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| La familia imperial alrededor de Marie Teresa, Maria Cristina y su esposo Alberto de sajonia, Maximiliano, Maria Ana, Maria Elisabeth y jose II. cuadro de Heinrich Füger (1776). |
Con fatiga infinita, por medio de continuas guerras contra Prusia y los turcos, contra Oriente y Occidente, ha logrado afirmar como una unidad el Imperio, formado por sucesivas alianzas de pueblos y, en cierto sentido, artificial; pero precisamente ahora, cuando parece consolidado en lo exterior, siente decaer sus ánimos la fundadora. Un extraño presentimiento aflige a esta digna señora: aquel Imperio, al cual ha entregado ella toda su fuerza y toda su pasión, se arruinará y deshará en manos de sus descendientes; sabe bien, como política sagaz y casi profética, lo poco sólida que es esta mezcla de naciones enlazadas por la casualidad y que su existencia sólo puede ser prolongada a fuerza de precauciones, de prudencia y cauta pasividad.
Pero ¿quién ha de continuar lo comenzado por ella con tanto cuidado? Profundos desengaños que sus hijos le han dado han suscitado en ella el espíritu de Casandra; en todos ellos falta lo que constituyó la fuerza más originariamente personal del ser de su madre: la gran paciencia, el lento y seguro planear y perseverar, el saber renunciar y el prudente limitarse a sí mismo. Pero, de la sangre lorena de su marido, debe haberse infundido una ardiente ola de inquietud en las venas de los hijos; todos están dispuestos a destruir posibilidades incalculables por el placer de un instante; una casta poco seria y descreída que sólo se esfuerza por triunfos pasajeros.
Su hijo y corregente José II adula, con la impaciencia de un príncipe heredero, a Federico el Grande, el cual, durante toda la vida ha perseguido y vejado a María Teresa, y corteja a Voltaire, a quien ella, como católica piadosa, odia como al Anticristo. Su otra hija, destinada también por ella a sentarse en un trono, la archiduquesa María Amalia, apenas casada en Parma, escandaliza a toda Europa con la ligereza de sus costumbres: al cabo de dos meses de matrimonio dilapida las finanzas, desorganiza el país, se divierte con amantes. Y también la otra, la de Nápoles, Maria Carolina, le hace poco honor; rodeada de una camarilla que apostaba fuerte en cuestiones políticas, llevo al país a una guerra civil. ninguna muestra seriedad ni severidad moral. Y la inmensa obra de abnegación y sacrificio por la cual la gran emperatriz había renunciado implacablemente a toda su vida personal y privada, a toda alegría, a todo placer fácil, se le presenta como ejecutada sin sentido.
Su hijo y corregente José II adula, con la impaciencia de un príncipe heredero, a Federico el Grande, el cual, durante toda la vida ha perseguido y vejado a María Teresa, y corteja a Voltaire, a quien ella, como católica piadosa, odia como al Anticristo. Su otra hija, destinada también por ella a sentarse en un trono, la archiduquesa María Amalia, apenas casada en Parma, escandaliza a toda Europa con la ligereza de sus costumbres: al cabo de dos meses de matrimonio dilapida las finanzas, desorganiza el país, se divierte con amantes. Y también la otra, la de Nápoles, Maria Carolina, le hace poco honor; rodeada de una camarilla que apostaba fuerte en cuestiones políticas, llevo al país a una guerra civil. ninguna muestra seriedad ni severidad moral. Y la inmensa obra de abnegación y sacrificio por la cual la gran emperatriz había renunciado implacablemente a toda su vida personal y privada, a toda alegría, a todo placer fácil, se le presenta como ejecutada sin sentido.
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| El conflicto central de José II es la discordia con su madre, María Teresa, lo que a su vez marca un conflicto generacional. |
Lo que preferiría sería refugiarse en un convento, y sólo el temor, inspirado en un justo presentimiento, de que su aturdido hijo destrozará inmediatamente con irreflexivos experimentos todo lo que ha edificado ella, conserva firmemente el cetro en poder de la antigua luchadora, cuyas manos, desde hace ya mucho tiempo, están fatigadas de sostenerlo.
Tampoco se hace ninguna ilusión aquella gran conocedora de caracteres acerca de su hija tardía María Antonieta; sabe las buenas cualidades de su hija más joven -su gran bondad y cordialidad, su puro y alegre buen sentido, su natural humano y sincero-, pero conoce sus peligros: su falta de madurez, su aturdimiento, su ligereza, su inconsecuencia. En medio del júbilo universal por el triunfo de su hija, la anciana señora va a la iglesia y suplica a Dios que aleje el daño que ella sola, entre todos, presiente.
