miércoles, 12 de febrero de 2020

IMPRESIONES DE CHATEAUBRIAND SOBRE LOUIS XVI ET MARIE ANTOINETTE

Retrato de  Chateaubriand Anne-Louis Girodet-Trioson
 François-René, vizconde de Chateaubriand (1768 - 1848) fue un diplomático, político y escritor francés considerado el fundador del romanticismo en la literatura francesa. En 1786 se alistó en el ejército y conoció a Luis XVI y la pompa de Versalles. Ya en 1789, año del estallido de la Revolución, Chateaubriand había empezado a escribir y se movía con soltura por los círculos literarios parisinos.

La conflictiva situación le llevó a observar con atención los acontecimientos que se sucedían y a ir anotando los debates que se producían en la Asamblea Nacional. Se mostró partidario de la monarquía constitucional y absolutamente contrario al proceso revolucionario, aun antes de que miembros de su propia familia —de la vieja aristocracia bretona— fueran ejecutados y él mismo perseguido.

Chateaubriand escribiendo sus Memorias de ultratumba, 1848-1850, durante su viaje a Thionville. Grabado.
Aquí un pequeño extracto sobre su impresión cuando conoció a Luis XVI y a Marie Antoinette en Versalles en 1787:

“a la mañana siguiente fui solo al palacio. No había visto nada nuevo en la pompa de Versalles, incluso después de la disolución de la antigua casa real de Luis XIV. Todo salió bien siempre que solo tuviera que pasar por la sala de guardia: la exhibición militar siempre me ha complacido y nunca me ha impresionado. Pero cuando entre a la galería de los espejos y me encontré entre los cortesanos, comenzó mi angustia. Fui examinad, los escuche preguntar quién era yo, hay que recordar el antiguo prestigio de la realeza para darse cuenta de la importancia de una presentación en esos días…

Cuando se anunció el Toilette del rey, las personas que no se presentaron se retiraron, sentí un impulso de vanidad: no estaba orgulloso de quedarme, pero debería haberme sentido humillado al irme. La puerta de la recamara del rey se abrió; vi al rey, según la costumbre, completar su baño, en otras palabras, tomar su sombrero de la mano del primer señor de la espera. El rey vino hacia mi camino a misa; me incline a su paso, el mariscal de Duras menciono mi nombre:

-“señor, el caballero de Chateaubriand”

grabado de Louis XVI.
El rey me miro, vacilo, pareció querer dirigirse a mí. Debería haber respondido audazmente: mi timidez había desparecido. Hablar con el general del ejército, con el jefe del estado, me pareció bastante simple, aunque no podía explicar lo que sentía, la vergüenza del rey era mayor que la mía, no se le ocurrió nada que decirme y paso. La vanidad de los destinos humanos: este soberano a quien vi por primera vez, este poderoso monarca era Luis XVI, ¡pero seis años alejado del andamio!... Luis XVI podría haber respondido a sus jueces como Cristo respondió a los judíos: “muchas buenas obras que te he mostrado… ¿por cuál de esas obras me apedreas?”

Nos apresuramos a la galería para encontraremos en el camino de la reina a su regreso de la capilla. Pronto apareció a la vista, rodeada de un séquito reluciente y numeroso; ella nos hizo una cortesía majestuosa, ella parecía embelesada con la vida. ¡Y esas hermosas manos, que en ese momento llevaba con tanta gracia el cetro de tantos reyes, estaban destinadas, antes de ser obligadas por el verdugo, a reparar los harapos de la viuda, prisionera en la Conciergerie!.

grabado de Marie Antoinette
El 19 de febrero de 1787, el duque de Coigny fue enviado para informarme que debía cazare con el rey en el bosque de Saint-Germain. Salí temprano en la mañana hacia mi castigo, con el uniforme de un debutante… el duque de Coigny nos dio nuestras instrucciones: nos advirtió que no interrumpiéramos la cacería…

Los tambores tocaron el saludo: una voz dio la orden de presentar las armas. Ellos gritaron: “el rey!”. El soberano salió de la casa y entro a su entrenador, nos montamos en los siguientes entrenadores. Fue un largo grito de esta expedición de caza con el rey de Francia a mis expediciones de caza en los páramos de Bretaña, y aún más a mis expediciones de caza con los salvajes de América: mi vida debía estar llena de estos contrastes.

Llegamos al punto de reunión, donde varios caballos de silla, sostenidos en la mano debajo de los árboles, mostraban signos de impaciencia. Los entrenadores dibujados en el bosque con los guardianes de los grupos de hombres y mujeres, los cazadores retenidos con dificultad; el aullido de los sabuesos, el relincho de los caballos, el sonido de los cuernos componían una escena muy animada. Los grupos de caza de nuestros reyes recordaban las antiguas y nuevas costumbres de la monarquía, los pasatiempos groseros de Clodoveo, Chilperico y Dagoberto y las galanterías de Francisco I, Enrique IV y Luis XIV”.

domingo, 26 de enero de 2020

EL MATRIMONIO DEL CONDE DE PROVENZA (1771)


A principios de la década de 1770, el matrimonio del delfín con una archiduquesa sello la alianza franco-austriaca, otra alianza matrimonial emergió detrás de las escenas en el castillo de Versalles. Luis XV tuvo otros nietos para casarse, los muchachos, el conde de Provenza y conde Artois. Discretamente, el soberano activa las palancas de su máquina diplomática para sondear las intenciones de los otros tribunales europeos.

Luis XV había decidido, ya tenía su elección para el conde de Provenza: se uniría a María Josefina de Saboya, nieta del rey de Piamonte-Cerdeña, Charles Emmanuel III. Después de Austria, Francia opta por la alianza de Saboya. Durante cuatro siglos el primitivo condado de Saboya ha hecho un cruce ascendente por la obtención de un rango ducal para desarrollar luego su influencia en el norte de Italia con la incorporación del floreciente país de Piamonte y parte de la Milanesa. Desde entonces, la prudente dinastía de Saboya había obtenido al final de los grandes tratados internacionales una corona real y la isla de Cerdeña.

Marie-Joséphine pequeña por Giuseppe Duprà .
Las maniobras preliminares que preceden a cualquier boda principesca se llevan a cabo sin problemas: discurso oficial de propuesta de matrimonio el 3 de noviembre de 1770 y envió del barón de Choiseul a Turín para representar los intereses del rey de Francia. Fue en este momento que María Josefina recibió el retrato de su futuro esposo en brazalete montado en miniatura.

La ceremonia del matrimonio por poderes se celebra el 21 de abril en Turín en la capilla de St. Shroud. Charles Emmanuel, el hermano mayor de la novia, representa al conde de Provenza. Al día siguiente, comienza el viaje, una procesión imponente de 9 carruajes escolta a la princesa de Saboya. Su familia se despide en Rivoli. De ahora en adelante ella está separada de sus raíces.

El 2 de mayo, llega a la frontera en pont-de-Beauvoisin. Esta es la ceremonia de entrega estrictamente codificada por la etiqueta, María Josefina ahora pertenece a Francia. El duque de Saint-Megrin se encarga de recibirla y el 12 de mayo, la princesa se encuentra con su nueva familia en el bosque de Saint-Herem, cerca de Fontainebleua. Desde el principio, desde el momento en que la princesa baja de su carruaje, se puede leer la decepción o la consternación en casi todas las caras. El conde Mercy comento: “su semblante es frió, avergonzado, había poco, sin gracia y no tiene nada que sea necesario para complacer a esta nación”.

