domingo, 13 de agosto de 2017

LA MUERTE DE LA PRINCESA DE LAMBALLE

 
El tiempo no se mantiene inmóvil, y aunque esto no se perciba en aquella torre del temple donde la familia real reside, fuera vuela con aletazos gigantescos.

La princesa de Lamballe, después de haber sido sacada del temple en la noche del 18 al 19 de agosto, había sido examinada por Billaud-Varennes en el hotel de Ville y luego enviada al mediodía del 19 de agosto a la Force. Las masacres del 2 de septiembre, ese día la princesa se salvo. Por la noche se arrojo sobre su cama, presa de la más cruel angustia. Hacia las seis de la mañana siguiente, el carcelero entro con un aire asustado -vienen aquí- le dijo a los prisioneros. Seis hombres, armados con sables, cañones y pistolas se acercaron a las camas, preguntando los nombres de las mujeres y salieron de nuevo. La señora de Tourzel, que compartió el cautiverio con la princesa, le dijo: “esto amenaza con ser un día horrible, querida princesa, no sabemos lo que el cielo pretenda para nosotros, debemos pedirle a dios que perdone nuestras faltas”. Las dos mujeres dijeron oraciones en voz alta y se incitaron a la resignación y al coraje.


Había una ventana que se abrió en la calle y de la cual, aunque era muy alto, se veía lo que pasaba montando en la cama. La princesa subió y tan pronto como su cabeza se noto en la calle, se hizo una pretensión de disparar sobre ella. Vio a una muchedumbre considerable en la puerta de la prisión. Quedaba muy poca duda de su destino. Ni ella ni la señora de Tourzel habían comido desde el día anterior, no se atrevían a hablar entre sí, se sentaron a esperar el resultado del día fatal en silencio.

Hacia las once la mañana se abrió la puerta. Los hombres armados llenaron la habitación y exigieron a la señora de Lamballe. La princesa se puso una bata, se despidió de la señora de Tourzel y fue llevada ante algunos oficiales municipales, con sus insignias, sometieron a los prisioneros a un pretendido juicio. Frente a este tribunal había un verdugo de rostro feroz, que blandían armas sangrientas. El ambiente era asqueroso. El vapor de la carnicería, y olores del vino y la sangre. La señora de Lamballe se desmayo. Cuando recobro la conciencia fue interrogada: -¿quién es usted?- Marie Louise, princesa de Saboya.- ¿cuál es su rango? - superintendente de la casa de la reina- ¿conocía usted las conspiraciones de la corte el 10 de agosto? -no sé qué conspiraciones el 10 de agosto, pero sé que no tenia conocimientos de ellas- jura libertad, igualdad, odio al rey, a la reina y la realeza - “jurare los dos primeros sin dificultad, no puedo jurar lo último, no está en mi corazón”.


Aquí un ayudante le dijo en un susurro a la señora de Lamballe: - júralo, si no juras, eres una mujer muerta!. La princesa no respondió, se llevo las manos a los ojos, se cubrió el rostro con ellas y dio un paso hacia el portón. El juez exclamo: “que alguien suelte a la señora!” esta frase era la señal de muerte. Dos hombres tomaron a la victima por los brazos y la hicieron caminar sobre cadáveres. Apenas había cruzado el umbral cuando recibió un golpe de un sable en la parte posterior de su cabeza, lo que hizo que su sangre fluyera en arroyos. Su cuerpo fue arrojado sobre un montón de cadáveres, luego fue desnuda y expusieron su cuerpo a los insultos de una horda de caníbales. Cuando la sangre que fluía de sus heridas o de los cadáveres vecinos, habían ensuciado el cuerpo, lo lavaron con una esponja, para que la multitud pudiera notar mejor su blancura. Le cortaron la cabeza y los pechos. Le arrancaron el corazón que fue llevado en señal de trofeo junto con su cabeza.

