domingo, 28 de mayo de 2017

EL CARDENAL DE ROHAN POR IMBERT DE SAINT-AMAND

  
Louis Rene Edouard de Rohan nació en 1734. Su alto rango le permitió rápidamente convertirse en dignatario eclesiástico. Cuando María Antonieta llego a Francia, en 1770, para casarse con el delfín, fue sufragánea de su tío, el cardenal Constantin de Rohan, príncipe obispo de Estrasburgo. En ausencia de su tío, que estaba enfermo, recibió a la delfina en las puertas de la catedral y le dio la bienvenida a tierras francesas. El 21 de junio, en el próximo año, María Antonieta escribió a su madre: “se dice que el obispo sufragánea de Estrasburgo ira a Viena. Pertenece a una familia muy grande, pero su vida hasta el momento ha sido mucho más la de un soldado que de un obispo”.

Por su parte, María Theresa escribió al conde Mercy, 8 de julio: “tengo todas las razones para estar insatisfecha con la elección de una persona tan inútil para el puesto de embajador de Francia en esta corte. Me hubiera negado a recibirlo, si no hubiera sido detenida por la consideración y la molestia que causaría a mi hija esta acción”.

Jonathan Pryce como el Cardinal Louis de Rohan en el film:The Affair of the Necklace.
Una vez en Viena, el príncipe Luis, por lo que el futuro entonces cardenal representaba extraordinaria pompa y lujo. Su manera de vivir era real: él mantenía un establo de cincuenta caballos, tenía dos carros estatales con un costo de veinte mil francos cada uno, un primer caballerizo, siete ayudas de noble cuna, con su tutor y guardián, dos gendarmes que hacen los honores de la alcoba, un jefe de cocina, cuatro lacayos de librea de oro, seis ayudas de cámara de chambre, doce lacayos de la casa, dos cargadores, diez músicos revestidos en escarlata, un administrador, un tesorero; por último, para el trabajo diplomático, cuatro secretarias y cuatro caballeros. Todo esto ponía a la corte de María Theresa en ridículo. Su galantería era notoria. Siempre estaba en el teatro. Solía llevar diferente uniforme en las partidas de caza.

Un día del corpus, él y toda su embajada, en sus uniformes verdes acuchilladas con oro, rompió a través de una procesión que bloqueo su camino, para unirse a una partida de caza propuesta por el príncipe de Paar. Su prodigalidad era excesiva, y la conducta de su suite era más escandalosa. La emperatriz furiosa escribió al conde Mercy: 19 enero de 1772: “no puedo más que expresar mi desaprobación del embajador Rohan. Utiliza un lenguaje inadecuado a su condición de eclesiástico y como ministro, deja que fluya de la manera más descarada en cada ocasión, sin conocimiento de los asuntos y sin los dones necesarios, lleno de ligereza, presunción e indiferencia... su suite es también una colección de personas que tienen necesidad de mérito y de la moral”.


Todos los días María Theresa se quejó más. Ella volvió a escribir al conde Mercy, 18 marzo 1772: “el príncipe de Rohan me sagrada más y más, él es un hombre brusco... al emperador le gusta hablar con él, pero solo saca estupidez, presumiendo la charla”. 1 septiembre del mismo año: “Rohan es siempre el mismo, casi todas nuestras mujeres, jóvenes y viejas, bonitas y feas, son, no obstante, fascinadas por este villano extravagante y ridículo”. 15 mayo 1773: “él es insoportable” y en julio: “no hay necesidad de esperar cualquier cambio en la conducta del príncipe de Rohan. Él es incorregible y sus sirvientes, los sinvergüenzas, son al igual que su maestro sin valor. Corrompe mi pueblo, exactamente como su maestro corrompe la nobleza. Su insolencia va a los excesos más salvajes”.

Fue durante su embajada en Viena que Rohan perdió la amistad de María Antonieta. Una noche, madame Du Barry leyó en voz alta, en la cámara del rey, en presencia del delfín, una carta en la que el embajador describe a la emperatriz María Theresa como sostiene en una mano un pañuelo con el cual secar las lágrimas que derrama sobre los males de Polonia, mientras que en la otra está llevando una espada con la cual dividir ese desafortunado país. La carta que era confidencial, había sido escrita, no a madame Du Barry sino al duque de Aiguillon. María Antonieta, sin embargo pensaba que fue escrito a la condesa y no pudo perdonar al embajador.

El rey luis XVI recibido por el cardenal de Rohan en el portal de abadía Saint-.Waast (1778).Detalle de grabado.
Su cargo como representante de Francia solo duro dos años. Cuando Luis XVI ascendió al trono, por influencia de la condesa de Marsan fue nombrado gran limosnero de Francia, a la muerte del cardenal de la Roche-Aymon en 1777. Luego se convirtió en príncipe obispo de Estrasburgo en 1779, a la muerte de su tío, cuya sufragánea el había sido. Obtuvo el sombrero de cardenal a través del favor de Stanislao Poniatowski, rey de Polonia y la abadía de Saint-Waast, con un enorme ingreso. Fue admitido en la academia francesa y elegido director de la Sorbona.