El conde de Provenza, futuro Luis XVIII. Castillo de Versalles, artista Jean-Marc Manaï.
Pisandant de Meirobert en Secret Memories: "esta princesa es muy oscura: tiene ojos bonitos pero cejas muy gruesas y sombreadas, una frente pequeña, una nariz larga y enrollada, un plumón ya muy marcado en los labios”. Luis XV al infante Fernando de Parma: “acabo de recibir a la condesa de Provenza, está muy bien hecha, no es alta, tiene ojosa muy hermosos, una nariz mala, la boca mejor que ella, fuerte cabello castaño y cejas y piel perfecta para una morena” y más tarde “sin ser bonita, es muy agradable y si hubiera sido unos años más joven después de verla me la habría tomado”.
El 14 de mayo de 1771, la boda se celebra en la capilla real de Versalles. Si María Josefina con su vestido de brocado cumple escrupulosamente los ritos de la ceremonia, Luis Estanislao deja que su alegría explote. Pronuncio un “si” tan fuerte que “hubiera querido que se escuchara hasta Turín”. Luis XV quería un brillo idéntico al matrimonio que se le había dado al delfín un año antes. Después de año de revuelta parlamentaria y el desastroso tratado de parís de 1763, el rey quería mejorar el prestigio de la monarquía al dar un boato real para las alianzas de sus nietos. En la noche del 14 de mayo, los Grand Apartaments están abiertos. Más de 600 funcionarios judiciales y 4500 personas están invitadas.

Boda del conde de Provenza, 14 de mayo de 1771 | Versalles
Al día siguiente, Luis Estanislao, de quince años, le dice a su abuelo que ha estado “feliz cuatro veces”. Lo que significa en lenguaje moderno que honró a su esposa cuatro veces. ¿Sería un campeón temprano de los placeres de Eros? Un silencio de plomo rodea la noche de bodas. La tesis más aceptada hoy radica en el hecho de que la unión de Provenza no se consumió el 14 de mayo. El joven prefirió mentir en lugar de soportar los ruidos maliciosos de los que era objeto su hermano mayor.

Pero si la novia está lejos de ser seductora, su esposo no es un Adonis. Los retratos del nieto más joven de Luis XV nos muestra un joven con una cara llena de plenitud pero realzada con hermosos ojos negros expresivos. Es un peso anticuado y se balancea como un gallo de jardín. Su salud no es brillante: sujeto a la glotonería, tiene indigestión frecuente y brotes de fiebre. Durante una enfermedad en 1772, perdió todo su cabello. Luis Estanislao se ve obligado a usar peluca. Maris Josefina no encontrara nada mejor con el apodo de “príncipe Tignasse”.

Allegorie sur la mariage du Comte de Provence , 1771 Grabado, reelaborado con lápiz y tinta marrón y negra. artista Gabriel de Saint-Aubin. Galería Nacional de Arte, Washington, DC.
Un año más joven que su esposa, el conde de Provenza es un príncipe secreto, pero no le falta inteligencia ni espíritu. Príncipe culto, conoce bien las letras clásicas, una bulímica lectura. Pero Luis Estanislao, segundo heredero después del delfín, es devorado por la ambición de los hermanos menores: la de ascender al trono. Esta celoso de su hermano a quien considera menos inteligente y capaz que él. Los dos hermanos sospechan el uno del otro. Si todavía tienen el ímpetu de la camaraderia franca, un poco provoco discusiones, incluso peleas.

Por su parte la nueva condesa no se adapta al ceremonial de Versalles, el embajador de Cerdeña, La Marmora, tiene el mandato de informar a su soberano la insatisfacción de Luis XV; esto es lo que el embajador escribió el 17 de febrero de 1772: “pero lo que parece más esencial son los cuidados de adorno y limpieza, y es bueno que su excelencia sepa que no solo no podemos lograre que la princesa se deje peinar cuidadosamente… afirman que ella descuida la boca, que no hace suficiente uso de los baños y se niega a hacerlo. Estas cosas son adoptadas, al menos aquí ya sea para la limpieza diaria o para evitar las molestias de las emanaciones que la agitación del baile o el calor puede producir”.
  
Marie-Joséphine señalando un busto de su esposo con un retrato de su padre.
Es desastroso! Porque la condesa de Provenza no solo se ve afectada por cejas extraordinarias, sino que no se lava los dientes y olvida el resto de su cuidado personal. Desafortunadamente la princesa nunca se librara por completo de su pereza. Si acepta afeitarse las cejas, usara perfumes y maquillaje con moderación.

Este problema se basa en otro, el de su vida de casada. Porque no solo María Josefina está muy descuidada, sino que es fea, lo suficiente como para disgustar a su esposo. Por su parte, la patria de la princesa de Saboya, el rey de Piamonte-Cerdeña en mente, comenzó a mostrase impaciente con el tratamiento del que es víctima su hija. Si Luis XV es muy amble con ella, se niega a resolver el conflicto oculto entre la delfina y su cuñada.

detalle: Louis-Stanislas-Xavier de France, comte de Provence por Francois -Hubert Drouais.
Las jóvenes son ellas mismas las embaucadas de esta camarilla que las supera. Sin embargo, sin constantemente solicitadas por los embajadores que defienden sus intereses en Francia. El conde Mercy para María Antonieta y el conde Viry para las condesas de Provenza y Artois.

El reinado de Luis XV llega a su fin. La muerte prematura del rey, el 10 de mayo de 1774, proporcionara a la condesa de Provenza un rango eminente dentro de la dinastía. Un viento de juventud y optimismo sopla sobre Versalles ¿María Josefina lograra honrar a su rango de segunda dama del reino?.

domingo, 19 de enero de 2020

MARIE ANTOINETTE SE REUNE CON DUMOURIEZ (1792)

Retrato de Charles François Dumouriez.Artista: Charles Rauch
 Mientras Luis XVI pasaba por una profunda depresión, la sangre de María Teresa hervía en las venas de María Antonieta. Las escenas que había presenciado a veces le producían sollozos y gritos de angustia. Su orgullo se rebelaba al ver el manto real, la corona y el cetro arrastrados a través del lodo. Quería luchar hasta el final, esperar contra toda esperanza, aferrarse a las últimas oportunidades de seguridad como un marino naufragado a los fragmentos de su barco.

Podría encontrar defensores donde menos lo esperabas. Por este motivo, deseaba conocer a Dumouriez, como había conocido a Mirabeau y Barnave. Dumouriez ha conservado los detalles de esta entrevista en sus memorias. Como habían cambiado los tiempos! El secreto era casi necesario si uno buscaba el honor de hablar con la reina de Francia. Incluso saludarla era exponerse a la sospecha de pertenecer al comité austriaco pretendido que era el objeto perpetuo de la invectiva popular.

Cuando Luis XVI dijo a Dumouriez que la reina deseaba una entrevista privada con él, que el ministro no estaba del todo satisfecho. Pensó que era un paso inútil que podría ser mal interpretado por todas las partes. Sin embargo, él tiene que obedecer. Había recibido una orden de bajar a ver a la reina una hora antes de la reunión del consejo. Podría ser lo más pronto posible, tomo la precaución de llegar media hora tarde a este peligroso encuentro.

General Dumouriez por Jean-Sebastien Rouillard (1834).
Le habían presentado a María Antonieta el día de su nombramiento como ministro. Luego le había dirigido varias palabras, pidiéndole que sirviera bien al rey, y él le había respondido con una frase respetuosa. Desde entonces no la había visto. Cuando entro en su habitación, encontró a la reina sola, muy enrojecida y caminando de un lado a otro en una agitación que prometía una entrevista muy animada.

Ella se le acerco con aire de majestuosa irritación: “señor! –ella exclamo- usted es todopoderoso en este momento, pero es por el favor de la gente, que pronto rompe sus ídolos. Su existencia depende de su conducta”. Dumouriez insistió en la necesidad de respetar escrupulosamente la constitución, que María Antonieta no estaba dispuesta a hacer. “no dudara, ¡cuídese! –dijo ella alzando la voz. “madame –respondió el ministro- tengo más de cincuenta años, me he encontrado con muchos peligros durante mi vida, y al ingresar al ministerio comprendí perfectamente que la responsabilidad no era el mayor de mis peligros”.

