después de todo, descritas como "los individuos más contrarrevolucionarios que jamás habíamos visto",  mientras que se decía que la princesa de Lamballe había logrado pasar cartas fuera.

Conducidos al Ayuntamiento, los criados y cortesanos fueron interrogados por miembros de la Comuna; el fiscal adjunto Billaud-Varenne hizo las preguntas “en nombre del pueblo soberano”. La sesión fue breve, los interrogatorios insignificantes. Madame de Navarre tuvo que responder por haber tenido en su poder un folleto titulado Reflexiones cristianas, principal acusación formulada contra ella.

Al día siguiente, 20 de agosto de 1792. El señor Hue, solo, fue conducido de regreso al Temple; no conocía la suerte de sus compañeros, pero su regreso inspiraba la esperanza de que ellos, como él, serían devueltos a la torre. Esa esperanza nunca se cumplió. Por la tarde, hacia las seis, se presentó Manuel; dijo al rey que no había tenido éxito en sus esfuerzos y que lamentaba decirle, por parte de la Comuna, que Madame de Lamballe, Madame de Tourzel, Chamilly y las damas de cámara no regresaron al Temple. "¿Qué ha sido de ellas?" preguntó Luis. "Están presas en el Hotel de la Force", respondió Manuel. "¿Qué harán -prosiguió el Rey mirando al señor Hue- con el último criado que me queda?". "La Comuna se lo dejará a usted" dijo Manuel.

"Mis compañeros -respondió el otro funcionario municipal- han pasado varias noches sin dormir; se han ido a descansar; pero esta tarde la Asamblea estará completa y determinará el destino de estas personas; su examen ha terminado. Supongo que serán enviados de regreso a sus deberes". El nombre de este hombre era Michel.

La alegría del Príncipe Real por el regreso de Hue había sido ardiente; Su decepción fue grande al ver a la Reina y a Madame Elizabeth preparar para los nuevos prisioneros de La Force los artículos que absolutamente necesitaban. Manuel quedó sorprendido al ver a estas dos Princesas confeccionar fardos de lino, con cordial afán y natural sencillez. Vio que, como había dicho el Rey, la raza que había gobernado el mundo era capaz de servirse a sí misma. En cuanto al principito, entristecido por estos preparativos que presagiaban una larga ausencia, exclamó con disgusto: "¿Pero por qué impiden que la señora de Tourzel regrese?" Su camita, la noche anterior, había sido colocada en el cuarto de su madre, y el día 21, tras la angustiosa noticia traída por Manuel, madame Elizabeth abandonó su apartamento, en el segundo piso, que era, como hemos dicho, una vieja cocina, y se instaló en la habitación desierta del Delfín, y Madame Royale, que hasta entonces había pasado la noche en la habitación de su madre, se instaló ella misma en el apartamento de su tía.

👉🏻 #El Regime del terror

domingo, 24 de mayo de 2026

EL MANIFIESTO DE BRUNSWICK (PUBLICADO EN PARIS EL 3 DE AGOSTO 1792)

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The Brunswick Manifesto (Published in Paris on August 3, 1792)
Portrait of Charles William Ferdinand, Duke of Brunswick-Wolfenbüttel (1735-1806) by Johann Georg Ziesenis.
Desde el comienzo de la guerra, los aliados planearon dirigir una proclama al pueblo francés con la intención de reunir a los moderados. Luis XVI incluso había enviado a Viena a un periodista suizo, Mallet du Pan, expresamente para explicarles su punto de vista. En una carta a Fersen del 30 de abril, María Antonieta había especificado claramente lo que debían decir y no decir: no estaban haciendo la guerra a la nación, sino a los instigadores del desorden, y solo querían procurar la libertad del rey, quien luego discutiría con su pueblo el régimen a ser establecido. ¡Sobre todo, que eviten inmiscuirse en los asuntos internos! "Los franceses siempre rechazarán la intervención política de extranjeros en sus asuntos -dijo- por sentido común, y el orgullo nacional está tan apegado a esta idea, que es imposible que el rey se desvíe de él si desea restablecer su reino".

La proclama firmada por el duque de Brunswick el 25 de julio, generalísimo de los ejércitos austroprusianos, había sido recibido por Luis XVI el 28 de julio. el rey y la reina lo había estado esperando desde mayo. Con este fin, el ginebrino Mallet du Pan había sido enviado por la corte a los soberanos aliados con quienes habló en Frankfurt, durante la coronación de Francisco II, en julio. Al mismo tiempo, María Antonieta, como hemos visto, bombardeaba a sus dos corresponsales favoritos, Mercy y Fersen, de llamados cada vez más apremiantes a una declaración firme y amenazante de las potencias. Otro intercambio epistolar, el del exministro Montmorin con el conde LaMarck en Bruselas, llegó a Mercy, quien lo pasó a la corte de Viena. En julio, alarmantes noticias sobre el peligro que corría la familia real confirmaron, por este medio, la urgencia de la intervención exigida por los reyes. La idea, increíblemente ingenua, era que un manifiesto desde el exterior pudiera provocar un sano temor en las filas de los patriotas y otros jacobinos, en beneficio de Luis XVI.
  
