domingo, 22 de enero de 2017

LA JORNADA DEL 5 OCTUBRE DE 1789


A los hombres se les puede llamar insurrectos y rebeldes, contra los hombres dispara obedientes un soldado bien disciplinado. Pero las mujeres no intervienen en el levantamiento popular sino solo la más aguda bayoneta, y, además, los instigadores saben que un hombre tan temeroso y sentimental como el rey no dará nunca la orden de dirigir cañones contra las mujeres.

En la mañana del 5 de octubre una mujer irrumpe en un cuerpo de guardia y se apodera de un tambor. En un instante se reúne tras ella un cortejo de mujeres, rápidamente acrecentado, que lanzan grandes gritos en demanda de pan. Con ella esta iniciada ya la revuelta, se dirigen al ayuntamiento, medio hora después es tomada por asalto: pistolas, picas y hasta dos cañones sin allí capturados.

el grupo de mujeres apoderándose del ayuntamiento en busca de armas.
En Versalles todo estaba tranquilo, el rey como de costumbre se fue a cazar a los bosques de Meudon a las diez y media de la mañana y María Antonieta se fue a caminar sola hasta el trianon. Hacia las once, un emisario corrió para decirle que una gran población de hombres y mujeres, habían comenzado a marchar sobre Versalles. En el palacio, María Antonieta encuentra a los señores de la nobleza y a los ministros en perpleja agitación. Solo se siente inciertos rumores del levantamiento de parís, que han sido traídos por un servidor venido a toda prisa, y todos los mensajeros salidos después han sido detenidos en el camino por las mujeres.

Teniendo en cuenta el peligro inminente, el municipio de Versalles se había reunido. El conde de Estaing fue el encargado de repeler la manifestación, sin embargo utilizo todos los medios suaves para mantener la paz. En ausencia del rey nadie podía poner en marcha un enfoque hostil. Alrededor de las tres, luís XVI finalmente, llego al castillo. El emisario lo había encontrado en su suite al lado de la puerta de Chatillon. Volviendo al galope a Versalles, no se detuvo por un momento delante del regimiento de Flandes que lo escoltaba. Se encerró en sus apartamentos después de anunciar que convocaría la junta media hora más tarde, con enojo, consignara aquella noche en su diario los resultados de su desdichada caza con esta advertencia: “interrumpida por los acontecimientos”.


La guardia nacional fue montada a toda prisa, pero se rumoreaba que los hombres se niegan a disparar contra la multitud. Dentro del palacio, reinaba la confusión extrema, mientras que el rey tomo consejo. El ministro Saint-Priest quejándose contra los “falsos pasos de la corte y la debilidad del rey”, propuso soluciones radicales. El rey y la reina deben dejar al instante el palacio y trasladarse a Rambouillet, con lo cual caería en el vacio el pérfido golpe proyectado contra el trono. El mapa de Saint-Priest fue aprobado por los ministros Luzarne, la tour Du Pin y el mariscal Beauvau, pero rechazado por Necker, Montmorin y los arzobispos de Viena y Burdeos. Necker considera demasiado arriesgada la maniobra, podría ser la causa de una guerra civil. Pero luís, eterno indeciso, vacila sin dar una respuesta definitiva.

Pero he aquí que asciende ya, amenazante, un confuso rumor de centenares de voces que llegan por la avenida de parís. Ya están ahí. Con las faldas echadas sobre la cabeza para protegerse de la torrencial lluvia, sombría masa de millares de rostros en la oscuridad de la noche, avanzan con pesados pasos las amazonas de los mercados. La guardia de la revolución esta a las puertas de Versalles. Es demasiado tarde. Mojadas hasta los huesos, hambrientas y tiritando, con el calzado cubierto del empapado lodo del camino, llegan ahora las mujeres, en el camino asaltan los despachos de aguardiente, calentándose así un poco los sufrientes estómagos. Las voces de las mujeres atruenan, agudas de modo poco amable contra la reina: “que contenta estaría de poner esta lanza desde su vientre hasta el cuello”. Muchas con cuchillos juraron que los utilizarían para “cortar la garganta de la Austria” que fue la fuente de todos sus problemas. Otras se comprometieron a reducir diferentes “piezas de Antonieta”.

