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domingo, 4 de agosto de 2019

MARIE ANTOINETTE EN CONTRA DE LA REVOLUCIÓN

Se ha ridiculizado mucho a Luis XVI porque el 14 de julio de 1789, al despertar asustado de su sueño ante la noticia de la toma de la Bastilla, no comprendió al instante en toda su trascendencia la palabra «revolución», que acababa de hacer su aparición en el mundo. Pero no hay duda alguna de que tanto el rey como la reina, ante las primeras señales de la tempestad, no se dieron cuenta, ni de modo aproximado, de la extensión que habrían de alcanzar los destrozos de este terremoto; pero otra pregunta: ¿quién de todos los contemporáneos tuvo ya desde estas primeras horas noción de la inmensidad del movimiento que allí comenzaba?, ¿quién fue capaz de ello, ni aun entre los que encendían y atizaban la Revolución? Todos los jefes del nuevo movimiento popular, Mirabeau, Bailly, La Fayette, no sospechaban siquiera por lo más remoto cuánto más allá de la meta que ellos se habían propuesto ha de arrastrarlos esta desencadenada fuerza, contra su propia voluntad, pues, en 1789, los que han de ser los más furibundos de los posteriores revolucionarios, Robespierre, Marat, Danton, son aún, resueltamente, convencidos realistas. Sólo por medio de la misma Revolución francesa el concepto de «revolución» recibe aquel sentido amplio, bárbaro a históricamente universal en que lo empleamos hoy en día. Sólo el tiempo ha impuesto en él la sangre y el espíritu que no tenía en las horas primeras. Sorprendente paradoja: no fue tan fatal para el rey Luis XVI el no poder comprender la revolución como, por el contrario, el que este hombre medianamente dotado se esforzara del modo más emocionante por llegar a comprenderla.

marie antoinette and french revolution

Luis XVI leía gustoso la Historia, y ninguna cosa había producido impresión más profunda en el tímido muchacho que el que una vez le fuera presentado personalmente el célebre David Hume, el autor de la Historia de Inglaterra, pues esta obra era su libro favorito. En él había leído ya, con especial emoción, cuando delfín, aquel capítulo en que se describe cómo fue hecha una revolución contra otro rey, el rey Carlos de Inglaterra, y cómo, por último, fue decapitado: este ejemplo actuó como de poderosa advertencia en el asustadizo heredero del trono. Ésta es la tragedia de Luis XVI; quería comprender lo incomprensible con hojear la Historia como un libro escolar, y defenderse de la Revolución renunciando temerosamente a todo lo que había de regio en su actitud. 

Otro es el caso de María Antonieta: no pidió consejo a ningún libro ni apenas a los hombres. Acordarse y precaverse no era propio de ella, ni en los momentos de mayor peligro; todo cálculo y toda convicción eran ajenos a su espontáneo carácter. Su fortaleza humana se apoyaba únicamente en el instinto. Y este instinto, desde el primer momento, opuso un inflexible «no» a la Revolución. Nacida en un palacio real, educada en los principios de la legitimidad, convencida de su derecho a reinar como de un don divino, considera desde un principio toda reivindicación nacional como una indigna sublevación del populacho: aquel que reclama para sí mismo todas las libertades y todos los derechos está siempre mal dispuesto a otorgárselo también a los otros. María Antonieta no entra en una discusión, interna ni externamente: dice lo mismo que su hermano José: « Mon métier est d'étre royaliste» . «Mi misión es únicamente representar el punto de vista del rey.» Su puesto es arriba; el del pueblo, abajo; no quiere descender, y el pueblo no debe subir.

Desde la toma de la Bastilla hasta el cadalso, en todos los minutos, se siente inconmoviblemente en su derecho. Ni por un solo instante pacta, en su ánimo, con el nuevo movimiento: todo lo revolucionario no significa para ella sino una palabra embellecedora para expresar la idea de rebelión.
Esta voluntad orgullosa, rígida a inconmovible de María Antonieta ante la Revolución, no contiene, sin embargo (por lo menos al principio), la menor animosidad contra el pueblo. Criada en la agradable Viena, María Antonieta considera al pueblo, como un ser absolutamente bonachón pero no muy razonable; con firmeza de roca, cree que algún día ese bravo rebaño se apartará, desengañado, por sí mismo de esos agitadores y parlanchines y hallará el camino del buen pesebre de la hereditaria Casa soberana. Todo su odio va, por ello, hacia los revoltosos , hacia los conspiradores, incitadores, socios de clubes, demagogos, oradores, advenedizos y ateos que, en nombre de confusas ideologías o por ambiciosos intereses, quieren infundir al honrado pueblo pretensiones contra el trono y el altar.

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un montón de locos, de bribones y de criminales, llama a los representantes de veinte millones de franceses, y quien, aunque sólo haya sido durante una hora, ha pertenecido a aquella facción de Corah, ha terminado ya para ella; quien, aun sin otra tacha, haya tan sólo hablado con estos furiosos innovadores, es ya muy sospechoso. Ni una palabra de gratitud oye de ella La Fayette, que por tres veces ha salvado la vida de su marido y de sus hijos con riesgo de la propia: mejor perecer que dejarse salvar por estos vanidosos cortejadores del favor popular. Jamás, ni aun en la prisión, le hará a ninguno de sus jueces, a quien ella no reconoce como tales y los llama verdugos, ni a ningún diputado, el honor de dirigirles un ruego; con toda la obstinación de su carácter persevera en su inflexible repulsa a todo compromiso. Desde el primer momento hasta el último, María Antonieta no ha considerado a la Revolución más que como una inmunda ola de fango en la que hozan los más bajos y vulgares instintos de la Humanidad; no ha comprendido nada de los derechos históricos, de la voluntad constructiva de aquel movimiento, porque estaba resuelta a no comprender ni a afirmar más que su propio derecho real.

Esta voluntad de no comprender fue la falta histórica de María Antonieta: no hay que negarlo. Abarcar de una sola ojeada espiritual las conexiones de los hechos, poseer una profunda vista en lo moral, no fueron, ni por su educación ni por su íntimo querer, dones concedidos a esta mujer en absoluto corriente y de ideas políticas estrechas; para ella sólo fue siempre comprensible lo humano, lo inmediato y lo sensible. Pero, visto de cerca, examinando los hombres que intervienen en él, todo movimiento político resulta turbio; siempre se deforma una idea tan pronto como queda encarnada en lo terreno. María Antonieta -¿cómo podría ser de otro modo?- juzga la Revolución según los hombres que la dirigen; y, como siempre ocurre en tiempos de revuelta, éstos eran los que sabían hacer más ruido, no los más honrados ni los mejores.

¿No tiene la reina que sentir desconfianza cuando ve que precisamente entre los aristócratas son los más cargados de deudas y peor afamados, los de costumbres más corrompidas, como Mirabeau y Talleyrand, los que descubren primero que su corazón late por la libertad? ¿Cómo podría pensar María Antonieta que la Revolución es una cosa honrada y limpia cuando ve al avaro y codicioso duque de Orleans, siempre dispuesto a entrar en todo sucio negocio, entusiasmarse con la nueva fraternidad, o cuando ve que la Asamblea Nacional elige por su favorito a Mirabeau, ese discípulo del Aretino, tanto en el sentido de la venalidad como en el de la literatura obscena, esa escoria de la nobleza que, a causa de un rapto y otras oscuras historias, ha sido huésped de todas las prisiones de Francia y que después ha sostenido su vida gracias al espionaje? ¿Puede ser divino un movimiento que erige altares a semejantes hombres? ¿Debe considerarse como verdaderamente precursoras de una nueva humanidad la indecencia de las pescaderas y perdidas de las calles y que, como salvaje señal de victoria, llevan degolladas cabezas clavadas en el extremo de sus sangrientas picas?

marie antoinette and french revolution

Porque en el primer momento no se ve más que la violencia, María Antonieta no cree en la libertad; porque sólo mira a los hombres, no sospecha la existencia de las ideas que se alzan invisibles detrás de ese bárbaro movimiento que trastorna al mundo; no ha notado nada, ni percibido nada, de las grandes ventajas que para la Humanidad resultan de un movimiento que nos ha apartado los magníficos fundamentos de todas las nuevas relaciones entre los hombres: la libertad de conciencia, la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libertad de comercio y la libertad de reunión; que ha esculpido la igualdad de clases, razas y confesiones como primer artículo de la tabla de la ley de los tiempos nuevos y que ha puesto fin a vergonzosos restos de la Edad Media, el tormento judicial, el vasallaje y la esclavitud; jamás comprendió la reina o trató de comprender, detrás de los brutales tumultos callejeros, la parte más mínima de estas metas espirituales. De esta turbulencia inabarcable con la vista, no ve más que el caos y no el bosquejo del nuevo orden que debe nacer de estos espantosos combates y convulsiones; por ello, desde el primer día hasta el último odió con toda la energía de su obstinado corazón a los directores y a los dirigidos. Y de este modo sucedió to que tenía que suceder. Como María Antonieta era injusta con la Revolución, la Revolución fue dura a injusta con ella.

La Revolución es el enemigo -éste es el punto de vista de la reina-. La reina es el obstáculo -ésta es la convicción fundamental de la Revolución-. Con instinto infalible percibe la masa del pueblo en la reina su única antagonista verdadera: desde el principio dirige contra su persona toda la furia del combate. Luis XVI no cuenta para nada, ni en bien ni en mal; eso lo sabe ya hasta el último campesino de las aldeas y el más diminuto pilluelo de la calle. A este hombre asustadizo y tímido se le puede espantar con algunos disparos de fusil, en forma que diga amén a todas las solicitaciones; se le puede plantar el gorro rojo y lo llevará sobre su cabeza, y si se le ordena enérgicamente, gritará también: «¡Abajo el rey! ¡Abajo el tirano!». Aunque rey, obedecerá como un macaco. Una única voluntad defiende en Francia el trono y sus derechos, y este «único hombre que tiene a su favor el rey -según la frase de Mirabeau- es su mujer». Por tanto, quien esté en favor de la Revolución tiene que estar en contra de la reina; desde el principio es meta de todos los disparos, y a fin de que, de modo inequívoco, llegue a ser el blanco general y se produzca una manifiesta separación entre ella y el rey, todos los escritos revolucionarios comienzan por presentar a Luis XVI como el verdadero padre del pueblo, como un hombre bueno, virtuoso, noble, sólo que, por desgracia, demasiado débil y « seducido».
 
marie antoinette and french revolution

Si no dependiera más que de este amigo de los hombres, existiría una paz deliciosa entre el rey y la nación. Pero esa extranjera, esa austríaca, sometida a su hermano, encerrada en el círculo de sus favoritos y sus favoritas, despótica y tiránica, ella sola no quiere ese acuerdo, y prepara siempre nuevos complots para destruir la libre población de París con tropas extranjeras llamadas para ello. Con infernal astucia engaña a los oficiales para que dirijan sus cañones contra el indefenso pueblo; ávida de sangre, azuza a los soldados con vino y regalos para que hagan una noche de San Bartolomé; a decir verdad, sería más que tiempo de abrir los ojos al pobre y desgraciado monarca. En el fondo, ambos partidos tienen el mismo pensamiento: para María Antonieta, el pueblo es bueno, pero seducido por los facciosos; para el pueblo, el rey es bueno, pero alterado por su mujer. Por tanto, y en realidad, la lucha está entablada solamente entre los revolucionarios y la reina. Pero cuanto más se dirige el odio contra ella, cuanto más injustas y calumniosas son las injurias que le lanzan, tanto más fieramente se revuelve la obstinación de María Antonieta. Quien guía con toda decisión un gran movimiento o lo combate enérgicamente, va en la lucha más allá de su propia medida; desde que todo un mundo está contra ella, el infantil orgullo de María Antonieta se convierte en soberbia, y sus fuerzas psíquicas desparramadas se juntan para producir un carácter verdadero.