The Brunswick Manifesto (Published in Paris on August 3, 1792)
Primeras líneas del manifiesto Hecho en Coblenza el 25 de julio y publicado en París el 3 de agosto.
Finalmente volvió a Fersen para preparar el texto conminatorio; confió el cuidado al marqués de Limon, un financiero francés que emigró, y lo transmitió a Mercy. María Antonieta había vuelto a escribir, el 24 de julio, a Fersen: “Dígale a M. de Mercy que los días del rey y la reina corren el mayor peligro; que un retraso de un día puede producir desgracias incalculables, que el manifiesto debe enviarse inmediatamente, que se espera con extrema impaciencia, que necesariamente reunirá a muchas personas en torno al rey y la voluntad segura, que de lo contrario nadie puede responder por él durante veinticuatro horas".
 
En buena medida, lo que se llama el manifiesto de Brunswick se debe a María Antonieta que nunca cesó, especialmente después del 20 de junio, de obtener su proclamación, sin comprender el alcance suicida de tal provocación. Cierto es que la reina en este plan había contado con el apoyo de un séquito que, por ser tan ciego como ella, no tenía excusa para ser, como ella, blanco diario de los más despreciables atropellos y amenazas. El texto, impreso por primera vez por un periódico realista el 30 de julio, fue publicado oficialmente por Le Moniteur en su edición del 3 de agosto.

El Emperador y el Rey de Prusia, decía, habían ido a la guerra para hacer justicia a los príncipes poseídos de Alsacia y Lorena; no tenían metas de conquista. Sin embargo, revelaron su verdadera motivación, diciendo que querían restaurar el poder real en Francia, para poner fin a la anarquía allí. 
 
The Brunswick Manifesto (Published in Paris on August 3, 1792)
Multa honorable del Príncipe de Brunswick y quema de su Manifiesto.
El texto en ocho puntos que se hizo firmar al duque de Brunswick estaba calculado para enfurecer a las poblaciones más pacíficas. Sólo los dos primeros puntos cumplían con los deseos de María Antonieta. El resto, como un ultimátum, convocó a civiles y soldados a someterse a ejércitos extranjeros, con pena de ser tratados "según el rigor de las leyes de la guerra". Palabras muy duras compararon a la Asamblea con "una facción" que subyugó y oprimió a la nación. Entre líneas se podía leer la promesa de un retorno al antiguo orden, cuando todos los decretos impuestos al rey bajo coacción serían abolidos. El último párrafo, finalmente, pretendía aterrorizar a la capital:

La ciudad de París y todos sus habitantes sin distinción estarán obligados a someterse inmediatamente y sin demora al rey, para poner a este príncipe en plena y entera libertad, y para asegurarle a él y a todas las personas reales, la inviolabilidad y el respeto a los que el derecho de la naturaleza y de las naciones obliga a los súbditos hacia los soberanos. Sus Majestades Imperiales y Reales tienen personalmente responsable de todos los eventos, sobre sus cabezas, a ser juzgados militarmente, sin esperanza de indulto, todos los miembros de la Asamblea Nacional, del departamento, del distrito, del municipio y de la guardia nacional de París, los jueces de paz y todos los demás a quienes pertenezca; declaran además sus dichas Majestades, en su fe y palabra de emperador y rey, que si el castillo de las Tullerías es forzado o insultado, que si se hace la menor violencia, el menor ultraje a Sus Majestades el rey, la reina y a la familia real, si no se toman medidas inmediatas para su seguridad, su conservación y su libertad, tomarán una venganza ejemplar y para siempre memorable, entregando la ciudad de París a una ejecución militar y a una subversión total y los rebeldes culpables de ataques a las torturas que habrán merecido. Sus Majestades Imperiales y Reales, por el contrario, prometen a los habitantes de la ciudad de París utilizar sus buenos oficios con su Cristianísima Majestad para obtener el perdón de sus faltas y errores, y tomar las medidas más enérgicas para asegurar sus personas y bienes, si cumplen pronta y exactamente el mandato anterior".
 
Marie Antoinette Queen of France 1956

En Bruselas, donde creía en los efectos abrumadores de su manifiesto y en la pronta victoria de los ejércitos austro-prusianos, Fersen ya enviaba un plan para un ministerio realista para Luis XVI. Breteuil iba a ser Primer Ministro, los Asuntos Exteriores se encomendaron a Bombelles, los Sellos a Barentin, las Finanzas al Obispo de Pamiers... Mencionó también la distribución de embajadores en las cortes europeas! Fersen sabía que el rey y la reina iban a vivir días difíciles. "Dios os guarde a todos, es mi único deseo", escribió a María Antonieta a quien le dio este último e increíble consejo: "Si os ha sido útil esconderos alguna vez, no dudéis, os lo ruego, en tomar este curso; esto podría dar tiempo para llegar a usted".

