martes, 1 de septiembre de 2009

MARIE ANTOINETTE Y SU PASION: EL TEATRO!

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La pasión de la Reina por el teatro se remonta a su infancia. Una vez Delfina de Francia ella no iba a dejar de ensayar, ahora con sus cuñados, distintas obras en francés. Esta actividad la mantenía bastante en secreto, porque no correspondía por protocolo.

María Antonieta no podía resistirse a la tentación de actuar, y menos cuando por fin logro que el rey le permitiera construir un teatro para ella misma, el cual podía considerar su propio escenario. Para ello, recluto a sus cuñados y amigos mas íntimos formando así La Compañía De Los Lores.

Solicitaron a la condesa de Provenza que formara parte de este grupo, lo que rechazo con altivez.
-pero desde el momento que yo, la reina de Francia, acepte desempeñar algunos, papeles en la comedia, no debía tener escrúpulos de negarse, le dijo María Antonieta.
-si no soy reina, en cambio estoy hecha con la madera que empelan para hacerlas, respondió la condesa.

Pero la real aturdida no comprendió la lección. La reina y sus amigos trabajaban sin descanso. Pasaban todo el tiempo leyendo y aprendiendo nuevas obras en un clima de distención. La magia del escenario le permitía a María Antonieta alejarse de su papel  de reina, que a veces parecía pesar demasiado sobre ella.

“Luego de un mes –escribió el conde Mercy en septiembre de 1780-, todas las ocupaciones de la reina y todas sus atracciones se concentran en el solo objeto de dos pequeños espectáculos representados en el escenario de Trianon. El tiempo necesario se emplea para aprender papeles, ensayos, se une a otros detalles de menor importancia… el rey, asistió con asiduidad a todos estos preparativos, dio pruebas de gusto en este tipo de disipación… el rey en una marca de satisfacción manifestada por los aplausos constantes, sobre todo cuando la reina realiza los ensayos de su papel”.

iniciales de la reina en el techo del teatro en trianon.
El 1 de agosto de 1780 representaron Le Roi et Fermier y la Gageure Imprevue, del señor Sedaine. En la primera obra, María Antonieta represento una pastora enamorada; en la segunda hacia el papel de Gotte, la coqueta doncella que es cómplice de una ociosa marquesa que ha recibido a un encantador caballero en su habitación y lo esconde en el armario cuando su marido regresa inesperadamente.

El conde mercy reconoció a si mismo que este gusto era inofensivo para la reina y no provocaba reproches por parte de la emperatriz: “se han presentado dos operas cómicas, Rose y Colas; Le Devin Du Village (la aldea del adivino). El conde de Artois, el duque de guiche, el conde d`adhemar, la duquesa de Polignac y la duquesa de guiche jugaron en la primera presentación. La reina ejecuto el silencioso papel de Colette en el segundo acto, el conde de Vaudreuil canto el papel del adivino y el conde d`adhemar era Colin. La reina tiene una voz muy bonita y muy precisa y su estilo de juego es noble y lleno de gracia, en total, es un espectáculo de la sociedad. He observado que el rey se hizo cargo con la atención y el placer que manifestó en su rostro. Había otros espectadores como el señor Pierre  Adolf Hall, la condesa de Artois y la señora Elisabeth. Las túnicas y los balcones estaban llenos de gente de servicio bajo el mando sin que hubiera una sola persona de la corte”.

ilustración que muestra los ensayos en el teatro de trianon, probablemente el conde de Vaudreuil, quien era uno de los mejores actores de la sociedad de la reina.
El barón de Grimm escribió sus impresiones en su diario del 20 de octubre de 1780: las actuaciones en estos días en la hermosa sala de Trianon tiene mucho honor… nunca hemos visto, probablemente ver “el rey y el agricultor” o “the unexpected”, con una audiencia mas grande y mejor. La reina jugo por primera vez en el papel de Jenny, en la segunda la de la criada. Todos los demás papeles fueron ocupados por amigos íntimos de sus majestades y la familia real. El conde de Artois desempeño el papel de siervo en la primera parte y la de un guarda de caza en el segundo. El conde de Vaudreuil, el mejor actor de la sociedad parisiense, fue el papel de Richard, la duquesa de guiche (tan bella como su madre la condesa de Polignac) seria la pequeña Betz, la condesa diana de Polignac de la madre y el conde d`adhemar del rey”.

“comenzó, sino me equivoco, por “the unexpected” y  “le devin du villaje”. La reina desempeña en la primera parte el papel de “Gotti” y “Colette” en la segunda. La condesa diana de Polignac “Lady Clainville”, madame Elisabeth “Angelique”, el conde de artois “Etieulettes”, el baron de Besenval “Lafleur”, el conde d`adhemar “Colin” y él realizo  este papel a la perfección, con una voz muy fresca y gran aplomo! (con una pequeña discrepancia del testimonio de madame campan, que relata como la voz del conde d`adhemar estaba temblando)… el rey silbo sin ceremonia, y gritaba “¡abajo con la cábala en la puerta  maliciosa!”, lo que resulto en un ataque de alegría y risas sin fin. Fui una de las primeras mujeres admitidas como espectadora en calidad de esposa de un actor, y yo vi jugar a “el barbero de Sevilla”, “el metromanie”, “rose et colas”, “el rey y el agricultor”… la compañía triunfo en “plaideurs”, la voz de la reina era falsa pero se le notaba muy natural. El conde de Artois, con el estudio, se había convertido en un actor muy bueno, pero por desgracia no sabia su papel. Pero puso un esfuerzo con todo lo que hizo y disfrutamos de los aplausos”. (Memorias de la condesa d`adhemar).


Pero María Antonieta no iba a permitir que cualquiera viera su espectáculo: damas de palacio, ministros, funcionarios, guardias ni príncipes de rango en la corte tuvieron este privilegio. Ya el pequeño duque de Fronsac, primer caballero de supervivencia, se sintió ofendido por haber sido excluido de este placer de la reina. Los aislados comenzaron a quejarse y se extendieron los peores rumores sobre las actividades de la pequeña sala.

Marie Antoinette por Sofía Coppola 2006

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EL EMPERADOR JOSE II EN VERSALLES (1777)

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El emperador Jose II - por Joseph Hickel, musée de Versailles
Durante el carnaval de 1777, el delirio de placeres de María Antonieta alcanza el punto culminante. además se añade otro peligro: la virginidad de la reina. el conde Mercy comprende en toda su magnitud la catástrofe que constituiría el que la reina de Francia, antes de haberle parido a su esposo un autentico heredero, cayera como presa de cualquier extranjero amante. la reina se rodea de hombres coquetos y apuestos: lauzun, dillon, fersen, esterhazy, todos dispuestos hacer la tarea que no a hecho Luis en varios años. por lo tanto, Mercy envía a Viena carta tras carta, para que el emperador Jose venga, por fin, a versalles a ver lo que allí pasa.

El viaje de Jose II a parís tiene un triple objeto: debe hablar con el rey, su cuñado, de hombre a hombre, sobre la espinosa cuestión de los deberes conyugales, aun no consumados. con su autoridad de hermano mayor, debe reprender a la reina, ansiosa de placeres, y poner ante sus ojos los peligros políticos y humanos de su furia de diversiones. en tercer lugar, debe fortalecer la alianza política entre las dos casas reinantes de Francia y Austria.

Los sentimientos de la naturaleza inspiran involuntariamente mayor interés cuando se los ve desplegarse con toda su fuerza y ​​desenfreno en los corazones de los soberanos. Madame Campan hace esta acertada observación al hablar de la felicidad de María Antonieta al volver a ver a su hermano, el emperador José II. Este príncipe, viajando bajo el nombre de conde Falkenstein, llegó a París el 18 de abril de 1777 a las 19:30 y se alojó en el Petit-Luxembourg, donde se alojaba el conde Mercy, embajador de Austria. Para el pueblo de parís, que solo conoce a sus reyes envueltos en lujo, produce gran sensación la sencillez de aquel soberano. A la mañana siguiente, a las 21:30, José II estaba en Versalles, todavía de incógnito. El abad de Vermond lo recibió al pie del carruaje y lo escoltó solo por una escalera oculta hasta los aposentos privados de la reina, evitando las antecámaras, que estaban abarrotadas de gente. Todos los curiosos fueron rechazados, y nadie vio pasar al emperador.
 
