domingo, 13 de enero de 2013

LA VISITA DEL ARCHIDUQUE MAXIMILIANO DE AUSTRIA (1775)

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Maximiliano Franz, como Gran Maestro de la Orden Teutónica, el castillo de Versalles
En la primavera de 1775, María Antonieta recibió con gran placer la visita de su hermano menor, Maximiliano. Llego a parís en su camino a Bruselas donde iba a ser coadjutor de la orden teutónica y de allí a colonia para ser elector. Fue la primera vez desde su partida de Viena, que la reina estaba viendo a un miembro de su familia.

Pero, con entusiasmo mientras ella había estado esperando su visita, su satisfacción fue empañada por la mal educación de los príncipes de la sangre, y más aun por la aprobación de su conducta mostrada  por los ciudadanos de parís, parecía brotar de repente el sentimiento nacional de la enemistad a la casa de Austria. El archiduque, de 14 años de edad, no hizo valer su rango real en sus viajes, sino que guardo incógnita su identidad, como los príncipes en tales ocasiones suelen asumir, llevando el título de conde de Burgau; además fue acompañado por los conde de Rosenberg y de Lamberg, instruidos por la emperatriz Marie teresa para supervisar la conducta del príncipe durante su estancia en parís a partir de la información que le darían sobre la reina.

Los hermanos del rey, incluso el mismo Luis XVI, no prestaron atención a la situación de incognito; visitaron en el primer instante de su llegada al archiduque. Pero los príncipes de la sangre se pararon en su dignidad, se negaron a reconocer un rango que no era públicamente declarado, era un extranjero no importaba que fuera hermano de su reina. Se insistió en que la atención de la primera visita debería ser de parte de él.

Entrar en discusión sobre el grado del problema entre el archiduque de Austria y los principesde la sangre de Francia, basta con decir que no había duda que la etiqueta francesa estaba establecida, por lo que el archiduque, aunque viajando bajo un titulo de incognito, debía haber hecho su primera visita a los príncipes de la casa de Orleans, a la casa Conti,  a la casa Conde y la casa de Penthievre. Sin embargo, esto es lo que no hizo en primera visita a Versalles. La indignación fue mayor cuando tuvieron que presenciar como Luis XVI, rey de Francia y sus hermanos tuvieron que ir a visitar al archiduque.
 
Cuadro que Representa a Luis XVI y Marie Antoinette junto al archiduque Maximiliano durante la estancia en Versalles en 1775.
Los príncipes estaban en su derecho, y del lado de la reina, no había ninguna intención de hacerles daño. Era joven, inexperta, ignorante de las reglas de la etiqueta de la corte francesa y tampoco tenía la intención de comprender. La reina esperaba que los príncipes dieran una fiesta en honor a su hermano, pero ocho o diez días habían pasado desde la llegada de este último, y no había ninguna manifestación. María Antonieta resulto especialmente dolida por, la conducta grosera del señor duque de Orleans, que siempre había tratado bien antes de eso, no le hizo ninguna cortesía a su hermano y antes de ese momento, el duque recorría casi todos los días Versalles, y no había aparecido una vez desde que el archiduque estaba allí.

“Los príncipes de las casas de Orleans, Conde y Conti afirmaron que el archiduque Maximiliano les debía la primera visita. La reina no permitió que su hermano cediera a esta demanda, resulto muy insatisfecho y el duque de Orleans exigió una explicación muy clara. A medida que continuo la situación de incognito, la reina rápidamente respondió: “el duque sabia que el rey y sus hermanos habían tratado a Maximiliano como a un hermano. Incluso lo invito a cenar en privado con él y conmigo, un honor que me supongo que usted nunca ha reclamado. Además, mi hermano no puede ver a los príncipes; estará un corto tiempo en parís, tiene muchas cosas que hacer y no lo hará” (el conde Mercy, 18 de marzo de 1775)

Su amonestación fue en vano, los príncipes se adhirieron a su resolución y la reina en la suya. Ellos no fueron admitidos en cualquiera de las fiestas del palacio durante la estancia del archiduque, y fueron excluidos de todos los actos privados que se dieron en su honor, ya que la reina dio a conocer que ella y el rey se negaban asistir a cualquier reunión si eran invitados. Pero la conducta de los príncipes era sin duda un acto descortés con un extranjero y una falta de respeto a su soberano.

 
El archiduque pasó los primeros días después de su llegada a Versalles casi completamente a solas con la reina. Ella por su parte dio una fiesta en su honor, reuniendo a las familias francesas como los Noailles, Durfort, Tavennes, Segur, Brionne; los ministros y sus esposas; los condes de Provenza y Artois. Se le dio además recorridos por los establos del rey, la escuela de equitación y la remodelación del Petit Trianon.

Este festival aumento el descontento de los príncipes de la sangre, y desde ese día la reina, quien no podía ocultar lo que no le gustaba, por lo general parecía fría ante el duque de Orleans. Este por su parte se le vio constantemente desde entonces, con entusiasmo de aprovechar todas las oportunidades para culpar a las acciones de la reina y de ridiculizar a los miembros de la camarilla Polignac, que se habían convertido en la sociedad intima de María Antonieta.