Parte de la época en que vivió en parís, los hizo en la espléndida mansión de la Rue Vieille de Temple, que es ahora la imprenta nacional, y parte de las veces en Saverne, en un magnifico palacio. La baronesa de Oberkirch que lo visito allí en 1780, quedo impresionada por la pompa que esta representaba. Ella lo describe tan guapo, educado, majestuoso, que sale de su capilla en una sotana de seda escarlata y cubierto de joyas de un valor inestimable. Cuando él oficio en Versalles llevaba un alba, para las grandes ceremonias, encajes valiosos que apenas se atrevían a tocarlo; los brazos y el lema se dispusieron en medallones por encima de las flores grandes, y se estima en un valor de cien mil francos. En su mano llevaba un misal iluminado, una herencia familiar. “él vino a nosotros -madame de Oberkirch continuo- con un aire de galantería de una gran señor y la cortesía como yo rara vez he visto. El cardenal era altamente educado y muy amable”.

panfleto que circulo durante la época del proceso del collar, la gente comienza a darse cuenta de la corrupción en la iglesia, aunque es bastante ingenioso su forma de critica.
Este apuesto prelado, tan rico y halagado, como gran limosnero de Francia, estaba a la cabeza del episcopado y el clero, ningún obispo podía ver al rey con excepción de su permiso. Pero no estaba satisfecho con ser un príncipe de la casa de Rohan, cardenal, gran limosnero de Francia, caballero del espíritu santo, obispo de Estrasburgo, príncipe de Hildesheim, abad de Noirmoutiers y de Saint-Waast, director de la Sorbona, supervisor del asilo de ciegos, poseedor de ingresos entre 800,000 francos de los ingresos de la iglesia, miembro de la academia francesa, un hombre de la más alta moda, favorito de todas las finas damas de la corte de Viena y Versalles: este hombre ambicioso quería algo más. Lo que pidió al destino. Tener el poder ilimitado y el rango de primer ministro, la alegría de ver a todos sus rivales a sus pies.

escena del film The Affair of the Necklace, donde vemos como el cardenal sueña con la reina entregándole las insignias de primer ministro.
Pero que impidió la realización de esta visión del orgullo y la gloria. Solo una persona, la reina. ¿Cómo podría, él tan glorioso y fascinante, no tuvo éxito en conquistar a esta mujer? El príncipe de Rohan, no agrada a la reina! María Antonieta siguió manteniendo una helada actitud hacia él. Ella nunca le dirigió una palabra para el gran limosnero de Francia. Él de buena gana habría dado todos sus ingresos de la iglesia por una palabra, por una sonrisa. Su más ardiente deseo era convertirse en su favorito, el cual era el objetivo de su mente.

-tomado del libro: Marie Antoinette And The End Of The Old Regime -Imbert De Saint Amand 

domingo, 21 de mayo de 2017

EL CASO DE GUINES

En medio de la coronación de Reims y los primeros meses de reinado, María Antonieta se vio envuelta en una disputa en la cual no tenía nada que ver pero tomo partido influenciada por la camarilla de la cual se estaba rodeando. La resolución del llamado “affair de Guines” se convirtió en una lucha de voluntades políticas.

El conde de Guines, embajador de Francia en Inglaterra, había sido demandado en 1772 por su ex-secretario, que lo acuso de malversación de fondos, ganancias ilícitas y divulgar secretos de estado para sus propios intereses. El señor de Garnier estaba mostrando una venganza terrible, porque había sido arrojado a la bastilla durante varios meses por especulación en algunos casos de contrabando, además su amo lo había abandonado.

retrato del duque de Guines. artista:Louis Vigée
En 1772, el duque de Aiguillon fue ministro de asuntos exteriores y Guines, a principio de las investigaciones, se creía la victima de un complot dirigido contra los amigos de Choiseul. Una lluvia de libelos cayó sobre parís. El juicio en Chatelet se prolongo, en la adhesión de Luis XVI, el conde de Guines había escrito al nuevo rey para desafiar a D`Aiguillon y buscar justicia. Vergennes como canciller aprovecho la oportunidad para deshacerse de Guines de esta embajada y si es posible de otras embajadas futuras. Junto a Maurepas apoyaron a D`Aiguillon, y el rey se mostro reacio a tomar partido a pesar de las incesantes recriminaciones de la reina. María Antonieta, que no sabía nada de la realidad de este caso, soñaba con la absolución brillante de Guines y ofensivamente la desgracia para D`Aiguillon. Por consejo de Besenval, María Antonieta comenzó a trabajar en contra del ministro. No pasaba un día sin que ella atacara al rey sobre este tema. Aburrido por las escenas de su esposa, vencido por las lágrimas, Luis XVI prometió el exilio de Aiguillon a su tierra.

armas ancestrales de la familia de Guines.
Al comienzo del nuevo año de 1775, Turgot había terminado de desarrollar el texto de cuatro edictos cuyas consecuencias fueron, más o menos de largo plazo, a alterar las estructuras de la monarquía. Luis XVI palideció ante los archivos preparados por su ministro. Mientras el rey y el ministerio pensaban solo en edictos, una segunda ráfaga del caso de Guines cayó. Impulsada por los más desastrosos asesores, María Antonieta locamente participo de nuevo en esta dudosa batalla.

Vergennes había revelado en el consejo que el conde de Guines, que desde hace varios meses, había recuperado su embajada en Londres, se entrego a extrañas negociaciones diplomáticas. Había asumido iniciativas peligrosas y fuera de lugar, en contra de las instrucciones del rey y Vergennes. De hecho, él había sugerido a la embajada española que, denunciando el pacto de la familia franco-español, Luis XVI no apoyaría a Carlos III si se fuera a la guerra contra Portugal para ajustar a su favor la vieja disputa colonial de América.

el conde mercy fue el primero en advertir a la reina sobre este peligroso hombre. así lo describe en una carta a la emperatriz,17 de junio de 1779: " Estoy cada vez más triste con la influencia momentánea que lleva el duque de Güines con la reina.Este personaje es peligroso en varios aspectos, que es bastante inteligente, intrigante, un personaje muy ambiguo, muy ambicioso y aliado abiertamente con el conde de Maurepas".
Guines había declarado además, a la corte de St. James que Francia nunca iría a ayudar a los “insurgentes” de América. Por lo tanto ¿con que propósito fue trabajar el conteo de Guines? Sus maniobras fueron el resultado de un espíritu áspero o un proyecto de plan que llevaría a Francia a la guerra? El embajador se inspiro por Choiseul, que defendía una guerra de venganza contra Inglaterra, para volver al poder por un conflicto? Algunos especulaban.