Esta fuerza tardía de María Antonieta sólo puede, no obstante, acrisolarse luchando a la defensiva; con una bala de cañón atada al pie nadie puede salir al encuentro de su adversario. Y aquí la bala de cañón es el pobre rey, vacilante. La toma de la Bastilla es para él un bofetón en la mejilla derecha, y a la mañana siguiente, con humildad cristiana, presenta ya la izquierda. En lugar de enojarse, en vez de censurar y castigar, promete a la Asamblea Nacional retirar fuera de París las tropas que acaso estarían aún dispuestas a combatir en favor suyo, renegando con ello de los defensores que han caído al servicio de su causa. Como no se atreve a pronunciar ninguna palabra severa contra los asesinos del gobernador de la Bastilla, reconoce con ello el terror como justo poder político para gobernar a Francia, y, arredrándose, él legaliza la sublevación. Para darle gracias por tal humillación se encuentra París dispuesto a coronar de flores a este complaciente soberano y a conferirle -pero sólo por plazo breve- el título de restaurateur de la liberté française .

A las puertas de la ciudad lo recibe el alcalde con las ambiguas palabras de que la nación ha vuelto a conquistar a su rey; con toda obediencia, Luis XVI toma la escarapela que el pueblo ha elegido por emblema de su lucha contra la autoridad real, sin advertir que la muchedumbre no le aclama a él, sino a su propia fuerza, que ha sometido al soberano.

sábado, 2 de febrero de 2019

JOSEPH MARTIN DAUCH: EL DIPUTADO QUE SE OPUSO AL JURAMENTO DEL JEU DE PAUME (20 JUNIO 1789)

El juramento del Jeu de paume por David (1791)
578 diputados del tercer estado, el clero y la nobleza se reunieron el 20 de junio de 1789 en la sala del Jeu De Paume en Versalles y juraron no irse antes de la elaboración de una constitución. Sin fundamentos legales bajo el antiguo régimen, este evento político, fuerte de este símbolo, prefigura el nacimiento de la revolución francesa. Anuncio la asamblea nacional constituyente que pondría fin a varios siglos de régimen monárquico absoluto. 

Al momento de firmar en la parte inferior del texto, solo un miembro se opondrá. Es el representante del tercer estado para el senescal de Castelnaudary, el diputado Joseph Martin Dauch. Inmediatamente después del juramento, se hizo el llamado de la administración, senescal, provincias y ciudades de acuerdo con el orden alfabético, y cada uno de los miembros presentes, respondiendo al llamado, se acercó al cargo del presidente y firmo.

© Archivos Nacionales
En la parte inferior izquierda, a la firma del MP le sigue la palabra "Opposant".
De repente se produce un altercado, inicialmente desapercibido entre el clamor y el pisoteo. En el momento en que se le pasa la pluma, Martin Dauch, diputado de Castelnaudary, dijo: “mis electores no me enviaron para insultar y desgarrar a la monarquía. ¡Protesto contra el juramento prestado!”. Tan pronto como se acurruca con los que se agolpan alrededor de la oficina, se levanta audazmente y declara que “no puede jurar ejecutar deliberaciones no aprobadas por el rey”.

Bailly lo exhorta a no marchar la unanimidad de sus colegas con una sola disparidad; Dauch persiste; el presidente insiste: “tenemos el derecho de abstenernos, no de oponernos al deseo de toda la asamblea”. Pero ya Dauch ha puesto su nombre, seguido de la palabra “opposant”. Una voz severa impone una apariencia de silencio:

“le anuncio a la asamblea que el señor Martin Dauch ha firmado: ¡oponente!”.

Un huracán de indignación saluda el nombre de este traidor. ¿Quién lo denuncia? Es Camus, diputado de parís, miembro de la academia de las inscripciones y hermosas letras. Esta deserción unánime de una decisión tan solmene causa un sentimiento doloroso. El renegado, el desertor, es lanzado al aire, sus manos extendidas lo indican a la furia de la población, quien, desde la parte superior de las ventanas, mezcla sus abucheos con los de los oficiales. 
 
La habitación del Jeu de Paume en Versalles con en el fondo la pintura de David, en la que figura Martin-Dauch.
Bailly se precipita en medio de la multitud amenazadora, se sube a la mesa para ser mejor entendido; y después de haber logrado, no sin dificultad, restablecer la calma, pide que se escuche las razones del oponente. Martin Dauch responde de la imperturbabilidad más perfecta, pero su voz es interrumpida por un nuevo grito de descontento general.

Bailly esta vez se desespera por traer de vuelta a los espíritus; sin embargo se las arregla para ser escuchado: “la asamblea –dice- m

Temiendo por su vida, el alguacil Guillot, lo escolto hacia una puerta oculta por la que podía salir y escapar a las calles sinuosas del viejo Versalles. El presidente logro cerrar el incidente afirmando que la firma de este único oponente se mantendría en el registro como prueba de la libertad de opinión y que se pondría a la cabeza del decreto que se había tomado por unanimidad, menos una. 
 
David representó al miembro de Castelnaudary en la esquina derecha de su pintura. Su postura está acurrucada con los brazos cruzados en señal de penitencia. Pero nunca se negó Martin Dauch de haber sido el oponente del juramento del Jeu de Paume. Esta pintura fue hecha dos años después... David muestra una imagen distorsionada de la verdad histórica con fines de propaganda.
Al día siguiente, Bailly intento obtener esta retratación obstinada. Habiendo fracasado, le aconsejo que se abstuviera, por un tiempo, de aparecer en la asamblea; pero Dauch no tuvo miedo, y volvió a ocupar su lugar entre sus colegas. Se sentó allí hasta la asamblea constituyente, mezclándose poco en los debates, porque las tablas del “moniteur” no citan de él una sola intervención.

Solo se sabe que en el año 1791, El día que Luis XVI fue a la reunión para aprobar la constitución, los demás representantes permanecieron sentados, pero Martin-Dauch, fiel a su resolución e independencia, se levantó y reconoció al rey.  La audacia de levantarse y descubrirse a sí mismo: era Martin Dauch, fiel a su resolución de independencia intransigente.

Al regresar a su provincia, parecía perder interés en la política, pero el terror no perdió interés en él. Los Sans Culotte intentaron matarlo. Dauch se retiró a Tolouse, fue arrestado allí, encarcelado y, sin duda, habría sido guillotinado si los comités locales hubieran sospechado que tenía al judas del Jeu De Paume.
 
El juramento del Jeu de paume. Alto relieve en bronce por Leopold Morice.

domingo, 24 de junio de 2018

JURAMENTO DEL JUEGO DE PELOTA Y DESPIDO DE NECKER (1789)


  El tribunal dejo Versalles para irse a Marly el día después del funeral del pequeño delfín. Los acontecimientos políticos dejan poco tiempo a los soberanos para abandonar el dolor. El tercer estado mostro su voluntad insistentemente. El 13 de junio, fue convocada por última vez las otras dos órdenes para unirse a él. Tres sacerdotes finalmente respondieron a este llamado y se rumoreaba que muchos otros estaban dispuestos a seguirlos.

Horrorizados, el rey y la reina ven como el 17 de junio el tercer estado, el cual se le había unido veinte miembros del clero, se declaró unilateralmente “asamblea nacional” con la intención de proporcionar a Francia con una nueva constitución. El conde Artois podría pensar que la fuerza era la mejor solución, pero queda por ver si esta fuerza no despertaría una acción contraria aún más peligrosa.



El 18 de junio, mientras el clero –una pequeña mayoría- se pronunciaba para la tercera reunión, en Marly se celebró un consejo extraordinario. Se aconsejó a Luis XVI convocar a los miembros de los tres estados sin pasar por el acto de insubordinación que acababan de cometer y permitir deliberar juntos los asuntos de importancia nacional y votar por cabeza. También se mencionó la creación de una cámara superior. El impuesto debía ser igualitario, así como el acceso de todos los ciudadanos a los cargos públicos. Esta verdadera revolución real fue reprochada por el ministro de justicia, el señor Barentin, criticó fuertemente a Necker por su indulgencia hacia el tercer estado y rogo al rey que recordara la sumisión de los hombres que se habían atrevido a desafiar la autoridad real. La discusión continúo hasta las diez de la noche sin resultados.

El 19, de Luis XVI cumple con sus ministros en ausencia de Necker. La actitud del soberano, al parecer bastante favorable al proyecto de Ginebra, sin embargo en el último momento “llegó la reina y pidió hablar con el rey, esta interrupción de la junta, golpeo extremadamente a todos los miembros, el rey se ausento durante casi una hora y a su regreso cambio de opinión –dice el ministro Saint-Priest- influenciado por la reina y el conde Artois, rechazo el proyecto y no se concluyó nada”. El consejo se disolvió sin haber decidió, el rey convoca a sus ministros hasta el domingo, 21 de junio en Versalles donde quería ir al día siguiente.


El 20 de junio son cerradas las puertas al tercer estado, exasperado por esta primera represaría, los miembros se reúnen en la sala del juego de pelota y prestan juramento de no disolverse antes de que este cumplida la voluntad del pueblo y votada la constitución. Este juramento ignoro los poderes teóricos del monarca y, como tal, fue un acto de valentía y desafío.

La corte se espanta ante este demonio popular que ella misma ha ido a sacar de su guarida. El ambiente era particularmente pesado cuando se abre el consejo, el 21 de junio, Necker, el moderado conciliador del tercer estado, abogo por las concesiones para calmar la situación. El conde Artois y de Provenza en cambio instaron al rey fuertemente a la inversa. Necker tuvo que hacer frente a la coalición de los ministros de la familia y los altos reales implícitamente atribuido a empresas facciosas en su bondad para con él. En una escena, probablemente gestionada por la duquesa de Polignac, María Antonieta hace presencia en el consejo cerca del rey con sus dos hijos sobrevivientes. Empujándolos a sus brazos ella le suplico que se mantuvieran firmes.

En la reunión del 23 de junio, Necker decidiría no asistir, con su ausencia, los miembros se dieron de cuenta de que el rey, aunque admitió algunas concesiones a los nuevos principios, dio la señal para la contrarrevolución. Sus deliberaciones se declararon “no validas, ilegal e institucional”. El rey, sin embargo, está de acuerdo en la libertad individual y la libertad de prensa, sin afirmar su compromiso de establecer la igualdad fiscal. De hecho Luis XVI quiere mantener intactas las viejas estructuras de la sociedad monárquica. La distinción de los pedidos debe sobrevivir y no hay duda de dejar el libre acceso de los servicios públicos a los ciudadanos.

entrada de diputados en el juego de Pelota.
De regreso a Versalles, el rey fue recibido por una multitud ansiosa, preparada para aceptar la idea de que podría ser devuelto Necker. La ausencia del ministro en la reunión que había tenido lugar y el sonido de su partida se habían extendido como una mancha. Como era de esperar, Luis XVI encontró su carta de renuncia pero no la acepto. Durante la tarde, la multitud crecía en los patios y galerías del castillo, mientras que en la sala de Menus Plaisirs los representantes del tercer estado no tienen la intención de evacuar la habitación. En la asamblea, el conde Artois, los príncipes de Conde y Conti, los señores de Luxemburgo y Coigny son declarados enemigos ardientes de la libertad pública. El conflicto se abrió entre el gobierno y la asamblea nacional.

Muy incómoda, sobre las seis de la tarde, María Antonieta envía a llamar al ministro y gentilmente lo lleva ante Luis XVI: “el rey –dice Necker- no me expreso punto de insatisfacción, pero en cambio la reina, me pidió renunciar a la resolución que había tomado de abandonar el ministerio”. El día termino con el triunfo del ministro. Necker aún no había abandonado el palacio, se apresuró, retiró su renuncia y salió al gran patio del castillo para calmar a la multitud. Fue recibido con mil gritos: "¿Te quedas? Un hombre que cayó de rodillas le besó las manos. Y él respondió, estallando en lágrimas: "Sí, mis hijos , me quedo ... pueden estar seguros" La gente se retiró satisfecha, y en la noche hubo hogueras e iluminaciones.El 24 de junio la mayoría de los miembros del clero se unieron al tercer estado, el 25, cuarenta y siete miembros de la nobleza hacían lo mismo, el 27, ya en su totalidad se unen. El rey y la reina habían cedido a la presión popular, nunca la pareja real había conocido tal desorden, por lo cual Luis XVI ordeno montar tropas a las afueras de parís. Ese mismo día María Antonieta aparecía en un balcón con sus dos hijos al lado del rey. Según el enviado de Parma, el conde Virieu, la reina de luto por su hijo perdido, estaba pálida y tenía los ojos enrojecidos.