Finalmente el archiduque Maximiliano abandono parís, María Antonieta se vio muy afectada, incluso abandono su intención de ir a la opera a pesar del estreno de “Orfeo” de su compatriota Gluck.

“Mi querida madre, la salida de mi hermano me hace muy infeliz… dejo una buena reputación aquí por su amabilidad, la honestidad y la atención para todos” (Marie Antoinette, 17 de marzo de 1775)

domingo, 25 de noviembre de 2012

SE PREPARA LA ESTAFA DEL COLLAR

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The Affair of the Necklace 2001

Para una estafa de gran magnitud siempre son indispensables dos elementos: un gran estafador y un gran bobo. Felizmente, el bobo lo tiene ya a mano y no es ningún otro sino el esclarecido miembro de la Academia Francesa, Su Eminencia el cardenal de Rohan, obispo de Estrasburgo y gran limosnero de Francia. Completamente hombre de su tiempo, ni más inteligente ni más tonto que cualquier otro, este príncipe de la Iglesia, de un exterior muy atractivo, padece también la enfermedad de su siglo: es de una credulidad excesiva. La humanidad no es capaz de vivir permanentemente sin una fe; y como el ídolo del siglo, Voltaire, ha dejado fuera de moda la fe en la Iglesia, la superstición se introduce y ocupa su puesto en los salones. Para alquimistas, cabalistas, hermanos Rosa-Cruz, charlatanes, nigrománticos y médicos milagrosos comienza una edad de oro. Ningún hombre de la nobleza, ningún hombre de mundo, dejará de haber estado con el conde Cagliostro en su logia, con el conde Saint-Germain sentado a la mesa, con Mesmer presenciando sus experimentos con la tina magnética.

precisamente por ser tan despejados, tan agudamente frívolos; precisamente porque ya no toman en serio ninguna cosa, los generales su servicio, la reina su dignidad, los sacerdotes su Dios, necesitan estos «ilustrados» vividores cualquier juego contra el espantoso vacío de su alma, y juegan con la metafísica, la mística, lo suprasensible y lo incomprensible, y, a pesar de toda su clarividencia y de todas sus agudezas, van a dar en las redes de los más chabacanos embaucadores de la manera más tonta. Entre esos pobres de espíritu, Su Eminencia el cardenal de Rohan es el más ingenuamente crédulo y cae en manos del más universalmente astuto de los fascinadores, en las del papa de todos los trapaceros, en las del « divino» Cagliostro. Instalado en el castillo de Saverne, hace pasar magistralmente a su bolsillo, por medio de hechizos, el dinero y la razón de su huésped.

Ahora bien, como augures y estafadores siempre se reconocen unos a otros a la primera ojeada, lo mismo ocurre, en este caso, con Cagliostro y madame De la Motte; por medio de aquel confidente de todos los secretos del cardenal averigua ella el más escondido de los deseos de Rohan, el de ser primer ministro de Francia, y también descubre el único obstáculo temido por el cardenal: la conocida mas para él inexplicable antipatía de la reina María Antonieta hacia su persona. Conocer la debilidad de un hombre, para una mujer astuta, es siempre lo mismo que tenerlo ya en sus manos; al vuelo, teje una red la bellaca para hacer bailar al oso episcopal hasta que sude oro.

The Affair of the Necklace 2001

domingo, 14 de octubre de 2012

LE CHEVALIER DE SAINT-GEORGES "EL MOZART NEGRO": MAESTRO DE MARIE ANTOINETTE

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“Es un hombre alto y admirablemente hecho, y cuyas facciones, a pesar de su tinte moreno, tiene nobleza, cierto encanto, sobre todo mucha expresividad. Se afirma que las damas aprecian a este medio negro, porque sobresale en montar a caballo, en tiro con armas, en tocar el violín y patinar, que porque esta dotado, se dice, de una virtud Hercúlea que nuestro sexo pasa a buscar en estos tiempos de incontinencia”

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir

Joseph Boulogne (25 diciembre 1745 – 10 junio 1799) el Chevalier de Saint-Georges, conocido como “le Mozart noir” o “el Mozart negro”, fue uno de los caballeros más enigmáticos de Versalles en los años anteriores a la revolución francesa. hijo de George Bolonia de Saint-Georges, un rico hacendado, y Nanon, su esclava, de origen africano. Su padre, como muchos nobles franceses que se habían aventurado a Guadalupe para hacer fortuna y regresar a París como hombres ricos, estaba listo para regresar a casa. zarparían hacia París. “París te abrirá las puertas”, le había dicho Guillaume-Pierre a Joseph una y otra vez. “Debe asegurarse de aprovechar todo lo que tiene para ofrecer”.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Chevalier 2023 por Stephen Williams
Cuando abordaron el barco, Nanon sostuvo con fuerza la mano de su hijo. Miró hacia un futuro libre de esclavitud, mientras Joseph miraba hacia atrás, al único hogar que había conocido. Entonces Joseph sacó su violín y comenzó a tocar.

