domingo, 29 de enero de 2017

LA ENTREGA DE MARIE ANTOINETTE EN EL BOSQUE DE COMPIÈGNE (1770)


La corte de francesa tiene larga experiencia en costumbres distinguidas y es irreprochable en la misteriosa ciencia de las ceremonias. Un Luis XV, sabe cuál es la dignidad que corresponde a la prometida de un delfín. Incluso antes de su llegada, firma un decreto por el que la archiduquesa, habrá de ser saludada a su paso por todas las ciudades y pueblos de su camino con los mismos honres que si fuera su propia hija.

este un cartel publicado por la ciudad de Lambach en honor de María Antonieta durante su paso por esa ciudad el 23 de abril de 1770.
 La llegada de María Antonieta constituye una inolvidable hora de fiesta para el pueblo francés, hace ya mucho tiempo no obsequiado con tales expansiones. Desde decenios atrás, Estrasburgo no ha visto ninguna futura reina, y acaso nunca ninguna en tal alto grado encantadora como esta muchachilla. Con sus cabellos rubio ceniza, sus esbeltas proporciones, la niña ríe y sonríe con sus azules ojos petulantes, desde detrás de los cristales de la carroza, a la innumerable muchedumbre que, adornada con sus campesinos trajes alsacianos, se ha precipitado de todas las aldeas y ciudades para aclamar el suntuoso cortejo. Cientos de niñas vestidas de blanco van delante de la carroza arrojando flores; han alzado un arco de triunfo; las puertas de la ciudad están cubiertas de guirnaldas; en la plaza municipal corre vino de las fuentes; bueyes enteros son asados en grandes espetones: gigantescas cestas de pan son repartidas entre los pobres. Por la noche son iluminadas todas las casas; ardientes sierpes de fuego ascienden lamiendo la torre de la catedral; relucen al trasluz, rojamente, los encajes de la fachada gótica de la iglesia. Por el Rin se deslizan incontables barcas y navecillas, que llevan farolitos como naranjas candentes y en las que arden antorchas de colores; entre los árboles, resplandecientes de luz, centellean bolas de cristal multicolores, y en la isla, visible para todos, como final de un grandioso fuego de artificio, llamean en medio de figuras mitológicas los monogramas enlazados del delfín y la delfina. Hasta altas horas de la noche, el pueblo, deseoso de espectáculos, recorre los muelles y calles; numerosas músicas retumban y ganguean; en cien lugares, hombres y muchachas se agitan animosamente al compás de la danza; parece haber venido de Austria, con esta rubia mensajera, una dorada edad de dichas, y una vez más el pueblo francés, amargado y resentido, alza su corazón hacia una alegre esperanza.

7 de mayo de 1770, María Antonieta llegó a Estrasburgo. Aquí es una ilustración de su entrada en la ciudad.
Pero también este magnífico cuadro encubre una pequeña hendidura oculta; también aquí, lo mismo que con los Gobelinos de la sala de recepción, ha entretejido simbólicamente el destino un signo de desgracia. Al día siguiente, como antes de la partida, quiere María Antonieta oír una misa; la recibe en el pórtico de la catedral, en lugar del venerado arzobispo, su sobrino y coadjutor, a la cabeza de la clerecía. Con aire un poco afeminado en sus flotantes vestiduras violeta, el mundano sacerdote pronuncia una alocución galante y patética -no en vano la Academia lo eligió para figurar en sus filas-, la cual culmina con estas cortesanas frases: «Sois para nosotros la viviente imagen de la venerada emperatriz a la que Europa desde hace mucho tiempo admira tanto como la venerará la posteridad. El alma de María Teresa se une ahora con el alma de los Borbones ». Después de la salutación, el cortejo se tiende respetuosamente hasta el fondo de la catedral, resplandeciente de luz; el joven sacerdote acompaña hasta el altar a la joven princesa y alza la custodia con mano fina de amante, ornada de anillos. Es Luis, príncipe de Rohan, el primero que le da la bienvenida en Francia, futuro héroe tragicómico del asunto del collar, el más peligroso adversario de María Antonieta, su más funesto enemigo. Y la mano que ahora se levanta sobre la cabeza de la princesa para bendecirla es la misma que más tarde arrojará al fango y al desprecio la corona y el honor de la reina.

la comitiva real en el bosque de compiégne.
No mucho tiempo le es lícito a María Antonieta detenerse en Estrasburgo, en esta Alsacia que aún es para ella una semipatria; cuando espera un rey de Francia, sería culpable todo retraso. Atravesando mugientes ríos de aclamaciones, bajo arcos triunfales y enguirnaldadas puertas de ciudades, el cortejo nupcial hace, por fin, rumbo a su primera meta, el bosque de Compiègne, donde, con gigantesca acumulación de coches, la familia real espera a su nuevo miembro. Cortesanos, damas de la corte, militares, guardias de corps, tambores, trompetas, bandas y charangas, todos con nuevos y resplandecientes trajes, se amontonan en grupos abigarrados; todo el bosque bajo la luz de mayo centellea con estos cambiantes juegos de colores. Apenas los clarines de uno y otro séquito anuncian la proximidad del cortejo nupcial, Luis XV abandona su carroza para recibir a la mujer de su nieto.

La curiosidad de Luis XV con respecto a su nuera fue por fin gratificada. Él tuvo ya un interrogatorio a su embajador en Austria acerca de su pecho y al ser contado con un rubor que el embajador no había mirado al seno de la archiduquesa, el rey respondió jovialmente: “¿no es así? Es lo primero que miro?”.


Cuando la delfina salió de su carruaje a la alfombra ceremonial que había sido establecida, fue el duque de Choiseul quien recibió el privilegio del primer saludo. Presentada por el príncipe de Starthemberg; María Antonieta exclamo: “¡nunca olvidare que hayas sido responsable de mi felicidad!” – y el de Francia – contesto Choiseul suavemente.

El duque de Croy, primer caballero del bed chambrer, presento debidamente a “madame la dauphine”, con lo cual María Antonieta se arrojó de rodillas delante de “mosieur frére et grand cher cher”, ahora para ser “papa”. Cuando se levantó –el rey se sintió conmovido por el gesto conmovedor de sumisión-, María Antonieta vio ante ella una figura distinguida con “grandes y llenos ojos prominentes y penetrantes y nariz romana”, un monarca que incluso a los sesenta años era generalmente considerado como “el hombre más guapo de su corte”. El rey, experimentado, en fresca carne de muchacha y altamente sensible a aquella encantadora gracia, se inclina, tierno y satisfecho, hacia la juvenil, rubia y apetitosa criatura, alza a la novia de su nieto y la besa en ambas mejillas.


Sólo entonces le presenta a su futuro esposo, de cinco pies y diez pulgadas de alto, el cual, rígido, desmañado y aturdido, se mantiene a un lado; ahora, por fin, alza los adormecidos ojos cortos de vista y, sin especial entusiasmo, según ordena la etiqueta, besa ceremoniosamente a su novia en la mejilla. En la carroza, María Antonieta se sienta entre el abuelo y el nieto, entre Luis XV y el futuro Luis XVI. El señor viejo parece representar mejor el papel de novio; charla animadamente y hasta hace un poco la corte a su nueva nieta, mientras el futuro esposo se aburre y se mantiene en un rincón, silencioso.