“no faltaba más que calumniarme –grito la reina con lágrimas en los ojos- parece que me crees capaz de asesinarte”. Agitado tanto como la soberana, “Dios me guarde –dijo Dumouriez- de una ofensa grave! El carácter de su majestad es grande y noble. Usted ha dado pruebas de lo que admiro”. María Antonieta se calmó. “cuénteme señora –dijo el ministro- no tengo ningún interés en engañarla, y aborrezco la anarquía y el crimen tanto como usted lo hace… esto no es, como parece pensar, un movimiento popular y transitorio. Es la insurrección casi unánime de una gran nación contra los abusos inveterados… no veo nada en la revolución que no sea el rey y la nación en su conjunto, todo lo que tiende a separarlos conduce a su mutua ruina; estoy haciendo todo lo posible por reunirlos y es de su parte ayudarme”.
  
Dumouriez, habiendo pasado por el más ardiente de los jacobinos, era sensible a la situación del rey. Los realistas acusaron a Dumouriez de traición; parece, sin embargo, que su objetivo principal era servir a la familia real de manera más efectiva.
La reina parecía estar convencida. Cuando se vio obligada a llamar su atención sobre el reloj, ya que había llegado la hora de la reunión del consejo, ella lo despidió muy afablemente. Si podemos darle crédito a madame Campan, que también dio cuenta de esta entrevista, la impresión fue apenas buena: “ella le había dado una audiencia, que, cuando estaba sola con ella, se había arrojado a sus pies y le había dicho que, aunque se había llevado el gorro rojo a las orejas, no era un jacobino; que se permitió que la revolución cayera en manos de una multitud de desorganizadores que, buscando solo el saqueo, capaces de todo, y podían proporcionar a la asamblea un ejército formidable, listo para socavar el apoyo de un trono Que ya está demasiado conmocionado. Mientras hablaba con extremo calor, había tomado la mano dela reina y, besándola respetuosamente le dijo: “permítase ser salvada!”. La reina me dijo que las protestas de un traidor no podían ser creídas y que todas su conducta era tan conocida que, sin duda, lo más sabio seria no confiar en él”.

Mientras tanto el peligro aumenta constantemente. Incluso las puertas de las Tullerias ya no estaban cerradas. Los vendedores ambulantes de panfletos viles y sátiras sanguinarias contra la reina vendían sus infames productos bajo las ventanas del palacio, la asamblea nacional ni siquiera se atrevió a censurar semejante bajeza. El 4 de junio, un diputado cito los títulos de los siguientes artículos en el diario de Freron: “el puercoespín coronado, un animal constitucional que se comporta de manera inconstitucional” – “crímenes de M. Capet desde la revolución” – “decreto que se aprueba prohibiendo a la reina dormir con el rey” – “la tigresa real, separada de su digno esposo, para servir como rehén”.
 
Dumouriez, que había compartido durante mucho tiempo los prejuicios que existían en público contra la reina, se había reprochado amargamente su injusticia, ya que, al acercarse a su persona, había sido capaz de juzgar la perfección de su carácter y su personalidad.
La asamblea escucho, pero no tomo medidas. No se impuso ninguna restricción adicional sobre el desorden moral o material. La anarquía mostro una ferocidad epiléptica sin nombre. Nunca la prensa había estado más furiosa y licenciosa. Era un torrente de barro, hiel y sangre. “ves que estoy molesta –dijo la reina a Dumouriez en presencia de luis XVI- no me atrevo a ir a la ventana para mirar el jardín. La noche anterior, necesitando un poco de aire, me mostré en la ventana que daba al patio. Un artillero que pertenecía a la guardia me apóstrofico de manera insultante y añadió: “que placer me daría tener su cabeza al final de mi bayoneta!” en ese jardín espantoso, un hombre parado en una silla lee horrores contra nosotros. Ah! ¡Qué lugar! Que pueblo!”.

lunes, 6 de enero de 2020

MARIE ANTOINETTE: HABITACIONES SECRETAS

  
Durante el invierno de 1787, María Antonieta encontró consuelo solo en Fersen. Los ingresos en Francia para el mes de abril de ese año, que divide su tiempo entre su regimiento y Versalles. Prácticamente paso el invierno con la reina. Sus lazos se fortalecieron. De acuerdo con el conde Saint-Priest, María Antonieta “había encontrado medio y manera de llevarlo (el rey) hasta el punto de que aceptara sus relaciones con el conde Fersen, Al repetirle a su esposo todos los comentarios que ella supo que uno tenía en público sobre esta intriga, le ofreció dejar de verlo, lo que el rey rechazó. Sin duda ella le insinuó que, en el desencadenamiento de la malignidad contra ella, este extraño era el único con el que se podía contar. [...] mientras tanto Fersen se dirigía tres o cuatro veces por semana hacia el lado del Trianon. La reina, sin sequito alguno, hacia lo ismo, y estos encuentros causaban publicas murmuraciones, a pesar de la modestias y reserva del favorito…” 

También parece que en la vivienda se había construido una habitación para él por encima de los apartamentos de María Antonieta. El libro de correspondencia de Fersen observa que escribió “Josephine” 3 de marzo de 1787: "Planee quedarse arriba, que responda al regimiento, que estaré allí el 15 de mayo”. 20 de abril: “lo que tengo que encontrar yo, mora en lo alto”. 8 de octubre: "me iré el 18, para ser el 19 en París y por la noche en su casa; deja que me envíe una carta a las tres o cuatro en punto para decirme qué hacer”. A primera vista, ¡parece muy extraño que un oficial sueco mantenga a la Reina de Francia con humor!

Estamos aún más sorprendidos al leer la nota enviada al Director General de Edificios el 10 de octubre: “La reina envió por la estufa sueca y SM le ordenó que hiciera una en uno de sus gabinetes interiores, con tubos de calor para calentar una pequeña habitación al lado; la reina también me ordenó organizar la ubicación de dicha estufa, que consiste en la eliminación de dos partes de paneles, en la demolición de una partición para hacerla con ladrillos y en la eliminación de parte del parquet para hacer un hogar de ladrillo”. María Antonieta probablemente quería una habitación bien calentada para mantener al hombre que amaba cerca de ella. Tales libertades no son sorprendentes. 

Ya habían sorprendido a los funcionarios de la corte. Besenval dice que al comienzo del reinado la reina le había dado una reunión secreta para resolver con él el delicado asunto del duelo del conde de Artois y el duque de Borbón. Madame Campan había guiado al barón a través de un laberinto de pasillos y escaleras que finalmente lo habían llevado a un pequeño departamento, del cual no había sido consciente anteriormente, aunque él era parte del círculo interno del soberano. "No me sorprendió que la reina hubiera querido tantas instalaciones, sino que se hubiera atrevido a conseguirlas", dijo. 

