domingo, 15 de enero de 2017

MARIE ANTOINETTE ES RECIBIDA FRÍAMENTE EN PARÍS (1785)

Vista interior de Notre Dame de París en el momento de la llegada de María Antonieta de Austria, reina de Francia, para la acción de gracias por el nacimiento del delfín, el futuro Luis XVII. 1785.
Una niebla de polvo, tan espesa como raras veces cae sobre la capital, oculta cuando María Antonieta se traslada a parís, el 24 de mayo de 1785 – como era la costumbre para una reina después del nacimiento real-. Pero que distinta es esta llegada a la bienvenida hace 5 años con motivo del nacimiento del delfín Luis José. Allí la había acompañado, en majestuosa caravana, la flor de la nobleza francesa; príncipes y condes, poetas y músicos le rendían, cortesanos, reverencia y saludo. Aquí no la espera nadie; el pueblo parece no darse cuenta de la llegada de la más alta dama del país: la reina. La muchedumbre no se asombra, permanecen despreocupados en sus labores. Pescadores vestidos con sus ásperas ropas de faena, unos cuantos soldados que holgazanean, unas cuantas damiselas de la calle y campesinos que han venido a vender sus ovejas a la capital.

Con el rostro más de odio que entusiasta, contemplan como, con ricos vestidos y adornos de ceremonia, bajan de los carruajes principescas mujeres y hombres, la reina magníficamente con un vestido de lentejuelas de plata y adornada con joyas de un costo de 800.000 libras, mientras a ellos los agobian los impuestos y no tienen para comer. La hostilidad y la extrañeza se miran desde uno y otro lado. Es una áspera bienvenida, dura y severa como el alma de esta tierra. Ya en las primeras horas, María Antonieta advierte dolorosamente el odio que le profesa la nación francesa, una cultura en otros tiempos rica, exuberante, derrochadora y autocomplaciente hasta convertirse en un mundo estrecho, oscuro y trágico.


El conde Fersen, un testigo de esta visita protocolar, le escribió al rey Gustavo de Suecia: “la reina fue recibida con mucha frialdad, no hubo ni una sola aclamación en su honor, solo un perfecto silencio”. 

Sophie von La Roche relata también cuando acude con la familia Bachmann la tarde del 24 de mayo para admirar la procesión: "La reina vestía maravillosamente, su tez es deslumbrantemente blanca y estaba cubierta de diamantes. Su belleza, verdaderamente regia, la habría hecho destacar si el primer lugar que ocupó no hubiera sido suficiente; de hecho, las dos esposas de los hermanos del rey destacaban menos, aunque el rostro de Madame de Provence expresaba mucho carácter e inteligencia, y el de Madame d'Artois mucha bondad. Apenas había terminado mis observaciones cuando las personas que me rodeaban en el balcón comenzaron a mirarse asombradas y susurrar: “¿Qué está pasando? Las calles están llenas de gente y nadie grita “¡Viva la Reina! ” El silencio fue sorprendente, comparado con los vítores que se escucharon durante la Entrada del Rey. Un hombre ingenioso me dijo: “Ves aquí un rasgo del carácter de la gente que tiene el coraje de mostrar su descontento. Se abruma sin ser sumiso, como los grandes: nos enfadamos con la reina y le hacemos entender que hemos venido por el esplendor de la procesión, no por su persona". El placer de la curiosidad unido al rechazo silencioso, aparentemente compartido por miles, me entristeció; No quisiera estar en el lugar de la reina estos días".

Las primeras impresiones tienen gran poder sobre el espíritu, se graban de manera profunda y fatal. Quizá esta reina no sepa lo que la conmueve de tal manera al volver a poner pie en su palacio, como una extraña. ¿Es nostalgia, un inconsciente deseo de aquella calidez y dulzura de la vida que aprendió a vivir en tierras francesas y que ahora es la sombra de un cielo gris y ajeno, es el presentimiento de venideros peligros? En cualquier caso, apenas se queda sola, María Antonieta rompe a llorar: ¿Qué quieren de mí? ¿Que les he hecho?.


Como una tempestad, oscura y grandiosa que entenebrece el cielo despejado y atemoriza el alma con sus palpitantes relámpagos y aplastantes truenos. No volverá a poner en pie en parís fuerte, segura de sí, con un auténtico sentimiento de soberanía… de ahora en adelante su primer sentimiento es la timidez, el presagio y el miedo de los futuros acontecimientos. María Antonieta ha sentido por primera vez los límites de su poder real. Pero estas lágrimas no serán las últimas. Pronto advertirá que el poder no se hereda sin más, sino que ha de ser reconquistado incesantemente, mediante lucha y humillaciones.

lunes, 9 de enero de 2017

SE PREPARA LA HUIDA (1791)

el Vizconde Isidoro de Charny estudia con Luis XVI el Mapa de escape a Varennes.
La ejecución de la huida viene a quedar en manos de la reina, y así se explica que, como es fácil de comprender, confiara sus preparativos prácticos a aquella persona de su intimidad para la cual no tiene secreto alguno y en quien confía irreflexivamente: Fersen. 

A él, al que ha dicho: «Vivo sólo para servirla»; a él, «al amigo», le encomienda una misión que sólo puede ser realizada poniendo en juego, sin reserva alguna, todas las energías de que el ejecutante disponga, hasta la propia vida. Las dificultades son ilimitadas. Para salir del palacio, ultravigilado por los guardias nacionales, donde casi cada servidor es un espía; para atravesar toda la ciudad, desconocida y hostil, tienen que ser adoptadas cuidadosamente toda suerte de especiales medidas, y para el viaje mismo, a través del país, hay que ponerse de acuerdo con el general Bouillé, el único jefe del ejército en quien se puede confiar. Éste debe enviar, según lo planeado, hasta medio camino de la fortaleza de Montmédy, es decir, aproximadamente hasta Châlons, destacamentos sueltos de caballería, por los cuales, en caso de ser reconocidos los viajeros o de persecución, pueda ser inmediatamente protegido el carruaje que lleva al rey con toda la real familia. Pero nueva dificultad: para justificar este sorprendente movimiento militar cerca de la frontera hay que encontrar un pretexto; por tanto, el Gobierno austríaco debe concentrar un cuerpo de ejército en territorios vecinos, a fin de dar ocasión al general Bouillé para ejecutar su movimiento de tropas. Todo esto tiene que ser discutido secretamente en una innumerable correspondencia y con la prudencia más extrema, porque la mayoría de las cartas son abiertas y, como el mismo Fersen dice, «todo estaría perdido si pudieran notar el preparativo más pequeño». Fuera de ello -nueva dificultad-, esta fuga exige grandes sumas de dinero, y el rey y la reina mismos están absolutamente desprovistos de fondos. Han fracasado todas las tentativas para recibir prestados algunos millones del hermano de la reina, de los príncipes de Inglaterra, de España, Nápoles o de los banqueros de la corte. También en este capítulo, como en todos los demás, tiene que proveer Fersen, este poco importante gentilhombre extranjero.