Guillaume-Pierre esperaba que su noble herencia hiciera que otros pasaran por alto el color de piel de su hijo. No fue así: para muchos, Joseph todavía era solo un medio negro, un mulato, que no era digno de la sangre noble de su padre. Debido a que la ley francesa impedía que Guillaume-Pierre pasara el nombre aristocrático de Tavernier de Boullongne a su hijo mulato, nombró a Joseph chevalier o caballero. Agregó Saint-George, el nombre de la plantación de su familia, y de Boulogne, una variación del apellido. Chevalier era el título de rango más bajo que podía tener un noble, pero era mejor que ningún título.

Chevalier (2022)

Joseph Boulogne, Chevalier de Saint-George, rápidamente se encariñó con su nueva vida. ¿No es grandioso, mamá? preguntó mientras caminaban de la mano en la hermosa ciudad vieja. Desde las ventanas de los apartamentos, los salones y las salas de conciertos, la música flotaba en cada esquina. “Me recuerda a Basse-Terre”, susurró, deteniéndose para escuchar las notas de un violín a la deriva desde un balcón. Con la cabeza inclinada y los ojos medio cerrados, Joseph, que alguna vez fue el vivaz gorrión de su padre, ahora estaba completamente inmóvil.

Joseph se matriculó en la escuela de equitación de las Tullerías, la escuela de esgrima de La Boëssière y la Escuela Francesa de Violín junto a los hijos de duques y marqueses. Para deleite de su padre, Joseph era el mejor alumno de todas las clases. También bailaba ballet, cazaba, patinaba sobre hielo y podía cruzar a nado el río Sena con un solo brazo.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Partido de esgrima entre St.-Georges y el diplomático y espía francés travestido La Chevalière d'Éon el 9 de abril de 1787, por Abbé Alexandre-Auguste Robineau.
Pero era su potencia y velocidad en las salas de esgrima lo que más temían sus competidores. Su talento rivalizaba con el de su maestro, el gran La Boëssière, y a menudo ganaba duelos con hombres que le doblaban la edad.

Aun así, Joseph fue objeto de burlas por el color de su piel. "Mestizo" y "mal blanqueado" fueron susurrados lo suficientemente alto como para que él los escuchara. “Ten cuidado, Joseph Aunque eres hijo de un noble blanco, también eres hijo de una mujer negra”, decía Nanon cuando Joseph se defendía con los puños o la espada.

Aún así, muchos parisinos no se cansaban de este joven de las colonias: el "estadounidense". Joseph fue invitado a bailes y veladas por todo París.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Imagenes de un docudrama sobre la vida del Chevalier de Saint-Georges.
Joseph entendió que este era un mundo que su madre nunca conocería. Por la noche, cuando visitaba su apartamento, revivía la velada para ella, describiéndole cada detalle de las lujosas casas, las exquisitas modas y la hermosa música, que le tarareaba a la luz de las velas.

En su vigésimo primer cumpleaños, Joseph recibió un hermoso y costoso violín, hecho por Nicolò Amati, maestro del mundialmente famoso fabricante de violines Stradivari.

Por primera vez desde que llegó a Francia, Joseph decidió dedicarse a la música. Su padre contrató a dos grandes maestros, los señores Jean-Marie Leclair, fundador de la Escuela de violín francesa y favorito del rey Luis XV, y Joseph Gossec, uno de los mejores compositores de la época.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Chevalier 2023 por Stephen Williams
En 1769, después de meses de actuar con les Amateurs, a Joseph se le ofreció el puesto de primer violín y cronometrador. No solo se le pagaría bien a Joseph, sino que ahora ocupaba uno de los puestos más importantes de la orquesta. Con la batuta en punta, marcó el tempo de cuarenta violines, doce violonchelos, ocho contrabajos y una gran cantidad de flautas, fagotes, trompetas y oboes. Y aunque no a todos les agradó ver a un hombre de color, recién empolvado y con peluca, dirigiendo un grupo de músicos blancos, todos tuvieron que admitir que su talento era magnifique.

El público se sintió transportado, secándose los ojos con pañuelos y comentando sobre el glorioso Joseph de treinta años, Chevalier de Saint-George, que podía hacer llorar a un violín como si le hubieran roto el corazón.

En 1774, Joseph comenzó a componer Ernestine, la primera de sus seis óperas, y una variedad de cuartetos, conciertos y arietas conmovedoras. Durante una actuación, un joven se sentó entre la multitud, cautivado. La melodía inusual al final de una de las piezas de Joseph se quedó con él mucho después de que se detuviera la interpretación. Rebosante de inspiración, regresó a Viena, donde comenzó a trabajar en su Sinfonía Concertante para violín y viola. El joven era Wolfgang Amadeus Mozart.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Le Chevalier de Saint-Georges por Mather Brown.
Varios meses después, en carteles que anunciaban los próximos conciertos de Joseph, apareció otro nombre junto al suyo: Mozart. Cada hombre tocó en casas llenas, en noches alternas. Pero aunque cada uno disfrutaba de la música del otro y tenían conocidos mutuos, los dos nunca se conocieron.