Recordando la implacabilidad con que María Antonieta había apoyado al embajador en el caso anterior en su contra, los ministros buscaron maneras de neutralizarla. Los Choiseulistas, que permanecieron en una expectativa cautelosa durante días, cambiaron repentinamente de táctica. Pusieron a Guines como una víctima de Malesherbes y Turgot. “la visión del partico era obligar al departamento a justificar públicamente al señor de Guines y obligarlo a reparar. Su esperanza es revertir a Vergennes, perturbar el funcionamiento de un ministerio unido y desacreditar a Malesherbes y Turgot”-señalo el Abad de Veri.

grabado de Adrien-Louis de Bonnières como conde de Guines.
Para evitar que María Antonieta se convirtiera en jefe de la camarilla de Guines, Turgot tuvo la idea de convocar al embajador no solo para el rey y sus ministros, sino también a la reina. El Abad de Veri señalo: “en el fondo del corazón honesto, aunque en presencia de la reina, Turgot dijo -los intereses del rey son básicamente los intereses de la reina, y una mujer debe tener alguna influencia en las decisiones del rey, ¿no sería mejor, ya sea la suya una Pompadour o una Du Barry? Nuestro cargo es iluminar su camino cuando estamos con ellos y evitar los peligros de la falta de ignorancia y la intriga”.

María Antonieta que sin duda sintió la ofensa de Turgot tomo la causa del conde de Guines contra el departamento, poniéndose a la cabeza de una verdadera cábala. El 3 de marzo Guines, finalmente regreso a Francia, entrego una carta a Vergennes en la que quería aclarar ante los ojos del rey y de asegurar que él no se había hecho indigno de la protección de la reina. Sin embargo el caso de Guines fue aplazado a una fecha posterior debido a que el rey y los ministros estaban demasiado preocupados con los edictos de Turgot.
 
grabado del duque de guines entonces ya con su titulo.El Duque de Levis nos ha dejado el siguiente retrato. "El Duque de Guines fue embajador en Berlín antes de ser enviado a Inglaterra. tenía más espíritu y, sobre todo, más habilidad que el cardenal de Rohan, y la Reina tenia mucho gusto por él que tenía una aversión al cardenal. estaba más favorecido a su vanidad de haber agradado al gran Federico, que lo admitió en sus amigos íntimos y a menudo tocaba música con él, porque estaban jugando tanto en la flauta en una gran perfección en Versalles, fue considerado uno de los hombres más amables de la corte y, de hecho, era una broma fina y picante en lugar de sátira, la burla era su fortaleza y su gravedad era tan imperturbable”.
El 10 de mayo de 1776, a pesar de que aun no eran oficiales, dos noticias corrieron con la velocidad de un rayo: Turgot fue deshonrado y el conde de Guines se convirtió en duque. La destitución de Turgot no sorprendió, pero la segunda dejo a la corte aturdida. “la gracia que el rey acaba de hacer al señor de Guines nombrándolo duque es el trabajo de la reina -escribió Creutz a Gustavo III- esta princesa se ha comportado en este caso con un secreto y habilidad por encima de su edad, ella nunca dijo una palabra en público sobre este caso todo este tiempo; se creía que se había dado por vencida y de repente, nos acaba de dar el efecto más grande estallando en su haber. Ya no dudamos el poder que tiene sobre el rey”.

Esta vez Mercy parece muy preocupado: “no puedo y no debo ocultar su majestad -escribió a la emperatriz- en las últimas semanas, las cosas tomaron un giro aquí contrario al verdadero bien de la reina... me digno a observar los efectos del crédito de la reina, que podría ganar un día los justos reproches de su marido y de toda una nación. En el caso de Guines, el rey estaba en una clara contradicción con ella misma. Mediante cartas escritas de su propia mano al conde Vergennes y el conde Guines, completamente opuesta a las otras letras, socava todos sus ministros con el conocimiento de la opinión publica que no conoce algunas de estas circunstancias y que lo hace también consciente de que todo esto se hace por la voluntad de la reina y un tipo de violencia por su parte contra el rey”. Nuevos caprichos, nuevas locuras.

domingo, 14 de mayo de 2017

LA FUGA A VARENNES (1791)

 
La noche de este 20 de junio de 1791, ni aun el observador más desconfiado habría podido advertir nada sospechoso en las Tullerías: como siempre, los guardias nacionales están en su puesto; como siempre, las camareras y los lacayos se han retirado después de la cena, y en el gran salón están sentados pacíficamente, como a diario, el rey, su hermano el conde de Provenza y los otros miembros de la familia, jugando al chaquete o entregados a una pacífica conversación. ¿Es para asombrarse el que la reina, a eso de las diez, se levante en medio de la conversación y se aleje durante algún tiempo? En modo alguno. Acaso tenga que atender a algún pequeño cuidado o que escribir una carta; no la sigue ningún sirviente y, cuando sale al pasillo, lo encuentra completamente solitario. 

Pero María Antonieta se detiene un instante, con los nervios tensos, y escucha, conteniendo el aliento, el pesado paso de los guardias; después sube corriendo hasta la puerta de la habitación de su hija y golpea suavemente. La princesa se despierta y llama espantada a la segunda gouvernante , la señora Brunier; llega ésta y se asombra de la incomprensible orden de la reina de que vista a todo correr a la niña, pero no se atreve a oponer ninguna resistencia. Mientras tanto, la reina ha despertado también al delfín al abrir las cortinas de damasco del baldaquín del lecho, y murmura tiernamente a su oído: «Ven, levántate; nos vamos de viaje. Vamos a una fortaleza donde hay muchos soldados». Borracho de sueño, el príncipe balbucea alguna cosa; pide un sable y su uniforme, ya que debe estar en medio de soldados. «Pronto, pronto, partamos», le ordena María Antonieta a la primera gouvernante , madame de Tourzel, que hace mucho tiempo que está iniciada en el secreto y que, bajo pretexto de que van a un baile de máscaras, viste al príncipe de niña. Ambas criaturas son llevadas, sin rumor alguno, por las escaleras abajo hasta la habitación de la reina. Allí los espera una divertida sorpresa, pues al abrir la reina el armario de la pared sale de él un oficial de la guardia, un tal señor Malden, a quien el infatigable Fersen ha escondido previsoramente allí. Los cuatro se dirigen ahora con toda rapidez hacia la salida que no está guardada. 