El rey Luis XVI da la bienvenida a su cuñado, el
Emperador José II en Versalles.
Se comprende la impresión que una hermana tan amable y tierna como María Antonieta debió sentir al reencontrarse con su hermano, compañero de infancia. Era la familia, la patria que reaparecía, el pasado resucitado con sus ingenuas alegrías y tiernas emociones; era Austria a la que la reina de Francia abrazaba, arrojándose a los brazos del emperador. José II había dejado a María Antonieta en 1770. La volvió a ver en 1777. Se había producido un gran cambio. La ingenua archiduquesa de chönbrunn había sido sucedida por la deslumbrante soberana de Versalles, la joven de veintiún años en todo el esplendor de su belleza.

El primer momento entre hermano y hermana fue conmovedor. “Se abrazaron y permanecieron un largo rato en ternura y silencio. Entraron en una habitación privada, donde permanecieron solos durante casi dos horas. Fue entonces cuando sus corazones se abrieron; el de la reina se conmovió profundamente; se conmovió aún más con dos comentarios del emperador, expresando su completa satisfacción al encontrarla tal como la había visto. Añadió que, si no fuera su hermana y pudiera unirse a ella, no dudaría en volver a casarse para tener una compañera tan encantadora. El segundo comentario fue para decirle a la reina que, si enviudaba sin hijos, deseaba que volviera a vivir con Su Majestad y con él”. Así relató el conde de Mercy a María Teresa el primer encuentro entre José II y su hermana. 

La reina, conmovida por las cordiales palabras de su hermano, le abrió toda su alma: “Habló en primer lugar, de las circunstancias relacionadas con la intimidad conyugal, y Su Majestad sabrá por Su Majestad el Emperador que este asunto se ha aclarado lo más posible, incluso satisfactoriamente. La Reina habló entonces de sus hábitos, sus disipaciones, su afición al juego, sus círculos sociales y sus favoritos, el único tema sobre el que no habló con la misma franqueza que había mostrado en todos los demás. El Emperador, que inicialmente había pensado reservar sus opiniones para otra ocasión, no pudo evitar la inesperada oportunidad de abordar el asunto; pero lo hizo con una circunspección y una amabilidad que tranquilizaron cada vez más a la Reina".

María Antonieta condujo entonces a José II a los aposentos de Luis XVI. “La reina, trajo su correspondencia secreta, nadie hablaba alemán, y después de una hora tomo al emperador por el brazo, lo llevo ante el rey y de allí a sus princesas. La presentación a la corte fue muy breve: “yo no apunto a presentar al emperador, dijo la reina, pero este es mi hermano" relata el marqués de lescure. Los dos monarcas se abrazaron. «El rey», añade el conde de la Misericordia, «hizo algunas observaciones que demostraban un genuino deseo de parecer cordial y honesto; el emperador percibió la intención y quedó satisfecho con ella; con su ingenio y gracia, lo supo desde el principio» añade Mercy.
 
La reina Marie Antoinette acompañada de su hermano José II en la galería de los espejos en Versalles (IA)
El primer paso fue tranquilizar al rey. Gracias a la incógnita de José II, las reglas de etiqueta desaparecieron. Ya no eran soberanos, sino buenos padres viviendo en familia. A pesar de todo su esplendor, la corte de Luis XVI tuvo sus momentos de buen humor y sencillez, casi burguesa en su simplicidad. El 21 de abril, José II cenó con la familia real en casa de Madame, condesa de Provenza. «La cena fue más que alegre, es decir, por parte del rey y sus dos hermanos, los príncipes. Se pusieron tan cómodos que al levantarse de la mesa se divirtieron con travesuras infantiles, corriendo por la sala, revolcándose en los sofás, hasta el punto de que la reina y las princesas se sintieron avergonzadas por la presencia del emperador. Madame, en un ataque de impaciencia, llamó a su esposo y le dijo que nunca lo había visto tan infantil».

Luis XVI, noble y jovial, acoge a su cuñado con plena confianza. De nada sirvió que Federico el grande le haya encargado a su embajador, el barón de Goltz, que hiciera circular por todo parís que Jose le había dicho al rey de Prusia:" tengo tres cuñados y los tres son una desdicha: el de Versalles es un imbécil, el de Nápoles es un loco, y el de Parma un tonto". sin embargo, ambos cuñados hablan entre si libre y francamente, Jose II ha conquistado al rey por completo, esta de acuerdo en todas las cuestiones políticas y a que se someta a aquella discreta operación. Mas difícil, como mas cargada de responsabilidad es la posición de Jose ante Maria Antonieta: "como un hermano debo sermoneados por vuestra constante afición al juego y tus amistades como la condesa Polignac, en realidad creéis que es la dama de honor indicada para una reina, las fiestas constantes, casi no dejas tiempo para estar a solas con vuestro marido". A este tono agrio de maestro de escuela no esta acostumbrada aquella mimada y adulada reina.

Pero no todo son regaños, le dice lindas cosas sobre su encantador aspecto: le asegura que si tiene que casarse otra vez, su mujer ha de parecerse a ella: mas bien hace un papel de galán. En muchos aspectos, el emperador Jose no deroga la dureza natural de su tono. bromas como: "¡no tenéis el pelo hoy muy recogido, podéis guardar un perrito ahí adentro!". se burla del uso de la reina con colorete, tenia la intención de mostrar su total desprecio por la forma de vida de versalles: "¡un poco mas", exclamo con sarcasmo. "vamos se pone debajo de los ojos y la nariz, te puedes ver como una cómica si lo intentas".

En la correspondencia de Metra relata: «El emperador estaba recientemente atendiendo el aseo de su augusta hermana; llevaba multitud de plumas y flores en la cabeza y le preguntó a su hermano si no estaba muy bien peinada. "Sí". Pero este 'sí' es bastante brusco. ¿Es esto un tocado? Si quiere mi sinceridad  Madame, la encuentro demasiado frágil para llevar una corona». En otra ocasión, la reina había quedado con su hermano en el Théâtre-Italien, pero luego cambió de opinión y se decidió por la Comédie-Française. Tras este cambio de planes, yendo de un teatro a otro, el emperador le dijo al actor Clairval: «Su joven reina es bastante despistada; pero afortunadamente, a ustedes, los franceses, no les desagrada demasiado». No necesita esforzarse mucho para conocer a la mala sociedad que rodea a su hermana, ante todo los polignac. la reina comprende cuanta razón tiene en todo sus reproches. José era muy escéptico respecto a la relación de Madame de Polignac y la reina. Vio solo en un punto, la terrible furia de las escenas  contra el soberano y el clan Polignac: "El torbellino de disipación que rodea a la reina le impide pensar en otra cosa que ir de placer en placer. todas las personas que la rodean la animan en este frenesí, ¿como podría yo, solo impedírselo? sin embargo, he hecho algunos progresos, sobre todo acerca de su juego que era terrible". 
 
El emperador José observando al rey Luis XVI en una de sus pasiones, la mecánica.
El 25 de abril, María Antonieta y su hermano compartían el mismo palco en la Ópera. Representaban Ifigenia en Áulide, una de las obras maestras de Gluck. Cuando aparecieron la reina y el emperador, estallaron los aplausos. Pero al llegar a la escena donde Ifigenia desfila triunfalmente por el campamento griego, los tesalios cantan a coro:

¡Qué encanto! ¡Qué majestuosidad!
¡Qué gracia! ¡Qué belleza!
¡Cantemos, celebremos a nuestra reina!

El entusiasmo rozaba el delirio. El público, electrizado por la alusión que se les presentaba a todos, hizo que el coro volviera a empezar en medio de un éxtasis indescriptible. El cantante, que interpretaba el papel de Aquiles, señaló directamente al palco de María Antonieta, repitiendo a los tesalios: ¡Canta, celebra a tu reina!

Todos los espectadores se pusieron de pie, uniendo sus voces a las del coro. La bella y radiante soberana lloró de alegría. Y al final de la función, en los pasillos, en las escaleras, incluso a la entrada del teatro, la multitud tarareó el estribillo de la devoción y de nuevo.