Muchos desconocidos, cuya boca había permanecido cerrada durante toda su vida, descubren de repente el placer de hablar y de escribir; centenares de ambiciosos y desocupados ventean la hora favorable, y todos se dedican a la política, se mueven, leen, discuten y defienden su punto de vista. “cada hora –escriben el inglés Arthur Young- produce su folleto, trece han aparecido hoy, dieciséis ayer, veintidós la semana pasada y diecinueve de cada veinte son escritos en favor de la libertad”, es decir, por toda la desaparición de los privilegios y entre ellos también los de la monarquía.

Ya los oficiales y soldados se unen al irresistible movimiento, ya advierten, sorprendidos los funcionarios municipales y del estado como se les escapa de las manos las riendas al desbocarse la furia popular. “desde el 23 de junio hasta el 27, aquí todo el mundo estaba loco, y ciertamente no era sin la más buena razón, ya que nos alejamos de la quiebra y la guerra civil –comunica espantado a Viena el embajador Mercy- el tribunal ha pensado en ponerse en un lugar seguro. Que no fue fácil dada la deserción de las tropas. El señor necker no se había retirado como se había previsto, o la idea loca propuesta por el conde Artois y el apoyo de varios miembros de la familia real para detener al ministro, fue rechazado sistemáticamente por el re y la reina… la desconfianza y la acritud entre la nobleza y el tercer estado se mantiene con vehemencia y dan lugar a disputas sobre cada cuestión”.

Caballeros del tercero antes de la sesión real del 23 de junio de 1789
Caballeros del tercero antes de la sesión real del 23 de junio de 1789
Caballeros del tercero antes de la sesión real del 23 de junio de 1789
Caballeros de la tercera antes de la sesión real del 23 de junio de 1789 Autor L. Mélingue
El consejero del palacio real están cada vez más angustiados, y como, en general, la incertidumbre moral trata de salvarse de su miedo respondiendo con un gesto de violencia. La desesperada atmosfera en la corte era informada por la condesa de Provenza a su amiga la señora de Tourbillon, en una carta del 2 de julio: “no tienes idea de cómo es ahora la vida en Versalles… circulan panfletos, discusiones acaloradas, se escuchan disturbios y disparos en la noche…”.

La crisis alcanzo proporciones que el soberano no hubiera sospechado. “el rey vacila una vez más –informa el conde Mercy a José II- en la inclinación de los intereses del clero y de la nobleza, mientras Necker continúo creyendo en el potencial del tercer estado en poner su pose en el lado de la monarquía”. Todo esto enfurece a la corte y los diputados que ven a un soberano totalmente débil en unos tiempos tan turbulentos. Como escribió el gobernador Morris: “Luis es un hombre honesto y desea realmente hacer lo bueno sin tener genio o educación”. En presencia de un soberano que dudaba de todo, los ministros, príncipes y cortesanos querían tener en cuenta la opinión de la reina. Los partidarios de la contrarrevolución ponen sus esperanzas en ella.

Mirabeau frente a Dreux Brézé, 23 de junio de 1789
En su angustia, Necker, Montmorin y Saint-Priest, temían la influencia del embajador de María Antonieta, el conde Mercy pidió jugar el papel de mediador entre el rey y sus ministros. Como diplomático sagaz era muy pesimista sobre la situación de la monarquía: “en un entorno donde nada se ha hecho para prevenir el mal y donde la versatilidad de las medidas que adoptamos son prejudiciales, es imposible dar consejos cuando el mal esta en tan altas proporciones”. Necker sabiendo el desprecio de los príncipes y percibiendo la resistencia de la pareja real, el ministro volvió a ofrecer su renuncia a Luis XVI. La mayoría de los cortesanos altamente lamentaron la falta que había cometido en la convocación de los estados generales. El rey no aceptó la renuncia y el 30 de junio, regimientos empezaron a reunirse en torno a parís.

Los preparativos del rey, sus repetidas confabulaciones con el mariscal de Broglie y el aire misterioso de la reina, no escapo a las miradas de los ministros. Necker que comprendió la maniobra de Luis XVI trato en vano de oponerse a la formación de un ejército a las afueras de la capital. Los miles de soldados que se instalaron cada día a las puertas de la capital provocaron el pánico entre los parlamentarios y los parisinos. El partido aristocrático, por el contrario, se regocijo abiertamente. El 6 de julio, a primera hora, Luis XVI celebro un gran consejo, que estaban presentes con todos los ministros, la reina y los hermanos del rey. Era nada menos de analizar si Luis XVI con toda la familia real y sus principales cortesanos se retiraban a Metz con la protección de un ejército. María Antonieta apoya esta decisión, eses mismo día envía para que sean desmontadas las joyas y preparado el equipaje, además de quemar una gran cantidad de documentos. El conde Artois sería el encargado de recaudar fondos importantes, para romper los intentos sediciosos, su plan era tomar el rey sin retardo sumas considerables a los principales banqueros de la capital.


Mientras tanto, en estado de alerta, los miembros continuaron su trabajo mientras los movimientos de tropas ofrecían vigilancia alrededor de la capital. El 8 de julio, sobre la propuesta de Mirabeau, uno de los mas escuchados, la asamblea pidió al rey para repeler regimientos extranjeros. Al día siguiente, 9 de julio, se proclamó asamblea nacional constituyente. El peligro estimulo la audacia de los diputados. Hubo un tiempo corto. Después de varios comités, Luis XVI decidió por fin despedir a Necker. A pesar de que la reunión de las tropas no se completó, el rey pensó que estaba listo para actuar. El 10 de julio, dijo en la asamblea que las tropas estaban allí para protegerlo. Necker fue atacado por el Comte Artois con una violencia que no tenía límites. Este ministro se presentó en la puerta de la cámara, donde se celebraba el consejo del rey, el 10 de julio, el conde Artois cerró el camino acercándose a él y haciendo un gesto de furia: "¿A dónde vas? usted, traidor?. El rey fue informado de este escándalo solo después de la partida del príncipe. Se disculpó con Necker, que tuvo la generosidad de responder que su majestad estaba mal informado, y que nunca había tenido que quejarse tanto del conde Artois. viendo solo caras hostiles a su alrededor, le dice al rey que si sus servicios le desagradaban, se retiraría con la sumisión: "Acepto su palabra", respondió Luis XVI.

El 11 de julio, finalmente Necker fue despedido y se le pidió salir de Francia lo más silenciosamente posible a fin de no provocar la sedición. Montmorin y Saint-Priest también fueron despedidos. La noticia de la destitución de Necker fue extendida por todo Versalles. Según el estadounidense Morris: “la alegría fue pintada en el rostro de la reina, saludo a todo el mundo cuidadosamente, el conde Artois no podía esconder su triunfo. La duquesa de Polignac a lo largo de la misa, sonrió indecentemente”.


Sin duda la camarilla de los Polignac, aliada con el abad Vermont y el partido aristocrático encabezado por el conde Artois estaban detrás de este golpe ministerial y aunque la reina no tomo partido en esto a ojos de todos fue ella la cabeza de este proyecto contrarrevolucionario, ella simplemente apoyo cada decisión del rey. El barón de Stael, entones embajador en Suecia en parís, escribió el 12 de julio “esta destitución se hace por la reina”. El conde Salmour también acuso a la reina, el conde Artois y la camarilla de los Polignac: “la ligereza del conde Artois fue la única causa de todas las desgracias que abrumaron al estado… el odio personal de todas las personas reunidas en torno a este infortunado príncipe, en contra del señor Necker fue la causa de este diabólico movimiento… la camarilla de líderes, viendo solo los restos ministeriales, se apresuraron a la destitución del señor Necker…”.

Luis XVI llamo el barón de Breteuil el 13 de julio para comenzar a formar el nuevo ministerio con Vauguyon en asuntos exteriores y el mariscal Broglie en la guerra. Breteuil iba a ser el ministro a dirigir bajo el título de jefe de finanzas municipales. De acuerdo con el conde de Provenza era en ese momento el único hombre capaz de salvar Francia. Fue un error que la reina protegiera a Breteuil, una falta que tuvo que pagar muy cara.

A las cuatro en punto la multitud se dispersa, algunos de ellos corren para cerrar los teatros; otros destruyen las tiendas de los armeros y retiran por la fuerza todas las armas que están allí. La consternación es general; París es un jefe, sin magistrados, la gente es absolutamente el maestro. Un grupo considerable está llevando a cabo el bulevar: los bustos de Necker y d'Orleans se quitan de un gabinete de figuras de cera; se llevan en triunfo en París, y van a la Place Louis XV. 
Mientras los representantes de la nación permanecen incómodos, la corte se entrega a la alegría y la más loca esperanza; la realización de sus proyectos eran de atacar París en siete puntos a la vez, envolver el Palais Royal, disolver la Asamblea y atender las necesidades del Tesoro por medio de notas de Estado, ya hechas en su totalidad. Los barracones estaban llenos de municiones y provisiones; el soldado estaba bien alimentado. Por la tarde, el rey y la reina inspeccionan los regimientos extranjeros recién llegados e instalados. “se presentaron todos los oficiales hasta el último”, dice Salmour, ministro de Sajonia. Organizaron celebraciones en su honor. Según Bailly: “el rey a merced de varios regimientos alemanes y extranjeros contextualizados en la Orangerie. Si la base de estos sonidos se escondía algún gran propósito. Algún proyecto desastroso. Fueron apoyados por el hecho del que estábamos seguros. En la tarde, el señor conde Artois y madame la duquesa de Polignac caminaban a la Orangerie. Los soldados fueron presentados y besados, la duquesa sirvió refrescos licores. Intenciones podrían ser más o menos remotas, pero esta conducta tenía intenciones”. Algo parecido fue percibido por el gobernador Morris que escribió a George Washington: “no sé si usted ha sido informado de la situación crítica, cuando el ultimo ministerio fue derrocado y restaurado el viejo… dos regimientos alemanes fueron entretenidos por la reina en la Orangerie en versalles, habían sido dispersados y sobornos con licores. Saludos de ¡larga vida a la reina y al conde Artois! ¡Larga vida a la duquesa de Polignac! Recibió al cortejo real”.

los rumores de un asedio a la capital corrieron como polvora: "-¿Tiene la Corte, señoras y caballeros, emplean todos los medios para excitar la Asamblea contra los soldados extranjeros acampados en el jardín de Versalles: gargantas de vino y oro; y vemos a los príncipes, la duquesa de Polignac, la misma reina , halagando e inflamando a los oficiales, mientras que el rey se está preparando, se dice, para irse, para abandonar a los diputados, a los soldados. ¡Qué crimen emplear soldados extranjeros contra los agentes de la Nación! Si, en lugar de ser vencidos, el rey y la reina fueran victoriosos, si realizaran un San Bartolomé, ¿no serían esta Reina y este Rey monstruos como Catalina de Médicis y Carlos IX?" 

El triunfo del partido aristocrático fue de corta duración. Los rumores mas alarmantes se encontraban en la capital y en la asamblea. “la llegada de la tropas, en lugar de solamente inspirar miedo, añadió un sentido de venganza y odio que durante dos o tres días avanzo increíblemente” –señalo Salmour. El diplomático afirmo que uno de los inspiradores de la trama contrarrevolucionaria no era otro que el ministro Epresmesnil: “de acuerdo con el proyecto, debemos romper los estados generales, detener a algunos miembros que habían hablado con más calor y el señor Necker, ser conducidos al cadalso como criminales”. A los ojos de los observadores más agudos, si el proyecto tenía éxito, un aguerra civil podría estallar. Ya que muchas personas estaban ocasionado disturbios en el país, e incluso en el extranjero.