Este texto, de una arrogancia insoportable, pecaba también de presunción, porque los aliados usaban allí una lengua de ocupantes en país conquistado, cuando aún no habían cruzado la frontera. Era vender la piel del oso revolucionario antes de haberlo matado. ejecuciones y destrucción total: las ideas de un Tamerlán enunciadas, antes del primer disparo de fusil, por un general débil de ánimos. La mano de Fersen, ha prendido el fuego, con esta loca amenaza, a una bomba cargada de metralla. Y con este idiota desafío estalla la cólera de veinte millones de franceses.
 
The Brunswick Manifesto (Published in Paris on August 3, 1792)
Brunswick / Pobre Manifiesto / debes tener un destino noble. [...]
Los soberanos quedaron consternados al leer esta diatriba. Nunca es sabio insultar a las personas y desafiarlas. El manifiesto de Brunswick logró lo que los republicanos más ardientes no se habrían atrevido a esperar. Reúne en el mismo odio al invasor a los franceses indignados, dispuestos a recoger el guante. Volvió a despertar la antigua hostilidad contra Austria, que la inversión de las alianzas no había logrado destruir. Purificó de sus olores partidistas el sentimiento nacional, hasta entonces orientado a la defensa de la Revolución, proponiéndole la defensa del territorio amenazado. Creó la unión sagrada, al servicio de la patria en peligro. Y completó por repercusión comprometer al rey ya la reina, solidarios del campo enemigo. Luis XVI ya no podía defenderse de pertenecer a la contrarrevolución.

Luis se creyó obligado, en cualquier caso, a desautorizar a sus amigos comprometidos en el extranjero mediante un mensaje a la Asamblea Nacional, el 3 de agosto. Negó la autenticidad del duque de Brunswick, pero pensó que debía reafirmar, en esta ocasión, sus “sentimientos” y sus “principios”:
 
La Révolution française 1989

Jamás me verá nadie comprometiendo la gloria o los intereses de la nación, recibiendo la ley de extranjería o la de un partido. Es a la nación a quien me debo, soy uno con ella. ningún interés puede separarme de ella; solo ella será escuchada. Mantendré la independencia nacional hasta mi último aliento. Los peligros personales no son nada comparados con las desgracias públicas".

También anunció "que tomaría, de acuerdo con la Asamblea Nacional, todos los medios para garantizar que las inevitables desgracias de la guerra fueran beneficiosas para la libertad de la nación y para su gloria". Estas palabras no convencieron a nadie. En la Asamblea, los jacobinos no dudaron en preguntar "¿qué había hecho el rey para detener el plan de contrarrevolución que abarcaba a Francia y se ramificaba en cortes extranjeras". Pétion subió a la tribuna de la Asamblea para exigir nuevamente, en nombre de las secciones, la destitución de Luis XVI y la convocatoria de una Convención Nacional elegida por sufragio universal. 

La petición de la Comuna de París (bajo este título fue publicada) denuncia al jefe del poder ejecutivo, sus “crímenes” que “mancillarán las páginas de la historia”; argumenta en comparación "los beneficios de la nación para Luis XVI". La denuncia fue actualizada: “Dos déspotas publican contra la nación un manifiesto tan insolente como absurdo. Franceses parricidas, dirigidos por los hermanos, los padres, los aliados del rey, se preparan para desgarrar el corazón de la patria… Y es para vengar a Luis XVI que se ultraja descaradamente la soberanía nacional… Mientras tengamos tal rey, no se puede establecer la libertad; y queremos seguir siendo libres".
 
The Brunswick Manifesto (Published in Paris on August 3, 1792)
Caricatura anónima de 1792. Cuatro personajes que representan naciones extranjeras muestran su hostilidad hacia el manifiesto de Brunswick. La Renommée flota en el cielo con un cartel que dice República Francesa .
En la Constitucion, que Luis XVI habia invocado distintas veces, habia un artículo terrible en virtud del cual si el rey se ponia a la cabeza de un ejército, dirijiéndolo contra la nacion, ó si no se oponia con un hecho formal a cualquier complot semejante que se ejecutase en su nombre, se consideraria que habia abdicado la corona.

