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sábado, 29 de agosto de 2026

LAS TULLERIAS: RESIDENCIA REAL VIGILADA

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Louis XVI and Marie Antoinette at the Tuileries: A Royal Residence Under Guard
La familia real en Paris (6 de octubre de 1789).
Desde ese punto de inflexión del destino, ese 6 de octubre los franceses pusieron a su reina bajo llave en las tullerias, la familia real nunca dejara de ser objeto de la inquietud de Europa. Porque en su persona se ha anticipado un problema de nuevo cuño, ni más ni menos que revolucionario, de imprevisibles repercusiones: ¿Qué se hace con un monarca que se pone en abrupta oposición a su pueblo y se demuestra indigno de la corona? La respuesta es abrumadora: ninguna. Porque los manejos jurídicos-políticos entre un monarca son nulos en aquella época, aun no se permite a la voluntad del pueblo objeción o reproche alguno contra su soberano. Toda jurisdicción termina ante los peldaños del trono. La corona aún no se encuentra dentro del espacio del derecho civil, sino fuera y por encima de ese derecho. Consagrados como los sacerdotes, nadie puede despojar de su dignidad a un ungido, significaría romper la estructura jerárquica del cosmos.

Louis XVI and Marie Antoinette at the Tuileries: A Royal Residence Under Guard
Construido por orden de Catalina de Medici en la segunda mitad del siglo XVI, el palacio de las Tullerías fue el escenario de algunos de los eventos más famosos de la historia de Francia. Devastado por el incendio provocado en 1871, sus restos fueron demolidas en 1883. Su aura legendaria, sin embargo, cruzó las lámparas de araña y despierta hoy un proyecto de reconstrucción.
¿Dónde se halla en la Sagrada Escritura un pasaje que permita a los súbditos deponer a sus príncipes? ¿En qué monarquía hay una ley escrita según la cual los súbditos toquen la persona de su príncipe, lo pongan en prisión o puedan juzgarlo? Dado que conforme a los mandatos de Dios son súbditos y ellos su soberano, no pueden obligarlos a responder a su acusación, porque no corresponde a la naturaleza que la cabeza se someta a los pies. Pero en 1789, la revolución no es todavía consciente de su propia fuerza; aún se espanta, a veces, de su propio valor; así le ocurre en esta ocasión: la Asamblea Nacional, los consejeros de la ciudad de París, toda la burguesía, en el fondo de su corazón todavía honradamente fieles al rey, están asustados del golpe de mano de la horda de amazonas que posee en sus manos al indefenso rey. Por vergüenza, hacen todo lo imaginable para borrar lo ilegal de este acto de brutal violencia; unánimemente se esfuerzan por convertir ahora el rapto de la familia real en un cambio «voluntario» de residencia.

Conmovedoramente, compiten en esparcir las más bellas rosas sobre la tumba de la autoridad real, con la secreta esperanza de ocultar que la monarquía está, en realidad, para siempre muerta y sepultada desde el 6 de octubre. Las delegaciones suceden a las delegaciones para asegurar al rey su profunda fidelidad. El Parlamento envía treinta miembros; la municipalidad de París hace una visita colectiva para presentar sus respetos; el alcalde se inclina ante María Antonieta con estas palabras: «La ciudad se siente feliz de veros en el palacio de sus reyes y desea que el rey y Vuestra Majestad le hagan la merced de elegirlo como su residencia permanente». Con igual respeto se presenta la Cámara Alta, la Universidad, el Tribunal de Cuentas, el Consejo de la Corona y, finalmente, el 20 de octubre, toda la Asamblea Nacional, y delante de las ventanas del palacio, agolpándose diariamente, grandes masas de gentes que gritan: «¡Viva el rey! ¡Viva la reina!». Todos hacen lo que pueden para expresar al monarca su alegría por su « voluntario cambio de residencia».

Louis XVI and Marie Antoinette at the Tuileries: A Royal Residence Under Guard
El rey luis XVI y el delfín entran a las Tullerias.
Pero María Antonieta, siempre incapaz de fingir, y el rey, que la obedece, sé defienden con obstinación, cierto que comprensible en lo humano pero perfectamente loca en lo político, contra esta rosada disimulación de los hechos. «Tendríamos que estar bastante contentos si pudiésemos olvidar de qué modo hemos sido traídos aquí», escribe la reina al embajador Mercy. Pero, en realidad, ella no puede ni quiere olvidarlo. Ha sufrido demasiadas afrentas; la han arrastrado violentamente a París; su palacio de Versalles fue tomado a viva fuerza, asesinados sus guardias de corps, sin que la Asamblea ni la Guardia Nacional hayan movido ni un dedo. La han encerrado violentamente en las Tullerias; el mundo entero debe conocer estos ultrajes a los sagrados derechos de un monarca. Constantemente y con intención subrayan ambos su propia derrota: el rey renuncia a la caza, la reina no va a ningún teatro; no se muestran en la calle, o salen en coche y dejan perder, con esto, la importante posibilidad de volver a hacerse populares en París. Esta terca manera de encerrarse en sí mismos produce un peligroso prejuicio. Pues, al decirse la corte sometida a violencia, convence al pueblo de su propia fuerza; al proclamar el rey permanentemente que es la parte más débil, acaba, en realidad siéndolo. 

Louis XVI and Marie Antoinette at the Tuileries: A Royal Residence Under Guard
El primer homenaje de los habitantes de París a la Familia Real el miércoles 17 de octubre de 1789, después de su llegada a buen puerto en esta ciudad
No es el pueblo, no es la Asamblea Nacional, sino el rey y la reina, quienes has abierto un visible foso en torso a las Tullerías; ellos mismos convierten, con loca obstinación, en una cautividad la libertad que todavía no les ha sido impugnada. Pero si la corte, de modo tan patético, considera las Tullerías como una prisión, debe, por lo menos, ser una prisión regia. Ya en los días siguientes, gigantescos carruajes traen muebles de Versalles; ebanistas y tapiceros martillean hasta altas horas de la noche en las habitaciones. Pronto, salvo los que se han retirado o expatriado, los antiguos empleados de la corte se reúnen en la nueva residencia real; toda la chusma de camareros, lacayos, cocheros y cocineros llenan los locales de servicio. Las antiguas libreas brillan por los pasillos; todo vuelve a copiar a Versalles y también el ceremonial ha sido transportado intacto; solamente se nota como única diferencia que ante las puertas, en lugar de nobles guardias de corps, ahora licenciados, son los guardias nacionales de La Fayette los que están en servicio.

No podía decir una palabra sin que los sollozos la asfixiaran y nosotros tampoco podíamos responderle -dice la Sra. de Staël- ¡Qué espectáculo es este antiguo palacio de las Tullerías, abandonado desde hace más de un siglo por sus augustos anfitriones! La obsolescencia de los objetos externos actuaba sobre la imaginación y la hacía viajar hacia tiempos pasados. Como estábamos lejos de prever la llegada de la familia real, muy pocos apartamentos eran habitables, y la reina se había visto obligada a instalar catres para sus hijos en la misma habitación donde estaba recibiendo; se disculpó con nosotros y agregó: "Saben que no esperaba venir aquí".

De la gigantesca serie de habitaciones de las Tullerías y el Louvre, la familia real habita solamente un muy pequeño espacio, pues ya no se quiere ninguna fiesta más, ni bailes ni mascaradas: ningún alarde ni ningún esplendor innecesarios. Exclusivamente es dispuesta para la familia real la parte de las Tullerías que da hacia el jardín (el año 1870 fue quemada durante la Comuna y no ha vuelto a ser edificada): en el piso superior, el dormitorio y la sala de recibir del rey, un dormitorio para su hermana, uno para cada uno de los niños y un saloncito. En el piso bajo, el dormitorio de María Antonieta, con un cuarto para las recepciones y un gabinete de toilette, una sala de billar y el comedor. Aparte la gran escalinata, ambos pisos están unidos por una nueva escalera, construida expresamente. Conduce de las habitaciones del piso bajo de la reina a las del delfín y del rey, y únicamente la reina y el aya de los niños poseen la llave de sus puertas. 

Louis XVI and Marie Antoinette at the Tuileries: A Royal Residence Under Guard
La misa de la familia real en el Palacio de las Tullerías en la Galerie de Diane, 1791 por Robert Hubert (Curiosamente, la pintura fue incluida en las posesiones de Madame du Barry en 1793)
Considerando el plano de esta distribución de habitaciones, sorprende el aislamiento de María Antonieta del resto de la familia, cosa indudablemente ordenada por ella misma. Duerme y habita sola, y su dormitorio y su sala de recepción están de tal modo dispuestos que la reina puede en todo momento recibir visitas que pasen inadvertidas, sin que éstas tengan que utilizar la escalera oficial y la entrada principal. Pronto se verá el intencionado propósito de esta medida, lo mismo que la ventaja de que la reina pueda en cualquier instante trasladarse al piso superior, mientras que ella misma está guardada de toda sorpresa por parte de la servidumbre, de los espías, de los guardias nacionales y también acaso hasta del mismo rey. Aun en la cautividad, defenderá hasta el último aliento, gracias a su desenvoltura, los últimos restos de su libertad personal.