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Aunque las disputas, a veces muy violentas, empañaron la relación entre los corregentes, José siempre fue el hijo de quien ella se sintió más orgullosa. A pesar de las humillaciones que le infligió al final de su reinado, Leopoldo pudo testificar en 1778 que «ama profundamente al Emperador y no conoce mayor satisfacción que oírlo elogiado y aclamado». Esta afirmación fue confirmada por Rosenberg, quien se la mencionó el mismo año a Léopoldine Kaunitz: "la ternura de la Emperatriz por el Emperador, a quien ama solo más que a todos sus otros hijos juntos". Sin embargo, no ejercía sobre la emperatriz el mismo poder que María Cristina sobre su madre. Leopoldo, con cierto cinismo, explicó la razón:
"María vive para sí misma. Ella, poseedora de un talento enorme, sabe y supo explotar las debilidades de la Emperatriz. La compadece, está de acuerdo con ella, está siempre a su disposición a cualquier hora del día y en cualquier momento, le escribe constantemente, y así ha logrado ganarse su plena confianza; la obliga a hacer lo que le place, exige mucho de la Emperatriz, quien hace todo lo que ella quiere. En toda situación, desea ser mejor servida y más distinguida que todos los demás miembros de la familia. Gasta dinero en nombre de la Emperatriz y usa a su personal como si fuera suyo".
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| La emperatriz María Teresa con el emperador Francisco Esteban y el joven José II en el círculo de sus consejeros. Julio Schmid. |
"Casi nunca ve a Marianne. La considera talentosa, pero no la soporta porque él cree que ella conspira para promover a sus protegidos en tratos comerciales. Nunca ve a Elisabeth y dice que no la soporta, pero la deja contarle chismes; sin embargo, en público, no duda en despreciar y difamar a sus dos hermanas. Es más amable y atento con Mimi [Marie-Christine], porque le tiene demasiado miedo, sabiendo que siempre está con la Emperatriz, porque dice que conspira con ella para conseguir trabajos y pensiones para sus criaturas. Él cree que le cuesta mucho dinero a la Emperatriz y se entromete en todo. Expresa su malicia hacia ella en público ridiculizándola y diciendo cosas viles que dañan a su esposo, el Príncipe Alberto. Tiene miedo de Marie y celos de ella. Desprecia a Ferdinando porque conspiró con la Emperatriz a sus espaldas. A él le gusta mucho Maximiliano porque se dedica por completo a él, hace todo lo que quiere sin contradecirlo jamás y ve que siempre será un súbdito de segunda clase que nunca podrá eclipsarlo".
Despues de la muerte de su madre, José informó a sus hermanas Mariana e Isabel que ya no eran bienvenidas en el Palacio de Hofburg, pues necesitaba su apartamento para sus oficinas. Pero incluso antes de pedirles que abandonaran Viena, las dos archiduquesas ya habían decidido retirarse a sus respectivos capítulos nobiliarios, Mariana a Klagenfurt e Isabel a Innsbruck, para no estar bajo el yugo de su hermano. Por su parte, Maximiliano, contra los deseos de José, rechaza el testamento de su madre, lo que le costaría más de lo que le reportaría. "El altercado entre los dos hermanos produjo algunos intercambios bastante acalorados. La situación están tan mal que Maximiliano ha anunciado su intención de retirarse a Mergentheim". Esto se realizará el próximo 20 de marzo.
En cuanto a las tres hermanas soberanas, sólo tienen derecho a una frase escueta: «No le importa Nápoles, y menos aún Francia, y no soporta a la hermana de Parma». Curiosamente, Leopoldo señala que José "demostró sinceramente unaGran atención, confianza y amistad”, que, al parecer, no fueron correspondidos por Leopoldo. A diferencia de sus hermanos mayores, los últimos cuatro hijos de María Teresa permanecieron unidos. En cuanto a Amelia de Parma, fue rechazada por todos, excepto por su amada Marianne y, en cierta medida, por Fernando, su vecino italiano.
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Si bien María Teresa no logró cumplir su deseo de dejar una familia unida, es ciertamente responsable, pero no condenable. Cuidó de todos sus hijos como ninguna otra mujer de su tiempo y posición social, inaugurando el modelo de maternidad activa que triunfaría en los siglos venideros. Es cierto que fue demasiado estricta, demasiado autoritaria, demasiado desconfiada. Al no ocultar sus preferencias, lo que condujo a injusticias, no fue la madre perfecta.
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| María Ana (a la derecha) con su hermana María Isabel (1743-1808) (en el centro) y su hermano José II (1741-1790), que está sentado al piano a la izquierda. |
Pero ¿quién puede decir que lo es? Démosle la última palabra en su defensa:
"La educación de mis hijos siempre ha sido mi mayor y más preciado anhelo. Si todo no se ha hecho según mis instrucciones, órdenes y el cuidado que puse, no es culpa mía, sino resultado de mil circunstancias de este mundo que nos impiden alcanzar la perfección, y que son inherentes a nuestra perversa y desafortunada humanidad".
Muchas madres hoy podrían decir lo mismo.
"La educación de mis hijos siempre ha sido mi mayor y más preciado anhelo. Si todo no se ha hecho según mis instrucciones, órdenes y el cuidado que puse, no es culpa mía, sino resultado de mil circunstancias de este mundo que nos impiden alcanzar la perfección, y que son inherentes a nuestra perversa y desafortunada humanidad".
Muchas madres hoy podrían decir lo mismo.




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