En suma, Luis augusto no era precisamente la figura idealizada de los retratos y de la miniatura que María Antonieta había recibido. Por la noche, cuando los desposados, y ya casados per procurationem , se van a dormir a sus respectivas habitaciones, el triste amante no le ha dicho aún una sola palabra tierna a aquella encantadora muchachuela, y como resumen de la jornada decisiva sólo escribe en su diario esta seca línea: « Entrevue avec Madame la Dauphine». Treinta y seis años más tarde, en el mismo bosque de Compiègne, otro soberano de Francia, Napoleón, esperará también como esposa a otra duquesa austríaca, a María Luisa. No será tan bonita ni apetecible como María Antonieta aquella regordeta, aburrida y dulce Luisa. Pero, sin embargo, el hombre enérgico y el amante toman al instante posesión, tierna y fogosamente, de la novia que le es destinada. En la misma noche le pregunta Napoleón al obispo si el matrimonio celebrado en Viena le da ya derechos conyugales, y, sin esperar respuesta, saca las conclusiones; a la mañana siguiente, los dos, ya reunidos, se desayunan en el lecho. Pero María Antonieta, en el bosque de Compiègne, no ha encontrado un hombre ni un amante: nada más que un novio por razón de Estado.

el rey presenta la futura novia al delfín luis augusto.
En cuanto a las tías reales, de treinta y ocho, treinta y siete y treinta y seis, respectivamente, el malicioso anecdotista inglés Horace Walpole las había descrito como “torpes y rechonchas viejas”. De hecho, la mayor y más inteligente, madame Adelaida, había tenido un cierto encanto en su juventud, aunque ahora se hubiera desvanecido; madame Victoria no era mala, pero se había vuelto tan gorda que su padre la apodo “cerda”; mientras que madame Sofía, conocida como “grub”, ya que inclinaba la cabeza hacia el costado como una liebre asustada. Estos apodos de guardería otorgados por el rey (Adelaida era “rag”) arrojaron un engaño cálido y acogedora luz sobre estas tres mujeres decepcionadas en Versalles, pero, como descubriría María Antonieta, el afecto no era realmente su principal atributo, al menos en lo que se refería a la “autrichienne”. También descubriría que su marido el delfín, robado de su propia madre hace tres años, estaba dedicado a sus tías.

Luis XV, por su parte, vio a una encantadora niña que tenía aproximadamente la edad de las ninfas adolescentes que había acostumbrado a visitar en diversos establecimientos (en realidad burdeles reales) en el distrito llamado parc des cerfs. Ella era sin embargo muy diferente de esas rosadas criaturas, los tipos de frescura y sensualidad, medio conocedoras, medio inocentes, retratadas por Fragonard. Para la madame Adelaida había otra niña que había llegado a Versalles. La tez de María Antonieta era su mejor rasgo, la deslumbrante piel blanca y el maravilloso color natural que compensaba el menos afortunado “labio austriaco”. Pero su figura subdesarrollada – por desgracia para las esperanzas del rey- era espontánea y un poco infante. ¿Qué vio Luis augusto? En su diario de caza, iniciado cuatro años antes, en el que solo se veían acontecimientos importantes, informó brevemente: “encuentro con la delfina”, sin comentar su reacción ante la apariencia física de María Antonieta.

Aquí es un grabado de la llegada de la procesión que lleva la archiduquesa María Antonieta en Versalles, 16 de Mayo, 1770.
La comitiva llego a Versalles a eso de las nueve de la mañana. Todas las ventanas de la gran fachada estaban llena de curiosos. María Antonieta se benefició de la mañana brillante de mayo para su primera vista del palacio donde pasaría el resto de su vida. Terminado el protocolo, comenzaría los preparativos para la solemne boda.

domingo, 22 de enero de 2017

la gruta del amor - film "Marie Antoinette:la veritable histoire" (2006)

LA JORNADA DEL 5 OCTUBRE DE 1789


A los hombres se les puede llamar insurrectos y rebeldes, contra los hombres dispara obedientes un soldado bien disciplinado. Pero las mujeres no intervienen en el levantamiento popular sino solo la más aguda bayoneta, y, además, los instigadores saben que un hombre tan temeroso y sentimental como el rey no dará nunca la orden de dirigir cañones contra las mujeres.

En la mañana del 5 de octubre una mujer irrumpe en un cuerpo de guardia y se apodera de un tambor. En un instante se reúne tras ella un cortejo de mujeres, rápidamente acrecentado, que lanzan grandes gritos en demanda de pan. Con ella esta iniciada ya la revuelta, se dirigen al ayuntamiento, medio hora después es tomada por asalto: pistolas, picas y hasta dos cañones sin allí capturados.

el grupo de mujeres apoderándose del ayuntamiento en busca de armas.
En Versalles todo estaba tranquilo, el rey como de costumbre se fue a cazar a los bosques de Meudon a las diez y media de la mañana y María Antonieta se fue a caminar sola hasta el trianon. Hacia las once, un emisario corrió para decirle que una gran población de hombres y mujeres, habían comenzado a marchar sobre Versalles. En el palacio, María Antonieta encuentra a los señores de la nobleza y a los ministros en perpleja agitación. Solo se siente inciertos rumores del levantamiento de parís, que han sido traídos por un servidor venido a toda prisa, y todos los mensajeros salidos después han sido detenidos en el camino por las mujeres.

Teniendo en cuenta el peligro inminente, el municipio de Versalles se había reunido. El conde de Estaing fue el encargado de repeler la manifestación, sin embargo utilizo todos los medios suaves para mantener la paz. En ausencia del rey nadie podía poner en marcha un enfoque hostil. Alrededor de las tres, luís XVI finalmente, llego al castillo. El emisario lo había encontrado en su suite al lado de la puerta de Chatillon. Volviendo al galope a Versalles, no se detuvo por un momento delante del regimiento de Flandes que lo escoltaba. Se encerró en sus apartamentos después de anunciar que convocaría la junta media hora más tarde, con enojo, consignara aquella noche en su diario los resultados de su desdichada caza con esta advertencia: “interrumpida por los acontecimientos”.


La guardia nacional fue montada a toda prisa, pero se rumoreaba que los hombres se niegan a disparar contra la multitud. Dentro del palacio, reinaba la confusión extrema, mientras que el rey tomo consejo. El ministro Saint-Priest quejándose contra los “falsos pasos de la corte y la debilidad del rey”, propuso soluciones radicales. El rey y la reina deben dejar al instante el palacio y trasladarse a Rambouillet, con lo cual caería en el vacio el pérfido golpe proyectado contra el trono. El mapa de Saint-Priest fue aprobado por los ministros Luzarne, la tour Du Pin y el mariscal Beauvau, pero rechazado por Necker, Montmorin y los arzobispos de Viena y Burdeos. Necker considera demasiado arriesgada la maniobra, podría ser la causa de una guerra civil. Pero luís, eterno indeciso, vacila sin dar una respuesta definitiva.