El viejo palacio, con sus tenebrosos corredores, día y noche escasamente iluminados por unas fuliginosas lámparas de aceite, con sus escaleras de caracol, sus cuartos de la servidumbre excesivamente llenos de gente, y ante todo con el permanente testimonio de la omnipotencia popular, la vigilancia de la Guardia Nacional, no es, en sí misma, ninguna agradable residencia; y, no obstante, oprimida por el destino, la familia real lleva aquí una vida tranquila, más íntima y hasta quizá más cómoda que en la pomposa jaula de piedra de Versalles. Después del desayuno hace la reina que bajen los niños a sus habitaciones; luego va a oír misa y permanece sola en su cuarto hasta el almuerzo en común. Tras él, juega con su esposo una partida de billar, débil compensación gimnástica del placer de la caza, de que tan a disgusto se priva el monarca. Después, mientras el rey lee o duerme, María Antonieta se retira otra vez a sus habitaciones para celebrar consejo con sus íntimos amigos, con Fersen, con la princesa de Lamballe o con otros. Después de la cena se reúne en el gran salón toda la familia: el hermano del rey, el conde de Provenza, con su mujer, que habitan en el palacio de Luxemburgo; las viejas tías, y algunos pocos fieles. A las once se apagan las luces; el rey y la reina se dirigen a sus dormitorios. 

Louis XVI and Marie Antoinette at the Tuileries: A Royal Residence Under Guard
La reina acompañada de Madame Elizabeth y sus dos hijos en los jardines de las Tullerias.
Esta distribución del tiempo, tranquila, regulada, de pequeños burgueses, no conoce ningún cambio, ninguna fiesta ni ninguna pompa. Mademoiselle Bertin, la modista, no es casi nunca llamada; el tiempo de los joyeros ha pasado, pues Luis XVI necesita conservar ahora su dinero para cosas más importantes: para comprar enemigos y para secretos servicios políticos. Desde las ventanas, la mirada recorre el jardín, donde se muestran el otoño y la temprana caída de la hoja; ahora corre velozmente el tiempo que antes pasaba tan lento para la reina. Ahora se ha hecho por fin el silencio en torno a María Antonieta, aquel silencio que antes ha sido tan temido por ella; por primera vez tiene ocasión para reflexiones claras y serias. Esta demasiado amurallada en su real seguridad en sí misma como para que el insulto o la vergüenza puedan humillarla. Ninguna marca, siente, puede deformar una frente que ha ceñido la corona y que esta ungida con el santo oleo de la vocación. Ninguna sentencia y ninguna orden le harán inclinar la cabeza; cuanto mayor sea la violencia con la que se le quiera imponer un destino pequeño y carente de derechos, tanto mayor será la decisión con la que se resista. Semejante voluntad no se puede encerrar a la larga; rompe todos los muros, desborda todos los diques, y si se la encadena, sacudirá impetuosa las cadenas, haciendo temblar los muros y los corazones. 

El pueblo francés, al que había ignorado hasta este año 1789, adoptó entonces el rostro de innumerables locos impacientes por asesinarla. ¿Qué habría sentido si hubiera leído el artículo de Loustalot publicado el 10 de octubre les Révolutions de Paris? Con evidente brutalidad, el periodista había encontrado las palabras adecuadas para expresar el punto de vista popular sobre el conflicto entre la reina y los franceses. ¿Era todavía posible ponerle fin, como quería este joven revolucionario?: “Al seguir a nuestro rey hasta esta ciudad, comienza usted, señora, a destruir los rumores que han afligido a todos los buenos franceses y que resuenan en toda Europa. Sería traicionarla, señora, ocultarle que estos rumores han producido una impresión desastrosa en el pueblo y que sólo por miedo a angustiar el corazón de su marido une su nombre a los suyos en sus gritos de alegría y su homenaje.

Sabemos que la calumnia audaz no respeta ningún rango ni virtud; pero también sabemos lo que la adulación y el amor al poder ilimitado pueden hacer a los reyes; Sabemos lo que el deseo de preservar los derechos que ella cree que pertenecen a su marido y a su hijo puede hacerle al corazón de una esposa y de una madre. Pero no nos corresponde, Señora, escrutar ni sus sentimientos ni sus actos, usted sólo tiene como juez en este momento a Dios y a su marido; nuestro deber se limita a presentarles la esperanza de felicidad que nos brinda su estancia en esta ciudad.

Nuestra historia ofrece pocos ejemplos de reinas que velaron por la felicidad del pueblo. No hace falta remontarse al siglo de Frédégunda y Brunegilda, donde cada acción era un crimen y cada pensamiento una iniquidad, para demostrar que una reina intrigante que no busca su felicidad en la virtud es la peor de las mujeres y la más infeliz de las reinas.

Nos falta una reina, señora, cuya vida contrasta perfectamente con la de tantos monstruos; una reina que, ocupada en formar el corazón de sus hijos, en hacer feliz a su marido, coloca entre sus deberes el socorro del pueblo, que, decidida protectora de la inocencia perseguida o de la pobreza virtuosa, estableció, para toda su participación en los asuntos públicos, una organización caritativa y de alguna manera hizo que su marido tuviera celos del reconocimiento francés hacia ella y de la admiración de todos los pueblos.

Esta es Señora, lo que esperamos de usted: usted tiene todo para triunfar, la naturaleza se lo ha dado todo. Abjurando, si los hay en tu corazón, de todo sentimiento de prejuicio y de ira contra el mejor de los hombres, entrega tus acciones a su mirada y tu corazón a su amor. El francés necesita amarte tanto como ama a su rey; sólo conserva este sentimiento por miedo a ser rechazado. Al venir entre nosotros con confianza, con una confianza que no será traicionada, ya has tranquilizado nuestro corazón; completa tu obra profesando tu patriotismo tan alto, tan públicamente, que la aristocracia pierda toda esperanza de abusar de tu nombre de ahora en adelante para alarmar al pueblo y apoyar sus abominables proyectos". ¿Podría la reina escuchar tales exhortaciones?.

Secrets d'histoire - Fuite à Varennes : la folle cavale de Louis XVI (video editado)

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domingo, 3 de mayo de 2026

INSTALACIÓN LUIS XVI Y LA FAMILIA REAL EN LAS TULLERIAS (OCTUBRE 1789)

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Installation of Louis XVI and the royal family at the Tuileries Palace (October 1789)

Comienza el drama de las Tullerias. Es el 6 de octubre de 1789. La hora es diez de la noche. Después de un día de sufrimiento indescriptible, la familia real, que salió de Versalles a la una de la tarde, había entrado en el hotel de Ville en parís hacia las nueve en punto. Sus Majestades se sentaron bajo un dosel preparado a toda prisa; el Delfín dormía en brazos de su institutriz. Monsieur y Madame Élisabeth ocuparon sus lugares junto al Rey y la Reina; se habían dispuesto asientos separados para los miembros de la Asamblea Nacional. Luis XVI parecía tranquilo y sereno, mientras que María Antonieta fingía compostura a pesar de su tristeza. “siempre es con placer y confianza –Luis XVI había dicho- que me encuentre en medio de los habitantes de mi buena cuidad de parís”. Al repetir el discurso del rey, el alcalde, Bailly, había olvidado las palabras “con confianza”. La reina las recordó al instante. “caballeros -prosiguió Bailly- son más afortunados que si lo hubiera ducho yo mismo”. 

El duque de Liancourt, uno de los diputados, pidió al rey que reiterara su promesa de no separarse de la Asamblea Nacional. Luis XVI accedió, y hubo más estallidos de alegría. Luego vino una arenga, pronunciada en un tono más "sensible". Sin embargo, la población se impacientaba con estos retrasos y se inquietaba. El Ayuntamiento condujo a la familia real a un salón cuyas ventanas daban a la plaza. Estaba completamente oscuro, y el rey consintió en aparecer entre antorchas para que lo reconocieran. La reina estaba a su lado y se inclinaron; la multitud gritó: "¡Viva el rey! ¡Viva la reina! ¡Viva el delfín y todos nosotros!". La gente saltaba de alegría, lloraba de alegría y se abrazaba. ¡Todo estaba a salvo y la Revolución había terminado!. Madame Élisabeth escribió a Madame de Bombelles: "El rey lucía radiante; la reina, con tocado y capa negros, sin rojo, parecía sensible y agradecida; había perdido esa mirada fija y el aire altivo que la hacían notable".

