domingo, 19 de noviembre de 2017

EL VERANO DEL "GRAN MIEDO" (1789)

el alcalde de parís entregando las llaves de la ciudad y la escarapela tricolor a Luis XVI:«Señor, le dijo Bailly, os presento las llaves de vuestra leal ciudad de Paris; son las mismas que se presentaron a Enrique IV; él había reconquistado su pueblo; aquí es el pueblo quien ha reconquistado a su rey.»
Una ola de pánico cayó sobre versalles. Cada día, nuevos cortesanos dejaron sus apartamentos y se fueron al extranjero, a veces en los disfraces más inverosímiles como riesgo de ser reconocido como un aristócrata y temiendo ser asesinados. El castillo fue vaciado de sus huéspedes. Sin ocupantes, se cerraron las principales salas. Este palacio impulsado con un zumbido constante, solo había ahora salones desiertos.

Desde el 14 de julio una lista de proscritos circula por parís, la cabeza de los favoritos de la reina están en primer lugar y tienen fijado el precio. “toda la compañía de la reina es fugaz y se dispersa -escribió Salmour- varias de sus damas la ha abandonado de forma contundente. En general, todos los que tenían que avergonzarse del abuso de favor como señores y príncipes, temiendo ser acusados, han huido”.


María Antonieta arruga con sus manos el listado donde su cabeza tiene precio y lo arroja al fuego. Un estallido de ira responde a esta ofensa. Su contenida amargura desborda entre lágrimas y duras palabras: “es imposible que esa ciudad quiera imponer su voluntad al rey... acaso ahora somos nosotros sus súbditos y no ellos los nuestros?”. Llenos de temores sus consejeros la instan para que se traslade a un lugar seguro, el ministro Saint-Priest comenta como ciertos nobles han salido del país disfrazados, a lo que María Antonieta le responde con brusquedad - “pues yo me iré disfrazada de reina de Francia, sé que no se conforman con quemar nuestras imágenes, no quieren en carne y hueso, pero he aprendido de mi madre a no temer a la muerte, y voy a esperarla con firmeza”.

Con estas duras palabras vuelve a arrojar una luz más clara sobre su carácter, todavía indefinido. Esta mujer malcriada por el destino desde su primerísima juventud es tierna y delicada, indulgente y caprichosa. Sabe ganarse a todo el mundo, con su natural soltura, hace olvidar lo elevado de su posición. Pero esta liberal cordialidad asienta sus cimientos sobre una fuerte conciencia de sí misma, invisible mientras nadie la sacuda, pero que irrumpe apasionada en cuanto alguien osa contradecirle u oponérsele. A menudo, esta extraña mujer ha sabido olvidar ofensas personales, pero jamás la menor infracción a sus derechos de reina. Por eso, ni por un momento tolerara esta ofensa. Semejante atrevimiento ha de ser aplastado desde el principio. Mejor sucumbir que doblegarse, mejor una real necesidad que una mezquina debilidad.

folleto revolucionario que muestra la expulsión de los favoritos de la reina entre los que están el conde Artois, madame Polignac y el abad Vermont, acusados como los principales instigadores que obligo a la renuncia de Necker.
El conde Mercy, que regreso a la corte en estos días de angustia, “solo veía confusión. Medidas nulas, ningún partido se detuvo; solo se espera cualquier oportunidad para escapar”- señalo al emperador. Conmocionada por los acontecimientos de los días anteriores, la reina se había refugiado en sus apartamentos para cuidar a sus hijos y reunirse con el rey. Ella apenas se atrevía a mostrase en la terraza. Por la noche, la familia real ceno y se retiraron temprano. Se rumoreaba que la reina se había refugiado en Saint-Cyr. “ella apoya su posición con gran paciencia y valor” -escribió Mercy alarmado por el “frenesí que se había apoderado de las mentes contra la reina”.

La opinión de la reina permaneció flotando en el partido. Necker, que se encontraba en Basilea y enterado de la noticia de su despido, llego a Versalles el 29 de julio después de un viaje triunfal por las provincias todavía en estado de sedición. La reina lo recibió personalmente, así como a Saint-Priest y Montmorin. “ella era valiente y nos recomendó el celo por el servicio al rey como una obligación y apoyo de nuestra memoria” -dice Saint-Priest. Al final de la entrevista el genovés tomo la mano de la reina y la beso, parecía que las peores irregularidades quedaron en el pasado.

En la mayoría de las provincias, los campesinos, a raíz del ejemplo de la capital, atacaron los castillos, símbolos vivientes de la opresión odiosa que pesa sobre su clase desde hace siglos. Saquearon y quemaron en plazas públicas, en hogueras, los títulos y cartas, que pasaron los cargos de cualquier tipo que se le imputaba en virtud de los grandes señores. 
Así Francia entonces vivía en las convulsiones de este “gran miedo” en la que la asamblea nacional trato de poner fin a la votación de la abolición de los privilegios durante la memorable noche del 4 de agosto. Esta sociedad da órdenes, Luis XVI había defendido con tanta fuerza a lo largo de su reinado, estaba muerta. Se esperaba, sin embargo, que él estuviera dispuesto a ratificar el decreto. Continuando con el trabajo constitucional que condujeron la moneda corriente, los parlamentarios se opusieron pronto sobre la cuestión del veto.

Deseando que el soberano pudiera ejercer un poder ejecutivo fuerte, Monier, Mirabeau y los llamados monárquicos ahora defendieron a concederle veto absoluto, mientras que los patriotas, dirigidos por el “triunvirato” compuesto por Barnave, Duport y Lameth, optaron por el veto suspensivo. Con el apoyo de Necker, este último prevaleció. La reunión fue aún más lejos: el rey no iba a tener la iniciativa en las leyes, la derecha de nuevo a una cámara elegida, sujetándolo solo por el legislador. En cuanto a la declaración de los derechos humanos, se declaró tanto la igualdad civil y la absoluta soberanía de la nación. La libertad y la igualdad eran palabras que volaban en todos los labios. Mercy vio esta futura constitución como “la tumba de la autoridad real”.

por su parte Luis XVI escribió al arzobispo de Arles:"Nunca consentiré en robarle a mi clérigo, mi nobleza. No daré mi sanción a los decretos que los despojarían; es entonces cuando los franceses podrían acusarme de injusticia y debilidad. Arzobispo, se somete a los decretos de la Providencia; Creo que me someto a él al no entregarme a ese entusiasmo que se ha apoderado de todas las órdenes, pero que solo se desliza sobre mi alma. Si la fuerza me obligara a castigar, me rendiría, pero no habría monarquía ni monarquía en Francia. "

la noche del 4 de agosto, los miembros de la nobleza, bajo la presión de esta insurrección casi general, renunciaron a sus privilegios.
Mientras que el antiguo régimen se derrumbó bajo los ojos horrorizados de la pareja real, una apariencia de vida de corte había regresado a Versalles. El rey regreso a sus habituales jornadas de caza y en los apartamentos más grandes, mas altiva que nunca, María Antonieta presidio su juego. Un testigo la vio el 16 de agosto en una de estas partidas con un vestido blanco en tela de la india, salpicado de flores pintadas. Las mujeres de los ministros dieron grandes cenas. Los de madame Necker y los de la señora de La Tour Du Pin estaban ganado el mayor éxito.

El día de la asunción, que también era la fiesta de la reina, con la presencia de la soberana con gran pompa en la tradicional procesión acompañada del brazo del pequeño delfín. Para el 25 de agosto, con motivo de la fiesta del rey, San Louis, los regidores y los funcionarios de la ciudad de parís y las mujeres del mercado, presentaron sus saludos al soberano. La guardia nacional, dirigida por La Fayette, su generalísimo y el municipio de parís dirigido por Bailly querían asociar con los representantes de las viejas instituciones.

la pareja real en la ceremonia con motivo a la fiesta de San Louis, (25 de agosto).
La reina, rodeada de unas pocas damas, majestuosamente sentada en una silla de respaldo alto, resplandeciente de diamantes, recibió todas las delegaciones. Cuando se anunció Bailly, hizo una profunda reverencia, pero no puso una rodilla con era costumbre. Perturbada por esta violación voluntaria del protocolo, la reina respondió con una ligera inclinación de cabeza. El dio un pequeño discurso muy bien escrito, donde hablo de la dedicación y el compromiso. El señor de La Fayette se adelantó y ofreció a su personal la guardia nacional. La reina se ruborizo y balbuceo algunas palabras con una voz temblorosa y les dio el visto bueno pero se negó. Nuevos folletos sucios se extendieron por la capital por el temor de la carencia de pan.

Ese verano, María Antonieta no se quedó en trianon. Ella simplemente realizo caminatas allí, a menudo acompañada de sus hijos. Fue allí que un día sorprendió a tres jóvenes Lorena que visitaban el trianon, uno de ellos, Francois Cognel declaro: “cuando nos disponíamos a salir, nos dijeron que llegaba la reina y nos detuvimos un tiempo a las puertas del jardín, nuestro conductor nos llevó al establo. La reina acompañada por la primera dama de la corte, la despidió y se dirigió en dirección a la lechería. Llevaba un vestido simple, un chal y una cofia de encaje; bajo estas ropas modestas, parecía aún más majestuosa que en el gran traje que la habíamos visto en Versalles. Su forma de caminar es especial, distinguida, se desliza con gracia incomparable, con más orgullo levanta la cabeza aun cuando se siente a solas. Nuestra reina estuvo cerca de donde estábamos y tuvimos los tres un deseo de doblar la rodilla al pasar...”.


