sábado, 1 de agosto de 2009

EL GUSTO DESMEDIDO DE MARIE ANTOINETTE POR LA MODA

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el toilette de Marie-Antoinette
¿Cuál es el primer cuidado de la reina del rococó cuando se despierta por las mañanas en su palacio de Versalles? ¿Las noticias de la ciudad y del Estado? ¿Las cartas de los embajadores, el saber si han vencido los ejércitos o si se le ha declarado la guerra a Inglaterra? En modo alguno; María Antonieta, como de costumbre, no ha regresado a casa hasta las cuatro o las cinco de la madrugada; ha dormido pocas horas; su inquietud no necesita de mucha quietud. El día comienza ahora con una importante ceremonia. la camarera principal que tiene a su cargo el guardarropa de la reina, penetra en la cámara con algunas camisas, pañuelos y toallas para la toilette matinal, llevando a su lado a la primera doncella. esta se inclina y tiende a la reina un libro en folio, en el que están colocados, sujetas con alfileres, un muestrecilla de cada uno de los trajes existentes en el guardarropa. Marie Antoinette tiene que decidir que traje desea ponerse aquel día. elección dificultosa y rica en responsabilidades, porque para cada estación están prescritos doce nuevos trajes de gala, doce vestidos de fantasía, doce trajes de ceremonia, sin contar los otros cientos que son adquiridos todos los años. habitualmente, la elección dura largo tiempo. ¿imagínense que seria para una reina de la moda llevar el vestido dos veces? un pecado mortal!...


Marie Antoinette por Sofía Coppola 2006

Cuando Maria Antonieta  llega de Austria a Francia, acoge los nuevos estilos y modas como forma de mostrar su sincera dedicación a su nuevo país. además angustiada por no poder dar a luz a un heredero, María Antonieta buscaba desahogarse en la vida material. La moda fue quizás lo que más le gustaba. Mientras tanto, la consorte de Luis XVI se deleitaba con su nuevo papel como abanderada del estilo parisino; según Madame Campan, la Reina trataba la moda no como una actividad secundaria frívola sino como su “ocupación principal” y comenzó a “introducir una nueva moda casi todos los días”. La condesa de Boigne comentó que “ser la mujer más a la moda del mundo le parecía a [María Antonieta] lo más deseable imaginable” y, aunque Boigne no era la única en percibir esta dedicación al estilo como “indigna de una gran soberana”, María Antonieta puede haber discrepado. Después de todo, como el monarca que primero estableció la preeminencia internacional de Francia en el reino de la moda, nadie menos que Luis XIV había favorecido fuertemente el lujo sartorial en general y las pelucas exageradas y de gran tamaño en particular. En el punto máximo de su obsesión, el Rey Sol supuestamente empleó a cuarenta fabricantes de pelucas para mantener un esplendor tonsurado inigualable, y declaró que los peinados eran “un tema inagotable” de interés.

Para María Antonieta, al igual que para su astuto antepasado borbónica, la vestimenta era un asunto serio. Sin duda, le proporcionaba una grata distracción del tedio de Versalles y le permitía seguir disfrutando de su gusto juvenil por disfrazarse. Pero en el contexto de los desafíos políticos, eminentemente adultos, que enfrentó como reina, su involucramiento con la moda le ofreció una ventaja adicional y convincente. Como escribió Pierre Saint-Amand, le permitió presentarse como «la supermodelo de la corte, su diva reinante, la reina del glamour». En la medida en que daban testimonio del generoso apoyo financiero del Rey -y de su propia autoridad para “marcar el tono” para las mujeres de todo el mundo- sus fascinantes conjuntos podían funcionar como otros tantos signos de su ilimitado “crédito” real.