Entonces Luis XVI y su familia regreso a las Tullerias. No fue sin vacilación y tristeza cuando entraron. El palacio parecía más sombrío por el contraste entre su fachada negra y las iluminaciones en las calles vecinas. Deshabitada la mayoría desde Luis XV. ¿Era sombrío para la hija de Marie teresa? ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué puede deparar el futuro? ¿Qué se puede esperar? ¿Qué temía? ¿Cómo ocultara ella los sentimientos de indignación y de ira sagrada que estallan en un corazón noble? ¿Qué figura puede hacer ella en la presencia de este trastorno desenfrenado? ¿Cómo soportar humillaciones supremas que golpean al linaje de San Louis, de enrique IV y Luis XIV?. La atmosfera esta sobrecargada con tormentas.

María Antonieta se siente rodeada de furias. Se podría decir que desde cada ventana, desde cada lado de la pared, desde detrás de cada mueble, los puñales apuntan a la augusta víctima. La mujer más intrépida temblaría. Oh! Que mañana! Que despertar! Y sin embargo, los rayos de esperanza estaban aquí y allá para brillar a través de este cielo nublado. La presencia del rey y su familia en la capital produjo un cierto cese de la tormenta. Las panaderías y ano estaban asediadas, había suficiente comida. La gente abarrotada hacia las Tullerias, las avenidas, los patios, los jardines, fueron encerrador por la multitud.
 
Installation of Louis XVI and the royal family at the Tuileries Palace (October 1789)

En la mañana del 7 de octubre, las mismas mujeres, que, a horcajadas de los cañones, habían rodeado ayer el transporte de la familia real con amenazas e insultos, se metieron debajo de las ventanas de la reina y exigieron presentar su homenaje. María Antonieta se mostró a la multitud. Como su bonete sombreada parcialmente su rostro, se le rogo que lo quitara, que se la pudiera ver mejor. Ella concedió la solicitud. La realeza ya no era más que un juguete, con el que la gente se divirtió antes de romperlo. Las mujeres que ayer se aferraron a los escalones del carruaje real, se aferraron a sus puertas y se inclinaron sobre María Antonieta, tratando de tocarla, de ensuciarla con la respiración, ahora estaban en diálogo con ella.
  
“Ama a los habitantes de tu buena ciudad” dijo uno. “los ame en Versalles, los amare de igual manera en parís” respondió la reina. “si, si” dijo otro “pero el 14 de julio querías sitiar la ciudad y bombardearla”. “se lo dijeron –contesto la reina- y lo creyeron, fue lo causo los problemas del pueblo y del mejor de los reyes”. Una tercera mujer se dirigió al soberano y el grito “alemán!”. La reina volvió su mirada y dijo: “ya no lo entiendo, me he convertido en una mujer francesa tan minuciosa que incluso he olvidado mi lengua materna”. Hubo estallidos de aplausos. Las mujeres le pidieron a la reina las flores y las cintas de su gorro. Ella las desabrocho y se las dio. La multitud grito, larga vida a nuestra buena reina!. Algunas voces tímidas se aventuraron a gritar: «¡Viva la reina! ¡Qué hermosa es! ¡Cómo acaricia a sus hijos! ¡Qué encantadores son! ¿No tienen miedo? ¡Que no disparen!». Pero estas exclamaciones apenas se oían, perdidas en el inmenso clamor: «¡Viva la nación! ¡Viva el rey!»

Mientras los patios y los jardines de las Tullerias resonaron con vítores, los guardaespaldas, pálidos, encorvados y con las marcas de la angustia que habían padecido la noche anterior, recorrían los paseos públicos, bajo la escolta de la guardia nacional, ayer sus vencedores, hoy sus camaradas. Fueron recibidos por todos lados. Hubiera dicho que la reconciliación estaba completa. Durante todo el día, innumerables delegaciones visitaron al rey. Luis XVI, siempre optimista, parecía haber olvidado totalmente la violencia del día anterior. Sus cortesanos estaban lejos de compartir su serenidad. La etiqueta se mantenía, pero los caballeros unidos a su servicio cumplieron con sus deberes tristemente.

Installation of Louis XVI and the royal family at the Tuileries Palace (October 1789)

Muchos ya había emigrado, pero por otro lado, había una mujer que, a la primera mención del peligro, se había apresurado al puesto de honor y devoción, fue la princesa de Lamballe. A las nueve de la tarde del 7 de octubre ella estaba sentada tranquilamente con su suegro, el duque de Penthievre, en el castillo de Eu, cuando un correo llego a toda velocidad trayendo la noticia de lo que había pasado en Versalles durante los últimos dos días. “oh papa!”, exclamo la princesa, “que acontecimientos tan terribles! Debo ir de inmediato”. A medianoche, en un clima espantoso, madame Lamballe dejo el castillo, para regresar a toda prisa a parís. Llego allí durante la noche del 8 de octubre y tomo sus habitaciones en la planta baja del pabellón de Flora. En su calidad de superintendente, dio varias veladas allí, algunas de las cuales hizo su aparición María Antonieta. Pero cuando la reina rápidamente se convenció de que su posición ya no permitía su asistencia a grandes recepciones, permaneció en sus propios apartamentos, leyendo, orando, cosiendo y supervisando la educación de sus hijos.
 
Cinco días después de la llegada de la familia real, el Parlamento de París se presentó en las Tullerías, ataviado con túnicas negras, para presentar sus respetos al rey. El futuro canciller Pasquier, entonces un simple consejero, formaba parte de la delegación y, desde el momento de su entrada en Palacio, declaró: «Los rastros de violencia que asomaron a nuestros ojos, el desorden de este palacio, el aire sombrío y consternado de los sirvientes, la actitud altiva y triunfante de quienes, bajo las órdenes de La Fayette, habían tomado la guardia y cuyas filas tuvimos que cruzar, nos habían preparado apenas para el desgarrador espectáculo que nos aguardaba al ser llevados ante nuestros desafortunados soberanos». En el despacho del rey, la delegación encontró a Luis XVI sentado, con el semblante resignado; el Sr. Bochard de Saron, primer presidente, se dirigió a él e insistió en la vivacidad de las aclamaciones populares y el feliz resultado que ya se percibía en París gracias a la presencia del Príncipe. Luego pidió permiso para presentar los respetos del Parlamento a la Reina y al señor Delfín.

Los magistrados encontraron a la reina en un sillón. «Su dolor era más resuelto, delatando su indignación. Sostenía a su hijo en su regazo y, a pesar del coraje que había demostrado con tanta heroicidad, era inevitable creer que su hijo era una protección cuya protección aceptaba». Junto a su madre, a la izquierda, estaba Madame Royale. María Antonieta luchó por contener la emoción cuando el Primer Presidente le habló de los sacrificios que había hecho por sus súbditos, de la generosidad que había mostrado hacia los pobres. «Con profunda emoción y la apariencia de la más viva sensibilidad», reza el informe del secretario, «respondió: “El rey siempre ha deseado la felicidad de su pueblo; nunca ha albergado otros sentimientos, y yo siempre los he compartido”». Entonces se levantó bruscamente, tomando de la mano a sus hijos, algo intimidados, los empujó hacia los magistrados y dijo: «Aquí están mis hijos, los tres solo tenemos una habitación».

Los días siguientes presenciaron una sucesión de delegaciones oficiales: la Comuna de París, el Tribunal de Auxilios, la Sorbona, el Gran Consejo, la Cámara de Cuentas, el Tribunal de la Moneda, el Consejo Privado, la Asamblea Constituyente, el Châtelet, la Oficina de los Tesoreros de Francia, el Almirantazgo y la Academia Francesa. Habiendo llegado a París apenas el día anterior, la delegación de la Asamblea apareció inesperadamente en Palacio, saludó al rey y se dirigió a la reina. María Antonieta hizo entrar inmediatamente a su hijo, lo tomó en brazos y lo presentó a los diputados, quienes lo vitorearon. Luego, la reina recorrió su amplio estudio y, al pasar junto al abogado Target, este se adelantó y dijo: «Señora, tiene usted un niño muy guapo. ¡Hay que darle una buena educación!».

Installation of Louis XVI and the royal family at the Tuileries Palace (October 1789)
Installation of Louis XVI and the royal family at the Tuileries Palace (October 1789)

Madame Elisabeth escribió al Abad de Lubersac el 16 de octubre: “la reina, que ha tenido un coraje increíble, comienza a estar en mayor favor con el pueblo. Espero que con el tiempo y con prudencia inquebrantable, podamos recuperar el amor de los parisinos, que simplemente han sido engañados”. El 11 de octubre, como relata Morris, «esta mañana, el dentista del rey cayó muerto a sus pies. El pobre rey exclamó que estaba destinado a sufrir toda clase de desgracias». Ese mismo día, recibió en audiencia al que probablemente fuera la persona viva más longeva: Jean Jacob, nacido el 10 de noviembre de 1669.