Vuelto a Valenciennes desde junio, Fersen no había abandonado a la reina. Le escribió a ella y apareció en Versalles durante cortos periodos durante los cuales “no dejo de disfrutar las entradas libres a casa y tener citas frecuentes al trianon”. Cada vez más preocupado por el destino de María Antonieta, decidió tomar un lugar en Versalles a partir de septiembre. Ante el temor de que su correspondencia fuera interceptada, le pidió a su hermana Sofía “solo hablar con él con cautela sobre los asuntos de este país”.

Sin que se diera cuenta el tribunal, la situación del reino en general y, en particular, parís que había vuelto crítica. El malestar que había tenido lugar desde julio había ampliado aún más el abismo de la deuda, Necker se vio obligado a buscar un préstamo. El ministro debió pedir a los parlamentarios a votar una contribución extraordinaria. Este impuesto representaba la cuarta parte de todos los ingresos, que tuvo que añadir una parte del capital del metal precioso. Así vimos las mejores ofrecer sus joyas, algunos señores incluso abandonaron su pequeña cruz de oro o plata. El rey y la reina sacrificaron todas las vajillas plata de todo el palacio.


Este fue el momento en que se agotaron los recursos de la cosecha anterior, cuando la cosecha de este último verano aun no fue golpeada. El temor a la escasez y acaparadores surgieron durante varias semanas. Desde el Palais Royal, oradores pronunciaron discursos violentos contra la corte, en contra de los diputados acusados de ser vendidos a los aristócratas e incluso contra el rey, que todavía se negó a firmar el decreto sobre la abolición de los privilegios y derechos humanos. La misma idea de mantener el absolutismo a través del veto fue emocionante.

“nos atrevimos... elaborar una propuesta para evitar la reunión, para dar al rey el derecho de veto, e invitarlo para venir a vivir a el Louvre de parís con el delfín, mientras la reina sea confinada en Saint-Cyr” -se lee la correspondencia secreta del 3 de septiembre. Por todas las provincias, la reina encarna todos los horrores de una contrarrevolución. Se hablaba de que quería volar el parlamento con una bomba, enviar al ejército a masacrar a todo parís se aseguró que ella quería quemar la capital, envenenar al rey y colocar como regente a su amante el conde Artois. Todos los franceses parecían estar seguros de que la reina conspiraba contra Francia.


La transformación de los llamados bandidos en un ejército extranjero dirigido por o a sueldo de príncipes aristocráticos es una idea más extendida. Hay algunos relatos de esta orden en el sureste de Francia, donde algunos anuncian la invasión de las tropas de Saboya lideradas por el Conde de Artois. Por lo que uno puede juzgar, esta noticia surgió en el norte de Dauphiné y se extendió esporádicamente en Languedoc y Provenza. Algunas ciudades de los Vivarais comenzaron por anunciar "la noticia de la inesperada invasión de 10.000 piamonteses, encabezados por el conde de Artois, que saquean y queman todo lo que encuentran a su paso". Por otra parte, un propietario acomodado de la región de Cahors señala en su diario que el enemigo consiste en 40,000 soldados dirigidos por el Comte d'Artois, con la esperanza de "domesticar al tercer estado".

El 30 de agosto gano la causa popular, el marquez de Saint-Huruge había querido conducir a Versalles una pequeña fuerza de mil quinientos hombres decididos a acabar con la conspiración de los aristócratas, denunciado en una prensa cada vez más virulenta. La Fayette, jefe de la guardia nacional logro detener el avance. La calma no volvió tampoco. Se rumoreaba que el rey quería refugiarse en Metz para tomar la iniciativa en contra de la revolución. La población parecía dispuesta a aumentar en medida lo que hizo en julio. Los rumores no eran totalmente infundados.


La nobleza estaba armando la provincia. Montmorin habla de la existencia de una conspiración que tuvo como objetivo eliminar al rey y traerlo bajo vigilancia de Chambord. Actuaria para disolver la asamblea y recuperar parís. “el rey trata este asunto no razonable y significativo -dijo el embajador de España- parece positivamente que, hasta el momento, nada se ha hecho por las partes interesadas para descubrir su plan. Para nuestra desgracia, tuvimos que llevarlo a cabo, podríamos hacer las cosas de manera diferente por no fomentar un levantamiento en parís, lo que no sería difícil con la escasez de harina que ha ido empeorando de forma continua”.

Alarmados por la información que tenían, Montmorin tuvo un alarga conversación con la reina con el fin de advertir contra los peligros de una contrarrevolución. En todos lados sugirieron oscuras intrigas, especialmente en los apartamentos del duque de Orleans, el príncipe soñado de apoderarse de la corona. Al sentir que podría ser capaz de controlar elementos corruptos de la población de parís, La Fayette coloco destacamentos de la guardia nacional en el camino a Versalles. Él no oculto su preocupación a Saint-Priest. Él le dio una carta bastante alarmante el 17 de septiembre. Ningún documento podría servir mejor a las intenciones del ministro de la casa real que tres días antes había ordenado al regimiento de Flandes partir hacia Versalles para proteger a la familia real.

varios de los disturbios y la prensa contra el rey y la reina estaban a la cabeza del duque de Orleans, ademas de comprar grandes cantidades de grano para provocar mas escasez en la capital.
Estas medidas tomadas eran una violación de un decreto reciente que requería el acuerdo del municipio. La preciosa carta de La Fayette le permitió mantener la decisión tomada en serio con la sola autorización del rey y que podría haber pasado por un nuevo intento de un golpe monárquico.

La indecisión del rey, que negó la revolución, mientras que el sufrimiento, había desalentado a sus partidarios y preocupado a sus oponentes. La noticia de la llegada de las tropas dejo indiferente a nadie, pero despertó la ira de los demás. El 21 de septiembre, a través de la voz de Mirabeau, la asamblea pidió al rey explicar la presencia del nuevo regimiento. Después de haber solicitado la sencilla retirada de la infantería de Flandes, Barnave, Lameth y Duport se encontraron con una negativa categórica a la decisión de Saint-Priest. Parlamentarios y la población de parís fueron alcanzados por una extraña coincidencia: Luis XVI pidió refuerzos militares al igual que él se negó a sancionar los decretos del 4 de agosto. Antes de que el regimiento de Flandes había entrado en Versalles, parís estaba dispuesto a levantarse.

Barnave, Lameth y Duport quienes conformaron el "triunvirato frances"cuyas opiniones eran preparadas por el primero, sostenidas por el segundo, y dirigidas por el tercero. Algo notable era y peculiar del espíritu de igualdad de la época la unión íntima de un abogado, perteneciente a la clase media, de un consejero, individuo de la clase parlamentaria, y de un coronel agregado a la corte, que renunciaban a los intereses de su estado para asociarse con miras de bien público y de popularidad.
Los distritos deliberaban, se repito en clubes y en la calle que tenían que hacer volver al rey a parís. Algunos periódicos incluso dijeron: “los aristócratas que nos rodean por todos lados, quieren ponernos las cadenas, si no nos damos prisa para destruirlos, nos veremos afectados por la esclavitud, la miseria y la desolación”, leemos en el Azote Nacional. El 23 de septiembre, el regimiento de Flandes a la cabeza del conde Estaing, hizo su entrada en la ciudad. La corte le prepara una calurosa bienvenida con un banquete que se llevara a cabo el 1 de octubre.

lunes, 13 de noviembre de 2017


“en vano sus enemigos habían tratado de romper su espíritu por el cansancio físico, y cuando se tiene en cuenta su estado debilitado, es asombroso que no tuvieron éxito. Para las sesiones del tribunal que duro dos días enteros y hasta bien entrada la noche. De 9am hasta las 3pm del día 14 y de 5pm hasta las 4 de la mañana del día 16. La última sesión continúo así durante once horas seguidas. A lo largo de las sesiones la reina no tomo ningún alimento y solo una vez murmuro, “tengo sed”. Un gendarme llamado Busne compasivo por ella fue a buscar un vaso de agua. Este mismo hombre le ofreció el brazo al descender algunos escalones oscuros que conducen de vuelta a la celda, porque débil por el cansancio y con sus ojos miopes en medio de la oscuridad, había dicho: “no puedo ver a mi manera, no puedo avanzar más”. Busne se vio obligado a justificarse a sí mismo después de estas dos acciones, como si hubieran sido crímenes”.

-Luis XVI y Marie Antoinette durante la revolución – Nesta Webster

lunes, 6 de noviembre de 2017

MARIE ANTOINETTE SE ENTREVISTA CON MIRABEAU (1790)


En el combate aplastante contra la Revolución, la reina no había acudido hasta entonces más que a su único aliado: el tiempo. «Sólo la flexibilidad y la paciencia pueden ayudarnos.» Pero el tiempo es un aliado oportunista a incierto; se colocó siempre en el bando de los fuertes y deja despreciativamente en el atolladero al que confía en él sin moverse. La Revolución marcha adelante; cada semana gana para ella millares de nuevos reclutas, de la ciudad, de las aldeas, del ejército; y el recién fundado club de los jacobinos apoya la mano, cada día con más fuerza, sobre la palanca que, por último, debe acabar por desquiciar la monarquía. Por fin comprenden la reina y el rey el peligro de un solitario apartamiento y comienzan a buscar aliados.

