domingo, 1 de septiembre de 2019

LOS INFANTES DE FRANCIA: CAUTIVERIO EN LAS TULLERIAS

 
Que tortura para la reina, ser obligada al incesante disimulo, controlar su rostro, esconder sus lágrimas, sofocar suspiros, temerosa de dar a conocer su simpatía y gratitud a sus amigos y defensores que rodearon incluso en su palacio por inquisidores, ella no se atrevió a actuar ni hablar, apenas se atrevía a pensar. Que tortura para un alama altiva y sincera, por una mujer, quien, no obstante, llevo su cabeza lata, como la hija de los cesares alemanes, como la reina de Francia y Navarra.
 
Mujer de la gente, débil, cansada de la fatiga y la pobreza, a veces alcanza un extremo de sufrimiento y desaliento que ella ya no siente la fuerza necesaria para luchar contra el dolor y el hambre. Pero en el momento en que ella se desespera, la pobre mujer mira a sus pequeños hijos. Entonces sus fuerzas exhausta reviven como por un milagro, la criaturas de bajo corazón se levanta otra vez. Ella seguirá viviendo; ella continuara la lucha feroz contra el destino, la ternura materna la convierte en una heroína.


María Antonieta no sufrió ni pobreza ni hambre. Pero su angustia no estaba en esa dirección. Hay crueles ansiedades por debajo. Los techos dorados de los palacios como la paja de cabañas, y cuando la reina de Francia y Navarra sintió que su fuerza fallaba en su lucha por la corriente, tenía tanta necesidad de pensar en sus hijos como la mujer humilde de la gente. Ella sufrió por ellos más que por ella misma. Ansiedad sobre su futuro, la hundió, por así decirlo, en un abismo.

¿La diadema que había sido puesta en la frente del delfín prueba una corona real o una corona de espinas? ¿Sería el niño cuyo destino brillante había sido prometido para ser un rey o un mártir? La devoción materna de María Antonieta era tanto su alegría como su aflicción. Cuanto más infeliz se volvió, más apegada estaba a los dos niños, a la vez su tormento y su esperanza.
 

La mujer alguna vez frívola se había vuelto seria. No más bailes, no más conciertos, no más conversaciones mundanas. Solo meditaciones, oraciones, largas horas de costura seguidas con actividad febril, limosna, buenas obras caritativas. La reina de Francia tenía que convertirse en el modelo de una madre cristiana, la gobernadora y maestra de su hija. Su cara, había asumido algo así como la austeridad. La majestuosidad que dominaba en toda su persona, era la majestad suprema del dolor. Su melancolía la cubrió como con un velo. Sus ojos, a menudo enrojecidos por las lágrimas, eran la vez tiernos y conmovedores.

La reina podría haberse debilitado, pero la madre no tenía un momento de agotamiento. Sus hijos le dieron un valor igual a cada prueba. En 1790 su hija, madame Royale, tenía once años. Mostro la mejor disposición, y desde su infancia manifestó aquellos sentimientos de piedad que fueron el honor y el consuelo de ella.

Hizo su primera comunión en la iglesia de Saint-Germain Auxerrois el 8 de abril, 1790. Por la mañana, María Antonieta dirigió a la joven ´princesa a la cámara del rey y le dijo que se arrojara a los pies de su padre y le pidiera su bendición. La niña se postro ante él y su padre se dirigió a ella con estas palabras: “desde el fondo de mi corazón te bendigo hija mía, pidiéndole al cielo que te de gracia. Aprecia bien la gran acción que vas a realizar. Tu corazón es inocente a los ojos de Dios; tus oraciones deben serle agradables. Ofrécelas para tu madre y para mí, pídele que me conceda la gracia necesaria para asegurar el bienestar de los que él ha puesto bajo mi dominio y a quienes debo considerar como mis hijos; pídele que guarde la pureza de la religión en todo el reino; y recuerda bien, hija mía, que esta santa religión es la fuente de la felicidad y nuestro camino a través de las adversidades de la vida. No sabes, hija mía, que la providencia ha decretado para ti, si permanecerás en este reino o irte a vivir a otro. En lo que sea ve de la mano de Dios a donde en puede colocarte, recuerda que debes edificar con tu ejemplo y hacer el bien cada vez que encuentres una oportunidad. Pero sobre todo, hija mía, ayuda al desafortunado con todas tus fuerzas. Dios nos dio nuestro nacimiento en el rango que ocupamos solamente para trabajar por su bienestar y consuelo. Ve al altar e implora al Dios de la misericordia que nunca te olvides de los consejos de un padre tierno”.
 

La joven princesa, profundamente conmovida, respondió con lágrimas. Era costumbre que las hijas de Francia reciban un conjunto de diamantes el día de su primera comunión. Luis XVI le dijo a madame Royale que él había eliminado este uso demasiado costoso. “mi hija –dijo- sé que tienes bien sentido para permitir suponer que en un momento cuando deberías estar completamente ocupada en preparar tu corazón para ser un santuario digno de la divinidad. Se puede atribuir mucho valor a los ornamentos artificiales, además, hija mía, la miseria publica es extrema, los pobres abundan en todas partes, y seguramente prefiero que estas joyas sean para las personas que no tienen pan”.

La joven princesa luego fue a la parroquia. Ella se acercó a la mesa sagrada con las marcas de la más sincera devoción. María Antonieta, disfrazada, estuvo presente en la ceremonia, de extrema sencillez y que produjo en la familia real muy dulces emociones. Luis XVI dio abundantes limosnas en esta ocasión.

El día anterior, el delfín le había dicho a su institutriz, madame Tourzel, “siento mucho no tener mas mi jardín de Versalles. Yo habría hecho dos hermosos ramos para mañana, uno para mi madre y otro para mi hermana”. El delfín acababa de pasar su quinto cumpleaños. Las maneras encantadoras del niño fascino incluso a los demagogos. La revolución se volvió más suave cuando lo vio sonreír, la multitud nunca lo vio sin emoción. Era tan bonito, tan alegre, tan amable.
 
Edward Matthew Ward (1816-1879) detalle  "La familia real en la prisión del templo" (1851, huile sur toile). Coll. Harris museum & Art Gallery, Preston, Inglaterra.
Le habían dado, dentro del recinto de las Tullerias, un pequeño jardín que se extendía hasta el pabellón. Habitado por su preceptor, el abad de Avaux. Ahí encontró de nuevo lo que había dejado taras en Versalles, aire, diversión, flores. Cuando él fue a su nuevo jardín lo acompañaban habitualmente un destacamento de la guardia nacional al servicio en las Tullerias.

Un día cuando la multitud era mayor de lo habitual, y muchas personas parecían disgustadas por no poder entrar al jardín del delfín. “disculpe, -dijo él- lo siento mucho, mi jardín es tan pequeño, por eso me priva del placer de recibirlos a todos”. Entonces él ofreció flores a quienes se acercaba a su jardín y los miro con agrado.