Después de la salida de la corte en octubre de 1789, el conde de Félix Hézecques descubrió con asombro "una multitud de pequeños departamentos que dependían de los de la reina" y de los cuales ni siquiera sospechaba la existencia. "La mayoría de ellos eran oscuros", dice, teniendo luz del día solo en pequeños patios. Estaban decoradas de forma sencilla, casi todas en vidrio y madera”. La reina protegía su privacidad incluso mejor de lo que imaginaba. Sin embargo, Fersen permaneció muy discreto, incluso con el Rey de Suecia a quien le escribía regularmente.

sábado, 14 de diciembre de 2019

JUICIO CONTRA LA REINA MARIE ANTOINETTE (16 OCTUBRE 1793)

Los setenta días de la Conserjería han hecho de María Antonieta una mujer vieja y enferma. Rojos y abrasados de llanto, le queman ahora los ojos, plenamente desacostumbrados a la luz del día; sus labios están asombrosamente pálidos a causa de las fuertes a incesantes pérdidas de sangre que ha sufrido en las últimas semanas.Frecuentemente, muy frecuentemente, tiene ahora que combatir su fatiga; varias veces tuvo el médico que recetarle cordiales. Pero sabe que hoy amanece un día histórico, hoy no le es lícito estar fatigada, nadie en la sala de audiencia debe poder burlarse de la debilidad de una reina y de una hija de emperador. Una vez más tienen que ser puestas en tensión todas las fuerzas de su agotado cuerpo, de su sensibilidad debilitada desde hace tiempo; después puede descansar largo tiempo, después puede descansar para siempre.Dos únicas cosas tiene que hacer aún María Antonieta sobre la tierra: defenderse con firmeza y morir valientemente.

Pero si internamente está llena de resolución, también quiere María Antonieta aparecer con dignidad externa delante del tribunal. El pueblo debe comprender que la mujer que se acerca hoy a la barra es una Habsburgo y que, a pesar de todos los decretos que la destronan, sigue siendo una reina. Con más cuidado del que usa en general, peina la raya de sus cabellos encanecidos. Se pone una cofia de lienzo blanco, plegada y almidonada recientemente, de cuyos lados desciende el velo de luto; como viuda de Luis XVI, el último rey de Francia, quiere María Antonieta comparecer ante el Tribunal Revolucionario.


A las ocho de la mañana se reúnen los jueces y jurados en la gran sala de audiencia; Herman, el paisano de Robespierre, como presidente; Fouquier-Tinville, como acusador público. Los juramentos proceden de todas las clases sociales: un antiguo marqués, un cirujano, un vendedor de limonada, un músico, un impresor, un peluquero, un sacerdote que colgó los hábitos y un ebanista; junto al fiscal han tomado asiento algunos miembros del Comité de Salud Pública para vigilar el curso de la vista. La sala está totalmente llena.No todos los días se tiene ocasión de ver en el banquillo a una reina.
María Antonieta entra serenamente y se sienta tranquila; a ella no le han reservado ya un sillón especial, como a su esposo; sólo la espera un desnudo asiento de madera; tampoco los jueces son ya, como en el solemne proceso público de Luis XVI, unos representantes elegidos entre los miembros de la Asamblea Nacional, sino el jurado que actúa de ordinario, que realiza su funesto deber como por oficio. Pero en vano buscan los espectadores en el semblante agotado de la reina, agotado pero no descompuesto, un signo visible de emoción y de miedo. En una actitud rígida y resuelta espera el comienzo de la vista. Mira tranquilamente hacia los jueces, mira tranquilamente hacia la sala y concentra sus fuerzas.

Primeramente se levanta Fouquier-Tinville y lee en voz alta el escrito de acusación. La reina apenas presta atención. Conoce ya todos los reproches: los ha examinado ayer con su abogado. Ni una sola vez, ni tampoco ante las más duras acusaciones, levanta la cabeza; sus dedos se mueven con indiferencia sobre los brazos de su asiento, «como si fuera un piano».Entonces comienza el desfile de cuarenta y un testigos que prestan juramento de declarar «sin odio y sin temor de decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad». Como el proceso ha sido preparado a toda prisa -tiene verdaderamente mucho que hacer en aquellos días el pobre Fouquier-Tinville: los girondinos, madame Roland y cien otros más esperan ya su turno-, las más diferentes inculpaciones son enunciadas en confuso desorden, sin relación alguna entre sí, lógica o cronológica. Los testigos hablan tan pronto de los acontecimientos del 6 de octubre de 1789, en Versalles, como de los del 10 de agosto de 1792, en París; sobre delitos anteriores a la Revolución o contemporáneos a ella. La mayoría de estas declaraciones carecen de importancia, y algunas son completamente ridículas, como la de aquella criada, Milot, que afirma haber oído en 1788 como el duque de Coigny le decía a alguien que la reina había hecho enviar a su hermano doscientos millones, o aquella otra también de que María Antonieta había llevado sobre sí dos pistolas para asesinar al duque de Orleans. 


En todo caso, hay dos testigos que juran haber visto los mandatos de la reina para el envío de dinero, pero no pueden ser presentados los originales de estos decisivos documentos, así como tampoco lo es una carta de su mano que se dice que María Antonieta había enviado al comandante de la guardia suiza: «¿Puede contarse con toda seguridad con sus suizos? ¿Se mantendrán valientemente si se les ordena?». No es aportado ni un solo pliego de papel escrito por María Antonieta, y tampoco el paquete lacrado que contiene los objetos que le fueron secuestrados en el Temple suministra nada de que se la pueda acusar. Los mechones de cabellos son de su marido y de sus hijos; las miniaturas, una de la princesa de Lamballe y la otra de su amiga de la infancia, la landgravesa de Hesse-Darmstadt; los nombres anotados en el librillo de señas, los de su lavandera y de su médico; ni una sola pieza aparece como utilizable para la acusación. Por tanto, el acusador público trata siempre de volver otra vez a las inculpaciones generales, pero la reina, esta vez preparada, responde, si es posible, aún con mayor firmeza y seguridad que en su primera declaración. 

Los debates se desenvuelven de un modo análogo a éste: -¿De dónde ha tomado usted el dinero con el cual hizo construir y amueblar el petit Trianon, en el que daba usted fiestas donde era siempre la diosa? -De un fondo que estaba destinado para este efecto.
-Es preciso que este fondo fuera considerable, porque el petit Trianon debe haber costado sumas enormes.
-Es posible que el petit Trianon haya costado sumas inmensas, acaso más de lo que yo hubiera deseado; se veía una metida poco a poco en gastos; por los demás, deseo más que nadie que se conozca bien lo pasado allí.
-¿No fue en el petit Trianon donde conoció usted por primera vez a la De la Motte? -No la he visto jamás.
-¿No fue ella víctima de usted en el asunto del famoso collar? -No pudo serlo, ya que no la conocía.
-¿Persiste usted, pues, en negar que la haya conocido? -Mi plan no es el negar; es verdad lo que he dicho, y persistiré en decirla.


Si, en general, pudiera existir aún alguna esperanza, le habría sido lícito a María Antonieta abandonarse a ella, pues la mayor parte de los testigos han negado plenamente.
Ni uno solo de aquellos a quienes temía la acusó seriamente. Siempre es más fuerte su defensa. Cuando el acusador público afirmaba que mediante su influencia había llevado al difunto rey a que hiciese todo lo que ella quisiera, responde la reina: «Es muy distinto aconsejar que se haga una cosa a mandarla ejecutar» . Cuando, en el curso de la vista, el presidente le hace observar que, con sus declaraciones, se pone en contradicción con las afirmaciones de su hijo, responde desdeñosamente: « Es muy fácil hacer decir a un niño de ocho años todo lo que se quiera». En las preguntas verdaderamente amenazadoras se cubre siempre con un prudente « no me acuerdo». De este modo, ni una única vez consigue Herman triunfar de ella, mostrando en sus palabras una manifiesta inexactitud o una contradicción patente; ni una sola vez durante estas largas horas se enciende en el auditorio que escucha con toda atención una manifestación incidental de cólera, un movimiento de odio o un patriótico aplauso. Vacíos, lentos, con mucha paja por en medio, se prosiguen los interrogatorios. Es tiempo de que venga un testimonio decisivo realmente aplastante para dar impulso a la acusación. Esta aportación sensacional piensa traerla Hébert con la espantosa acusación del incesto.