Cierto que un importante aliado -este precioso secreto se conserva impenetrablemente en el círculo más reducido- se había ofrecido ya varias veces a la corte con embozadas palabras. Desde los días de septiembre se sabe en las Tullerías que el jefe, muy temido y admirado, de la Asamblea Nacional, el conde de Mirabeau, este león de la Revolución, está dispuesto a recibir dorado cebo de manos del rey. «Cuide usted -le dijo una vez a un intermediario- de que se sepa en palacio que estoy más de su parte que contra ellos.» Pero mientras estuvo segura en Versalles, la corte se sentía demasiado firme en su silla, y la reina no había reconocido tampoco la importancia de este hombre, capaz como ningún otro de dirigir la Revolución, porque él mismo era el genio de la revuelta; había llegado a ser, en su propia persona, la encarnación del espíritu de libertad, la fuerza revolucionaria hecha hombre, la viviente anarquía. Los otros miembros de la Asamblea Nacional, valientes, bienintencionados, instruidos, agudos juristas, honrados demócratas, sueñan idealísticamente con un nuevo orden y una reorganización; sólo para éste, el caos del Estado viene a ser el auténtico representante de su propio caos interior. Su fuerza volcánica, que orgullosamente es llamada por él la fuerza de diez hombres, necesita una tempestad universal para desenvolver su auténtica capacidad; destrozado él mismo en su posición normal, material y familiar, necesita un Estado igualmente arruinado para elevarse por encima de las ruinas. Todas las anteriores explosiones de su naturaleza elemental: libelos, raptos de mujeres, duelos y escándalos, no habían sido hasta ahora más que válvulas de seguridad, insuficientes para su sobrecargado temperamento, que todas las prisiones de Francia no habían podido dominar. Ancho espacio necesita esta alma salvaje; poderosos temas, este robusto espíritu; como un toro furioso demasiado tiempo encerrado en un estrecho establo, se precipita, excitado hasta la locura por las ardientes banderillas del desprecio, en el ruedo de la Revolución, y ya del primer achuchón derriba las podridas barreras de los Estados Generales.

Honoré Gabriel Riqueti, comte de Mirabeau (1749-1791) de Jeanron Philippe Auguste
La Asamblea Nacional se espanta cuando, por primera vez, se alza aquella voz atronadora, pero se pliega bajo su autoritario yugo; espíritu fuerte lo mismo que gran escritor, forja Mirabeau en pocos minutos, poderoso herrero, las leyes más difíciles, las fórmulas más atrevidas, como sobre tablas de bronce. Con pasión incendiaria impone su voluntad a toda la Asamblea y, si no hubiese sido la desconfianza que inspira sus sospechoso pasado ni la inconsciente defensa del espíritu de orden contra ese mensajero del caos, la Asamblea Nacional francesa habría tenido desde sus primeras sesiones, en vez de mil doscientas cabezas, una sola, un único jefe con poder ilimitado.

Pero este defensor de la libertad tampoco es libre: sobre sus espaldas pesan importantes deudas, tiene sus manos presas en una red de sucios procesos. Un Mirabeau no puede vivir, no puede actuar, si no es en la dilapidación. Tiene necesidad de fausto, de verse libre de preocupaciones; necesita los bolsillos repletos, mesa puesta para todos, secretarios, mujeres, auxiliares y criados; sólo en la abundancia puede desplegar su plenitud. Para ser libre, en el sentido a que él se refiere, azuzado, como por perros, por todos sus acreedores, se ofrece a todo el mundo: a Necker, al duque de Orleans, al hermano del rey y, finalmente, a la misma corte. Pero la reina, que a nadie odia más que a los tránsfugas de la nobleza, se cree aún lo bastante fuerte, en Versalles, para renunciar a los vendidos favores de este monstre . «Espero -le responde al intermediario, el conde de La Marck-, espero que jamás seremos tan desgraciados para vernos reducidos al extremo de recurrir al auxilio de Mirabeau.»


Pero ahora han llegado a ese extremo. Cinco meses más tarde -infinito lapso en una Revolución-, el conde de La Marck recibe, por medio del embajador Mercy, noticia de que la reina está dispuesta a negociar con Mirabeau, es decir: a comprarlo. Felizmente, no es todavía demasiado tarde: desde el primer ofrecimiento, Mirabeau se traga el dorado anzuelo. Se entera, con codicia, de que Luis XVI tiene a su disposición cuatro pagarés firmados de su regia mano, cada uno por doscientas cincuenta mil libras, en total un millón, que le serán pagados al fin de la legislatura de la Asamblea Nacional, «siempre que me preste buenos servicios», como añade previsoramente el rey ahorrativo. Y apenas ve el tribuno que sus deudas pueden ser liquidadas de una sola plumada y que puede esperar una pensión de seis mil libras al mes, aquel hombre azuzado durante años enteros por alguaciles y curiales prorrumpe en una «ebria explosión de alegría, cuyo exceso primeramente me sorprendió» (conde de La Marck). Con igual ardiente pasión a la que emplea siempre para convencer a los otros, se persuade a sí mismo de que sólo él puede y quiere salvar al mismo tiempo al rey, a la Revolución y al país. De repente, desde que el dinero retiñe en sus bolsillos, se acuerda Mirabeau de que él, el rugiente león de la Revolución, ha sido siempre ardiente realista. El 10 de mayo firma el recibo de su propia venta, con las palabras de que se obliga a servir al rey «con lealtad, celo y valor»... «He profesado principios monárquicos hasta cuando no veía en la corte más que debilidades, y, no conociendo el alma ni el pensamiento de la hija de María Teresa, no podía contar todavía con tan augusta aliada. He servido al monarca hasta cuando creía que no podía esperar de un rey cierto que justo, pero engañado, ni justicia ni recompensa. ¿Qué no podré hacer ahora, cuando la confianza fortalece mi valor y el agradecimiento transforma mis principios en deberes? Seré siempre lo que he sido: defensor del poder monárquico en el sentido de que está regulado por las leyes, y apóstol de la libertad, en cuanto está garantizada por el poder real. Mi corazón seguirá el rumbo que le había ya sido trazado por la razón.»


A pesar de este énfasis, ambas partes saben exactamente que este contrato no es ningún asunto honorable, sino más bien de los que temen la luz. Por ello se acuerda que Mirabeau no se presentará jamás personalmente en palacio, sino que comunicará por escrito sus consejos al rey. Para la calle, Mirabeau tiene que ser revolucionario; pero en la Asamblea Nacional trabajará por la causa del rey; turbio negocio en el cual nadie puede ganar y nadie confía en el otro. Mirabeau se pone en seguida al trabajo; escribe carta tras carta dando consejos al monarca; pero la verdadera destinataria es la reina. Su esperanza es ser comprendido por María Antonieta, el rey no cuenta para nada, no tarda en saberlo. 


«El rey no tiene a su devoción más que un único hombre -escribe Mirabeau ya desde su segunda nota-, y ese hombre es su mujer. Para ella no hay seguridad más que en el restablecimiento de la autoridad real. Me gusta creer que no querría vivir sin su corona, pero de lo que sí estoy completamente seguro es que no conservará la vida si no conserva también su corona. Vendrá bien pronto el momento en que habrá de mostrar lo que pueden hacer una mujer y un niño a caballo; para ella es éste un método de familia; pero, mientras tanto, hay que prepararse y no creer que se podrá, ya por medio del azar, ya con el auxilio de combinaciones, salir de una crisis extraordinaria valiéndose de hombres y procedimientos ordinarios.» Como tal hombre excepcional, como tal persona extraordinaria, Mirabeau, con extensa transparencia, se ofrece a sí mismo. Con el tridente de su palabra, espera poder dominar las furiosas olas con la misma facilidad con que las ha agitado: en su excesivo aprecio a sí mismo, en su cálido orgullo, se ve, de una parte, como presidente de la Asamblea Nacional, y, de la otra, como primer ministro del Rey y de la reina. Pero Mirabeau se engaña. Ni por un momento piensa María Antonieta en entregar realmente el poder a este mauvais sujet. El hombre demoníaco es siempre instintivamente sospechoso para una persona de espíritu corriente y María Antonieta no comprende en modo alguno la magnífica amoralidad de este genio: el primero y el último con quien se encontró en la vida. No experimenta más que un malestar ante las osadas audacias de este carácter: este apasionamiento titánico la espanta más de lo que la atrae.

Este grabado que muestra la escena en la que Mirabeau deja a María Antonieta y Luis XVI, al final de su discusión, donde habría dicho:"Señora, cuando la emperatriz, su augusta madre, admitió a uno de sus súbditos por el honor de su presencia, nunca lo despidió sin darle la mano para besarse".
Luego exclamó : "¡Madame, la monarquía está salvada!"
Por eso lo más íntimo de su pensamiento es, tan pronto como no lo necesite, pagarle a toda prisa y desembarazarse inmediatamente de este hombre salvaje, desaforado, desmedido a incalculable. Lo han comprado, luego debe trabajar diligentemente por el caro dinero que recibe; debe dar consejos, ya que es inteligente y hábil. Serán leídos y se aprovechará de ellos lo que no está pensado de un modo harto excéntrico y atrevido: eso es todo. Se utilizará a este agitador en las votaciones, como buen informador y negociador de paces para la «buena causa» en la Asamblea Nacional; se le aprovechará también a él, el sobornado, para sobornar, a su vez, a otros. Que ruja el león de la Asamblea Nacional y que, al mismo tiempo, sea llevado como con traílla por la corte. Así piensa María Antonieta de este espíritu de inconmensurables dimensiones, pero no concede ni un gramo de verdadera confianza a la persona cuya utilidad a veces aprecia, cuya «moralidad» siempre desprecia y cuyo genio, desde la primera hora hasta la última, desconoce por completo.