Pero he aquí que asciende ya, amenazante, un confuso rumor de centenares de voces que llegan por la avenida de parís. Ya están ahí. Con las faldas echadas sobre la cabeza para protegerse de la torrencial lluvia, sombría masa de millares de rostros en la oscuridad de la noche, avanzan con pesados pasos las amazonas de los mercados. La guardia de la revolución esta a las puertas de Versalles. Es demasiado tarde. Mojadas hasta los huesos, hambrientas y tiritando, con el calzado cubierto del empapado lodo del camino, llegan ahora las mujeres, en el camino asaltan los despachos de aguardiente, calentándose así un poco los sufrientes estómagos. Las voces de las mujeres atruenan, agudas de modo poco amable contra la reina: “que contenta estaría de poner esta lanza desde su vientre hasta el cuello”. Muchas con cuchillos juraron que los utilizarían para “cortar la garganta de la Austria” que fue la fuente de todos sus problemas. Otras se comprometieron a reducir diferentes “piezas de Antonieta”.

las mujeres penetran en la asamblea nacional para exigir pan.
Su primera visita es para la asamblea nacional. Esta sesión desde por la mañana temprano, y para muchos de sus miembros, adeptos al duque de Orleans, no es totalmente inesperada esta marcha de amazonas. Las mujeres no le piden más que pan a la asamblea nacional; conforme al programa, ni una sola palabra al principio respecto al traslado del rey a parís. Se decide enviar a palacio una delegación de mujeres, acompañadas por el presidente Monnier y algunos diputados. Seis mujeres elegidas se dirigen a palacio; los lacayos abren cortésmente las puertas a estas modistas, pescaderas y ninfas de la calle. Con todos los honores la extraña comisión es llevada arriba, por la gran escalera de mármol, hasta las estancias que en otros tiempos solo debían ser pisadas por nobles de sangre azul siete veces probadas. Entre los diputados que acompañan al presidente de la asamblea nacional está también cierto señor de buen tipo, corpulento, con aspecto jovial, que no llaman precisamente la atención. Pero su nombre da una simbólica importancia a este primer encuentro con el rey. Pues con el doctor Guillotin, diputado por parís, la guillotina ha hecho su primera visita a la corte el día 5 de octubre de 1789.

el rey recibiendo la comitiva de mujeres.
El bondadoso Luis recibe amablemente a las damas, que la oradora, una muchacha que ofrece flores, cae desmayada de puro aturdimiento. Le prodigan cuidados, el bondadoso padre del país abraza a la asustada muchacha, promete a las encantadas mujeres pan y todo lo que quieran, y hasta pone a su disposición, para el regreso, sus propias carrozas. Todo parece haber resultado perfectamente; pero abajo, excitado por agentes secretos, el mujerío recibe con gritos de furor a su propia delegación, reprochándoles que se hayan dejado comprar por dinero y pagar con embustes. No es para volveré trotando a casa, con el estómago zurriendo de hambre, solo alimentadas con vanas promesas, para lo que han venido pateando, durante seis horas, desde parís, en medio de un diluvio.

las mujeres pasaron la noche en la asamblea, no se iría hasta llevar consigo al rey a parís.
Teniendo en cuenta la gravedad de los disturbios, se aconsejó al rey trasladarse a caballo a Rambouillet luego de tomar la carretera a Normandía y finalmente llamar la reunión en Rouen. Con energía creciente lo acosan los ministros, Saint-Priest mas que ninguno: “si mañana llevan a nuestra majestad a parís, está perdida la corona”. Sacudido por las palabras de su ministro, mas indeciso que nunca, Luis XVI se mantuvo diciendo que no quería poner en peligro a nadie. La fuga le parecía indigna de un monarca.Se plantea que la reina sea trasladada con los hijos reales a la fortaleza de Metz bajo vigilancia de una guardia, pero María Antonieta rechaza la propuesta y se dirige a su marido: “Luis augusto, comprende una cosa, nunca estaré de acuerdo en separarme de ti. Si muero, será tus pies. Mi lugar está a su lado, escapar sin ti seria una cobardía y estarás solo en las manos de nuestros enemigos. La tormenta que nos asalta, la vamos a enfrenar juntos”.

Por fin, hacia la medianoche, se oye a lo lejos tambores, se acerca La Fayette –es el destino de este hombre noble y crédulo, honrado y torpe, llegar siempre una hora después de los acontecimientos-, su primera visita se la hace a la asamblea nacional, la segunda, al rey. Aunque se inclina con respetuoso rendimiento y dice “estoy aquí para traeros mi cabeza como garantía de la de vuestra majestad”, nadie le da las gracias, y menos que nadie María Antonieta.


Sin respeto alguno penetran las mujeres en la asamblea nacional para dormir allí. Siniestros rezagados vienen a aumentar todavía más el número de insurgentes, peligrosas figuras se deslizan a lo largo de las verjas, a la incierta y escaza luz de las linternas de aceite. Arriba la corte no ha decidido nada todavía. ¿No sería aún preferible huir? Pero ¿Cómo atreverse a pasar, con las pesadas carrozas a través de aquella excitada muchedumbre? Es demasiado tarde.

sábado, 21 de enero de 2017

MARIE ANTOINETTE - THE ROSE OF VERSAILLES


imagenes del templo del amor en trianon en el manga "the rose of versailles" o tambien conocida "lady oscar".Esta historia está ambientada en la Francia del siglo XVIII, y por tanto basada en personajes reales, pero con interpretación propia de la autora que hace uso de su imaginación para darnos su visión de los hechos, insertando un personaje ficticio, Lady Oscar, una mujer criada como varón para convertirse en la protectora de los reyes franceses. En la historia, Oscar François de Jarjayes, Lady Oscar, vive ambos lados de los dramáticos cambios sociales en torno a la Revolución Francesa.

marie antoinette en lady oscar film 1979.
Al cumplir 14 años, Lady Oscar se convierte en Capitana de la Guardia Imperial y protectora de la nueva princesa de Francia, Maria Antonieta, y así su destino de ser testigo de las transformaciones sociales queda marcado. Al pasar los años, la princesa, ahora convertida en reina, conoce al conde sueco Hans Axel Von Fersen, en una fiesta de disfraces a la cual asiste sin permiso del rey, y casi sin darse cuenta inicia un amor que pasa a la historia. Al empezar los rumores sobre la amistad del conde y la reina, Lady Oscar le pide a Fersen que regrese a Suecia. Él se marcha, siempre pensando en el bien de la reina, y María Antonieta, en su tristeza y soledad, conoce a la condesa de Polignac, quien la incita a jugar y apostar en casinos clandestinos, comenzando la reina a derrochar el dinero de los tributos del pueblo. Pasado el tiempo regresa Fersen, quien le recomienda que reduzca sus gastos y que no se deje llevar por Polignac, debido a los peligrosos rumores que corren en la corte. Sin embargo, dado que el amor entre ellos no ha muerto, Fersen parte a norteamerica con el coronel Lafayette, buscando alejarse de ese amor que solamente puede causarles problemas.

MARIE ANTOINETTE Y EL CHAMPAGNE DEL SEÑOR FLORENS-LOUIS HEIDSIECK

María Antonieta no era un gran consumidor de vino, de hecho, era casi abstemio. bañaba sus labios con el vino de Alsacia, un vino de cosecha tardía que le recordaba su infancia, el Tokaji (un vino típico de Hungría y Eslovaquia también muy querido por Sissi, definido por Louis XIV "rey de los vinos, vino de los reyes "). La nobleza da la bienvenida a cualquier tipo de elevación y perfección, y el surgimiento de nuevas elites. 

retrato de Florens-Louis Heidsieck, un joven alemán nacido en Westfalia. Fabricante de ropa, se crea un comerciante de lana y vinos en Reims, al que llamó "Heidsieck & Co.". Pronto abandonó el comercio de la lana para centrarse en el comercio de los vinos de Champagne exclusivamente.
Sin embargo, cuando el 6 de mayo de 1788, Florens-Louis Heidsieck tomó el homenaje de su primera botella de un prestigioso licor de Champagne Piper de la vendimia, la reina no desdeña en absoluto; de hecho ella le da las gracias por el regalo precioso, ordenó al duque de Coigny, comandante de la época de los pequeños establos de la Casa del Rey, para donar al señor Heidsieck un sedán "que le fue permitido participar cómodamente por sus enormes bodegas de vinos finos.". En 1780 produjo su primera cosecha. No es vino, sino que tiene talento y es un gran trabajador y en 1785 fundó su casa llamada Champagne.

