domingo, 2 de abril de 2017

ULTIMA NOCHE EN VERSALLES (6 OCTUBRE 1789)

Con la marcha de amazonas ya a puertas del palacio todo estaba perdido, ya no había tiempo. La sala de Menus Plaisirs se había transformado en un alojamiento de mujeres borrachas que cantaban y daban un paseo junto a los diputados. Mientras tanto, en el salón de los espejos y la única sala iluminada, solo había confabulaciones, ansiedad y desorden.

Hacia la medianoche la guardia nacional de parís llego a las puertas de Versalles. Antes de entrar en la ciudad, La Fayette se detuvo un momento y administro a sus tropas el juramento de lealtad a la nación, las leyes y al rey. Luego entro en la avenida de parís, en la que era la sala donde la asamblea nacional se reunió y aseguro al presidente las intenciones pacíficas de sus tropas. Luego de dejar la asamblea, se dirigió al palacio, agotado, cubierto de barro, el héroe americano hizo su entrada a los apartamentos reales. Él se inclinó ante Luis XVI y dijo: “señor, vengo a traer mi cabeza, como garantía de la de vuestra majestad”.



Bajo la presión de los disturbios de parís, fue prácticamente obligado a tomar la cabeza de la guardia nacional, y controlar todos los que fueron llevados a Versalles. En este momento, la mayoría de los manifestantes estaban en albergues, otros permanecieron a cielo abierto u otros acampando cerca del castillo. Una aparente calma reinaba. La Fayette fue a hacer una visita de inspección regresando satisfecho. Sintiéndose seguro, el rey decidió descansar. Los cortesanos que estaban a su alrededor se retiraron.

María Antonieta, agotada por las emociones del doloroso día, se fue a la cama a las dos de la mañana. Dejo instrucciones estrictas con madame Tourzel de que iba a llevar a los niños directamente al rey si había disturbios. Varios señores querían montar guardia en la entrada de su apartamento, pero ella se negó. Cuando La Fayette volvió a informar a la reina de su inspección, se le negó la entrada a la habitación. Todas las luces estaban apagadas y a las dos de la mañana, el castillo estaba dormido.


Al amanecer, los que pasaron la noche en la plaza de armas despertaron, mientras que los que se quedaron en los albergues marcharon al castillo. Muy rápidamente, se formaron dos columnas. Misteriosamente la puerta que conduce al patio de los príncipes y la de la capilla estaban abiertas. Al punto, por todas partes se precipitan los sublevados; a doces, a cientos, a millares, armados de picas, azadas y fusiles, regimientos de mujeres y hombres, el ataque tiene una dirección clara: hacia las habitaciones de la reina! Pero ¿cómo es posible que las pescadoras de parís, las damas de los mercados, que jamás han puesto los pies en Versalles, encuentren con tan maravillosa seguridad y al instante la dirección debida en este palacio, absolutamente inabarcable con la mirada, con sus docenas de escaleras y centenares de habitaciones?.

Mientras lanzaban sus imprecaciones de “matar a la puta de Austria”, los guardias de corps intentan detener a la horda de sublevados. Pero -momento fatal!- la escalera de mármol fue defendida por solo dos hombres de los cien guardias suizos. La multitud montada en la escalera y uno de los guardias Miomandre de Sainte-Marie, bajo tres o cuatro pasos, diciendo: “aman a su rey y vienen a molestarlo a su palacio”. La horda intenta asesinarlo, los guardias al ver que no podían resistir la embestida, se refugiaron, algunos en la gran sala de los guardias, los otros en la sala de guardia del rey. Al mismo tiempo, la puerta de la guardia de la reina se abrió de golpe y los alborotadores se apresuraron pidiendo la muerte de María Antonieta.

grabado que muestra a los guardias de corps intentando detener la horda enfurecida.
Uno de los guardias de servicio como centinela en la primera antecámara, el señor Varicourt, fue golpeado y cayó desangrado; la multitud lo agarro, lo empujo por la escalera y un gran señor barbudo le corto la cabeza. Otro guardia, el señor Du Repaire, después de una larga lucha, se las arregló para llegar a la sala de guardia del rey, cubierto de heridas, justo cuando llego a la puerta recibió un disparo de uno de los asaltantes. El señor Miomandre se dirigió a la antecámara de la reina donde le aviso a madame de Thibant que la reina la venían a matarla.