Auguste Marie Raymond d'Arenberg, comte de la Marck (1753- 1833) intermediario entre la corte de las tullerias y el conde de Mirabeau.
Pronto estará acabada la luna de miel del primer entusiasmo. Mirabeau observa al punto que sus cartas sólo sirven para rellenar el regio cesto de papeles en lugar de atizar el incendio espiritual. Pero, sea por vanidad o por avidez del millón prometido. Mirabeau no cesa de asediar a la corte. Y como ve que sus proposiciones escritas no producen ningún fruto, intenta un último esfuerzo. Sabe, por su experiencia política, por sus innumerables aventuras con mujeres, que su fuerza más poderosa y auténtica no reside en lo escrito, sino en la palabra hablada; que un poder eléctrico mana, del modo más intenso a inmediato, de su propia persona. Por ello, asedia incesantemente al mediador, el conde de La Marck, para que le proporcione por fin ocasión de una entrevista con la reina. Una hora de conversación y, como en el caso de tantos centenares de mujeres, su desconfianza se transformará al punto en admiración. ¡Sólo una audiencia, una única! Porque su amor propio se embriaga con la idea de que no será la última. ¡Quien le ha conocido no puede ya sustraerse a él! María Antonieta se defiende largo tiempo; por último accede y declara que está dispuesta a recibir a Mirabeau el 3 de julio de 1790, en el palacio de Saint-Cloud.


Naturalmente que este encuentro tiene que ser mantenido en absoluto silencio; por una extraña ironía del destino es adjudicado a Mirabeau el favor con que soñó el cardenal de Rohan como loco engañado -una escena del jardín bajo la protección de un bosquecillo-. El parque de Saint-Cloud presenta toda suerte de secretos escondrijos, y esto lo sabe también, en el mismo verano, Axel de Fersen. «He encontrado un lugar -escribe la reina a Mercy-, cierto que no cómodo, pero suficientemente apropiado para encontrarme allí con él y evitar todos los inconvenientes del palacio y de los jardines.» Como fecha se escogió el domingo por la mañana, a las ocho, hora en la que duerme todavía la corte, y nadie sospecha que pueda haber visitas en el jardín. Mirabeau pasa la noche, indudablemente agitado, en casa de su hermana, en Passy. Un coche lo conduce a Saint-Cloud por la mañana temprano, y como cochero va su propio sobrino disfrazado. Hace esperar al carruaje en un lugar escondido; después, Mirabeau se cala profundamente el sombrero sobre el rostro, levanta el cuello de su capa, como un conspirador, y, por una puerta lateral dejada intencionadamente abierta, penetra en el parque real.


 Bien pronto oye unos leves pasos sobre la arena. Aparece la reina sin ningún acompañamiento. Mirabeau quiere hacer una reverencia, pero en el momento en que ella descubre el rostro de este aristócrata plebeyo, destrozado por las pasiones, roído por las viruelas, rodeado de enmarañados cabellos, brutal y poderoso al mismo tiempo, la asalta un involuntario escalofrío. Mirabeau observa este espanto: lo conoce desde hace mucho tiempo. Todas las mujeres, ya lo sabe, hasta la dulce Sofía de Monnier, se han echado atrás, así asustadas, al verlo por primera vez. Pero la fuerza de Medusa, de su fealdad, que provoca el horror, puede también detener al horrorizado: siempre había conseguido transformar este primer espanto en asombro, en admiración y, ¡cuántas veces aún!, en desenfrenado amor.  Lo que la reina haya hablado en aquella hora con Mirabeau queda para siempre en el secreto. Como estaba sin testigos, todos los informes, como los de la camarera madame Campan, que pretende saberlo todo, son pura fábula y conjetura. No se sabe más que esto: que no fue Mirabeau quien sometió a su voluntad a la reina, sino la reina a Mirabeau. Su nobleza heredada, fortalecida, y su vivacidad de comprensión, que en una primera entrevista siempre hacen aparecer a María Antonieta como más inteligente, enérgica y resuelta de lo que en realidad lo es aquella mujer inconstante, ejercen un indomable hechizo sobre la naturaleza magnífica y rápidamente inflamable de Mirabeau.



Hacia donde siente que hay valor se va su simpatía. Aún aturdido al abandonar el parque, coge el brazo de su sobrino y le dice, con el apasionamiento que le es propio: «Es una mujer maravillosa, muy distinguida y muy desgraciada. Pero la salvaré». En una hora ha hecho María Antonieta de este hombre venal y vacilante un ser resuelto. «Nada me detendrá; primero pereceré que faltar a mis promesas», escribe Mirabeau al mediador La Marck. Por parte de la reina, no se tiene informe alguno acerca de este encuentro. Ninguna palabra de agradecimiento o de confianza ha brotado jamás de sus labios habsburgueses. Jamás quiso volver a ver a Mirabeau, jamás le dirigió una sola línea. En este encuentro no ha concertado ningún compromiso con él; sólo ha aceptado la promesa de su adhesión.
Sólo le ha permitido sacrificarse por ella.

Mirabeau ha hecho una promesa, o, más bien, ha hecho dos. Ha jurado fidelidad al rey y a la nación; en medio del combate es, al mismo tiempo, general en jefe de uno y otro partido. Jamás un político ha echado sobre sí una tarea más peligrosa que este doble papel, jamás ha representado nadie hasta el final de un modo más genial (Wallenstein era un chapucero a su lado). Ya en lo puramente físico es incomparable el esfuerzo desarrollado por Mirabeau en aquellas dramáticas semanas y meses. Pronuncia discursos en la Asamblea y en los clubes, agita, discute, recibe visitas, lee, trabaja, redacta por la tarde los informes y proposiciones para la Asamblea, y por la noche las noticias secretas para el rey. Tres, cuatro secretarios trabajan al mismo tiempo, y apenas pueden seguir la alada precipitación de su pensamiento; pero todo esto no es todavía bastante para su inagotable fuerza. Quiere aún más trabajo, aún más peligro, aún más responsabilidad, y, al mismo tiempo, aparte de ello, quiere vivir y gozar. Como un volatinero, trata de guardar el equilibrio tan pronto hacia la derecha como hacia la izquierda; las dos fuerzas fundamentales de su naturaleza excepcional las pone por completo al servicio de ambas causas: su clarividente espíritu político y su ardorosa a irresistible pasión, y, con la rapidez del rayo, ataca y se defiende, hace girar su espada con tal celeridad que nadie sabe contra quién dirige sus filos, si es contra el rey o contra el pueblo, contra el poder nuevo o contra el antiguo, y acaso ni lo sabe él mismo en el momento de su embriaguez oratoria.

caricatura que muestra la opinión que tenia la gente de Mirabeau, un borracho empedernido con dinero de dudosa procedencia.
Pero, a la larga, no se puede sostener esa contradictoria conducta. Ya se agita la sospecha. Marat le llama vendido, Fréron le amenaza con colgarlo de un farol. «Más virtud y menos talento», le gritan en la Asamblea Nacional, pero él, verdaderamente ebrio, no conoce angustia ni temor; despreocupado, desparrama sus nuevas riquezas cuando todo París conoce sus deudas. ¿Qué importa que todas las gentes se asombren, cuchicheen y pregunten con qué medios puede sostener de pronto un tren de vida principesco, dar magníficos banquetes, comprar la biblioteca de Buffon, cubrir de diamantes a cantantes de la ópera y a bribonzuelas? Prosigue intrépido su camino, como Zeus a través de la tormenta, porque se sabe señor de todas las tempestades. Si alguien lo ataca, lo abate con la maza de su cólera, con el rayo de su befa, segundo Sansón entre los filisteos. Bajo el, el abismo; a su alrededor, sospechas; peligro mortal a sus espaldas; en tales condiciones, su fuerza gigantesca se siente por fin en su verdadero y apropiado elemento; una única llama monstruosa, en vísperas de su extinción, se alza gigante y consume su incomparable fuerza de diez hombres en aquellos decisivos días. Por fin le ha sido dada a este hombre increíble una tarea que corresponde a su genio: detener to inevitable, parar el destino; con todas las energías de su ser se arroja en medio de los acontecimientos a intenta, él solo contra millones de hombres, hacer volver atrás la inmensa rueda de la Revolución, puesta en movimiento por él mismo.

Mirabeau arrivando a los campos Eliseos.
Comprender la asombrosa audacia de esta lucha de dos frentes, lo grandioso de la doble posición, excede a la inteligencia política de una naturaleza tan rectilínea como la de María Antonieta. Cuanto más atrevidas son las memorias que él presenta, más diabólicos los consejos que propone, tanto más vivamente se espanta aquella mujer, en el fondo de espíritu moderado. El pensamiento de Mirabeau es expulsar al demonio por medio de Belcebú, aniquilar la Revolución por su exceso, por la anarquía. Ya que no se puede mejorar la situación -es su famosapolitique du pire- , hay que empeorarla con toda la rapidez posible, en el sentido de un médico que, por medio de excitaciones, provoca una crisis para acelerar con ella la curación. No rechazar el movimiento popular, sino apoderarse de él; no combatir, desde lo alto, a la Asamblea Nacional, sino excitar al pueblo, de manera secreta, para que él mismo acabe por mandarla al demonio; no confiar en la tranquilidad y la paz, sino, al contrario, elevar hasta su ardor más extremo la injusticia y los trastornos del país, provocando con ello una fuerte necesidad de orden, del antiguo orden; no retirarse, espantado, ante ninguna cosa, ni siquiera ante la guerra civil... 
Tales son las amorales pero, en lo político, clarividentes proposiciones de Mirabeau. Pero ante tales osadías, ante el anunciar estrepitosamente, como con una banda de clarines, entre otras muchas cosas, que «cuatro enemigos se acercan a paso de carga: el impuesto, la bancarrota, el ejército y el invierno; hay que tomar una resolución y prepararse a afrontar los acontecimientos, dirigiéndolos con la propia mano. En una palabra, la guerra civil es segura y acaso necesaria», ante semejantes avisos, le tiembla el corazón a la reina.