La presentación tuvo lugar en el apartamento de la Reina, que se convirtió así en el primer embajador en el mundo de este exclusivo champán. La reputación de Heidsieck para hacer champagnes distintivos y deliciosos rápidamente se extendió.

Florens-Louis Heidsieck presenta su Champagne a la reina María Antonieta, 6 de mayo de 1788. Lienzo de 1946, una copia de una pintura del siglo XIX. La pintura es parte de la colección privada de la Cámara de Piper-Heidsieck en Reims.

lunes, 16 de enero de 2017

EL NACIMIENTO DE MADAME ROYAL (1778)


Aquel acontecimiento del nacimiento no seria un privado suceso de familia, esas duras horas, según la regla antiquísima, tiene que pasarlas en presencia de todos los príncipes y princesas y bajo vigilancia de toda la corte. Todo miembro de la familia real, lo mismo que muchos altos dignatarios, tienen derecho a encontrarse presentes en la habitación de la parturienta y dar testimonio que el niño ha nacido de la reina. De todas las provincias, de los castillos más apartados, llegan curiosos; pero la reina hace esperar largo tiempo el espectáculo a los indeseables huéspedes.

Por fin, el 18 de diciembre, suena, por la noche, la campana de palacio anunciando que los dolores han comenzado. Madame de lamballe se precipita en el cuarto de la parturienta, y tras ella, emocionadas, todas las damas de honor de la corte. A las tres son despertados en rey, los príncipes y princesas: pajes y guardias montan a caballo y corre a todo galope hacia parís y saint-cloud para llamar como testigos a todos los que tienen sangre real o la categoría de príncipe.


Algunos minutos después de que el medico de la corte ha anunciado en voz alta que ha comenzado el difícil trance para la reina, penetra estrepitosamente toda la banda aristocrática, estrechamente apretados en la angosta habitación. El aire se hace cada vez mas denso y sofocante en el cerrado recinto, por el aliento de unas cincuentas personas y el penetrante olor de esencias y vinagrillos.


La publica escena de tormento dura siente horas completas, hasta que por fin, a las doce y media de la mañana, María Antonieta da aluza una criatura –una niña-.de repente resuena entonces un sonoro mandato del comadrón: “apártense la reina necesita aire!, agua caliente! Es necesaria una sangría!”. A La reina se le ha subido de repente la sangre a la cabeza, ha caído desmayada, medio ahogada por el aire apestoso, yace sin movimiento y resollando sobre las almohadas. El cirujano osa hacer la sangría sin ninguna clase de preparación. Un chorro de sangre brota de la vena herida en el pie y he aquí que la reina abre los ojos: esta salvada.
  

“la reina dio a luz a una princesa a las doce y media. Al principio los dolores fueron leves y llegaron con largos intervalos de descanso momentos de sueño. Los dolores graves y prolongados solo comenzaron alrededor de las ocho y las aguas fluían en ese momento.la reina afrontaba todo con gran coraje. El esfuerzo que hizo para no quejarse ni gritar causo un leve movimiento convulsivo de los nervios, se pensó en a serle sangrar y el accidente termino inmediatamente. La reina esta lo mejor posible y su hija hermosa, es grande y fuerte…” (el conde mercy , 20 diciembre de 1778).

Ciertamente, para María Antonieta, con su pasión de por vida para los niños, el nacimiento de una hija que era excepcionalmente robusta y saludable no fue una “desgracia nacional” como fue calificado en Viena. El príncipe de Lambesc, hijo de la condesa de Brionne, el encargado para hacer el anuncio oficial en nombre del rey en la corte de Austria. María Antonieta había querido garabatear unas líneas en lápiz a su madre, pero fue detenida en razón de que la emperatriz estaría preocupada por la idea de un esfuerzo innecesario de su hija en un momento tan crítico.

un delfín le pregunta a nuestra reina
una princesa le anuncia cercano
dado que una de las gracias se ve
un joven cupido rápido aparecerá!.
(una rima popular que circulo después del nacimiento de madame royal).
 
La reina no estuvo presente en el bautismo instantáneo de su hija. Así, María Antonieta se salvó del incidente cuando el malévolo conde Provenza protesto ante el arzobispo oficiante que “el nombre y la calidad” de los padres no habían dado formalmente, de acuerdo con el rito habitual de un bautismo. Bajo la máscara de la preocupación por el procedimiento correcto, el conde estaba haciendo una alusión impertinente a las acusaciones sobre la paternidad del bebe hecho en los libelos. La alusión sin duda no paso desapercibida para los cortesanos presentes. En parís, el duque de Chartres monto otro tipo de protesta por la decoración del Palais Royal, con un conjunto muy modesto de iluminaciones con motivo del nacimiento; esta mezquindad fue atribuido por las multitudes por el estado de indignación con el rey y la reina.

María Antonieta, más fácilmente capaz de pasar por alto este tipo de insultos porque no quería oír ni ver ella misma, se concentró en la celebración del nacimiento de su hija con donaciones a organizaciones benéficas adecuadas. Ella pidió al rey 5000 libras para ser utilizado como dotes para las cien niñas “pobres y virtuosas” de parís.


Luis XVI, por su parte, no mostro ningún signo de decepción por el sexo del bebe, sentía una alegría indescriptible, verse como padre, su afecto y ternura hacia la reina no tenia limites… cuando la reina despertó por la mañana fue el primero junto a su cama, donde permaneció parte de la mañana, volvió varias veces en la tarde y paso toda la noche. La reina se quedó en la cama durante dieciocho días, con sus damas que la vigila día y noche. Leonard la visito para acomodar el pelo corto y darle una oportunidad para reparar los estragos de los últimos meses. Durante este periodo, María Antonieta, salto por encima de la etiqueta para amamantar a su bebe, de acuerdo con las teorías de Rousseau sobre la maternidad saludable y natural. Esta fue la ventaja de haber producido una hija –“tú eres mía”- ya que un delfín habría arribado inmediatamente a la mejor nodriza de la tierra. Pero la creencia de que la lactancia materna actúa como un anticonceptivo significaba que María teresa recibió la noticia con desaprobación abierta. Aunque una nodriza para la bebe princesa se empleó obviamente, María Antonieta parece haber logrado amamantar a su hija durante un determinado periodo.


Ha terminado el tormento de la mujer y comienza la felicidad de la madre. Aunque la alegría no sea completa y los cañones sólo retumben veintiuna veces en honor de una princesa, y no ciento una, como sería saludado un recién nacido heredero del trono, reina, no obstante, el júbilo en Versalles y en París. Son enviadas estafetas a todos los países de Europa, se reparten limosnas en toda la nación, son puestos en libertad presos por deudas y presidiarios, cien prometidos son equipados a Costa del rey, casados y provistos de una dote. Para el pueblo de París hay fuegos de artificio, iluminaciones, fuentes que derraman vino, reparto de pan y de embutidos, entrada gratuita en la Comedia Francesa: a los carboneros se les reserva el palco del rey; a las pescaderas, el de la reina; también a los pobres debe serles permitido una vez celebrar su fiesta. Todo parece ahora bueno y dichoso; Luis XVI, desde que es padre, puede convertirse en un hombre satisfecho y seguro de sí, y María Antonieta, desde que es madre, llegar a ser una mujer feliz, seria y concienzuda; está removido el gran obstáculo, asegurado y fortalecido el matrimonio. Los padres, la corte y todo el país pueden regocijarse y, en efecto, se regocijan abundantemente con fiestas y diversiones.