José II gozaba de inmensa popularidad en París. Numerosas anécdotas, todas en su haber, circulaban entre la multitud. «Su viaje», escribió el periodista Metra, «ya muestra varios de los rasgos que han dado a conocer la afabilidad y benevolencia de este príncipe. Al llegar a una estación antes de lo previsto, no encontró caballos. El cartero, al no reconocerlo, le pidió que esperara; dijo que había enviado todos sus caballos a buscar a sus familiares y amigos, que asistirían al bautizo de un hijo que su esposa acababa de dar a luz. El conde de Falkenstein se ofreció a llevar al niño a la pila bautismal; el cartero prefirió a un acompañante así a su primo, el granjero, a quien había notificado. La ceremonia se celebró. El sacerdote preguntó el nombre del padrino: José... ¿Su apellido? ¿Cuál? José basta... ¡Pero!... ¡Pues bien! Ponga José II... El sacerdote, el vicario y todos los presentes palidecieron y temblaron, y el cartero cayó a sus pies. El emperador había dejado a esta buena familia muestras de su generosidad y había prometido no olvidar a su ahijado».

Marie Antoinette (2006)

La incógnita de José II no carecía de pretensiones. Este emperador, que a veces se hacía pasar por campesino del Danubio, encajaba a la perfección con el gusto de la época. Cortejó con gran habilidad a esta opinión pública, que ya gobernaba con más despotismo que todos los soberanos de Europa. Para ser visto con mejores ojos, fingía ocultarse. Para ser más halagado, fingía aborrecer los elogios y los aplausos. Al igual que su modestia y su filosofía, su afabilidad no siempre era del todo sincera, y bajo su apariencia de naturalidad, se escondía ciertamente mucho arte. Sin embargo, despertó el entusiasmo universal. Madame Du Deffand escribió a Horace Walpole el 18 de mayo de 1777: «Aquí todo el mundo habla del emperador. Le sorprende que alguien se sorprenda; dice que el estado natural no es ser rey, sino ser hombre». La marquesa relata en la misma carta que José II se encontraba en la Comédie-Française. Estaban representando el Edipo de Voltaire. En el cuarto acto, Yocasta dice, hablando de Layo:

"Este rey, mayor que su fortuna,
desdeñó como vos una pompa importuna;
nunca se vio marchar delante de su carro
la suntuosa muralla de un gran batallón;
en medio de súbditos sometidos a su poder,
como estaba sin temor, estaba sin defensa;
por el amor de su pueblo se creía protegido"

Al oír estos versos, toda la asamblea se volvió hacia el emperador, y entonces estalló una triple ovación. Así, en una de esas contradicciones tan frecuentes en Francia, la misma sociedad que tan severamente reprochó a María Antonieta no seguir las reglas de etiqueta con suficiente rigor, ensalzó a José II precisamente porque las despreciaba. En Versalles, en el Oel-de-Boeuf, mientras se mezclaba con la multitud, esperando con ellos que se abriera la cámara del rey, respondió a algunas expresiones de sorpresa dirigidas a él: «Pero ya estoy acostumbrado. Así es como voy todos los días a cortejar a mi madre». Y escribió a su hermano Leopoldo (29 de abril de 1777): «Ayer presencié un domingo celebrado públicamente en Versalles: el levantamiento, la misa, la gran velada. Estaba perdido entre la multitud, observándolo todo. Confieso que fue divertido y, como actúo tan a menudo, disfruto viéndolo».

Observar era su placer. Registró sus observaciones en cartas a su hermano Leopoldo. Así juzgó al rey: «Este hombre es algo débil, pero no insensato. Tiene algo de conocimiento, tiene juicio, pero sufre de apatía física y mental». En cuanto al conde de Artois, el futuro Carlos X, se le describió como un «pequeño tirano en todos los sentidos». Pero era sobre todo hacia el futuro Luis XVIII hacia quien José II sentía mala disposición: «Monsieur», escribió, «es un ser indefinible; más que el rey, es mortalmente frío. Madame, fea y grosera, no es piamontesa en vano; está llena de intrigas».

La aversión de José II hacia el conde de Provenza era, además, bastante mutua, y aquí está el retrato que Monsieur trazó del emperador en una carta dirigida al rey de Suecia, Gustavo III: «Es muy adulador, un gran creador de protestas y juramentos de amistad; su mente está adornada con varias amistades útiles, y es fácil hablar con él. Eso es lo que se ve a primera vista; pero, al examinarlo más de cerca, sus protestas y su aire libre ocultan un deseo de hacer lo que se llama hacer que la gente se desahogue y ocultar sus verdaderos sentimientos; pero es torpe, pues con un poco de incienso, al que le gusta mucho, lejos de dejarse influenciar por él, uno lo influye fácilmente, y en este caso, lleva la indiscreción al exceso. Sus amistades son muy superficiales; además, en cuanto se da cuenta de que alguien quiere profundizar en un tema, cambia bruscamente de tema; su conversación fácil degenera en charla ociosa. Cuenta muchas historias, y no muy agradablemente, pero lo disfruta y lo repite sin cesar, para disgusto de sus oyentes. Es cortés hasta el punto de elogiar a quienes considera que debe tratar con respeto, pero altivo y a veces incluso brutal con quienes considera inferiores. Así es como lo vi».

El emperador Jose II en imagenes del film (Amadeus 1984) 
Según la señora Campan, José II no era tan popular en Versalles como en París: «Recibió menos apoyo en la corte. Sus modales extraños, una franqueza que a menudo degeneraba en rudeza y una sencillez cuya afectación era claramente perceptible, lo hacían parecer más singular que admirable».

Incluso en París, el entusiasmo menguaba un poco. Escuchemos a la marquesa Du Deffand (carta a Horace Walpole, 27 de mayo de 1777): «Ayer le prometí que le hablaría del Emperador, y cumpliré mi palabra... Ha estado en todas partes; quería ver el pasado, el presente y el futuro; uno no puede penetrar en la época que prefiere… Su estancia aquí ha sido el doble de larga de lo que había planeado. Quizás la gente se ha acostumbrado demasiado a verlo; las impresiones que causó se han desvanecido; la sencillez es atractiva, pero a la larga resulta bastante sosa».

Quizás era hora de que José II se marchara. Con el tiempo, los parisinos habrían descubierto una supuesta sencillez que él mismo fue el primero en sonreír, como le escribió a su hermano Leopoldo: «Eres mejor que yo, pero yo soy más charlatán, y en este país hay que serlo. Soy un charlatán de la razón, de la modestia; intento parecer sencillo, natural, reflexivo, incluso excesivamente».

Cuando llegó la hora de la despedida, el habitual ingenio cáustico de José II dio paso a una profunda ternura. Era el 30 de mayo de 1777, entre las once y la medianoche. El emperador, abrazando al rey, dijo: «Le encomiendo sinceramente a una hermana a quien amo profundamente. Nunca estaré en paz hasta que la sepa feliz». José II comprendía la felicidad, la poesía, las exquisitas y sagradas emociones que se encuentran en el amor fraternal, tan conmovedor y dulce.

Lo que lamentó al partir no fue París y sus placeres, ni Versalles y su pompa, sino su querida hermana, quien, al evocar recuerdos de infancia, había refrescado y rejuvenecido el corazón de su hermano; esta hermana que le había demostrado tanta confianza, tanta devoción, tanta bondad. Se fue conmovido, agradecido, con los ojos llenos de esas buenas y nobles lágrimas que causan dolor y bien, y son a la vez tristeza y alegría. Entonces escribió a su madre: «Dejé Versalles con el corazón apesadumbrado, verdaderamente apegado a mi hermana; encontré una especie de dulzura de la vida a la que había renunciado, pero cuyo sabor veo que nunca me abandonó. Es amable y encantadora; pasé horas y horas con ella, sin darme cuenta de lo rápido que pasaron. Su sensibilidad inicial fue profunda, su actitud bondadosa; necesité todas mis fuerzas para encontrar las piernas para irme». ¿Qué hombre de buen corazón, aunque no fuese hermano de María Antonieta, habría podido dejar sin emoción a aquella buena y bella joven de veintiún años, a aquella reina tan entrañable, tan generosa y, sin embargo, ya rodeada de tantas trampas y tantos escollos?.
  