Se adelanta. Resuelto y convencido, en voz bien perceptible, repite la inculpación monstruosa. Pero pronto advierte que lo increíble de esta acusación provoca incredulidad; que nadie en toda la sala expresa su horror con ningún grito de indignación ante esta madre corrompida, ante esta mujer degenerada; todos permanecen en silencio, pálidos y sobrecogidos. Por ello piensa el pobre petate que tiene que presentarles, además, una explicación especialmente refinada, psicologico-política. «Puede admitirse -declara el majadero- que estos goces criminales no estaban inspirados por una necesidad de placer, sino más bien por la esperanza política de enervar la salud de este niño, al que se complacían aún en creer destinado a ocupar un trono y sobre el cual, con esta maniobra, querían asegurarse el derecho a regir su personalidad moral.» Pero, ¡cosa curiosa!, también el auditorio permanece en silencio, totalmente desconcertado por esta simplicidad histórica. María Antonieta no responde y aparta despreciativamente la vista de Hébert. Indiferente, como si aquel furioso mentecato hubiera hablado en chino, y sin concederle una mirada, permanece rígida a inconmovible.


También el presidente Herman hace como si no hubiera entendido toda la declaración. Se olvida expresamente de preguntar qué tiene que responder la calumniada madre; ha advertido ya la penosa impresión que esta acusación de incesto produce en el auditorio, especialmente en las mujeres, y deja por ello a toda prisa que se abandone el terreno de esta vidriosa acusación. Pero entonces, torpemente, uno de los jurados comete la indiscreción de recordar al presidente: « Ciudadano presidente, le invito a que llame la atención de la acusada por no haber respondido nada respecto al hecho de que ha hablado Hébert y a lo que ha pasado entre ella y su hijo».

Ahora el presidente no puede dilatarlo ya más. Contra sus íntimos sentimientos, tiene que interrogar a la acusada. María Antonieta levanta orgullosa y bruscamente la cabeza -«en este momento la acusada parece vivamente conmovida», relata hasta el mismo Moniteur, de ordinario tan seco- y replica en voz alta, con indecible desprecio: « Si no ha respondido, es que la naturaleza se niega a responder a semejante acusación hecha a una madre. Apelo a todas las que puedan encontrarse aquí».Y, en efecto, una efervescencia profunda, una fuerte agitación recorre la sala. Las mujeres del pueblo, las trabajadoras, las pescaderas, las calceteras, contienen el aliento, se sienten misteriosamente coligadas: en esta mujer han herido a todo su sexo. El presidente guarda silencio; aquel jurado curioso baja los ojos; el acento de doloroso enojo en la voz de la mujer calumniada ha conmovido a todos. Sin decir palabra se aparta Hébert de la barra, no precisamente orgulloso de su empresa. Todos advierten, y acaso también él, que su acusación ha proporcionado a la reina un gran triunfo moral, precisamente en la hora más difícil. Lo que él pretendía rebajar queda ensalzado.


Robespierre, que en la misma tarde tiene conocimiento del incidente, no puede dominar su cólera contra Hébert. Como único espíritu político entre aquellas gentes que no eran más que estrepitosos agitadores populares, comprende al instante qué delirante insensatez ha sido sacar a la publicidad aquella acusación dictada contra su madre por un niño que aún no tiene nueve años y brotada del miedo o quizá de la conciencia de una falta. «Ese zopenco de Hébert -les dice furioso a sus amigos todavía tenía que proporcionarle este triunfo.» Largo tiempo hace que Robespierre está cansado de aquel inculto personaje que, mediante su ordinaria demagogia, mediante su conducta anárquica, deshonra la causa de la Revolución, para él sagrada; este día decide él en su fuero interno suprimir esta mancha de basura. La piedra que Hébert ha lanzado contra María Antonieta vuelve a caer sobre su persona y lo hiere mortalmente. Que pasen algunos meses, y recorrerá idéntico camino en la misma carreta, pero no tan valientemente como ella, sino con un ánimo tan débil que su compañero Rosin tiene que gritarle para que se domine: «Cuando había que actuar, has charlado lamentablemente. Aprende siquiera ahora a morir».

María Antonieta ha comprendido su triunfo, pero percibe también una voz entre el auditorio que dice con asombro: «¡Ve qué orgullosa es!». Y por ello le pregunta a su defensor: «¿No habré puesto demasiada dignidad en mi respuesta?». Pero éste la tranquiliza: «Señora, siga usted siendo usted misma y estará siempre bien». María Antonieta tiene que luchar aún otro día; pesadamente se arrastra el proceso, fatigando a actores y espectadores; pero, aunque agotada por sus hemorragias y si bien sólo toma durante el descanso una taza de sopa, mantiene su actitud enérgica y recta, lo mismo que su espíritu. «Imaginémonos, si es posible -escribe su defensor en sus Memorias-, toda la fuerza de alma que necesitó la reina para soportar las fatigas de una sesión tan larga y tan horrible; convertida en espectáculo de todo un pueblo, teniendo que luchar contra unos monstruos ávidos de sangre, defenderse de todos los lazos que le tendían, destruir todas sus objeciones, guardar todas las conveniencias y todo lo debido, sin quedar jamás por debajo de sí misma.» Durante quince horas luchó el primer día, más de doce han pasado ya en el segundo, cuando, por fin, declara el presidente terminada la audiencia de testigos y pregunta a la acusada si tiene, en su descargo, todavía algo que añadir. Consciente de sí misma, responde María Antonieta: «Ayer no conocía a los testigos e ignoraba lo que iban a declarar contra mí; pues bien, nadie ha enunciado en mi contra ningún hecho positivo. Acabo haciendo observar que yo no era más que la mujer de Luis XVI y que era preciso que me conformara con su voluntad».


Se levanta entonces Fouquier-Tinville y recapitula, fundamentándolas, sus acusaciones.
Los dos defensores a quienes ha correspondido la causa le responden en un tono bastante apagado; recuerdan probablemente que el defensor de Luis XVI, por haber tomado partido en su favor con demasiada energía, fue propuesto para el cadalso; por tanto, prefieren invocar más bien piedad del pueblo que afirmar la inocencia de la reina. Antes de que el presidente Herman formule las consabidas preguntas a los jurados, María Antonieta es sacada de la sala, y quedan solos el tribunal y los jurados. Ahora, después de toda la anterior fraseología, el presidente Herman se expresa clara y objetivamente; deja a un lado todas las inciertas a innumerables acusaciones de detalle y resume todas las cuestiones en una breve fórmula. Es el pueblo francés, dice, el que acusa a María Antonieta, pues todos los acontecimientos políticos que han ocurrido desde hace cinco años atestiguan contra ella. Por ello presenta cuatro preguntas a los jurados: En primer lugar: ¿Está probado que han existido maniobras o contactos con las potencias extranjeras y otros enemigos exteriores de la República, las cuales maniobras y contactos tendían a proporcionarles socorros en dinero y darles entrada en el territorio francés y a facilitar el avance de sus armas? En segundo lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber cooperado en estas maniobras y de haber mantenido estos contactos? En tercer lugar: ¿Existe constancia de que ha habido un complot y una conspiración tendentes a encender la guerra civil en el interior de la República? En cuarto lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber participado en este complot y en esta conspiración? Silenciosamente se levantan los jurados y se retiran a una habitación inmediata. Ha pasado la medianoche. Las velas arden vacilantemente en la sala sobrecargada de gente cuyos corazones palpitan de ansia y de curiosidad.


Cuestión incidental. Conforme a derecho, ¿cómo deberían haber contestado los jurados? En su discurso de conclusión, el presidente ha prescindido de todos los arrequives políticos del proceso, reduciendo propiamente a una sola las inculpaciones. No se les pregunta a los jurados si tienen a María Antonieta por una mujer desnaturalizada y adúltera, incestuosa y dilapidadora, sino únicamente si la que fue reina es responsable de haber estado en relaciones con el extranjero, de haber deseado y favorecido el triunfo de las armas enemigas y una insurrección en el interior del país.
Ahora bien: María Antonieta, en sentido legal, ¿es responsable y está convicta de este crimen? Pregunta de doble filo que sólo puede ser contestada en una doble respuesta.