El viernes 16 de octubre, frente al Estanque Suizo, en presencia del Estado Mayor de la Guardia Nacional de Versalles y una treintena de miembros de la Asamblea Nacional, tuvo lugar la ceremonia de entrega de ocho banderas con las armas del rey y de la ciudad. Tras pasar por la Place d'Armes y la Rue Dauphine, cuyas calles estaban flanqueadas por soldados del Regimiento de Flandes, la procesión se dirigió a la iglesia de Notre-Dame, donde el arzobispo de París bendijo las banderas. Dirigida por Giroust, la Banda del Rey interpretó un Te Deum, y la colecta fue recogida por Madame de Gouvernet. A continuación, el municipio ofreció un banquete, al que asistieron el arzobispo de París y el conde de Saint-Priest. Se brindaron por la salud del rey, de la nación, de la reina y de la familia real.

El 19 de octubre, en una sala del Gran Común, se leyó en voz alta la renuncia oficial del Conde d'Estaing, su comandante en jefe, ante el personal de la Guardia Nacional de Versalles. El Marqués de Lafayette fue elegido en su lugar. La discusión se centró en las tres banderas blancas presentadas por la Reina el 29 de septiembre. Tras ser consultada, respondió que deseaba que el escudo de armas y el monograma del Rey se exhibieran en las tres banderas, y que alrededor del suyo se incluyera una inscripción que declarara que se complacía en ser llamada la «primera ciudadana de Francia». El Conde d'Estaing propuso añadir «y la mejor de las madres».

El 10 de noviembre, desaprobando este cambio de actitud en la Guardia Nacional de Versalles, Lecointre se retiró a su casa de la Rue de la Paroisse y se negó a entregar las banderas exigidas por Berthier, el mayor general de la Guardia Nacional, futuro Mariscal del Imperio. Al no lograr reunir tropas para su causa, Lecointre dimitió de su puesto de teniente coronel.

Marie Antoinette Queen of France 1956

Durante varios días la gente continúo obstruyendo los patios de las Tullerias. Su indiscreción fue llevada a tal punto que varias mujeres del mercado se aventuraron a subir al apartamento de madame Elisabeth. Cada instante personas venían a hacer comentarios escandalosos e indignos bajo las ventanas del castillo. El abuso fue tan grande, que uno de los ministros propuso prohibir la entrada al palacio. “no –dijo el infortunado monarca- pueden presentarse, tendremos valor para escucharlos”.

Un día, cuando estas fingidas delegaciones estaban hostigando a Luis XVI, uno de ellos se atrevió a acusar a la reina, que estaba presente, en la mayoría de los términos ofensivos. “usted confunde -dijo el rey, gentilmente- la reina y yo no tenemos intenciones con las que se nos acreditan. Actuamos en concierto para su bienestar común”. Cuando la delegación se retiró, María Antonieta se puso a llorar.

El Delfín seguía asombrado y haciendo preguntas. Por todas partes, soldados desconocidos montaban guardia y rendían honores en lugar de sus buenos amigos, los guardaespaldas. Incapaz de soportarlo más, interrogó a su madre: «Hijo mío», le dijo, «el rey no tiene más guardias que los corazones de los franceses». Esta respuesta no lo satisfizo, y se dirigió a Madame de Tourzel, su institutriz: «Veo que hay gente malvada que le causa dolor a papá, y echo de menos a nuestros buenos guardaespaldas, a quienes apreciaba mucho más que a estos guardias que no me importan en absoluto». Madame de Tourzel le explicó que el rey y la reina se disgustarían mucho si no fuera honesto con ellos, y que no debía hablar de los guardaespaldas, pero que tampoco debía olvidarlos.

Augeard, su secretario privado, da cuenta en sus muy curiosas memorias de una conversación que tuvo con ella poco después de los días de octubre: “su majestad esta presa”. “dios mío! ¿Qué estás diciendo?”. “Señora, es cierto, desde el momento cuando su majestad dejo de tener una guardia de honor, usted es una prisionera”. “estos hombres aquí, sostengo, están más atentos que nuestros guardia”. Augeard le aconsejo a la reina que se reuniera con su hermano, el emperador, él agrego: “solo se de una manera, pero eso es infalible, de salvar al rey, a usted misma, a sus hijos y a toda Francia. Es mejor para usted que se valla. Ya no se puede establecer en contra de la nueva constitución que quieren darnos y sus vidas estarían a salvo”.

Installation of Louis XVI and the royal family at the Tuileries Palace (October 1789)

Se le presentó un plan de fuga extremadamente preciso. A las siete y media de la tarde, vestida de sirvienta, acompañada de sus hijos (el Delfín vestido de niña), salía de las Tullerías por una escalera que bajaba del desván al patio de los Príncipes. Allí la esperaría un coche que la llevaría al hotel de Augeard donde tomaría otro coche. Le aseguró que llegaría a Reims a las nueve de la mañana y que llegaría, por la tarde, al castillo de La Tour, en territorio del Imperio, a diez leguas de Luxemburgo. Antes de su partida, la reina obviamente debería advertir en secreto a su marido. Sin embargo, para que él no se viera comprometido, por la noche entregó una carta a una doncella, con la misión de entregársela al rey a la mañana siguiente. Este mensaje era para anunciar que ella “se condenaba a un retiro profundo fuera de sus estados, donde sólo regresaría cuando allí se restableciera la tranquilidad”. La reina escuchó atentamente a Augeard, pero no se atrevió a separarse del rey. “Temo demasiado por sus días”, le dijo. Augeard insistió: “Los salvará, señora, porque cuando ya no tengan a la madre y a los niños a su disposición, preferirán envolver al rey en algodones antes que causarle el más mínimo daño. Esta gente sabe que los reyes nunca mueren en Francia".

La reina pidió un tiempo de reflexión. Augeard pensó que ella estaría de acuerdo con su plan. En mapas que le compraron, trazó la ruta que le transmitió. Pero María Antonieta se negó a embarcarse en semejante aventura sola con sus hijos. El 19 de octubre su decisión fue irrevocable: permaneció en París. El rey acababa de enviar al duque de Orleans a Inglaterra. La reina, que lo creía responsable de los disturbios del 5 y 6 de octubre, estaba convencida de que había ordenado su asesinato. La distancia con este príncipe al que odiaba ayudó a tranquilizarla. “Cuando él esté allí, estaremos más tranquilos y seguros”, le dijo a Augeard.

Augeard insistió largamente con ella, describiendo su situación en los términos más dramáticos y asegurándole que pronto sería demasiado tarde para pensar en huir. La reina permaneció inquebrantable. "No! No me iré! mi deber es morir a los pies del rey". Sin embargo, añadió que no renunciaba por completo a la idea de escapar. "Creo que sólo puedo realizarlo con el rey", le dijo finalmente.

La reina tenía razón. Ella permaneció valientemente en el puesto de devoción y peligro. Aquellos que trataron de convencerla de que abandonara a su esposo dieron un consejo indigno de su elevado corazón. Siguiendo ese consejo la hija de la gran María Teresa podría haber salvado la vida, pero habría perdido algo más deseable: su honor. 
   
La Comtesse Charny (miniserie 1989), Isabelle Guiard como Marie Antoinette

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domingo, 18 de enero de 2026

EL BARÓN DE BRETEUIL ES NOMBRADO POR LUIS XVI COMO "PRIMER MINISTRO EN EL EXILIO" (20 NOVIEMBRE 1790)

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The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
Retrato de Louis Auguste Le Tonnelier, barón de Breteuil (1730-1807), óleo sobre lienzo, por Jean-Laurent Mosnier.
Desde el día en que, a finales de 1789, el conde de Artois recurrió a sus luces y solicitó su consejo, Calonne había aspirado a dirigir la política de los emigrantes no desde Londres, y de algún modo en la clandestinidad, sino abiertamente junto a los hermano del rey. Por intensa que fuera su ambición, era demasiado orgulloso para ofrecerse; Tenía la intención de ser llamado, lo que sólo podría ser posible si hábiles intermediarios sugirieran al príncipe la idea de utilizar más plenamente sus servicios. Buscó a estos intermediarios y los encontró rápidamente en dos hombres con los que estaba vinculado desde hacía mucho tiempo y con los que soñaba, sabiendo que gozaban de la confianza del conde de Artois, para que le sirvieran de brazo derecho en la dirección del partido realista. Uno era el señor de Conzié, obispo de Arras, el otro el conde de Vaudreuil, uno de los favoritos del príncipe.

De los pocos prelados a quienes su devoción a los Borbones y el derecho a desempeñar un papel transformaron en agentes políticos, no hubo ninguno más emprendedor que Conzié ni más agitado. A los ojos de los príncipes, era una cabeza fuerte; En realidad, se impuso sobre todo por su audacia, “aires de granadero” y un espíritu más inventivo que sabio. Mezclado con todo, durante la emigración ejerció sólo una influencia superficial. Sus ideas, en su mayor parte, se mantuvieron en el camino, incluso en el de una gran liga internacional contra la República Francesa, de la que el Papa habría tomado la iniciativa. Se lo presentó a Pío VI en 1791. Pero se negó a predicar la guerra y a intervenir "en las querellas de reyes y pueblos", considerando que tal no debería ser el papel del papado. En el momento en que Calonne pensaba ponérselo, Conzié aún no había dado su medida. Su papel político fue limitado, había formado parte de la Asamblea de Notables y haber defendido los principios más puros de la monarquía. Se le consideraba prodigiosamente ambicioso. Pero la dignidad de su vida episcopal, las capacidades administrativas que había demostrado en su diócesis, le habían dado la reputación de un hombre ilustrado y activo.