Retrato de Mirabeau que expone claramente las cicatrices que inundan su rostro.
«¿Cómo puede Mirabeau, o cualquier otro ser pensante, creer que nunca, y mucho menos ahora, haya llegado para nosotros el instante de provocar una guerra civil?», responde ella, espantada, y califica este plan de «loco desde un extremo al otro». Su desconfianza en el inmoralista que está dispuesto a echar mano de éste y también de otros procedimientos aún más espantosos se va haciendo invencible día a día. En vano Mirabeau procura «sacudir con truenos la espantosa letargia de la corte»; no le prestan atención, y poco a poco, con su enojo por esa flojera espiritual de la real familia, se mezcla cierto desprecio hacia el royal bétail, hacia esa rebañega naturaleza regia que espera pacientemente la llegada del carnicero. Hace tiempo que sabe que lucha en vano en favor de esta corte indolentemente dispuesta para el bien pero incapaz de toda verdadera acción. Pero la lucha es su elemento. Siendo él mismo un hombre perdido, combate por una perdida causa y, arrastrado ya por la ola negra, les lanza una vez más al regio matrimonio esta desesperada profecía: «¡Rey bueno pero débil! ¡Reina infortunada! ¡Ved, pues, el espantoso abismo adonde os arrastra la indecisión entre una ciega confianza y una desconfianza exagerada! Todavía es posible un esfuerzo por ambas partes, pero será el último. Si se renuncia a hacerlo, o no tiene buen éxito, entonces un velo fúnebre va a cubrir a este imperio. ¿Qué le ocurrirá? ¿Adónde será arrastrado el navío, herido por el rayo y azotado por la tormenta? No lo sé. Pero si yo mismo me salvo del naufragio público, siempre me diré con orgullo, en mi retiro: Me expuse a perderme para salvarlos a todo. Pero no lo quisieron».

la muerte de Mirabeau, grabado de la época.

En efecto, no lo quisieron. Ya prohíbe la Biblia que el buey y el caballo sean uncidos en un mismo yugo. La manera de pensar, lenta y conservadora, de la corte no puede ir al mismo paso que el temperamento ardiente y tempestuoso del gran tribuno que, rencorosamente, sacude riendas y bridas. Mujer del antiguo régimen, María Antonieta no comprende la naturaleza revolucionaria de Mirabeau; sólo entiende lo rectilíneo, no el osado juego de este genial aventurero de la política. Pero hasta la última hora sigue combatiendo Mirabeau, por amor a la lucha y por su audacia ilimitada. Sospechoso para el pueblo, sospechoso para la corte, sospechoso para la Asamblea Nacional, juega con todos y contra todos al mismo tiempo. Con el cuerpo destrozado, con sangre febril, se arrastra de nuevo en la palestra para imponer otra vez su voluntad a los mil doscientos diputados, y después, en marzo de 1791 -durante ocho meses ha servido simultáneamente al rey y a la Revolución-, la muerte se arroja sobre él. Aún pronuncia el último discurso, aún dicta hasta el último momento a sus secretarios, aún pasa su última noche con dos cantantes de la ópera; después se rompe de pronto la fuerza de ese titán. A montones aguardan las gentes delante de su casa para saber si aún palpita el corazón de la Revolución, y trescientas mil personas acompañan el ataúd del muerto. Por primera vez abre su puerta el Panteón para que el cadáver repose allí por toda la eternidad.


Pero ¡qué lamentable cosa es la palabra «eternidad» en estos tiempos de continuas tormentas! Dos años más tarde, después de ser descubiertas las relaciones de Mirabeau con el rey, otro decreto arranca el aún no destruido cuerpo de la cripta y lo arroja a la fosa común.
Sólo la corte guarda silencio ante la muerte de Mirabeau, y ella sabe por qué. Sin vacilar, es lícito dejar a un lado la tonta anécdota de madame Campan de que se ha visto brillar una lágrima en los ojos de María Antonieta al recibir la noticia. Nada es más increíble, pues lo probable es que la reina haya acogido con un suspiro de desahogo la solución de tal alianza; aquel hombre era demasiado grande para servir, demasiado valiente para obedecer; la corte le temió cuando vivo, y hasta le temió después de su muerte. Todavía, mientras Mirabeau se retuerce estertorosamente en su lecho, envían de palacio a su casa un agente de confianza a fin de que se retiren rápidamente de su mesa de escribir las cartas sospechosas y de este modo quede secreto aquel pacto, del cual ambos partidos se avergüenzan. Mirabeau, porque servía a la corte, y la reina, porque servía de él. Mas con Mirabeau cae el último hombre que quizás hubiera podido mediar entre la monarquía y el pueblo. Ahora se hallan frente a frente María Antonieta y la Revolución.

domingo, 22 de octubre de 2017

UN VELO DE MARIE ANTOINETTE CUBRIENDO A UNA PRINCESA RUSA


El matrimonio de la gran duquesa Irina Romanov con Felix Yusupov parecía imposible para toda la gran Rusia. Demasiado escandaloso era la figura del novio, para permitir incluso el pensamiento de que podría estar relacionado con la familia real. Irina era la hija mayor y la única mujer de una familia de siete hijos. Su familia tenía, debido a los desacuerdos políticos de su padre von el zar, desde alrededor de 1906 por un largo tiempo de permanencia en el sur de Francia. Sus padres intentaron ocultar su infeliz matrimonio a sus siete hijos, e Irina, una chica tímida con los ojos azules y el pelo oscuro, tuvo una infancia feliz. Antes de su matrimonio, Irina fue considerada una de las mujeres más codiciadas del imperio zarista ruso.

Irina acompaña de su padre, el gran duque Alexander Mikhailovich.
- un controvertido pretendiente

Felix Yusupov nació el 24 de marzo de 1887 en la casa de San Petersburgo de la familia Yusupov. Felix era el cuarto muchacho, el niño más joven de la familia, donde dos murieron en la infancia. La vida familiar era importante para la madre de Felix. Si bien otras familias aristócratas trataron de dar a sus hijos la infancia “normal”, limitando – en la medida de lo posible- su temprana exposición al lujo y la posible corrupción de una enorme riqueza, Zinaida no lo hizo. Sus hijos fueron criados en un entorno lujoso y bello, que se consideró muy chic y opulento, incluso según los estándares de la Rusia imperial. Zinaida fue admirada en la sociedad por su gusto y elegancia. Los interiores de su palacio fueron diseñados por los mejores decoradores siguiendo su dirección personal con respecto al estilo general.

Entre las familias nobles del Imperio ruso, los príncipes de los Yusupov ocupan un lugar especial como uno de los nombres más distinguidos, adinerados e ilustrados. Desde mediados del XVI, y especialmente desde el comienzo del siglo XVIII, y hasta que los acontecimientos revolucionarios de 1917, varios representantes de este tipo que se celebra gobierno prominente y puestos militares, activamente se han multiplicado la riqueza de la familia, como una de las principales empresarios industriales y agrícolas, un coleccionista de valores históricos y culturales, eran conocidos por su actividades caritativas y mecenazgo.
Esto no fue el mejor lugar para criar niños. A pesar de que sabía del peligro, Zinaida quería a sus hijos cerca de ella y le costó negarles lo que quisieran. Como resultado, se convirtieron en niños mal disciplinados con malas actitudes. Solo su padre tenía la inclinación de reinar en ellos, pero a menudo estaba ausente y, como resultado, prácticamente escaparon en el palacio. Nadie podía decirles que no, ya que sabían que su madre no los respaldaría en una disputa con los niños. Feliz y Nicolás rápidamente comprendieron el poder de su posición y lo que significaba un privilegio desde un punto de vista práctico: podían hacer prácticamente cualquier cosa que quisieran, cuando querían hacerlo. Esta primera lección de vida tuvo un efecto negativo en sus personalidades. Nicolás era extremadamente engreído y arrogante. Fue iniciado para perder la vida a una edad temprana, finalmente fue asesinado en un duelo por una mujer.


Felix por su parte, según sus contemporáneos tenía un rostro angelical: rasgos delgados, labios suaves y sexys, ojos oscuros. En general, un verdadero chico de oro. Pero este príncipe azul impresiono su reputación como un rebelde y un joven excéntrico. Felix disfrutaba vestirse con la ropa de su madre y salir a restaurantes y clubes en san Petersburgo. Cuando era un adolescente se veía deslumbrante con el atuendo de las mujeres y los oficiales de la guardia imperial le hicieron cumplidos, pero este tipo de aventuras era un asunto arriesgado y, al final, parecía tenerlo en problemas. El peligro emociono e intrigo a Felix, y su hermano y su amiga, Polia, lo incitaron en este comportamiento.

El rostro de Felix era bastante conocido, tenía un famoso retrato de él hecho por Serov, que fue ampliamente admirado y reproducido en revistas, y la ropa de su madre y las famosas joyas también eran ampliamente reconocidas en la sociedad. No solo ese rumor despiadado le atribuía relaciones de amor escandalosos con el mismo sexo, por lo que también fue visto cantando en un cabaret vestido de mujer, en un tull azul con lentejuelas de plata y en una magnifica boa de plumas de avestruz azul. En su magnífico palacio había habitaciones especiales en estilo oriental, donde se entregaba a los placeres con amantes prohibidos. En sus memorias Felix escribió: “siempre me indigno la injusticia del hombre a los que aman lo contrario. Puedes condenar el amor entre personas del mismo sexo, pero no los amantes mismos. ¿Son las relaciones contrarias a la naturaleza culpable que sean creados de la tal manera?”.