Pero Fersen extrae fuerzas de su propia pasión. Trabaja como diez cabezas, con diez manos y sólo con su único corazón, lleno de amor. Durante horas enteras delibera con la reina acerca de todos los detalles, deslizándose, por la noche o por la tarde, junto a María Antonieta, por el camino secreto. Lleva la correspondencia con los príncipes extranjeros, con el general Bouillé; elige los jóvenes nobles más seguros que, disfrazados de correos, han de acompañar a los fugitivos, y a los otros que, antes de ello, llevan y traen las cartas entre París y la frontera. Encarga la carroza a su nombre, se procura los falsos pasaportes, proporciona dinero tomando prestadas de una dama rusa y de una sueca trescientas mil libras de cada una, respondiendo con su propia fortuna, y hasta, finalmente, pidiéndole tres mil a su propio portero. Lleva, prenda a prenda, a las Tullerías los necesarios disfraces, y saca de contrabando, por el contrario, los diamantes de la reina. Día y noche, semana tras semana, escribe, negocia, planea con infatigable tensión nerviosa y siempre en permanente peligro de la vida, pues si un solo nudo de esta red tendida por toda Francia se deshace, si uno de sus iniciados hace traición a su confianza, si es sorprendida una única palabra o apresada una carta, se convierte en reo de muerte. Pero audaz, y al mismo tiempo serenamente lúcido, infatigable, porque es movido por su pasión, ejecuta su deber, silencioso héroe de último término en uno de los grandes dramas de la historia universal. 

dibujo el cual nos da una idea de como era la enorme berlina.
Pero ni a un dedo de distancia de la muerte la familia real quiere ofender a las sacrosantas leyes domésticas: hasta en el más peligroso de todos los viajes, la imperecedera etiqueta tiene que ir con ellos. Primera falta: se determina que las cinco personas vayan juntas en el mismo carruaje; por tanto, toda la familia, padre, madre, hermana y los dos niños, exactamente como se la conoce hasta en la última aldea de Francia por centenares de grabados. Pero no basta con esto; madame de Tourzel recuerda su juramento, a consecuencia del cual no le es lícito abandonar ni un solo momento a los regios niños; por tanto, le es preciso, segunda falta, ir con ellos como persona número seis. Mediante esta innecesaria carga se retrasa el momento de la partida en un viaje en el cual cada cuarto de hora y hasta cada minuto son preciosos. Tercera falta: no puede imaginarse que una reina pueda servirse por sí misma. Por tanto, hay que llevar, además, dos camareras en un segundo coche; ahora se ha llegado ya a contar ocho personas. Pero como los puestos de cochero, de delantero, de postillón y de lacayo tienen que ser desempeñados por gentes de toda confianza, los cuales es cierto que no conocen el camino, pero pertenecen a la nobleza, se ha alcanzado ya felizmente el número respetable de doce viajeros, y con Fersen y su cochero son catorce; abundante número para guardar un secreto. Cuarta, quinta, sexta y séptima falta: hay que llevar toilettes a fin de que la reina y el rey, en Montmédy, puedan presentarse en traje de gala y no ya con su ropa de viaje; por tanto, se cargan aún en el coche, elevándose como una torre, doscientas libras de equipaje, en unos baúles que atraen la atención de puro nuevos; nuevo compás de la marcha y nuevo incremento de los motivos para llamar la atención. Poco a poco, lo que debía ser una fuga secreta se convierte en una pomposa expedición. 

utensilios de necesidad para la reina en su viaje, conservado en el museo del perfume en Grasse.
Pero la falta de las faltas es que tanto un rey como una reina no deben hacer un viaje de veinticuatro horas, ni aunque sea para escaparse del infierno, sin tener todas sus comodidades. Según esto, se encarga un coche nuevo, especialmente ancho, especialmente provisto de buenos muelles, un coche que huele a barniz fresco y a riqueza, que en cada cambio de tiro tiene que despertar especial curiosidad en cada cochero, cada postillón, cada maestro de postas y cada mulero. Pero Fersen -los enamorados no piensan nunca en la realidad- quiere que para María Antonieta todo sea tan magnífico, bello y lujoso como sea posible. Según sus minuciosas instrucciones, es construida -aparentemente para cierta baronesa de Korff- una máquina gigantesca, una especie de navío de guerra sobre cuatro ruedas que no sólo debe ser capaz para las cinco personas de la familia real, y. además de esto, la gouvernante , el cochero y los lacayos, sino que también ha de tener sitio para todas las imaginable, comodidades: vajilla de plata, un guardarropa, provisiones de boca y hasta ciertas sillas usadas para necesidades que no son exclusivas de los monarcas. Es embalada también, y bien estibada, toda una bodega de vinos, pues se conoce el sediento gaznate del monarca; para aumentar aún el error, el interior del carruaje es tapizado con claro damasco, y casi tiene uno que asombrarse de que hayan prescindido de plantar en sitio bien visible, sobre las portezuelas, las flores de lis de las armas familiares. Con tan pesado pertrecho, este monstruoso coche de lujo necesita, para avanzar con una velocidad tolerable, por lo menos ocho caballos, pero en general doce, lo cual quiere decir que mientras a una ligera silla de postas de dos caballos se le muda el tiro en cinco minutos, exige por término medio, en este caso, una media hora cada cambio de caballos; en total, por tanto, un retraso de cuatro o cinco horas en un viaje entre la vida y la muerte, en el cual puede ser decisivo cada cuarto de hora.

el pasaporte a nombre de la baronesa de Korff , utilizado por la familia real durante el viaje.
Para compensar a los guardias nobles que durante veinticuatro horas tienen que llevar trajes de sirvientes, se les plantan libreas deslumbrantes, que brillan de puro nuevas, que no pueden menos de ser llamativas y contrastan extrañamente con los disfraces, intencionadamente modestos, del rey y de la reina. Este modo de llamar la atención la real familia es, además, aumentado por el hecho de que a cada una de las pequeñas poblaciones del camino lleguen de repente, en tiempos pacíficos, escuadrones de dragones, aparentemente para esperar un «transporte de dinero», y el que, como última tontería, verdaderamente histórica, el duque de Choiseul haya elegido, como oficial de enlace entre los diferentes cuerpos de tropas, al hombre más imposible para el cargo, a Fígaro en persona, al peluquero de la reina, el divino Léonard, muy indicado para hacer un peinado, pero no para la diplomacia, el cual, guardando mayor fidelidad a su eterno papel de Fígaro que al rey, embrolla de modo aún más completo una situación de suyo ya bien intrincada.