Indudablemente, María Antonieta -y ésta es la fuerza del proceso- es en realidad responsable, desde el punto de vista republicano. Sabemos que ha mantenido relaciones permanentes y constantes con el enemigo extranjero. Según el sentido de la acusación, ha cometido realmente un delito de alta traición al proporcionar al embajador austríaco los planes militares de ataque a Francia, y ha empleado y fomentado, sin condición alguna, todos los medios legales o ilegales que pudieran devolver a su esposo el trono y la libertad.

La acusación tiene, pues, un fundamento jurídico. Pero -éste es el punto débil del proceso- no está en modo alguno probada. En el día de hoy, los documentos que hacen indudablemente culpable a María Antonieta del delito de alta traición contra la República son conocidos y están impresos; están en el Archivo del Estado de Viena y en los papeles dejados por Fersen. Pero este proceso fue instruido en París el 14 de octubre de 1793, y entonces ni uno solo de estos documentos era accesible al acusador público. Ni un solo testimonio realmente válido de aquella traición realmente cometida pudo, en todo el proceso, set presentado a los jurados.


Un jurado honrado y no sometido a influencias se habría visto, por tanto, en grave perplejidad. Si se abandonaban a su instinto, estos doce republicanos tenían que condenar necesariamente a María Antonieta, pues ninguno de ellos puede dudar de que esta mujer sea la enemiga mortal de la República, de que ha hecho to que ha podido para volver a conquistar sin aminoración el poder real para su hijo. Pero, según su letra, la ley está de parte de la reina; falta el hecho convincente. Como republicanos, les era permitido conceptuar a la reina como culpable; pero como jueces tenían que atenerse a la ley, que no reconoce ninguna otra culpa sino aquella que está probada. Pero, felizmente para ellos, les es ahorrado a estos pequeños ciudadanos este último conflicto de conciencia, pues saben que la Convención no exige en modo alguno de ellos una sentencia justa. No los ha enviado para decidir esta cuestión, sino que les ha ordenado que se reunieran para condenar a una mujer peligrosa para la seguridad del Estado. Tienen que entregar la cabeza de María Antonieta o presentar la suya propia. Por ello, en realidad, los doce no deliberan más que en apariencia, y si parece que discuten la cuestión más allá de un minuto, sólo es para fingir una deliberación donde hace tiempo que está ordenada una solución inequívoca.

A las cuatro de la madrugada, los jurados vuelven a entrar calladamente en la sala: un silencio de muerte espera su veredicto. Unánimemente declara éste a María Antonieta culpable de los crímenes que le son atribuidos. El presidente Herman advierte al auditorio -no es ahora ya muy numeroso a tal hora de la mañana; la fatiga ha impulsado a la mayor parte de la gente hacia sus casas- que se abstenga de toda muestra de aprobación.


Entonces es introducida María Antonieta. Ella sola, que desde hace dos días viene luchando ininterrumpidamente a partir de las ocho de la mañana, no tiene todavía derecho a estar fatigada. Le es leída la resolución de los jurados. Fouquier-Tinville solicita la pena de muerte; se acuerda por unanimidad. Entonces el presidente le pregunta a la condenada si todavía tiene alguna queja que presentar.

María Antonieta ha escuchado sin movimiento alguno, perfectamente tranquila, la decisión de los jurados y la sentencia. No muestra ni el más pequeño indicio de miedo, de debilidad o de cólera. A la pregunta del presidente no contesta palabra; sólo mueve negativamente la cabeza. Sin volverse, sin mirar a nadie, sale fuera de la sala en medio del silencio general y desciende la escalera; está cansada de esta vida, de estas gentes y, allá en lo más profundo, satisfecha de que ahora hayan terminado todos estos mezquinos tormentos. Ahora no se trata ya más que de conservarse firme para la hora postrera.


En un momento, en el oscuro pasillo, se niegan a servirla sus fatigados y débiles ojos; el pie no encuentra el escalón, vacila, está a punto de caer. Vivamente, antes de que ocurra, el oficial de la gendarmería, el teniente Busne, el único que durante toda la vista ha tenido valor para traerle un vaso de agua, le ofrece su brazo para sostenerla. Por ello, y porque tuvo su sombrero en la mano mientras acompañaba a la condenada a muerte, es al instante denunciado por otro gendarme y tiene que defenderse: « Tomé esta determinación para evitar una caída; las gentes de buen sentido no podrán ver en ello ningún otro interés, porque si hubiese caído en la escalera, al punto se hubiera gritado que había conspiración y traición». También los defensores de la reina son detenidos al acabar la sesión y registrados por si la reina les ha transmitido secretamente algún mensaje escrito; ¡pobres almas de juristas!, estos jueces temen la imperturbable energía de esta mujer cuando ya está a un solo paso de la tumba.Pero la que produce todos estos miedos y cuidados, la pobre mujer, desangrada y fatigada, no sabe ni palabra de todas estas lamentables vejaciones; tranquila y sosegada, ha vuelto a entrar en su prisión. Su vida, ahora, no cuenta más que con algunas horas.

domingo, 1 de diciembre de 2019

EL ASUNTO DEL COLLAR - STEFAN ZWEIG


Según todas las actuaciones y testimonios que existen en este embrolladísimo proceso, es incontrovertible hoy que María Antonieta no tuvo ni la más leve sospecha de esta miserable intriga que se había venido urdiendo con su nombre, su honor y su persona. En el sentido jurídico, era lo más inocente que cabe pensarse, exclusivamente víctima y no conocedora, ni mucho menos cómplice, de esta estafa, la más osada de la Historia Universal. Jamás recibió al cardenal, jamás conoció a la trapacera De la Motte, jamás tuvo en sus manos ni una piedra del collar. Sólo un odio preconcebidamente malicioso, una deliberada calumnia, podrían atribuir a María Antonieta un acuerdo con esta estafadora, con aquel imbécil cardenal; hay que repetirlo una y otra vez: la reina fue inmiscuida en este deshonroso asunto, sin tener de ello ni la menor sospecha, por una banda de estafadores, falsarios, ladrones y tontos.

Y a pesar de ello, en sentido moral, no puede absolverse plenamente a María Antonieta. Pues toda esta superchería sólo pudo ser tramada porque su mala fama, conocida por todos, infundía ánimo a los engañadores, y porque toda ligereza por parte de la reina parecía, desde luego, creíble a los engañados. Sin las frivolidades y locuras de Trianón, viejas ya de bastantes años, le hubiera faltado toda base de verosimilitud a esta comedia de los engaños. Ningún hombre dotado de buen sentido hubiera osado atribuir a una María Antonieta, a una verdadera soberana, una correspondencia secreta a espaldas de su marido o una cita entre las sombras de un bosquecillo del parque. Jamás un Rohan, jamás los dos joyeros hubieran caído en el lazo de los embustes tan toscos, ni pensado que la reina andaba escasa de dinero y deseaba, a espaldas y sin conocimiento de su marido, comprar a plazos y mediante intermediarios un precioso aderezo de diamantes, si antes no se hubiera murmurado ya en voz baja en todo Versalles acerca de nocturnos paseos por el parque, de joyas devueltas y cambiadas y de deudas no satisfechas. Jamás la De la Motte hubiera podido erigir tal monumento de mentiras si la ligereza de la reina no hubiese puesto el cimiento para ello y si su mala reputación no la hubiera ayudado. Hay que repetir siempre lo mismo: en todas las fantásticas negociaciones del asunto del collar, María Antonieta era lo más inocente que cabe pensarse; pero el que tal estafa haya podido ser planteada bajo su nombre y que haya sido verosímil, fue y sigue siendo histórica culpa suya. 