Madame Royale, en una imagen enviada a la abuela, la emperatriz María Teresa. Ella escribió: " me dio una alegría profunda como siempre, tranquilizándome sobre el estado de su salud, especialmente en la nueva intimidad con el rey y la consiguiente, sus esperanzas que pronto será capaz de dar un compañero a la querida, El retrato que me han enviado de su hija, muestra a ser encantadora, fuerte y sana y me dio una gran alegría. Lo tengo cerca de mí en una silla, al no ser capaz de ponerlo fuera de mi vista, creo que se parece al rey."
Una sola persona no está del todo contenta: María Teresa. Mediante aquella nieta, cierto que le parece mejorada la situación de su hija predilecta, pero aún no lo bastante consolidada. Como emperatriz, como política, piensa incesantemente, y ante todo, más allá de las dichas familiares, en el sostenimiento de la dinastía: «Necesitamos absolutamente un delfín, un heredero del trono». Como otra vez pasan meses y meses sin embarazo, la emperatriz se enoja realmente, al ver lo mal que aprovecha María Antonieta sus noches conyugales. «El rey se retira temprano y se levanta lo mismo; la reina hace todo lo contrario. ¿Cómo puede entonces esperarse nada bueno? Si no os veis más que de pasada, no hay que confiar en ningún auténtico resultado favorable.» Sus cartas son cada vez más vivas a insistentes. «Hasta ahora fui discreta, pero en adelante llegaré a ser inoportuna: sería un crimen no traer al mundo más hijos de esta raza.» Éste es el único acontecimiento del cual quiere tener noticias antes de su muerte: «Estoy llena de impaciencias; a mi edad, no puede esperarse ya mucho tiempo».

domingo, 15 de enero de 2017

MARIE ANTOINETTE ES RECIBIDA FRÍAMENTE EN PARÍS (1785)

Vista interior de Notre Dame de París en el momento de la llegada de María Antonieta de Austria, reina de Francia, para la acción de gracias por el nacimiento del delfín, el futuro Luis XVII. 1785.
Una niebla de polvo, tan espesa como raras veces cae sobre la capital, oculta cuando María Antonieta se traslada a parís, el 24 de mayo de 1785 – como era la costumbre para una reina después del nacimiento real-. Pero que distinta es esta llegada a la bienvenida hace 5 años con motivo del nacimiento del delfín Luis José. Allí la había acompañado, en majestuosa caravana, la flor de la nobleza francesa; príncipes y condes, poetas y músicos le rendían, cortesanos, reverencia y saludo. Aquí no la espera nadie; el pueblo parece no darse cuenta de la llegada de la más alta dama del país: la reina. La muchedumbre no se asombra, permanecen despreocupados en sus labores. Pescadores vestidos con sus ásperas ropas de faena, unos cuantos soldados que holgazanean, unas cuantas damiselas de la calle y campesinos que han venido a vender sus ovejas a la capital.

Con el rostro más de odio que entusiasta, contemplan como, con ricos vestidos y adornos de ceremonia, bajan de los carruajes principescas mujeres y hombres, la reina magníficamente con un vestido de lentejuelas de plata y adornada con joyas de un costo de 800.000 libras, mientras a ellos los agobian los impuestos y no tienen para comer. La hostilidad y la extrañeza se miran desde uno y otro lado. Es una áspera bienvenida, dura y severa como el alma de esta tierra. Ya en las primeras horas, María Antonieta advierte dolorosamente el odio que le profesa la nación francesa, una cultura en otros tiempos rica, exuberante, derrochadora y autocomplaciente hasta convertirse en un mundo estrecho, oscuro y trágico.


El conde Fersen, un testigo de esta visita protocolar, le escribió al rey Gustavo de Suecia: “la reina fue recibida con mucha frialdad, no hubo ni una sola aclamación en su honor, solo un perfecto silencio”. Las primeras impresiones tienen gran poder sobre el espíritu, se graban de manera profunda y fatal. Quizá esta reina no sepa lo que la conmueve de tal manera al volver a poner pie en su palacio, como una extraña. ¿Es nostalgia, un inconsciente deseo de aquella calidez y dulzura de la vida que aprendió a vivir en tierras francesas y que ahora es la sombra de un cielo gris y ajeno, es el presentimiento de venideros peligros? En cualquier caso, apenas se queda sola, María Antonieta rompe a llorar: ¿Qué quieren de mí? ¿Que les he hecho?.


Como una tempestad, oscura y grandiosa que entenebrece el cielo despejado y atemoriza el alma con sus palpitantes relámpagos y aplastantes truenos. No volverá a poner en pie en parís fuerte, segura de sí, con un auténtico sentimiento de soberanía… de ahora en adelante su primer sentimiento es la timidez, el presagio y el miedo de los futuros acontecimientos. María Antonieta ha sentido por primera vez los límites de su poder real. Pero estas lágrimas no serán las últimas. Pronto advertirá que el poder no se hereda sin más, sino que ha de ser reconquistado incesantemente, mediante lucha y humillaciones.

lunes, 9 de enero de 2017

SE PREPARA LA HUIDA (1791)

el Vizconde Isidoro de Charny estudia con Luis XVI el Mapa de escape a Varennes.
La ejecución de la huida viene a quedar en manos de la reina, y así se explica que, como es fácil de comprender, confiara sus preparativos prácticos a aquella persona de su intimidad para la cual no tiene secreto alguno y en quien confía irreflexivamente: Fersen. 

A él, al que ha dicho: «Vivo sólo para servirla»; a él, «al amigo», le encomienda una misión que sólo puede ser realizada poniendo en juego, sin reserva alguna, todas las energías de que el ejecutante disponga, hasta la propia vida. Las dificultades son ilimitadas. Para salir del palacio, ultravigilado por los guardias nacionales, donde casi cada servidor es un espía; para atravesar toda la ciudad, desconocida y hostil, tienen que ser adoptadas cuidadosamente toda suerte de especiales medidas, y para el viaje mismo, a través del país, hay que ponerse de acuerdo con el general Bouillé, el único jefe del ejército en quien se puede confiar. Éste debe enviar, según lo planeado, hasta medio camino de la fortaleza de Montmédy, es decir, aproximadamente hasta Châlons, destacamentos sueltos de caballería, por los cuales, en caso de ser reconocidos los viajeros o de persecución, pueda ser inmediatamente protegido el carruaje que lleva al rey con toda la real familia. Pero nueva dificultad: para justificar este sorprendente movimiento militar cerca de la frontera hay que encontrar un pretexto; por tanto, el Gobierno austríaco debe concentrar un cuerpo de ejército en territorios vecinos, a fin de dar ocasión al general Bouillé para ejecutar su movimiento de tropas. Todo esto tiene que ser discutido secretamente en una innumerable correspondencia y con la prudencia más extrema, porque la mayoría de las cartas son abiertas y, como el mismo Fersen dice, «todo estaría perdido si pudieran notar el preparativo más pequeño». Fuera de ello -nueva dificultad-, esta fuga exige grandes sumas de dinero, y el rey y la reina mismos están absolutamente desprovistos de fondos. Han fracasado todas las tentativas para recibir prestados algunos millones del hermano de la reina, de los príncipes de Inglaterra, de España, Nápoles o de los banqueros de la corte. También en este capítulo, como en todos los demás, tiene que proveer Fersen, este poco importante gentilhombre extranjero.