Una disculpa para todo esto: la etiqueta del Estado francés no tenía ningún precedente en su historia para regular la fuga de un rey. Cómo se debe ir a un bautizo, a una coronación, al teatro y a la caza, qué trajes, qué calzado y qué hebillas deben llevarse para las grandes y las pequeñas recepciones, para la misa, la caza y el juego, todo esto está especificado con cien detalles en el ceremonial. Pero acerca de cómo se han de escapar, disfrazados, un rey y una reina del palacio de sus antepasados, sobre ello no hay ninguna prescripción; aquí hay que improvisar, atrevida y libremente, una decisión inmediata y aprovechar el momento. Por serle la realidad tan completamente ajena, tenía que sucumbir la corte en este primer contacto con el mundo verdadero. Desde el momento en que el rey de Francia se pone la librea de un criado para escapar, ya no puede volver a ser señor de su destino.
 
Grabado de María Antonieta durante el viaje a Varennes.
Después de innumerables aplazamientos, el 19 de junio es designado como el día de la fuga; es tiempo, más que tiempo, porque una red de secretos entre tantas manos puede desgarrarse por cualquier lugar en todo momento. Como un latigazo restalla de repente en medio de los suaves cuchicheos y conciliábulos de la familia real un artículo de Marat que anuncia un complot para apoderarse del rey. «Quieren a toda fuerza llevarlos a los Países Bajos con pretexto de que su causa es la de todos los reyes, y vosotros sois lo bastante imbéciles para no prevenir la fuga de la real familia. ¡Parisienses, insensatos parisienses!, estoy ya cansado de repetíroslo siempre: conservad con cuidado al rey y al delfín en vuestras murallas; encerrad a la austríaca, a su cuñado y al resto de la familia.La pérdida de un solo día puede ser fatal para la nación y abrir la tumba a tres millones de franceses.» 


Extraña profecía la de este hombre de tan aguda vista detrás de los anteojos de su enfermiza desconfianza. Sólo que esta «pérdida de un solo día» fue fatal no para la nación, sino para el rey y la reina. Pues, aún otra vez, en el último momento, María Antonieta aplaza la fuga, ya acordada en cada detalle. En vano Fersen ha trabajado hasta el agotamiento para que todo estuviera dispuesto para el 19 de junio. El día y la noche, desde hace semanas y meses, los ha dedicado su pasión sólo a esta única empresa. Por su propia mano saca nuevas prendas de vestir, noche tras noche, bajo la capa al salir de sus visitas a la reina; en una innumerable correspondencia ha convenido con el general Bouillé en qué punto los dragones y los húsares han de esperar la carroza del rey; llevando las riendas en su propia mano, prueba, en el camino a Vincennes, los caballos de posta que ha encargado. Los indicios están todos dispuestos, el mecanismo funciona hasta en su más pequeña ruedecilla. Pero, en el último momento, da contraorden la reina. Una de las camareras, que está en relaciones con un revolucionario, le parece altamente sospechosa.

grabado que muestra a Maria Antonieta despidiéndose del conde Fersen.
Las cosas están de tal modo dispuestas que, precisamente en la mañana siguiente, la del 20 de junio, esta mujer debe estar libre de servicio; hay, por tanto, que esperar a ese día. Otra vez veinticuatro horas de fatal retraso, contraorden al general, mandato de desensillar a los húsares ya dispuestos para el avance, nueva tensión nerviosa para el ya totalmente agotado Fersen y para la reina, que apenas puede ya dominar su inquietud. No obstante, por fin pasa también este último día. Para disipar toda sospecha, lleva la reina, por la tarde, a sus dos niños y a su cuñada Elisabeth a los jardines del Tívoli. A su regreso, con su habitual altivez y seguridad, le da al comandante las órdenes para el día siguiente. No se nota en ella ninguna excitación, y menos aún en el rey, porque este hombre sin nervios es absolutamente incapaz de ello. Por la noche, a las ocho, se retira María Antonieta a sus habitaciones y despide a las doncellas. Acuesta a los niños y, aparentemente despreocupada, se reúne, después de la cena, en el gran salón con toda la familia. Sólo una cosa habría podido advertir acaso una mirada especialmente atenta, y es que la reina se levanta a veces y mira el reloj, como si estuviese cansada. Pero, en realidad, jamás como esta noche estuvo en una mayor tensión de sus energías, más despierta ni más dispuesta para hacer frente al destino. 

domingo, 8 de enero de 2017

LOS HERMANOS DE LUIS XVI: LOS CONDES DE PROVENZA Y DE ARTOIS

Un grabado de Louis-Auguste, el delfín, y sus hermanos Louis-Stanislas-Xavier y Charles Philippe-. Circa 1770-1774.
Entre los grupos rivales, los revolucionarios y los reaccionarios, se mantiene aislado el enemigo de la reina acaso más peligroso y funesto, el propio hermano de su marido, Monsieur Estanislao Javier, conde de Provenza, más tarde el rey Luis XVIII.

