domingo, 17 de mayo de 2015

EL DUELO DEL CONDE ARTOIS CON EL DUQUE DE BORBÓN (16 DE MARZO 1778)

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Durante el carnaval de 1778 el conde Artois despedido por la ligereza de sus costumbres provoco un duelo de espadas con el duque de Borbón, en el centro de este evento se vieron involucradas dos mujeres.

Charles Philippe, Conde de Artois
En este tiempo el conde Artois se había convertido en amante de Madame Canillac y esta a su vez ya había tintineado en el lecho del duque de Borbón. Según el barón de Besenval: “la señora de Canillac, en su primera juventud, era pequeña, tenía un muy buen cutis, características agradables, excepto la nariz, las fosas nasales eran demasiados abiertas y de la boca que era desagradable, pero en general, fue una mujer bonita, cuya frescura desvaneció los defectos... El duque de Borbón pronto la convirtió en su amante, la duquesa se dio cuenta pero en lugar de utilizar o retener el papel de una mujer abandonada o medios suaves para atraer a su esposo, ella dio paso a las etapas de brillo que produjeron las cosas hasta el punto que la señora Canillac se vio obligada a retirarse”.

Bajo estas disposiciones en el baile de la ópera, el conde Artois, que dio su brazo a Madame de Canillac, ambos enmascarados hasta los dientes. Se aferró a sus pasos y permitieron la libertad de la danza en el permiso del disfraz, notaron que los observaba la duquesa de Borbón, quien también iba enmascarada, pero que era reconocible por su comportamiento. Madame Canillac señalo a su amante a la duquesa que también se encontraba en la ópera y le pidió que fuera desagradable con ella, en una especie de venganza. El conde Artois se dirigió a ella en la más insultante manera. La duquesa no pudo contener su ira, le arranco las cuerdas de la máscara y él igualmente furioso rompió la máscara que ocultaba el rostro de la dama.
 
Louise-Marie-Thérèse-Bathilde d'Orléans, Duquesa de Borbón.
Según los relatos de Alexander Dumas: "Una noche, en el baile de máscaras de la ópera, el conde de Artois dio su brazo a una mujer encantadora, un poco de luz al igual que las damas de la época. Se llamaba la señora de Canillac. Primero dama de honor de la señora de Borbón, algunos de unión, el ruido fue hasta el escándalo la obligó a salir de la casa de la princesa. Esa noche, la señora de Canillac cenó con el conde de Artois y este, en un momento de entusiasmo por los bellos ojos de la señora de Canillac, como Champagne hizo aún más chispeante la noche, el conde de Artois, protegido a sí mismo bajo la máscara, había prometido a su hermosa invitada vengar las declaraciones equivocadas hechas en su contra por la señora duquesa de Borbón: la oportunidad de cumplir su palabra pronto se presentó. Apenas entrado al baile, Su Alteza reconoció la señora de Borbón en un brazo de la máscara; se fue directo a ella, y abordar el caballero que le acompañaba, que trataba la princesa casi como si ella era una hija de alegría. Mientras la señora de Borbón, furioso y con ganas de saber lo que era la máscara que tuvo la audacia de atacar a ella, la señora de Borbón arrancó la máscara y reconoció al conde Artois”.

La duquesa tuvo la prudencia de no decir nada, se olvidó del insulto y todo lo relacionado con ello. El duque de Borbón no estaba satisfecho, los príncipes de sangre se amotinaron. Su padre, el príncipe de Condé, fue a ver a Maurepas para pedirle al ministro que presentara el asunto ante Luis XVI. Maurepas le dijo al príncipe: «Como al rey le disgustan los bailes y no asiste a ellos, no querrá involucrarse en lo ocurrido allí». Pero el príncipe de Condé insistió con tanta vehemencia que el buen rey, muy a su pesar, tuvo que atender este lamentable asunto. El monarca ordenó al duque de Borbón, a la duquesa, al conde de Artois y al príncipe de Condé que comparecieran ante él en Versalles el sábado 19 de marzo.