Oh rey! -exclamaba Vergniaud- que sin duda habeis creido como el tirano Lisandro que la verdad vale tanto como la mentira, y que era preciso entretener a los hombres con juramentos, como se entretiene a los niños con juguetes; que solo habeis fingido amar las leyes a fin de conservar el poder que os servia para insultarlas, y la Constitucion para que no os precipitase del trono, donde necesitabas permanecer para destruirla; ¿pensais engañarnos con hipócritas protestas? ¿era defendernos el oponer a los soldados estranjeros fuerzas cuya inferioridad no dejaba dudar si quiera de su derrota? ¿era defendernos no reprimir a un general que violaba la Constitucion, y encadenar el valor de los que la servian? ¿Os dejó la Constitucion el derecho de elegir los ministros para nuestra felicidad o para nuestra ruina? ¿Os hizo jefe del ejército para gloria o vergüenza nuestra? ¿Os dió en fin el derecho de sancion, una lista civil y tantas prerogativas para perder constitucionalmente al imperio? No! no! hombre a quien la generosidad de los franceses no ha podido hacer sensible, yá quien solo el amor al despotismo ha podido mover..... nada sois ya para esa Constitucion que tan indignamente habeis violado, para ese pueblo que tan indignamente habeis vendido!".
 
The Brunswick Manifesto (Published in Paris on August 3, 1792)
Retratos de Brunswick como león y burro.
El discurso de Vergniaud era hipotético. Brissot nada dejó que desear:

"El peligro que corremos es el mas estraordinario que hasta el presente se haya visto en el transcurso de los siglos: la patria está en peligro, no porque le falten soldados, no porque estos sean poco animosos, sus fronteras poco fortificadas o escasos sus recursos, no!; la patria está en peligro porque han paralizado sus fuerzas. ¿Y quién las ha paralizado? un solo hombre, el mismo que la Constitucion ha hecho su jefe, y al cual pérfidos consejeros han convertido en su enemigo. Se os dice que temais a los reyes de Hungría y de Prusia; pero yo afirmo que la fuerza principal de esos reyes reside en la corte, y que en ella es donde debemos vencerles primero. Os dicen que persigais ea todos los intrigantes, a todos los facciosos, á todos los conspiradores; anonadad el gabinete de las Tullerías y todos desaparecerán, porque a aquel gabinete es donde van a parar todos los hilos, donde se hunden todas las tramas, de donde salen todos los impulsos; en una palabra, la nacion es su juguete. Tal es el secreto de nuestra posicion y el origen del mal: allí debemos aplicar el remedio".
 
La Marseillaise 1938

El directorio nombrado por el comité central de los federados se reunió en la tarde del día 4 y decidió lanzar la insurrección. Santerre en cabeza, había fijado la jornada “D” a las 5. Pétion todavía logra disuadirla: el día se pospone para el 9. Ante todas estas iniciativas y llamamientos, puntuados por mítines públicos, pancartas violentas, mociones vengativas votadas en toda la red jacobina, la Asamblea se mantuvo expectante. Los muros de las Tullerías acaban cayendo como las murallas de Jericó: los toques de trompeta le convertirán en el auténtico vencido del 10 de agosto.

domingo, 17 de mayo de 2026

LA DECLARACIÓN DE PILLNITZ (27 AGOSTO 1791)

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a joint statement issued on August 27, 1791, at Pillnitz Castle in Saxony by Austrian Emperor Leopold II and King Frederick William II of Prussia
La reunión en el castillo de Pillnitz en 1791. Pintura al óleo de JH Schmidt.
La noticia de la fuga del rey y su familia había producido una gran alegría en el exterior. Los corazones de los emigrantes se habían abierto a las esperanzas más halagadoras. Nos felicitamos, nos besamos. En Bruselas se preparaban grandes celebraciones a la espera del correo que anunciaría que Luis XVI había cruzado con éxito la frontera. El emperador Leopoldo envió a Marie-Christine la orden de enviar doce mil hombres al encuentro de los fugitivos. Al mismo tiempo, le invitó a abstenerse de negociar con el conde de Artois.

El desastre de Varennes apagó este estallido de alegría. Durante los días siguientes, no hubo más que pánico y desorden a su alrededor. La archiduquesa Marie-Christine lloró por su hermana. Fersen, Mercy, los propios príncipes no sabían qué camino elegir. Esperaban que el Emperador hiciera avanzar tropas hasta la frontera. Pero el pedido no llegó. A pesar de las súplicas del Monsieur, la archiduquesa dudó en sustituirlas por las suyas. Finalmente llegó el 4 de julio. Ya era demasiado tarde para que fuera de alguna utilidad. Las puertas de París acababan de cerrarse para el rey y su familia; ya no iban a reabrir ante ellos.