Las noticias sobre los talentos de Joseph viajaron más allá de París. Después de una actuación, un hombre uniformado le entregó un sobre grabado con el escudo de armas real. leyó el hombre en voz alta, “'Su Majestad solicita el honor de su presencia en la residencia real de Versalles, para actuar ante Su Majestad, el Rey Luis XVI, y Su Majestad, la reina María Antonieta…' ”

¡Nunca antes un hombre de color había entrado al palacio para actuar para la realeza! ¿No le había recordado la madre de Joseph una y otra vez las palabras de la comadrona: “Un día este niño conocerá al rey ya la reina de Francia”? ¿Y no se había reído de tal predicción? Pero aquí estaba a punto de hacerse realidad.

Chevalier 2022

Cuando Joseph llegó al palacio, lo escoltaron con un rápido "Por aquí, señor" a una de las muchas salas de música. Llegaron los miembros de la corte, seguidos por la nobleza invitada. Todos se pusieron de pie cuando entraron el rey y la reina. En medio de las paredes cubiertas de oro, los muebles cubiertos de terciopelo y los tapices de seda que cubrían las ventanas, Joseph hizo una profunda reverencia, colocó su violín y comenzó a tocar.

Un ritmo animado llenó la habitación mientras sus notas inundaban todos los rincones. Perdido en la música, tocó hasta bien entrada la noche. Y cuando finalmente bajó su violín a su lado, la sala quedó en silencio mientras todos los ojos se volvían hacia Sus Majestades.

¡Espléndido, señor de Saint-George! dijo la reina, sonriendo, y toda la corte real prorrumpió en aplausos.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir

Días después de esta maravillosa presentación hubo un ligero golpe en la puerta; entró un hombre. Era el señor de Crussol, capitán de la guardia del conde de Artois. Se solicitaba su presencia en el palacio real. Saint-Georges se levantó; un destello de felicidad había atravesado su pupila.

El coche se detuvo frente a una de las pequeñas puertas de Trianon.

"¿El rey se ha ido, Bazin?" dijo M. de Crussol al mayordomo de María Antonieta. - !por la izquierda! respondió Bazin, mirando a Saint-Georges con desconfianza.  M. de Crussol despidió a Bazin, cruzó la galería y, girando el pomo de cristal de otra puerta en arco, hizo pasar a Saint-Georges a un salón adornado con espejos.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Emilia Schüle como la reina francesa y Yoli Fuller como el Caballero de Saint-Georges, apodado el Mozart Negro en la miniserie: Marie Antoinette 2022

Este apartamento de tamaño medio estaba perfumado con el dulce aroma que desprenden las plantas aromáticas. Varios jarrones de pórfido contenían flores raras del invernadero de Trianon. Un arpa y algunas obras de sola mujer tirada sobre una mesita incrustada de marquetería interrumpía la armonía de los muebles, que eran azules.

La reina entró casi al mismo tiempo que M. de Crussol; sostenía una rosa blanca entre sus dedos. La princesa de Lamballe siguió a la reina. María Antonieta hizo una señal al capitán de la guardia para que se fuera; M. de Crussol obedeció.

Marie Antoinette TV serie 2022

Saint-George había alquilado un traje de lo más magnífico para ese día; anhelaba encontrarse ante la reina. Mirando de cerca el minucioso aseo del caballero, era fácil convencerse del cuidado que había tenido. Se había puesto un frac de terciopelo ponceau, sobre el que se pavoneaba detrás de un gran bolso negro; la casaca estaba sembrada de doce botones que representaban, según la moda, a los doce césares. Sus dos manos descansaban sobre sus rodillas, ocultas por una manga con cintas verdes; sus bragas eran marrones; botas con borlas estaban en su pie. 

La reina hizo entonces una ligera inclinación de cabeza.  ¿Qué opinión tendría de él esta anfitriona real, esta mujer a la que sólo había vislumbrado en sus jardines tan hermosa como la Armida de su amo Gluck? ¿Podría ignorar que el duque de Orleans también le había abierto su palacio? ¿debería ella verlo bajo cualquier otro aspecto que el de un enemigo y un traidor?

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Marie Antoinette by Sofia Coppola
- “Monsieur de Saint-Georges -balbuceó la reina cuando estuvieron solos- lo llamé, tenía derecho a hacerlo. Quería saber si podía compartir un poco de su talento conmigo”.

Mientras le hablaba así al caballero, su emoción era visible, se reflejaba incluso en los movimientos temblorosos de su cuerpo.

La reina estaba de pie; su cabello medio enrollado le caía por las mejillas tan blanco como el de Leda. La señora de Lamballe, retirada a un rincón del salón, había cogido un lienzo de bordado descompuesto. ella le entregó la rosa blanca... Él tomó la flor y besó la mano real que María Antonieta le presentó. 

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
Stamitz se cita “A Monsieur Bologne de St-Georges, que trae a su buena fortuna como amante de las artes el placer de comprenderlas también, y que nos ha dado a los artistas un regalo inestimable en la persona de su hijo”.
Finalmente, fue nombrado instructor de música personal de la reina. María Antonieta llama al caballero como “mi favorito de América”. Joseph Boulogne, Chevalier de Saint-George, tocó para la reina María Antonieta y el rey Luis XVI y fue invitado a Versalles en muchas ocasiones. En 1787 escribió la sinfonía nº85 subtitulada “la reina” que se dice fue un homenaje a María Antonieta.