El conde de Artois ya estaba en el despacho de Luis XVI cuando entró el príncipe de Condé, seguido de su hijo y su nuera. Con un tono autoritario que no admitía réplica, el monarca, como cabeza de familia y como rey, declaró que deseaba que el pasado se olvidara y, sobre todo, que no se volviera a mencionar. El duque de Borbón intentó hablar. Apenas tuvo tiempo de empezar la frase. Al empezar: «Pero, señor...», Luis XVI lo interrumpió y lo silenció, exclamando con voz severa: «¿No os dejé claro que añadir una sola palabra me desagradaría?». Todos se marcharon insatisfechos. Es cierto que la duquesa de Borbón le había asegurado al rey que su intención nunca había sido desagradarle; pero no había añadido: «y a la familia real». En cuanto al conde de Artois, guardó silencio absoluto. Por lo tanto, no hubo disculpas ni retractaciones por ninguna de las partes. 

Al salir de Versalles, su padre le declaró sin rodeos a su hijo: "Cumple con tu deber y no te preocupes por lo que sucederá después; yo asumo toda la responsabilidad", el duque de Borbón montó a caballo y se dirigió al Bois de Boulogne, a Bagatelle, una pequeña casa perteneciente al conde de Artois. Preguntó al conserje si el príncipe acudiría ese día para el duelo y a qué hora se le esperaba. Al mismo tiempo, corrían rumores en París de que no había habido reconciliación en Versalles. La duquesa de Borbón era elogiada, mientras que el conde de Artois era atacado.

Louis VI Henri Joseph, Duque de Bourbon.
Orquestado por el padre de este, el príncipe de Conde, la reunión para el duelo se llevó a cabo el 16 de marzo en el Bois Boulogne. El conde de Artois se apeó y, con una sonrisa, le dijo al duque de Borbón: «Señor, el público afirma que nos buscamos mutuamente». El duque de Borbón también sonrió, se quitó el sombrero y respondió: «Señor, me presento a sus órdenes». Ambos empuñaron sus espadas cuando el duque de Borbón le dijo al conde de Artois con un guiño: «Por favor, no se ponga en guardia, señor, mientras el sol le deslumbre». El conde de Artois sonrió y dijo: «Tiene razón; los árboles aún no tienen hojas». Acto seguido, ambos tomaron sus espadas bajo el brazo y se dirigieron a un muro cercano donde había algo de sombra. Al llegar al muro, se quitaron las espuelas y las camisas y comenzaron a cruzar las espadas. El conde Artois rasgo el brazo de su oponente, entonces el caballero de Crussol miró al capitán de la guardia del duque de Borbón, el marqués de Vibraye, quien coincidió con el caballero de Crussol en que ya era suficiente. Con el consentimiento de los dos príncipes, el duelo se dio por terminado y los príncipes se abrazaron efusivamente, convencidos de que cada uno había cumplido con su deber.

Según el barón de Besenval: “Tan pronto como entraron en el bosque, donde estaban unos veinte pasos; El conde de Artois tomó su espada en la mano; el duque de Borbón imitado. En él, cada uno tomó su espada desnuda bajo el brazo, y los príncipes se apartaron un lado de la otra, haciendo juntos. Todo el mundo se puso de pie en la puerta de madera, excepto el caballero de Crussol, que acompañaron a Su Alteza Real y el Sr. Vibraye, que había seguido los Borbones.

Al llegar a la pared, Sr. Vibraye que representaban a los dos campeones había mantenido sus espuelas, que puede afectar negativamente a ellos.

- Está bien, dijo a los príncipes.


Sr. Crussol tomó las del Conde de Artois; Sr. Vibraye elimina las del duque de Borbón. Este pensamiento caro al principio porque, levantándose, tomó bajo el ojo en la punta de la espada que el duque de Borbón aún bajo el brazo; un poco más arriba, se perforó el ojo.
 

El espolón eliminado, el duque de Borbón pidió permiso al señor conde de Artois a quitarse el abrigo, con el pretexto de que le molestaba. El conde de Artois echó; y el pecho descubrimiento, comenzaron a pelear. De repente el color montada en la cara de Su Alteza Real; ganó la impaciencia; redobló, y apretó lo suficiente el duque de Borbón para hacerle romper la medida. En ese momento, el duque de Borbón se tambaleó; la punta de la espada del conde de Artois le pasó bajo el brazo; De Crussol y el Sr. Vibraye convencido de que el duque estaba lesionado, se adelantó para instar a los príncipes de suspender”.