La camarera llena de espanto, se precipita en la habitación de la reina para avisarla. Ya retumban fuera, bajo el golpe de picas y hachas, las puertas, velozmente atrancadas por los guardias de corps. Cerca de allí, María Antonieta escucha los gritos de las personas que buscan entrar a sus apartamentos: “esta ahí, esta ahí, ay que matarla... necesitamos el corazón de la reina! ¿Dónde está ese travieso?. Ya no queda tiempo para ponerse medias ni zapatos; solo se echa María Antonieta una bata sobre la camisa y un chal sobre los hombros. De este modo, descalza, con las medias en la mano, corre, con el corazón palpitante, por el pasillo que conduce al Oeil de Boeuf y de este dilatado recinto a las habitaciones del rey.


Pero ¡espanto!, la reina y sus camareras golpean desesperadamente con sus puños, golpean y golpean, pero la despiadada puerta permanece cerrada. Durante cinco minutos, cinco minutos mortalmente largos, mientras que ya allí, al lado, aquellos asesinos, destrozan su habitación y llenan de puñales su lecho. La reina se derrumba en sollozos: “mis amigos, mis queridos amigos, salvadme”, implora. Hasta que por fin un criado oye los golpes al otro lado de la puerta y viene a libertarla; solo ahora puede refugiarse María Antonieta en las habitaciones de su esposo; al mismo tiempo la gobernante trae al delfín y a madame Royal. La familia está reunida; la vida salvada. Pero nada más que la vida.

Por fin se despierta también el durmiente que no hubiera debido hacer su sacrificio a Morfeo aquella noche y a quien despectivamente, desde esta hora, se le colgará el remoquete de «General Morfeo». La Fayette ve las culpas de su frívola credulidad; sólo con ruegos y súplicas, no ya con la autoridad del jefe que manda, puede salvar de ser degollados a los guardias de corps prisioneros, y sólo a cambio de los más extraordinarios esfuerzos hace salir al populacho de las cámaras de palacio.

Toda la familia se encuentra refugiada en el dormitorio del rey. El delfín dijo a su madre, “mama, tengo hambre” - “se paciente”, respondió María Antonieta “esto se acabara pronto”. Los patios del palacio estaban llenos de batallones de la guardia nacional con la población. María Antonieta de pie, perfectamente tranquila, en una ventana, miraba a la vasta multitud. “todo el mundo sentía la consternación, la reina fue la única que mostro un gran coraje y un buen semblante” -dice madame Stael.

la noche del 5 y 6 de octubre 1789 - François Flameng.
Ahora, tan pronto como el peligro ha pasado, aparecen también, afeitados y empolvados, el conde de Provenza, el hermano del rey, y el duque de Orleans; extrañamente, muy extrañamente, la excitada multitud les abre, con respeto, calle. Puede comenzar el consejo de la corona. Pero ¿qué se puede aún acordar? La muchedumbre de diez mil sublevados tiene el palacio entre sus negras manos manchadas de sangre como si fuese un cascaroncito de nuez, delgado y quebradizo; de este abrazo no hay ya posibilidad de huir ni de escapar. Están acabadas las negociaciones y los tratos del vencedor con el vencido; gritando con millares de voces, la masa hace retumbar al pie de las ventanas la exigencia que ayer y hoy le han sugerido secretamente, murmurando en su oído, los agentes de los clubes: « ¡El rey a Paris! ¡El rey a París!» . Las vidrieras vibran con el rebotar de las amenazadoras voces, y los retratos de los antepasados regios se estremecen de espanto en las paredes del viejo palacio.

grabado que muestra el momento en que luis XVI se ve obligado a salir al balcón para calmar a la excitada masa.

Ante este grito que ordena imperiosamente, el rey dirige a La Fayette una mirada interrogadora. ¿Debe obedecer o, más bien, le es indispensable obedecer? La Fayette baja los ojos. Desde ayer, este ídolo del pueblo sabe que está destronado. El rey espera todavía alcanzar una dilación; para contener a esta muchedumbre alborotada, para arrojar un bocado a su delirante hambre de triunfo, determina mostrarse al balcón. Apenas aparece el buen hombre, cuando la muchedumbre estalla en vivos aplausos: aclama siempre al rey cuando ha triunfado sobre él. ¿Y cómo no aclamarlo cuando un soberano se presenta ante el pueblo con la cabeza descubierta y mira amablemente hacia el patio donde precisamente acaban de cortarles la cabeza como a terneras en el matadero a dos de sus partidarios y las han insertado en picas? Pero a aquel hombre flemático, que no se acalora ni por cuestiones de honor, no le es, en realidad, difícil ningún sacrificio moral; y si, después de esta auto humillación, el pueblo se hubiera ido tranquilo hacia sus casas, probablemente habría montado a caballo una hora después para proseguir sosegadamente la caza, para indemnizarse de lo que ayer tuvo que perder a causa de los «acontecimientos». Sin embargo, al pueblo no le basta con este triunfo: en la embriaguez del sentimiento de su valer, quiere un vino aún más ardiente, aún más fuerte. ¡También debe asomarse la reina, la soberana, la dura, la descarada, la inflexible austríaca! También ella, especialmente ella, la arrogante, debe inclinar su cabeza bajo el invisible yugo. Los gritos son cada vez más violentos, cada vez con mayor locura golpean los pies el suelo, cada vez más ardientes retumban los clamores: «¡La reina! ¡La reina! ¡Qué salga al balcón la reina!» .