Aunque es mejor conocido por sus interpretaciones de violín, a Joseph también se le atribuye la escritura de catorce conciertos, nueve sinfonías, dieciocho cuartetos de cuerda y seis óperas.

Chevalier de Saint-Georges - le Mozart noir
El Chevalier de Saint-Georges con uniforme de policía de rey. sera condecorado con la orden de Malta bajo Luis XVI.
Cuando comenzó la Revolución Francesa en 1789, Joseph fue nombrado coronel de un regimiento de soldados negros, conocido como la Légion Saint-George, con la misión de luchar para garantizar la libertad y la justicia. Joseph fue acusado falsamente de malversación de fondos públicos, un crimen de guerra. Fue encarcelado durante dieciocho meses, escapó por poco de la guillotina y fue indultado.
Pasó sus últimos años luchando para abolir la esclavitud en las colonias. Joseph nunca se casó y no se sabe mucho sobre lo que pasó con su madre y su padre.

Murió el 10 de junio de 1799, a la edad de sesenta años, un auténtico renacentista del siglo XVIII.
En 2001, el ayuntamiento de París dedicó una calle, Rue du Chevalier de Saint-George, en su honor.

Chevalier 2022

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domingo, 30 de septiembre de 2012

LOS CARNAVALES DE PARIS!

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Los carnavales en parís era una temporada de fiestas y jolgorios antes de la cuaresma realizados a través de bailes de operas y mascaradas, fue uno de los aspectos más destacados de la vida nocturna de parís. La escena de la noche parisina, la magia de la multitud real, se distinguió por la generosidad de su marco brillante, colores vivos y la excentricidad de los participantes.

La imaginación popular recrea la atmosfera de gran parte de esta fiesta de la noche de lujo. Las calles abigarradas de multitud vestida con trajes de diferentes colores, la mayoría de los participantes usaban el código de vestimenta: sombrero de copa y abrigo negro para los hombres; domino y vestidos brillantes para las mujeres, pero también pudo ser visto trajes extravagantes tales como los exhibidos por las figuras de la comedia francesa. El baile en la opera fue una oportunidad para los espectadores admirar los trajes elegantes de las mujeres de la alta sociedad.


Un gran número de artistas, compositores y escritores han examinado el baile de la opera como el reflejo de la popularidad del siglo 18. El punto culminante del carnaval de parís se distingue por su noche todavía mas lujosa y encantadora. Mientras que las clases más bajas se congregaron a las afueras de Belleville, Courtille, a la fiesta y el baile; la aristocracia prefería los bailes sofisticados de ambiente enmascarado, con el intercambio de pequeñas charlas.

En el Mardi Gras o martes gordo, el ultimo día antes de la cuaresma fue la ocasión para relaciones subidas de tono, obscenos bailes de mascaras. Desfiles ruidosos se presentaban por las calles de parís con el “buey gordo” una estatua de un toro coronado con espada y cetro, acompañado con el sonido de violines, pífanos y tambores. Las barreras sociales, el buen gusto y todas las reglas de conductas aceptables quedaban en el camino. La iglesia protesto y critico en vano estas festividades.


María Antonieta como joven, se perdió en este torbellino de diversiones, trasladada de Versalles a parís en un coche privado, se mezclaba libremente con la muchedumbre y bailaba toda la noche. La reina, incógnita de parís alimento la industria de amplios folletos y libelos, rumores sobre su supuesta depravación. El amor por el torbellino social de la agitadora vida en la alta sociedad francesa le permitió a María Antonieta experimentar de la alegría de los carnavales. Sin embargo, su madre, desaprobó la agitada vida social de su hija y de hecho Marie teresa prefería que asistiera a la capilla, como soberana católica la emperatriz querría de su hija una conducta aceptable.

“usted tiene razón para temer los malos efectos de la disipación de mi hija y su gusto por los laceres ruidosos, tan contrario al carácter del rey” (Marie teresa al conde Mercy, abril de 1775).


“la clase verdadera es hacer que los demás se sientan cómodos” y esto era un don que María Antonieta tenia en abundancia. Paso gran parte de su tiempo en el Mardi Gras, bailes, fiestas, banquetes, fuegos artificiales y festejos lanzados en parís y Versalles.

“espero el final de este carnaval con impaciencia, junto con la disipación excesiva en que la reina se ha permitido… durante las últimas tres semanas, el abate de Vermond solo ha tenido unos breves momentos en los que hablar de cosas serias, ella misma dice que es demasiado profunda en sus diversiones para pensar en otra cosa” (el conde Mercy, 20 febrero de 1775).

“Gracias a dios, este carnaval eterno ha terminado!, esa exclamación me hará ver vieja, pero debo admitir que todas esas horas en la noche deben cansarte mucho y temo por tu salud; el orden de sus hábitos usuales, lo cual es un punto esencial. Toda lectura, todas las otras ocupaciones se han interrumpido durante dos meses… cuando uno es joven, uno no piensa en ello, a medida que envejecemos uno se da cuenta…” (Marie teresa a María Antonieta, 5 marzo de 1775).