En lugar de rehuir el protagonismo y permanecer oculta en Versalles como las reinas de Luis XIV y Luis XV antes que ella, María Antonieta buscó activamente la publicidad de sus peinados de moda. Rompiendo con una antigua tradición real, que exigía a quienes estaban al servicio de un soberano cortar lazos con todos los demás clientes, permitió a sus proveedores conservar tanto sus tiendas como sus clientes de la capital. En primer lugar, esta ruptura del protocolo permitió a personas como Bertin y Léonard mantenerse al día con las últimas tendencias; María Antonieta les había advertido que no quería que se quedaran atrás atendiéndola solo a ella. En segundo lugar, la decisión de María Antonieta de compartir sus estilistas con un público más amplio brindó a los clientes no nobles una visión sin precedentes de los gustos y hábitos personales de la Reina. A Bertin le encantaba presumir de "mis últimas colaboraciones con Su Majestad" y accedió a vender a sus clientes entusiastas copias de las piezas que había confeccionado para la novia de Luis XVI. La Reina aprobó esta práctica, con una sola condición: que ninguna venta se produjera antes de que transcurrieran dos semanas desde la presentación del artículo en cuestión. Mientras sus imitadores no amenazaran con desbancarla como la «mujer más a la moda de Francia», María Antonieta parecía completamente indiferente a su existencia. De hecho, demostró ser una activa y celosa manipuladora de su propia celebridad. Según las memorias de Léonard, incluso los instó a él y a Rose Bertin a «publicar la filosofía de su arte», tal como se practicaba en su persona real, en las páginas del periódico femenino Le Journal des dames, como medio para educar a los lectores sobre sus elecciones de vestuario. Gestos como estos, inéditos para una reina francesa, permitieron a la consorte difundir su impresionante imagen mucho más allá del restringido mundo de Versalles. «Como mujer a la moda», ha señalado la historiadora de arte Mary Sheriff, «María Antonieta se representaba a sí misma no en términos de una posición en la corte, sino en términos de una posición en la sociedad en general».

El embajador Mercy trató de advertir en contra de estas extravagancias: "No he de ocultar de Su Majestad -escribió a Maria Theresa- que en las actuales condiciones económicas habría sido más prudente evitar ese enorme gasto". En cualquier caso, nadie puede negar que la nueva reina parecía totalmente radiante en sus magnífico ropas y joyas. Las fallidas campañas de Luis XVI contra las locuras de su esposa dejó una última línea de defensa: María Teresa, a quien las “extravagancias de la moda” de la Reina, fielmente relatadas por Mercy, le llegaron como una noticia espantosa. En marzo de 1775, le preguntó a su hija qué la llevaba a llevar el cabello “elevándose desde la frente hasta un metro y medio, y aún más alto adicionan de plumas y cintas”. María Antonieta respondió secamente: “Es cierto que me preocupa mi apariencia”, sólo para afirmar que ella no inició, sino que simplemente seguía, la tendencia hacia las costosas plumas de avestruz.


Vestidos, joyas, diademas, peinados, zapatos, sombreros... todo era del agrado de la Reina, que invertía sumas desmedidas por obtener la última tendencia y mostrarse con toda En aquella época, la vestimenta era una cuestión de honor, de dignidad. Y en ella mas que nadie, un símbolo de poder. Es innegable que impuso tendencia en su época, introduciendo nuevos diseños.

En palabras de la señora campan: "la habilidad de la modista, que fue recibida en el hogar, apesar de la etiqueta que restringía su acceso a él, le dio la oportunidad de introducir alguna nueva moda todos los días. hasta ese momento la reina había mostrado un gusto muy sencillo en el vestir, ahora comenzaba hacer de ello su ocupación principal, la cual fue, por supuesto, imitado por otras mujeres".

En este contexto, el estatus de María Antonieta como icono de estilo pronto pasó de ser encantador a sospechoso, y su uso de la moda para imponer el respeto de sus súbditos comenzó a jugar en su contra. María Antonieta ostentosamente emplumada frente a un espejo, parecía completamente absorta en el espectáculo de su propia belleza. La acusación de narcisismo dañaría enormemente su reputación. Pues, a diferencia de los opulentos conjuntos que tradicionalmente lucían los soberanos franceses -por ejemplo, Luis XVI y sus hermanos en la coronación-, los extravagantes atuendos de la reina parecían ahora diseñados menos para realzar la grandeza pública de la monarquía que para acentuar sus propios encantos privados. Como ha argumentado Chantal Thomas, la búsqueda de la elegancia por parte de María Antonieta ya no representaba el glamour de toda una casta en escena, sino el de una mujer. En una tierra donde el glamour real sólo tenía sentido como reflejo y consagración del poder estatal, su extravagancia corría el riesgo de parecer completamente autoindulgente y peligrosamente desvinculada de las preocupaciones más amplias del reino.