Solapado y tenebroso, intrigante y cauto, no se liga, para no comprometerse demasiado pronto, con ninguno de los grupos mencionados; oscila de derecha a izquierda, esperando que el destino le revele su auténtica hora. Ve sin disgusto las dificultades crecientes, pero se guarda muy bien de criticarlas en público; como un negro y silencioso topo, excava subterráneamente sus galerías y espera la hora en que la posición de su hermano esté lo suficientemente desquiciada. Pues sólo si Luis XVI y Luis XVII dejan el campo libre puede, por fin, llegar a ser rey Estanislao Javier, conde de Provenza, bajo el nombre de Luis XVIII, meta de su ambición, secretamente sustentada desde su infancia. Ya una vez se había entregado a la justificada esperanza de ser regente y legítimo sucesor de su hermano; los siete años trágicos en que permaneció estéril el matrimonio de Luis XVI a causa del ominoso obstáculo habían sido para su impaciente ambición las siete vacas gordas de la Biblia. Pero después vino el desaforado golpe contra sus embarazadas esperanzas hereditarias; cuando María Antonieta dio a luz una niña, él dio suelta, en una carta al rey de Suecia, a esta dolorosa confesión: «No me oculto a mí mismo que el suceso me ha conmovido muy sensiblemente... En lo exterior, me hice muy pronto dueño de mí mismo y he seguido la misma conducta de antes, en todo caso sin expresar una alegría que hubiera sido tenida por falsa, como en realidad lo habría sido... En lo interior me fue más difícil salir triunfador. A veces aún se me subleva el sentimiento, pero confío en mantenerlo a raya si no puedo vencerlo por completo». El nacimiento del delfín destroza después completamente sus últimos sueños de heredar el trono. Ahora queda cerrado para él el camino recto.

retrato del conde de Provenza.
Pero una vez que se le pone a un ser humano el sello de inferioridad en un lugar visible, ese constante sentimiento de inferioridad tiene que debilitarlo o fortalecerlo de forma decisiva; semejante presión puede quebrar un carácter o endurecerlo de manera fantástica. En cambio, en las naturalezas fuertes la postergación incrementa todas las fuerzas oscuras y sometidas; donde el camino recto hacia el poder no se les franquea de buen grado, aprenderán a crear el poder por sí mismos. Este conde de Provenza es una naturaleza fuerte. La furiosa decisión de sus antepasados reales, su orgullo y su voluntad de poder se agitan fuertes y tenebrosos en su sangre; como hombre, supera en una cabeza en porte, inteligencia y clara decisión la pequeña estirpe de rapiña.

Sus objetivos son amplios, sus planes están pensados desde una perspectiva política; inteligente como su hermano, este hombre es inconmensurablemente superior a él en prudencia y experiencia varonil. Lo mira como quien mira jugar a un niño, y le deja jugar mientras su juego no perturbe sus movimientos. Porque, como hombre maduro, no obedece tampoco como su cuñada a vehementes y nerviosos impulsos, no tiene nada de heroico como gobernante, pero a cambio conoce el secreto del saber esperar y tener paciencia, que es mayor garantía del éxito que el entusiasmo rápido y apasionado. El primer signo de verdaderas dotes para la política siempre será que un hombre renuncie de antemano a exigir para sí lo inalcanzable.
 
Grabado que muestra de perfil al conde de Provenza junto a su esposa
Marie Joséphine de Saboya.
Renuncia a las insignias del poder, al brillo aparente, pero sólo para sujetar con más fuerza en sus manos el poder real. Tiene que recorrer aquellos caminos, tortuosos a hipócritas, que finalmente -claro que sólo al cabo de treinta años- han de conducirle a la anhelada cima. La oposición del conde de Provenza no es, como la del duque de Orleans, una franca llama de odio, sino un fuego de envidia que arde lentamente bajo el disfraz de la ceniza; mientras María Antonieta y Luis XVI conservaron indiscutido en sus manos el poder, el secreto pretendiente de la corona se mantiene frío y silencioso, sin manifestar públicamente ni la menor pretensión; sólo con la Revolución comienzan sus sospechosas idas y venidas, las extrañas conferencias del palacio de Luxemburgo. Pero apenas ha logrado salvarse felizmente al otro lado de la frontera, cava valientemente, con sus provocativas proclamas, las tumbas de su hermano, de su cuñada y de su sobrino, en la esperanza -en efecto realizada- de encontrar en sus ataúdes la anhelada corona.

Por su parte el conde de Artois, una fina cabeza, un espíritu flexible y cultivado, no ama como Provenza el poder, no es autoritario y orgulloso. Como príncipe real, lo que le gusta es el juego intrincado y desconcertante de la vida y la intriga, el arte de la combinación; no le interesan los rígidos principios, la religión y la patria, la reina y el reino, sino el arte de tener una mano en todas partes y atar o soltar los hilos a su capricho. No es ni verdaderamente leal ni verdaderamente desleal a María Antonieta, por la que siente una curiosa inclinación personal, la servirá mientras tenga éxito, y la abandonará al llegar el peligro.

Retrato del conde de Artois
Como algún individuo masculino de la familia tiene que acompañar a la reina en sus diversiones, el conde de Artois, es el que coma a su cargo el papel de ángel tutelar. Aturdido, frívolo, descarado, pero hábil y manejable, padece igual temor que María Antonieta ante el aburrimiento o el tener que ocuparse de cosas serias. Conquistador, pródigo, divertido, elegante, fanfarrón, más descarado que valiente, más jactancioso que verdaderamente apasionado, conduce a aquella alocada pandilla adondequiera que haya algún nuevo sport , alguna nueva moda, un nuevo placer, y pronto tiene más deudas que el rey, la reina y toda la corte reunidos. 

Grabado que muestra de perfil al conde Artois junto a su esposa Marie-Thérèse de Saboya.
El conde de Artois es el comandante electo de la guardia de corps con la cual María Antonieta emprende sus correrías diurnas y nocturnas por todas las provincias de la alegre ociosidad; esta tropa es realmente reducida, y en ella cambian constantemente los cargos directivos, pues la indulgente reina dispensa a sus satélites toda clase de transgresiones, deudas y arrogancias, una conducta provocativa y excesivamente familiar, aventuras galantes y escándalos, pero cada cual tiene agotado el caudal del regio favor tan pronto como comienza a aburrir a la reina. Pero precisamente por ser así concuerda admirablemente con María Antonieta. No estima ella en mucho a este impertinente atolondrado, ni mucho menos le ama, aunque las malas lenguas lo hayan afirmado con ligereza. Hermano y hermana, en su furia de placeres, se cubre las espaldas y forman en poco tiempo una pareja inseparable.

viernes, 6 de enero de 2017

MARIE ANTOINETTE EN VERDAD ERA UNA DIOSA - ANTONIA FRASER

“Por su modo de andar, revelo que ella era en verdad una diosa”. Horacio Walpole citando a la reina.