Grabación en representación del rey, la reina, el delfín y la señora de touzel durante el viaje hacia varennes.
El patio está en una oscuridad casi completa. En la larga fila están colocados los carruajes; algunos cocheros y lacayos se pasean ociosos o charlan con los guardias nacionales, que han dejado a un lado sus pesados fusiles -¡tan hermosa y suave es la noche veraniega!- y no piensan ni en el deber ni en el peligro. La reina abre personalmente la puerta y mira hacia fuera: su aplomo no la abandona ni un momento en esta hora decisiva. Y de la sombra de los coches sale un hombre disfrazado de cochero que coge, casi sin decir palabra, la mano del delfín: es Fersen, el infatigable, que desde la mañana temprano viene realizando una tarea sobrehumana. Ha encargado los postillones, ha disfrazado de correos a los tres guardias de corps, colocado a cada cual en su debido sitio. Ha sacado de contrabando de palacio las cosas necesarias para la noche, preparado la carroza y, además, por la tarde, consolado a la reina, conmovida hasta el llanto. Tres, cuatro o cinco veces, en ocasiones disfrazado, otras con su traje habitual, ha ido de un extremo a otro de París para disponerlo todo. Ahora se juega la vida al sacar de palacio al delfín de Francia, y no desea ninguna otra recompensa sino una agradecida mirada de la amada, que a él y sólo a él confía a sus hijos. 

Las cuatro sombras se pierden, deslizándose por la oscuridad; la reina cierra suavemente la puerta. Sin ser notada, con leves y despreocupados pasos, vuelve a entrar en el salón, como si hubiese salido para ir a buscar una carta, y sigue charlando con aparente indiferencia, mientras los niños, conducidos felizmente por Fersen a través de la gran plaza, son colocados en un anticuado fiacre donde al instante vuelven a sumergirse en el sueño; al mismo tiempo, en otro coche, las dos camareras de la reina son enviadas a Claye. Hacia las once comienza la hora crítica. El conde de Provenza y su mujer, que, a su vez huirán igualmente en esta noche, salen del palacio como de costumbre; la reina y madame Elisabeth se dirigen a sus habitaciones. Para no despertar ninguna sospecha, la reina se hace desnudar por su camarera y encarga el coche para salir a la mañana siguiente. A las once y media tiene que estar terminada la inevitable visita de La Fayette al rey; da órdenes la reina para que se apaguen las luces y, con ello, la señal de que puede retirarse la servidumbre. 


Pero apenas se ha cerrado la puerta detrás de las camareras, cuando la reina vuelve a levantarse, se viste rápidamente y, a la verdad, con un traje poco llamativo, de seda gris, y un sombrero negro con un velillo violeta que hace irreconocible su semblante. Ahora no queda más que bajar calladamente la escalerita que lleva directamente hasta la puerta donde espera un hombre de confianza y atravesar la oscura plaza de Carrousel; todo resulta excelentemente. Pero, desgraciada coincidencia, precisamente en este momento se acercan unas luces y un coche, precedido de guardias a caballo y portadores de antorchas: el marquez de La Fayette, que viene de convencerse de que, como siempre, todo está en el más perfecto orden. La reina, ante el resplandor de las luces, se arrima rápidamente a la pared, en la oscuridad, bajo el arco de la puerta, y tan próxima a su persona pasa rozando la carroza de La Fayette, que podría haber tocado las ruedas. Nadie se ha fijado en ella. Un par de pasos más y está junto al coche de alquiler que contiene lo que más ama sobre la tierra: Fersen y sus hijos. 


Más difícil se hace la escapatoria para el rey. Primeramente tiene que soportar aún la visita de todas las noches de La Fayette, y tan larga es aquella vez que hasta para aquel hombre de sangre espesa resulta difícil permanecer tranquilo. A cada instante se levanta de su asiento y se acerca a la ventana, como si quisiese contemplar el cielo. Por fin, a las once y media, se despide el pesado visitante. Luis XVI se dirige a su alcoba, y aquí comienza el último combate desesperado con la etiqueta, que lo protege de una manera excesivamente previsora. Conforme a un antiquísimo uso, el ayuda de cámara del Rey tiene que dormir en su habitación, con un cordón atado a la muñeca, en forma que el monarca sólo necesite mover la mano para despertar al punto al durmiente. 

imagenes de "L'évasion de Louis XVI" donde vemos al rey recibiendo la visita de La Fayette.
Por tanto, si Luis XVI quiere ahora escaparse, el infeliz tiene que librarse de su propio ayuda de cámara. Luis XVI se deja, pues, desnudar sosegadamente; como de costumbre, se tiende en el lecho y cierra por ambos lados las coronas del baldaquín, como si quisiera dormirse. En realidad, sólo espera el minuto en que el criado se traslada al gabinete vecino para desnudarse, y entonces, en este breve momento -la escena sería digna de Beaumarchais-, el rey se desliza rápidamente por detrás del baldaquín; se escabulle, descalzo y en camisa de noche, por la puerta que lleva a la abandonada habitación de su hijo, donde le han colocado un sencillo traje, una grosera peluca y -¡nueva vergüenza!- un sombrero de lacayo. Mientras tanto, el fiel sirviente vuelve a entrar en el dormitorio, con suprema precaución, reteniendo angustiosamente el aliento, por miedo de despertar a su bien amado rey, que descansa bajo el baldaquín, y se amarra, como todos los días, el extremo del cordón a la muñeca. Por la escalera se desliza, entre tanto, en camisa, hasta el piso bajo, Luis XVI, descendiente y heredero de san Luis, rey de Francia y de Navarra, llevando en el brazo la casaca gris, la peluca y el sombrero de lacayo, y allí le espera, para mostrarle el camino, oculto en el armario de pared, el guardia de corps señor de Malden. 