las mujeres penetran en la asamblea nacional para exigir pan.
Su primera visita es para la asamblea nacional. Esta sesión desde por la mañana temprano, y para muchos de sus miembros, adeptos al duque de Orleans, no es totalmente inesperada esta marcha de amazonas. Las mujeres no le piden más que pan a la asamblea nacional; conforme al programa, ni una sola palabra al principio respecto al traslado del rey a parís. Se decide enviar a palacio una delegación de mujeres, acompañadas por el presidente Monnier y algunos diputados. Seis mujeres elegidas se dirigen a palacio; los lacayos abren cortésmente las puertas a estas modistas, pescaderas y ninfas de la calle. Con todos los honores la extraña comisión es llevada arriba, por la gran escalera de mármol, hasta las estancias que en otros tiempos solo debían ser pisadas por nobles de sangre azul siete veces probadas. Entre los diputados que acompañan al presidente de la asamblea nacional está también cierto señor de buen tipo, corpulento, con aspecto jovial, que no llaman precisamente la atención. Pero su nombre da una simbólica importancia a este primer encuentro con el rey. Pues con el doctor Guillotin, diputado por parís, la guillotina ha hecho su primera visita a la corte el día 5 de octubre de 1789.

el rey recibiendo la comitiva de mujeres.
El bondadoso Luis recibe amablemente a las damas, que la oradora, una muchacha que ofrece flores, cae desmayada de puro aturdimiento. Le prodigan cuidados, el bondadoso padre del país abraza a la asustada muchacha, promete a las encantadas mujeres pan y todo lo que quieran, y hasta pone a su disposición, para el regreso, sus propias carrozas. Todo parece haber resultado perfectamente; pero abajo, excitado por agentes secretos, el mujerío recibe con gritos de furor a su propia delegación, reprochándoles que se hayan dejado comprar por dinero y pagar con embustes. No es para volveré trotando a casa, con el estómago zurriendo de hambre, solo alimentadas con vanas promesas, para lo que han venido pateando, durante seis horas, desde parís, en medio de un diluvio.

las mujeres pasaron la noche en la asamblea, no se iría hasta llevar consigo al rey a parís.
Teniendo en cuenta la gravedad de los disturbios, se aconsejó al rey trasladarse a caballo a Rambouillet luego de tomar la carretera a Normandía y finalmente llamar la reunión en Rouen. Con energía creciente lo acosan los ministros, Saint-Priest mas que ninguno: “si mañana llevan a nuestra majestad a parís, está perdida la corona”. Sacudido por las palabras de su ministro, mas indeciso que nunca, Luis XVI se mantuvo diciendo que no quería poner en peligro a nadie. La fuga le parecía indigna de un monarca.Se plantea que la reina sea trasladada con los hijos reales a la fortaleza de Metz bajo vigilancia de una guardia, pero María Antonieta rechaza la propuesta y se dirige a su marido: “Luis augusto, comprende una cosa, nunca estaré de acuerdo en separarme de ti. Si muero, será tus pies. Mi lugar está a su lado, escapar sin ti seria una cobardía y estarás solo en las manos de nuestros enemigos. La tormenta que nos asalta, la vamos a enfrenar juntos”.

Por fin, hacia la medianoche, se oye a lo lejos tambores, se acerca La Fayette –es el destino de este hombre noble y crédulo, honrado y torpe, llegar siempre una hora después de los acontecimientos-, su primera visita se la hace a la asamblea nacional, la segunda, al rey. Aunque se inclina con respetuoso rendimiento y dice “estoy aquí para traeros mi cabeza como garantía de la de vuestra majestad”, nadie le da las gracias, y menos que nadie María Antonieta.


Sin respeto alguno penetran las mujeres en la asamblea nacional para dormir allí. Siniestros rezagados vienen a aumentar todavía más el número de insurgentes, peligrosas figuras se deslizan a lo largo de las verjas, a la incierta y escaza luz de las linternas de aceite. Arriba la corte no ha decidido nada todavía. ¿No sería aún preferible huir? Pero ¿Cómo atreverse a pasar, con las pesadas carrozas a través de aquella excitada muchedumbre? Es demasiado tarde.

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