El plan del golpe de estado fue elaborado. El 11 de julio, el tribunal debía destituir al ministerio y reemplazarlo por uno cuya composición hemos dado anteriormente. El barón de Breteuil, jefe del nuevo ministerio, había pedido tres días para preparar la represión. Durante este período, el mariscal de Broglie, que había recibido ilimitados poderes de todo tipo, debía avanzar sus tropas en París, tomar los puestos, dispersar las reuniones y, en la noche del 14 al 15 de julio, restaurar la autoridad en la capital; en la mañana del día 13, se acordó extender, en todo el reino, cuarenta mil copias de una declaración idéntica a la del 23 de junio; al día siguiente, la Asamblea se vio obligada a aceptar esta declaración; y el 15, después de la ocupación de París, por las tropas del mariscal de Broglie, el rey anunció a la asamblea que fue disuelto; luego vinieron arrestos, sentencias y ejecuciones, un complemento necesario al golpe de Estado. La reina y el conde Artois, que habían elaborado este plan. No sabían que el duque de Orleans estaba advertido minuto a minuto de sus últimos pasos, y eso, por él, la Asamblea. el Palais Royal y los clubes fueron informados de los planes.  Los siervos infieles copian todas las cartas que fueron entregadas al Conde Artois y la Reina. Así todos los proyectos de la corte fueron descubiertos.  Rumores de todo tipo circulaban por parís, se percibe en el ambiente que está a punto de estallar una tempestad.

domingo, 19 de noviembre de 2017

EL VERANO DEL "GRAN MIEDO" FRANCÉS (1789)

el alcalde de parís entregando las llaves de la ciudad y la escarapela tricolor a Luis XVI:«Señor, le dijo Bailly, os presento las llaves de vuestra leal ciudad de Paris; son las mismas que se presentaron a Enrique IV; él había reconquistado su pueblo; aquí es el pueblo quien ha reconquistado a su rey.»
A través de su visita a la Asamblea Nacional el 15 de julio y su expedición parisina el 17 de julio, Luis XVI da la impresión de recuperarse: a pesar de las concesiones considerables, a pesar de una situación preocupante en todo el reino, su autoridad, ayudada por una popularidad renovada, parece seguir siendo importante. Así, hasta septiembre, la vieja monarquía se codeó con la Revolución: ciertamente no pudo contenerla -incluso se instaló en una especie de resistencia pasiva-, pero su ruina aún no se había consumado y esta convivencia, bastante improbable, caracteriza un mes de agosto lleno de contrastes.

EL TIEMPO DE LA TERNURA 

Tras la gran oleada de salidas para la emigración del 16 de julio, el movimiento prosiguió a un ritmo mucho más lento, en ocasiones por iniciativa del propio rey, que consideraba comprometedora la presencia de determinadas personalidades en la corte. Así, en sus memorias, el Duc des Cars, entonces barón, relata su entrevista con el soberano en la tarde del 4 de agosto: la carta de su hermano. Contenía, entre otras frases, esta: 

“Debería enviarme al Barón des Cars, conoce bien los países extranjeros, es conocido allí, creo que podría sernos más útil fuera que dentro”. La carta terminaba diciendo que solo esperaba una respuesta de su suegro, el rey de Cerdeña, para ir a Turín. “Así que ve y únete a mi hermano”, le dijo el rey, doblando la carta. Sorprendido, el barón des Cars pidió quedarse en Versalles y afirmó su lealtad: "Ya he notado -me dijo entonces- que la presencia aquí de personas que, como usted, están realmente apegadas a mí, produce desgracias para ellos. Así que ya te habría dado el consejo de que te fueras si hubiera funcionado mejor para el barón de Besenval. Mi hermano te desea, únete a él. Si debo ordenartelo, ¡bien! Te lo ordeno". 

A partir del 5 de agosto al amanecer, el barón des Cars partió de Versalles hacia Quiévrain: "Entregado por completo a mis pensamientos durante este viaje, la rapidez de los acontecimientos desde el 11 de julio me asustó mucho más por el futuro de lo que no había estado hasta mi partida. Mientras estuve en Versalles, no podía imaginar que la autoridad suprema pudiera dejar de prevalecer. No sé cómo las debilidades de la corte me golpearon más de lejos que de cerca. No sabría explicar las últimas palabras del rey sobre la lamentable ofensa que le causaba la presencia de personas conocidas por su entera devoción. Sospeché que cedía a las inducciones de los líderes revolucionarios. No es imposible que el soberano aprovechara las circunstancias para quitar figuras comprometedoras, porque estaban demasiado unidas a su hermano".

En la mayoría de las provincias, los campesinos, a raíz del ejemplo de la capital, atacaron los castillos, símbolos vivientes de la opresión odiosa que pesa sobre su clase desde hace siglos. Saquearon y quemaron en plazas públicas, en hogueras, los títulos y cartas, que pasaron los cargos de cualquier tipo que se le imputaba en virtud de los grandes señores
El sábado 11 de septiembre, acompañada de una treintena de personas, la condesa de Artois partió a su vez de Versalles para reunirse con su marido en Turín. Según el marqués de Ferrières, “tuvo una explicación tardía con la reina. Ella tiró los gritos altos, así como todo su mundo. Aprovechamos la oportunidad de vender la vajilla del Conde de Artois, así como sus caballos y sus coches, para saldar parte de sus deudas, que alcanzan la astronómica suma de 19 millones de libras".

Los emigrantes son reemplazados por personas de otro estilo. El domingo 2 de agosto, el rey anota en su diario: “Vísperas y saludos, juramento de la señora de Tourzel”, nombrada el 26 de julio institutriz de los niños de Francia en sustitución de la señora de Polignac. Ya se ha hablado del hijo de Madame de Tourzel, presentado al rey el 13 de febrero: proviene de la línea del marqués de Sourches, titulares del cargo de mariscal preboste de Francia. Desde 1786, Madame de Tourzel es viuda: su marido, Louis-François Du Bouchet de Sourches, marqués de Tourzel, fue herido de muerte frente al rey, durante un accidente de caza.

A su llegada, Madame de Tourzel fue recibida por la Reina, quien se dirigió a ella con estas primeras palabras: “Señora, yo había confiado a mis hijos a la amistad, hoy los confío a la virtud". Según el testimonio de la Sra. Campan, la Sra. de Tourzel es en efecto una "madre intachable y que ella misma había dirigido con el mayor éxito la educación de sus hijas". Por privilegio, Madame de Tourzel puede quedarse con su propia hija. 

"Llamada por mi soberano al honorable cargo de institutriz de los Hijos de Francia, en el momento en que la Revolución comenzaba a tomar el carácter más aterrador, recibí el precioso depósito que se me confió, con la firme resolución de dedicar mi vida a responder a la confianza de Sus Majestades, y probarles el respetuoso cariño que me imbuyó por sus augustas personas" (Madame Tourzel)
En la carta que escribió el 12 de agosto a Madame de Polignac, María Antonieta evoca este universo de consuelo, dentro de una topografía de ternura, aislada de un mundo exterior cada vez más hostil y desierto: "Mi salud es bastante buena, aunque necesariamente un poco debilitada por todos los continuos sobresaltos que experimento. Estamos rodeados sólo por el dolor, la desgracia y la infelicidad, por no hablar de las ausencias. Todos huyen […], entonces no veo a nadie y estoy todo el día solo en casa. Mis hijos son mi único recurso, los tengo conmigo tanto como sea posible. Seguramente conoce el nombramiento de Madame de Tourzel. Me costó mucho el corazón, pero una vez que renunciaste y ya no fue la amistad y la confianza lo que rigió su crianza, Quería por lo menos que fuera una persona de gran virtud y que por su condición estuviera apartada de toda acusación de intriga".

Esta misma carta termina con un vibrante testimonio de amistad, que se ha mantenido intacta a pesar de la distancia: “Adiós, mi querido corazón. No te estoy hablando de negocios. Solo serían angustiosos para ambos. En fin, es de esperar que algún día vuelva la calma, pero la felicidad del rey, y la mía en consecuencia, residiendo en la prosperidad de su reino y la felicidad de todos sus súbditos, desde el más grande hasta el más pequeño. Para mí, corazón mío, sólo será perfecto cuando se te haya hecho justicia y se reconozca la pureza de tu corazón. Nunca dudes de mi tierna amistad, es tuya hasta la muerte".

Dos semanas después, el 31 de agosto, María Antonieta volvió a tomar la pluma para responder a su amiga y contarle los consuelos que había experimentado durante la prueba: “Estoy muy triste y angustiada. Desde hace unos días, las cosas parecen estar tomando un mejor rumbo, pero no podemos vanagloriarnos de nada. ¡Los malvados tienen tantos intereses creados y todos los medios para dar la vuelta y evitar las cosas más justas! Pero se disminuye el número de los malos espíritus, o por lo menos se juntan todos los buenos, de todas las clases y de todos los órdenes, eso es lo más feliz que puede pasar […]. Cuente siempre que las adversidades no han disminuido mi fuerza y mi coraje. No perderé nada con ello, pero sólo ellos me darán más prudencia. Es en momentos como estos cuando conoces a los hombres y ves quién está realmente apegado o no. Esto lo vivo todos los días, a veces cruel, pero otras muy tierno, porque encuentro mucha gente muy apegada, en la que nunca había pensado".


Incluso atrincherados en sus apartamentos y en su nostalgia, los soberanos parecen mantener el ánimo en alto. Respecto al martes 8 de septiembre, día de la semana en el que los diplomáticos suelen acudir a Versalles, el alguacil de Virieu señala que la familia real “goza de la más perfecta salud”. En septiembre, por primera vez desde abril, los gastos de los Petits Cabinets fueron superiores a los de 1788, lo que es síntoma de una cierta recuperación: este aumento se explica en particular por la compra de vino Champagne.

Madame Élisabeth, hermana del rey, sigue disfrutando de su finca de Montreuil, que le fue cedida por su hermano en 1783 y en la que realizó importantes obras de urbanización bajo la dirección del arquitecto Huvé. Fersen regresa a Versalles el 25 de septiembre. Escribe a su padre que está alojado en el apartamento del Conde d'Esterhazy. Es más probable, es la hipótesis de Évelyne Farr, que esté instalado en los gabinetes de la reina. Según el Conde de Saint-Priest, que escribió sobre la reina, "Todo lo que quedó fue el Conde Fersen, que siguió disfrutando de la entrada gratuita a su casa y teniendo frecuentes reuniones en el Petit Trianon".

LA CORTE Y SU ESPLENDOR 

Según indica su diario para el mes de agosto, el rey reanuda la caza. Así, en la fecha del 1 de agosto , escribe: “Paseo a caballo y a pie en el parque a un costado de La Minerve , mataron 14 piezas". La Minerva en cuestión es la estatua de Minerva Mazarin , de pórfido, colocada al fondo del estanque Plat-Fond en los jardines del Gran Trianón. Esta puede ser la última vez que el rey visite Trianon. Los días 4 y 8 de agosto, caza en el bosque de Marly, el 10 de agosto en el Clos de La Perrière.