Todos se preguntaban si Luis XVI castigaría a los dos príncipes, que habían luchado a pesar de sus órdenes explícitas y que, el mismo día que lo desobedecieron, pasaban la velada en el teatro. Al día siguiente, el conde de Artois y el duque de Borbón recibieron órdenes del rey de ir a Choisy y Chantilly, respectivamente. Su exilio duró solo ocho días. Cuando Artois apareció en el teatro acompañando a la reina, fueron recibidos con un silencio hostil. En cambio, el duque y la duquesa de Borbón fueron recompensados ​​con un estruendoso aplauso. Todo lo que pudiera perjudicar a la monarquía ya estaba siendo cuidadosamente explotado. Los parisinos habían adorado a Artois y habían excusado durante mucho tiempo sus escapadas. Su reputación de libertino cínico estaba ahora firmemente establecida. Esto perjudicaba a la reina, fomentando las peores calumnias.

domingo, 19 de abril de 2015

LA REINA MARIE ANTOINETTE SE HACE IMPOPULAR

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Les Libelles sur Marie Antoinette

La hora del nacimiento del delfín había significado el apogeo del poder de María Antonieta. Al dar un heredero a la Corona había llegado a ser reina por segunda vez. Una vez más, el júbilo mugiente de la multitud le había mostrado inagotable capital de amor y confianza, a pesar de todos los desengaños, había en el pueblo francés para su Casa reinante y con qué poco esfuerzo podría un soberano unir toda la nación a su persona. Ahora sólo necesitaba la reina dar el paso decisivo de Trianón a Versalles y París, dejar el mundo del rococó por el mundo real, su volandera sociedad por la nobleza y el pueblo, y todo estaría asegurado. Pero, una vez más, después de las horas difíciles, María Antonieta se vuelve hacia lo fácil y placentero; tras las fiestas populares comienzan otra vez las costosas y funestas de Trianón. Pero esta vez ha llegado a su fin la gran paciencia del pueblo; María Antonieta ha alcanzado la divisoria de su dicha. Desde ahora en adelante, las aguas corren hacia lo profundo en sentido opuesto.

Al principio no ocurre nada visible, nada sorprendente. Sólo que Versalles está más y más silencioso; que cada vez hay menos damas y caballeros en las grandes recepciones, y los pocos que acuden muestran cierta positiva frialdad en su saludo. Todavía guardan las formas; pero a causa de la forma y no de la reina. Aún inclinan la rodilla en tierra, aún besan cortésmente la mano regia; pero ya no se disputan el favor de una conversación, las miradas siguen siendo sombrías a indiferentes. Cuando María Antonieta va al teatro, ya no se levanta precipitadamente, como antes, el público del patio y de los palcos; en la calle no resuena ahora el tanto tiempo grito familiar de «Vive la Reine!» . Aún no se manifiesta, en todo caso, ninguna pública hostilidad: sólo que se ha perdido aquel calor que antes presentaba un alma favorable al obligado respeto: todavía se obedece a la soberana, pero ya no se aclama a la mujer. Sirven respetuosamente a la esposa del rey, pero ya no se afanan celosamente en torno a ella. No se contradice abiertamente a sus deseos, sino que se guarda silencio: el duro, maligno y astuto silencio de una conspiración.

El cuartel general de esta secreta conjura está repartido entre los cuatro o cinco palacios de la familia real: el de Luxemburgo, el Palais Royal, el de Bellevue y hasta el mismo Versalles, todos se han coligado en contra de Trianón, la residencia de la reina. El coro de la malevolencia está dirigido por las tres viejas tías. No han olvidado todavía que la joven delfina ha huido de su escuela de malignidad y que la reina está muy por encima de ellas; enojadas porque no representan ya ningún papel, se han retirado al palacio de Bellevue. Allí, muy abandonadas y aburridas, permanecen en sus habitaciones durante los primeros años de triunfo de María Antonieta; nadie se preocupa de ellas, porque todas las atenciones se agitan y revolotean en torno a la joven y hechicera soberana, que tiene todo el poder entre sus ligeras y blancas manos.