José II, emperador romano santo, detalle de una pintura de Pompeo Batoni de 1769.
En dos meses, Jose II ha visto toda Francia, sabe mas de este país que el propio rey, y es mas conocedor de los peligros que corre su hermana que ella misma. redacta con suma calma una "instrucción", que resume todas sus observaciones y reflexiones. Este es quizás el documento mas ilustrativo que poseemos sobre le carácter de Maria Antonieta durante sus primeros años de reinado. José II no era un adulador; era un consejero, un amigo, que ya presentía vagamente el futuro. La obra escrita titulada: Reflexiones dadas a la reina de Francia. En ella, se expresaba como un juez ilustrado, pero severo. Desarrolla solo pregunta tras pregunta, una especie de catecismo, para que inducir a la perezosa de pensamiento a que reflexione, se conozca a si misma y responda en conciencia:

• Como reina, tiene un empleo luminoso, hay que cumplir con ese cargo, ya es tiempo de sobra para que usted reflexione, la edad avanza y usted ya no tienen la excusa de la infancia, arránquese la venda que le impide ver dónde está su deber y su verdadera dicha. ¿Que ocurrirá, que será de ti si vacilas por mas tiempo? una mujer desgraciada y una reina mas desgraciada todavía. ¿buscaras tu, en realidad, todas las ocasiones de serle grata al rey?. ¿correspondes a los sentimientos que él te manifiesta?. ¿no te muestras fría y distraída cuando él habla contigo?. ¿no parece a veces como si te aburriese o repugnara?. ¿Cómo quieres que en tales circunstancias, que un hombre naturalmente frio se aproxime a ti y te ame realmente?. ¿sabes hacerte necesaria al rey?. ¿le convences que nadie le ama mas sinceramente que tu y cuida mas su gloria y su dicha?. ¿te ocupas de las cosas que él descuida en forma que no parezca que quieres méritos a su costa?. ¿haces algún sacrificio por él?. ¿guardas impenetrable silencio sobre sus faltas y debilidades?.

Pagina tras pagina examina después el emperador Jose el registro de los desenfrenados placeres de la reina: ¿alguna vez haz reflexionado sobre el mal efecto de tus relaciones sociales y tus amistades?. ¿ haz examinado alguna vez las espantosas consecuencias que los juegos de azar puede traer consigo, por la mala sociedad que reúnen y el tono que reina en ellos?. Acuérdate que el rey no juega y de que produce un efecto escandaloso el que seas tu el único miembro de la familia que cultiva este mal uso. Piensa también, en todas las cosas enojosas que se relacionan con los bailes de la opera, en todas las aventuras de mal genero que tu misma me has referido como ocurridas en ellos. La manera como concurres a cada baile, pues el que te acompañe tu cuñado no significa nada. ¿Qué sentido tiene el que seas allí desconocida y quieras representar el papel de una mascara ignorada?. ¿Qué buscas tu allí?. ¿para que mezclarte con ese montón de desenfrenados mozos, de perdidas y extranjeros, oyendo conversaciones dudosas?. eso no es decente. El rey solo toda la noche en Versalles y tu en compañía de toda la canalla de parís!.

Y de repente, en medio de la larga predica, brota una frase profética, que no puede ser leída sin un estremecimiento: "tiemblo ahora por ti, pues no se puede seguir de este modo, la revolución será cruel". La siniestra palabra queda aquí consignada por primera vez. aunque pensada en otro sentido, ha sido pronunciada profeticamente, pero solo al cabo de doce años comprenderá Maria Antonieta el sentido de esta frase.

La partida de José II angustió a María Antonieta. Tras mostrarse valiente, sufrió algunos accesos de ira bastante violentos. «Mi querida madre», escribió a María Teresa el 14 de junio de 1777, «es cierto que la partida del Emperador me ha dejado un vacío del que no puedo recuperarme; fui tan feliz durante ese breve tiempo que ahora todo parece un sueño. Pero lo que nunca será un sueño para mí son todos los buenos consejos que me dio, que están grabados para siempre en mi corazón. Debo confesarle a mi querida madre que me dio algo que le había pedido específicamente y que me produce un gran placer: consejos escritos que me dejó. Esta es mi lectura principal en este momento, y si alguna vez (cosa que dudo) olvidara lo que me dijo, siempre tendré este papel delante de mí, que pronto me recordaría mi deber. En el momento de su partida, cuando estaba más desesperada, el rey me mostró una atención y una ternura que nunca olvidaré, y que me unirían a él aún más, si no estuviera ya tan apegado».

Extracto del documental "La Guerre des trônes, la véritable histoire de l'Europe"

¿Qué podría ser más sencillo y encantador que esta carta, en la que se trasluce una sensibilidad tan genuina? María Antonieta habla en ella. También habló de la nación francesa con un optimismo que, por desgracia, el futuro difícilmente justificaría. «Es imposible», dijo, «que mi hermano no estuviera contento con la nación de aquí, pues él, que sabe juzgar a la gente, debió ver que, a pesar de la frivolidad generalizada, hay hombres de carácter e inteligencia, y en general, de excelente corazón y con un gran deseo de hacer el bien. Basta con portarse bien; él ve un ejemplo de ello ahora en la marina, de la que está muy orgulloso, y de la que, imagino, informará a mi querida madre».

Cuanto más se estudia a María Antonieta, más se la admira. Quienes creían que podían incluir a José II entre los testigos contra la reina mártir se equivocaban gravemente. La impresión final del emperador se encuentra en sus cartas a Leopoldo (2 de mayo y 9 de junio de 1777): «Dejé París sin remordimientos, aunque allí me trataron maravillosamente. Dejar Versalles fue más difícil, pues me había encariñado mucho con mi hermana, y vi su dolor por nuestra separación, lo que no hizo más que aumentar el mío. Es una mujer amable y honesta, un poco joven, quizá no muy reflexiva, pero con una base de honestidad y virtud en su respetable posición. Además, posee ingenio y una agudeza de perspicacia que a menudo me ha asombrado. Su primer impulso siempre es el acertado. Su virtud está intacta; es incluso austera, más por naturaleza que por razón». Cuanto más inclinado era José II, por naturaleza, a la denigración y la crítica, más valía su voto. Aquel que en su correspondencia con su hermano Leopoldo fue tan cruel con la familia real, no dudó en reconocer las cualidades de su hermana, en alabar el encanto de una soberana que, en otra época, sólo habría recibido bendiciones y homenajes, porque sus intenciones eran loables, su espíritu recto y su corazón puro.

fue de esta manera, gracias a los pedidos del emperador Jose, que luis XVI hizo la ultima parada, la consumación de su matrimonio, después de siete años y tres meses. Hasta el momento se puso de manifiesta por el hecho de que tanto el rey y la reina posteriormente escribieron al emperador dándole las gracias y "atribuyeron" la consumación con sus consejos. 

MARIE ANTOINETTE: Y FINALMENTE QUEDO EMBARAZADA

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Al fin, fue en 1778 que el evento más esperado por la reina, y por todos aquellos a su alrededor suyo, se hizo realidad: maría Antonieta había quedado embarazada.

La noticia –deseada en Viena- se deja esperar largos meses. El 5 de mayo, el conde Mercy comunica la certeza del hecho; el 4 de agosto, el embarazo es anunciado oficialmente a la corte, después de que la reina, el 31 de julio a las diez y media de la noche, ha sentido los primeros movimientos del niño. “desde entonces –escribe María Antonieta  a su madre- se mueve con frecuencia, lo que me proporciona gran alegría”.

“el servicio de mensajería me trajo el consuelo que yo necesitaba con urgencia… que dios sea alabado y que mi querida Antonieta se consolide en su posición brillante de dar a Francia un heredero! Ninguna precaución es excesiva, me alegro de que ya no recorras parís en la noche… si tan solo pudieras ver la alegría que aquí en Austria se siente acerca de la noticia”. (Marie teresa -02 mayo de 1778).


La posibilidad de un heredero al fin apuntalo la posición de la reina. El método elegido para dar la noticia al público era característico de María Antonieta. A mediados de mayo, la reina le pregunto al rey para enviar 12.000 francos para los deudores en la cárcel de parís, pero no se trataba de ser deudores al zar; debían ser aquellos que languidecen en la cárcel por no pagar a las nodrizas de sus hijos, así como a los pobres de Versalles. “Así que le dio a la caridad y al mismo tiempo notifico a la gente mi estado”, escribió María Antonieta.