Un sacerdote de la parroquia de San Eustaquio, el abad Antheaume, formo un regimiento de niños para el pequeño príncipe. El uniforme era un diminutivo del de los guardias franceses, con polainas blancas y un sombrero de tres picos. Este regimiento de niños pequeños pidió ser tratado como la guardia nacional. “no hay más que niños –dijo Lafayette- muy bien, ¡así sea! Hemos visto tantos viejos hombres que poseen los vicios de los, jóvenes que es bueno ver a los niños mostrar las virtudes de los hombres”. El regimiento infantil sirvió tres puestos de honor, el Chateau de las Tullerias, el hotel del alcalde de parís a la Rue Des Capucines y el del comandante de la guardia nacional en la Rue de Borbón. Cuando desfilaron ante la familia real, Luis XVI saludo cariñosamente la bandera y el delfín hizo gestos de simpatía hacia su pequeña compañía de armas.



Como la madre de los Gracos, María Antonieta podría decir después que sus hijos eran sus joyas. La madre era aún más augusta que la reina. Sosteniendo a su hijo por una mano y su hija por el otro lado, tenía un aspecto a la vez imponente y dulce. Lo que debería haber desarmado a los más feroces odios. Pero la revolución fue sin piedad y sin entrañas de compasión. Ni maternidad ni la infancia podría tener éxito en tocarla.

domingo, 11 de agosto de 2019

EL DUQUE DE ORLEANS ES ENVIADO AL EXILIO POR IRRESPETAR AL REY (1788)

Portrait de Louis Philippe Joseph d'Orléans dit Philippe-Egalité (1747-1793)
 El 19 de noviembre de 1788, Luis XVI se dirigió al parlamento para una sesión solemne, siendo famosa en la historia de este tribunal. La presencia del rey y los ministros le dio un troque excepcional. Los magistrados habían sido invitados al día anterior para estar en parís para la mañana siguiente. Estaban allí para registrar los edictos de endeudamiento. A cambio, según lo acordado, el rey tuvo que prometer la reunión de los estados generales para 1792.

Después del discurso del soberano y el ministro de justicia, se invitó a los parlamentarios dar su opinión. Varios consejeros exigieron enérgicamente los estados para ese mismo año o 1789. Algunos oradores tan elocuentes casi interrumpieron las palabras de Luis XVI. Paralizado por el miedo a herir, incapaz de romper las cadenas que ataban a sus principios, el rey permaneció inmóvil y en silencio. Cuando se terminaron los discursos, sin esperar el conteo de votos, dijo Luis XVI en su nasal y apagada voz: “después de escuchar su opinión, me parece que es necesario establecer los prestamos mantenidos en mi edicto de 1792, mi palabra debería ser suficiente. Ordeno que mi edicto se registre”.

Fue entonces cuando el duque de Orleans se levantó para declarar tartamudeando que el procedimiento que ilegal. Sofocado por la audacia de su primo, el rey respondió: “esto es legal porque quiero”.


Luis XVI se retiró después del registro, el parlamento permaneció en sesión y obligo al duque de Orleans a poner su protesta por escrito al pie de la que acababa de escribir. Fuerte entonces para haberse entregado al primer príncipe de la sangre, se atrevió a publicar varios decretos incendiarios contra los edictos. Por lo tanto, todas las medidas intentadas por el arzobispo Lomenie de Brienne para restaurar la confianza de la nación, fueron anuladas por el tribunal.

La conducta del duque de Orleans no puede ser tolerada; la reina expreso su indignación y Luis XVI furioso contra su primo lo desterró a Villers Cotterets, el día después de la famosa sesión. Los asesores del parlamento más audaces como Freteau y Sabatier, también recibieron un lettre de cachet por haber hablado “insultantemente” delante del rey.

La reina le contó a su hermano sin poner ninguna pasión. Ella defendió el absolutismo real: “el rey preside el parlamento como él preside la junta sin que se limite su pluralidad”. Además acuso al duque de Orleans de tomar la cabeza de una facción hostil a la política de Luis XVI: “el duque de Orleans se mantuvo en el parlamento y esto es lo que muestra sus malos diseños, saco de su bolsillo una protesta por escrito con antelación… para hacer una orden declarando la ilegalidad de la forma”. Esta intervención parecía un verdadero delito de traición que era apropiado castigar y que probablemente había alentado a las medidas adoptadas contra él: “siento que estamos obligados a actos de autoridad, por desgracia, se ha vuelto necesaria y espero que se impondrá”, continúo escribiendo la reina.


El duque de Orleans, privado de las cualidades y recursos, su primer impulso al llegar a Villers Cotterets fue enviar a toda prisa al señor de Segur a buscar al barón de Besenval para expresarle la desesperación del que era preso y suplicarle que lo sacara de su exilio a cualquier costo, algunos duros, otros humillantes según las condiciones.

El primer requerido por el rey era una carta a la reina, en la que reconociera sus errores hacia ella, implorando su perdón. Esta epístola tan humilde provoco el regreso del duque. Acerca de la época de los edictos de mayo, el bautismo oficial de los dos príncipes adolescentes de la casa de Orleans, Luis Felipe, duque de Chartres y Antonie, duque de Montpensier, tuvo lugar en Versalles. Las relaciones con su padre no habían mejorado, sin embargo, el rey y la reina actuaron como los padrinos de los niños y a pesar de la necesidad de económicas reales, se les dio los regalos tradicionales.

domingo, 4 de agosto de 2019

MARIE ANTOINETTE EN CONTRA DE LA REVOLUCIÓN

Se ha ridiculizado mucho a Luis XVI porque el 14 de julio de 1789, al despertar asustado de su sueño ante la noticia de la toma de la Bastilla, no comprendió al instante en toda su trascendencia la palabra «revolución», que acababa de hacer su aparición en el mundo. Pero no hay duda alguna de que tanto el rey como la reina, ante las primeras señales de la tempestad, no se dieron cuenta, ni de modo aproximado, de la extensión que habrían de alcanzar los destrozos de este terremoto; pero otra pregunta: ¿quién de todos los contemporáneos tuvo ya desde estas primeras horas noción de la inmensidad del movimiento que allí comenzaba?, ¿quién fue capaz de ello, ni aun entre los que encendían y atizaban la Revolución? Todos los jefes del nuevo movimiento popular, Mirabeau, Bailly, La Fayette, no sospechaban siquiera por lo más remoto cuánto más allá de la meta que ellos se habían propuesto ha de arrastrarlos esta desencadenada fuerza, contra su propia voluntad, pues, en 1789, los que han de ser los más furibundos de los posteriores revolucionarios, Robespierre, Marat, Danton, son aún, resueltamente, convencidos realistas. Sólo por medio de la misma Revolución francesa el concepto de «revolución» recibe aquel sentido amplio, bárbaro a históricamente universal en que lo empleamos hoy en día. Sólo el tiempo ha impuesto en él la sangre y el espíritu que no tenía en las horas primeras. Sorprendente paradoja: no fue tan fatal para el rey Luis XVI el no poder comprender la revolución como, por el contrario, el que este hombre medianamente dotado se esforzara del modo más emocionante por llegar a comprenderla.


Luis XVI leía gustoso la Historia, y ninguna cosa había producido impresión más profunda en el tímido muchacho que el que una vez le fuera presentado personalmente el célebre David Hume, el autor de la Historia de Inglaterra, pues esta obra era su libro favorito. En él había leído ya, con especial emoción, cuando delfín, aquel capítulo en que se describe cómo fue hecha una revolución contra otro rey, el rey Carlos de Inglaterra, y cómo, por último, fue decapitado: este ejemplo actuó como de poderosa advertencia en el asustadizo heredero del trono.Ésta es la tragedia de Luis XVI; quería comprender lo incomprensible con hojear la Historia como un libro escolar, y defenderse de la Revolución renunciando temerosamente a todo to que había de regio en su actitud. 