Quizás de manera más sencilla, persisten los rituales cortesanos: además de la caza, el juego constituye un importante momento de sociabilidad. A pesar de la incertidumbre de los tiempos, se respeta el principio de accesibilidad de los soberanos: una parte importante de su existencia sigue siendo pública. Viniendo de Avignon, el fabricante de medias Martin viajará a Versalles el domingo 16 de agosto. Alrededor de las 19 horas, puede visitar el apartamento de la Reina, en primer piso del cuerpo central. El dormitorio del soberano la asombra: “La cama y los demás muebles eran dignos de un rey. Es sensible al lujo de ciertos objetos, como un jarrón de oro macizo sobre una mesa, una cesta junto a la chimenea, gemas sobre esta última". Luego ingresa al Salón de la Paix, que sirve como sala de juegos para la reina, dónde la ve que está jugando a la lotería con nueve personas, Monsieur y ocho damas: “La reina tenía un vestido de india o de lino blanco, salpicado de flores, o pintado o bordado. Las damas iban de negro. Muchos señores estaban viendo el juego. La reina hablaba de vez en cuando con diferentes personas, quienes parecían muy felices y buscaban con ansias este momento. La reina miraba a todos con su seguridad característica y de vez en cuando fruncía el ceño. Me miraron, pero desvié la mirada, como me habían dicho. La miré tan a menudo como pude. Tiene un rostro hermoso, pero muy altivo. Ella tiene la mano divina. Allí estuvimos más de media hora".

Al día siguiente, Martín puede visitar el apartamento del rey, que se ha ido de caza: “Toqué el sombrero, el abrigo sencillo, las medias, la camisa que estaba preparada para el rey a su regreso". Martin pasa el tiempo admirando el reloj en el Salón de la Pendule, luego va a la ópera real, donde hay una decoración forestal.


Versalles sigue siendo el escenario de ceremonias más formales, como audiencias o presentaciones en la corte. Así, el 12 de agosto, el marqués de Rossel, antiguo capitán de navío, obsequió al rey el cuadro que había pintado representando la batalla librada frente a Dominica en abril de 1780. Este cuadro formaba parte de un conjunto destinado a ser traducido a grabados. El 6 de septiembre, el secretario de Estado de la Casa del Rey, el conde de Saint-Priest, ofreció un banquete a los miembros de la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres que habían venido a ofrecer al rey el segundo volumen de los Avisos de la manuscritos de la Biblioteca Real .

El 8 de septiembre, la condesa de Cordon fue presentada a los soberanos. Como hemos visto en relación con otras presentaciones, la dama está vestida con el gran hábito, que cuesta una fortuna: alrededor de 2.500 libras, donde un campesino gasta 30 libras al año para vestirse. La condesa de Cordón, cuyas pruebas de nobleza han sido examinadas por el genealogista de la corte, se dirige al gabinete del Consejo, donde la espera el rey, rodeado de numerosos cortesanos. Avanza, hace tres reverencias sucesivas, luego, sin tener que volver nunca la espalda al soberano, se retira hacia atrás –y es todo un arte al no tropezar con la cola del manto– haciendo de nuevo tres reverencias sucesivas. Luego va al Salon des Nobles en el apartamento de la Reina, donde renueva este ritual para el Soberano.

El jueves 13 de agosto, el rey anotó en su diario: “Audiencia de los estados en la Galería, Te Deum durante la misa, la tripulación atrapó un ciervo en Marli". Los estados en cuestión designan la Asamblea Nacional, todos cuyos diputados vienen a presentar al rey el decreto del 11 de agosto por el que se abolen los privilegios y el decreto relativo a la acuñación de una medalla y al canto del Te Deum . Los diputados salen desordenados del Hotel des Menus-Plaisirs: según el Journal de Versailles, “incluso era necesario, para justificar lo que se iba a decir al rey, que se mezclaran y confundieran las órdenes. El Gran Maestre de Ceremonias de Francia, que finalmente ha conocido el alcance del respeto que debe a la nación, acudió con la ayuda de ceremonias para recibir al Presidente en la puerta de la Corte Real y lo condujo, precedido por los ujieres del Asamblea y seguida por todos los diputados, en la Galería del castillo. Tomamos la escalera de la Reina, atravesamos la sala de guardia y las dos antecámaras de los aposentos del rey para llegar a la Gran Galería: Allí, unos escalones delante de la Sala de Guerra, sobre una tarima recubierta de terciopelo, se colocó un sillón destinado a Su Majestad. No había asiento alrededor. Los miembros de la Asamblea, con el Presidente a la cabeza, permanecieron a unos veinte pasos del estrado. El Maestro de Ceremonias fue entonces a buscar al Rey, que llegó precedido por los ujieres de su Cámara, acompañado por Monsieur y sus ministros. Monsieur se paró en el primer escalón del trono y los ministros se quedaron alrededor. Luego el Gran Maestre y el Asistente de Ceremonia fueron a buscar al Presidente, quien avanzó con tres saludos al pie del trono del Rey. A las dos primeras reverencias del Presidente, el Rey responde destapándose".

Te Deum dado para celebrar el juramento cívico de la Guardia Nacional de París, en presencia de Bailly y la Asamblea Nacional.
El Presidente de la Asamblea, Le Chapelier, se dirigió al Rey: “Señor, la Asamblea Nacional trae a Su Majestad una ofrenda verdaderamente digna de su corazón. Es un monumento erigido por el patriotismo y la generosidad de todos los ciudadanos. Han desaparecido los privilegios, los derechos particulares, las distinciones lesivas del bien público [...]. Veis ante vosotros, señor, sólo franceses sujetos a las mismas leyes, regidos por los mismos principios, imbuidos de los mismos sentimientos y dispuestos a dar la vida por los intereses de la nación y de su rey [...]. Vuestra elección, Señor, ofrece a la nación ministros que os habría presentado ella misma. Es entre los depositarios de los intereses públicos que eliges los depositarios de tu autoridad [...]. Sacrificas tus placeres personales a la felicidad de la gente. Acepta entonces, Señor, nuestra respetuosa gratitud y el homenaje de nuestro amor, y llevad en todas las edades el único título que puede dar brillo a la majestad real, el título que os han conferido nuestras aclamaciones unánimes, el título de restaurador de la libertad francesa".

Luis XVI responde: “Acepto agradecido el título que me das. Respondo a los motivos que me guiaron cuando reuní a mi alrededor a los representantes de mi nación. Mi deseo ahora es asegurar con vosotros la libertad pública por el retorno, si es necesario, del orden y la tranquilidad". Esta respuesta es seguida por aplausos, que resuenan en el Gran Salón. El rey vuelve entonces al gabinete del Consejo, mientras los diputados atraviesan el Gran Aposento para dirigirse a la capilla, donde se colocan sin orden. A la entrada se sitúa el reclinatorio del rey, a cuya izquierda se sitúa una silla plegable y un almohadón para el Presidente de la Asamblea. Monsieur y los ministros toman sus lugares detrás del rey, el gran capellán de Francia Montmorency-Laval y el cardenal de La Rochefoucauld al frente. La reina, Madame y Madame Élisabeth están en la galería: “Una gran multitud deseando ver a su soberana, ella ha consentido en que se abran las puertas que, según la costumbre, se habían mantenido cerradas". A continuación, un capellán comenzó la Misa, durante la cual la Banda del Rey cantó la Te Deum. Terminada la misa, acompañada de aclamaciones, el rey volvió a su aposento.

Al día siguiente, el Marqués de Ferrières relata esta ceremonia a su esposa: “Ayer fuimos a ver al rey, nos recibió en la Galería, aceptó el título de restaurador de la libertad francesa. De allí fuimos a la capilla a escuchar un Te Deum en musica. Asistieron el rey, la reina, damas y príncipes. Esta ceremonia fue hermosa, pero los sentimientos de la mayor parte fueron tristes [...]. No pude evitar un sentimiento de tristeza el día que fuimos a ver al rey, al ver a Le Chapelier, nuestro presidente, dando órdenes a Luis XVI, ordenándole sancionar decretos que lo despojaban de sus más preciadas prerrogativas y agradecer a Dios que ya no era rey, y que en esta Galería donde Luis XIV su bisabuelo desplegaba profusamente su lujo y todo su poder". Para el diputado Salle, quien escribió el 17 de agosto, “¡qué diferencia con los estados de 1614! Luego nos arrodillamos ante el rey. Hoy el rey se pone de pie y nos dice que recibe agradecido el título que le damos, que confía en nuestra iluminación, que espera todo de nuestro generoso trabajo. Estas son sus propias palabras al recibir nuestros decretos. A lo que añadió que sólo habíamos interpretado sus intenciones, para parecer tener alguna influencia en la redacción de las leyes de las que le hacemos depositario y retener una especie de sanción hasta que hayamos discutido este gran punto de la constitución".

Ceremonia de Te Deum 
La reina tampoco se declara satisfecha con este día. El 15 de agosto, le escribió a Mercy: “Mi salud está bien. Sin embargo, el jueves por la mañana me hizo mucho daño. Solo los recién llegados de Normandía y Boulogne demuestran lo fuera de lugar que estaba un Te Deum en ese momento". Los problemas relacionados con el Gran Miedo siguen siendo significativos en Boulogne-sur-Mer y su región. En Caen, el vizconde de Belzunce, de 24 años, mayor del regimiento Bourbon-Infanterie, acusado de matar de hambre al pueblo, fue masacrado el 12 de agosto en condiciones atroces: su cuerpo fue pisoteado y, aún vivo, descuartizado, mientras que su corazón es comido por una mujer del pueblo. Conocido en la corte, este Henri de Belzunce había sido paje del rey y había asistido a los bailes de la reina unos años antes.

En su carta del 16 de agosto a José II, Mercy no menciona los motivos invocados por la reina, pero parece compartir los sentimientos del marqués de Ferrières: "Había previsto que la mañana del jueves sería desagradable para la reina. Hemos querido consagrar religiosamente el colmo del delirio y esta piadosa burla [el Te Deum] no escapará al asombro y al desdén de Europa. Pero es bueno que la medida se llene de esta manera. Preparará medios tanto más seguros para volver de allí. No es imposible que refleje allí los comentarios intercambiados con la reina, incluso en lo que puede interpretarse como una apología de la política de lo peor".

Según la costumbre, el 15 de agosto, fiesta de la Asunción, el rey comulga en la misa diaria. Fue la última vez que comulgó en Versalles. Su reclinatorio está colocado en la planta baja de la capilla, frente al presbiterio. Luego asiste a una segunda misa de acción de gracias, que se canta. Por la tarde, después de Vísperas, tiene lugar la procesión en el Patio Real. Participaron toda la corte, así como una diputación de la Asamblea Nacional. En la fecha de hoy, Luis XVI escribió en su diario: “Baño, misa mayor, vísperas, procesión y salutación".

En esta fiesta de la Asunción, se canta el Te Deum en todas las catedrales y parroquias de Francia –y, en Versalles, en las iglesias de Notre-Dame y Saint-Louis– para celebrar la abolición de los privilegios.

Asunción de la Virgen de Philippe de Champaigne
Luis XVI aprovechó la relativa calma política de agosto para intentar recuperar el control de la situación. Además de otorgar, el próximo 6 de agosto, a los familiares ingresos a la Cámara al Presidente de la Asamblea Nacional, los miembros del Gobierno se renuevan con las prácticas implementadas en mayo para mantener vínculos con los diputados. Madame de Gouvernet relata que, habiendo partido para Normandía después del 14 de julio, regresó a Versalles a principios de agosto, cuando su suegro, el marqués de La Tour du Pin-Gouvernet, fue nombrado Secretario de Estado para la Guerra. Con su marido, se trasladó a la primera planta del ala sur de los Ministros, en el alojamiento de la Secretaría de Estado de Guerra: allí, "había dos cenas a la semana para veinticuatro cubiertos, en las que todos los miembros de la Asamblea Constituyente fueron llamados a su vez. Las mujeres nunca fueron invitadas. Madame de Lameth [su cuñada, de soltera] y yo nos sentamos uno frente al otro y llevamos a nuestro lado a las cuatro personas más importantes de la sociedad, cuidando de elegirlas siempre en todas las fiestas. Mientras estuvimos en Versalles, los hombres sin excepción asistían a estas cenas con traje formal, y recuerdo a M. de Robespierre con un abrigo verde manzana y una cofia soberbia con una mata de pelo blanco. Mirabeau no vino a nuestra casa y nunca fue invitado [...]. Madame Necker, esposa del contralor general, o más bien del primer ministro, ocupaba un cargo casi similar al nuestro. Pero como casi nunca salía, recibía todos los días en la cena a diputados, eruditos, mezclados con admiradores de su hija, quien ocupó un despacho de ingenio en la sala de su madre y estaba entonces en todo el ardor de su juventud, dirigiendo la política, la ciencia, el ingenio, la intriga y el amor. Madame de Stael vivía con su padre, en el control general, en Versalles, y pagaba la corte solo los martes, el día de la audiencia de los embajadores. Ella estaba entonces más que unida a Alexandre de Lameth, todavía amigo de mi marido en ese momento”.