Lamentablemente esta exhibición ordenada de compasión no hizo ningún bien a los folletistas satíricos. Se hablaba de la impotencia del rey, se sugirieron varios padres apara él bebe que viene, el más prominente como el duque de Coigny, o más desagradable, como el conde de Artois. Es muy probable que el conde de Provenza y otros cortesanos hayan hecho difundir clandestinamente estas efusiones, o en todo caso los leen y los difunden. En contraste con esto, el propio embarazo prosiguió de forma saludable, y la reina fue capaz, en el rubor de su felicidad, para mantener su indiferencia a estas manifestaciones.

El 16 de mayo de 1778, el Dr. Lassone hizo un examen a la reina y se pronunció satisfecho. Al mismo tiempo, la reina se entrevistó con el futuro comadrón, el hermano del Abad de Vermond. Ella rechazo, tal vez comprensible, ya que él había sido comadrón de la condesa de Artois. Sin embargo, la elección de Vermond fue criticado en el momento ya que se consideró más interesado en sus honorarios que su paciente. Por todos estos preparativos prácticos incluidos la elección de la nodriza, pañales y un apartamento para el nuevo bebe en la planta baja de Versalles para beneficiarse del aire. María Antonieta misma admitió conmovedoramente que hubo “momentos en los que pienso que todo es un sueño”.
 

A finales de mayo, María Antonieta declaro que estaba “increíblemente gorda” y al mes siguiente se jacto en decir que había aumentado más de cuatro centímetros, sobre todo en las caderas. A mediados de agosto fue declarada mucho más grande de lo que era habitual en cinco meses. Ese verano fue intensamente caliente y madame Campan describió como la reina encontró alivio en el aire fresco de la noche, porque ella mantuvo sus paseos diarios como había prometido a su madre que lo haría. Rose Bertin y otros países respondieron a la nueva situación con prendas de seda conocidas como levitas en los colores fríos que la reina amaba: azul claro, turquesa y amarillo suave.

El peluquero Leonard tuvo que hacer frente a la situación cambiante también. El pelo grueso maravilloso que María Antonieta, una vez había disfrutado se estaba convirtiendo en un problema en el pelo. Según informes, en el otoño de 1776 –una época de la depresión sobre su relación con el rey- su cabello se había caído, pero la pulverización y ahora el embarazo, no ayudo. Sin embargo, en general, la salud de la reina permaneció buena durante todo el tiempo de otoño.


El periodo de espera fue interrumpido de forma natural por las comunicaciones de María Teresa, que ya había sido nombrada madrina con mucha antelación, con el rey Carlos III de España como el padrino. Esto significaba que la emperatriz tendría el privilegio de nombrar al niño, también con mucha antelación, ya que los bautizos reales se llevaron a cabo inmediatamente después del nacimiento. Un príncipe Borbón bebe tendría obviamente alguna variación sobre el tema de Louis. Una niña no deseada sin duda se llamaría la versión francesa del nombre de su famosa abuela, ya que la emperatriz exigió a todos sus primogénitos nietos ser nombradas en su honor.

El parlamento envía sus felicitaciones, el arzobispo de parís ordena publicas plegarias por el dichoso curso de la preñez, con inauditos cuidados, se busca ama para el futuro príncipe y se tienen dispuestas cien mil libras para los pobres. El rey estaba muy contento, este hecho hizo que se vieran como la pareja más unida y feliz de la corte.

Marie Antoinette por Sofía Coppola 2006

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LA REINA MARIE ANTOINETTE Y SUS FIESTAS

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Luis XVI viene a veces a Trianon y contempla como se divierte la gente joven, intenta a veces hacer tímidas represiones cuando se han traspasado con excesiva despreocupación las fronteras de lo convenido, o cuando los gastos crecen hasta el cielo, pero entonces la reina se ríe, y con esa sonrisa esta concluido todo.

pero aquel buen hombre no perturba jamás largo tiempo, no permanece allí mas que una hora o dos, y después se vuelve al trote de sus caballos hacia Versalles, en busca de sus libros o de su taller de cerrajero. una vez, como esta allí sentado demasiado tiempo y la reina esta ya impaciente por trasladarse a parís, adelanta ella misma, secretamente, la hora del reloj, y el rey, sin notar el mas pequeño engaño, se va a la cama a las diez en vez de las once, y toda la elegante canalla se ríe hasta troncharse.

El joven rey no sabe contar anécdotas maliciosas, no sabe reírse. asustado y tímido, se deja estar sentado en medio de una reunión, como si tuviese dolor de vientre y bosteza de sueño mientras los otros solo a medianoche comienzan a estar animados. no va a bailes de mascaras, no apuesta en los juegos de azar, no le hace la corte a ninguna mujer. para este rey aburrido en las reuniones del Trianon, en el imperio de la reina, en aquellas arcadicas praderas de la frivolidad y la petulancia, esta completamente fuera de lugar.

El rey no demostró ningún impedimento en el camino de las inclinaciones de María Antonieta. esta indiferencia respecto a su diversiones había sido seguido por la admiración y el amor, era un esclavo de los deseos de la reina. María Antonieta emprende sus correrías diurnas y nocturnas por todas las provincias de la alegre ociosidad acompañada de su cuñado y su alocada pandilla.


El embajador Mercy dispara a Viena informe tras informe: " su real alteza olvida plenamente su dignidad externa, apenas es posible amonestarla, porque las diferentes diversiones siguen una tras otra con tal rapidez que solo con el mayor trabajo se encuentra algún momento en que hablar con ella de cosas serias".

"...no estamos aquí para divertirnos, sino para ser dignos del cielo. perdona los sermones... pero como me doy cuenta de las consecuencias de tus acciones. deseo salvarte del abismo hacia el que estas en tu carrera. mi amor me obliga a advertir de estos asuntos, a no despedir mis palabras con demasiada precipitación". (Marie Teresa a María Antonieta, 2 junio 1775).

al cabo de unos años el delirio de placeres de Maria Antonieta alcanza el punto máximo. la mundana reina no falta a ninguna carrera de caballos, a ningún baile de la opera, jamás vuelve al hogar antes de los resplandores del alba, hasta las cuatro de la madrugada permanece sentada delante de la mesa de juego, sus perdidas y deudas provocan ya publico enojo.


En vano la exhorta su madre:" si aun fuera en compañía del rey, guardaría silencio, pero siempre sin él!, y siempre con lo peor y mas joven de la gente de parís, siendo la encantadora reina la de mas edad de toda esa tropa... ya no se oye hablar mas que de carreras de caballos, juegos de zar y noches en vela... no puedo evitar que todo el mundo hable de ellos y me lo refiera" (30 noviembre 1776).

Pero todas esas reflexiones no ejercen ninguna influencia sobre la insensata mujer. ¿Por qué no gozar de la vida? no tiene ningún otro sentido sino ese. y responde a las advertencias maternas que le comunica el embajador Mercy: "¿que quiere? tengo miedo de aburrirme". con esa frase ha pronunciado Maria Antonieta la palabra definidora de su tiempo y de su sociedad.


"en verdad me siento miserable a causa de las diferentes historias que circulan sobre mi". María Antonieta su madre (16 diciembre de 1776).

Semanas después, ya tarde por la noche, hacen enganchar las carrozas y, disfrazados con careta, se dirigen al baile de la opera, en la meca, en parís, la ciudad prohibida. a la mañana siguiente, como se presenta como es debido a la primera misa, esta aventura queda desconocida por completo.


María Antonieta permanece siempre en estas escapadas parisienses, dentro del estrecho circulo centelleante de los placeres mundanos. su furia de diversiones y el ruido que la reina hacia cuando retornaba muy tarde la noche, finalmente molestaron al rey, fue entonces cuando Luis XVI empezó a dormir en su propia habitación. creando escándalo en la corte francesa y en su madre, aparatando la posibilidad de consumar el matrimonio y el tan anhelado heredero.

María Antonieta tiene que volver a quejarse a su madre: "al rey no le gusta dormir acompañado... a veces viene a pasar la noche conmigo y no me creo autorizada a atormentarlo para que lo haga con mayor frecuencia".