domingo, 24 de noviembre de 2019

SOLEMNE PROCESIÓN EN LAS CALLES DE VERSALLES PARA LA APERTURA DE LOS ESTADOS GENERALES (4 DE MAYO 1789)

  
En los últimos años, el centro de gravedad de la confianza nacional se alejó de Versalles. La nación no cree ya en las promesas del rey ni en sus cartas de pago y asignados; no espera nada del Parlamento, ni de los nobles, ni de la Asamblea de notables; tiene que ser creada -por lo menos temporalmente- una nueva autoridad para fortalecer el crédito y poner dique a la anarquía, pues un duro invierno ha endurecido también los puños del pueblo; a cada momento puede hacer explosión la desesperación de los sediciosos hambrientos, huidos del campo y que están ahora en las ciudades. Por ello, resuelve el rey, en el último momento, después de las habituales vacilaciones, convocar los Estados Generales, que desde hace doscientos años representan realmente a todo el pueblo.  

Para privar de su supremacía anticipadamente a aquellos en cuyas manos están todavía los derechos y la riqueza, el primero y el segundo Estado, la nobleza y el clero, ha duplicado el rey, por consejo de Necker, el número de representantes del tercer Estado. Así, ambas fuerzas están en equilibrio y al monarca se reserva con ello el poder decidir en última instancia.La convocatoria de la Asamblea Nacional aminorará la responsabilidad del rey y fortalecerá su autoridad: así se piensa en la corte.

Titulado: "Allegorie dèdiè au tiers etat". Muestra una escena alegórica con un miembro de la nobleza y un miembro del clero, que representa a los estados generales, ayudando a sostener en alto un gran marco en forma de corazón, que descansa sobre la espalda de un hombre que representa a la clase trabajadora, o tercer estado, quien está doblado bajo su peso, implementos de su oficio a sus pies. Dentro del marco se representa "Francia" rezando ante un crucifijo. En la parte superior, dos manos se extienden desde los cielos para ayudar a levantar "Francia".
Pero el pueblo piensa de otro modo; por primera vez se siente convocado, y sabe que sólo por desesperación, y nunca por bondad, llaman los reyes a sus consejos al pueblo. Una tarea inmensa es atribuida con ello a la nación, pero también se le da una ocasión que no volverá a presentarse; el pueblo está decidido a aprovecharla. Un arrebato de entusiasmo se desborda por ciudades y aldeas; las elecciones son una fiesta; las reuniones, lugares de mística exaltación nacional --como siempre, antes de los grandes huracanes produce la naturaleza las auroras más engañosas y ricas en colores-. Por fin puede comenzar la obra: el 5 de mayo de 1789, día de la apertura de los Estados Generales, por primera vez es Versalles no sólo residencia de un rey, sino la capital, el cerebro, el corazón y el alma de toda Francia.

Jamás la pequeña ciudad de Versalles ha visto reunida tanta gente como en estas brillantes jornadas primaverales del año 1789. Cuatro mil personas componen, como siempre, la corte real; Francia ha enviado casi dos mil diputados; a ellos se suman los innumerables curiosos de París y otros cien lugares que quieren presenciar aquel espectáculo de trascendencia histórica. Se precisa una gruesa bolsa llena de oro para alquilar una habitación no sin dificultades; un puñado de ducados por un saco de paja, y hay centenares de personas que, no habiendo encontrado ningún alojamiento, duermen bajo los pórticos y arcadas, mientras que muchas, a pesar de la lluvia torrencial, forman cola, ya por la noche, para no perder nada del gran espectáculo. El precio de los víveres asciende al triple o cuádruple de lo ordinario; a cada instante se hace insoportable la afluencia de gente. Ya desde ahora se muestra simbólicamente que en esta estrecha ciudad provinciana no hay espacio más que para un solo soberano de Francia, en modo alguno para dos. A la larga, uno de ellos tendrá que evacuarla: la monarquía o la Asamblea Nacional.


Pero en las primeras horas no debe haber disputas, sino sólo gran reconciliación entre el rey y el pueblo. El 4 de mayo, desde muy temprano, suenan las campanas; antes de que los hombres deliberen, debe ser invocada en lugar sagrado la bendición de Dios para la elevada obra. Todo París se ha trasladado en peregrinación a Versalles para poder informar a sus hijos y a los hijos de sus hijos de aquella gran jornada que señala el comienzo de una nueva era. En las ventanas, de las cuales prenden preciosas tapicerías, se apretujan cabezas contra cabezas. Sobre los tejados, en las chimeneas, indiferentes al peligro de su vida, se encaraman espesos racimos humanos; nadie quiere perder un detalle del gran cortejo. Y en realidad es grandioso este desfile de los Estados; por última vez, la corte de Versalles despliega todo su esplendor para afirmarse de un modo impresionante ante el pueblo como la verdadera majestad, el innato y consagrado soberano.


Hacia las diez de la mañana abandona el palacio el regio cortejo; delante cabalgan los pajes con sus deslumbrantes libreas, los halconeros con el halcón en el levantado puño; después, tirada por caballos con maravillosos arneses, sobre cuyas cabezas se balancean penachos de plumas de colores, la carroza de honor del rey, encristalada y dorada, avanza majestuosa. A la derecha del monarca, su hermano mayor; el más joven ocupa el pescante; delante del Rey, los jóvenes duques de Angulema, de Berry y de Borbón.

Jubilosos gritos de «¡Viva el rey!» saludan estrepitosamente esta primera carroza y producen penoso contraste con el duro a irritado silencio en medio del cual pasa la segunda carroza, con la reina y las princesas. Claramente, ya en esta hora matinal, la opinión pública establece una profunda divisoria entre el rey y la reina. Igual silencio reciben los siguientes coches, en los que los restantes miembros de la familia real son llevados con marcha lenta y solemne hacia la iglesia de Notre-Dame, donde los tres Estados, en total de dos mil hombres, cada uno con un cirio encendido en la mano, esperan a la corte para recorrer la ciudad en un común cortejo.


Las carrozas se detienen delante de la iglesia. El rey, la reina y la corte se apean de ellas; les espera un espectáculo no habitual. A los representantes del brazo de la nobleza, fastuosos con sus mantos de seda con galones de oro, los sombreros de ala atrevidamente levantada, con sus plumas blancas, los conocen, por lo menos, de fiestas y bailes; lo mismo ocurre con el abigarrado esplendor de los eclesiásticos, flameante rojo de los cardenales y sotanas violeta de los obispos; estos dos Estados, el primero y el segundo, rodean fielmente el trono desde hace centenares de años y son el ornamento de cada una de sus solemnidades. Pero ¿quiénes componen esa oscura masa, intencionadamente sencilla, con sus trajes negros, sobre los cuales sólo relucen los blancos pañuelos del cuello? ¿Quiénes son esos hombres desconocidos, con sus vulgares sombreros de tres picos; quiénes esos ignorados, aún sin nombre en el día de hoy cada uno de ellos, que, juncos, se alzan delante de la iglesia, como un compacto bloque negro? ¿Qué pensamientos se alojan detrás de esos extraños semblantes nunca vistos, con miradas audaces, claras y hasta severas? El rey y la reina examinan a sus adversarios, que, fuertes en su unión, no hacen reverencias como esclavos ni prorrumpen en entusiastas aclamaciones, sino que esperan, virilmente silenciosos, para ir, de igual a igual, con estos orgullosos señores engalanados, con los privilegiados y de nombre famoso, a la obra de la renovación. ¿No parecen, con sus lóbregos trajes negros, con su grave a impenetrable aspecto, más bien jueces que dóciles consejeros? Acaso ya en este primer encuentro el rey y la reina hayan sentido en un escalofrío el presentimiento de su suerte.