Pero cuanto más se va haciendo impopular María Antonieta con tanta mayor frecuencia se abren las puertas del palacio de Bellevue. Todas las damas que no han sido invitadas a Trianón, la despedida «Madame Etiqueta», los ministros dimitidos, las mujeres feas y que, por consiguiente, han seguido siendo virtuosas, los gentileshombres retirados, los piratas de colocaciones que no han logrado presa, todos los que aborrecen el «nuevo orden de las cosas», que se duelen melancólicamente de la pérdida de la antigua tradición francesa, de la devoción y de las «buenas» costumbres, se dan cita en este salón de los menospreciados. La vivienda de las tías en Bellevue llega a ser una secreta botica de venenos, en la cual todos los rencorosos chismes de la corte, las más nuevas locuras de la «austríaca», sus aventuras galantes, son destilados gota a gota y conservados en frascos; aquí es donde se establece el gran arsenal de todas las maliciosas comadrerías, la tan temida calumnia; aquí es donde se compone, se leen en voz alta y se ponen en circulación los mordaces escritos que resuenan después alegremente por Versalles; aquí es donde se reúnen, con intenciones aviesas y disimuladas, todos los que querrían que la rueda del tiempo girara otra vez hacia atrás, todos los vivientes cadáveres desengañados, destronados, sin cargo alguno, las larvas y momias de un mundo pasado, toda la acabada generación vieja, para vengarse de ser vieja y acabada. Pero el veneno de este almacenado odio no se dirige contra el «pobre y buen rey», a quien, hipócritamente, compadecen, sino sólo contra María Antonieta, la joven, deslumbrante y dichosa reina. Más peligrosa que esta desdentada gente de ayer y anteayer, que ya no puede morder, sino sólo salpicar la baba, es la nueva generación, que nunca ha logrado todavía el poder y no quiere permanecer más tiempo en la oscuridad.

Les Libelles sur Marie Antoinette

Versalles, con su conducta exclusivista a indolente, se ha apartado tanto, irreflexivamente, de la verdadera Francia, que ya no advierte siquiera las nuevas corrientes que agitan al país. Una burguesía inteligente acaba de abrir los ojos, se ha instruido acerca de sus derechos en las obras de Jean-Jacques Rousseau, mira en la vecina Inglaterra una democrática forma de gobierno; los que regresan de la guerra de la independencia norteamericana traen el mensaje de que existe un país extranjero en el cual la diferencia de casta y clases sociales ha sido suprimida por la idea de la igualdad y la libertad. Mas en Francia sólo ven estancamiento y decadencia, nacidos de la total incapacidad de la corte.

Unánimemente, a la muerte de Luis XV, había esperado el pueblo que por fin estaría terminada entonces la vergüenza del gobierno de las favoritas, el escándalo de las indignas protecciones; en lugar de ellas, reinan otra vez ahora las mujeres: María Antonieta y, detrás de ella, la Polignac. La burguesía ilustrada ve con creciente amargura cómo se descompone el poder político de Francia, cómo crecen las deudas, cómo decaen el ejército y la armada; se pierden las colonias, mientras que, todo alrededor, los otros Estados se desarrollan activamente; y en dilatados círculos de opinión crece el deseo de poner fin a esta desorganización indolente.

Este mal humor, siempre creciente, de los auténticos patriotas y de los que conciben el sentimiento de lo nacional, se dirige principalmente -y no sin razón- contra María Antonieta. Incapaz y sin deseos de adoptar una verdadera resolución, el Rey -eso lo sabe todo el país- no significa nada como soberano; únicamente es todopoderoso el influjo de la reina. Ahora bien, María Antonieta habría tenido ante sí dos posibilidades: o tomar seria, activa y enérgicamente, lo mismo que su madre, los asuntos del gobierno, o separarse totalmente de ellos. El grupo austríaco intenta sin cesar impulsarla hacia la política, pero es en vano, porque para reinar o correinar habría que leer a diario, de un modo constante, papeles y documentos durante algunas horas; pero a la reina no le gusta leer. Habría que escuchar los informes de los ministros y reflexionar sobre ellos, y a María Antonieta no le gusta pensar. Ya sólo el escuchar significa para su espíritu volandero un severo esfuerzo. «Apenas oye cuando se le dice algo -se queja a Viena el embajador Mercy-, y casi nunca existe la posibilidad de tratar con ella de ningún asunto serio a importante o de atraer su atención hacia una cuestión trascendental. La sed de placeres ejerce sobre ella un poder misterioso.» En las circunstancias más favorables, cuando el embajador la estrecha muy vivamente con un encargo de su madre o de su hermano, responde la reina algunas veces: «Dígame usted lo que debo hacer y lo haré», y, en efecto, va a exponérselo al rey. Pero al día siguiente su inconstancia ha hecho que se olvide de todo, su intervención no va más allá de «ciertos impacientes impulsos» y, finalmente, Kaunitz, en la corte de Viena, acaba por resignarse. «No contemos jamás con ella para nada. Contentémonos con obtener, como de un mal pagador, lo que buenamente pueda obtenerse.» Hay que conformarse, le escribe a Mercy, ya que tampoco en otras cortes las mujeres intervienen en la política.