Otro es el caso de María Antonieta: no pidió consejo a ningún libro ni apenas a los hombres. Acordarse y precaverse no era propio de ella, ni en los momentos de mayor peligro; todo cálculo y toda convicción eran ajenos a su espontáneo carácter. Su fortaleza humana se apoyaba únicamente en el instinto. Y este instinto, desde el primer momento, opuso un inflexible «no» a la Revolución. Nacida en un palacio real, educada en los principios de la legitimidad, convencida de su derecho a reinar como de un don divino, considera desde un principio toda reivindicación nacional como una indigna sublevación del populacho: aquel que reclama para sí mismo todas las libertades y todos los derechos está siempre mal dispuesto a otorgárselo también a los otros. María Antonieta no entra en una discusión, interna ni externamente: dice lo mismo que su hermano José: « Mon métier est d'étre royaliste» . «Mi misión es únicamente representar el punto de vista del rey.» Su puesto es arriba; el del pueblo, abajo; no quiere descender, y el pueblo no debe subir.

Desde la toma de la Bastilla hasta el cadalso, en todos los minutos, se siente inconmoviblemente en su derecho. Ni por un solo instante pacta, en su ánimo, con el nuevo movimiento: todo lo revolucionario no significa para ella sino una palabra embellecedora para expresar la idea de rebelión.
Esta voluntad orgullosa, rígida a inconmovible de María Antonieta ante la Revolución, no contiene, sin embargo (por lo menos al principio), la menor animosidad contra el pueblo. Criada en la agradable Viena, María Antonieta considera al pueblo, como un ser absolutamente bonachón pero no muy razonable; con firmeza de roca, cree que algún día ese bravo rebaño se apartará, desengañado, por sí mismo de esos agitadores y parlanchines y hallará el camino del buen pesebre de la hereditaria Casa soberana. Todo su odio va, por ello, hacia los revoltosos , hacia los conspiradores, incitadores, socios de clubes, demagogos, oradores, advenedizos y ateos que, en nombre de confusas ideologías o por ambiciosos intereses, quieren infundir al honrado pueblo pretensiones contra el trono y el altar.


un montón de locos, de bribones y de criminales, llama a los representantes de veinte millones de franceses, y quien, aunque sólo haya sido durante una hora, ha pertenecido a aquella facción de Corah, ha terminado ya para ella; quien, aun sin otra tacha, haya tan sólo hablado con estos furiosos innovadores, es ya muy sospechoso. Ni una palabra de gratitud oye de ella La Fayette, que por tres veces ha salvado la vida de su marido y de sus hijos con riesgo de la propia: mejor perecer que dejarse salvar por estos vanidosos cortejadores del favor popular. Jamás, ni aun en la prisión, le hará a ninguno de sus jueces, a quien ella no reconoce como tales y los llama verdugos, ni a ningún diputado, el honor de dirigirles un ruego; con toda la obstinación de su carácter persevera en su inflexible repulsa a todo compromiso. Desde el primer momento hasta el último, María Antonieta no ha considerado a la Revolución más que como una inmunda ola de fango en la que hozan los más bajos y vulgares instintos de la Humanidad; no ha comprendido nada de los derechos históricos, de la voluntad constructiva de aquel movimiento, porque estaba resuelta a no comprender ni a afirmar más que su propio derecho real.

Esta voluntad de no comprender fue la falta histórica de María Antonieta: no hay que negarlo. Abarcar de una sola ojeada espiritual las conexiones de los hechos, poseer una profunda vista en lo moral, no fueron, ni por su educación ni por su íntimo querer, dones concedidos a esta mujer en absoluto corriente y de ideas políticas estrechas; para ella sólo fue siempre comprensible lo humano, lo inmediato y lo sensible. Pero, visto de cerca, examinando los hombres que intervienen en él, todo movimiento político resulta turbio; siempre se deforma una idea tan pronto como queda encarnada en lo terreno. María Antonieta -¿cómo podría ser de otro modo?- juzga la Revolución según los hombres que la dirigen; y, como siempre ocurre en tiempos de revuelta, éstos eran los que sabían hacer más ruido, no los más honrados ni los mejores.

¿No tiene la reina que sentir desconfianza cuando ve que precisamente entre los aristócratas son los más cargados de deudas y peor afamados, los de costumbres más corrompidas, como Mirabeau y Talleyrand, los que descubren primero que su corazón late por la libertad? ¿Cómo podría pensar María Antonieta que la Revolución es una cosa honrada y limpia cuando ve al avaro y codicioso duque de Orleans, siempre dispuesto a entrar en todo sucio negocio, entusiasmarse con la nueva fraternidad, o cuando ve que la Asamblea Nacional elige por su favorito a Mirabeau, ese discípulo del Aretino, tanto en el sentido de la venalidad como en el de la literatura obscena, esa escoria de la nobleza que, a causa de un rapto y otras oscuras historias, ha sido huésped de todas las prisiones de Francia y que después ha sostenido su vida gracias al espionaje? ¿Puede ser divino un movimiento que erige altares a semejantes hombres? ¿Debe considerarse como verdaderamente precursoras de una nueva humanidad la indecencia de las pescaderas y perdidas de las calles y que, como salvaje señal de victoria, llevan degolladas cabezas clavadas en el extremo de sus sangrientas picas?


Porque en el primer momento no se ve más que la violencia, María Antonieta no cree en la libertad; porque sólo mira a los hombres, no sospecha la existencia de las ideas que se alzan invisibles detrás de ese bárbaro movimiento que trastorna al mundo; no ha notado nada, ni percibido nada, de las grandes ventajas que para la Humanidad resultan de un movimiento que nos ha apartado los magníficos fundamentos de todas las nuevas relaciones entre los hombres: la libertad de conciencia, la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libertad de comercio y la libertad de reunión; que ha esculpido la igualdad de clases, razas y confesiones como primer artículo de la tabla de la ley de los tiempos nuevos y que ha puesto fin a vergonzosos restos de la Edad Media, el tormento judicial, el vasallaje y la esclavitud; jamás comprendió la reina o trató de comprender, detrás de los brutales tumultos callejeros, la parte más mínima de estas metas espirituales. De esta turbulencia inabarcable con la vista, no ve más que el caos y no el bosquejo del nuevo orden que debe nacer de estos espantosos combates y convulsiones; por ello, desde el primer día hasta el último odió con toda la energía de su obstinado corazón a los directores y a los dirigidos. Y de este modo sucedió to que tenía que suceder. Como María Antonieta era injusta con la Revolución, la Revolución fue dura a injusta con ella.