Pero Fersen extrae fuerzas de su propia pasión. Trabaja como diez cabezas, con diez manos y sólo con su único corazón, lleno de amor. Durante horas enteras delibera con la reina acerca de todos los detalles, deslizándose, por la noche o por la tarde, junto a María Antonieta, por el camino secreto. Lleva la correspondencia con los príncipes extranjeros, con el general Bouillé; elige los jóvenes nobles más seguros que, disfrazados de correos, han de acompañar a los fugitivos, y a los otros que, antes de ello, llevan y traen las cartas entre París y la frontera. Encarga la carroza a su nombre, se procura los falsos pasaportes, proporciona dinero tomando prestadas de una dama rusa y de una sueca trescientas mil libras de cada una, respondiendo con su propia fortuna, y hasta, finalmente, pidiéndole tres mil a su propio portero. Lleva, prenda a prenda, a las Tullerías los necesarios disfraces, y saca de contrabando, por el contrario, los diamantes de la reina. Día y noche, semana tras semana, escribe, negocia, planea con infatigable tensión nerviosa y siempre en permanente peligro de la vida, pues si un solo nudo de esta red tendida por toda Francia se deshace, si uno de sus iniciados hace traición a su confianza, si es sorprendida una única palabra o apresada una carta, se convierte en reo de muerte. Pero audaz, y al mismo tiempo serenamente lúcido, infatigable, porque es movido por su pasión, ejecuta su deber, silencioso héroe de último término en uno de los grandes dramas de la historia universal. 

dibujo el cual nos da una idea de como era la enorme berlina.
Pero ni a un dedo de distancia de la muerte la familia real quiere ofender a las sacrosantas leyes domésticas: hasta en el más peligroso de todos los viajes, la imperecedera etiqueta tiene que ir con ellos. Primera falta: se determina que las cinco personas vayan juntas en el mismo carruaje; por tanto, toda la familia, padre, madre, hermana y los dos niños, exactamente como se la conoce hasta en la última aldea de Francia por centenares de grabados. Pero no basta con esto; madame de Tourzel recuerda su juramento, a consecuencia del cual no le es lícito abandonar ni un solo momento a los regios niños; por tanto, le es preciso, segunda falta, ir con ellos como persona número seis. Mediante esta innecesaria carga se retrasa el momento de la partida en un viaje en el cual cada cuarto de hora y hasta cada minuto son preciosos. Tercera falta: no puede imaginarse que una reina pueda servirse por sí misma. Por tanto, hay que llevar, además, dos camareras en un segundo coche; ahora se ha llegado ya a contar ocho personas. Pero como los puestos de cochero, de delantero, de postillón y de lacayo tienen que ser desempeñados por gentes de toda confianza, los cuales es cierto que no conocen el camino, pero pertenecen a la nobleza, se ha alcanzado ya felizmente el número respetable de doce viajeros, y con Fersen y su cochero son catorce; abundante número para guardar un secreto. Cuarta, quinta, sexta y séptima falta: hay que llevar toilettes a fin de que la reina y el rey, en Montmédy, puedan presentarse en traje de gala y no ya con su ropa de viaje; por tanto, se cargan aún en el coche, elevándose como una torre, doscientas libras de equipaje, en unos baúles que atraen la atención de puro nuevos; nuevo compás de la marcha y nuevo incremento de los motivos para llamar la atención. Poco a poco, lo que debía ser una fuga secreta se convierte en una pomposa expedición. 

utensilios de necesidad para la reina en su viaje, conservado en el museo del perfume en Grasse.
Pero la falta de las faltas es que tanto un rey como una reina no deben hacer un viaje de veinticuatro horas, ni aunque sea para escaparse del infierno, sin tener todas sus comodidades. Según esto, se encarga un coche nuevo, especialmente ancho, especialmente provisto de buenos muelles, un coche que huele a barniz fresco y a riqueza, que en cada cambio de tiro tiene que despertar especial curiosidad en cada cochero, cada postillón, cada maestro de postas y cada mulero. Pero Fersen -los enamorados no piensan nunca en la realidad- quiere que para María Antonieta todo sea tan magnífico, bello y lujoso como sea posible. Según sus minuciosas instrucciones, es construida -aparentemente para cierta baronesa de Korff- una máquina gigantesca, una especie de navío de guerra sobre cuatro ruedas que no sólo debe ser capaz para las cinco personas de la familia real, y. además de esto, la gouvernante , el cochero y los lacayos, sino que también ha de tener sitio para todas las imaginable, comodidades: vajilla de plata, un guardarropa, provisiones de boca y hasta ciertas sillas usadas para necesidades que no son exclusivas de los monarcas. Es embalada también, y bien estibada, toda una bodega de vinos, pues se conoce el sediento gaznate del monarca; para aumentar aún el error, el interior del carruaje es tapizado con claro damasco, y casi tiene uno que asombrarse de que hayan prescindido de plantar en sitio bien visible, sobre las portezuelas, las flores de lis de las armas familiares. Con tan pesado pertrecho, este monstruoso coche de lujo necesita, para avanzar con una velocidad tolerable, por lo menos ocho caballos, pero en general doce, lo cual quiere decir que mientras a una ligera silla de postas de dos caballos se le muda el tiro en cinco minutos, exige por término medio, en este caso, una media hora cada cambio de caballos; en total, por tanto, un retraso de cuatro o cinco horas en un viaje entre la vida y la muerte, en el cual puede ser decisivo cada cuarto de hora.

el pasaporte a nombre de la baronesa de Korff , utilizado por la familia real durante el viaje.
Para compensar a los guardias nobles que durante veinticuatro horas tienen que llevar trajes de sirvientes, se les plantan libreas deslumbrantes, que brillan de puro nuevas, que no pueden menos de ser llamativas y contrastan extrañamente con los disfraces, intencionadamente modestos, del rey y de la reina. Este modo de llamar la atención la real familia es, además, aumentado por el hecho de que a cada una de las pequeñas poblaciones del camino lleguen de repente, en tiempos pacíficos, escuadrones de dragones, aparentemente para esperar un «transporte de dinero», y el que, como última tontería, verdaderamente histórica, el duque de Choiseul haya elegido, como oficial de enlace entre los diferentes cuerpos de tropas, al hombre más imposible para el cargo, a Fígaro en persona, al peluquero de la reina, el divino Léonard, muy indicado para hacer un peinado, pero no para la diplomacia, el cual, guardando mayor fidelidad a su eterno papel de Fígaro que al rey, embrolla de modo aún más completo una situación de suyo ya bien intrincada.

Una disculpa para todo esto: la etiqueta del Estado francés no tenía ningún precedente en su historia para regular la fuga de un rey. Cómo se debe ir a un bautizo, a una coronación, al teatro y a la caza, qué trajes, qué calzado y qué hebillas deben llevarse para las grandes y las pequeñas recepciones, para la misa, la caza y el juego, todo esto está especificado con cien detalles en el ceremonial. Pero acerca de cómo se han de escapar, disfrazados, un rey y una reina del palacio de sus antepasados, sobre ello no hay ninguna prescripción; aquí hay que improvisar, atrevida y libremente, una decisión inmediata y aprovechar el momento. Por serle la realidad tan completamente ajena, tenía que sucumbir la corte en este primer contacto con el mundo verdadero. Desde el momento en que el rey de Francia se pone la librea de un criado para escapar, ya no puede volver a ser señor de su destino.
 