Vaudreuil era completamente diferente. Entre los paladines de la emigración, este brillante caballero, una de las joyas de la corte francesa, el favorito de la reina, el cortesano favorito del conde de Artois, el tierno amigo de la duquesa de Polignac, consumado tipo del noble del antaño régimen, se distingue por una relativa sabiduría, una razón reflexiva e incluso principios de patriotismo tal como los entendemos hoy, que nos permitirían admirarlo si no hubiera con demasiada frecuencia contradicción entre los consejos que prodiga y los que está lleno de su correspondencia con el hermano menor de Luis XVI.

The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
Louis-Hilaire de Conzié, obispo de Arras, Perteneció notablemente al comité contrarrevolucionario, presidido por el conde Artois en Turín.
Al leer algunas de sus cartas, Vaudreuil es un político y un patriota. Se queja de las empresas imprudentes de su príncipe; le ruega que se abstenga de todo lo que pueda desagradar a la reina; le predica sabiduría, unión con los miembros de la familia real; Le gustaría que la contrarrevolución se llevara a cabo únicamente mediante la acción de los franceses, sin ayuda del exterior:

Cualquier influencia extranjera no haría más que unir a toda la nación y aumentar aún más esta opinión de la libertad, este gusto por la independencia que generalmente se establece de un extremo al otro del reino... Además, estoy consternado por los peligros que la El rey y la familia real, prisioneros en la capital, huirían si las potencias extranjeras, a instancias suyas, se entrometieran en nuestros asuntos internos. Además, no creo que nuestros aliados decidan hacerlo sin haber sido invitados por el propio rey. En cuanto a las potencias rivales o enemigas de Francia, sería muy peligroso y parecería criminal dirigirse a ellas.

A lo sumo aceptaría la ayuda de España, porque el soberano de este país es un Borbón, y que entre él y los Borbones de Francia existe el pacto de familia. Pero considero que las gestiones en España no tendrían éxito si se hicieran sin el consentimiento del rey. Por tanto, es necesario, sobre todo, que el conde de Artois obtenga de su hermano una autorización capaz de legitimar todo lo que se hace por su libertad, por su gloria y por la felicidad de su pueblo".

Hablando de las divisiones que estallaron entre las Tullerías y Turín, Vaudreuil escribió al conde de Artois El 28 de agosto: “Un punto muy esencial es que reine la unión, la confianza entre la reina y tú. No creáis a quienes quieren dividiros e inspiraros desconfianza mutua; éstos son imprudentes, si no son enemigos ocultos. Tu conciencia sólo podrá estar segura mientras te lleves bien con el rey y la reina... No puedes hacer nada sin ellos, digan lo que te digan”. 

The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
Joseph de Rigaud, conde de Vaudreuil.
Cuando, al llegar a Turín, el conde de Artois, preguntándose a qué estadista confiaría la dirección de la política de emigración, consultó a su amigo para saber si era mejor confiarla a Calonne que al barón de Breteuil, otro ex ministro de la rey.

Hablando de Breteuil, dijo: “Primero, ¿crees que quería unirse a ti? En segundo lugar, ¿no está totalmente en desacuerdo con el Príncipe de Condé? En tercer lugar, ¿tiene lo necesario para dirigir una operación importante y decidir el rumbo a seguir? Creo que luce bien en un consejo; Le creo en muy buenos principios; también tiene cierta reputación ministerial en Europa y conexiones con el Parlamento. ¿Pero es compatible con Condé y Calonne? ¿Le agradaría al rey y a la reina?"

Es aún más explícito respecto a Calonne y desaconseja rotundamente su uso. “Nadie en el mundo lo ama más que yo, nadie está más convencido de la superioridad de sus talentos, de sus recursos, de su genio y de su lealtad; pero aquí debemos considerar que la opinión lo ha hecho todo, y que sólo podremos tener éxito si recuperamos la opinión y las mentes perdidas, siguiendo un plan sabio pero lento. ¿Es entonces el hombre al que la calumnia ha atacado tanto como a usted a quien hay que poner en primer plano cuando se trata de hablar ante la opinión pública? ¿No serán los prejuicios del rey y de la reina un eterno obstáculo para que aprueben todo lo que proviene de él?... Además, podéis serviros del señor de Calonne para las memorias, los manifiestos, y nadie los hará como él. Pero si llega a Turín, me temo que el efecto será desastroso para él y para nosotros".

Calonne había contratado a otro: el obispo de Arras. Por su cuidado y por consejo de Vaudreuil, este prelado que estaba en Londres fue enviado a Turín por el conde de Artois, y cuando llegó allí, instó al príncipe a llamar a Calonne. Esta vez Vaudreuil aprobó en agradecimiento al ex interventor financiero que, en otros tiempos, había prestado muchos servicios. Esto fue para satisfacer los deseos del Conde de Artois. Por lo tanto, se dejó convencer fácilmente e invitó a la persona que le había recomendado a que fuera a buscarlo. Calonne prometió y se anunció. El 7 de agosto de 1790, Vaudreuil escribió a su príncipe: “Vas a tener un hombre genial muy devoto de la buena causa a pesar de todos los horrores que ha aprobado. No debemos calmar su ardor porque su coraje es tan grande como sus talentos”. 

The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
Charles Alexandre de Calonne (1734-1802)
Además, Calonne tardó mucho en llegar. Llegó vía Alemania e Italia en días cortos, con frecuentes paradas. En Turín no sabían qué motivos atribuir su retraso. La gente se preguntaba si los jacobinos no lo habían hecho asesinar cuando finalmente llegó. Fue a finales de octubre de 1790. Pero entonces hubo que vencer la repugnancia del rey de Cerdeña, que temía, al recibirlo, desagradar a Luis XVI. Victor-Amédée sólo cedió a la petición de su yerno.

Sufrió -dice una nota del mariscal de Castries- que el señor de Calonne llegara de incógnito cerca de Turín, desde donde podía comunicarse con el señor conde de Artois, Finalmente, mediante acto de debilidad, logró que se presentara ante la corte, ante la cual había afirmado tener la autorización del rey y la reina, para poder negociar en Londres, y que ambos habían aprobado su salida para Turín. No sé hasta qué punto lo impuso; tal vez algunas expresiones indirectas autorizaron la interpretación que dio, y aparentemente fue suficiente para el rey de Cerdeña”.

Conzié ya estaba en Turín. Vaudreuil llegó allí detrás de Calonne, todavía es el mariscal de Castries quien nos lo cuenta: "Señor de Vaudreuil abandonó Venecia para llegar a Turín al mismo tiempo que el señor de Calonne; y a su llegada, recuperaron del señor Conde de Artois el imperio desastroso que habían tenido en Versalles, y que tuvo consecuencias tan desafortunadas para el cuerpo de la nobleza en particular. El primer uso que hicieron de su crédito fue destituir el consejo íntimo que había formado el señor Conde de Artois, compuesto por los señores de Autichamp, Ventimiglia y el abad Marie, Querían quedarse a solas con el príncipe y asociaron al obispo de Arras con este concilio”.

Este no fue el único resultado de la presencia de Calonne. Según el mariscal, esto activó el inoportuno ardor del Príncipe de Condé. “Se unió a los nuevos asesores para que aceptaran ideas que hasta ese momento habían sido rechazadas; y sin saber todavía qué haría o podría hacer España, que acababa de hacer las paces con Inglaterra; sin saber con precisión si las potencias de Alemania apoyarían o abandonarían a Francia..."

The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
Charles Philippe comte d'Artois (1757-1836)
Así, apenas en Turín, Calonne se había hecho cargo de la dirección de los asuntos. Para formar una coalición, quería contratar a Victor-Amédée. Pero este último se retiró más que nunca a una neutralidad prudente. A las exhortaciones de Calonne que le pedía que tomara la iniciativa de una manifestación a favor de la monarquía, opuso con imperturbable flema firmes negativas. Respondió a lo que España, Austria, Inglaterra y Prusia ya habían respondido y volverían a responder: que sólo el rey de Francia podía pedir ayuda, lo que no podría hacer hasta que saliera de París.

Calonne pronto se cansó de esta resistencia. Demostró al conde de Artois que, mientras residiera en Turín, no obtendría ningún resultado porque sus esfuerzos siempre estarían paralizados por la mala voluntad de su suegro. Por lo tanto, lo instó a irse, a ir a Viena ante el Emperador para defender él mismo su caso. Nos acercábamos entonces a los últimos días de noviembre. En esta fecha, el conde de Artois, dócil a los consejos de Calonne, estaba decidido a abandonar la capital del Piamonte, donde su presencia y la del príncipe de Condé "excitaban demasiado el celo de los buenos franceses", y abandonar para Roma. Pero de repente surgió otro incidente.