La Revolución es el enemigo -éste es el punto de vista de la reina-. La reina es el obstáculo -ésta es la convicción fundamental de la Revolución-. Con instinto infalible percibe la masa del pueblo en la reina su única antagonista verdadera: desde el principio dirige contra su persona toda la furia del combate. Luis XVI no cuenta para nada, ni en bien ni en mal; eso lo sabe ya hasta el último campesino de las aldeas y el más diminuto pilluelo de la calle. A este hombre asustadizo y tímido se le puede espantar con algunos disparos de fusil, en forma que diga amén a todas las solicitaciones; se le puede plantar el gorro rojo y lo llevará sobre su cabeza, y si se le ordena enérgicamente, gritará también: «¡Abajo el rey! ¡Abajo el tirano!». Aunque rey, obedecerá como un macaco. Una única voluntad defiende en Francia el trono y sus derechos, y este «único hombre que tiene a su favor el rey -según la frase de Mirabeau- es su mujer». Por tanto, quien esté en favor de la Revolución tiene que estar en contra de la reina; desde el principio es meta de todos los disparos, y a fin de que, de modo inequívoco, llegue a ser el blanco general y se produzca una manifiesta separación entre ella y el rey, todos los escritos revolucionarios comienzan por presentar a Luis XVI como el verdadero padre del pueblo, como un hombre bueno, virtuoso, noble, sólo que, por desgracia, demasiado débil y « seducido».
 

Si no dependiera más que de este amigo de los hombres, existiría una paz deliciosa entre el rey y la nación. Pero esa extranjera, esa austríaca, sometida a su hermano, encerrada en el círculo de sus favoritos y sus favoritas, despótica y tiránica, ella sola no quiere ese acuerdo, y prepara siempre nuevos complots para destruir la libre población de París con tropas extranjeras llamadas para ello. Con infernal astucia engaña a los oficiales para que dirijan sus cañones contra el indefenso pueblo; ávida de sangre, azuza a los soldados con vino y regalos para que hagan una noche de San Bartolomé; a decir verdad, sería más que tiempo de abrir los ojos al pobre y desgraciado monarca. En el fondo, ambos partidos tienen el mismo pensamiento: para María Antonieta, el pueblo es bueno, pero seducido por los facciosos; para el pueblo, el rey es bueno, pero alterado por su mujer. Por tanto, y en realidad, la lucha está entablada solamente entre los revolucionarios y la reina. Pero cuanto más se dirige el odio contra ella, cuanto más injustas y calumniosas son las injurias que le lanzan, tanto más fieramente se revuelve la obstinación de María Antonieta. Quien guía con toda decisión un gran movimiento o lo combate enérgicamente, va en la lucha más allá de su propia medida; desde que todo un mundo está contra ella, el infantil orgullo de María Antonieta se convierte en soberbia, y sus fuerzas psíquicas desparramadas se juntan para producir un carácter verdadero.

Esta fuerza tardía de María Antonieta sólo puede, no obstante, acrisolarse luchando a la defensiva; con una bala de cañón atada al pie nadie puede salir al encuentro de su adversario. Y aquí la bala de cañón es el pobre rey, vacilante. La toma de la Bastilla es para él un bofetón en la mejilla derecha, y a la mañana siguiente, con humildad cristiana, presenta ya la izquierda. En lugar de enojarse, en vez de censurar y castigar, promete a la Asamblea Nacional retirar fuera de París las tropas que acaso estarían aún dispuestas a combatir en favor suyo, renegando con ello de los defensores que han caído al servicio de su causa. Como no se atreve a pronunciar ninguna palabra severa contra los asesinos del gobernador de la Bastilla, reconoce con ello el terror como justo poder político para gobernar a Francia, y, arredrándose, él legaliza la sublevación. Para darle gracias por tal humillación se encuentra París dispuesto a coronar de flores a este complaciente soberano y a conferirle -pero sólo por plazo breve- el título de restaurateur de la liberté française .

A las puertas de la ciudad lo recibe el alcalde con las ambiguas palabras de que la nación ha vuelto a conquistar a su rey; con toda obediencia, Luis XVI toma la escarapela que el pueblo ha elegido por emblema de su lucha contra la autoridad real, sin advertir que la muchedumbre no le aclama a él, sino a su propia fuerza, que ha sometido al soberano.

domingo, 21 de julio de 2019

LUIS XVI EN EL TEMPLE - DAVID P. JORDAN

Luis XVI en la prisión del Temple
Ningún hombre se sentó para su retrato más a menudo que Luis XVI. Relativamente pocas imágenes de la mente del rey existen. Él no era un intelectual, y de ahí sus expresiones escitas son más expresiones de su posición exaltada que de su personalidad; pero las imágenes de su rostro, desde casi todos los periodos de su vida, son abundantes. La mayoría de estos retratos son formales, obra de artistas de la corte cuya comisión no era para representar al hombre sino al rey, y Luis nos mira a nosotros con la arrogancia y la drena confianza en sí mismo de los más poderosos monarcas de Europa.

Madame Campan, que tuvo una amplia oportunidad de ver al rey en Versalles, dijo que tenía bastantes rasgos nobles que solían estar marcados por signos de melancolía. Pero la melancolía real no fue pensada como un tema apropiado para los pintores. Luis aparece con mayor frecuencia, ya sea en sus ropas de estado o simplemente en un sencillo abrigo, como rey de Francia sin problemas. Era un gran hombre corpulento, y dio la impresión de ser un prisionero de su cuerpo letárgico. Sus rasgos son comunes a los borbones, pero en Luis, los profundos ojos azules de su familia carecen de fuego, la boca grande y sensual parece perpetuamente al borde de una sonrisa, la frente alta, inclinándose hacia atrás, como su barbilla bastante débil, le da al rostro su redondez pero sin fuerza.

Retrato de Luis XVI de José Ducreux
Su gran nariz, generalmente representada en perfil de tres cuartos para minimizar su tamaño, es su característica dominante. El joven Luis tenía un doble mentón y sus orejas parecían demasiado grandes. Usualmente usaba su propio cabello, aunque estaba cuidadosamente rizado y empolvado. No es una cara que nos queda en la mente, pero en sus retratos como en su vida la adversidad creo el carácter.

Unos días antes de su ejecución, un retrato del rey fue realizado por Ducreux. Es un rostro inquietante, un rostro lleno de tristeza. Ducreux nos muestra un Luis con una cara en la que se ha vivido. La impresión causada por los primeros retratos de redondez y suavidad, es aquí reemplazado por la melancolía deliberadamente evitada por los pintores del tribunal. Sus ojos son profundos, acentuados por pesados parpados y líneas prominentes.

Él mira directamente al espectador, pero el enfoque que de sus ojos esta en algún lugar en la distancia. La boca sensual ya no lo es, enroscado en las esquinas en el más leve indicio de una sonrisa. Los labios están ligeramente separados y el labio inferior se cae un poco. Sus hoyuelos, obvio en los retratos anteriores, se han ido, reemplazados por profundas líneas alrededor de la boca. El artista no ha buscado un Angulo que disimulara la gran nariz del rey, por lo que su prominencia es evidente. Todavía tiene doble papada, pero ha perdido algo de peso. En la cárcel esta parte de su rostro aparece más articulada. Él está usando su propio cabello y un simple abrigo, sin ninguna de las elaboradas insignias de la realeza.
 