Marie Antoinette por Sofía Coppola 2006
👉🏻 #Aficiones

LA PELIGROSA AFICION AL JUEGO Y LAS APUESTAS

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La reina efectivamente era adicta al juego. Organizaba un juego cada noche y podía pasar horas apostando. Su madre Marie teresa le había enseñado a su hija a jugar a las cartas, ya que era sabido que en Francia el juego era común, y no quería que estando allí perdiera toda su fortuna por no saber jugar. No obstante, María Antonieta si llego a endeudarse por las apuestas y era Luis XVI quien terminaba pagándolas. La mesa de juego era un nivelador notorio del comportamiento de los huéspedes que era con demasiada frecuencia los hermanos del propio del rey; que eran maleducados, arrogantes y de mal genio. El conde de Provenza, en una ocasión tan completamente olvidado el respeto a la reina, asalto a un caballero en su presencia, y el conde de Artois siempre perdió los estribos cuando perdía su dinero. El juego es una distracción inapropiada para los soberanos. Los giros y vueltas de los variados dramas en los que participan satisfacen con creces la necesidad de emoción que pueda ocupar sus mentes. ¿No es la política, de hecho, un juego perpetuo, y no se encarga la fortuna de barajar las cartas y tirar los dados?

«El azar y la codicia, mezclados», decía el padre Lacordaire en sus conferencias de Toulouse, «hacen del juego un drama personal, aterrador y alegre, donde la esperanza, el miedo, la alegría y la tristeza se suceden, o mejor dicho, se funden casi al mismo tiempo, y mantienen al hombre sin aliento con una fiebre que crece hasta llegar a la furia, pues si hablamos de la pasión por el vino, hablamos de la furia del juego».
 

Semejante furia no puede reconciliarse con la dignidad de la corona. ¡Estas largas noches de juego, noches de angustia autoimpuesta, noches codiciosas y degradantes, que son un insulto al sueño, no armonizan con la majestad real! ¡Qué espectáculo tan lamentable! El juego comienza alegremente, como un placer. Los rostros irradian confianza, entusiasmo y alegría. Es como si estuvieran saliendo de cacería. De repente, las cejas se oscurecen. En una atmósfera caliente y eléctrica, los rostros se contorsionan y los instintos básicos se revelan. El ganador no puede ocultar una alegría repugnante. El perdedor a menudo tiene rasgos contorsionados; está destrozado, aniquilado, y sus desgracias son tan irrespetuosas, tan poco interesantes. El juego no tiene cabida en una corte. Cuando el soberano pierde, su papel no es, en verdad, muy impactante; pero cuando gana, sus ganancias tienen algo desagradable. Los monarcas están hechos para dar, no para recibir. No les corresponde enriquecerse con el oro de sus cortesanos; bajo ninguna circunstancia se debe colocar una alfombra verde cerca del terciopelo del trono.

Para animar el negocio y aumentar la circulación de capitales, la reina consiente recibe gustosa a cualquiera que trae dinero, que se aproxime a su mesa con tapete verde; ganchos y gorrones fluyen allí, y no pasa mucho tiempo sin que circule por la ciudad la vergonzosa noticia de que se hacen trampas en el círculo de la reina. Solo una persona no sabe nada de ello, María Antonieta, porque, deslumbrada por su placer, no quiere aprender otra cosa. Desde el momento que entra en calor, nadie puede detenerla: días tras día, juega hasta las tres, las cuatro o las cinco de la mañana, y hasta una vez, con escándalo de la corte, en la víspera de todos los santos, esta jugando la noche entera.

Y de nuevo resuena el eco de su madre: “el juego es indudablemente una de las diversiones mas peligrosas, pues atrae malas compañías y las peores conversaciones…”.

Les jupons de la rèvolution (1989)

·EL FAMOSO FARAON!:Antes de María Antonieta, el juego en la corte real era aun una distracción inocente; algo como el billar o la danza: se jugaba al nada peligroso Lansquenet con apuestas insignificantes.

En 1776, durante el viaje a Fontainebleau, María Antonieta descubre, para si y para los otros el famoso faraón, que conocemos como por Casanova como el campo elegido por todos los trapaceros y estafadores. La primera noche, la reina jugó hasta casi las cuatro de la mañana y perdió noventa luises. La segunda, jugó hasta las tres y solo perdió unos pocos luises. El embajador de María Teresa añade a estos detalles: "El rey, que nunca sale de sus aposentos por la noche y que detesta las apuestas de alto riesgo, no se permitió, sin embargo, demostrarlo en esta ocasión, porque da su consentimiento a todo lo que pueda divertir a la reina hasta el punto de ser considerado; pero se le presentó con vehemencia a esta augusta princesa como uchas de estas vigilias tuvieron consecuencias peligrosas, como la de dejar al rey solo por un asunto que le disgustaba y le impedía pasar la noche en los aposentos de la reina, algo que ocurrió con bastante frecuencia durante su estancia en Fontainebleau" (Carta del 15 de noviembre de 1776).
 

El que una orden del rey, expresamente renovada, haya prohibido bajo pena de multa todo juego de azar, es indiferente a estos puntos: la policía no tiene acceso a los salones de la reina. Esta frívola pandilla seguirá jugando y los camareros tienen el encargo, caso de que venga el rey, de dar inmediatamente la señal de alarma.

Mercy observa con acierto que es triste ver juegos de azar, prohibidos en otros lugares por ordenanzas policiales, practicados libremente en la corte, lo que, por el contrario, debería dar buen ejemplo. Describe al conde de Artois acosando a todos y organizando una especie de colecta en Versalles para reunir quinientos o seiscientos luises, con los que se forma una banca contra la que se apuestan cantidades muy elevadas. La reina pierde considerablemente y casi a diario. Los juegos a veces se tornan tumultuosos y dan lugar, por parte de quienes dirigían la banca, a reproches a algunas damas de la corte por su falta de precisión en las apuestas.

Las costumbres de este país”, dijo el embajador, “no permiten que personas de calidad dirijan el banco del Faraón. El duque de Fronsac y el marqués de Ossun, para complacer a la Reina, habían decidido dirigir este banco; unas cuantas disputas indecentes los obligaron a retirarse. El conde de Merle los reemplazó; pero como no es lo suficientemente rico como para exponerse solo a los riesgos de un juego que, por su enormidad, podría arruinarlo en una noche, fue necesario considerar la búsqueda de socios. La Reina intervino para facilitarlo. Su Majestad a veces se interesa por el banco contra el que juega. El conde de Artois hace lo mismo, y, con este tipo de recursos, es posible mantener en la corte un juego sin límites que crece día a día. Varias personas de la corte lo frecuentan; esto causa preocupación en las familias y suscita mucho escándalo y murmuraciones entre el público de París”. (Carta del 17 de octubre de 1777).


Escuchemos de nuevo las quejas de Mercy: «El juego de la Reina», dijo, «tenía lugar tres veces por semana: domingos, miércoles y sábados; antes eran ocasiones de ostentación y etiqueta; se jugaba al cavagnol o al lansquenet; pero este año, al haberse convertido este mismo juego en un faraón muy caro, donde todos podían jugar sentados o de pie, sin excepción de personas ni rangos, se desprendió de la más mínima presencia de la corte en esos momentos, y solo se veía una confusión indecente». (Carta del 19 de noviembre de 1777.) En 1778, durante el viaje de la corte a Choisy, se observó, no sin sorpresa, que el rey jugaba al faraón por primera vez. «Esta», dijo el conde de Mercy, «fue una de las mayores muestras de indulgencia que podía brindarle a su augusta esposa, y no hay temor de que este primer intento se convierta en un hábito. Sería peligroso y perjudicial, porque el rey no es buen jugador y su impaciencia provocaría desafortunados arrebatos. La reina ha coincidido con esta observación , y espero que sea una razón más para abstenerse de los juegos de azar, que, además, han sido mucho menos frecuentes últimamente». (Carta del 19 de septiembre de 1778).