La emigración, que hasta entonces había sido indeseable, se volvió casi general entre la nobleza, el clero e incluso la alta burguesía. Se están creando oficinas en París y en las principales ciudades de provincia para contrarrestar esta fuga universal. Los hombres exaltados obligan a los nobles a abandonar a sus esposas, a sus hijos, a sus propiedades y a marcharse, como proscrito, para tierra extranjera. Esta salida es un gran error: el lugar de la nobleza no estaría en el extranjero, sino al lado del rey. Es comprensible que una aristocracia leal siga a un soberano hasta el exilio; pero que lo deje en sus Estados, en medio de los peligros más graves, y que deambule de corte en corte, en lugar de permanecer en su puesto y desempeñar un papel nacional, eso es lo que parece inaceptable. 

a joint statement issued on August 27, 1791, at Pillnitz Castle in Saxony by Austrian Emperor Leopold II and King Frederick William II of Prussia
Conferencia de Pillnitz (27-8- 1791) por el  Emperador Leopoldo II (1747-92), Federico Guillermo II Rey de Prusia (1744-97) y Federico Augusto I el "Justo", Elector de Sajonia (1750-1827).
Si los emigrantes gastaran en casa la mitad de la energía y los esfuerzos que gastarán en el extranjero en total desperdicio, se salvaría el trono. Pero la pasión no razona. Es, dicen, sólo un paseo por las orillas del Rin. En cinco o seis semanas volveremos victoriosos. Sólo tienes que mostrar tu garbo, un pañuelo blanco, la bota del Príncipe de Condé y seis francos de cuerda para colgar a los líderes de la Revolución.

Lepoldo preocupado primero por la seguridad de sus Estados, volvió a escribir a la archiduquesa. Era importante que tomara medidas para impedir que los emigrantes, y especialmente el conde de Artois, se dieran "cabezazos", y la invitó a hacerlo. Pensó entonces en el rey y la reina de Francia debian Tomar la iniciativa de una negociación diplomática a su favor, dirigió una carta urgente a los reyes de Inglaterra, Prusia, España, las Dos Sicilias y Cerdeña, así como a la emperatriz de Rusia. Les insta a llegar a un acuerdo con él para poner fin a la Revolución Francesa, enviando a la Asamblea Nacional una declaración conjunta que pueda producir una impresión saludable entre los entusiastas. 

Esta declaración, que debía ser apoyada, si era necesario, con medidas contundentes, afirmaba que la causa del rey de Francia era y sería siempre la de los soberanos. Exigió la liberación inmediata de Luis XVI y su familia, su inviolabilidad, el derecho a ir adonde quisieran y el respeto que los derechos de la naturaleza y de las naciones obligan a los pueblos hacia sus príncipes. 

a joint statement issued on August 27, 1791, at Pillnitz Castle in Saxony by Austrian Emperor Leopold II and King Frederick William II of Prussia
Guerra de la Primera Coalición 1791 - 1797, conferencia en Pillnitz,  reunión del rey Federico, Guillermo II de Prusia, emperador Leopoldo II y Carlos Conde de Artois, grabado contemporáneo por Fleischmann.
Estas protestas están fechadas el 10 de julio de 1791. Constituyen el primer acto de intervención de Austria entre Luis XVI y la Revolución. España no esperaba que protestaran por su parte contra el arresto del rey de Francia. Informado por su embajador en París del suceso de Varennes, el Ministro Florida Blanca respondió el 1 de julio, desde Aranjuez, enviando una nota destinada a ser presentada a la Asamblea Nacional y en la que traicionaba el deseo, defendiendo a Luis XVI, de no despertar las sensibilidades de la nación francesa:

La retirada de París emprendida por el rey muy cristiano con la familia real, y sus designios, aunque todavía ignorados por el rey católico, no pueden haber tenido ni pueden tener por causa y objeto otro que la necesidad de librarse de las injurias populares, que la actual Asamblea y el municipio no tenían facultades para arrestar o sancionar; y procurar un lugar seguro, donde el soberano y los verdaderos y legítimos representantes de la nación tuvieran para sus deliberaciones, la libertad de la que han sido privados hasta hoy, privación de la que hay pruebas y protestas incontestables en las representaciones de organismos y provincias enteras".

Exasperado por el fracaso del viaje a Varennes, el marqués de Bouillé lanzó un anatema contra la Asamblea Nacional. Nuevo Coriolano, amenaza su patria con la ira de su ira y su venganza. Escribió una carta a la Asamblea desde Luxemburgo: “El rey -decía en su carta- acaba de hacer un esfuerzo por romper las cadenas en las que lo habéis mantenido durante tanto tiempo, así como a su desafortunada familia. Pero un destino ciego, al que están sujetos los imperios y contra el cual la prudencia de los hombres nada puede hacer, ha decidido otra cosa. El sigue siendo tu cautivo. Sus días, así como los de la reina, están, me estremezco, a disposición de un pueblo al que habéis hecho feroz y sanguinario, y que se ha convertido en objeto del desprecio del universo". 