El carnaval de 1777 fue mucho más brillante que los anteriores, el delirio de placeres de la reina alcanza el punto culminante. “apenas oye cuando se le dice algo –se lamenta Mercy- y casi nunca existe la posibilidad de tratar con ella de ningún asunto serio a importante o de atraer su atención hacia una cuestión trascendental. La sed de placeres ejerce sobre ella un poder misterioso”. Es como si un demonio se hubiese posesionado de la joven señora, jamás su agitación y su inquietud fueron más irrazonables que en este decisivo año. Según las impresiones de este carnaval tenemos el intinerario de la reina: “su majestad asistió el 30 de enero al baile de la opera que duro hasta las cuatro de la mañana, luego asistió a la casa de campo del duque de Orleans donde asistió a la fiesta de graduación de la opera. El 6 de febrero un nuevo baile fue dado por el duque de Chartres y coincidió de con el de la opera. La reina se mostro en los dos eventos y no regreso a Versalles hasta las seis de la mañana. El domingo 9 de febrero asistió de nuevo al baile de mascaras, el lunes de carnaval dio un baile en Versalles y en el Mardi Gras se dio otra que duro hasta las nueve de la noche, luego que la cena había terminado, se fue a parís al baile de la opera donde permaneció hasta las seis de la mañana”. Así termino el carnaval de 1777.

Al final de estos carnavales muchos observadores indiferentes murmuraron que se veía enferma y había adelgazado, estas ruidosas diversiones habían sido demasiado para sus fuerzas. Según el conde Mercy: “ya era hora de entrar a la cuaresma, porque la salud a largo plazo de la reina podría tener un efecto dañino por su tipo de vida tan agitada. Su majestad está más delgada, se fatiga y siente escalofríos. Su doctor está un poco inquieto, y de hecho, este pequeño inconveniente no le impidió a la reina negarse a asistir el viernes pasado a la opera”.


Después del carnaval, llego el comienzo de la cuaresma y fue una temporada de la renuncia tomada muy en serio en Versalles, en especial por Luis XVI, que era muy devoto; habiendo sido criado en un ambiente católico romano desde niño, María Antonieta también era escrupulosa en las observaciones de las leyes religiosas y el mandato devocional para la cuaresma por sus sacerdotes y confesores. Por su puesto una vez terminado el carnaval, Marie teresa estaba más que dispuesta a regresar a sus advertencias más habituales con respecto al comportamiento de su hija.

Según el conde de Mercy: “la diversión de la temporada de carnavales ha causado vigilias tan frecuentes y tan incompatibles con el proceso de la vida cotidiana del rey… tras pasar el carnaval, la reina ofreció al rey sacrificar los bailes y espectáculos para pasar las tardes con él”.

Marie Antoinette 1938

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domingo, 9 de septiembre de 2012

LAS CARRERAS DE CABALLOS!

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María Antonieta sintió una breve fascinación por las carreras de caballos, al igual que había desarrollado un gusto por los paseos en trineo. Las carreras de caballos fueron una innovación inglesa que, inicialmente, despertó poco entusiasmo entre el público. La burguesía y el pueblo llano preferían con mucho un gran desfile de la Guardia Francesa y los regimientos suizos. Estas palabras inglesas, estas gorras, estas botas con vueltas, este mundo de jinetes y entrenadores, todo resultó bastante difícil de asimilar en Francia.

Pero algunos jóvenes señores acogieron con entusiasmo todo lo nuevo, y los antepasados ​​de los fundadores de el Jockey Club se deleitaba con un placer extranjero que indignaba a los adeptos de la etiqueta francesa tradicional. Los hombres de fortuna, cuyo objetivo siempre era ser el centro de atención, se deleitaban con oír su nombre en boca de todos. Las cuadras del duque de Lauzun, los jinetes del duque de Lauzun, las apuestas del duque de Lauzun: todo sonaba bien a los oídos de un seductor extravagante, siempre atento a su público.

Para las mujeres a la moda, las carreras de caballos eran una excusa para lucir nuevos atuendos; para los jugadores y los derrochadores, una oportunidad para apostar y gastar. Atrás quedaron los días en que Luis XIV, ataviado con ricos trajes mitológicos, presidía, como un semidiós, estos magníficos tiovivos que evocaban simultáneamente la pompa del paganismo y las costumbres de la caballería. En aquel entonces, la gente admiraba a los caballos con formas opulentas, cuellos soberbios y majestuosos saltos. El caballo de carreras, con sus extremidades delgadas, ojos apagados y cabeza agachada, no habría atraído a los hombres del siglo XVII. Pero bajo Luis XVI, la moda había cambiado. La anglomanía, presagio de una revolución general, llegaba incluso a Versalles. Desde que aparece una nueva moda, María Antonieta es la primera en prestarle acatamiento; ya se ve a la reina en las tribunas, rodeada por docenas de fatuos jóvenes anglómanos, apostando, jugando y apasionadamente excitada por esta nueva manera de poner en tensión los nervios.
 