- propuesta matrimonial

El padre de Felix cansado de todo tipo de rumores sobre su hijo quiso casarlo por todos los medios. La conexión perfecta era con la sobrina del zar Nicolás II, la princesa Irina Aleksandrovna Romanov, a quien Felix conocía desde su juventud. La familia real de los Romanv no estaba en contra de casarse con la familia más rica de Rusia. Felix no estaba seguro de si “encajar para casarse” con sus tendencias homosexuales. Sin embargo, fue atraído por la belleza de Irina cuando la conoció por primera vez. “un día, cuando me fui, vi a una chica muy hermosa acompañada por una anciana. Nuestros ojos se encontraron y ella me impresiono tanto que tuve que sortear mi caballo para controlarlo”, escribió en sus memorias. Un día, en 1910, hizo una visita a Grobfürst al duque Alexander Mijaclovich estaba feliz cuando descubrió a la chica con la que se había topado en el camino. “Esta vez, tuvo suficiente tiempo para admirar la maravillosa belleza de la chica, que eventualmente se convirtió en mi esposa y compañera de toda la vida. Tenía hermosos rasgos faciales, como un camafeo y se parecía a su padre”.


Renovó su relación con Irina en 1913 y se sintió atraído por ella aún más. “era muy tímida y reservada, con cierto secreto para su encanto... poco a poco, Irina se volvió menos ansiosa. Al principio, sus ojos eran más elocuentes que su conversación, pero cuando se abrió más, he aprendido a admirar la agudeza de su inteligencia y el sentido común. No escondí nada de mi vida anterior a ella, y ella estaba muy lejos de ser molestada por lo que dije, ella mostró una gran tolerancia y comprensión”.

Aunque Irina entendió el salvaje pasado de Yusupov, sus padres no lo hicieron. Cuando ellos y su abuela materna la emperatriz viuda María Feodorovna, escucharon rumores sobre Felix, incluso quisieron cancelar la boda. La mayoría de las historias que se escucharon estaban relacionadas con el gran duque Dmitry Pavlovich, pariente de Irina. Se hablaba de que ambos eran amantes. Felix logro convencer al futuro padre de la falacia y la precipitación de su decisión. Irina mostro firmeza y reiteró que se casaría solo con él.


-matrimonio: ultimo esplendor de la realeza rusa

La boda tuvo lugar el 22 de febrero de 1914. Una espléndida ceremonia fue organizada, a la que la familia imperial y todo el mundo de San Petersburgo llego a felicitar a los jóvenes. E el medio día, la novia con sus padres y su hermano el príncipe Vasily Aleksandrovich condujo hasta el palacio de Anichkov en el carruaje delantero. Desde su propia entrada, la princesa Irina y sus padres se dirigieron al salón rojo, donde el emperador Nicolás II y la emperatriz María Feodorovna bendijeron a la novia por la corona.


En la boda, Irina utilizo un sencillo vestido en lugar del traje de corte tradicional. En la ceremonia, Irina uso una tiara de diamantes y cristal de roca, que obtuvo de la firma Cartier, y un velo de encaje, propiedad de Marie Antoinette. Fue este velo de la reina francesa que provoco todo tipo de comentarios, incluso de que traería mala suerte a la preciosa novia. El novio utilizo el uniforme de la nobleza, una levita negra de cuello y solapas bordadas en oro y nos pantalones de paño blanco.

“fue, recuerdo, una boda muy magnifica, a la que asistieron el emperador y toda la familia imperial. La novia, con la clásica pureza de sus rasgos, era muy hermosa, el novio con su abrigo trenzado en oro era muy guapo; había un brillo de joyas y adornos, de uniformes brillantes y vestidos de colores alegres para las mujeres. Y, sin embargo, de alguna manera había un extraño sentimiento de fatalidad y tragedia inminente, como si la amenaza de los años venideros ya estuviera proyectando una sombra sobre toda la gente reunida en aquel salón iluminado, mientras que fuera de las ventanas, las calles cubiertas, el rio helado, millones de campesinos y trabajadores, esperan sin aliento que desapareciera todo el esplendor” - Meriel Buchanan, damas de la corte rusa.
Ellos estaban claramente dedicados el uno al otro, a pesar de que, a veces, la conducta de Felix debió haber tratado de manera muy seria la paciencia de Irina. Nunca abandono se gustó por los hombres guapos y la aceptación de Irina sobre la sexualidad de su esposo sorprendió a muchos de sus amigos. Pero sabía que, a su manera, Felix la amaba y que podría proporcionarle el entendimiento, la lealtad y la amistad que nunca encontraría en otro lado. Lograron mantener su optimismo, humor y respeto mutuo por las necesidades de cada uno.

Felix e Irina pasaron su luna de miel en Europa y Medio Oriente. En Egipto cruzaron el Nilo, subieron a las pirámides y exploraron las frescas sombras de las antiguas ruinas del templo en el Valle de los Reyes. En Jerusalén, donde asistieron a los servicios de Pascua, una multitud de más de cinco mil turistas rusos se reunieron para animar a Irina como sobrina del zar. Pero el calor incesante resultó demasiado para el par, y rápidamente regresaron a los placeres menos exigentes del Continente.


Después de una estancia en Londres, Felix e Irina viajaron a Kissingen, el balneario alemán, para quedarse con sus padres, que estaban de vacaciones. El 28 de junio de 1914, llegó la noticia del asesinato del Archiduque Francisco Fernando y esposa Sophie Chotkova. En Kissingen, los Yusupov quedaron prácticamente aislados de las últimas noticias. Nadie creía en la posibilidad de una guerra europea. Pero los eventos en curso no pudieron ser detenidos. Llegó un telegrama de la Gran Duquesa Anastasia, esposa del Gran Duque Nicholas Nicholaievich, en el que aconsejaba a los Yusupov que regresaran a Rusia antes de que estallaran las hostilidades. Embalando sus cosas rápidamente, la familia y sus sirvientes abordaron el próximo tren para Berlín.

A su llegada a la capital alemana ellos reservaron en el Hotel Continental. A las pocas horas de su llegada, un escuadrón de policías llegó a su suite del hotel y amenazó con arrestar a toda la familia y a todos sus sirvientes. Los Yusupov se encerraron a sí mismos y a sus sirvientes en uno de los dormitorios y se negaron a salir; finalmente, la policía abrió la puerta y llevó a todos a la cárcel. En la estación, el inspector los interrogó a todos por última vez, sometiéndolos a insultos y advirtiendo que los que no habían salido de Berlin al anochecer serían encarcelados. Irina telefoneó a su prima, la princesa Cecilie, y le pidió que intercediera en su nombre con su suegro, el Kaiser. Unas horas más tarde, la princesa le informó a Irina que había hecho todo lo posible por influir en su suegro. El Kaiser había prometido que los Yusupov y sus sirvientes serían tratados bien, pero también que todos debían considerarse prisioneros de guerra. Les ofreció una opción de tres fincas en las que residir durante la guerra. Solo después de que el padre de Félix apeló al embajador español, la familia finalmente recibió permiso para abandonar Berlín y partir hacia Rusia.

-el asesinato de Rasputin

Tanto Felix como Irina conocían los rumores sobre la conexión de Rasputín con el empeoramiento de la situación política, lo que trajo consigo cada vez más disturbios, protestas políticas y violencia. Yusupov y sus compañeros conspiradores, incluido Dmitry Pavlovitch, decidieron que antes de que Rasputín destruyera el país debía morir. Felix comenzó a visitar a Rasputín, tratando de ganarse la confianza del campesino. Yusupov se acercó con la excusa de que lo curara de su enfermedad, necesitaba ayuda para superar sus impulsos homosexuales y disfrutar de una unión satisfactoria con Irina. Rasputín que intentaba seducir tanto a hombres como mujeres, tenía múltiples contactos con este círculo de aristócratas homosexuales, trato de seducirlo. Felix ofendido por ello e influido por el diputado de la duma Vladimir Purishkevich, decidieron planear el asesinato en su palacio.


En sus memorias Felix nos da su impresión cuando conocido por primera vez a Rasputín:

"Estábamos de regreso en San Petersburgo, donde pasaba la Navidad con mis padres antes de regresar a Inglaterra. Durante mucho tiempo había estado en términos amistosos con la familia G., y más particularmente con la hija más joven, que era una ferviente admiradora de las estrellas. Era una niña demasiado inocente para comprender su naturaleza ignominiosa, y demasiado ingenua como para formar una opinión imparcial sobre sus motivos. Era, según ella, un hombre de excepcional poder espiritual que había sido enviado al mundo para purificar y sanar nuestras Almas y para guiar nuestros pensamientos y acciones. Esta descripción extravagante me dejó escéptico, y aunque en ese momento no sabía nada definitivo sobre Rasputín, algo dentro de mí me hizo sospechar de él. Sin embargo, el entusiasmo de Mlle G. despertó mi curiosidad y le pregunté detalladamente sobre el hombre que tanto admiraba. Ella lo miró como un apóstol que viene directamente del cielo; no tenía debilidades humanas, ni vicios; cuya vida entera estaba dedicada a la oración. Escuché tanto sobre él que sentí que debía juzgarlo por mí mismo, y acepté una invitación para conocer los starets unos días más tarde en la casa de los G.

