domingo, 6 de marzo de 2016

UN ENCUENTRO TURBADOR CON UN JOVEN CABALLERO SUECO (1774)


Una noche del 30 de enero de 1774, se encontraba María Antonieta en el baile de la opera luciendo domino y antifaz, cuando apareció Axel de Fersen, sin mascara. Alto, delgado, muy apuesto con su traje de una perfecta elegancia (lo había mandado hacer esa misma mañana, exigiendo que se lo entregaran por la tarde), con el rostro de facciones regulares y serias, ojos melancólicos, escondidos tras las cejas muy pobladas, el sueco de 19 años no tenía nada de un pisaverde, y a primera vista se adivinaba en él al hombre acostumbrado a los ejercicios físicos. ¿Reconoció la delfina a Fersen, ya que habría sido presentado al rey el 1 de enero, y de que habría bailado en la corte el 10? ¿Su cuñado el conde Artois u otro cualquiera del grupito le diría que era el sueco por el que enloquecían las damas de la nobleza? ¿O sencillamente la delfina lo encontró simpático y apuesto? Se ignora. En todo caso, ella avanzo hacia él con su andar etéreo, le hablo diciéndole algunas frases alegres.

Fersen adivino que se trataba de una mujer de mundo, elegante y bonita. Lleno de curiosidad respondió a la traviesa, esforzándose por mostrarse espiritual. Ella se rio; hablaba con voz clara y timbrada, con la seducción de un ligero acento extranjero (¿Qué quizás lo simularía?). Fersen deseaba en vano adivinar quién era esta linda mascara; solo veía sus ojos celestes de pervinca, del color azul claro de los lagos suecos al amanecer. A sus preguntas el domino respondía riéndose; a sus cumplidos con bromas. Fersen, halagado por esta distinción, prosigue placentero en el tono más alegre, encuentra picante y divertida a su agresiva compañera y acaso se forja ya toda suerte de esperanzas para la noche.


Pero entonces le sorprende que poco a poco algunos otros caballeros y señoras cuchichean curiosamente, formando círculo alrededor de los dos, y que él mismo y aquella dama con máscara llegan a ser el centro de una atención más viva a cada instante.

Finalmente, la situación se va haciendo ya enojosa, cuando se quita la careta la galante intrigante: es María Antonieta -caso inaudito en los anales de la corte-, la heredera del trono de Francia, que, una vez más, se ha evadido del triste lecho conyugal de su dormilón esposo, ha venido a la mascarada de la ópera y ha buscado un caballero extranjero para charlar un rato con él. Las damas de la corte procuran evitar un escándalo demasiado grande. Al punto rodean a la extravagante fugitiva y vuelven a llevarla a su palco. Pero ¿qué se mantendrá en secreto en este Versalles murmurador? Cada cual cuchichea y se asombra del favor hecho por la delfina, tan opuesto a la etiqueta; ya al día siguiente, probablemente, el embajador Mercy habrá dado quejas a María Teresa; de Schoenbrunn habrá sido enviado un correo urgente con una amarga carta para esta cabeza de viento de su hija, diciéndole que debe dejar por fin esas inconvenientes disipaciones y evitar que hablen más de ella a propósito en esas malditas mascaradas.

Pero María Antonieta tiene su voluntad propia; el joven le ha gustado, se lo ha dejado ver. A partir de aquella velada, aquel caballero, nada extraordinario ni por su categoría ni por su posición, es recibido con especial amabilidad en los bailes de Versalles. Ya entonces, después de un principio tan prometedor, ¿se desarrolló entre ambos cierto positivo afecto? Nada se sabe. En todo caso, este encuentro -sin duda inocente- es pronto interrumpido por un gran acontecimiento, la muerte de Luis XV, que de la noche a la mañana convierte a la princesa en reina de Francia. Dos días más tarde -¿le habrán hecho alguna indicación?-, Axel de Fersen regresa a Suecia.

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El primer acto está terminado. Fue sólo una galante introducción, un preludio a la obra propiamente dicha. Dos muchachos de dieciochos años se han encontrado y han sido del agrado uno de otro. Traducido a la vida de hoy, equivale a una amistad de academia de baile, a un amorío entre colegas de instituto. Aún no ha ocurrido nada especial: aún no está afectado lo profundo de la sensibilidad.

1 comentario:

  1. En un baile de opera, se encontraron dos almas gemelas, Fersen y su majestad María Antonieta. Un amor eterno

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