El glamour de María Antonieta –en palabras del siglo XX- parecía encajar admirablemente para la posición de la reina de Francia. Durante los próximos años, la belleza de María Antonieta o la ilusión de su belleza, alcanzo su mejor momento, el cumplimiento de esa promesa insinuada cuando ella era una niña en Viena. Su figura, sobre todo su pecho, aumento. Sus grandes ojos de color azul-gris fueron notablemente expresivos, su falta de visión solo le dio una suavidad a su mirada; su pelo, en la medida en que el color natural podría ser discernido por debajo de la “bañera de polvo”, se había oscurecido del ceniza infantil a un marrón claro y grueso.

Sus defectos, por supuesto, se mantuvieron. Tenía la nariz aguileña y como tales narices generalmente lo hacen, se hizo más pronunciada con la edad. Aunque la más elaborada peluquería oculto la notoria frente, no había nada que hacer al respecto al labio inferior de los Habsburgo, que no podía ser ignorado y que le costó tanto trabajo a los artistas.


En 1774, Jean-Baptiste Gautier pinto a María Antonieta en su dormitorio en Versalles en su pasatiempo favorito, el arpa. Era una composición encantadora. Llevaba un vestido de gasa gris claro bajo un envoltorio con un toque de la cinta de color melocotón en el pecho; un lector (hembra) sostuvo un libro, un cantante (masculino) toco la música, una doncella extendió una cesta de plumas para poner en el pelo y en la esquina el artista contemplo su paleta.

El próximo año Gautier pinto un retrato que fue ampliamente copiado en diferentes versiones, que muestra a la reina con un penacho de diamantes clavado en su peinado, perlas y cintas azules pasadas a través de sus cabellos, su vestido azul pálido y un manto de terciopelo azul, ricamente adornado con la flor de lis y armiño, rodeándola. Fue un estudio de la feminidad y la majestad combinado.


Se admiró la sonrisa de la reina; contenía “un encanto”, que la futura madame Tussaud, un observador en Versalles, diría fue suficiente para ganarse a “las más brutal de sus enemigos”. Por su parte, el conde Tilly, que vio por primera vez a María Antonieta en 1775, tuvo que admirar su piel, su cuello, sus hermosos hombros, brazos y manos, fue la más hermosa que había visto nunca. El brillo de su piel hizo que el príncipe de Ligne, que adoraba a la reina, al comentar que su piel y su alma fueron igualmente blanco. Madame Thrale viajando por Francia con el doctor Johnson en 1775, evaluó a María Antonieta como “la mujer más hermosa de su propia corte”. La artista madame Vigee LeBrun fue lo suficientemente honesta para decir que la piel de la reina era “tan transparente que ninguna sombra me permitió capturarla”.

Fue, sin embargo, el conjunto elegante en lugar de los elementos individuales perfectos que hicieron tal impresión en los que sabían de María Antonieta. Por encima de todo, era su porte; en palabras del barón de Besenval, “una elegancia maravillosa en todo, la hizo capaz de disputar la ventaja con otras mejor dotadas por la naturaleza e incluso ganarles”. Por su puesto, los encantos físicos de imagen son pocas veces menospreciados, el lustre de una corona mejora incluso el aspecto más mediocre en los ojos del público. Sin embargo, en el caso de María Antonieta existe tal unanimidad de informes de tantas fuentes, incluidos los visitantes extranjeros, así como sus íntimos, que es difícil dudar de la veracidad de la imagen.


El resultado fue una gran cantidad de comparaciones con las diosas y ninfas, tanto como se había hecho en su viaje de bodas, con la diferencia de que ahora una mujer visible, en vez de una chica desconocida. Madame Campan la comparo con las estatuas clásicas en los jardines reales, por ejemplo, el Atalanta en Marly. Horacio Walpole nunca olvidara verla en la capilla real, como se “disparo a través de la habitación como un ser aéreo, todo el brillo y la gracia y sin dar la impresión de tocar tierra”. Madame Vigee leBrun, mirándola al aire libre con sus damas de honor en Fontainebleau, pensó que la reina deslumbrante, sus diamantes espumosos en la luz del sol, podría haber sido una diosa rodeada de ninfas.

-Marie Antoinette :the journey, Antonia Fraser (2002)

martes, 3 de enero de 2017

Detalle de la pintura de Joseph Caraud -
María Antonieta y la pequeña Madame Royale (1870).
“Ella siempre se mantuvo vinculada en su trabajo de caridad, lleno de huéspedes, y siempre era hospitalaria para cualquier persona que mostró respeto a la causa de los legitimistas. La señora de La Ferronnays describe a María Teresa como tener un corazón que era un tesoro de la indulgencia… podía ser divertida y disfrutar de momentos alegres con amigos y familiares, donde se visualiza un lado de su personalidad que, cuando era niña, su madre le había llamado “muselina”.

-Susan Nagel – Marie-Therese: el destino de la hija de Marie Antoinette (2009)

lunes, 26 de diciembre de 2016

LA FAMILIA REAL ES TRASLADADA AL TEMPLE (1792)

llegada de la familia real al temple.
Es ya oscuro cuando la familia real llega delante del antiguo castillo de los templarios, el Temple. Las ventanas del edificio principal están iluminadas con innumerables linternas -¿no es aquél un día de fiesta popular?-. María Antonieta conoce este palacete.

Ha habitado aquí, durante los dieciocho años frívolos del rococó, el hermano del rey, el conde de Artois, su camarada de bailes y diversiones. Con repiqueteantes cascabeles, envuelta en preciosas pieles, fue hasta allí una vez, en invierno, catorce años hace, en un trineo ricamente decorado, para comer a toda prisa en casa de su cuñado. Hoy, unos amos de casa menos amables, los miembros de la Comuna, la invitan a quedarse allí permanentemente, y, en vez de lacayos, se alzan delante de las puertas, como cuidadosos vigilantes, guardias nacionales y gendarmes. La gran sala donde sirven la comida a los prisioneros es conocida por nosotros por un cuadro célebre: «Un té en casa del príncipe Conti». El mozuelo y la muchacha que entretienen en él con un concierto a una sociedad ilustre son nada menos que el niño de ocho años Wolfgang Amadeo Mozart y su hermana: música y alegría han resonado en este recinto; nobles señores, felices y gozadores de la vida, han habitado últimamente esta mansión.