Los G.s vivían en el Canal de Invierno. Cuando entré en el salón, la madre y la hija estaban sentadas a la mesa de té, con la solemne expresión de personas esperando la llegada de un ícono milagroso que iba a traer una bendición divina a la casa. Al poco rato, la puerta se abrió y Rasputin entró con breves pasos rápidos. Se acercó a mí y dijo: "Buenas noches, mi querido muchacho", y trató de besarme. Me retiré instintivamente. Sonrió maliciosamente y, acercándose a Mlle G. y luego a su madre, los abrazó con calma y les dio a cada uno un beso rotundo. Desde el principio, su autoestima me irritó, y había algo en él que me disgustaba. Era de estatura media, musculoso y delgado. Sus brazos eran desproporcionadamente largos, y justo donde crecía su desaliñada mata de pelo había una gran cicatriz, que descubrí más tarde fue la marca de una herida recibida durante uno de sus robos en Siberia. Parecía tener unos cuarenta años y, con su caftán, pantalones holgados y grandes botas altas, se veía exactamente lo que era: un campesino. Tenía un rostro bajo y vulgar, enmarcado por una barba peluda, rasgos toscos y nariz larga, con pequeños y oscuros ojos grises hundidos bajo pesadas cejas. La extrañeza de su actitud era desconcertante, y aunque afectaba una actitud libre y fácil, uno sentía que estaba enfermo y sospechoso. Parecía estar constantemente mirando a la persona con la que estaba hablando.

Rasputín permaneció sentado por unos momentos, luego comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación con sus cortos pasos rápidos, murmurando entre dientes. Su voz sonaba hueca, su pronunciación indistinta. Bebimos té en silencio mientras lo mirábamos, Mlle G. con entusiasta atención, con gran curiosidad. Pronto se sentó y me dirigió una mirada penetrante. Comenzo a hablar en el tono de un predicador inspirado desde arriba, citando al Antiguo y Nuevo Testamentos al azar, a menudo distorsionando su significado real, lo que era un tanto confuso.

Mientras hablaba estudié sus rasgos de cerca. Había algo realmente extraordinario en su rostro campesino. Él no era en absoluto como un hombre santo; Por el contrario, parecía un sátiro lascivo y malicioso. Me impresionó particularmente la expresión repugnante en sus ojos, que eran muy pequeños, muy juntos, y tan hundidos en sus cuencas que a la distancia eran invisibles. Pero incluso a corta distancia a veces era difícil saber si estaban abiertos o cerrados, y la impresión que uno tenía era el de ser perforado con agujas en lugar de ser simplemente mirado. Su mirada era penetrante y taciturna; Su dulce e insípida sonrisa era casi tan repugnante como la expresión de sus ojos. Había algo de base en su rostro untuoso; algo perverso, astuto y sensual. Mlle G. y su madre nunca le quitaron los ojos, y parecía beber en cada palabra que hablaba.

Al cabo de un rato, Rasputín se levantó y me dirigió una mirada suave e hipócrita, apuntando a Mlle G. y dijo: "¡Qué amiga fiel tienes en ella! Debes escucharla, ella será tu esposo espiritual. Sí, ella ha hablado muy bien de ti, y ahora también veo que los dos están bien y bien adaptados el uno al otro. En cuanto a ti, mi querido muchacho, llegarás lejos, muy lejos”. Con estas palabras, salió de la habitación. Cuando me fui, mi mente estaba llena de la extraña impresión que me había causado”.


El 16 de diciembre de 1916, la noche del asesinato, Felix invito a Rasputín a su residencia en el palacio de Moika y le dijo que Irina estaba allí y que tendría la oportunidad de conocerla. Rasputín a menudo había expresado interés en una reunión con la hermosa princesa de 21 años. Irina no estaba en ese momento pero estaba al tanto de que Felix había hablado del asesinato de Rasputín y que originalmente se había pensado para participar en el asesinato. “también debes participar en él”, le escribió Felix antes del asesinato, “Dmitry lo sabe todo y ayuda. Se llevara a cabo a mediados de diciembre cuando él regrese”.

A finales de noviembre de 1916 Irina le escribió a Felix: “gracias por su insana carta. No entendí la mitad de eso. Veo que vas a hacer algo salvaje. Ten cuidado de no involucrarte en ningún negocio oscuro. Lo más sucio es que has decidido hacerlo sin mí. No sé cómo puedo participar en el ahora, después de que todo está arreglado... en una palabra, ten cuidado. Veo por tu carta que estas en un estado de entusiasmo salvaje y estás listo para escalar una pared...”. Felix respondió el 27 de noviembre de 1916 “su presencia a mediados de diciembre es importante, el plan fue elaborado en detalle y está hecho en tres cuartas partes, y solo falta el final, y para ello estamos esperando tu llegada. El asesinato es la única manera de obtener una situación que es casi desesperada... tu servirás de cebo... por supuesto, no lo diré a nadie”. Una asustada Irina regreso repentinamente a la planificación el 3 de diciembre y para el 9 de diciembre cumplió con su trato de enviar una nota a Rasputín expresando su deseo de conocerlo.


Las suplicas de Irina fueron en vano. Su esposo y sus compañeros conspiradores se quedaron sin ella de acuerdo con el plan. Después del asesinato de Rasputín, el zar desterró tanto a Yusupov como a Dmitry Pavlovich. Felix fue enviado a Raktnoje y Dmitry fue exiliado en el ejército al frente persa. El zar Nicolás II abdico a principios de marzo, él y su familia quedaron bajo arresto domiciliario y finalmente en poder de los Bolcheviques en Ekaterinburgo el 17 de julio de 1918. Su decisión de exiliar a Felix y Dmitry significo que pertenecían a los pocos miembros de la familia Romanov que escaparon a la ejecución durante la revolución.

domingo, 1 de octubre de 2017

EL MATRIMONIO DE MADAME CLOTILDE CON EL PRÍNCIPE PIAMONTE (1775)


 La princesa María Adelaida Clotilde nació en Versalles el 23 de septiembre de 1759. El nacimiento de la niña fue tan precipitado que altero todas las reglas de la etiqueta del tribunal. La delfina Maris Josefa no pensó en dar a luz en el corto plazo e imputo la contaminación habitual al final de todo embarazo. Una niña nació en presencia de su padre, el delfín Luis Fernando.

Inmediatamente después del bautismo, la niña es entregada a la institutriz de los hijos de Francia. Cuatro jóvenes príncipes tienen el honor de contemplar a su nueva hermana pequeña: Luis José, de ocho años, duque de Borgoña; Luis Augusto, de cinco años, duque de Berry; Luis Estanislao Javier, de tres años y medio y Charles Philippe de un año y medio. Mientras la madre se está recuperando, el padre parece regocijarse con la llegada de su hija después de una cascada de chicos.

Clotilde retratado a los tres años junto a su hermano el conde Artois, dos años mayor. François Hubert Drouais representa a los niños despreocupados en compañía de una cabra en una felicidad pacífica y bucólica.. Esta imagen es probablemente demasiado idílica para ser verdad.
La princesa pronto revelo un temperamento placido y dulce, fundamentalmente bueno y generoso. Su educación religiosa y las reglas del decoro al alto grado de perfección inherente a su rango real le dieron el sentido de la rectitud, el deseo de aprender, la caridad, la ignorancia del vicio y el deseo constante de permanecer ocupada. Estos principios de la educación inculcados a una edad temprana en la mente de una niña impregnaron el curso de su vida por venir.

La tuberculosis golpeo a los niños de Francia. El delfín Luis Fernando murió a sus treinta y seis años el 20 de diciembre de 1765. La delfina le sobrevivió quince meses y murió el 13 de mayo de 1767. A partir de entonces, las princesas Clotilde y Elisabeth se acercaron instintivamente a la persona más cercana a ellas en su vida cotidiana, su institutriz, la condesa de Marsan.

Clotilde alcanzo los diez años de edad el 23 de septiembre de 1769. Ella era solo una princesa niña, pero ya se estaba formando proyectos informales de matrimonio. Sin duda todavía no tiene conocimiento de lo que se proyecta para ella. Más concretamente, su entrada oficial a la corte está avanzando rápidamente y corresponde a la condesa de Marsan instruirla en los detalles más pequeños sobre el protocolo vigente en Versalles. Por otra parte, la apariencia de Clotilde no le presto ventaja. Sus facciones, demasiado adornadas con una gran comodidad subrayada por los ojos sombreados por una vigente suavidad. La cara entera reflejaba un mentón pesado, un ovalo incierto, una nariz ligeramente larga y delgada. La única belleza era poseer una hermosa cabellera y abundante como su difunta madre. En los albores de la adolescencia, Clotilde era anormalmente regordeta. Según madame de Campan: “esta princesa era tan grande en su infancia que el pueblo le había dado el sobrenombre de madame Gros”.
 
madame Clotilde tocando la guitarra.
Muy pronto su presencia es necesaria durante las múltiples ceremonias de etiqueta y las fiestas que marcan el ritual monárquico de la dinastía. El 24 de abril de 1770, asistió al matrimonio de sus primos, el duque de Borbón con Luisa Batilde de Orleans. Estas bodas principescas, sin embargo, representan solo un anticipo del matrimonio de su hermano Luis Augusto con la archiduquesa de Austria María Antonieta prevista para el 16 de mayo.