Irreconocible con su sobretodo verde botella y el sombrero de lacayo sobre la ilustrísima cabeza, el rey atraviesa tranquilamente por el desierto patio de su palacio; los guardias nacionales, no muy celosos de su guardia, lo dejan pasar sin reconocerlo. Con ello parece logrado lo más difícil, y a medianoche toda la familia está reunida en el fiacre ; Fersen, disfrazado de cochero, asciende al pescante, y, con el Rey disfrazado de lacayo y su familia, corre a través de París. 
¡A través de París! ¡Desdichada idea la de atravesar París! Pues Fersen, el aristócrata, está acostumbrado a dejarse llevar por sus cocheros, no a guiar él mismo los caballos, y no conoce el infinito laberinto de calles de la intrincada ciudad. Fuera de eso, quiere también por precaución -¡fatal precaución!-, en vez de salir inmediatamente de la ciudad, pasar aún por la calle de Matignon, para comprobar si ha partido ya la gran carroza. Sólo a las dos de la madrugada, en lugar de hacerlo a la medianoche, sale con su precioso cargamento por la puerta de la ciudad; se han perdido dos horas, dos horas irrecuperables. 

imagenes de "L'évasion de Louis XVI" donde vemos al rey por fin llegar a la berlina.
Detrás de la barrera del portazgo debe esperar la enorme carroza. Primera sorpresa: no está allí. De nuevo se pierde algún tiempo hasta que, por fin, se la descubre enganchada con un tiro de cuatro caballos y con linternas sordas. Ahora acerca Fersen el fiacre al otro coche, a fin de que la familia real pueda pasar de uno a otro sin mancharse los zapatos -¡sería espantoso!- con el lodo de los caminos franceses. Son las dos y media de la madrugada, en vez de las doce de la noche, cuando por fin se ponen en marcha los caballos. Fersen no economiza los latigazos, y en una media hora están en Bondy, donde un oficial de la guardia los espera ya con ocho nuevos caballos de postas, bien reposados. Aquí hay que despedirse. No es cosa fácil. De mala gana ve María Antonieta cómo los abandona el único ser en quien puede confiar, pero el rey ha declarado expresamente que no desea que Fersen los acompañe más adelante. El motivo se ignora. 

Quizá para no llegar junto a sus fieles partidarios con este amigo demasiado íntimo de su esposa; quizá por consideración hacia el mismo Fersen; en todo caso, consigna éste en su diario: «Il n'a pas voulu» . Por otra parte, está acordado que Fersen los buscará tan pronto estén definitivamente libertados: corta despedida, por tanto. De este modo, Fersen, a caballo, ya se elevan vívidos resplandores sobre el horizonte, anunciando un cálido día de verano, se acerca al carruaje y grita intencionadamente, para engañar a los postillones desconocidos: «¡Adiós, madame de Korff!» .
Ocho caballos tiran mejor que cuatro; al alegre trote de los animales, la inmensa carroza se columpia sobre la cinta gris de la carretera. 


Todos se muestran de buen humor; los niños han dormido bien, el rey está más contento que de costumbre. Bromean acerca de los nombres fingidos que se han adjudicado; la señora Tourzel pasa por ser la distinguida señora madame de Korff; la reina, por gouvernante de los niños, y se llama madame Rochet; el rey, con su sombrero de lacayo, es el intendente Durand; madame Elisabeth, la doncella; el delfín se ha convertido en una niña. Realmente, en aquel cómodo carruaje, la familia se siente más libremente reunida que en su palacio, donde estaban acechados por cien lacayos y seiscientos guardias nacionales; pronto se anuncia aquel fiel amigo de Luis XVI, que jamás le abandona: el apetito. Son desempaquetadas las abundantes provisiones de boca, comen copiosamente en vajilla de plata, vuelan por las ventanillas los huesos de pollo y las botellas vacías, y tampoco son olvidados los buenos guardias de corps. Los niños están encantados de la aventura, juegan en el coche; la reina charla con todos, y el rey utiliza esta insospechada ocasión para conocer su propio reino: saca un mapa y sigue con gran interés el desarrollo del viaje, de aldea en aldea, de caserío en caserío, de legua en legua. Poco a poco se apodera de todos un sentimiento de seguridad. 


En los primeros cambios de tiro, a las seis de la mañana, los ciudadanos están todavía en sus camas y nadie pregunta por los pasaportes de la baronesa de Korff; si pasan ahora felizmente a través de la gran ciudad de Châlons, está ya todo ganado, pues, a cuatro leguas de este último obstáculo, en Pont-de-Somme Vesles, el primer destacamento de caballería espera ya a los viajeros al mando del joven duque de Choiseul. Por fin, Châlons a las cuatro de la tarde. No es, en modo alguno, por malicia por lo que tantas gentes se reúnen delante de la casa de postas. Cuando llega una diligencia se desea obtener de los postillones, con toda rapidez, las últimas noticias de París o, en otro caso, entregarles una carta o un paquetito para la próxima parada; por otra parte, en una pequeña ciudad aburrida, entonces como ahora, es un placer el charlar, gusta ver gente forastera y un hermoso coche. ¡Dios mío, qué cosa mejor puede hacerse en un ardiente día de verano! Con competencia profesional señalan los entendidos la carroza.