a joint statement issued on August 27, 1791, at Pillnitz Castle in Saxony by Austrian Emperor Leopold II and King Frederick William II of Prussia
Grabado satírico contra el Marquis de Bouille (1791).
El irascible general acentúa así la amenaza: “Conozco mejor que nadie los medios de defensa a los que debéis oponeros; Ellos son malos. Tu castigo servirá de ejemplo a la posteridad... Tú respondes por los días del rey y de su familia, no me lo digo a mí mismo, sino a todos los reyes , y te anuncio que si les quitan un solo cabello, no quedará piedra sobre piedra en París. Conozco los caminos, allí guiare a los ejércitos extranjeros. Esta carta es sólo la precursora del manifiesto de los soberanos de Europa. Te instruirán con caracteres más pronunciados de lo que tienes que hacer y de lo que tienes que temer. Adiós señores, termino sin elogios. Mis sentimientos son estúpidos por ti".

El fracaso que acababa de sufrir, el pesar de su orgullo herido, la inutilidad de su devoción podían hacer entender estas palabras, si no excusarlas. Pero lo que parecerá menos explicable es la credulidad con la que los escucharon los hermanos de Luis XVI. Bouille, aunque derrotado, les parecía invencible si se le daban los medios para renovar su intento. Esta fue una nueva razón para perseverar en sus proyectos.

Mientras tanto, los dos hermanos del rey, el futuro Luis XVIII y el futuro Carlos X, trabajaron para formar la coalición europea contra la Revolución. Su tío, Luis Wenceslao, elector de Trier, les brindó una cordial hospitalidad en Coblenza, que sera ahora el París de Alemania. El jefe de la casa de Condé organizó allí los cuadros del ejército de los príncipes. Muchos oficiales, ningún soldado, una cabeza, pero una cabeza separada del tronco. Calonne tiene administración financiera, que es prácticamente una sinecura. El mariscal de Broglie es el Ministro de Guerra. Todas las dignidades del Estado se comparten de antemano, como lo hicieron los caballeros romanos, partidarios de Pompeyo, en vísperas del día de Farsalia.

El héroe de la emigración es el rey de Suecia, cuya figura tan bien describe el señor Geffroy en su hermoso libro: Gustavo III y la corte de Francia. Al llegar a Aix-la-Chapelle, Gustavo al principio no compartía las ilusiones de los emigrantes franceses. Escribió el 16 de junio de 1791 : “Encontré aquí casi todo lo más grande de Francia. Todos estos ilustres forajidos forman una sociedad muy agradable. Todos están animados por un odio igual contra la Asamblea Nacional, y también por una exageración sobre todos los objetos de los que no tenéis idea. Es un espectáculo realmente curioso y al mismo tiempo triste escucharlos y ver". Pero pronto el monarca sueco se resiente del entorno en el que se encuentra. El cautiverio de Luis XVI en las Tullerías lo indignó.

a joint statement issued on August 27, 1791, at Pillnitz Castle in Saxony by Austrian Emperor Leopold II and King Frederick William II of Prussia
Gustavo III de Suecia.
Muy orgulloso de la espada de oro que María Antonieta le envió con este lema: "Para la defensa de los oprimidos", el rey de Suecia tuvo corte en Aquisgrán con Fersen, d'Escar, Breteuil, Calonne, el señor y Madame de Saint-Priest, el marques de Bouillé, Madame d'Harcourt, de Croy, de Lamballe.

Espíritu audaz, caballeroso, amigo de las aventuras, ardiendo en el deseo de ocupar siempre la atención del  público y para hacer hablar de él al pueblo y a los reyes, se deja embriagar por los halagos interesados de que le rodea la nobleza francesa. Para ella, él no es sólo un paladín, un protector, es un anfitrión. Tres veces por semana, ofrece a los emigrantes una cena de cien cubiertos, una cortesía especialmente agradable para los caballeros cuya falta de salario les obliga a veces a subsistir a base de leche y patatas. En el camino se encuentra con mujeres y niños que le tienden los brazos rogando que los lleve de regreso a su tierra natal. Su imaginación está excitada. Aquí está él quien dice con orgullo que su golpe de Estado de 1791 en Francia tendrá un éxito no menos brillante que su golpe de Estado de 1772 en Suecia: aquí admira en sí mismo al campeón de las coronas, el Godofredo de Bouillon de no sé qué cruzada autoritaria y monárquica, el soberano magnánimo, que, habiendo sido previamente protegido por el tribunal de Francia, pagará su deuda y más allá. 