Al jugar a las cartas de la reina, todo el mundo es libre de escoger si sentarse o pararse, como resultado no hay apariencia de un tribunal, solo confusión impropia, era increíble y escandaloso como estos juegos se establecieron por la reina, precisamente cuando el tiempo debe ser dedicado a la etiqueta. La única respuesta que recibió el conde Mercy de esta observación era que ella tenia “miedo de aburrirse” 

La pasión de la reina por el juego estaba menguando. En el otoño de 1778, durante el viaje a Marly, estallaron escándalos que dieron pie a una útil reflexión. Al estar el salón abierto a todos indiscriminadamente, algunos pícaros se infiltraron, y uno fue detenido tras entregarle al banquero un fajo de fichas en lugar de luises. María Antonieta se dio cuenta de la desafortunada impresión que tales escapadas causaban inevitablemente, y su furia por el juego se apaciguó. Se había dejado arrastrar por la ociosidad, el aburrimiento y el gusto por la novedad, pero en el fondo, no era una jugadora. Una carta de José II al Conde de Mercy, fechada el 2 de noviembre de 1777, contiene una importante admisión sobre este tema : «Lamento sinceramente», escribió el Emperador, «que nuestras discusiones sobre la adicción al juego de la Reina hayan tenido tan poco efecto en su mente. Su entorno, su disipación, su necesidad de placer y su deseo de encontrar felices y de buen humor a quienes se lo proporcionan, son la única causa de tal desorden, pues en el fondo a mi hermana no le gusta el juego». 


También debe recordarse que las sumas que la Reina arriesgó fueron relativamente pequeñas. Los grandes apostadores de nuestros clubes hoy juegan sumas mucho mayores. «En cuanto a las críticas sobre su juego», dijo el Príncipe de Ligne, hablando de María Antonieta, «nunca la vi perder más de dos mil luises, e incluso entonces, era en esos juegos de etiqueta donde temía ganar contra quienes estaban obligados a jugar su mano. A menudo, en verdad, después de recibir quinientos luises el primer día del mes -que, si no recuerdo mal, era dinero de su propio bolsillo- se quedaba sin un céntimo. Hablando de sus finanzas, recuerdo que un día se divirtió mucho cuando me burlé de su caja fuerte, que sabía que no contenía ni un solo luise, y que había visto salir de Fontainebleau al galope, rodeada de guardias, según una ridícula costumbre cortesana».

Para 1780, las apuestas de alto riesgo habían cesado casi por completo. El propio conde de Artois moderaba sus apuestas, y Luis XVI, de gustos sencillos, jugaba principalmente a la lotería. A María Antonieta le disgustaba este juego infantil, pero, por deferencia al rey, lo jugaba todas las noches hasta alrededor de las once, cuando él se retiraba.

En resumen, lo que se ha dicho sobre la pasión por el juego en la corte de Luis XVI ha sido muy exagerado. En la época de Luis XIV, esta pasión era mucho más desenfrenada. Madame de Montespan, jugando al basset, ganaba millones. La amante del rey se quejaba, y también el Rey Sol, cuando no podían controlarlos. Un día de Navidad, perdió 700.000 escudos; apostó 150.000 pistolas en tres cartas, cada una con un valor de 4 francos y 50 céntimos en nuestra moneda. Y, sin embargo, el público no murmuró. Esto se debe a que bajo Luis XIV estaba de moda admirarlo todo, y bajo Luis XVI criticarlo todo.

La Révolution française 1989

LOS BAILES DE MASCARAS

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Una de las pasiones de María Antonieta eran las fiestas donde se realizaban bailes de disfraces. Dado que los miembros de la familia real fueron rodeados constantemente por semi-liturgicas ceremonias, en el baile de mascaras, los príncipes y princesas podrían participar en algo vagamente parecido a la interacción humana normal. El uso de una máscara, aunque no siempre en anonimato total, aligeraba el protocolo riguroso de tal forma que los miembros de la realeza podían mezclarse y conversar con otras personas de la sociedad. Los bailes comenzaban a medianoche y se prolongaban hasta altas horas de la madrugada, manifestándose como el lugar idóneo para el flirteo y el cotilleo al que acudía lo más granado de la sociedad. Este espectáculo estaba considerado por algunos como "la más impresionante y extravagante de las peculiares instituciones de París".

Las cartas patentes de Luis XIV, fechadas el 8 de enero de 1713, otorgaron a la Ópera, o Real Academia de Música, el privilegio de celebrar bailes de máscaras. Sin embargo, el primer baile no tuvo lugar hasta la Regencia, el 2 de enero de 1716; su éxito fue tan rotundo que tuvieron que celebrarse tres cada semana hasta el final del Carnaval. Un poeta de la época celebró este nuevo placer, en total sintonía con el gusto de la época:

"Este templo está dedicado a la dicha.
El amor ofrece aquí su más ardiente ternura.
Hebe esparce su néctar encantado por doquier.
Terpsícore reina eternamente aquí.
Momo hace brillar su tan alabado arte.
En estos lugares encantadores,
todo cautiva. Todos los dioses del placer
Reciben constantemente un tributo deslumbrante.
El dios del Himeneo es el único maltratado"


La popularidad de los bailes de ópera continuó durante los reinados de Luis XV y Luis XVI. Se celebraban en dos series: la primera desde el día de San Martín (11 de noviembre) hasta Adviento, y la segunda desde la Epifanía hasta el Martes de Carnaval . Duraban desde la medianoche hasta las seis de la mañana, y la entrada costaba seis libras.


Cuando María Antonieta iba al baile de la Ópera, siempre estaba acompañada por sus cuñados y, a menudo, por sus Cuñadas. Una dama de compañía también la acompañaba, y sus sirvientes ocultaban sus uniformes bajo levitas de tela gris. Además, nunca perdía de vista a un guardaespaldas, que la seguía enmascarado, unos pasos atrás. Imaginó que no la reconocerían, pero, como dijo Madame Campan, «toda la asamblea la reconoció desde el momento en que entró en la sala; fingiendo no reconocerla, siempre urdieron alguna intriga de salón para procurarle el placer del anonimato».

En febrero de 1773, María Antonieta escribe a su madre, sobre su participación en este tipo de bailes: “fuimos con el señor Delfín, el conde y condesa de Provenza, el jueves pasado al baile de la opera en parís, se mantuvo en secreto todo lo mejor posible. Estábamos todos enmascarados… regresamos a la misa antes de ir a la cama. Todo el mundo estaba encantado con el Delfín, su actitud frente a esta salida, ya que se creía que era contrario a ella”.

En enero de 1774, Luis y María Antonieta, una vez más se aventuraron de incognito en parís para el baile de la opera. Esta es la descripción del conde Mercy sobre el evento: “los tres príncipes y princesas llegaron el 30 de enero al baile de mascaras en la opera. Las medidas se habían tomado tan bien que se mantuvo durante mucho tiempo sin ser reconocidos por nadie. El señor Delfín se comporto magníficamente, se mezclo en el baile hablando de manera indiscriminada a todos los que encontraba por el camino, de una manera muy alegre y decorosa; introduciendo el tipo de bromas adecuadas para la ocasión. El público estaba encantado con la conducta por parte del Delfín, quien hizo una gran sensación en parís y no dejo, como siempre sucede n estos casos, atribuir a la señora delfina la forma de mostrarse a si mismo… los príncipes y princesas regresaron una segunda vez para el baile de la opera el domingo 6 de febrero, pero esta vez su presencia no estaba bien escondida y por lo tanto hubo una mayor afluencia de la gente al teatro”.


Pero a pesar de todo Luis augusto no era el tipo de persona de estos bailes, acompañaba a su esposa como una manera de acercarse a ella; era consciente de todos los murmullos y criticas que había sobre las personas de mala reputación que acudía a estos escandalosos bailes.

“Madame la delfina tenía un gran deseo de ir al baile de mascaras en el teatro de la opera. Pero, a sabiendas de que al señor Delfín no le gusta este tipo de bailes… le pregunto a la condesa de Provenza hablar con el señor Delfín y decir que quería ir al baile, y no dejar que el joven príncipe supiera que la delfina tenía nada que ver con la solicitud. Madame de Provenza se comprometió a hacer esto, pero más tarde reporto que el señor Delfín no quiso ir…

Varios días después, el señor y la señora delfina estaban teniendo una conversación amable y cariñosa y se planteo la cuestión de los bailes. El señor Delfín le dijo que cuando la señora de Provenza había hablado con el acerca del baile, ella le dijo que lo mantuviera en secreto, pero que la señora delfina le había pedido que se lo solicitara y que ella no disfrutaba de este tipo de diversiones… no comprendía como la delfina solo parecía encontrar el placer en estos entretenimientos frívolos”.