grabado que muestra a la familia real durante su viaje.
Comprueban primeramente, con respeto, que todo está flamante y es de una desacostumbrada elegancia, cubierta de damasco, admirablemente tapizada, magníficos equipajes: cierto que los viajeros deben de ser nobles, probablemente emigrados. En realidad, no es escaso el interés por verlos, por conversar con ellos; pero, cosa rara: ¿por qué, pues, estas seis personas, en un maravilloso y ardiente día estival, después de tan largo viaje, permanecen obstinadamente encerradas en su carroza, en lugar de apearse para estirar un poco las piernas o beber, charlando, un vaso de vino fresco? ¿Por qué estos lacayos galoneados se dan descaradamente tanta importancia, como si fuesen algo excepcional? ¡Extraño, muy extraño! Comienza un suave murmullo; alguien se acerca al maestro de postas y le murmura algo al oído. Éste aparece sorprendido, altamente sorprendido. Pero no se mete en cosa alguna y deja que el coche prosiga tranquilamente su viaje; no obstante -nadie sabe cómo-, media hora después, toda la ciudad comenta y chacharea que el rey y la familia real ha pasado por Châlons. 


Pero ellos ni saben ni sospechan nada; por el contrario, a pesar de toda su fatiga, se encuentran grandemente divertidos, pues en la próxima parada los espera ya Choiseul con sus húsares; entonces quedarán acabados los disimulos y fingimientos, se tirará lejos el sombrero de lacayo y se romperán los falsos pasaportes; se oirá por fin otra vez el «Vive le Roi! Vive la Reine!» , gritos que han sido silenciados durante tanto tiempo. Llena de impaciencia, madame Elisabeth mira una y otra vez por la ventanilla para ser la primera en saludar a Choiseul; los postillones alzan su mano, para resguardarse los ojos del sol poniente y ver a to lejos el centellear de los sables de los húsares. Pero, nada. Nada. Por fin descubren a un jinete, pero sólo uno, aislado, un oficial de la guardia que se ha adelantado. 
-¿Dónde está Choiseul? -le gritan.
-Se ha ido.
-¿Y los otros húsares? -No hay nadie aquí.
 
imagenes de "L'évasion de Louis XVI" donde el rey recibe la mala noticia que los husares se han ido.
 De repente cesa el buen humor. Hay algo que no funciona como es debido. Y, además, va oscureciendo, se hace de noche. Es cosa siniestra viajar ahora por lo desconocido, por lo incierto. Pero no hay vuelta posible, ni posibilidad de detenerse: un fugitivo no tiene ante sí más que un solo camino: ¡adelante!, ¡adelante! La reina anima a los otros. Si faltan aquí los húsares, se encontrarán dragones en Sainte-Menehould, que sólo está a dos horas de camino, y entonces estarán a salvo. Estas dos horas se hacen más largas que el día entero. Mas -¡nueva sorpresa!- tampoco en Sainte-Menehould hay ninguna escolta. Los soldados han esperado largo tiempo, han pasado el día entero en las posadas, y allí, por aburrimiento, han trincado tan recio y armado tal alboroto que han provocado la curiosidad de toda la población. Por último, el comandante, aturdido por una embrollada comunicación del peluquero de la corte, ha considerado más prudente llevarlos fuera de la población y hacerlos esperar más lejos, al borde del camino, quedándose allí él solo. 

Por último llega pomposamente la carroza de ocho caballos y detrás de ella el cabriolé de dos, y constituye, para aquellos buenos ciudadanos, el segundo inexplicable y misterioso acontecimiento del día. Primero aquellos dragones que llegaron y anduvieron dando vueltas por allí, sin que se supiera por qué ni para qué; ahora los dos carruajes con distinguidos postillones de librea. Y ¡fijaos en lo respetuosamente, en la obsequiosidad con que el comandante de dragones saluda a estos extraños huéspedes! No, no es ya respeto, sino reverencia; todo el tiempo, mientras habla con ellos, permanece con la mano en la gorra. El maestro de postas Drouet, miembro del club de los jacobinos y feroz republicano, lo observa perspicazmente. Tienen que ser gentes de la alta aristocracia, o más bien emigrados, chusma dorada a quienes los nuestros deberían echar mano. En todo caso, comienza por ordenar en voz baja a sus mozos de mulas que no se apresuren demasiado para servir a estos misteriosos pasajeros, pero el tiro llega a estar cambiado y soñolientamente sigue tambaleándose la carroza con sus soñolientos ocupantes. 


Mas apenas han transcurrido diez minutos desde su partida cuando, súbitamente, se extiende el rumor -¿ha traído alguien la noticia desde Châlons o el instinto popular ha adivinado rectamente?- de que la familia real iba en aquel coche. Todos se alborotan y agitan; el comandante de dragones advierte al punto el peligro y quiere hacer que sus soldados salgan al galope para ir como escolta. Pero es ya demasiado tarde; la muchedumbre, exacerbada, se opone violentamente, y los dragones, caldeados por el vino, fraternizan con el pueblo y no obedecen ya. Algunos hombres resueltos hacen tocar a generala, y, mientras que todo anda revuelto en estrepitoso tumulto, un hombre aislado toma una trascendental resolución: el maestro de postas Drouet, buen jinete desde su servicio militar, manda que le ensillen un caballo, y a todo galope, acompañado por un camarada, atravesando atajos, precede a la pesada carroza en su llegada a Varennes. Allí será posible realizar un minucioso interrogatorio de los sospechosos viajeros, y si realmente fuera el rey..., entonces, ¡ay de él y de su corona! Lo mismo que en otros millares de ocasiones, también esta vez la acción enérgica de un solo hombre enérgico modifica el curso de la Historia. 