Paris : le Temple et la Rotonde
Irónicamente, este último retrato del rey es el más fiel al alma de su sujeto que los retratos realizados en los días felices. Para Luis XVI, la realeza no fue una obra teatral elaborada. Era un personaje menos deliberadamente dramático que Luis XIV, su tatarabuelo; menos fascinante y sensual que el brillante Luis XV, su abuelo. Su personalidad tenía poca variación. No puedo ajustar el nivel de dignidad monárquica para adaptarse a la ocasión. En una palabra, le faltaba el instinto de la vida en la corte, la capacidad de funcionare con facilidad y gracia en un mundo artificial lleno de pompa e hipocresía, un mundo que giraba alrededor de la persona del rey. Es como si Luis fuera básicamente incomodo como rey, pero si tenía el don de hacerse querer a través de su seriedad y sencillez, y sus hábitos personales ganaron el respeto incluso de los más cínicos cortesanos.

Claramente un hombre de su edad, muchos de los gustos e inclinaciones de la aristocracia francesa en su apego a la extravagancia, la autoestima, la indulgencia y la elegancia tenían poco poder sobre Luis. Él era casto e incluso un poco prudente, dedicado a su familia e hijos. El refinamiento y el cultivo sofisticado de la decadencia no fue parte de su personaje. Los muros de sus aposentos en el Temple fueron decorados con una curiosa mezcla de símbolos revolucionarios al lado de las versiones banales y excitantes del antiguo régimen como los mitos griegos. Cuando Hue, uno de sus criados vio por primera ves los adornos revolucionarios en la pared, le comento a su maestro sobre su indecencia. Luis fue indiferente a tal refinada sensualidad, pero le dijo Hue: “no los haría retirar, quiero que mis hijos vean esas cosas”.

La corte, y luego los revolucionarios, fueron sorprendidos continuamente por Luis. A los primeros no les parecía un rey apropiado. Sus virtudes eran palpables, pero de alguna manera fuera de lugar en un rey. A estos últimos, admirable, las cualidades personales eran un poco burguesas. Jacques Necker, el ministro de finanzas en el estallido de la revolución, y nunca un favorito del rey, escribió, en un sentido de admiración que nunca había descubierto en este monarca, un solo pensamiento derivado de él solo sin influencia externa, brotado inmediatamente de su alma, que manifestaría en observadores cuidadosos su deseo de compasión por la gente.

Primer plano del dormir Louis Capet, anteriormente Luis XVI, el rey de Francia
Luis era un ávido lector, quizás el mejor leído de todos los reyes franceses, y sus meses de encarcelamiento solo confirmaron el testimonio de Necker: “siempre son las grandes obras de la historia, de la filosofía moral y de política, escrita en francés o en inglés, que he visto al rey ocuparse con gusto y diligencia”. Luis era aficionado de los clásicos, como todos los hombres educados de su edad y parece haber conocido las obras de historiadores romanos como Cicerón y Horacio con cierta intimidad.

Entre los autores francés tuvo un particular afecto por Racine y Corneille, los grandes trágicos del siglo XVII, y Montesquieu, el creador elocuente de una ideología aristocrática. Ni el vacilante escepticismo de Voltaire no las efusiones radicales de Rousseau, no interesaron a Luis, ni tampoco lo hicieron los enciclopedistas. Un día, según Hue, el prisionero real señalo una estantería repleta de las obras de Voltaire y Rousseau: “estos dos hombres han destruido Francia”.

El 21 de noviembre, cuando se estaba recuperando de una enfermedad, Luis envió al consejo general una lista de los libros que quería. Había treinta y tres títulos, la mayoría de ellos en latín y quería ediciones específicas. La lista incluida a la mayoría de los historiadores romanos, además de Virgil, Terence y Ovid. También solicito las fabulas de La Fontaine, las máximas de Boussuet, una versión latina de las fabulas de Phaedrus, las vidas de los santos por Messang y una traducción francesa de Virgil traducida por Burrett.

The Royal Family in the Temple Prison.
El costo de los libros sería un poco más de ocho libras, una suma real de hecho. Algunos miembros querían que los libros fueran comprados inmediatamente y enviados al Temple, los títulos eran inofensivos, argumentaron, y aliviarían el aburrimiento. Los miembros más cínicos del consejo argumentaron que Luis “tendría apenas dos semanas de existencia” y la solicitud de libros era suficiente para ocupar un hombre durante años. El resto de la discusión se centró en la naturaleza de los propios libros. Si estaban destinados a la educación del delfín, dijeron algunos, la censura debe ser ejercitada: Martin, un miembro del consejo, quería sustituir los libros con sesgos radicales, libros que inculcarían los principios revolucionarios. Esta propuesta patriota fue rechazada por el consejo. Los libros fueron enviados al Temple.

El gusto de Luis por la literatura era convencional, aunque evito muchas obras consideradas esenciales por los hombres de su generación. No pidió a Bayle, ni a Diderot, ni a Voltaire, ni a Rosseau. No pidió novelas ni romance, no pidió Helvecio, ni Turgot. En una palabra, no pidió las obras de los críticos del antiguo régimen. Su gusto corrió a moralistas, ya sea en francés, inglés, italiano o latín, para leer estos lenguajes con relativa facilidad. Durante su encarcelamiento, por ejemplo, estaba leyendo la historia de Inglaterra de David Hume, no de forma inesperada, el volumen de los primeros reyes Estuardo.

Beneficiario de la herencia clásica, Luis evito a los poetas del amor sexual al evitar a los moralistas republicanos. Tuvo un gusto por la poesía épica, pero a excepción de su interés por Thomas Kempis, descuido totalmente la literatura de la edad media, una vez mas de nuevo conforme a los gustos aceptados de su época.

Esta placa, atornillada a la pared exterior de la mairie del distrito 3, es todo lo que queda del edificio donde Luis XVI y su familia fueron detenidos durante la Revolución Francesa. 
La mente de Luis no se había formado por los críticos sociales y culturales, los filósofos, sino los jesuitas, sus maestros. Aquí nuevamente se separó de sus súbditos, la mayoría de los cuales había rechazado este conservador y religioso tradicional. La piedad de Luis y las lecturas devocionales era regulares y tomaron una fija parte de su vida. A lo largo de su encarcelamiento fue prohibido tener un sacerdote en el Temple y allí no se decía misa durante su cautiverio: una terrible privación para un devoto católico.

Luis cuido de las necesidades de su alma lo mejor que pudo. Cada mañana leyó la oración de los caballeros del espíritu santo y había ordenado a su criado, Clery, que le consiguiera una copia del breviario utilizado en la diócesis de parís. Privado de las comodidades de los rituales de su religión, Luis observo diligentemente todos los días especiales en el calendario litúrgico. El 21 de diciembre, por ejemplo, rechazo el desayuno porque era uno de los cuatro periodos del año litúrgico, al comienzo de cada temporada marcado por tres días de ayuno y oración.

Empezó y termino cada día con oración y superviso concienzudamente las oraciones de sus hijos. Luis hizo un punto de escuchar las oraciones de su hijo casi cada noche. Él mismo había escrito la oración que el niño tenía que memorizar: “Dios todopoderoso, que me creo y me redimió, te adoro. Conservar los días del rey mi padre y de los de mi familia. Protégenos a nosotros contra nuestros enemigos”.