La corte de Versalles parece estar implementando así una estrategia de integración de las nuevas élites, descrita por el marqués de La Maisonfort: "Una cuarta orden, creada por así decirlo hace cien años, que avanzaba con una fuerza inmensa, haciéndose lugar y queriendo ella entre el pueblo y la nobleza para identificarse con ella. Esta masa poderosa por su número, por su riqueza, por su educación, terminamos la palabra, por su utilidad, era la burguesía, el tercio superior [...]. Solo había una forma de conquistarlo, que hubiera sido adoptarlo, incorporarlo".

El 9 de agosto, el Conseil d'En-haut, el Conseil des Dépatches y el Conseil royal des finances se fusionaron en un Conseil d'État, que se dedicó al examen de los asuntos políticos. Se constituye una comisión contenciosa de los departamentos del Consejo de Estado, integrada por consejeros de Estado y maestros de solicitudes, siguiendo el modelo de las comisiones de la Asamblea, para conocer de los casos contenciosos previamente sometidos al Consejo de Despachos y para el Consejo rey de las finanzas.

la noche del 4 de agosto, los miembros de la nobleza, bajo la presión de esta insurrección casi general, renunciaron a sus privilegios.
Mediante la ordenanza del 9 de agosto, el rey intentó poner fin al Gran Miedo: "Se informa a Su Majestad que tropas de bandoleros esparcidos por todo el reino están tratando de engañar a los habitantes de varias comunidades persuadiéndolos de que pueden, sin desviarse, de las intenciones de Su Majestad, asaltar castillos, sustraer sus archivos y cometer otros excesos [...]. Su Majestad ordena expresamente a todos los encargados la ejecución de sus órdenes que prevengan estos delitos por todos los medios a su alcance y que persigan su castigo con severidad. Su Majestad no puede ver sin la mayor aflicción la angustia que reina en su reino, avivada desde hace tiempo por gentes mal intencionadas y que empiezan sembrando falsos rumores en los campos para sembrar alarma y animar a los habitantes de los pueblos a tomar las armas". 

Al día siguiente, como para evitar una mala interpretación de la abolición de los privilegios y para garantizar la cosecha venidera otra ordenanza real prohibía la entrada a los campos no cosechados con el pretexto de la caza. Estas dos ordenanzas, apunta el alguacil de Virieu, “son los primeros carteles o impresos que aparecen desde el 12 de julio con el nombre del rey”. Con fecha del 17 de agosto, una tercera orden otorga amnistía a los soldados que han dejado sus regimientos y quieren regresar.

Todavía para conjurar los efectos finales del Gran Miedo, el 3 de septiembre, el Rey escribió al obispo de Boulogne Partz de Pressy, cuya diócesis había sido escenario de grandes disturbios en agosto: "Mi pueblo, renombrado por la dulzura de la moral y carácter, mi pueblo, en contados lugares, afortunadamente pocos en número, se ha permitido ser árbitro y ejecutor de condenas que los depositarios de las leyes, después de haberse entregado al más maduro examen, nunca determinan sin secreto emoción [...]. La violencia sólo puede disfrutar de sus éxitos criminales y su prosperidad por un momento. Pronto la gente se levantó contra ella por todos lados, y los hombres que rompieron el pacto social, este fundamento de la paz pública, tarde o temprano recibieron la inevitable sanción. En ninguna parte las fortunas son iguales, y no pueden serlo, pero cuando los ricos viven sin desconfianza en medio de los que lo son menos, su superfluidad se traslada necesariamente a la industria, el comercio y la agricultura [...]. Pero lo que debéis recordar sobre todo a mis súbditos es que, al reunir a mi alrededor a los representantes de la nación, tenía principalmente en el corazón suavizar la suerte del pueblo mediante todas las disposiciones que me parecen posibles. deberes de justicia [...]. Que el pueblo se encomiende a mi protección y a mi amor. Cuando todos lo abandonaran, yo velaría por él [...]. Haré por la restauración del orden en las finanzas todos los abandonos personales que se juzguen necesarios o convenientes, porque, no sólo a costa de la pompa o los placeres del Trono, que desde hace algún tiempo se han convertido para mí en amargura, pero con mayores sacrificios quisiera poder devolver la paz y la felicidad a mis súbditos".

La démolition de la Bastille
Esta carta se envía a todos los obispos del reino. El 19 de septiembre, el gran capellán de Francia Montmorency-Laval envió también una instrucción pastoral a los obispos de Francia para ordenar las "oraciones públicas que el rey había pedido obtener a todos los obispos y las luces que pudieran iluminar la Asamblea Nacional, y la fin de los disturbios que ya amenazaban a Francia” señala Moreau.

La reina también está invitada a mantenerse más en un segundo plano de la vida política y a dar ejemplo, especialmente en términos de ahorro. Así se desprende de la carta escrita a José II el 17 de agosto por el conde de Mercy: “La reina soporta sus dolores con el mayor coraje […]. La reina forma deseos de bien, pero deja a los ministros del rey la tarea de operarlo y elegir los medios. Quería intervenir directamente solo en asuntos relacionados con su servicio personal, y la reina acababa de realizar, por su propia iniciativa, las reformas económicas de mayor alcance en su casa". Fue en esta época cuando se publicó la obra titulada La Maison du roi, lo que fue, lo que es, lo que debería ser, que desmentía las acusaciones de despilfarro.


Ese verano, María Antonieta no se quedó en Trianon. Ella simplemente realizo caminatas allí, a menudo acompañada de sus hijos. Fue allí que un día sorprendió a tres jóvenes Lorena que visitaban el trianon, uno de ellos, Francois Cognel declaro: “cuando nos disponíamos a salir, nos dijeron que llegaba la reina y nos detuvimos un tiempo a las puertas del jardín, nuestro conductor nos llevó al establo. La reina acompañada por la primera dama de la corte, la despidió y se dirigió en dirección a la lechería. Llevaba un vestido simple, un chal y una cofia de encaje; bajo estas ropas modestas, parecía aún más majestuosa que en el gran traje que la habíamos visto en Versalles. Su forma de caminar es especial, distinguida, se desliza con gracia incomparable, con más orgullo levanta la cabeza aun cuando se siente a solas. Nuestra reina estuvo cerca de donde estábamos y tuvimos los tres un deseo de doblar la rodilla al pasar...”.

Vuelto a Valenciennes desde junio, Fersen no había abandonado a la reina. Le escribió a ella y apareció en Versalles durante cortos periodos durante los cuales “no dejo de disfrutar las entradas libres a casa y tener citas frecuentes al trianon”. Cada vez más preocupado por el destino de María Antonieta, decidió tomar un lugar en Versalles a partir de septiembre. Ante el temor de que su correspondencia fuera interceptada, le pidió a su hermana Sofía “solo hablar con él con cautela sobre los asuntos de este país”.

LA ÚLTIMA FIESTA DE SAN LUIS 

El martes 25 de agosto, Luis XVI anotó en su diario: “Audiencia de cortesía de los estados, misa mayor con cintas rojas, juramento del Sr. Bailly, vísperas y saludo, cubiertos grandes". Con un clima excelente, el día estuvo lleno de acontecimientos. Sin duda mejor que cualquier otro acontecimiento del verano, ilustra la curiosa posición, que persiste durante un tiempo, de la vieja monarquía con el nuevo régimen instaurado el 17 de junio.

Como en la mañana del 13 de julio, el duque de Orleans participó en la ceremonia de elevación del rey. Lleva en el ojal la escarapela tricolor, esta escarapela que el Marqués de La Fayette presentó el 26 de julio a la Asamblea Nacional. Le acompaña su hijo, el duque de Chartres, que también porta la escarapela tricolor. Recordamos que, no hace mucho, este 25 de agosto fue la fecha elegida para celebrar el matrimonio entre la princesa Adélaïde, hija del duque de Orleans, y el duque de Angulema. Los tiempos han cambiado.

Louis XVI Chevaliers du Saint-Esprit. Cuadro de Gabriel François Doyen
El 25 de agosto, fiesta de San Luis, es una especie de fiesta nacional. En Versalles, es ante todo la fiesta de la orden de San Luis, instituida por Luis XIV para recompensar el mérito militar. La marca de pertenencia a esta orden es el cordón rojo. Reunidos en los aposentos del rey, los miembros de la orden de San Luis, vestidos con traje militar, se dirigen en procesión a la capilla, bajando la escalera de la Reina y cruzando el patio Real. Asisten, con el rey, a la misa cantada por la fiesta de San Luis, que se celebra entre las 11:30 y las 13:30 horas, también asisten algunos miembros de la Guardia Nacional de París, así como diputados.

El día de San Luis era costumbre hasta 1788 que el preboste de los comerciantes y los regidores de la ciudad de París acudieran a Versalles para desear un feliz cumpleaños al rey. Las damas del Mercado, o poissardes, también venían a llevar un ramo al soberano.

Ese día, por tanto, fue Bailly, sucesor del Preboste de los Mercaderes, quien acudió a prestar juramento de lealtad al Rey como alcalde de París y le presentó oficialmente al marqués de La Fayette como comandante general de la Guardia Nacional de París. Ambos van acompañados de una diputación de doce representantes de la comuna de París. Según el conde de Paroy, “el alcalde y el general La Fayette llegaron como triunfantes a Versalles en medio de la alegría del pueblo y de la guardia que los escoltaba. La Guardia Nacional de Versalles se unió a la de París para hacerles honor. Las mujeres del mercado de París y Versalles gritaban: “¡Vivent M. Bailly, M. La Fayette! ¡Viva la comuna de París!”. La ciudad de París parecía estar entrando en Versalles, tan llena estaba la multitud. La alegría fue general al ver venir a los dos caciques de la capital, en nombre de sus habitantes, a ofrecer al rey, el día de su fiesta, el homenaje de su amor, su respeto y su fidelidad. Estuve en Versalles ese día y fui testigo de todos estos detalles. Me conmoví a mi pesar porque, aunque trataba de jactarme de que todo podía salirle bien al rey, veía en todo este aparato de apego sólo las consecuencias de la insurrección revolucionaria”.

Según el marqués de Bombelles, Bailly y el marqués de La Fayette fingieron entrar en el Patio Real en coche, como si tuvieran los honores del Louvre, pero no pudieron obtener satisfacción: después de algunos parlamentos, se detuvieron en el Patio de los príncipes con la diputación que les acompaña, son recibidos en la Puerta Real por el Gran Maestro de Ceremonias, asistido por dos asistentes de ceremonia. Todos son conducidos, por la escalera de la Reina, al dormitorio de Luis XIV, donde el Rey los recibe, sentado y cubierto, rodeado de Monsieur, los grandes oficiales de la Corona y los ministros. Según el conde de Paroy, “nunca la ciudad de París había sido recibida con tanta ceremonia”.

Francia apoyada por Jean Bailly y el marqués de la Fayette
Según el parisino Escerny, que visitó Versalles ese día, “lo nuevo en Versalles, lo que vimos allí por primera vez, fue el fenómeno de la igualdad y la popularidad: grandes y pequeñas entradas volcadas, olvidadas como distinciones góticas y abiertas a todo el mundo; todos los santuarios de la corte, hasta ahora accesibles sólo a la nobleza, violados y profanados por los burgueses de París, armados y desarmados, sosteniendo a sus mujeres bajo el brazo y penetrando por todas partes. El pueblo llano se reunía en la Galería, en el Œil-de-boeuf, y daba codazos, incluso en los aposentos del rey, a los grandes señores, a los duques, a los cortesanos que, en la inmovilidad de sus ojos abiertos y fijos en este extraño cuadro, parecía estar contemplando la cabeza de Medusa".