Las mujeres de la aristocracia, por su parte, estaban demasiado concentradas en seguir el estilo siempre cambiante de la Reina como para cuestionar su pertinencia o su coste. Mientras que bajo monarcas anteriores, la eminencia del linaje, la conformidad con la etiqueta y el servicio a la corona habían sido las principales armas de distinción de la nobleza, los nobles de la corte de María Antonieta, ahora orientada a la moda, descubrieron que la moda representaba un camino mucho más seguro hacia el favor real. La vida en Versalles requería varios cambios de vestuario al día: “un traje para el baile y un traje para la cena, un traje para recibir amigos y un traje para recibir clérigos, un traje para pasear por París y un traje para ir al campo”; y una mujer podía fácilmente caer en desgracia si la Reina la encontraba mal vestida. Por esta razón, la biógrafa Michelle Sapori ha observado que “las damas de la corte vivían en un estado de constante ansiedad por estar vestidas de la manera correcta y en el momento correcto”. Por el contrario, cuando María Antonieta aprobaba la apariencia de sus damas nobles, no había límite a los honores que les prodigaba.

Una escena de "Les adieux à la reine" en el que la reina, interpretada por Diane Kruger, tiene la intención de consultar  las láminas de moda.
Sin embargo, cabe destacar que de acuerdo con la etiqueta, una reina francesa cambiaba de ropa al menos tres veces al día, seleccionando de su libro de patrones o gazette des atours cada mañana “un vestido formal para la misa, un déshabillé para las horas de intimidad en sus aposentos y un vestido de gala para la noche”. Por lo general, si María Antonieta había usado un vestido una vez, no lo volvía a usar; esta práctica había provocado que incluso su predecesora, María Leczinska, al retirarse gastara sumas considerables en ropa. Aunque María Antonieta se deshacía de todos sus vestidos, salvo los favoritos, al final de cada temporada, los que quedaban en su poder aún formaban una colección formidable, que llenaba tres salas enteras en Versalles.

Maria Antonieta presidía extravagantes desfiles, estaba obsesionada con una moda ridícula. Incluyendo esos peinados tipo torre, que llevaban horas y horas de elaboración y en los que metían todo tipo de ornamentos. A muchos les parecía una obscenidad, terminaron representando los problemas de ella, de Versalles y a esa cultura. Todo esto generaba malestar en el pueblo, quienes veían desmedido el gasto que hacía en diseños o peinados, mientras ellos no tenían para comer. Este asunto llevó a los panfleteros a ridiculizarla haciendo dibujos exagerando la situación.

Mientras se culpaba a la reina de todos los derroches y excesos, las francesas la imitaron oculto. no había una sola mujer que no imitara el mismo vestido, la misma capa y las mismas plumas que le habían visto usar a la reina. había una absoluta revolución en el vestido de las damas. las madres y maridos murmuraban, dando lugar a escenas de discusiones domesticas con la queja de que: "esa reina será la ruina de todas las damas francesas". Según Mercier, 1,5 millones de jóvenes estaban agotando sus dotes por «esos adornos, esas cintas, esas gasas, esas cofias, esas plumas y sombreros» que María Antonieta había puesto de moda. Cuando se les informó que sus gastos harían imposible que se casaran, las elegantes señoritas respondieron alegremente que "eran tan felices comprando pufs como consiguiendo un marido". En el relato de Mercier (sin duda exagerado), la institución misma del matrimonio -sin mencionar la tradicional disponibilidad de las dotes de las mujeres para reinvertirlas en tierras- amenazaba con desaparecer debido al mal ejemplo de la Reina.

María Teresa se hizo eco de esta opinión cuando se burló de que un retrato que había recibido de su hija, vestida con todo su atuendo de plumas, seguramente representaba a una actriz y no a una soberana. Se dice que la Reina se enfureció tanto por este comentario que respondió luciendo un plumaje aún más alto y llamativo que nunca. Las malas lenguas de la corte no tardaron en difundir su gesto, y cuando la noticia llegó a la Emperatriz, su relación con su hija se enfrió notablemente. Sin embargo, la crítica de María Teresa había sido profética, ya que el público encontró evidencia adicional del supuesto parentesco entre María Antonieta y las actrices-prostitutas de París en las visitas de la Reina a los bailes de la Ópera de París. 

Secrets d'Histoire: Marie-Antoinette: un collier à perdre la tête! (Video editado)

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