Luis se creía rey por la gracia de Dios. Su misión en la vida parecía un ministerio, el cuidado de veinte millones de almas francesas le habían sido confiadas por Dios. El lenguaje de la religión era familiar y reconfortante, y cuando quiso expresarse en un estado de ánimo o un sentimiento de particular importancia instintivamente recurrió al lenguaje y referencias bíblicas.

 las zapatillas del rey Luis XVI que fueron guardadas por su fiel Valet Clery y que él trajo de la prisión del templo.
Los principios para los revolucionarios no podían existir en el cristianismo, lo que consideran el repositorio histórico de la superstición. Sin embargo, la política de Luis se derivó de sus creencias religiosas. Criado en las tradiciones del absolutismo francés, Luis nunca cuestiono los pilares básicos por los que vivió. No desprecio a los revolucionarios, una emoción que reservo para los hombres de su propia clase, que había abandonado sus tradiciones, por considerarlas incomprensibles.

Que lo tomaran por un tirano, por ejemplo, era más allá de su capacidad de entender. “yo soy un tirano” indignado le dijo a Malesherbes, “un tirano hace todo por sí mismo ¿hiciste todo constantemente para mi gente? ¿Alguna vez has odiado la tiranía más que yo? Quien entre ellos me llama tirano y no sabe tan bien como usted lo que soy”. Luis se consideraba motivado por la decencia, por la devoción a sus súbditos, por la humildad del titular en un cristiano.

Luis estaba dispuesto a admitir que había cometido errores de juicio como rey, pero su opinión lo había hecho solo por amor a su pueblo. No había hecho nada que pudiera interponerse como hecho para beneficio personal; la egomanía no era parte de su personalidad. Su resistencia a la revolución surgió, creía, de su devoción a su magistratura divinamente ordenada, una pesada obligación que obligaba que se pare obstinadamente por lo que creía, mientras que la mayoría de los hombres a su alrededor sucumbieron a la ambición personal o la conveniencia. Era la voluntad de Dios que hubiera sido elegido para sentarse en el trono. Fue la voluntad de Dios que Francia sea una monarquía. Y la justicia como la venganza, debe ser solo por Dios.

-The King's Trial: Louis XVI vs. the French Revolution (David P. Jordan)

domingo, 7 de julio de 2019

LA VISITA DE LA REINA VICTORIA AL TRIANON DE MARIE ANTOINETTE (1855)

 Este pequeño cuadro de Karl Girardet es el primer boceto de una acuarela encargada por la reina Victoria en 1855 y que aún se encuentra en las colecciones reales británicas. Conmemora la visita de la reina y el príncipe Alberto, acompañados por la pareja imperial, a Trianon el martes 21 de agosto de 1855 durante la estancia del soberano británico en París.Los dos soberanos pueden identificarse claramente en un carruaje abierto que está parado frente a la casa de María Antonieta, mientras que el Emperador y el Príncipe Consorte están a caballo a ambos lados. La escolta está compuesta por Cent-Gardes y postiles de la Casa del Emperador en uniforme de gala. Debajo de la galería que une la Casa de la Reina con la Casa de Billar, se encuentra la banda de los Guías de la Guardia Imperial que tocaron durante el almuerzo que tomaron las dos parejas.
La reconciliación con Gran Bretaña fue la obsesión de Napoleón III. En su primer viaje a Francia, reservo a la reina Victoria la pompa y la ceremonia que Versalles no había conocido desde la monarquía. Del 17 al 28 de agosto de 1855, la reina victoria estaba en una visita de estado a Francia. Quería devolver la visita que Napoleón III le había hecho en Londres en abril. El emperador era un anglófilo. Había pasado muchos años en Inglaterra y deseaba una reconciliación profunda y duradera con Gran Bretaña a pesar de haber vencido a su tío Napoleón I.
 
Reina Victoria y el Príncipe Alberto - Grabado Antiguo de 1855
 El 18 de agosto, día de Santa Elena, observo el conde Viel Castel, la reina Victoria y el príncipe Alberto zarparon hacia Boulogne, con el príncipe de Gales y la princesa real, fueron recibidos por e el emperador que cabalgo con ellos a la estación donde abordaron un tren para parís, llegando cuando ya casi había oscurecido. El partido real fue conducido a lo largo de los bulevares y los campo Elíseos, cruzando el Bois Boulogne. Hasta el precioso castillo de Saint-Cloud. Las tropas se alinearon en toda la ruta. Una multitud de 800.000 hombres, algunos de pie en los tejados, los vitorearon al atardecer, agitando pancartas con saludos en inglés. “nada, ninguna descripción, puede darte una idea de cómo ha lucido parís durante la última semana –escribió después Viel Castel- las calles y los bulevares eran un bosque de estandartes con arcos triunfales en todas partes, todos con las armas o los monogramas de los soberanos británicos y franceses”. 

La reina Victoria en París, 1855: Acuarelas de la Colección Real. La visita histórica de 10 días fue por invitación del emperador Napoleón III y su esposa Eugenia.
La reina se mostró muy entusiasmada por la belleza de la capital francesa, y quedó igualmente impresionada por el esplendor de la Corte Imperial.:“estoy encantada, divertida e interesada - escribió Victoria en su diario- el emperador ha hecho maravillas por parís”. Con Alberto, ella inspecciono y admiro una exposición internacional de exhibiciones de todos los países europeos y americanos, incluso de Rusia a pesar de la guerra. Había bailes brillantes en las Tullerias y el hotel de Ville, y una visita a la Conciergerie donde el emperador había estado encarcelado. Hubo una tarde en que, a la luz de las antorchas durante una tormenta, la familia real vio la tumba de Napoleón I en Les Invalides. Cuando ella y Alberto fueron a la ópera, la salir el público canto “Dios salve a la reina”.

El clímax fue un baile en la galería de los espejos en Versalles, que no había visto tal esplendor desde 1789, comprensiblemente, ya que Eugenia había elegido una impresión del siglo XVIII para su inspiración, “une fete sous Louis quinze”. A las diez en punto, los jardines se iluminaron repentinamente con cohetes y velas chinas, luego “un millón de fuegos artificiales” pintando el castillo Windsor en el cielo nocturno, después de los cual Napoleón y Victoria, Alberto y Eugenia, abrieron el baile. 

Cena ofrecida por el emperador Napoleón III a la reina Victoria en la salle de l'Opéra
Pasaron los nueve días, cada vez más amablemente, el emperador y el príncipe Alberto incluso cantaron dúos en alemán. “su alemán es perfecto”, comento la reina Victoria con aprobación. La amistad entre Eugenia y la reina se hizo aún más fuerte. Ella confeso a Victoria que estaba embarazada y que, a pesar de dos abortos involuntarios anteriores, esperaba tener un hijo. La reina estaba llena de simpatía y consejos útiles.

El emperador llevo a la familia real a su yate en su barcaza cuando partieron de Boulogne el 27 de agosto. La visita de Victoria no había sido menos deslumbrante que la suya propia en Inglaterra. “durante toda su estancia, las celebraciones han sido magnificas” –admitió Viel Castel. 
 
La reina Victoria visitó la tumba de Napoleón en la Iglesia de los Inválidos durante su visita de estado a París. El ataúd estaba en la pequeña capilla de San Juan en la iglesia. La reina anotó en su diario: 'Me paré en el brazo de Napoleón III, ante el ataúd de su tío, nuestro enemigo más amargo. ¡Yo, la nieta de ese rey, que más odiaba a Napoleón ... y este mismo sobrino, que ahora lleva su nombre  mi aliado más cercano y querido!
El emperador, dijo el general Fleury, quedo profundamente impresionado por el conocimiento de la reina de la política de toda Europa y por la parte obviamente muy activa que asumió en la política exterior del gobierno británico. La amistad entre Eugenia y Victoria fue duradera. Cuando la pareja imperial paso cuatro días en Osborne en agosto de 1857, Victoria le dijo a Lord Clarendon que le hubiera gustado que se quedaran mucho más tiempo, ya que sentía que “ninguno de los miembros de la realeza en la sociedad eran verdaderamente amigos como ellos”.