Bailly se arrodilla en el suelo para prestar juramento al rey: "Señor, juro por Dios, en manos de Su Majestad, hacer valer su legítima autoridad, preservar los derechos sagrados de la comuna de París y hacer justicia a todos". En sus memorias, Bailly vuelve sobre este juramento: “Hasta ahora este juramento lo había hecho de rodillas. Sabemos cuán decidido estaba el antiguo Tercer Estado a no hablar más con el Rey de rodillas, y yo mismo había contribuido a erradicar esta costumbre de las comunas de Francia. Pero aquí fue un juramento, fue hecho a Dios [...] Se decretó que, para pronunciar el juramento, me arrodillaría en el suelo".

Después de pronunciar su juramento, Bailly ofrece al soberano un ramo presentado por las mujeres de La Halle, envuelto en un velo de gasa en el que está bordado, en letras doradas: “A Luis XVI, el mejor de los reyes". Bailly luego presentó al comandante general de la Guardia Nacional de París, el marqués de La Fayette, al rey. Este último presenta a sus oficiales. El rey les dice que cuenta con su celo para restaurar el orden y la tranquilidad en la capital.

Retrato presunto de Jean-Sylvain Bailly, finales del siglo XVIII, gouache sobre marfil
Según el parisino Escerny, que tuvo la oportunidad de ver de cerca a Bailly y al marqués de La Fayette: “Me centré especialmente en observar los rostros. Realmente tenían que ser pintados. El despecho, el asombro, el desdén, la ironía fusionados bajo una apariencia de cortesía formaban la expresión dominante. De hecho, había motivos para estar un poco sorprendido. El Marqués de La Fayette y su ejército siguiendo y bajo las órdenes de un académico, M. Bailly, diputado del Tercer Estado [...]. Parecíamos dudar si esto no era una mascarada de carnaval y preguntarnos qué fiesta celebrábamos hoy: ¿el rey o Mardi Gras?"

Bailly y la diputación parisina se dirigieron luego a la Reina, que los recibió en el Salon des Nobles. La actitud de la soberana deja lugar al resentimiento, como informa Madame de Gouvernet: “La etiqueta de este tipo de recepciones se siguió como de costumbre. La reina vestía traje corriente, muy adornada y cubierta de diamantes. Estaba sentada en un gran sillón con respaldo, con una especie de taburete bajo los pies. A derecha e izquierda, algunas duquesas de gala estaban sentadas en taburetes, y detrás, toda la Casa, mujeres y hombres. Me había colocado lo suficientemente lejos para ver y oír. El ujier anunció: “¡La ciudad de París!” La reina esperaba que el alcalde se arrodillara, como había hecho en años anteriores; pero el señor Bailly, al entrar, sólo hizo una reverencia muy profunda. a lo que la reina respondió con un movimiento de cabeza que no fue lo suficientemente amable. Pronunció un discursito muy bien escrito, en el que habló de la devoción, del apego, y también un poco de los temores de la gente por la falta de subsistencia con la que la amenazaban a diario. El señor de La Fayette se adelantó entonces y presentó su estado mayor de la Guardia Nacional. La reina se sonrojó y vi que su emoción era extrema. Tartamudeó unas pocas palabras con voz temblorosa y les dio un asentimiento que los despidió. Se fueron muy disgustados con ella, según supe después, porque esta desdichada princesa nunca midió la importancia de las circunstancias en que se encontraba; se dejó llevar por el movimiento que sintió sin calcular la consecuencia. Estos oficiales de la Guardia Nacional, a quienes una palabra amable hubiera conquistado, se retiraron de mal humor y extendieron su descontento en París, lo que aumentó la mala voluntad que se suscitaba contra la reina".

A continuación, Bailly y la diputación parisina son presentados al Delfín, Madame Royale, Monsieur, Madame, Madame Élisabeth y Mesdames, así como a los miembros del gobierno: el Conde de Saint-Priest, Secretario de Estado de los du Roi, el Marqués de La Tour du Pin-Gouvernet, Secretario de Estado de Guerra, Conde de Montmorin, Secretario de Estado de Asuntos Exteriores, La Luzerne, Secretario de Estado de Marina, Necker, Primer Ministro de Finanzas, Lambert, Contralor General de Finanzas , y el Arzobispo de Burdeos Champion de Cicé, Guardián de los Sellos. Según el conde de Paroy, “podemos ver en los detalles de estos honores y esta recepción que los tiempos realmente habían cambiado. Acariciamos políticamente a los que tememos”.

Siguiendo el ritual reservado a los nuevos embajadores que toman posesión o a las grandes embajadas de países lejanos, también se les invita a comer en el salón de los Embajadores. Fue el Conde de Saint-Priest que los acogió, en nombre del rey: como Secretario de Estado de la Casa del Rey, contó la ciudad de París en sus atribuciones. Bailly bebe a la salud del rey, la reina, el delfín y la familia real, así como a los ministros presentes. Saint-Priest, a su vez, bebe a la salud de Bailly y el marqués de La Fayette. Nadie bebe a la salud de la nación o de la comuna de París: "La costumbre aún no se había introducido en Francia, a imitación de los ingleses, de beber a la prosperidad de un pueblo".

Medallón del Marqués de Lafayette
Un poco antes del postre, el Marqués de La Fayette sale del Salón de Embajadores para ir a ver la comida que la Guardia Nacional de Versalles ofrece a la de París. Según el conde de Paroy, "la Guardia Nacional de Versalles quiso por aclamación nombrar al general de La Fayette su comandante, pero este se negó alegando incompatibilidad".

Después de la comida, según Bailly, “toda nuestra guardia nacional quería ver al rey y ser presentado ante él. Su Majestad accedió y apareció en su balcón. Gritos de “¡Viva el rey!” repetidas con la embriaguez de la alegría y la franqueza de la libertad han sido prueba del amor que le tienen todos los franceses”. Luego, Bailly, el marqués de La Fayette y la diputación parisina regresan a París, donde llegan alrededor de las 8 p.m.

En Versalles, el día terminó con una cena, que tuvo lugar, con música, en la primera antecámara de los aposentos de la Reina.

VERSALLES IMPOPULAR 

El 16 de septiembre, el diputado Duquesnoy elabora una amarga observación de la situación: “Todos los resortes de la autoridad están debilitados. El rey se dejó arrebatar su cetro sin defenderlo. No existe. El Sr. Dauphin apesta, por su edad y su madre. Monsieur no se ha interesado por los asuntos públicos, vegeta tristemente en su palacio. M. le Comte d'Artois y sus hijos huyen, cubiertos de desprecio y odio público. M. le Duc d'Orleans no supo cómo adquirir el color suficiente para atraer la consideración suficiente para fortalecer la autoridad real. No hay en el reino una fuerza militar capaz de detener en veinticuatro horas una insurrección interna bien planeada o un ataque externo bien dirigido".

el 20 de septiembre los soberanos donan a la Casa de la Moneda lo que queda de la vajilla real desde la fundición de 1784, lo que corresponde a cerca de 600 kg de metal precioso. La correspondencia secretade Métra saluda esta "devoción verdaderamente patriótica [...] que ha llevado a Sus Majestades a realizar finalmente un proyecto anunciado por el monarca en su ascenso al trono, vivir aburguesadamente con su mujer, teniendo sólo la misma mesa y una Casa. Será un ahorro de cinco millones”. Sin embargo, el 22 de septiembre, la Asamblea votó un decreto pidiendo al rey que interrumpiera el sacrificio de sus platos. Como escribió el diputado Salle: “¡Qué pérdida la labor de esta platería! La Asamblea, al enterarse de este sacrificio, envió a su presidente al rey para rogarle que se quedara con este rico tesoro. Persistió en su determinación, menos aún, dijo, aliviar las finanzas que poner efectivo en circulación".

Durante los meses que precedieron la toma de la Bastilla, la escasez de pan agudizó la mendicidad.
A finales de septiembre, el regreso de la hambruna refuerza la exasperación de la opinión pública ante la actitud de espera del rey. En términos generales, si la cosecha de verano resultó ser bastante buena, la temporada de carestía sigue siendo delicada porque las reservas de cereales del año pasado son muy bajas. A finales de septiembre, el abastecimiento de París plantea un problema, los movimientos de multitudes se multiplican frente a las panaderías. Sobre todo porque la ciudad tiene toda una población de trabajadores en busca de trabajo: además de los talleres de la Escuela Militar, que absorben parte de la mano de obra disponible, los talleres de Montmartre emplean a cerca de 17 000 personas, en su mayoría de provincias. Con cada subida del precio del pan, se sospecha que los panaderos, pero también el rey, buscan enriquecerse a costa del pueblo. De acuerdo con un mecanismo ahora ampliamente probado.

El miedo también es alimentado por los recién llegados de las provincias. El 12 de agosto, como hemos visto, el vizconde de Belzunce fue masacrado en Caen. El 9 de septiembre, el alcalde de Troyes Claude Huez, acusado de haber envenenado la harina, fue arrastrado por la multitud en medio de la calle y descuartizado vivo.


El 23 de septiembre, un artículo de Revolutions of Paris les presta estas palabras: “No debemos esperar obtener una constitución para la nación, será para la corte. ¿Entonces qué debería ser hecho? ¿Desesperarse o ir a Versalles a arrebatar de la Asamblea a los traidores a la patria? Y, el 25 de septiembre, la Chronique de Parispublica un borrador de moción: “Invitando al Rey y la Reina a venir y pasar el invierno en París". El rey se convierte en "Monsieur Veto", el gobierno pierde su popularidad, incluido Necker. Para preparar el motín y hacerlo posible, el papel de la prensa es considerable. El 12 de septiembre, Marat lanzó el Publiciste parisien , que se convirtió en el famoso Ami du peuple el 16 .

En Versalles, a principios de septiembre, varios diputados patriotas, vinculados a los patriotas parisinos, formaron también el proyecto de trasladar al rey y a la Asamblea a París. El presidente de la Asamblea, el obispo de Langres, La Luzerne y luego el conde de Clermont-Tonnerre, recibe todos los días cartas anónimas amenazantes y listas de proscripción -al igual que, como hemos visto, las grandes figuras de las monarquías, el conde de Lally- Tollendal, Malouet y Mounier. También se habla de un plan para una marcha parisina a Versalles. El llamado grupo Palais-Royal, que agrupa a diputados patriotas radicales, está particularmente molesto por la votación del 11 de septiembre a favor de un veto suspensivo. El 18 de septiembre, el diputado Volney llegó a convocar a nuevas elecciones para obtener una Asamblea que reflejara mejor al país.

ATAQUES A LA REINA

Ya muy impopular en Francia desde al menos el comienzo del caso del collar en 1785, María Antonieta se vio indirectamente afectada por los acontecimientos internacionales. Mientras su hermano, el emperador José II, quería recuperar el control de los Países Bajos austríacos, que habían estado en crisis desde 1787, el rumor público en Francia acusaba a María Antonieta de querer persuadir a Luis XVI para que le concediera subsidios, incluso un refuerzo militar. El 18 de agosto de 1789, el príncipe-obispo de Lieja, Hoensbroeck, fue expulsado por la población rebelde: una vez difundida en Francia, la noticia de un asoció en reprobación común al emperador y a su hermana, ambos puestos en aprietos por las fuerzas revolucionarias. Como escribió el Barón de Staël el 3 de septiembre, “La antigua antipatía de los franceses contra los austriacos se ve ahora aumentada por el inconcebible odio que el pueblo tiene contra la reina. La consideran la única autora de todos los males que afligen a Francia”.