 Pero este primer encuentro no es ningún paso de armar: antes de la inevitable lucha debe haber una hora de concordia. En gigantesca procesión, tranquilos y graves, cada uno con su cirio encendido en la mano, recorren los dos mil hombres el breve trecho que hay de iglesia a iglesia, desde Notre-Dame, de Versalles, a la catedral de San Luis, a través de las centelleantes filas de la guardia francesa y suiza. Sobre ellos repican las campanas; a su lado retumban los tambores, brillan los uniformes y sólo el canto espiritual de los sacerdotes, elevando la solemnidad, atenúa su carácter militar.

A la cabeza del largo cortejo -los últimos serán los primeros- marchan los representantes del tercer Estado, en dos filas paralelas; tras ellos avanza la nobleza; después sigue el clero. Cuando pasan los últimos representantes del tercer Estado se produce en el pueblo un movimiento, no casual, y los espectadores prorrumpen en estrepitosas aclamaciones. Este entusiasmo va dirigido hacia el duque de Orleans, el desertor de la corte, que, por cálculo demagógico, ha preferido mezclarse con las filas de los diputados del tercer Estado a ir en medio de la familia real. Y ni siquiera sobre el rey, que marcha detrás del palio del Altísimo -el arzobispo de París, con su sobrepelliz sembrada de diamantes lo lleva-, se derraman aplausos semejantes a los que recibe aquel que se declara, ante el pueblo, partidario de la nación y opuesto a la autoridad real.


Para hacer aún más clara esta íntima oposición contra la corte, eligen algunos el momento en que se acerca María Antonieta y, en lugar de «Vive la Reine!» , aclaman altamente y con toda intención el nombre de su enemigo: «¡Viva el duque de Orleans!». María Antonieta siente la ofensa, se turba y palidece; sólo con un esfuerzo de voluntad logra dominar su sorpresa, sin alterar su aspecto, y continuar hasta el fin el camino de la humillación con erguida cabeza.

En la iglesia de Saint-Louis sufrió otro golpe brutal. Aunque la suntuosa decoración interior de la iglesia anunciaba un respeto supremo por la corona, satinados ricos y terciopelos morados, ricamente bordados con flor de Lis, adornado el techo, el altar y los sillones especiales en los que se sentaba la familia real: el sacerdote que presidia los servicios del día estaba lejos de compartirlos. Enrique La Fare, obispo de Nancy de 37 años, fue miembro del primer estado que, como muchos de los representantes más jóvenes y pobres de la iglesia, simpatizaba con los no privilegiados del tercer estado.


Una vez subió al pulpito en Saint-Louis, comenzó un sermón inesperadamente controvertido en el que comparo la opulencia de la corte con la indigencia del campo. Se preguntó cómo era posible que, bajo un rey sabio y ahorrativo, el gasto hubiera crecido tanto. Con duras palabras ataco a María Antonieta, pinto una imagen muy fiel de la vida de la reina, incluso diciendo que, harta de las riquezas y la grandeza, se había vuelto necesario para ella, buscar el placer en una imitación infantil de la naturaleza, una alusión evidente al Petit Trianon.

Durante esta parte del sermón, todos los ojos, excepto los de lis XVI, que se había quedado dormido en su sillón media hora antes, se fijaron en la reina. A la luz del sol, los diamantes y el vestido de tela plateada de María Antonieta brillaban con un esplendor incontenible. Aunque el traje se había calculado para borrar su imagen de la dama de Trianon vestida con un Chemise, en realidad simplemente mostró la “riqueza y grandeza” que, según La Fare, ella siguió disfrutando a expensas de la gente.
 
Muchos de los representantes llegaron a Versalles con los "prejuicios más fuertes contra la reina, seguros de que estaba agotando el tesoro del Estado para satisfacer a los más irrazonables lujos”. Algunos exigieron ver al Trianon, convencidos de que había al menos una habitación, “totalmente decorada con diamantes y columnas con zafiros y rubíes”. Representantes incrédulos buscaron en el pabellón en vano la cámara de diamantes.
Ni siquiera los enemigos de María Antonieta entre la aristocracia estaban preparados para las mordeduras del obispo; cuando termino el sermón, todos permanecieron en silencio, sintiendo diversas combinaciones de reproche severo y completa incredulidad. Los diputados del tercer estado, sin embargo, saludaron el sermón con aplausos. Esta reacción, estrictamente prohibida de estar en la iglesia, en presencia del rey y de la reina, y ante el santo sacramento, anunciaba la descarada negativa de los plebeyos a continuar doblando las rodillas ante sus superiores.

También revelo, por supuesto, su completo disgusto por la esposa del soberano. Golpeada –el objetivo de la arenga de La Fare reacción con vivos aplausos- la reina imperceptiblemente frunció los labios Habsburgueses. Tomando nota del pálido y triste semblante dela María Antonieta, el aristócrata Mirabeau, susurro a un vecino: “admiren la víctima”.

Pero ya al día siguiente, en la apertura de la Asamblea Nacional, la espera una nueva ofensa. Mientras que el rey, a su entrada en la sala, es aclamado con vivos aplausos, ni un solo labio se mueve al llegar la reina: un silencio glacial y manifiesto sale a su encuentro como una viva corriente de aire. un espectador ajeno a la cuestión, el gobernador norteamericano Morris, se esfuerza por animar, pero sin éxito, a sus amigos franceses para que tomen menos ofensivo este hostil silencio por medio de una aclamación. «La reina lloraba -escribe en su diario este hijo de una nación libre-, y ni una sola voz se elevó en favor suyo. Hubiera alzado yo mi mano, pero no tenía allí ningún derecho a expresar mis sentimientos y en vano rogué a mis vecinos que lo hicieran.» 
  

Durante tres horas tiene la reina de Francia que permanecer sentada, como en el banquillo de los acusados, delante de los representantes del pueblo, sin que la saluden ni le presten ninguna atención; sólo cuando se levanta, después del interminable discurso de Necker, para retirarse de la sala con el rey, algunos diputados, por compasión, alzan un tímido «Vive la Reine!». Conmovida, María Antonieta da las gracias a aquellos pocos con una inclinación de cabeza, y por fin este gesto enciende las aclamaciones de todo el auditorio.

Pero al regresar a su palacio, María Antonieta no se hace ninguna ilusión. Con toda claridad siente la diferencia que hay entre este saludo vacilante y compasivo y los grandes, cálidos y torrenciales gritos de amor del pueblo que, en otro tiempo, habían conmovido su infantil corazón al retumbar en su primera llegada a París. Ya sabe que está excluida de la gran reconciliación y que comienza una lucha a muerte.


A todos los espectadores de estas jornadas les sorprende el inquieto y sobresaltado aspecto de María Antonieta. Hasta en la apertura de la Asamblea Nacional, donde se presenta, majestuosa y bella, en el regio esplendor de un magnífico vestido violeta, blanco y plata, con la cabeza adornada con una soberbia pluma de avestruz, observa madame Staél en su actitud una expresión de tristeza y angustia que es completamente nueva y desconocida en esta mujer antes despreocupada, alegre y coqueta. Y en realidad sólo con gran trabajo y un extremo esfuerzo de voluntad se ha forzado a sí misma María Antonieta a subir a este estrado, pero sus pensamientos y sus inquietudes están aquellos días en otra parte. Pues sabe que mientras que ella tiene que mostrarse al pueblo, durante horas enteras, en su regia magnificencia, conforme a su deber de monarca, padece y muere, en su camita, en Meudon, su hijo mayor, el delfín, de seis años de edad.