Irónicamente, solo unos pocos años antes, los consejeros de la reina le habían estado diciendo que la emperatriz era una “aventurera española”, pero durante las visitas de estado las dos mujeres habían encontrado una cantidad sorprendente de cosas en común. Se encontrarían de nuevo solo ocasionalmente y muy brevemente hasta 1870. Sin embargo, permanecieron amigas genuinamente devotas por el resto de sus vidas.

No hay duda de que es un hombre extraordinario, con grandes cualidades, casi podría decir que es un hombre misterioso. Evidentemente, posee indomable coraje, firmeza inquebrantable de propósitos, confianza en sí mismo, perseverancia y gran secreto; a esto se debe agregar, una gran confianza en lo que él llama su Estrella, y una creencia en presagios e incidentes relacionados con su destino futuro, que es casi romántico, y al mismo tiempo está dotado de un maravilloso autocontrol excelente, La calma, incluso la gentileza, y con un poder de fascinación, cuyo efecto sobre todos aquellos que se han familiarizado más íntimamente con él se siente de la manera más sensata.

domingo, 30 de junio de 2019

EL NACIMIENTO DEL PEQUEÑO LOUIS CHARLES DE FRANCIA (1785)

Hacia las 7pm del 27 de marzo de 1785, el conde de Sainte-Aulaire, teniente de los guardaespaldas del rey, en servicio con la reina, tomo el camino hacia Versalles en Paris. Se apresuró a ir al hotel de Ville para avisar al organismo municipal que la reina había dado a luz a un príncipe. A las 8:10, Sainte-Aulaire cumplió su misión y el ayuntamiento toco el timbre, disparando cañones y cohetes para anunciar el nacimiento de un nuevo príncipe. Irónico de la historia, en virtud de un decreto real que prohíbe el uso de la artillería una vez transcurrido el tiempo de pascua, la bastilla permaneció en silencio.


El primer acto de esta puesta en escena real tuvo lugar unas horas antes de la carrera de Sainte-Aulaire. Alrededor de las 4pm, la reina sintió los primeros dolores y envió a la princesa de Lamballe, la superintendente de su casa, quien se encargara de anunciar a la familia real, a los príncipes de la sangre y a los ministros, para que asistan al nacimiento. De boca en boca, todos los presentes en la corte, y a menudo son numerosos para venir y establecerse allí al acercarse un nacimiento, son advertidos y toman posición, según su rango, en las habitaciones contiguas a la de la reina. El rey está cerca de su esposa. Cuando el niño está a punto de aparecer, las puertas de la habitación son abiertas, por lo que podemos asistir a la llegada al mundo del príncipe. A las 6:45, el niño nace. El hecho de que sea un niño alegra a todos, el rey en primer lugar: con dos niños varones, la dinastía parece sólidamente asegurada.

En contraste con la antigua costumbre que hizo algunos años con el bautismo de los niños de Francia, Luis Carlos fue bautizado el mismo día de su nacimiento, a las ocho y media, por el cardenal de Rohan, obispo de Estrasburgo, gran capellán y por el abad de Rrocquevielle, párroco de Notre Dame en Versalles. Su padrino fue Luis Estanislao, conde de Provenza, hermano del rey, y la madrina fue María Carolina de Lorena, archiduquesa de Austria, reina de las dos Sicilias, recibió el título de duque de Normandía. Cuando la ceremonia termino, Calonne, tesorero general de lasa finanzas y gran tesorero de las órdenes del rey, trajo al recién nacido príncipe el cordón y la cruz de la orden del espíritu santo. Como el tamaño de la barriga de la reina fue tan grande, se decía que Calonne había preparado dos cintas azueles por si nacían dos príncipes.

Representación de bautismo solemne de monseñor el duque de Normandía
Este fue el primer hijo a cargo de la reina y la duquesa de Polignac, a la cual se le había dado la posición de institutriz real, y por tanto era en sus brazos a la espera de que el segundo bebe varón fuera colocado; la emoción sentida por esta criatura sensible fue tan grande que la señora Macao, tuvo que ponerse de pie y ayudar a la duquesa.

Hacia las nueve de la noche, fuegos artificiales fue despedido en la plaza en presencia del rey y toda la corte. Aproximadamente al mismo tiempo, una descarga de cañones en la ciudad y las campanas del ayuntamiento anunciaron a los parisinos que Dios le había concedido un segundo hijo al rey.

El 28 de marzo, un día después del nacimiento el ayuntamiento había preparado la plaza de Greve, frente al hotel de Ville, una pira de quinientos fagots coronada por un árbol. Precedidos por el gobernador de la ciudad, los comerciantes y concejales, sosteniendo guirnaldas, brazaletes y ramos de flores, recorren la pira en procesión antes de disparar, gesto para atraer la buena fortuna del recién nacido. Al mismo tiempo, se instalan en la ciudad cuatro orquestas y cuatro fuentes de vino. Por la noche en la decisión municipal, las personas deben iluminar sus hogares, es decir, la colocación de velas en sus ventanas como un signo de alegría.


El viernes 1 de abril, por orden del rey, se cantó un Te Deum en la iglesia de Notre Dame de paris; todos los cuerpos del estado fueron convocados allí.Luis XVI llego en gran procesión a parís alrededor de las 6. Se encuentran en un carruaje con sus hermanos, los condes de Provenza y Artois, y los príncipes de la sangre, el príncipe Conde y los duques de Orleans y Borbón. Otros carruajes siguen con el cortejo del rey. Los guardaespaldas rodean al carruaje real, mientras los guardias suizos y los guardias franceses se alinean en la carreta. El carruaje avanza a un ritmo para que las personas puedan ver a su soberano mientras se lanza dinero a la multitud. 

Luis es recibido en la catedral por el arzobispo. Los miembros del parlamento de parís, tribunales de cuentas y asistentes, el cuerpo de la ciudad esperan al soberano en la iglesia. El ayuntamiento tuvo que pedir permiso al rey para no venir y darle la bienvenida, como es costumbre, a la puerta de la conferencia para no llegar tarde a la ceremonia. Saliendo de la iglesia, aplausos populares testifico el amor de Francia por el monarca que, en la bienaventuranza de la juventud, hizo su dicha pública.

“para nosotros acaba de brillar,
Este día deseado tanto tiempo, ven y llénanos de regalos,
De nuestra providencia,
Un duque nace para tomar el nombre,
Canten amigos, para celebrar este príncipe
¡Larga vida a Borbón!”


El Norman allegresse, con el estribillo “vive Bourbon!” quiere ser un homenaje de Normandía al príncipe que lleva su nombre. La canción, e su tono afable, es publicada por Basset bajo un dibujo alegórico de Claude-Louis Desrais. Este último muestra la clero, la magistratura y la nobleza presentando las producciones agrícolas de la providencia a la familia real. El pequeño príncipe se acerca a los tres hombres con una sonrisa. En la parte posterior, la gente baila para celebrar el nacimiento del príncipe. La impresión, bellamente diseñada, vendida exclusivamente en parís, hace de “la alegría de Normandía” una alegría condensada que debe cruzar el reino.