Como ha señalado Robert Darnton, el año 1789 vio el comienzo de un período “sin precedentes en la historia de la infamia”. El ensayo histórico sobre la vida de María Antonieta conoce nada menos que dieciséis ediciones posteriores al 14 de julio, incluida al menos una en Versalles, "en el Montansier, en el Hotel des Courtisanes". Este panfleto infame está escrito en primera persona para dar al lector la ilusión de que está entrando en la mente de la reina. Esta última confiesa haber envenenado a Maurepas, Vergennes y a su propio hijo, el Delfín, para abrir el camino al trono a favor del Conde de Artois. María Antonieta también confiesa su odio hacia Necker, demasiado honesto a sus ojos, y su plan para deponer al rey. Ella le dice al lector que encontrará otra forma de derrocar a la Revolución después del fracaso del 14 de julio. Ensayos históricos se cree que se encontraron en las ruinas de la Bastilla: representan las relaciones sexuales de la reina con las princesas de Guéméné y Lamballe y la duquesa de Polignac. Se dice que Madame Royale es la hija del duque de Coigny, mientras que se desconoce el padre del delfín.


Probablemente publicado en agosto, Le Bordel royal, seguido de una entrevista secreta entre la Reina y el Cardenal de Rohan tras su entrada en los Estados Generales, especifica: “El burdel está en Versalles, en el apartamento de la Reina. La austriaca de juerga escenifica a la reina y su séquito en el universo de sus gabinetes: “Habrá orgía esta noche, la hembra Ganímedes está con la reina". El conde de Artois se describe como el padre de los hijos de la reina, ya que el rey solo se interesa por su trabajo de cerrajería. El Godemiché royal y La Messaline française están en la misma línea. Incluso Martín, el visitante de Aviñón al que ya hemos mencionado, cree que la reina recibe prostitutas en sus oficinas para fiestas de placer.

También en agosto, La Liga Aristocrática, o los Catilinaires franceses, por un miembro del comité patriótico de la bodega se publica "en el Palais-Royal, de la imprenta de Josseran", una dirección editorial que revela el papel del duque de Orleans como estipendio de estos escritos asesinos. Este folleto describe las asambleas que tienen lugar en los “tocadores de una Mesalina”: “Vuestra sórdida y asesina confederación [...] acapara nuestro grano [...]. Ustedes fueron los impulsores, los cómplices del execrable Foulon y del odioso Bertier de Sauvigny. Como ellos, merecen que les arranquen el corazón corrupto [...] Fue el odio el que, transformando sus puñales en pistolas, escondió uno en su seno para asesinar al libertador del monarca y de la patria". La alusión se hace explícita en una nota a pie de página: "Varias personas afirman que el viernes 17 de julio, el Duc d'Orléans, Estando temprano en la mañana en casa del rey para persuadirlo de que fuera a París para calmar a la gente y así recuperar su reino, Thierry de Ville d'Avray, su ayuda de cámara, vino a pedirle al príncipe que visitara a la reina. Su Majestad, a punto de partir, también quiso hacerle una visita. Antoinette, indignada de verlo acompañado de su enemigo, se desmayó al ver a su marido, y mientras la desataban, una pistola cayó de su pecho".

La reina hace jurar lealtad a sus cortesanos en sus apartamentos privados. Formando el consejo contrarevolucionario
A finales de agosto, el viejo folleto, que data de 1779, Les Amours de Charlot et Toinette, se reimprime en 1789 con un grabado que muestra al marqués de La Fayette prestando juramento colocando su mano sobre las partes intimas de la reina. También a finales de agosto se puso en circulación un panfleto de rara violencia: La caza de las bestias hediondas. Estas llamadas de asesinato van seguidas de una "Lista especial de los forajidos de la nación con el aviso de las penas que se les imponen en rebeldía en espera del éxito de los procesamientos que se hacen de sus personas, o la ocasión: Una dama de Versalles". Se indican otros castigos, entre otros para el Príncipe de Condé, el Duque de Borbón y el Príncipe de Conti, condenados a ser decapitados, así como para el Conde de Guiche, el Príncipe de Lambesc, el ex teniente de policía Lenoir, o Calonne , que debe ser descuartizado. La idea de representar a la reina disfrazada de bestia no es nueva: ya se implementó con el famoso grabado del monstruo chileno publicado en 1784.

A diferencia de mazarinades y pescaderías, estos panfletos dejan poco espacio para el ingenio: la violencia es cruda, directa, asesina. la reina pierde parte de su nombre de pila, abreviatura que la priva de la referencia a la figura sagrada de la Virgen y que prefigura la acción de la guillotina; cualquier alusión a la ascendencia lorena de la reina, que desciende por padre de San Luis, Enrique IV y Luis XIII, se borra en favor de una exacerbación de su linaje austriaco.

“nos atrevimos... elaborar una propuesta para evitar la reunión, para dar al rey el derecho de veto, e invitarlo para venir a vivir a el Louvre de parís con el delfín, mientras que la reina sea confinada en Saint-Cyr” -se lee la correspondencia secreta del 3 de septiembre. Por todas las provincias, la reina encarna todos los horrores de una contrarrevolución. Se hablaba de que quería volar el parlamento con una bomba, enviar al ejército a masacrar a todo parís se aseguró que ella quería quemar la capital, envenenar al rey y colocar como regente a su amante el conde Artois. Todos los franceses parecían estar seguros de que la reina conspiraba contra Francia.

¿DEJAR VERSALLES?

El proyecto abortado de una marcha de los parisinos sobre Versalles el 30 de agosto, las amenazas a las que fueron sometidos ciertos diputados a partir de ese momento convencieron a una treintena de ellos, en particular a los monárquicos Bergasse, Malouet, Mounier y el Conde de Virieu, así como a el Abbé Maury y el Conde de Montlosier, para acercarse al gobierno para persuadir al rey de que abandone Versalles. Malouet cuenta en sus memorias, en fecha que no se especifica, haber propuesto a Necker, principal ministro de Hacienda, y al conde de Montmorin, secretario de Estado de Asuntos Exteriores, someter a la Asamblea la votación de su traslado a más de veinte leguas de París. Algún tiempo después, durante una reunión nocturna con el conde de Montmorin, en el ala norte de los Ministros, Necker informó sobre las reticencias reales: “Nuestro papel es muy difícil. El rey es bueno, pero difícil de decidir. Su Majestad estaba cansado. Durmió durante todo el Consejo. Éramos de la opinión del traslado de la Asamblea, pero el rey al despertar dijo “No” y se retiró". Quizá fue para no dejar sitio al duque de Orleans, que, según el conde de Saint-Priest, aspiraba a ser proclamado lugarteniente general del reino, por lo que el rey se negó a alejarse de Versalles, todavía percibido como la residencia oficial del poder.
 
Aunque se mantuvo confidencial, este proyecto está acompañado de rumores. En su carta del 6 de septiembre al Conde de Floridablanca, Secretario de Estado de Carlos III de España, el Embajador Fernán Núñez menciona un plan para secuestrar al Rey y su familia para trasladarlos a Champagne y obligar al rey a disolver la Asamblea. Fernán Núñez temía que la reina y las tías del rey persuadieran a Luis XVI "para que se prestara a nuevos ataques a la tranquilidad pública bajo el color de restaurar el orden y sus antiguos derechos".

Patrullaje de la guardia nacional en paris
No es imposible que se previera un secuestro, más o menos sin el conocimiento de los soberanos, o al menos del rey. Ya mencionado, el oficial de las guardias francesas Maleissye, que se retiró cautelosamente a las provincias después del 14 de julio, regresó a París en septiembre porque conoció la existencia de un proyecto destinado a llevar al rey a Rouen o Metz. Se puso en contacto con algunos cabecillas de este “complot” y supo que estaban implicados nada menos que cuarenta y siete diputados de la Asamblea: “Lo único que se obtenía era el consentimiento del monarca". También se entera de que la reina, informada del proyecto, informó al Conde d'Estaing, comandante de la Guardia Nacional de Versalles. Este último, por carta del 14 de septiembre, persuade a la reina de considerar un viaje a Metz. Probablemente sea en relación con este nuevo proyecto que se forma, en septiembre, un regimiento de “guardias de la Casa Real” o “guardias de regeneración francesa”: se realizan alistamientos clandestinos para compensar la deserción de las guardias francesas, se encargan aproximadamente 4.000 uniformes. El abate Douglas, vinculado al conde de Lucay, amigo de la reina, participó activamente en esta empresa, que quizás contemplaba secuestrar al rey en caso de que éste se negara a partir hacia Metz.

Todos estos ruidos y estos preparativos inquietaron al Conde de Montmorin, quien se encargó de intervenir explícitamente en medio de una reunión del Consejo de Estado. Fernán Núñez informa del hecho en su carta del 18 de septiembre: “Explicaba a Su Majestad el mérito que tenían hoy los ministros que cumplían su función cerca de su real persona en tan críticas circunstancias". Añadió que la única recompensa o satisfacción que podrían tener sería la certeza de que el monarca depositaba en ellos la plena confianza que todo hombre de honor necesita en cada ocasión, pero más en momentos tan graves. Declaró que la voz pública y las continuas advertencias privadas le hacían temer una segunda revolución. sobre la base de los mismos principios que presidieron la de julio de tan nefastas consecuencias: "se trataba de venir a buscar a Su Majestad y a su familia real para trasladar a Briare, cerca de Orleans, y de allí al castillo de Chambord [...]. Sin duda el Conde había manifestado a quienes le habían hablado de este plan que después de la actitud adoptada recientemente por Su Majestad, ya no podía ser considerada sino un acto sedicioso y temerario porque, al hacer creer a la gente con notoria mala fe por parte del rey, lo privaría para siempre de la confianza del público y lo expondría a la pérdida de su corona, tal vez incluso de su vida, al involucrarlo en la más sangrienta de las guerras civiles. Pero temía que para dar más autoridad a este golpe de fuerza, se lo hubiera presentado a Su Majestad con colores favorables, recomendando el secreto absoluto como único medio para llevarlo a cabo […]. Por eso el Ministro creyó deber hacer esta declaración a Su Majestad en presencia de todo el Consejo y para desahogo de su honor y de su conciencia. El rey calificó este asunto de irrazonable y trivial".

Grabado que muestra a Luis XVI pasando revista a las tropas. Probablemente regimientos llamados a proteger versailles 
En esta misma carta del 18 de septiembre, Fernán Núñez opina que el rey y la reina ocultan su juego: “Parece positivo que, hasta ahora, nada se ha hecho por parte de los interesados para descubrir su plan […] Cuando fue presionada con insistencia, el pasado 16 de julio, para que se retirara a Metz, Su Majestad resistió estas solicitudes, a pesar de que su hermano, el conde de Artois, había ido, según me cuentan, hasta rogarle de rodillas".

Al final de su misiva, Fernán Núñez informa sobre la entrevista de una hora concedida por la Reina el 17 de septiembre al Conde de Montmorin: “Él le habló con la mayor claridad del asunto que se trataba en Consejo. Le manifestó que nada estaba más en peligro que la vida de Su Majestad si tal proyecto se ponía en ejecución. La reina le dio las más firmes garantías de que compartía este punto de vista y que ni el rey ni ella participarían jamás de ningún modo [...] El Embajador de Nápoles le hizo hoy una visita especial [...] volvió la conversación al asunto del día y le repitió lo que había dicho a los ministros. Agregó con lágrimas en la voz que sabía que en París la calumniaban al punto de suponerla a la cabeza de esta segunda conspiración".

Según Madame de Tourzel, en septiembre, “Sus Majestades, tuvieron la amabilidad de advertirme que me pusiera en condiciones de irme sin ninguna preparación si las circunstancias lo requerían. Todavía no habían decidido el lugar donde debían establecerse y yo siempre lo he ignorado, pero pronto cambiaron de opinión y resolvieron quedarse en Versalles”. Sin embargo, en Marly, los funcionarios de la Maison du Roi escribieron una "declaración de los tapices necesarios para completar los tapices del Château de Compiègne en caso de un viaje imprevisto": lleva la fecha del 3 de octubre.