Luis XVI, al enterarse de la llegada de Calonne con su hermano, se alarmó por este acercamiento. Para protegerse de sus efectos, había otorgado plenos poderes para tratar con gobiernos extranjeros al barón de Breteuil, antiguo rival de Calonne y el título de primer ministro en el exilio. Breteuil, embajador a la edad de veinticinco años, en 1758, se había convertido, en 1783, en ministro de la casa del rey, y no había dejado este cargo hasta 1789. Lo había retomado, pero sólo por unos días, el 12 de julio del mismo año. Luego, a finales de ese mes, se retiró a Suiza, donde el rey había llegado a confiar en él para buscarlo. Sus poderes llevan la fecha del 20 de noviembre. “Lo apruebo todo lo que hagáis para alcanzar la meta que me propongo, que es el restablecimiento de mi legítima autoridad y la felicidad de mis pueblos”. Así, a los repetidos esfuerzos de su hermano, el rey respondió con la más formal negación, declarando que tenía la intención de seguir siendo el único dueño de sus operaciones.

Apenas investido de estos poderes, Breteuil se puso en contacto con Fersen, Mercy y Bouillé para discutir con ellos la manera de garantizar la fuga de la familia real. ¿Será en Metz donde se refugiará el rey? ¿Podría ser en Vendée? ¿Deberíamos esperar para intentar esto hasta que Austria haya decidido enviar tropas a la frontera? Ésas eran las cuestiones que debían resolverse. Breteuil se las preguntó a sus corresponsales. Al mismo tiempo, escribió al conde de Artois. Sin explicarle el verdadero carácter de su misión, le invitó a permanecer tranquilo en Turín "hasta que los asuntos políticos establecieran el interés que Europa tendría en los asuntos de Francia, y a ocupar, mientras tanto, los asuntos del sur". 

The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
Louis-Charles-Auguste Le Tonnelier, baron de Breteuil.
Esta carta irritó al conde de Artois, al príncipe de Condé y especialmente a Calonne. En el regreso de Breteuil al escenario, sintió un ataque de la reina contra él. Él creía en ello aún más que Breteuil afectó a tonos magistrales. Sin embargo, el conde de Artois supo contenerse. Se limitó a responder que, sin haber recibido compromisos positivos de ningún soberano, se creía con derecho a tener grandes esperanzas. Ante esta respuesta, siguió ciegamente los consejos de Calonne, sin tener en cuenta las órdenes del rey. En secreto, se disponía a abandonar Turín. Había escrito al emperador Leopoldo para solicitar una entrevista y envió su carta a través de uno de sus amigos, el barón d'Escars. Entonces, de repente, decidió despedir a Calonne, con la misión de apoyar su petición. Él mismo, decidido a seguirlo algunos días, confió sus planes a su suegro y obtuvo de él una carta encomendándolo a las gracias de Leopoldo.

Estos últimos ya habían recibido del rey y de la reina de Francia la petición inmediata de rechazar cualquier proyecto que les concierne y que no fueran presentados por ellos mismos. Por tanto, decidió no acceder a una entrevista con el conde de Artois y le escribió. Pero cuando esta respuesta llegó a Turín, el conde de Artois y el príncipe de Condé, después de haber lanzado un encendido manifiesto contra la Asamblea Nacional, ya se habían marchado, este último a Stuttgard, donde pretendía reunir más medios de acción sólo en Italia, para estar allí al mismo tiempo que el Emperador, a quien Calonne se encargó de anunciarlo.

En Venecia le aguardaban las decepciones más dolorosas. No hubo carta imperial ni noticias de Calonne. Tuvo que permanecer allí con mucha ansiedad durante varios días. Recién el 26 de enero de 1791 un correo de Turín le trajo las cartas esperadas. Estaban desolados. El emperador renunció al viaje a Venecia y se negó a recibir al hermano de Luis XVI. El príncipe tuvo que concluir que la misión de Calonne había fracasado. Y era verdad. Al llegar a Burckerndorf, un pequeño pueblo a cuatro leguas de Viena, Calonne, que viajaba de incógnito bajo el nombre de Dommartin, se detuvo allí. Desde allí escribió al conde Cobenzl, ministro de Asuntos Exteriores de Austria, para anunciar su llegada y solicitar una audiencia con el emperador. Unas horas más tarde recibió una respuesta negativa. Leopoldo no quiso hablar con el conde de Artois, ni con su representante, ni ahora ni más adelante.

Los términos de su negativa, aunque dejaban poco margen a la esperanza de una decisión menos rigurosa, no desanimaron a Calonne. Envió a Cobenzl un largo memorando destinado al emperador. En este memorando, fechado el 29 de enero, se formulaba claramente la acusación contra La Fayette de haber fingido querer salvar a la familia real, cuando en realidad sólo pensaba en fortalecer su propio poder. “Demorar más la acción -dijo Calonne- es perderlo todo; dejar al rey y a la reina en la situación en la que se abandonan es dejarlos perecer y exponerlos mucho más que ayudarlos a pesar de sí mismos. Una poderosa ayuda que se impondría a los sinvergüenzas y haría a París responsable de la seguridad de la familia real, es el único medio eficaz de conservación". 

The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
Louis Joseph, príncipe de Condé, organizador del ejército que llevó su nombre y se enfrentó a la Francia revolucionaria.
Palabras inútiles; Austria no se decidió por ningún partido. rechazó la petición del conde de Artois alegando la voluntad del rey. El Emperador se resistía a dar la impresión de que favorecía a los emigrantes, de que contaba con su ayuda. Su hermana seguía escribiéndole para advertirle contra ellos. Ella seguía diciéndole que sus amenazas irritaban a los franceses e impedían que las cosas mejoraran. En Viena, Cobenzl dijo al marqués de Noailles, que aún se encontraba allí como embajador de Luis XVI: "Una primera entrevista resaltaría las cosas, tal vez serviría a los designios del señor de Calonne al hacer creer cosas que no son ciertas. pero ciertamente no produciría ningún cambio en las opiniones de Su Majestad Imperial”.

Por tanto, todo contribuyó a demostrar que Leopoldo no podía decidirse a la guerra. Lo consideró inevitable; pero lo posponía constantemente, ya porque quería esperar hasta ser llevado al límite, ya porque buscaba, antes de emprenderlo, asegurarse alguna conquista como precio de sus esfuerzos o el intercambio de territorio. Las muestras de afecto que dirigió a María Antonieta no fueron más allá de las expresiones escritas. Así había enviado al señor de Montmorin una nota declarando que la consideraría dirigida a él mismo y vengaría los insultos infligidos a su hermana. Pero amenazas de este tipo, más peligrosas que efectiva, su intervención fue limitada. El propio Mercy, considerado durante mucho tiempo amigo devoto de la reina, ya no mostraba, desde Bruselas donde residía, más que un celo moderado, impotente por la lentitud de su corte y por las órdenes que le obligaban a limitarse a servicios puramente personales, alentar cualquier intento de fuga, pero no ir más allá.

Breteuil, en los pasos que estaba dando al mismo tiempo en nombre de Luis XVI, no era más feliz que el conde de Artois. Mercy llegó incluso a negarse a enviarle una cifra, que Breteuil le pidió para hacer más fácil y segura su correspondencia, e hizo de esta negativa un reclamo para ganarse el favor del viejo Kaunitz.

Al mismo tiempo, María Antonieta escribió a Mercy: “Parece que mi hermano de Italia no será recibido en Viena. Realmente no  lo quiero. Este viaje sólo puede comprometernos en cualquier caso, ya que quien quiere emprenderlo va sin nuestro consentimiento, y todos los que lo rodean y sus amigos no dejan de decir horrores de mí".

The Baron de Breteuil is appointed by Louis XVI as “Prime Minister in exile” (20 November 1790).
El canciller austriaco, Kaunitz insto al emperador Leopoldo a mantenerse a la espera de obtener algún beneficio antes de prometer ayudar a los emigrados, "llenarlos de vagas promesas" solo para ganar tiempo.
Así, las desgracias de la familia real, lejos de cimentar la unión de sus miembros, no hicieron más que aumentar y inflamar sus disensiones. Estas disensiones mismas tuvieron el efecto de debilitar a aquellos cuya ayuda buscaban. Nos permiten decir que, hasta su muerte, el rey no tuvo peores enemigos que los emigrantes, y que fueron ellos los principales autores de sus males. Después del aborto de la misión de Calonne, el conde de Artois, lejos de acelerar su regreso a Turín, decidió esperar en Venecia a su enviado. Quizás también esperaba, a pesar de todo, que el Emperador, cuyo viaje a Italia sólo fue pospuesto, abandonara su rigor y consentimiento a encontrarse con el. Como veremos pronto, el acontecimiento iba a darle la razón.