Pero ¡si, por lo menos, renunciara realmente a tomar en sus manos el timón del Estado! Entonces, siquiera, se habría conservado sin culpa ni responsabilidad. Pero, impulsada por la pandilla de los Polignac, se mezcla constantemente en la política tan pronto como hay que proveer un puesto de ministro, una plaza de gobernación del Estado: hace lo más peligroso que se puede hacer: habla de todo sin conocer, ni del modo más remoto, la materia; actúa como diletante y decide en un punto las cuestiones más capitales; malgasta exclusivamente en provecho de sus favoritos el poder enorme que ejerce sobre el rey.

«Cuando se trata de cosas serias -se lamenta Mercy-, al instante se siente acobardada a incierta en sus gestiones; pero cuando va impulsada por su sociedad pérfida a intrigante, hace todo lo preciso para cumplir los deseos de aquella gente.» «Nada ha contribuido más a suscitar el odio contra la reina -observa el ministro Saint-Priest- que estas intervenciones intermitentes y estos nombramientos injustos de protegidos suyos.» Pues como a los ojos de la burguesía es ella la que dirige los asuntos del Estado; como todos estos generales, embajadores y ministros colocados por ella no se acreditan capaces, el sistema de esta autocracia arbitraria sufre completo naufragio, y como Francia, con una velocidad cada vez mayor de torrente desbordado, camina hacia la bancarrota financiera, toda la culpa cae sobre la reina, del todo inconsciente de su responsabilidad. (¡Ay, si ella no ha hecho sino ayudar a algunas gentes simpáticas!) Todo lo que en Francia desea el progreso, un orden nuevo, justicia y actividad creadora, lanza censuras, se enoja y pronuncia amenazas contra esta despreocupada dilapidadora, contra la eternamente alegre castellana de Trianón, la cual sacrifica loca y neciamente el amor y bienestar de veinte millones de seres a una orgullosa pandilla de veinte damas y caballeros.

Les Libelles sur Marie Antoinette

Al cabo de diez años de poder malgastados y disipados, María Antonieta se halla ya cercada por todas partes: en 1785, el odio está ya a punto de producir sus frutos. Todos los grupos hostiles a la reina -abarcan casi toda la nobleza y la mitad de la burguesía- han ocupado ya sus posiciones y sólo esperan la señal de ataque. Pero aún es demasiado fuerte la autoridad del poder hereditario; aún no se ha acordado ningún plan preciso. Sólo conversaciones en voz baja, cuchicheos, zumbidos y silbidos de flechas finamente emplumadas se perciben en Versalles; cada una de ellas lleva en su punta una gota de aretinesco veneno, y todas ellas, volando por encima del rey, apuntan a la reina. Hojillas impresas o manuscritas circulan de mano en mano, pasándoselas por debajo de la mesa, y son rápidamente escondidas en la casaca tan pronto como se oye un paso desconocido.