Retrato de Louis-Charles, Príncipe Real de Francia (1785-1795). Museo: Colección privada.
 Al igual que su hermana, María Teresa, el pequeño Luis Carlos impresiono a todo el mundo con su fuerte constitución, como la reina felizmente informo a José II. En mayo, María Antonieta se refirió a su salud de nuevo; él era definitivamente más fuerte de lo normal para un bebe de su edad. Con el tiempo su dulzura, su racha ganadora y, sobre todo, el físico robusto que dio como promesa para el futuro, haría de Luis Carlos la principal fuente de placer en la vida de María Antonieta.

El nacimiento del duque de Normandía fue acompañado, naturalmente, por las acusaciones habituales, aunque el nombre de Fersen, por cierto, no figuraba en ellos. Una parodia sacrílega de la historia de la navidad tuvo a María Antonieta, como su protagonista, la virgen María, que lleva un bebe que no fue concebido por su marido. Luis XVI, fue visto como San José, una figura complaciente, cuyo principal interés fue el relleno de si mismo con alimentos y bebidas, mientras que la reina dio a luz a un heredero al trono “engendrado por el amor”.

La paternidad del bebe nunca fue cuestionada por el rey, que es la prueba en si mismo que él continuo de vez en cuando haciendo el amor con su esposa. El abad de Veri confirmo este hecho en su diario. Las malvadas lenguas en la corte tuvieron que admitir que las fechas de las concepciones de la reina “coincidían muy bien con las visitas conyugales del rey”.

domingo, 23 de junio de 2019

LA MUERTE DE MADAME SOFIA DE FRANCIA (1782)

Madame Sophie de France por François-Hubert Drouais , 1762, en el Museo Metropolitano de Arte.
  En febrero de 1782, el estado de la hija del rey causo preocupaciones bastante graves: la pequeña princesa tuvo convulsiones, fiebres frecuentes y un fuerte resfriado. Afortunadamente, su recuperación fue casi tan rápido como el ataque de la enfermedad. Sin embargo, otra preocupación ocupo la familia real: madame Sofía, que se encontraba bien desde hace algún tiempo, cayó enferma. Una fuerte crisis, que iba a ser fatal, la obligó a Estar definitivamente en la cama por unos días, vigilada por sus dos hermanas, en su habitación en su apartamento debajo de la gran galería. Mientras pasaban por la terraza del castillo, los caminantes escucharon los gritos de dolor empujados por el paciente. Su estado fue tan alarmante que expresó su deseo de recibir los sacramentos; el rey, la reina y casi todos los miembros de la familia fueron testigo de este acto religioso.

La señora Sophie Philippine Elizabeth Justine de Francia, tía del rey Luis XVI, murió el 3 de marzo en su cuadragésimo octavo año; asfixiada y agotada tras una crisis de más de 12 horas de asfixia en 1 1/2 de la mañana. "En el momento en que menos lo esperábamos", escribe Bachaumont. Una carta escrita al día siguiente por la señora Bombelles a su marido, da los siguientes detalles: “Sofía murió a la una y media de la mañana. Por la mañana se creía que sus sufrimientos se debían al efecto de los remedios, y una estaba tan convencida de que todavía no moriría, que esa misma noche había habido un espectáculo en la corte. Al salir nos dirigimos a informar al rey ya la reina que Madame Sophie era muy mala. Estaban allí, el señor, conde Artois y madame Elizabeth, y permanecieron allí hasta su último momento. La pobre princesa era plenamente consciente hasta media hora antes de su muerte. La hidropesía, que subió en el pecho y se arrojó sobre su corazón, fue lo que la mato. Ella pidió ser enterrada en Saint-Denis si ceremonia alguna. Madame Elizabeth estaba demasiado angustiada y fue triste ver su sufrimiento por la muerte de la señora, su tía. Lloraba mucho ayer; hoy en día está más tranquila… las señoras tías están en muy mal estado; son realmente dignas de lastima. La señora de Motmorin y todas las mujeres que pertenecieron al servicio de esta pobre princesa, lamentan la perdida…”
  
Jean Etienne Liotard - Prinzessin Sophie Philippine Élisabeth Justine de France (1734 - 1782) (Sammlung Rau)

En el día de su muerte, fue enviado esta patente por el rey:

“estimados, el alma que Dios ha dispuesto llevarse de nuestra querida Sophie Philippine Elizabeth Justine, nuestra intención es que su cuerpo sea enterrado en la iglesia real de Saint-Denis, Francia, por el obispo señor de Chartres, su primer capellán y por este medio directo, recibirlo con toda la decencia y el honor que se le debe, para ser depositado en la tumba donde reposan los príncipes de la sangre y la rama Borbón. Esta es nuestra voluntad. Dado en Versalles, 3 de marzo de 1783”.

El tribunal se puso de luto durante tres semanas. La voluntad de madame Sofía fue respetada, por su sencillez conmovedora, lo que hizo innecesario cualquier reclamación respecto a las reglas de la etiqueta. La princesa pidió “que su cuerpo estuviera durante veinticuatro horas, a cargo de las hijas de la caridad y de los sacerdotes de allí, y luego fuera llevado a Saint-Denis sin ningún tipo de pompa o cualquier ceremonia, para reposar en el lugar cerca de los de su padre y madre como señal de su permanente apego a su gente”.



El día 3, el cuerpo de Sofía, abiertamente, se expuso en su apartamento, en la mañana del 4, se realizaron misas por el descanso de su alma y por la tarde del mismo día, fue llevado a Saint-Denis sin ningún tipo de ceremonia. Por otra parte, la muerte de la hija de Francia, se realizaron solemnidades de duelo y oración: el 6 de marzo, la señora Narbona, abadesa real de Vernon fue celebrada por el descanso de su alama en un servicio solemne. Los mismo honres se realizaron simultáneamente el 12 en la abadía real de Fontevrault, que no podía olvidar que la infancia de Sofía había transcurrido allí; y las abadía real de Lieu, cuya abadesa (la señora de Soulanges) era una de las cuatro monjas encargadas de la educación de las hijas del rey.

Dejó un testamento muy detallado, revelando muchos legados a sus hermanas, a su familia y también a sus damas, demostrando la extrema generosidad de las hijas de Luis XV, cualidades que compartió con la buena Madame Victoria. Además de las rentas vitalicias, dejará libros, joyas, retratos y objetos de arte a los miembros de su casa.

Victoria y Sophie de Francia
Estas herencias reales explican, entre otras cosas, la conservación de numerosos libros encuadernados de su biblioteca que son numerosos en el mercado actual: sus obras, que han pasado de generación en generación en varias familias nobles, descendientes de las damas de Madame Sofía, especialmente Madame de Riantz. También dejó vacante uno de los apartamentos privados más hermosos del castillo, otorgado por un adorable padre a una de sus hijas, probablemente la más discreta y menos exigente de todas.Tenía la cabeza baja por la timidez, pero podía ver con quién se estaba reuniendo. Ella era como su padre, una niña tímida