"te en casa del príncipe conde". Fue en esta sala que se sirvió una comida generosa para la familia real. Nadie se atrevía a decir a María Antonieta que volvería a este palacio y que en una ocasión sugirió al su cuñado demoler las torres y que ahora serian su lugar de residencia.
Pero no es este elegante palacio, en cuyas cámaras, recubiertas de madera tallada y dorada, todavía queda quizás un suave aleteo de la argentina ligereza de las melodías de Mozart, lo que está destinado por la Comuna para residencia de María Antonieta y de Luis XVI, sino los dos torreones antiquísimos, redondos y de puntiagudo tejado, que se alzan junto a él. Edificados por los caballeros templarios de la Edad Media, con firmes sillares, como inexpugnable fortaleza, estos torreones, grises y tenebrosos, semejantes a la Bastilla, provocan primeramente un estremecimiento de supersticioso terror. Con sus pesadas puertas forradas de hierro, sus escasas ventanas, sus fúnebres patios entre murallas, hacen pensar en olvidadas baladas de otros tiempos, en la Santa Vehma, en la Inquisición, en antros de brujas y cámaras de tormento. De mala gana, con tímidas miradas, contemplan los parisienses esos restos últimos de una edad de violencia, que se han mantenido en pie, del todo inútiles y por ello doblemente misteriosos, en medio de un animado barrio de pequeños burgueses: era un símbolo de elocuencia cruel destinar estos viejos y ya inútiles muros para prisión de la vieja y ya inútil monarquía.


Las siguientes semanas sirven para aumentar la inviolabilidad de esta prisión dilatada. Se demuele una fila de casitas que rodean las torres, son echados abajo todos los árboles del patio, para que no impidan la vigilancia por ninguna parte; además, los dos patios que rodean a las torres, pelados y desnudos, son separados por un muro de piedra de los otros edificios, de modo que hay que atravesar primero tres recintos amurallados antes de que se penetre en la verdadera ciudadela. Se levanta en todas las salidas garitas de vigilancia, y en todas las puertas interiores que dan a los pasillos de cada piso se cuida de poner barreras para forzar a cada uno de los que entren o salgan a justificar su personalidad ante siete a ocho guardias diferentes. Como custodios, el consejo municipal, que responde de los prisioneros, elige a diario, echando suertes, cuatro diferentes comisarios que, alternativamente, vigilen día y noche todas las habitaciones y estén obligados, por la noche, a tomar en depósito la totalidad de las llaves de todas las puertas. Fuera de ellos y de los consejeros municipales, a nadie le es permitido penetrar sin una especial tarjeta de permiso de la municipalidad dentro de todo el recinto fortificado del Temple; ningún Fersen ni ningún otro amigo complaciente puede acercarse ya a la real familiar la posibilidad de hacer pasar cartas y de ponerse en contacto con los de fuera está -o por lo menos lo parece- irrevocablemente excluida.


De modo más grave hiere aún a la real familia otra medida de precaución. En la noche del 19 de agosto se presentan los funcionarios municipales con la orden de sacar de allí a todas las personas que no pertenezcan a la real familia. Especialmente dolorosa para la reina es la despedida de madame de Lamballe, que, estando ya en seguro refugio, había vuelto voluntariamente de Londres para testimoniar su amistad en la hora del peligro.

Ambas presienten que no volverán nunca a verse; en esta despedida, no presenciada por ningún testigo, tiene que haber sido cuando María Antonieta, como única muestra de cariño, le regaló a su amiga aquel mechón de cabellos, encerrados en un anillo, con esta trágica inscripción: «Encanecidos por la desgracia», y que más tarde se halló sobre el despedazado cadáver de la asesinada princesa. También la preceptora, madame de Tourzel, y su hija tuvieron que ser trasladadas de esta prisión a otra especial, a la Force; lo mismo que los acompañantes del rey: sólo un ayuda de cámara le es dejado para servir a su persona. Con ello queda destruida la última apariencia y brillo de una corte, y, en adelante, las personas de la familia real, Luis XVI, María Antonieta, sus dos hijos y la princesa Elisabeth, se hallan consigo mismas, solas por completo.


El temor de un acontecimiento es, en general, más insoportable que el acontecimiento mismo. Por mucho que la prisión signifique una humillación para el rey y la reina, ofrece, en primer lugar, cierta seguridad a sus personas. Los gruesos muros que los rodean, los patios cerrados de barricadas, los puestos de guardia con los fusiles permanentemente cargados, cierto que impiden toda tentativa de fuga, pero protegen, al mismo tiempo, contra todo ataque imprevisto. Ya no necesita la real familia, como en las Tullerías, acechar a diario y a cada hora todo rebato de campanas y redobles de tambores para saber si hoy o mañana hay que aguardar algún ataque. En este torreón solitario es la misma distribución de tiempo, ayer como hoy, el mismo aislamiento seguro y tranquilo y el mismo alejamiento de todos los sucesos del mundo. El gobierno de la ciudad hace, al principio, todo lo posible para cuidar del bienestar puramente material de la real familia prisionera; despiadada en la lucha, la Revolución, según su última voluntad, no es inhumana. Después de cada duro golpe, vuelve a suspender otra vez su marcha durante un momento, sin sospechar que precisamente estas pausas, estas aparentes renuncias, hacen aún más sensible para los vencidos su derrota.

Los primeros días después del traslado al Temple se esfuerza la municipalidad por presentar su prisión a los prisioneros como lo más aceptable posible. La gran torre es empapelada de nuevo y provista de muebles; se prepara todo un piso con cuatro habitaciones para el rey; cuatro habitaciones para la reina, su cuñada madame Elisabeth y los niños. Pueden en todo momento salir de la lúgubre y mohosa torre, ir a pasear por el jardín, y, ante todo, cuida la Comuna de que no carezcan de lo que, por desgracia, es lo más preciso para el bienestar del rey: una comida buena y abundante. Nada menos que trece personas cuidan a diario de su mesa; cada mediodía hay por lo menos tres sopas, cuatro principios, dos asados, cuatro platos ligeros, compota, fruta, vino de Malvasía, burdeos, champaña; de modo que al cabo de tres meses y medio, los gastos de cocina ascienden nada menos que a treinta y cinco mil libras. También se los provee abundantemente de ropa interior, de trajes y de todo lo que se refiere al pertrecho de la casa mientras Luis XVI no es todavía considerado como un criminal. Según sus deseos, recibe, para matar el tiempo, toda una biblioteca de doscientos cincuenta y siete volúmenes, en su mayor parte clásicos latinos; en esta primera época, muy corta, la prisión de la familia real no ha tenido en modo alguno carácter de castigo, y así, prescindiendo de la opresión moral, podían el rey y la reina llevar una vida tranquilamente cómoda y casi pacífica.