En las librerías del Palais Royal, muy distinguidos señores de la nobleza, que ostentan la cruz de San Luis y hebillas de diamantes en los zapatos, se hacen llevar por el vendedor a la trastienda, el cual, allí, después de haber atrancado cuidadosamente la puerta, saca de cualquier polvoriento escondrijo, entre libracos viejos, el último libelo contra la reina, aparentemente traído de contrabando de Londres o Amsterdam, pero el cual, en realidad, por su impresión asombrosamente reciente, está casi húmedo y hace sospechar que acaso haya sido impreso en la misma casa, en el Palais Royal, que pertenece al duque de Orleans, o en el de Luxemburgo. Sin vacilar, la clientela distinguida paga a menudo más monedas de oro por estos folletos que hojas se contienen en ellos; a veces, éstas no son más que diez o veinte, pero, en cambio, están abundantemente ornadas de lascivos grabados en cobre y salpimentadas de maliciosas bromas. Uno de tales licenciosos libelos infamatorios es el presente favorito que se puede ofrecer a una noble amante, a una de aquellas damas a quienes María Antonieta no hace el honor de invitar a Trianón; un regalo tan pérfido las alegra más que un anillo precioso o un abanico. Compuestos por un desconocido versificador, impresos por manos secretas, esparcidos por manos que no se dejan sorprender, estos difamatorios escritos contra la reina revolotean como murciélagos a través de las verjas del parque de Versalles y penetran en los salones de las damas y en los palacios de provincia; pero si el teniente de Policía quiere perseguirlos se siente de repente paralizado por fuerzas invisibles. Por todas partes se deslizan estos impresos: la reina los encuentra en la mesa de comer, bajo su servilleta; el rey, en su escritorio, en medio de los documentos; en el palco de la reina, delante de su asiento, está clavada en el terciopelo, con un alfiler, una maligna poesía, y por la noche, si se asoma a su ventana, oye las escarnecidas coplas que desde hace mucho tiempo ruedan por todas las bocas.

Les Libelles sur Marie Antoinette

Desde la hora en que la reina se encuentra encinta y este inesperado acontecimiento enoja del modo más profundo en la corte a los diversos pretendientes, se agudiza sensiblemente su tono. Precisamente ahora, cuando ya no es verdad, comienzan todos, intencionadamente y en voz alta, a escarnecer al rey como impotente y a la reina como adúltera, para desde el principio -ya se sospecha en favor de qué intereses -, colocar en posición de bastardía la eventual descendencia.

Especialmente desde el nacimiento del delfín, el indiscutible y legítimo heredero del trono, se dispara con bala rasa sobre María Antonieta desde aquellos ocultos y escondidos escondrijos. Sus amigas, la Lamballe y Polignac, son puestas en la picota como ejercitadas maestras en amorosos servicios lesbios: María Antonieta, como una erotómana insaciable y perversa; el rey, como un pobre cornudo; el delfín, como bastardo.
                                        Les Libelles sur Marie Antoinette

En 1785, el concierto de calumnias se halla ya en su apogeo; está marcado el compás, suministrada la letra. La Revolución sólo necesita después gritar en voz alta por las calles lo que había sido imaginado y versificado en los salones para llevar a María Antonieta ante el Tribunal. Los auténticos motivos de la acusación los ha dictado la corte, y la cuchilla que cae sobre la nuca de la reina ha sido puesta en los rudos puños del verdugo por unas manos aristócratas, delgadas, finas y llenas de anillos.

Los libelos contra María Antonieta son, en aquel momento, el negocio más lucrativo y, al mismo tiempo, no muy peligroso; así, la funesta moda sigue extendiéndose alegremente. El silencio y la charlatanería, el negocio y la ordinariez, el odio y la codicia, colaboran bien y fielmente en el encargo y la difusión de estos escritos. Y bien pronto sus esfuerzos reunidos han alcanzado el apetecido fin: hacer realmente odiada en toda Francia a María Antonieta como mujer y como reina.

Les Libelles sur Marie Antoinette
 
María Antonieta percibe claramente a sus espaldas este maligno poder; conoce los escritos vejatorios y adivina también quiénes son sus inspiradores. Pero su desenvoltura, su innato e ineducable orgullo habsburgués tienen por más animoso despreciar el peligro que salir a su encuentro cauta y prudentemente. Despreciativa, se sacude de su vestido estas salpicaduras. «Nos encontramos en una época satíricas -escribe a su madre con despreocupada mano-; las componen sobre todas las personas de la corte, hombres y mujeres, y la ligereza francesa ni ante el rey se ha detenido. En lo que a mí toca, tampoco he sido perdonada.» Eso es todo; aparentemente, no hay más enojo ni más rencor. ¿En qué puede dañarla que un par de moscones vengan a posarse en su traje? Bajo la coraza de su dignidad real se cree invulnerable para las flechas de papel. Pero olvida que una sola gota de este diabólico veneno de la calumnia, una vez penetrado en el torrente sanguíneo de la opinión pública, puede producir una fiebre ante la cual, más tarde, hasta los médicos más sabios permanecerán impotentes. Sonriente y ligera, María Antonieta pasa al lado del peligro. Las palabras no son para ella más que briznas en el viento. Para despertarla tiene que venir una tempestad.

L'évasion de Louis XVI (2009)

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