 
Mientras tanto, el gigantesco coche del rey va rodando por las revueltas del camino que desciende a Varennes. Veinticuatro horas de viaje bajo una cubierta abrasada por el sol, estrechamente oprimidos unos contra otros, han fatigado a los viajeros; los niños duermen desde hace rato, el Rey ha recogido cuidadosamente sus mapas, la reina va en silencio. Sólo falta una hora; una hora última y estarán bajo la protección de una segura escolta. Pero, nueva sorpresa: no hay ningún caballo en el convenido lugar para cambiar de tiro fuera de los muros de la ciudad de Varennes. En la oscuridad, van tanteando por todas partes, llaman a las ventanas y les responden airadas voces. Los dos oficiales que tenían la misión de esperar aquí -no debe elegirse a Fígaro como mensajero- han llegado a creer, por los embrollados discursos del peluquero Léonard, enviado por delante, que el rey no vendrá ya. Se han echado a dormir, y este sueño es tan funesto para el rey como aquel de La Fayette el 6 de octubre de 1789. Por tanto, ¡adelante con los fatigados caballos hasta dentro de Varennes! Acaso allí se encontrará un tiro de recambio. Pero, segunda sorpresa: bajo el arco de la puerta de la ciudad surgen algunos jóvenes delante del postillón delantero y le ordenan: «¡Alto!». En un instante, ambos carruajes se ven rodeados y seguidos por una banda de mancebos. Drouet y su acompañante, que han llegado con diez minutos de anticipación, han ido a sacar de sus camas o de las tabernas a toda la juventud revolucionaria de Varennes. «¡Los pasaportes!», ordena alguien. 


«Tenemos prisa, necesitamos llegar pronto», responde desde el coche una voz femenina.
Es la que pasa por madame Rochet, en realidad la reina, la única que conserva su energía en el peligroso momento. Pero de nada sirve la resistencia; tienen que seguir hasta la próxima posada, la cual ostenta como muestra: «Au grand monarque» -¡qué ironía de la Historia!»-, y allí se encuentra ya el alcalde, abacero de profesión, que responde al sabroso nombre de «Sauce» y que quiere ver los pasaportes. El tenderillo, en el fondo devoto del rey y lleno de miedo de ir a caer en un enojoso asunto, examina rápidamente los pasaportes y dice: «¡Están en regla!». Él, por su parte, dejaría seguir viajando los coches con toda tranquilidad. Pero ese joven Drouet, que no quiere soltar presa, pega un puñetazo sobre la mesa y exclama: «Son el Rey y su familia, y si usted los deja pasar al extranjero, será usted reo de alta traición» . Tal amenaza penetra en un buen padre de familia hasta la médula de los huesos. Al mismo tiempo comienza a retumbar el rebato de las campanas tocadas por los camaradas de Drouet; se encienden luces en todas las ventanas, toda la ciudad está alarmada. En torno a los coches se congrega una muchedumbre cada vez más numerosa; no es posible pensar en proseguir el camino sin acudir a la violencia, pues los caballos de refresco no están aún enganchados. Para salir del apuro, propone el valiente alcalde-tendero que, como quiera que es demasiado tarde para continuar viaje, la señora baronesa de Korff y los suyos pasen la noche en su casa.

 
Hasta mañana temprano, piensa para sí astutamente, tiene que haberse aclarado todo, en un sentido o en otro, y estará libre de la responsabilidad que ha caído sobre él. No queda ningún recurso mejor que dilatar las cosas, y como los dragones no han de dejar de venir, acepta el rey la invitación. No pueden pasar más de dos o tres horas antes de que Choiseul o Bouillé se encuentren allí. De este modo, Luis XVI entra tranquilamente en la casa con su peluca postiza, y su primer acto regio es pedir una botella de vino y un pedacito de queso. «¿Es el rey? ¿Es la reina?», murmuran, inquietos y excitados, las viejecillas y los aldeanos que han acudido allí. 

Pues tan alejada se encuentra entonces una pequeña ciudad francesa de la grande a invisible corte, que ni uno sólo de todos estos súbditos ha visto jamás el semblante del Rey en otra forma que en las monedas, y tienen que enviar ex profeso un mensajero en busca de un noble, a fin de que pueda establecer finalmente si aquel viajero desconocido no es otra cosa, en realidad, sino el lacayo de una tal baronesa Korff o Luis XVI, el cristianísimo rey de Francia y de Navarra. 

domingo, 7 de mayo de 2017

EL REY LUDWIG II DE BAVIERA Y SU OBSESIÓN POR MARIE ANTOINETTE


Entre los muchos admiradores ilustres de María Antonieta, se encuentra el rey Ludwig II de Baviera, el rey romántico y loco, conocido por sus castillos de cuentos y por ser patrono de Wagner. El primo de la emperatriz Sissi, ascendió al trono de Baviera a la edad de dieciocho años, un joven de cara hermosa y dulce, como un ángel de Raphael; de inmediato se gano el cariño de su pueblo por alimentar sus esperanzas de un reino glorioso. Veintidós años más tarde, el joven hermoso se había convertido en un misántropo, gordo e hinchado, detrás de los ojos de la corte y de la gente, encerrándose en sus fantásticos castillos. Su existencia como un solitario, las carreras de trineo nocturno y su misteriosa muerte en el lago Stranberg lo convirtió en un mito moderno.

Ludwig vivía aislado del mundo que lo rodea, había sido criado sin calor y sin afecto, con lo que las deficiencias emocionales lo hicieron un hombre extrañamente distante. En su soledad, encontró consuelo en los cuentos fantásticos como la vida en la corte de Luis XIV en Versalles. Llego a odiar tanto su propio siglo y el medio ambiente que lo rodeaba, que busco deliberadamente refugio en un mundo menos desafiante en el que revivir las glorias de los últimos siglos y las leyendas teutónicas sombrías. Su corte ideal no estaba poblada por los rostros hostiles de los miembros de la corte de manaco, sino los fantasmas de Parsifal y Lohengrin, de Luis XIV y María Antonieta.