Por la mañana hace María Antonieta venir a sus niños y los instruye o juega con ellos; a mediodía comen reunidos; de sobremesa juegan una partida de chaquete o de ajedrez. Mientras el rey lleva después a pasear al delfín por el jardín y con él echa a volar cometas, la reina, que es demasiado orgullosa para pasear públicamente bajo vigilancia, se ocupa, en general, en su habitación, con labores de mano. Por la noche acuesta ella misma a los niños, y después charlan todavía un poco o juegan a las cartas; hasta alguna vez intentan tocar el clave, como en tiempos anteriores, o cantar un poco, pero, apartada del gran mundo y de sus amigas, le falta para siempre la perdida ligereza de su corazón. Habla poco, y prefiere estar sola o con los niños. Le falta como consuelo aquella gran piedad de Luis XVI y de su hermana, que rezan mucho y observan severamente todos los días de ayuno, con lo cual adquieren resignación y paciencia. La voluntad de vivir de la reina no se deja quebrantar tan fácilmente como la de aquellos seres de apagado temperamento: su pensamiento, hasta entre estos cerrados muros, está siempre dirigido hacia el mundo; su alma, habituada al triunfo, se niega todavía a renunciar, aún no quiere abandonar la esperanza -hacia dentro se reconcentran ahora sus no empleadas fuerzas-. Es la única que no se da por prisionera en la prisión; los otros sienten apenas su cautividad, y, si no fuera por la vigilancia y el eterno miedo del mañana, aquel pequeño burgués de Luis XVI y la monja de madame Elisabeth encontrarían realmente realizada la forma de vivir por la cual inconscientemente habían suspirado años y años: una pasividad sin responsabilidad ni pensamiento.

Pero la guardia está allí. Sin interrupción se les recuerda con ello a los cautivos que hay otro poder que rige su destino. En el comedor ha colgado en la pared la Comuna la edición en folio del texto de la Declaración de los derechos del hombre, fechada en una forma dolorosa para un rey: «Año primero de la República». Sobre las placas de latón de su estufa tiene que leer el rey: «Libertad, igualdad, fraternidad». A la hora de la comida de mediodía aparece un comisario o el comandante como huésped no invitado. Cada pedazo de su pan es cortado por una mano extraña para investigar si acaso no contendrá algún mensaje secreto; ningún periódico puede entrar en el recinto del Temple; cada uno que penetra en la torre o sale de ella es registrado del modo más minucioso por los guardias, en busca de los papeles que pueda llevar escondidos, y, además, las puertas de las habitaciones regias son cerradas por fuera. Ni un solo paso puede dar el rey o la reina sin que detrás de ellos, con el fusil cargado al hombro, aparezca la sombra de un guardia, ni tener ninguna conversación sin testigos, ni leer ningún impreso sin censurar. Sólo en su apartado dormitorio conocen la dicha y la merced de estar solos consigo mismos.


Tal hombre, puesto como señor y vigilante de la real familia, goza evidentemente, con todo el contento de un alma pequeña, de la posibilidad de que le sea lícito tratar de un modo que le haga bajar la cabeza a toda una archiduquesa de Austria y reina de Francia.De una cortesía intencionadamente helada en el trato personal, y siempre cuidadoso de mostrar que él es el auténtico representante de la nueva justicia, da libre curso Hébert, en el Pére Duchéne , con groseras injurias a su enojo porque la reina rehúsa toda conversación con él; es la voz del Père Duchéne la que solicita ininterrumpidamente el «salto de carpa» y el rasoir national para el «borracho y su golfa» , los mismos a quienes el señor procurador Hébert visita todas las semanas del modo más cortés. Indudablemente que las palabras de su boca eran más violentas que los sentimientos de su corazón; pero ya hay una innecesaria humillación para los vencidos en el hecho de encargar precisamente al más despiadado y más insincero de todos los patriotas de que sea jefe supremo de la prisión. Porque el miedo a Hébert actúa naturalmente sobre los soldados de la guardia y los empleados. Por temor a ser considerados como negligentes, tienen que hacer mayores crueldades de las que querrían hacer; mas de otra parte, sus gritos de odio han servido a los encerrados de modo sorprendente, pues los honrados y cándidos artesanos y pequeños burgueses que Hébert coloca como guardianes han leído siempre en las páginas del Pére Duchéne cosas terribles acerca del «sanguinario tirano» y de la austríaca prostituta y dilapiladora. Y ahora, destinados al servicio de vigilancia, ¿qué es lo que ven? Un inocente y gordo burgués que con su hijito de la mano, va a pasear por el jardín y mide, con él mismo, cuántas pulgadas y pies cuadrados tiene de superficie el patio; lo ven comer mucho y con regodeo, dormir y estar inclinado sobre sus libros.

Pronto reconocen que este torpe y buen padre de familia no es capaz de hacer daño ni a una mosca; es verdaderamente difícil odiar a un tal tirano, y si Hébert no vigilara tan severamente, los soldados de la guardia probablemente habrían charlado con aquel humilde señor como con un camarada del pueblo, bromeando con él y hasta jugando a las camas. La reina, naturalmente, impone mayores distancias. María Antonieta, en la mesa, ni una sola vez dirige la palabra a los inspectores, y cuando viene una comisión y le pregunta si desea alguna cosa o tiene alguna queja que dar, responde invariablemente que no desea ni apetece nada. Prefiere echar sobre sí todas las desazones a pedir un favor a ninguno de los guardianes de su prisión. Pero precisamente esta altivez en la desgracia impresiona a aquellos hombres simples y, como siempre, una mujer que sufre visiblemente provoca especial compasión.

grabado que muestra a luis XVI rodeado de sus dos hijos en la prisión del temple.
Pero a poco, los guardianes, que en realidad comparten la prisión con los prisioneros, llegan a sentir cierta inclinación hacia la reina y la real familia, y sólo esto explica la posibilidad de diversas tentativas de evasión; si, como se dice en las Memorias monárquicas, los soldados de la guardia se condujeron de un modo extremadamente áspero y acentuando su republicanismo; si, al pasar arriba y abajo, lanzaban una grosera blasfemia o silbaban más ruidosamente de lo que fuera menester, tal cosa sólo ocurría realmente para disimular cierta íntima compasión ante los vigilados. Mejor que los ideólogos de la Convención, ha comprendido el pueblo bajo que los vencidos merecen respeto en su desgracia, y ante los soldados del Temple, aparentemente tan groseros, ha encontrado la reina mucho menos odio y menos actos odiosos que en los salones de Versalles en otros tiempos.


domingo, 18 de diciembre de 2016

MARIE ANTOINETTE VE POR PRIMERA VEZ A MADAME DU BARRY

 
La Muette , 15 de mayo de 1770

Hubo una fiesta privada en el hermoso verde pálido y salas de oro del palacio de la Muette. A las puertas la delfina fue recibida por el propio rey donde procedió finalmente a presentar a la joven a los dos hermanos menores del delfín. El conde de Provenza, de soñolientos ojos marrones y el más joven del trio, el conde Artois, con una mirada netamente italiana y labios sensuales.