Le parece ya que está entrando en Versalles, que sus valientes tropas, con música a la cabeza y estandartes desplegados, están orgullosamente acampadas en esta famosa plaza de Armas, odiosamente profanada por las lamentables escenas de los días de octubre; que, cubierto de laureles, como el gran Condé, subió, entre aplausos, los peldaños de la escalera de mármol, y que los uniformes de los oficiales suecos, libertadores del rey de Francia y Navarra, se reflejan en el deslumbrante Salón de los Espejos. Ya en toda Alemania sólo se habla de Gustavo, que aparece no sólo como el defensor del Rey Cristianísimo, sino también como el de todos los príncipes del Sacro Imperio. Abra el Almanaque de Gotha de 1791. Los grabados están dedicados casi exclusivamente a Suecia y su soberano. Se sienta entronizado en estas pequeñas cortes alemanas, donde todavía se respira un olor feudal y donde el antiguo régimen está confinado con todo el aparato del absolutismo en miniatura: regresa a Estocolmo a principios de agosto de 1791 y, dando una gran reseña allí da, dice, la representación de su futura entrada solemne en París.

a joint statement issued on August 27, 1791, at Pillnitz Castle in Saxony by Austrian Emperor Leopold II and King Frederick William II of Prussia
El emperador Leopoldo II.
Mientras tanto, la emigración aumentó en actividad. Llama a todas las puertas, se dirige a todas las capitales. Un periódico que se publica en Coblenza con el título Journal de la Contre-Revolution sostiene seriamente que dos millones de hombres acuden en ayuda de los emigrantes. Si usted se atreve a poner en duda esto, los conocedores le dirán en voz baja y confidencial: “Las tropas sólo marchan de noche para sorprender mejor a los demócratas". ¡Qué agitados están estos caballeros valientes, brillantes, ingeniosos, pero jactanciosos, frívolos, que hablan a la ligera de todas las cosas; que, al no ver Francia más que de lejos, la ven mal. Los acontecimientos siempre desmienten la jactancia!.

Veamos al señor d'Escars en sus vagabundeos entre los principitos de Alemania, donde encontramos Versalles y Eil-de-Boeuf, vistas a través del gran telescopio. ¡Cómo disfruta de la corte del cardenal príncipe-obispo de Passau! “Venga, monseñor -le dijo- ayer a la ópera, hoy al baile. ¿Quién puede negarse a una vida tan dulce?... Tan pronto como nos colocaron al fondo de la sala, el cardenal y yo, los valses comenzaron con una rapidez que sólo he conocido allí y en Viena. Cada dama, después de recibir una pequeña caricia y un cumplido de Su Eminencia, continuaron su vals. Con el corazón lleno de gratitud y de profundo pesar me despedí de tan digno prelado".

El Príncipe de Condé, el Conde de Artois y el Conde de Provenza tienen cada uno su propia diplomacia y su propia corte. Constantemente se forman y deshacen negociaciones entrelazadas. El proyecto de coalición se está desarrollando lentamente. La desconfianza de Luis XVI hacia sus hermanos, las rivalidades por la influencia, los celos mutuos y los conflictos de ambición de las grandes cortes, la vergüenza financiera del rey de Suecia, la dificultad de sacudir el letargo del gran cuerpo germánico, las vacilaciones de Inglaterra, de Catalina II, del emperador, del rey de Prusia, todo contribuye a retrasar la realización de los deseos de los emigrantes. Pero la declaración de Pilnitz reavivó repentinamente todas sus esperanzas. A partir de entonces creen que el éxito es seguro.

a joint statement issued on August 27, 1791, at Pillnitz Castle in Saxony by Austrian Emperor Leopold II and King Frederick William II of Prussia
Federico Guillermo II de Prusia.
El 25 de agosto, el emperador Leopoldo y el rey de Prusia Federico Guillermo II se reunieron en el castillo de Pillnitz, residencia de los gobernantes sajones cerca de Dresde. En medio de un banquete se anuncia la inesperada llegada del genial Conde de Artois. Acompañado de Calonne y del marqués de Bouillé, viene a defender lo que él llama la causa de los tronos. Ansioso y preocupado, sabía, a través del conde Eszterhazy, que los ministros austriacos veían el debilitamiento de Francia como una gran ventaja para la casa de Austria. 

A fuerza de insistencia, obtuvo la famosa declaración que, firmada el 27 de agosto de 1791, sería el origen de una guerra de veintidós años. Se concibe así: “Habiendo oído el Emperador y el Rey de Prusia los deseos y las representaciones de Monsieur (el conde de Provenza) y del señor el conde de Artois, declaran conjuntamente que consideran la situación en la que se encuentra ahora el rey de Francia como un objeto de interés común para todos los soberanos de Europa. Esperan que este interés no podrá dejar de ser reconocido por las potencias cuya ayuda se solicita y que, en consecuencia, no se negarán a utilizar, junto con el Emperador y el Rey de Prusia, los medios más eficaces y proporcionados a sus fuerzas para poner al Rey de Francia en condiciones de reforzar, en la más perfecta libertad, los fundamentos de un gobierno monárquico, igualmente adecuado a los derechos de los soberanos y al bienestar de los franceses. Entonces, y en este caso, Sus Majestades están determinadas a actuar con prontitud y de mutuo acuerdo para alcanzar el objetivo común propuesto. Mientras tanto, darán a sus tropas las órdenes oportunas para que estén listas para iniciar la actividad".