Ludwig comenzó a mostrar lo que más tarde diagnosticaron como signos de graves problemas psicológicos, poco después de cumplir los treinta años. Los informes de sus excesos y excentricidades, cuidadosamente recolectadas y reportadas por el personal domestico y otros, para probar la aparente locura. Las historias de sus hábitos extravagantes lo convirtieron en leyenda. Uno de los siervos dijo que, en los últimos años el soberano:

“...no quería la presencia de nadie en la mesa mientras él comía. No obstante, comidas y cenas tenían que estar siempre preparados para cuatro personas, por lo que el rey, aunque solo, no se sentía como tal. Se creía en compañía de Luis XIV, Luis XV y sus amigas, madame de Pompadour y madame de Maintenon; y, en ocasiones, hacia conversación con ellos como si realmente fueran invitados a su mesa”.

-Linderhof: su obsesión por Francia

entrada al techo, el lema de Luis XIV el rey sol: “nep pluribus impar” (“más alto que la mayoría”).
Después de su visita por Versalles, Ludwig estaba fascinado por el castillo y en especial el trianon. Quería que Linderhof fuera su trianon para él. Un castillo en miniatura, un jardín de inspiración francesa por Le Notre y una oda a Francia en la decoración (la habitación se inspira en la de Luis XIV. En la entrada al techo, el lema de Luis XIV el rey sol: “nep pluribus impar” (“más alto que la mayoría”).

No hay escándalo en decir que él adoraba a María Antonieta. Su retrato de pie junto a su cama, por lo que puso sus ojos sobre ella cuando despertaba. Fue tonto e infantil, pero Linderhof es, por así decirlo, consagrado a María Antonieta. Esta presencia era para el rey una prenda de la pureza y la solicitud de perdón. María Antonieta, que durante su vida, para él, había sido capaz de resistir a las tentaciones de la carne (durante los 9 años de fracaso de matrimonio y no caer en manos de cualquier depravado cortesano) tenía que ayudarlo a liberarse de la homosexualidad. En el libro intimo de Ludwig está escrito: “el 16 de octubre, el aniversario del martirio de la augusta y noble reina María Antonieta, me siento de luto... en tu memoria gran reina, dame fuerza para dominar el mal que maldigo y al cual voy a renunciar para siempre”.

"Ludwig der Zweite" 1930, dirigida por Wilhelm Dieterle. vemos al rey haciendo un brindis ante la imgen de Marie Antoinette.
El interior de Linderhof es mas suntuoso, todo el estilo francés de la época de Luis XIV y XV. Las pinturas en las paredes representan eventos que tuvieron lugar en la corte francesa: matrimonios, cenas, bailes, etc. los espejos en la habitación es uno de los grandes atractivos. Elaborados de placa de vidrio que llegan desde el suelo hasta el techo reflejan los bellos objetos recogidos en la sala.


Los artistas fueron enviados a toda prisa a realizar estudios en Versalles y traer de vuelta todos los modelos de los muebles y objetos utilizados por María Antonieta. Tomo casi diez años para construir esta copia del trianon, dando como resultado que “cada pulgada del resplandor de paredes y techos fuera una belleza de color y una armonía de disposición, que toma al visitante por sorpresa”.

O. W. Fischer como Ludwig II en el film: Ludwig II- Glanz und Ende eines Königs (1955), lo vemos aquí envuelto en fastuoso traje al estilo de luis XIV, ademas de ser el azul su color favorito.
Las diez salas de recepción de Linderhof son de todos tamaños y formas. Los techos están pintados en el estilo del siglo XVII, el suelo de parquet, las paredes cubiertas de pinturas y tonos pasteles, las puertas doradas. Mueble de palo rosa, placas, bustos, estatuas de bronce y mármol, innumerables armarios dorados, figuras japonesas y bronces chinos, jarrones de Sevres, todo lo que podría haber sido del gusto de María Antonieta en su sala de estar. Otros apartamentos están llenos de adornos de plata y oro con piedras preciosas, muebles y cortinas de terciopelo azul o seda, tapices (algunos son originales) de los tejidos utilizados por Luis XIV. Bajo la dirección de Andre Boucher, se instalaron relojes, magníficos candelabros y luces para reflejar los cientos de espejos situados en marcos de oro. El color predominante en las diez salas fue el azul, el color más querido, por lo que fue llamado el “rey azul”.

Ludwig  II acariciando el busto de María Antonieta (1993).
Su gran reverencia fue, sin embargo, pasada a las estatuas de Luis XIV y María Antonieta. Ningún sirviente podía atreverse a levantar los ojos ante la imagen de la reina francesa y más tarde declararon que tenían que arrodillarse ante la estatua. El rey por su parte nunca salió sin quitarse el sombrero ante la imagen, añadiendo al tributo el gesto de acariciar su mejilla.

“quiero un busto de mármol de mi reina María Antonieta, ella es pura y exaltada, como un ángel de dios” (el rey Ludwig a su ayudante el barón de Varicourt, 9 abril 1873).

“no hay duda de que Ludwig vivía ahora cada vez más en un mundo de fantasía total. A veces se vestía como Luis XIV, a veces iba a ponerse su traje de Lohengrin y flotar en su barco en forma de cascara de nuez. En ocasiones sus servidores escucharían tras las puertas de su comedor oírlo mantener una conversación con los invitados, una cena imaginaria de la corte francesa. Su veneración por la reina María Antonieta era tan grande que cada vez que pasaba por la estatua de ella en la terraza de Linderhof, él siempre se quito el sombrero y acaricio las mejillas de la estatua. Fue en la imitación de Luis XIV que cultivo su extraordinaria forma de caminar. Entre las muchas personas que hicieron comentarios sobre esto fue Gottfried Von Böhm, quien lo describió de la siguiente manera: “este paso fue una burla total de la naturaleza. Tomando grandes pasos que lanzo sus largas piernas delante de él como si quisiera arrojar de lejos a si mismo, entonces trajo el pie delantero hacia abajo, como si con cada paso estuviera tratando de aplastar a un escorpión”.

-Christopher McIntosh's - The Swan King: Ludwig II of Bavaria (2012).