Grabado de María Antonieta durante el viaje a Varennes.
Después de innumerables aplazamientos, el 19 de junio es designado como el día de la fuga; es tiempo, más que tiempo, porque una red de secretos entre tantas manos puede desgarrarse por cualquier lugar en todo momento. Como un latigazo restalla de repente en medio de los suaves cuchicheos y conciliábulos de la familia real un artículo de Marat que anuncia un complot para apoderarse del rey. «Quieren a toda fuerza llevarlos a los Países Bajos con pretexto de que su causa es la de todos los reyes, y vosotros sois lo bastante imbéciles para no prevenir la fuga de la real familia. ¡Parisienses, insensatos parisienses!, estoy ya cansado de repetíroslo siempre: conservad con cuidado al rey y al delfín en vuestras murallas; encerrad a la austríaca, a su cuñado y al resto de la familia.La pérdida de un solo día puede ser fatal para la nación y abrir la tumba a tres millones de franceses.» 


Extraña profecía la de este hombre de tan aguda vista detrás de los anteojos de su enfermiza desconfianza. Sólo que esta «pérdida de un solo día» fue fatal no para la nación, sino para el rey y la reina. Pues, aún otra vez, en el último momento, María Antonieta aplaza la fuga, ya acordada en cada detalle. En vano Fersen ha trabajado hasta el agotamiento para que todo estuviera dispuesto para el 19 de junio. El día y la noche, desde hace semanas y meses, los ha dedicado su pasión sólo a esta única empresa. Por su propia mano saca nuevas prendas de vestir, noche tras noche, bajo la capa al salir de sus visitas a la reina; en una innumerable correspondencia ha convenido con el general Bouillé en qué punto los dragones y los húsares han de esperar la carroza del rey; llevando las riendas en su propia mano, prueba, en el camino a Vincennes, los caballos de posta que ha encargado. Los indicios están todos dispuestos, el mecanismo funciona hasta en su más pequeña ruedecilla. Pero, en el último momento, da contraorden la reina. Una de las camareras, que está en relaciones con un revolucionario, le parece altamente sospechosa.

grabado que muestra a Maria Antonieta despidiéndose del conde Fersen.
Las cosas están de tal modo dispuestas que, precisamente en la mañana siguiente, la del 20 de junio, esta mujer debe estar libre de servicio; hay, por tanto, que esperar a ese día. Otra vez veinticuatro horas de fatal retraso, contraorden al general, mandato de desensillar a los húsares ya dispuestos para el avance, nueva tensión nerviosa para el ya totalmente agotado Fersen y para la reina, que apenas puede ya dominar su inquietud. No obstante, por fin pasa también este último día. Para disipar toda sospecha, lleva la reina, por la tarde, a sus dos niños y a su cuñada Elisabeth a los jardines del Tívoli. A su regreso, con su habitual altivez y seguridad, le da al comandante las órdenes para el día siguiente. No se nota en ella ninguna excitación, y menos aún en el rey, porque este hombre sin nervios es absolutamente incapaz de ello. Por la noche, a las ocho, se retira María Antonieta a sus habitaciones y despide a las doncellas. Acuesta a los niños y, aparentemente despreocupada, se reúne, después de la cena, en el gran salón con toda la familia. Sólo una cosa habría podido advertir acaso una mirada especialmente atenta, y es que la reina se levanta a veces y mira el reloj, como si estuviese cansada. Pero, en realidad, jamás como esta noche estuvo en una mayor tensión de sus energías, más despierta ni más dispuesta para hacer frente al destino. 

domingo, 8 de enero de 2017

LOS HERMANOS DE LUIS XVI: LOS CONDES DE PROVENZA Y DE ARTOIS

Un grabado de Louis-Auguste, el delfín, y sus hermanos Louis-Stanislas-Xavier y Charles Philippe-. Circa 1770-1774.
Entre los grupos rivales, los revolucionarios y los reaccionarios, se mantiene aislado el enemigo de la reina acaso más peligroso y funesto, el propio hermano de su marido, Monsieur Estanislao Javier, conde de Provenza, más tarde el rey Luis XVIII.

Solapado y tenebroso, intrigante y cauto, no se liga, para no comprometerse demasiado pronto, con ninguno de los grupos mencionados; oscila de derecha a izquierda, esperando que el destino le revele su auténtica hora. Ve sin disgusto las dificultades crecientes, pero se guarda muy bien de criticarlas en público; como un negro y silencioso topo, excava subterráneamente sus galerías y espera la hora en que la posición de su hermano esté lo suficientemente desquiciada. Pues sólo si Luis XVI y Luis XVII dejan el campo libre puede, por fin, llegar a ser rey Estanislao Javier, conde de Provenza, bajo el nombre de Luis XVIII, meta de su ambición, secretamente sustentada desde su infancia. Ya una vez se había entregado a la justificada esperanza de ser regente y legítimo sucesor de su hermano; los siete años trágicos en que permaneció estéril el matrimonio de Luis XVI a causa del ominoso obstáculo habían sido para su impaciente ambición las siete vacas gordas de la Biblia. Pero después vino el desaforado golpe contra sus embarazadas esperanzas hereditarias; cuando María Antonieta dio a luz una niña, él dio suelta, en una carta al rey de Suecia, a esta dolorosa confesión: «No me oculto a mí mismo que el suceso me ha conmovido muy sensiblemente... En lo exterior, me hice muy pronto dueño de mí mismo y he seguido la misma conducta de antes, en todo caso sin expresar una alegría que hubiera sido tenida por falsa, como en realidad lo habría sido... En lo interior me fue más difícil salir triunfador. A veces aún se me subleva el sentimiento, pero confío en mantenerlo a raya si no puedo vencerlo por completo». El nacimiento del delfín destroza después completamente sus últimos sueños de heredar el trono. Ahora queda cerrado para él el camino recto.

retrato del conde de Provenza.
Pero una vez que se le pone a un ser humano el sello de inferioridad en un lugar visible, ese constante sentimiento de inferioridad tiene que debilitarlo o fortalecerlo de forma decisiva; semejante presión puede quebrar un carácter o endurecerlo de manera fantástica. En cambio, en las naturalezas fuertes la postergación incrementa todas las fuerzas oscuras y sometidas; donde el camino recto hacia el poder no se les franquea de buen grado, aprenderán a crear el poder por sí mismos. Este conde de Provenza es una naturaleza fuerte. La furiosa decisión de sus antepasados reales, su orgullo y su voluntad de poder se agitan fuertes y tenebrosos en su sangre; como hombre, supera en una cabeza en porte, inteligencia y clara decisión la pequeña estirpe de rapiña.

Sus objetivos son amplios, sus planes están pensados desde una perspectiva política; inteligente como su hermano, este hombre es inconmensurablemente superior a él en prudencia y experiencia varonil. Lo mira como quien mira jugar a un niño, y le deja jugar mientras su juego no perturbe sus movimientos. Porque, como hombre maduro, no obedece tampoco como su cuñada a vehementes y nerviosos impulsos, no tiene nada de heroico como gobernante, pero a cambio conoce el secreto del saber esperar y tener paciencia, que es mayor garantía del éxito que el entusiasmo rápido y apasionado. El primer signo de verdaderas dotes para la política siempre será que un hombre renuncie de antemano a exigir para sí lo inalcanzable.
 
grabado que muestra de perfil al conde de Provenza junto a su esposa
Marie Joséphine de Saboya.
Renuncia a las insignias del poder, al brillo aparente, pero sólo para sujetar con más fuerza en sus manos el poder real. Tiene que recorrer aquellos caminos, tortuosos a hipócritas, que finalmente -claro que sólo al cabo de treinta años- han de conducirle a la anhelada cima. La oposición del conde de Provenza no es, como la del duque de Orleans, una franca llama de odio, sino un fuego de envidia que arde lentamente bajo el disfraz de la ceniza; mientras María Antonieta y Luis XVI conservaron indiscutido en sus manos el poder, el secreto pretendiente de la corona se mantiene frío y silencioso, sin manifestar públicamente ni la menor pretensión; sólo con la Revolución comienzan sus sospechosas idas y venidas, las extrañas conferencias del palacio de Luxemburgo. Pero apenas ha logrado salvarse felizmente al otro lado de la frontera, cava valientemente, con sus provocativas proclamas, las tumbas de su hermano, de su cuñada y de su sobrino, en la esperanza -en efecto realizada- de encontrar en sus ataúdes la anhelada corona.

