domingo, 15 de enero de 2017

MARIE ANTOINETTE ES RECIBIDA FRÍAMENTE EN PARÍS (1785)

Vista interior de Notre Dame de París en el momento de la llegada de María Antonieta de Austria, reina de Francia, para la acción de gracias por el nacimiento del delfín, el futuro Luis XVII. 1785.
Una niebla de polvo, tan espesa como raras veces cae sobre la capital, oculta cuando María Antonieta se traslada a parís, el 24 de mayo de 1785 – como era la costumbre para una reina después del nacimiento real-. Pero que distinta es esta llegada a la bienvenida hace 5 años con motivo del nacimiento del delfín Luis José. Allí la había acompañado, en majestuosa caravana, la flor de la nobleza francesa; príncipes y condes, poetas y músicos le rendían, cortesanos, reverencia y saludo. Aquí no la espera nadie; el pueblo parece no darse cuenta de la llegada de la más alta dama del país: la reina. La muchedumbre no se asombra, permanecen despreocupados en sus labores. Pescadores vestidos con sus ásperas ropas de faena, unos cuantos soldados que holgazanean, unas cuantas damiselas de la calle y campesinos que han venido a vender sus ovejas a la capital.

Con el rostro más de odio que entusiasta, contemplan como, con ricos vestidos y adornos de ceremonia, bajan de los carruajes principescas mujeres y hombres, la reina magníficamente con un vestido de lentejuelas de plata y adornada con joyas de un costo de 800.000 libras, mientras a ellos los agobian los impuestos y no tienen para comer. La hostilidad y la extrañeza se miran desde uno y otro lado. Es una áspera bienvenida, dura y severa como el alma de esta tierra. Ya en las primeras horas, María Antonieta advierte dolorosamente el odio que le profesa la nación francesa, una cultura en otros tiempos rica, exuberante, derrochadora y autocomplaciente hasta convertirse en un mundo estrecho, oscuro y trágico.


El conde Fersen, un testigo de esta visita protocolar, le escribió al rey Gustavo de Suecia: “la reina fue recibida con mucha frialdad, no hubo ni una sola aclamación en su honor, solo un perfecto silencio”. Las primeras impresiones tienen gran poder sobre el espíritu, se graban de manera profunda y fatal. Quizá esta reina no sepa lo que la conmueve de tal manera al volver a poner pie en su palacio, como una extraña. ¿Es nostalgia, un inconsciente deseo de aquella calidez y dulzura de la vida que aprendió a vivir en tierras francesas y que ahora es la sombra de un cielo gris y ajeno, es el presentimiento de venideros peligros? En cualquier caso, apenas se queda sola, María Antonieta rompe a llorar: ¿Qué quieren de mí? ¿Que les he hecho?.


Como una tempestad, oscura y grandiosa que entenebrece el cielo despejado y atemoriza el alma con sus palpitantes relámpagos y aplastantes truenos. No volverá a poner en pie en parís fuerte, segura de sí, con un auténtico sentimiento de soberanía… de ahora en adelante su primer sentimiento es la timidez, el presagio y el miedo de los futuros acontecimientos. María Antonieta ha sentido por primera vez los límites de su poder real. Pero estas lágrimas no serán las últimas. Pronto advertirá que el poder no se hereda sin más, sino que ha de ser reconquistado incesantemente, mediante lucha y humillaciones.

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