En septiembre de 1773 debido a los rumores sobre su matrimonio con el príncipe Carlos Emmanuel de Saboya hicieron que la señora Marsan preparara a su alumna para su futuro papel de esposa de un príncipe heredero de una monarquía extranjera. Fue en el corazón de esta vida pacifica que el 10 de mayo de 1774, llego a golpear a Francia y la familia real la muerte del viejo Luis XV. El delfín tomo el nombre de Luis XVI, sin embargo la vida continúo sin cambios, ciertamente una nieta de un rey, se convirtió en la hermana de un rey reinante, pero por los méritos de su vida cotidiana se mantuvo sin cambios. Sin embargo, en las salas, la cuestión de su matrimonio con el príncipe de Piamonte continúo agitando a la familia real y los ministerios.

Charles-Emmanuel IV de Saboya, rey de Cerdeña.
En Versalles, el nuevo ministro de relaciones exteriores, el conde Vergennes era favorable a una tercera alianza con la casa Saboya. Creía que la presencia de una princesa francesa de Turín contrarrestaría la influencia expansionista de los Habsburgo en la península italiana. La emperatriz María teresa había colocado dos de sus hijas en los tronos de Parma y Nápoles, mientras que dos archiduques ocuparon posiciones estratégicas soberanas en la toscana en Florencia, Módena y Milán. Por su parte, la casa Saboya había escapado por elección política de las aberturas de Austria, el rey Víctor amadeo III había dado prioridad a la alianza francesa por haber concedido dos de sus hijas a los borbones.

El juego no se jugó por adelantado y las negociaciones matrimoniales entre los franceses y los estados Piamontés todavía estaban funcionando. Luis XVI, como su ministro Vergennes, triunfo en esta alianza, pero al otro lado de los Alpes, Víctor amadeo III, seguía dudando sobre el rumbo que había que tomar. Un año antes, en marzo de 1773, su embajador, el marqués de La Marmona le escribió: “por el tamaño y la figura, no hay más hermosa princesa que la señorita Clotilde, ya sea por sus rasgos o por la gentileza, las gracias, la comodidad de su mente y el carácter”.

Víctor amadeo no tenía ninguna duda, pero el sólido cuerpo de Clotilde lo dejo perplejo y es posible que el joven Charles Emmanuel de Saboya tuviera algunas objeciones. Así que fueron las opulentas formas de “Gros madame” las que despertaron tantas dudas en la corte de Turín.


Fue sin contar la buena voluntad dinástica de las cuñadas de Clotilde que entraron en silencio en la escena para unir a la princesa con su hermano Piamonte. Tan pronto como Luis XVI, montado en el trono, la condesa de Provenza intrigaba bajo su mano. Junto con el embajador de Cerdeña, el conde Viry, eran conscientes de los prejuicios de María Antonieta, hostil en principio a un tercer matrimonio de Saboya y “hostigamientos que la reina no podía mas que despertarlos”. Al comienzo del reinado de hecho, Luis XVI aprecio lo suficiente a su hermana, que según Viry era “muy avergonzado, o en ocasiones le daría señales de amistad y confianza”.

A principios del año 1775, las negociaciones diplomáticas estaban muy avanzadas y Víctor amadeo III delego en Versalles dos personas de confianza para juzgar a “Gros madame”. Las conclusiones del SR. de Saint-Germain y de madame de Aglie, gobernador y camarera del príncipe de Piamonte, convenció al rey de Cerdeña, que consideraban que “si la objeción fuese su excesivo tamaño, un carácter excelente lo compensaría”. De Turín a Versalles se decidió el matrimonio. La ceremonia por procuración, después la partida de Clotilde para Saboya y luego para Italia se fijó para el mes de agosto. Solo seis meses separaron los últimos momentos de Clotilde en Francia y la recepción de su nuevo país a una princesa de quince años.

Charles Emmanuel IV, by Giovanni Panealbo
El matrimonio de Clotilde causaría un gran dolor a María Antonieta. Durante el mes de julio se enteró de la partida del conde de Provenza y su esposa, quienes fueron autorizados a seguir a la nueva princesa Piamonte a su país de adopción y permanecer “una quincena de incognito”. La reina escribió que “es espantoso que no pueda esperar la misma felicidad”. María Antonieta pisoteada, se había encerrado en sus aposentos para llorar, mientras el conde y condesa de Provenza expresaban su alegría. No podía dejar de pensar que María Josefina vería a su familia de nuevo, mientras que su hermano José era lento para visitarla.

La boda de Clotilde fue un matrimonio estatal, pero dos ceremonias simbólicas precedieron a sus consagraciones. El 8 de agosto de 1775, la petición oficial fue hecha por el conde Viry en el nombre del rey Víctor amadeo III. El señor de Tolozan, presentador de los embajadores en Versalles y el príncipe de Marsan, le dieron la bienvenida al embajador en gran pompa, enmarcado por los setos de honor de los guardias franceses y de los guardias suizos. Desde la sala de los embajadores, Viry, enmarcado por la suite Piamontesa y escoltada por los guardias de la Porte, entro en la escalera de mármol para entrar en el gabinete real. Luis XVI y Viry intercambiaron las fórmulas de uso de cortesía “pero la solemnidad de la ceremonia fue, sin embargo, templado por los sentimientos del rey”. La cesta de la presente es hermosa, hay 1,5 millones de libras de diamantes. Ese día el embajador ofreció a madame Clotilde en nombre de su prometido, el príncipe Piamonte, dos brazaletes de diamantes.

Grabado que representa al príncipe ya la princesa del Piamonte.
El 11 de agosto, en honor antes de su partida, Clotilde es presentada por María Antonieta en la opera. La ceremonia de compromiso tuvo lugar en un ritual similar al de la presentación, en presencia de la soberana, la reina, los príncipes y las princesas y sus servicios de honor, Clotilde fue el centro de todos los ojos del gabinete del rey, la princesa entro y le dio al conde Artois una mano, mientras que madame Elisabeth llevaba la cola de su manto de gasa dorada, Vergennes y Malesherbes, hicieron publica la lectura del contrato matrimonial y la dote se fijó en tres millones de libras. El 21 de agosto se llevó a cabo el matrimonio por poder de acuerdo con una codificación invariable de la corte de Francia durante generaciones.

En cuanto a la reina de Cerdeña, le escribió desde Versalles que “el tiempo se acerca y me entrego por completo al estudio para complacer a su majestad y ofrecerle toda mi atención”. En Choisy, Elisabeth estaba tan aferrada a Clotilde en el momento de la partida que María Antonieta tuvo que separar suavemente de su hermana amorosa. La princesa de Piamonte se marchó al fin, pero antes de llegar a Saboya comenzó un largo viaje. Como de costumbre, los servicios de la casa del rey habían organizado todos los preparativos por adelantado. Más de cien personas acompañaron a la hermana de Luis XVI.

Matrimonio de Marie Clotilde de Francia con el príncipe de Piamonte en agosto de 1775
Como su institutriz, madame de Marsan siguió a su alumna, pero su tarea terminaría allí. Clotilde se despidió de su familia, de Versalles, de la corte, de Francia, pero desde lo más profundo de su carruaje, los sentimientos la animaron, cuando los primeros movimientos de las ruedas de su carruaje se sacudieron hacia su nueva patria.

En Pont-Beauvoisin en los Guiers, que marca la frontera natural entre Francia y el ducado de Saboya, se llevó a cabo la ceremonia ritual de la hermana de Luis XVI y dignatarios diligentes por Víctor amadeo III. La noche del 5 de septiembre fue ocupada por la presentación de la nueva casa de honor de la princesa Piamonte. Grandes damas de la corte de Turín se sumergieron en una reverencia ante Clotilde. Luego hubo fuegos artificiales y una gran cena que unió las suites francesa y piamontesa.

Miniaturas de Marie Clotilde y su esposo, Charles Emanuel
Fue el 6 de septiembre de 1775, que la ceremonia se celebró en todas sus formas. A ambos lados de ella frontera, los oficiales rindieron honores mientras Clotilde pasa por debajo de un arco de triunfo en el puente de Ghiers que marca la entrada en el territorio Saboya. Desde el palacio temporal que se erige para la ocasión, la princesa entra en la habitación para ser vestida y adornada al estilo Piamontés por sus nuevas damas de honor.

Fue en este vestidor ceremonial que poco después su prometido, Charles Emmanuel de Saboya, príncipe real de Piamonte, se unió a ella. Él entro y quiso besarle la mano, pero ella se arrojó sobre su cuello y lo beso diciéndole: -”usted me encuentra gorda?” - “te encuentro encantadora, tu harás mi felicidad”- le respondió el príncipe.

Charles Emmanuel IV de Cerdeña, príncipe de Piedmonte.
Desde entonces, la piadosa esposa de Víctor amadeo III, la reina María Antonieta Ferdinanda, considero a Clotilde su verdadera hija. La hermana de Luis XVI rápidamente atrajo la exaltada estima de la familia real hasta el punto de atraer a toda la corte a sus alrededor. Era tiempo, sin embargo, de regresar a Italia y Turín, la capital, que estaba impaciente por ver a su nueva princesa francesa.

El 30 de septiembre la inmensa procesión entro a Turín. Clotilde vio y saludo a miles de Turineses que se agolpaban. El entusiasmo de los italianos, sin embargo, no era ciego a las formas de su futura reina! En un rugido ensordecedor, Clotilde percibe sus palabras: -”cual grande es!”. Fue entonces cuando su suegra, la reina le dijo como una filosofa: “no es nada mi hija!” cuando vine aquí gritaban: “dios, ella es fea!”.
 
Clotilde de Leclerc, actualmente en Turín