En el mismo momento en que la horrible procesión comenzó su marcha, la señora de Lebel, esposa de un pintor, que debía muchos beneficios a la señora de Lamballe, trato de acercarse a la prisión, esperando escuchar noticias de ella. Viendo la gran conmoción en la multitud, ella pregunto la causa. Cuando alguien le contesto: -la cabeza de Lamballe va a travesar parís- se apodero de horror y volviéndose hacia atrás, se refugió en una peluquería de la plaza Bastille. Los asesinos entraron en la tienda y pidieron al peluquero que arreglara la cabeza de la princesa. La lavaron y enjabonaron los cabellos rubios, todos manchados de sangre. Entonces unos de los asesinos grito con alegría: -ahora Antoinette puede reconocerla!- la procesión reanudo su marcha. Otros individuos arrastraron el cadáver sin cabeza. De esta manera llegaron al frente del Temple a las tres de la tarde.


Aquel día, a la familia real se le había negado el permiso para salir al jardín. Apartados de toda voz viviente y de toda letra impresa. Solo oye, de repente, como comienzan a sonar las campanas de las tres, y María Antonieta conoce muy bien aquellas aves de bronce de la desgracia. Ya sabe que cuando retumban sobre la ciudad con sus sones revoloteantes descarga una tempestad, se acerca volando un desastre. Excitados, murmuran entre si los prisioneros de la torre: ¿estará ya por fin el duque de Bronswick, con sus tropas, a las puertas de parís? ¿Ha estallado una revolución contra la revolución? Más abajo, en la cerrada entrada del temple, deliberan con la mayor agitación los guardias y empleados municipales: ellos saben más. Desesperada, la guardia envía mensajeros a la comuna pidiendo refuerzos militares, pues ella sola no puede hacer frente a esas enfurecidas masas; pero el cauteloso Petion permanece invisible, como siempre, cuando la situación es peligrosa, no viene ningún refuerzo y ya brama aquella muchedumbre, con sus espantosas presas, delante de la puerta principal.

 Para no enfurecer aun mas a las masas y evitar un asalto que indudablemente seria mortal para la real familia, procura el comandante detener a aquella tropa; deja primeramente que el báquico cortejo penetre en el patio exterior del recinto del temple y como un sucio arroyo desbordado, pasa espumeando la muchedumbre a través de la puerta. Dos caníbales arrastran el desnudo cuerpo cogido por las piernas, otro levanta en sus manos las sangrientas entrañas, un tercero alza en una pica la ensangrentada cabeza de la princesa, de una palidez verdosa. Con estos trofeos quieren subir a la torre para obligar a la reina, según anuncian, a que bese la cabeza de su querida. ¿Fue forzada la mazmorra del temple? ¿Estaban los asesinos a punto de apoderarse de la reina, de despedazarla y de arrastrarla, como su amiga, por las calles y plazas, acompañada por el ruido de los tambores y el canto de la Marsellesa y de la Çaira?.
 

Un oficial municipal entro en la torre y comenzó un misterioso debate con sus colegas. Como Luis XVI pregunto que sucedía, alguien respondió: -pues bien señor ya que quiere usted saberlo, es que quieren mostrar a ustedes la cabeza de madame Lamballe. Puedo aconsejarles que se asomen a la ventana sino quieren que el pueblo suba hasta aquí- ante estas palabras se oye un ahogado grito: María Antonieta ha caído sin sentido. Sus hijos rompieron a llorar y trataron por sus caricias de hacerla volver a la conciencia. El rey indignado protesto que aunque estaban preparados para lo peor, habría sido mejor si no se hubiese informado a la reina de esta espantosa calamidad. Clery, el criado del rey, miraba por una esquina de las persianas y veía la cabeza de la princesa.


Los asesinos se marcharon, después de haber cubierto su rostro con besos que olían a vino y sangre. Querían mostrar la cabeza de su víctima en el hotel de Toulouse, la mansión del venerable duque de Penthievre, su suegro, pero se disuadieron con la seguridad de que ella no vivía allí habitualmente, sino en las tullerias. Luego se volvieron hacia el Palais Royal. El duque de Orleans estaba en una ventana con su señora, puede que haya visto la cabeza de su cuñada.

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