En 1776, ocurrió un incidente en el Baile de la Ópera. La Reina asistía con sus dos cuñados, Monsieur y el Conde de Artois. «Aunque había mucha gente, Su Majestad quiso pasear brevemente por el salón de baile. Ordenó al jefe de la brigada de guardias que la siguiera a solo diez pasos de distancia y se interpuso entre Monsieur y la Duquesa de Luynes, dama de compañía del palacio. Una figura enmascarada, vestida con fichas de dominó negras, chocó con bastante fuerza contra Monsieur, quien la repelió de un puñetazo. La figura enmascarada se ofendió y se quejó a un sargento de la guardia, quien, al no reconocer a Monsieur, se dispuso a arrestarlo; entonces, el oficial de la guardia identificó al príncipe y el sargento se retiró». El Conde de Mercy tras relatar el incidente a la Emperatriz María Teresa, añade unas reflexiones muy juiciosas: «En este asunto de los bailes», dice, «y en otras ocasiones de reunión pública, sería deseable que la reina no apareciera nunca sin todas las precauciones y la moderación posibles, porque la excesiva imprudencia de esta nación puede dar lugar a problemas que no se temerían en ningún otro país». La aventura del señor fue objeto de multitud de comentarios, cada uno más falso y ridículo que el anterior.

En el año de 1777 la mundana reina no falta a ningún baile de la opera. Así describe el conde Mercy la actitud de la reina en estas fiestas: “ella no puede resistirse a participar a los bailes de palacio real y los enmascarados de la opera. Ella habla con todo el mundo, coquetea con jóvenes, la mayoría un número de extranjeros, sobre todo ingleses distinguidos”.

Las festividades de 1778 no fue menos brillante que 1777. Según la correspondencia secreta de Lescure: “la reina se fue de incognito al baile de la opera de parís, la amazona era el tema de su máscara; la princesa de Lamballe y ocho señoras de palacio se encontraban de Domino. Con notable andar una máscara muy ágil se le acerco a su majestad y le dijo: ¿Quién eres tu hermosa mascara? –su tema hermosa amazonia!- respondió. Era el conde de Artois que había cambiado su traje; durante este baile más tarde se originaría el famoso duelo de este príncipe con el duque de Borbón”. (Febrero de 1778).


Al año siguiente, Luis XVI decidió visitar con ella el baile del la opera. Así describe Madame de Campan: «El rey una vez quiso acompañar a la reina a un baile de máscaras; se acordó que el rey no solo asistiría a su acostarse en público, sino también a su acostarse en privado. La reina se dirigió a su residencia por los pasillos interiores del palacio, seguida de una de sus damas de compañía, que vestía un dominó negro; ella le ayudó a ponérselo, y llegaron solos al patio de la capilla, donde los esperaba un carruaje con el capitán de la guardia y una dama de compañía. El rey no se divirtió mucho, solo habló con dos o tres personas, que lo reconocieron al instante, y no encontró nada agradable en el baile, salvo los Pierrot y los Arlequines, algo que la familia real solía reprocharle con su diversión».

Seguramente, Luis XVI se equivocó al permitir que María Antonieta asistiera a los bailes de la Ópera. Un baile de máscaras es indigno de la dignidad de un soberano. Esta incógnita, que no engaña a nadie, esta máscara que oculta un rostro augusto, esta máscara de dominó que reemplaza el manto real, esta voz natural transformada en un falsete grotesco, este uso del familiar "" que es irrespetuoso, estas conversaciones, estas bromas, estas travesuras de mal gusto, posibilitadas por el travestismo, chocan con la seriedad y el decoro de los que una persona coronada nunca se aparta impunemente. Sí, no dudamos en admitirlo: María Antonieta cometió la imprudencia de no huir de la atmósfera febril de los bailes de la Ópera, ese peligroso torbellino donde ya bullían los primeros indicios de la democracia inminente. Sí, fue un error, un error como el que tantas jóvenes y guapas cometen a diario, incluso con las intenciones más puras y la conciencia más tranquila. Fue una indiscreción juvenil, un acto de imprudencia, un lapsus de juicio. Pero, para concluir, los seguidores de cierta escuela histórica se equivocan mucho si creen que hay algo ahí que pueda mermar la poesía que irradia la memoria de la reina mártir y debilitar, junto con la veneración que merece la víctima, el horror inspirado por sus verdugos.


Marie Antoinette por Sofía Coppola 2006

Después de que María Antonieta se convirtió en madre en diciembre de 1778, su participación en estos bailes se vio mitigado en gran medida, prefería no estar demasiado lejos de sus bebes durante la vida nocturna en parís. Es triste que el disfrutar de los bailes de mascaras durante sus años de adolescencia daría lugar a muchos rumores falsos acerca de su estilo de vida.

LOS DIAMANTES DE LA REINA MARIE ANTOINETTE

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Una reina necesita mayores diamantes, perlas mucho más gruesas que las de todas las otras damas. Necesita más anillos, sortijas, pulseras y diademas, cordones de piedras finas para los cabellos, más hebillas para el calzado o guarniciones de diamantes para los abanicos pintados por Fragonard, que las que ostentan las mujeres de los hermanos más jóvenes del rey y las otras señoras de la corte. Verdad que tiene ya los ricos diamantes recibidos de Viena, como dote, y toda una arquilla con joyas de familia que Luis XV le regaló cuando la boda. Mas ¿para qué sería reina sino para comprar piedras preciosas siempre nuevas, más bellas y caras? María Antonieta, lo sabe todo el mundo en Versalles -y ha de mostrarse pronto que no es bueno que todo el mundo hable y cuchichee acerca de ello-, está loca por las alhajas. Jamás puede resistir cuando esos joyeros astutos y suaves, esos judíos venidos de Alemania, esos Boehmer y Bassenge, le muestran, en estuches de terciopelo, sus últimas obras de arte: hechiceros pendientes, anillos y broches. Fuera de eso, estas buenas gentes nunca le presentan dificultades para sus compras. Saben honrar a la reina de Francia, cierto que cobrándole doble precio, pero abriéndole crédito, y, en todo caso, admitiéndole como pago antiguos diamantes, aunque a mitad de su valor; sin notar lo que hay de degradante en tales negocios de usurero, María Antonieta contrae deudas por todas partes; claro que en caso de necesidad sabe que contribuirá al pago el ahorrativo esposo.

"... el deseo de la reina por la joyería todavía no esta satisfecho, su majestad acaba de comprar unos brazaletes de diamantes... esta compra se decidió debido a la tentación de sus asociados" (el conde Mercy, 1776).

Mas ahora las advertencias de Viena se hacen ya más duras: «Todas las noticias de París coinciden en que de nuevo has comprado brazaletes por un valor de doscientas cincuenta mil libras. con lo cual has llevado el desorden a tus ingresos y contraído deudas, y hasta se dice que, para contribuir al pago, has vendido por un precio ínfimo tus diamantes... Tales noticias me destrozan el corazón, especialmente si pienso en el porvenir. ¿Cuándo vas a llegar a ser tú misma? -exclama la madre con desesperación-. Una soberana se rebaja adornándose de ese modo, y se rebaja aún más si, precisamente en estos tiempos, se deja arrastrar a gastos tan considerables. Conozco demasiado ese espíritu de prodigalidad que lo posee y no puedo guardar silencio sobre él, porque te quiero por ti misma y no para adularte. Cuida de no perder con tales frivolidades el ascendiente que has ganado al principio de tu reinado. Se sabe por todas partes que el rey es muy modesto; por tanto, todas las culpas caen exclusivamente sobre ti. De tal transformación, de tal ruina, querría no llegar a ser testigo».


Marie-Antoinette: La veritable histoire 2006

Maria Antonieta con su inocencia y frivolidad le contesta a su madre: "... no tengo nada que decir acerca de las pulseras, yo no comprendo porque tratan de preocupar a mi madre con esas pequeñeces"(14 septiembre 1776)

"su majestad esta perdiendo dinero suficiente como para ser limitado en el resto de sus gastos. las deudas contraídas en la compra de diamantes caros no están siendo pagados con regularidad, no hay mas dinero para los regalos de caridad y lo peor de todo es el mal ejemplo".(el conde
Mercy, 15 agosto 1777).

Los diamantes cuestan dinero, las toilettes cuestan dinero, y aunque el bondadoso esposo, en el momento de ascender al trono, ha duplicado el apanage de su mujer, este cofrecillo, ricamente henchido, debe tener un agujero por alguna parte, pues siempre reina en él un espantoso vacío.


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