María Antonieta, lívida de enojo, mordiéndose los labios, no se mueve del sitio. Lo que paraliza sus pies y hace palidecer sus mejillas no es, en modo alguno, el temor de los fusiles, acaso ya preparados para apuntar hacia ella, ni de las piedras e injurias, sino su orgullo, la heredera a indestructible altivez de esta cabeza y de estos hombros que todavía no se han inclinado jamás ante nadie. Todos se miran perplejos unos a otros. Por último -las ventanas vibran ya con el alboroto, al punto zumbará la pedrada-, La Fayette se aproxima a ella: «Señora, es necesario para tranquilizar al pueblo». «Entonces no vacilo», responde María Antonieta, y coge a sus dos hijos de la mano, uno a la derecha y otro a la izquierda. Rígidamente alta la cabeza, los labios duramente fruncidos, así sale al balcón. No como una suplicante que pide indulgencia, sino como un soldado que marcha al asalto, con resuelta voluntad de bien morir, sin pestañear siquiera. Se muestra, pero no saluda. Mas, precisamente esa rigidez de actitud actúa dominadoramente sobre la masa.


Dos corrientes de fuerza chocan una con otra, al cruzarse las miradas de la reina y del pueblo, y con tal intensidad palpita esta tensión que, durante un minuto, reina un silencio mortal y pleno en la plaza gigantesca. Nadie sabe cómo terminará este primer intento de quietud, asombroso y terrible, tenso hasta el desgarramiento: si con aullidos de furor, con un disparo de fusil o una granizada de pedradas. Entonces sale al balcón La Fayette, siempre valeroso en los grandes momentos, se pone al lado de la reina y, con ademán caballeresco, se inclina ante ella y le besa la mano.

Este gesto rompe instantáneamente la tensión. Se produce lo más sorprendente: «¡Viva la reina! ¡Viva la reina!», mugen millares de voces en la plaza. E, involuntariamente, ese mismo pueblo que hace un instante se encantaba con la debilidad del rey, aclama ahora con orgullo, la inflexible pertinacia de esa mujer que ha mostrado que no viene a solicitar el favor popular con ninguna sonrisa forzada ni con ningún cobarde saludo.

En la estancia, todos rodean a la reina cuando se retira del balcón y la felicitan como si hubiese escapado de un peligro mortal. Pero la ya completamente desilusionada María Antonieta no se deja engañar por estas tardías aclamaciones del pueblo, por estos «¡Viva la reina!». Sus ojos están llenos de lágrimas cuando le dice a madame Necker: «Ya sé que nos forzarán a ir a París al rey y a mí y que llevarán delante las cabezas de nuestros guardias de corps, clavadas en sus picas».

grabado que muestra a la familia real abandonado versalles.
Era justo el presentimiento de María Antonieta. El pueblo no se contenta ya con una reverencia. Primero destruirá el palacio, vidrio a vidrio y piedra a piedra, que ceder en lo que es su voluntad. No en vano los clubes han puesto en movimiento esta máquina gigantesca; no en vano han caminado seis horas bajo la lluvia aquellos millares de personas. Ya vuelven a hincharse, amenazadores, los murmullos; ya se ve que la guardia nacional, traída para proteger a la real familia, se muestra inclinada a unirse a las masas para asaltar el palacio. Entonces la corte, finalmente, cede. Arrojan, por balcones y ventanas, papeles que anuncian que el rey está decidido a trasladarse a París con su familia. El pueblo no ha exigido nada más. Ahora los soldados dejan a un lado los fusiles, los oficiales se mezclan con el pueblo. Se abrazan unos a otros; clamores, gritos, banderas flameando sobre la muchedumbre: apresuradamente son enviadas por delante a París las picas con las sangrientas cabezas. Esta amenaza no es ya necesaria.

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