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Los emigrantes ya no sienten alegría. Triunfan, gritan victoria. Según ellos, los ejércitos extranjeros entrarán inmediatamente en Francia: habrá 50.000 austriacos en Flandes, 40.000 suizos y otros tantos piamonteses en Provenza y Dauphiné; 50.000 prusianos en el Rin; Rusia y Suecia enviarán sus flotas a las órdenes del señor de Nassau y de Gustavo III; Holanda aporta 200 millones; así como varios regimientos que el landgrave de Hesse-Cassel se ofreció a proporcionar; España, las Dos Sicilias se unen a la coalición contra Francia, añaden los emigrantes, ya no es una potencia militar; su ejército está sin oficiales, sus ciudades fronterizas sin defensa, sus arsenales sin armas, sus almacenes sin suministros.

Hay una mujer cercana a Luis XVI, muy opuesta a la Revolución, muy devota del antiguo régimen y que, sin embargo, habla un idioma completamente diferente al francés. Ésta es la piadosa y valiente señora Élisabeth. Escribió a Madame de Bombelles el 5 de agosto de 1791 : “Se cuentan mil historias, cada una más loca que la anterior. Rusia, Prusia, Suecia, toda Alemania, Suiza, Cerdeña deben caer, dicen, sobre nosotros... Pero no te preocupes, querida mía, tu país adquirirá gloria, y ahí lo tienes todo. Trescientos mil guardias nacionales, perfectamente organizados y todos valientes por naturaleza, bordean las fronteras y no permitirá que se acerquen. Las malas lenguas dicen que, en el lado de Maubeuge, ocho ulanos formaron quinientas guardias nacionales y tres cañones pidieron perdón. Hay que dejar que lo digan, les divierte; ya tendremos nuestro turno de burlarnos de ellos".

En cuanto a María Antonieta, le dijo al señor François Hue: “La irrupción repentina de tropas extranjeras provocaría desórdenes inevitables. Los súbditos del rey, buenos y malos, sufrirían infaliblemente. La ayuda de los extranjeros, por muy amigable que parezca, es una de esas medidas que un rey sabio sólo debería emplear en el último extremo". ¡Pero desafortunadamente! hubo momentos en que este último extremo le pareció inevitable. Habló de los emigrantes con más amargura que confianza. Se quejó de la insubordinación de los dos hermanos del rey. A Luis XVI le habría costado el deber de restaurar su autoridad. La idea de una regencia del Conde de Provenza le parecía un ataque contra laderechos de la corona. Condenó las exageraciones de los emigrantes, más realistas que el rey, y sabía mejor que nadie la inutilidad y la frivolidad que había en Coblenza.  

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Pero la situación se volvió tan grave, el espíritu revolucionario avanzó tanto, el desgraciado soberano encontró tanta malicia y tanta ingratitud en su pueblo, que muchas veces volvió los ojos al otro lado de las fronteras. Como dijo el señor de Lamartine, "esto no fue el rey quien conspiró, fue el hombre, el marido, el padre que buscó la salvación de su esposa e hijos en el apoyo del extranjero".

Además, no olvidemos que la idea nacional no se enfatizaba tanto como hoy. A lo largo de la historia de Francia, hemos visto a veces a los reyes, a veces a sus súbditos, invocar sin sonrojarse la ayuda de ejércitos extranjeros. Los miembros de la Liga llamaron a las tropas españolas. Enrique IV conquistó su reino con el apoyo de tropas inglesas. Bajo Luis XIII, los protestantes de La Rochelle eran aliados de Inglaterra. En la época de la Fronda, el gran Condé luchó contra Francia bajo banderas de España. Después de la revocación del Edicto de Nantes, los refugiados franceses tomaron servicio en los ejércitos prusianos. Acabábamos de ver a los ingleses en América exigiendo la ayuda de las tropas francesas contra la madre patria. Entre los caballeros de finales del siglo XVIII, el sentimiento monárquico y religioso prevalecía sobre el sentimiento nacional.  

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Déclaration de Pillnitz, 27 août 1791
Medallón de Charles Guillaume Hoeckner.
La idea del trono y del altar prevaleció sobre la idea de patria. Los hombres de Coblenza no reconocieron a los jacobinos como compatriotas, quienes los amenazaron con sus propiedades, su honor y sus vidas. ¿No veremos, a mediados del siglo XIX, al heroico soldado de Valmy, el futuro rey Luis Felipe, pedir un mando a las Cortes de España con la esperanza de empuñar las armas contra Francia?.

La guerre des trônes, la véritable histoire de l'europe (2024)