El conde de Artois esperaba así arrastrar a Alemania a la guerra contra Francia y convencerla, una vez iniciada la guerra, de que no depusiera las armas hasta que el rey hubiera recuperado su poder. Pero para lograr semejante cobardía se necesitaban otros medios de acción además de los que él poseía. Paralelamente a este asunto, el conde de Artois, a través del ministro sueco en Venecia, negoció con el sultán, al que pidió una ayuda financiera de varios millones. Al no tener éxito este intento, se dirigió a Prusia. Ella accedió a prestar algo de dinero, pero pospuso cualquier decisión sobre el tema de la guerra. 

👉🏻 #Cautiverio en las Tullerias

viernes, 3 de octubre de 2025

APARECE ANTOINE BARNAVE EN LA ESCENA POLITICA

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Antoine Barnave appears on the political scene
Antoine Barnave por Sicardi
En la primavera de 1791, Antoine Barnave aparece para muchos como el hombre clave. Representa entonces, de hecho, la Revolución que toma conciencia de sus límites. A sus ojos, el enemigo estaba en la derecha: era el emigrante que soñaba con la venganza, el cortesano que incitaba al rey a resistir, incluso el diputado que trabajaba para salvar al poder ejecutivo de un abatimiento definitivo.

El 23 de abril, días después de que el pueblo impidiera al rey ir a Saint-Cloud, Montmorin envió una carta circular a todos los embajadores franceses afirmando que era una calumnia decir que el rey no era libre. Montmorin no quiso enviar lo que llamó un "diablo de carta" porque el propio rey había dicho a la Asamblea tres días antes que la Guardia Nacional le había impedido ir a Saint-Cloud y persistía en su deseo de hacerlo. Pero Montmorin le dijo a La Marck: "Alguien le da mucha importancia", código para el rey o la reina o ambos. Se ha afirmado que la carta fue escrita por Barnave siguiendo instrucciones del rey. Y que tenía dos objetivos: frenar la invasión de emigrados desde el Midi y facilitar la huida de la familia real aflojando la seguridad en torno a las Tullerías. Estos eran de hecho los objetivos de la carta. Siguiendo el consejo de Fersen, María Antonieta dijo que deben calmar las sospechas "aparentando ceder ante todo hasta el momento en que podamos actuar". No se puede probar la autoría de Barnave de la carta circular, pero tenemos evidencia del contacto real con los triunviros y sus aliados antes de la huida a Varennes en base a que se dieron cuenta de que la Constitución era defectuosa y que la autoridad del rey necesitaba ser fortalecida antes de que el país se desintegrara. 

Esta toma de conciencia por parte del centro-izquierda había amanecido algunos meses antes. El punto de partida había sido la propuesta de Le Chapelier del 23 de septiembre de 1790 de que se agregaran siete nuevos miembros al Comité Constitucional de la Asamblea para dar un borrador final coherente a una Constitución cuyos artículos se habían votado poco a poco durante los últimos doce meses, y modificar el producto final para aumentar el poder del rey. Entre los siete estaban Barnave, Lameth y Duport, los "triunviros", quienes rápidamente establecieron el control del Comité. Para el otoño de 1790 habían llegado a la conclusión de que, como dijo más tarde Barnave, "es hora de detener la revolución" antes de que degenere en un ataque a la propiedad e incluso a la civilización.

Antoine Barnave appears on the political scene
Barnave, Lameth y Duport quienes conformaron el "triunvirato frances" cuyas opiniones eran preparadas por el primero, sostenidas por el segundo, y dirigidas por el tercero. Algo notable era y peculiar del espíritu de igualdad de la época la unión íntima de un abogado, perteneciente a la clase media, de un consejero, individuo de la clase parlamentaria, y de un coronel agregado a la corte, que renunciaban a los intereses de su estado para asociarse con miras de bien público y de popularidad.
Pronto Mirabeau estableció contacto con ellos. El 17 de enero de 1791 le dijo a la reina que había tenido "una conversación muy interesante con Alexandre de Lameth", en la que detectó que él y sus compañeros estaban "avergonzados" por la postura radical que aún tenían que mantener para perpetuar su popularidad. Duport había propuesto en la Asamblea que un comisionado del rey debería estar presente en los tribunales penales. Pero el hombre clave fue Barnave, cuya estrecha relación personal con María Antonieta dominará los siguientes capítulos. Los otros, d'André, Lameth, Le Chapelier y Mirabeau, se reunieron en los apartamentos de Montmorin, quien pagó a d'André por los servicios a la monarquía. Montmorin era necesariamente el único ministro al tanto del secreto. Pero Mirabeau "tomó la precaución con Barnave de que nunca debería estar presente en Montmorin's con los demás". La Marck pensó que esta precaución era "muy llamativa" y la explica por la rivalidad entre facciones entre estas prima donnas revolucionarias.

La Marck traza el ascenso meteórico de "este joven que apenas había terminado la universidad [Barnave tenía veintinueve años]" y que había pasado de ser "un simple abogado de provincia" a ser agasajado por la alta sociedad: "los ducs d'Aiguillon y de La Rochefoucauld, Laborde de Méréville, hijo mayor del banquero más rico de Francia, el salón de la anciana duquesa d'Enville". En definitiva, esa fusión de nacimiento y dinero, conocida como "les grands", que caracterizó a la sociedad tardía del Antiguo Régimen. Estos hombres "lo iniciaron en todos sus placeres e intrigas políticas".

Ciertamente había un abismo social entre La Marck, el hijo de un príncipe del Sacro Imperio Romano Germánico, y Barnave, pero este último estaba lejos de ser un provinciano don nadie, aunque sus orígenes mixtos pueden haber actuado como la arena en la ostra. Su abuelo era un capitán del ejército que no pudo progresar más porque era un roturier. Su padre ocupaba un cargo judicial que le confería nobleza "personal", es decir, vitalicia. Pero su madre pertenecía a una antigua familia noble, los de Prest, que contaba con altos oficiales del ejército en sus filas. Barnave también estaba emparentado con su futuro colega triunviro, Adrien Duport, juez del Parlamento, cargo que le confería nobleza hereditaria. Cuando Barnave tenía nueve años, su madre eligió sentarse en un palco desocupado reservado para un lacayo del gobernador. La gerencia le pidió que se fuera, lo cual hizo; pero hizo tanto alboroto que el resto del público se fue con ella y no volvió por algunos meses. Nada ilustra mejor la observación de Luis XVI de que la Revolución se trataba de "vanidad burguesa".

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Miniatura de Barnave por Sicardy
Barnave era un estudiante brillante pero tuvo que ser educado en privado porque la familia era protestante. Su hermano menor fue aún más precoz. Matemático dotado, estaba destinado a ser oficial de artillería, como Carnot, también capitán burgués y más tarde «organizador de la victoria» en el Comité de Seguridad Pública. El hermano murió joven en París, donde Barnave lo cuidó durante tres meses. Más tarde escribió que cada vez que tenía pensamientos nobles, los dulces y hermosos rasgos de su hermano flotaban ante él mientras se dormía, pero cada vez que hacía algo deshonroso, la visión lo abandonaba. como uno se imagina cuando preguntó "¿Es su sangre tan pura?" de los asesinados Foulon y Berthier. Un seminoble protestante entonces, una mezcla explosiva apenas contenida en la botella de cuello apretado del anciano régimen.

Esbelto, sonriente, elegante, compensa la falta de regularidad de sus rasgos con el brillo de una pasión dominada, un verbo riguroso, una energía inquieta. En agosto de 1790, se batió en duelo en el Bois de Boulogne, lo que elevó aún más su gloria: fue contra Cazales, adalid de la derecha, que acababa de insultar a sus adversarios en la Asamblea. Reunión de señores, a la francesa: cortesía y elegancia. Habiendo fallado los dos primeros tiros de pistola, Barnave, mientras se recargaban las armas, le dijo a su adversario lo desconsolado que estaría si lo mataba: “Será aburrido cuando tengas que escuchar en la tribuna a alguien tuyo". Barnave no mató a Cazales, pero sin embargo lo golpeó en la cabeza, sin gravedad. No dejó de hacerle visitas durante su convalecencia. Modales, un estilo, que te hacen famoso en los periódicos. Cuando los dos adversarios se encontraron de nuevo cara a cara al pie de la tribuna, por primera vez desde el duelo, recibieron una igual ovación de sus compañeros, sensibles a la tradición caballeresca.

Mirabeau siente admiración por este joven descendiente de los Alpes, y que habla con tanta claridad, que argumenta con tanta lógica, mientras se consuela por seguir siendo el mejor: "Nunca había oído a la gente hablar tan bien o durante tanto tiempo", pero no hay divinidad, no hay dios en él. Sin embargo, si es cierto que Dioniso parece habitar en el hombre de Provenza, el orador incontenible, capaz de sofocar una asamblea en convulsión, el Olimpo tiene otras divinidades a las que inspirar. Barnave. En casa, es Apolo quien habla, dios del clasicismo. Aunque también sabe improvisar, lo que lo hace aún formidable.

