domingo, 6 de noviembre de 2016

EL BANQUETE DEL 1 DE OCTUBRE (1789)


 El 23 de septiembre, el regimiento de Flandes, organizado por el conde de Estaing, comandante de la guardia nacional de Versalles, hizo su entrada en la ciudad. Luis XVI y María Antonieta respiraban, había ahora con ellos, además de los mil cien hombres de Flandes, un regimiento de infantería de guardaespaldas, algunos destacamentos de cazadores, una compañía no valida, una compañía de guardias de Preboste y la guardia nacional.

El rey y la reina querían buenas relaciones entre las tropas. El 30 de septiembre las banderas reales recibieron la bendición en la iglesia de Notre-Dame, en presencia del gobernador de Versalles, el municipio, muchos parlamentarios y varios curiosos, termino con una comida en la que se bebió a la salud del rey, la familia real y la prosperidad de la nación. Los agentes del nuevo regimiento fueron recibidos en la corte. La reina los admitió en sus juegos y tuvieron la suerte de disfrutar de estos pequeños privilegios.


El 1 de octubre, las tropas se trasladan de sus cantones permanentes a Versalles y, para hacerlos entrar en calor, les prepara la corte un solemne recibimiento. La gran sala de la ópera es dispuesta para un banquete y, sin consideración que en parís reina extrema carencia de subsistencias, no se economizan los buenos manjares y el vino, también la fidelidad, lo mismo que el amor, pasan frecuentemente a través del estómago.

La fiesta comienza a las tres y media de la tarde, y después del segundo servicio, el ambiente se puso muy caliente. Exclamaban –viva el rey! Viva la reina!- mientras suenan las trompetas. Cortesanos, parlamentarios y algunos individuos había obtenido permiso para instalarse en las casas de campo para asistir a la fiesta. Algunos pronto mezclaron sus aplausos a los soldados. Madame de Tesse corrió a la reina para pedirle que viniera a la opera con el delfín. María Antonieta había pensado en un principio ser prudente y no aparecer en el banquete, pero derrotada por la presión de su entorno afectivo, decidió llegar allí cuando el rey regreso de la partida de caza.


  La familia real hizo su aparición en el pabellón central. La orquesta comenzó a tocar el aire de “Richard, corazón de león”: “oh, Richard, oh mi rey, el mundo te abandona, pero tenéis cientos de corazones fieles a ti!”. La multitud reunida empezó a animar; los hombres agitaron sus sombreros, las mujeres sus pañuelos, con el entusiasmo más salvaje.

María Antonieta no ha sabido nunca el provechoso arte de ganar el favor de las gentes por medio de una consciente habilidad, cálculo o lisonja. Pero la naturaleza ha impreso en su cuerpo y en su alma cierta altivez, que actúa seductoramente sobre todos los que por primera vez la encuentran: ni los individuos ni la masa pudieron nunca sustraerse a esta extraña magia de la primera impresión. También esta vez, al aparecer esta hermosa mujer joven, llena de grandeza y al mismo tiempo amable, oficiales y soldados saltan entusiasmados de sus asientos, sacan de la vaina las espadas, lanzando un mugiente viva en honor del soberano y de la soberana y olvidando probablemente, al hacerlo, el que está prescrito también para la nación. La reina pasa por medio de las filas. Sabe sonreír encantadoramente, ser amable de una manera asombrosa y que no la obliga a nada; sabe, como su autocrática madre, como su hermano, como casi todos los Habsburgos (y este arte se ha seguido heredando en la aristocracia austríaca), en medio de un interno a inconmovible orgullo, ser cortés y complaciente hasta con la gente más humilde, sin producir por eso efecto de rebajamiento. Con una sonrisa sinceramente feliz (pues ¿cuánto tiempo hace que no ha oído gritar ese «Vive la Reine!» ?) rodea con sus niños la mesa del banquete, y la vista de esta mujer bondadosa, llena de gracia y verdaderamente regia que viene, como huésped, junto a ellos, groseros soldados, traspone a oficiales y tropa hasta el éxtasis de la fidelidad monárquica: en aquella hora, cada cual está dispuesto a morir por María Antonieta.


Un oficial suizo se acercó a la soberana y le pidió llevar al joven delfín alrededor de la habitación. “ella conmovida no tenía el menor temor. El oficial puso al niño sobre la mesa, gritos y aplausos se escucharon a su alrededor. La reina no estaban tan tranquila y cuando se lo regresaron, beso al delfín con ternura”.

La comida, que había sido interrumpida por la visita de la familia real, se reanudo después en los apartamentos. Cuando todo termino, los invitados, los músicos y los espectadores entraron al patio de mármol y comenzaron a animar una vez más. Algunos soldados bailaron bajo las ventanas de la reina con gritos de “¡viva el rey!”.


La euforia sin embargo, no fue compartida por todos los presentes. La actitud de los oficiales, su desprecio por la nación y el conjunto que representaban, indigno a más de un adjunto. Según el embajador de español “corrió el rumor de que habían pisoteado las rosetas tricolor. El aprendizaje de estos eventos asombro a toda la audiencia. Las personas hablan de esta escena caótica e incluso contraproducente”.

Sin embargo, estas manifestaciones ruidosas de fidelidad monárquica habían calmado al rey y a la reina. Al día siguiente, María Antonieta recibió una delegación de la guardia nacional que llego a darle las gracias por las banderas de regalo. “estoy encantada con el día jueves –dijo- la nación y el ejercito deben estar unidos al rey, como a nosotros mismos”. El sábado 3 de octubre, durante una nueva comida juntos, las tropas aclamaban al rey y la familia real.



La historia de estas fiestas había escandalizado a la capital. Los siguientes días redoblan ya ensordecedores los tambores de los periódicos patrióticos; la reina y la corte han comprado asesinos contra el pueblo. Han embriagado a los soldados con vino tinto para que viertan dócilmente la sangre de sus conciudadanos. Los oficiales con alma de esclavos han arrojado al suelo la escarapela tricolor, la han pisoteado y profanado, han contado canciones serviles y todo ello bajo la provocadora sonrisa de la reina. Bajo las ventanas del monstruo austriaco, han gritado “viva el rey, viva la reina, abajo la asamblea”. ¿Seguís sin fijaros aun en esto, patriotas? Quieren caer sobre parís, los regimientos están ya en marcha. Por tanto, ¡arriba ahora ciudadanos! ¡Alzaos para el último combate, para el decisivo! Reunidos patriotas. En las calles la multitud grita: “es hora de matar a la reina!”.

Dos días más tarde, el 5 de octubre, estalla la revuelta en París. Estalla, y pertenece a los muchos secretos impenetrables de la Revolución francesa el saber realmente cómo se originó. Pues esta revuelta en apariencia espontánea se nos muestra como una maravilla de organización y cálculo previsor, tan insuperablemente montada, desde el punto de vista político, que el disparo parte, con toda precisión y derechamente, desde el debido punto de arranque hasta alcanzar la debida meta, en forma que unas manos muy prudentes, muy sabias, muy hábiles y ejercitadas tienen que haber mediado en ello. Ya fue una idea genial, el cual dirigía en el Palais Royal, por cuenta del duque de Orleans, la campaña contra la corona, no querer ir con un ejército de hombres, sino con una masa de mujeres, a buscar al rey a Versalles.

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