Por su parte el conde de Artois, una fina cabeza, un espíritu flexible y cultivado, no ama como Provenza el poder, no es autoritario y orgulloso. Como príncipe real, lo que le gusta es el juego intrincado y desconcertante de la vida y la intriga, el arte de la combinación; no le interesan los rígidos principios, la religión y la patria, la reina y el reino, sino el arte de tener una mano en todas partes y atar o soltar los hilos a su capricho. No es ni verdaderamente leal ni verdaderamente desleal a María Antonieta, por la que siente una curiosa inclinación personal, la servirá mientras tenga éxito, y la abandonará al llegar el peligro.

retrato del conde de Artois
Como algún individuo masculino de la familia tiene que acompañar a la reina en sus diversiones, el conde de Artois, es el que coma a su cargo el papel de ángel tutelar. Aturdido, frívolo, descarado, pero hábil y manejable, padece igual temor que María Antonieta ante el aburrimiento o el tener que ocuparse de cosas serias. Conquistador, pródigo, divertido, elegante, fanfarrón, más descarado que valiente, más jactancioso que verdaderamente apasionado, conduce a aquella alocada pandilla adondequiera que haya algún nuevo sport , alguna nueva moda, un nuevo placer, y pronto tiene más deudas que el rey, la reina y toda la corte reunidos. 

grabado que muestra de perfil al conde Artois junto a su esposa Marie-Thérèse de Saboya.
El conde de Artois es el comandante electo de la guardia de corps con la cual María Antonieta emprende sus correrías diurnas y nocturnas por todas las provincias de la alegre ociosidad; esta tropa es realmente reducida, y en ella cambian constantemente los cargos directivos, pues la indulgente reina dispensa a sus satélites toda clase de transgresiones, deudas y arrogancias, una conducta provocativa y excesivamente familiar, aventuras galantes y escándalos, pero cada cual tiene agotado el caudal del regio favor tan pronto como comienza a aburrir a la reina. Pero precisamente por ser así concuerda admirablemente con María Antonieta. No estima ella en mucho a este impertinente atolondrado, ni mucho menos le ama, aunque las malas lenguas lo hayan afirmado con ligereza. Hermano y hermana, en su furia de placeres, se cubre las espaldas y forman en poco tiempo una pareja inseparable.

viernes, 6 de enero de 2017

MARIE ANTOINETTE EN VERDAD UNA DIOSA - ANTONIA FRASER

“por su modo de andar, revelo que ella era en verdad una diosa”. Horacio Walpole citando a la reina.


El glamour de María Antonieta –en palabras del siglo XX- parecía encajar admirablemente para la posición de la reina de Francia. Durante los próximos años, la belleza de María Antonieta o la ilusión de su belleza, alcanzo su mejor momento, el cumplimiento de esa promesa insinuada cuando ella era una niña en Viena. Su figura, sobre todo su pecho, aumento. Sus grandes ojos de color azul-gris fueron notablemente expresivos, su falta de visión solo le dio una suavidad a su mirada; su pelo, en la medida en que el color natural podría ser discernido por debajo de la “bañera de polvo”, se había oscurecido del ceniza infantil a un marrón claro y grueso.

Sus defectos, por supuesto, se mantuvieron. Tenía la nariz aguileña y como tales narices generalmente lo hacen, se hizo más pronunciada con la edad. Aunque la más elaborada peluquería oculto la notoria frente, no había nada que hacer al respecto al labio inferior de los Habsburgo, que no podía ser ignorado y que le costó tanto trabajo a los artistas.


En 1774, Jean-Baptiste Gautier pinto a María Antonieta en su dormitorio en Versalles en su pasatiempo favorito, el arpa. Era una composición encantadora. Llevaba un vestido de gasa gris claro bajo un envoltorio con un toque de la cinta de color melocotón en el pecho; un lector (hembra) sostuvo un libro, un cantante (masculino) toco la música, una doncella extendió una cesta de plumas para poner en el pelo y en la esquina el artista contemplo su paleta.

El próximo año Gautier pinto un retrato que fue ampliamente copiado en diferentes versiones, que muestra a la reina con un penacho de diamantes clavado en su peinado, perlas y cintas azules pasadas a través de sus cabellos, su vestido azul pálido y un manto de terciopelo azul, ricamente adornado con la flor de lis y armiño, rodeándola. Fue un estudio de la feminidad y la majestad combinado.


Se admiró la sonrisa de la reina; contenía “un encanto”, que la futura madame Tussaud, un observador en Versalles, diría fue suficiente para ganarse a “las más brutal de sus enemigos”. Por su parte, el conde Tilly, que vio por primera vez a María Antonieta en 1775, tuvo que admirar su piel, su cuello, sus hermosos hombros, brazos y manos, fue la más hermosa que había visto nunca. El brillo de su piel hizo que el príncipe de Ligne, que adoraba a la reina, al comentar que su piel y su alma fueron igualmente blanco. Madame Thrale viajando por Francia con el doctor Johnson en 1775, evaluó a María Antonieta como “la mujer más hermosa de su propia corte”. La artista madame Vigee LeBrun fue lo suficientemente honesta para decir que la piel de la reina era “tan transparente que ninguna sombra me permitió capturarla”.

Fue, sin embargo, el conjunto elegante en lugar de los elementos individuales perfectos que hicieron tal impresión en los que sabían de María Antonieta. Por encima de todo, era su porte; en palabras del barón de Besenval, “una elegancia maravillosa en todo, la hizo capaz de disputar la ventaja con otras mejor dotadas por la naturaleza e incluso ganarles”. Por su puesto, los encantos físicos de imagen son pocas veces menospreciados, el lustre de una corona mejora incluso el aspecto más mediocre en los ojos del público. Sin embargo, en el caso de María Antonieta existe tal unanimidad de informes de tantas fuentes, incluidos los visitantes extranjeros, así como sus íntimos, que es difícil dudar de la veracidad de la imagen.


El resultado fue una gran cantidad de comparaciones con las diosas y ninfas, tanto como se había hecho en su viaje de bodas, con la diferencia de que ahora una mujer visible, en vez de una chica desconocida. Madame Campan la comparo con las estatuas clásicas en los jardines reales, por ejemplo, el Atalanta en Marly. Horacio Walpole nunca olvidara verla en la capilla real, como se “disparo a través de la habitación como un ser aéreo, todo el brillo y la gracia y sin dar la impresión de tocar tierra”. Madame Vigee leBrun, mirándola al aire libre con sus damas de honor en Fontainebleau, pensó que la reina deslumbrante, sus diamantes espumosos en la luz del sol, podría haber sido una diosa rodeada de ninfas.

-Marie Antoinette :the journey, Antonia Fraser (2002)