El conde de Provenza se aproximó a la princesa y le dio una rápida mirada de arriba hacia abajo como todos los hombres lo hacen “estoy contento de encontrarme con vosotros al fin – le dijo en un tono de cortesía alemán- he estudiado el idioma con mi tutor, pensé que sería bueno si alguien la saludaba en su propia lengua”. Luego se acercó el conde de Artois, cuyos ojos oscuros se encontraron con los de ella con admiración “espero que cuando sea la hora de casarme con una princesa sea tan bonita como tú” –le dijo con una sonrisa encantadora.

Con un aire de lamento el rey paso la mano para el delfín, quien sin mirarla se dirigió rígidamente hacia la mesa, que estaba iluminada por docenas de candelabros y cubiertas de exuberante floración de color rosa, melocotón amarillo y peonias, reluciente de plata, copas de cristal fino y un servicio de Sevres exquisito.

¿Qué hermoso es todo aquí? Le comento a su marido de una manera agradable. Él se encogió de hombros y miro hacia abajo estrepitosamente en su plato y jugo nerviosamente con el tenedor de plata que se encontraba junto a él.


María Antonieta lo observa por un momento en silencio, tratando desesperadamente de pensar en algo, cualquier cosa que pudiera por lo menos mostrar algo de entusiasmo. “¿le gusta la caza?” era todo lo que podía pensar. “si me gusta” le contesto el delfín con un aire indiferente.

Todos los presentes en la mesa la miraban con expresiones de curiosidad mezclada con hostilidad. Excepto una rubia muy bonita con fusión de ojos azules y una sonrisa encantadora que se sentó en el extremo de la mesa. Vestía muy bien, seda brillante de color oro pálido que brillaba con la luz de las velas y puso de manifiesto su pecho opulento. La extraña dama le guiño un ojo y con sarcasmo levanto la copa de vino y le hizo un silencioso brindis.

La joven se inclina hacia el delfín, que con entusiasmo masticaba un muslo de pollo y que no prestaba ninguna atención a las conversaciones sobre la mesa “¿Quién es esa hermosa dama en el extremo de la mesa?” –le susurro la delfina, asegurándose de no permitir que sus ojos se deslizaran de nuevo en dirección a ella. El delfín la miro con una expresión de sorpresa.


Su prima, la señora de Chartres, que estaba sentada en su otro lado, se apoyó lánguidamente a través de Luis Augusto y con una sonrisa susurro: “esa, mi querida, es la señora condesa Du Barry”. A la nueva delfina el nombre no le era familiar y en las lecciones del Abad Vermont no se acordaba que le hubiera mencionado nunca a nadie con este nombre. “¿quién es ella? ¿Cuál es su posición en la corte?”.

La señora de Chartres se echó a reír, mientras que el delfín frunció el ceño frente a su plato, mirando como si quisiera estar en otro lugar. “su posición en la corte?” – se escondió la duquesa con una sonrisa de diamantes incrustados detrás de su abanico. “bueno, déjame ver, la posición de la señora condesa es… divertir a su majestad” – hablo con un susurro exagerado- “no se todos los detalles, pero lo que si se es perfectamente impactante, mi querida! Al parecer, la señora condesa es hija ilegítima de una costurera común y un monje! También he oído que ella manejo su comercio en las calles antes de encontrar un protector rico, hasta que llamo la atención de su majestad y la trajo a vivir aquí a Versalles. Usted tendrá que acostumbrarse a estas cosas si usted va a vivir entre nosotros. El palacio entero es u hervidero de chismes e intrigas”.


María Antonieta miro hacia madame Du Barry y vio que ella seguía mirándola, pero esta vez con un toque de desafío. Sus miradas se cruzan una ala otra y ambas saben que se convertirán de ahora en adelante en rivales, sin saber que solo una tendrá la diadema de reina.

No fue ningún azar que la lucha entre María Antonieta y madame Du Barry se decidiera a favor de la ilegitima de alcoba y no la petit rose austriaca. Con la Du Barry triu8nfaba la voluntad de la mujer, que empuja hacia adelante, que arroja tras de sí las formas gastadas como cascadas vacías y prueba, creativa, sus energías en otras siempre nuevas. En su vida encarna la energía de una nación que quiere conquistar su sitio en el universo; con el final de María Antonieta muere este esplendor y heroico, un pasado de una estirpe poco seria, frívola y descreída.


Ese enfrentamiento en el espacio, en el tiempo y en sus figuras seria grandioso de no ser tan miserablemente mezquina la forma en que se libró. Porque a pesar de su espléndida talla, esas dos mujeres siguen siendo mujeres, no pueden superare las debilidades de su sexo a la hora de librar sus enemistades. Si en vez de María Antonieta y madame Du Barry se enfrentaran dos hombres, dos reyes, enseguida se produciría un abierto combate, una guerra clara. La pretensión abrupta a la pretensión, el valora al valor. En cambio, el conflicto se sustrae a esta clara y varonil sinceridad, es una pelea entre gatas, un acecharse y vigilarse con las garras escondidas, un juego traicionero y deshonesto. Se miran a los ojos de frente, nunca su odio fue más abierto, cierto y claro, no se saludan ni se cubren de buenos deseos la una a la otra, nada de adulaciones ni hipocresías, cada una ellas mantiene el cuchillo a la espalda. No, la crónica de la guerra entre estas dos mujeres no presenta batallas dignas de la Ilíada, situaciones gloriosas; no es un poema épico, sino un pérfido capítulo de Maquiavelo, sin duda muy excitante desde el punto de vista psicológico de la nobleza francesa, que le importa más esta querella que la situación del país. Este juego indecente empieza enseguida.