Antoine Barnave appears on the political scene
Mounier (Alain mottet) et Barnave (Bruno Devoldére) dans L'été de la révolution: Directed by Lazare Iglesis (1989)
Barnave disfrutaba mezclarse con duques y banqueros, pero al igual que el príncipe Hal, conocía su valor y el de ellos. Y "antes de que Mirabeau lo designara en la Corte como uno de sus auxiliares", ya había decidido distanciarse de sus amigos. Había "visto al señor de Montmorin solo" y Mirabeau quería que siguiera siendo así. Barnave impresionó a Montmorin, lo que confirmó Mirabeau en su opinión de que podrían obtener grandes beneficios de una asociación con Barnave y ahí radica la razón por la que iba a ser un agente aislado en el plan de Mirabeau.

María Antonieta, irónicamente en vista de su futura relación, estaba menos impresionada con Barnave, como le explicó a Mercy el 6 de mayo de 1791. La reina estaba en contacto con el padre del amigo de Barnave, Laborde de Méréville. María Antonieta necesitaba reunir suficiente dinero para mantener un ejército durante dos meses en Montmédy hasta que la situación se resolviera por sí sola. Laborde quería que vendiera sus diamantes y fue tan insistente que ella tuvo que fingir que los había sacado de las Tullerías. "Bueno, déjame venderlos desde su nueva ubicación", instó. Pero María Antonieta pensó que era mejor conservarlos como garantía: no podían usar las Joyas de la Corona porque, como ella dijo, ahora se consideraban propiedad nacional. De lo contrario, como hemos visto, bien podría haberlo hecho.

En esta ocasión, sin embargo, Laborde no había venido por los diamantes, sino que "había sido enviado por su hijo y sus socios Duport y Barnave para que ella se identificara con la Revolución que consideraban "completada", palabra clave con Barnave. No estaban tan mal dispuestos como ella imaginaba y él cantó las alabanzas de Barnave en particular con quien parecía encantado. "Como puedes imaginar, le seguí la corriente a todo lo que dijo" – su postura habitual ahora que el vuelo era inminente. Laborde no estaba al tanto de los detalles exactos del vuelo, pero ya había liquidado algunos de sus activos y los había enviado a Inglaterra junto con 2 millones de libras de su propio dinero para ser utilizados según lo requiriera la ocasión. Entonces, al menos, Bourgade no consideró que volar y trabajar con Barnave fueran incompatibles.

Antoine Barnave appears on the political scene
Detalle del personaje para la pintura de el juramento de Jeu de Paum, aquí  el rostro de Antoine Barnave, por Luis David.
Sin embargo, la cuestión planteada en su momento por Robespierre, era cuánto sabían Barnave y sus asociados. Es imposible que supieran los detalles precisos del vuelo (solo cuatro personas lo sabían). Pero Barnave, como el número dos de Mirabeau, debe haber sabido del plan para llevar al rey a Compiègne. Ahora Mirabeau estaba muerto y Barnave era su legado a la reina. Barnave probablemente también supo, a través del hijo de Bourgade, que la idea de huir continuó después de la muerte de Mirabeau.

Tras su muerte, el relevo lo tomó lo que podríamos llamar el mueble de cocina de María Antonieta. Con alguna aportación de Montmorin, estaba formado por La Marck y el arzobispo François de Fontanges. Se encontraron y mantuvieron correspondencia con frecuencia hasta el 10 de mayo. Luego hay un lapso hasta el 21 de junio, día en que huyó la familia real. Maria Antonieta le había dicho a Fontanges que se quedara un rato en el campo. Ella no dijo más, pero todos debieron haber adivinado que algo estaba pasando. El vuelo a Varennes, dijo Fontanges a La Marck, aclaró el misterio de los dos meses anteriores.

Antoine Barnave appears on the political scene
Antoine Barnave (1761-93) by French School.
Tenía que haber un "misterio" porque no se trataba de que María Antonieta confiara el plan de fuga a sus partidarios, que se verían comprometidos si fallaba, y menos aún a los ministros, que lo traicionarían. Montmorin fue el único ministro sobreviviente, de antes de la Revolución y la reina se comportó con frialdad con el hombre que era amigo personal del rey, en parte porque ella se había opuesto a su nombramiento pero principalmente porque él había seguido servilmente a Necker. Pero la instó a ser amable con Montmorin, a invitarlo a hablar con ella porque era demasiado tímido para preguntar. Esto fue necesario porque la mayoría de los otros ministros eran hostiles a la reina, especialmente el juezministro, Duport du Tertre, un acólito de Lafayette. La Marck le dijo a Mercy que era "un esclavo" de los diputados de izquierda. "De todos los males que había causado M. de Lafayette el más difícil de perdonar" fue obligando al nombramiento de este ministro "que manifestó en gabinete abierto que la quería fuera del camino". Cuando Montmorin preguntó qué quería decir, du Tertre "respondió con frialdad que él personalmente no se prestaría haciéndola asesinar pero que sería otra cosa si se tratara de llevarla a juicio". Para aclarar, Montmorin preguntó si como ministro de la Corona la llevaría a juicio, a lo que respondió que sí, si esa era la única forma de deshacerse de ella.

Un juicio es lo que (según La Marck) tenía en mente Duport du Tertre. Madame de la Motte-Valois fue invitada a regresar a Francia para provocar problemas y el plan era dejarla defender su caso ante el tribunal de la Asamblea. Declararía que María Antonieta era la culpable y exigiría un nuevo juicio. La propia reina sería entonces juzgada «ante los nuevos tribunales que acababan de establecerse con funcionarios electivos independientes y hostiles a la Corona». Otro truco era este: con la confiscación de los terrenos de la iglesia, que habían sido puestos a disposición de la Nación (Revolución, habla de confiscados), el cardenal Rohan había perdido los ingresos con los que, como un caballero, había estado pagando los joyeros de la corte por el collar de diamantes. Ahora había un movimiento en marcha para descontar el dinero de la Lista Civil, que la Asamblea había concedido al rey en lugar de su corona tierras, que también habían sido puestas a disposición de la nación. El objetivo de esta maniobra era establecer que la propia reina le había encargado a Rohan que obtuviera el collar, que luego había vendido, sin duda para darle las ganancias al emperador. Si las palabras atribuidas a du Tertre fueron realmente suyas, entonces dentro de un año lo veremos dar el cambio personal más grande en la historia de la Revolución. Mirabeau quedó tan conmocionado por este complot para mancillar a la reina que dejó de dar los discursos radicales que juzgaba necesarios para preservar su popularidad y redobló su energía para tratar de salvar a la monarquía: "Salvaré a esta desafortunada reina de sus carniceros o moriré en el intento". Lo hizo, el 2 de abril expedirá su último aliento.

Antoine Barnave appears on the political scene
Caricatura del diputado Antoine Barnave en Jano, por ser considerado un político jugando un doble juego, hacia 1791.
La muerte de Mirabeau ciertamente agudizó la conciencia de Barnave ante el nuevo peligro. ¿Será capaz de retomar, con otros medios, la lucha del gran difunto en favor de la anhelada alianza entre la monarquía y la libertad? Aquí está, con sus amigos, trabajando duro. Pero, ¿cómo no ser golpeado por el desorden? Por qué entonces aquellos que querían más o menos lo mismo – Mirabeau, LaFayette, Barnave, duport y el Lameth –quienes eran a su vez los hombres de influencia en la Asamblea Constituyente, ¿nunca pudieron llevarse bien? Ciertamente tenían una mayoría entre sus colegas. La discordia ahogó las convergencias políticas. Hombres de carne y hueso, impulsados por la ambición, rivalizando en opinión, divididos además por las maniobras e inclinaciones de la corte, no supieron aunar sus fuerzas, sus talentos, sus saberes, para atemperar el ascenso del movimiento popular. Hoy le toca a Barnave y sus amigos poner los límites de la Revolución. ¿Todavía pueden?

Como sabemos, sin embargo, la Revolución se deleita en devorar a sus propios hijos. Éste, hijo prodigio, mimado jovencito, momento predilecto de los patriotas, conocerá, como sus adversarios y amigos, sólo una gloria fugaz. Y en primer lugar porque su joven celebridad no ha vuelto la cabeza, y se da cuenta, en el mismo momento en que todos los laureles le ceñían la frente, cuando su madre, que se ha quedado en Grenoble, no deja de sonrojarse de felicidad ante la historia de sus méritos. Pero un peligro acecha a la Revolución: su desbordamiento por la demagogia, el desliz que amenaza la libertad, el surgimiento con fuerza de un movimiento popular, monstruo de un millón de ojos, hambriento de igualdad, que surge a través de sociedades fraternales, periódicos, clubes, como el pueblo auténtico, el “pueblo de pie”, vigilante, intransigente. 

Era hora de que la familia real saliera.

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