En 1778, durante la guerra de independencia, el soberano recompenso a algunos de los luchadores más fuertes. Había entre ellos un joven oficial de 18 años, Alexandre de Lameth, que sirvió en esta independencia americana como coronel en el regimiento real de Lorena bajo Rochambeau. Lameth formaba parte del círculo de oficiales franceses que, como Lafayette, veían en la independencia americana una causa de libertad y honor. Lameth había sido herido en la pierna y se sostiene con dificultad en muletas.
De acuerdo con la etiqueta, tenía que estar de pie a lo largo de la audiencia real. Con mayor dificultad logro sostenerse, pero la herida se abrió de nuevo por el esfuerzo sostenido y la sangre brotó visiblemente. Se notó la inquietud en el rostro del rey cuando la sangre comenzó a manar. Aquello era un escándalo silencioso, una ruptura peligrosa del orden. Algunos cortesanos intercambiaron miradas: ¿debía interrumpirse la ceremonia? ¿Retirarlo discretamente?. Al verlo agacharse y a punto de caer, la reina se levantó de su trono y, a pesar de las protestas de los soldados confundidos y avergonzados, ella quería por si misma vendar la herida de este héroe. Toda la audiencia quedo sorprendida por este acto de bondad de la soberana.
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| Alexandre Théodore Victor Conde de Lameth 1760-1829 |
Según un relato de un soldado anónimo:
"Yo estaba allí como simple soldado del regimiento, colocado al fondo del salón, cerca de los estandartes. A nosotros no nos correspondía mirar al rey directamente, pero aquel día era imposible no hacerlo: se recompensaba a quienes habían combatido en América, y todos sabíamos lo que había costado aquella guerra.
Vi al joven Alexandre de Lameth avanzar con dificultad. Apenas tenía edad para mandar hombres, y sin embargo lo había hecho. Se sostenía sobre muletas, el rostro tenso, los labios apretados. Ninguno de nosotros habría osado quejarse: en campaña, un hombre se mantiene en pie o cae.
La ceremonia se alargaba, y yo advertí algo que los cortesanos parecían no querer ver. La venda de su pierna comenzó a oscurecerse. Luego, la sangre corrió clara y roja, visible incluso desde donde yo estaba. Lameth vaciló. Pensé que iba a caer, y sentí vergüenza, no por él, sino por nosotros, obligados a permanecer inmóviles mientras un camarada se desangraba por obedecer al reglamento.
Entonces ocurrió lo impensable. La reina se levantó. No como lo haría una mujer cualquiera, sino con un movimiento decidido, casi militar. Se acercó a él sin mirar a nadie más. Oí murmullos, pasos nerviosos, órdenes susurradas que nadie se atrevió a cumplir. Ella quiso auxiliarlo con sus propias manos. En el campo de batalla, aquello habría sido natural; en Versalles, era un milagro".
El gesto causó una profunda impresión en la audiencia. En una corte famosa por su rigidez ceremonial, aquel acto fue interpretado como una muestra excepcional de humanidad y compasión, y contribuyó a reforzar momentáneamente la imagen de María Antonieta como una soberana sensible ante el sufrimiento de quienes luchaban por Francia.


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