Escudero entrenando el caballo del rey, Bernard-Edouard Swebach ( París, 1870, Versalles)
El conde Mercy escribió a la emperatriz María Teresa el 18 de marzo de 1775: «La reina deseaba ver una carrera de caballos cerca de París; algunos jóvenes habían concebido esta novedad a imitación de las carreras que se celebraban en Inglaterra. La reina acudió con Monsieur, Madame y el conde de Artois. Una gran multitud se había congregado para este pequeño espectáculo, y la reina no fue recibida con los aplausos y expresiones de alegría habituales».

La carrera se desarrolló en la llanura de Sablons, donde solían pasar revista las tropas, y que ofrecía un amplio espacio, muy conveniente para establecer una pista. Esta llanura se encontraba al norte del Bois de Boulogne, y en su terreno, ahora adyacente a las fortificaciones de París, se construyó el pueblo de Sablonville.

En la correspondencia de Metra, fechada el 5 de octubre de 1775, leemos: «El nuevo Newmarket francés abrió sus puertas ayer. Solo se presentaron cuatro contendientes, pero de prestigio: el conde de Artois, el duque de Chartres, el duque de Lauzun y el marqués de Conflans. El jinete del duque de Lauzun ganó rápidamente el premio, o mejor dicho, la bolsa, que era de tan solo veinticinco luises por corredor.

Alrededor de la una, la carrera fue enérgica y no duró más de seis minutos, aunque la distancia recorrida fue considerable, tres veces la circunferencia de la llanura de Sablons. Se había erigido un mirador en el centro para la reina, que era tan hermosa como el día, y el día era delicioso. Ella disfrutó mucho del espectáculo, vio al joven inglés que montaba el caballo victorioso, felicitó al duque de Lauzun y consoló al vencido con infinita gracia; en resumen, no le faltaba nada para ser perfectamente encantadora».

"El Encanto". Inglés. La ciudad de Cambrai. Serie: Los Caballos del Rey. Principios del siglo XVIII. © Museos de Le Mans.
En 1776, las carreras de caballos se reanudaron con renovado vigor. El Conde de Mercy escribió el 28 de febrero: «La Reina, tras estar en el baile de la Ópera hasta las cinco de la mañana de la noche del 2, regresó a Versalles a las seis y media y salió de nuevo a las diez para asistir a una carrera de caballos que se celebraba cerca del Bois de Boulogne. Estas salidas frecuentes y rápidas, que podrían ser perjudiciales incluso para la salud más robusta, están generando críticas; pero toda la conversación al respecto resulta innecesaria, ya que el propio Rey es el primero en animar a la Reina a participar en este tipo de diversiones».

Mercy desaprobaba este deporte, por usar la expresión que comenzaba a ponerse de moda. «Las carreras en cuestión -escribió el 13 de abril de 1776- que no son más que una parodia bastante infantil de las que se celebran en Inglaterra, ciertamente no merecen ser honradas con la presencia de la Reina. Se ha construido una especie de plataforma para Su Majestad donde se sienta a presenciar este espectáculo, donde siempre hay una multitud de personajes desagradables, muchos jóvenes mal vestidos, lo que, combinado con mucha confusión y ruido, crea una atmósfera totalmente impropia de la dignidad que debe rodear a una gran princesa. Además, estas carreras suelen celebrarse los martes; entonces la Reina no recibe a embajadores ni ministros extranjeros». 

Esto era una verdadera queja para un diplomático como el conde de Mercy-Argenteau. Tampoco podía acostumbrarse a la forma de vestir desenfrenada y consideraba tal falta de etiqueta un gravísimo síntoma político. Su carta del 13 de noviembre de 1776 contiene extensas quejas al respecto: «Cabalgué hasta la primera carrera -escribió- y me cuidé mucho de permanecer entre la multitud, a cierta distancia del pabellón de la Reina, donde todos los jóvenes entraban con botas y pantalones (es decir, con ropa informal). Por la noche, la Reina, que me había visto, me preguntó, en su juego, por qué no había subido al pabellón durante la carrera. Respondí lo suficientemente alto como para que varias personas me oyeran. Los presentes, aturdidos, explicaron que no me habían permitido subir al pabellón porque llevaba botas y ropa de montar, y que jamás me acostumbraría a creer que alguien pudiera presentarse ante la Reina con semejante atuendo. Su Majestad sonrió, y los culpables me lanzaron miradas de desaprobación».

En otra ocasión, Mercy subió al pabellón de la Reina. Pero se había asegurado de vestir formalmente. Encontró una gran mesa cubierta con una sencilla colación, que parecía «como si una tropa de jóvenes vestidos indecentemente hubiera estado saqueando el lugar, armando tal alboroto y ruido que uno no podía oírse». El embajador nos mostró al Conde de Artois «corriendo de un lado a otro, apostando, desesperado al perder, complaciéndose en una alegría lastimera al ganar, lanzándose entre la multitud para animar a sus jinetes y presentando a la Reina al que le había ganado una carrera». Mercy, cuyo «corazón se apesadumbraba al ver este espectáculo» y al observar «las expresiones avergonzadas y aburridas de Monsieur, Madame, Madame de Artois y Madame Elizabeth», rindió homenaje, sin embargo, al porte siempre elegante y majestuoso de María Antonieta. "Hay que admitir", dijo en la misma carta (15 de noviembre de 1776), "que en medio de este caos la reina, yendo a todas partes, hablando con todos, mantenía un aire de gracia y grandeza que en parte disminuía los inconvenientes del momento; pero el pueblo, que no podía percibir este matiz, solo veía una peligrosa familiaridad que no debería sospecharse en este país".
  
George Stubbs, Caballos de carreras pertenecientes al duque de Richmond ejercitándose en Goodwood , 1761.
El Príncipe de Ligne, al igual que el Conde de Mercy, condenaba la moral de los lores ingleses: «sus cenas, sus carreras de caballos, sus apuestas, sus orgías y sus atuendos de mozos de cuadra». Madame de Genlis también era muy crítica con las carreras de caballos. Sus reflexiones sobre el tema se expresan en el estilo pastoral entonces en boga: «Desprecio», dijo, «todos los juegos donde uno puede arruinarse; por eso detesto estas carreras de caballos; además, me parece espantoso expulsar a pastores inocentes y sus rebaños de sus campos».

Utilizar pieles para transformar un hermoso césped verde en una alfombra de juego es profanar la naturaleza. Basta con jugar en palacios y casas, sin dar además un ejemplo tan pernicioso y público a la clase humana más inocente y virtuosa.

María Antonieta inicialmente sentía una gran afición por las carreras de caballos. «Tuve la mayor dificultad», escribió el duque de Lauzun en sus Memorias, «para impedir que la reina tuviera caballos de carreras y montara al estilo inglés. Esta fue, creo, la mayor prueba de mi influencia sobre ella». Pero después de un tiempo, la soberana, quien, según Mercy, estaba «completamente convencida de la falta de razón y decoro de estas imitaciones inglesas», mostró poco entusiasmo por un pasatiempo que inicialmente la había divertido tanto. El conde Mercy escribió el 19 de noviembre de 1777: «Se ha observado que el gusto de la reina por las carreras de caballos ha disminuido considerablemente, y que Su Majestad solo asiste a las carreras por el conde de Artois, quien hace de este pasatiempo uno de los objetos esenciales de sus ocupaciones». Siempre desafortunado en sus apuestas, las perdió casi todas, y la turbulenta forma en que expresó su decepción despertó mucho escándalo y chismes entre los espectadores.

Las cosas ciertamente habían cambiado desde que Luis XV se burló de su nieto, el conde de Artois, al oírle pronunciar la palabra «deporte» por primera vez . Bajo Luis XVI, se libró la guerra contra los ingleses, pero se les imitó al máximo. El conde de Ségur, ese astuto observador, no se equivocaba. Comprendió la plena importancia de este síntoma. «Siempre me ha sorprendido», dijo en sus Memorias, «que nuestro gobierno y nuestros estadistas, en lugar de condenar como frívola, insensata y poco francesa la pasión que repentinamente se había extendido en Francia por las modas inglesas, no vieran en ella el deseo de una imitación de otro tipo y el germen de una gran revolución mental... No vieron que los fracs, que reemplazaban las amplias e imponentes vestimentas de la antigua corte, presagiaban una inclinación general por la igualdad, y que, aún incapaces de brillar en las Asambleas como los lores y diputados ingleses, queríamos al menos distinguirnos como ellos por la magnificencia de nuestros circos, por el lujo de nuestros parques y la velocidad de nuestros corceles. Sin embargo, nada era más fácil de adivinar, y bastaba escuchar a quienes nos trajeron estas modas: el conde de Lauraguais, el duque de Lauzun, el duque de Chartres, el marqués de Conflans y muchos otros, para comprender que no pretendían limitar sus esfuerzos a imitaciones tan superficiales».

Pistas de carreras de caballos en el hipódromo de Chatilly, propiedad el príncipe de Conde.
El buen rey Luis XVI era consciente del peligro. Condenó con vehemencia esta anglomanía que tanto adoraba la corte. «Mientras se hacían enormes apuestas en las carreras», continuó el conde de Ségur, «el rey, ansioso por apostar, solo quería apostar un escudo: la lección fue en vano; la opinión ya era más firme que la autoridad y el ejemplo. Desafortunadamente, en cada punto, la violencia de las olas turbulentas y la debilidad del piloto eran demasiado evidentes».

María Antonieta, aplaudiendo las modas inglesas, aún no tenía idea de todo lo que le esperaba a Francia al otro lado del estrecho. Se acercaba el momento en que el futuro Felipe Igualdad y el futuro Carlos X competirían en un campo de juego mucho más peligroso que el hipódromo. Para las multitudes, cautivadas por la pregunta de qué caballo cruzaría la meta primero, el futuro deparaba giros y vueltas mucho más curiosos, emociones mucho más conmovedoras, y los rivales en futuras contiendas arriesgarían no una suma insignificante de dinero, sino su corona, su libertad, sus vidas.

lunes, 3 de septiembre de 2012

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“Madame la delfina baila con tanta gracia que uno podía decir que borra a todos los jóvenes que aparecen en sus bailes. El señor delfín no se ha beneficiado mucho de las clases de baile… sin embargo el se mantiene mejor y ya no es tan torpe en sus movimientos, ni en su porte”.
(el conde Mercy  a Marie Teresa, 16 de diciembre de 1772)