lunes, 26 de diciembre de 2016

LA FAMILIA REAL ES TRASLADADA AL TEMPLE (1792)

llegada de la familia real al temple.
Es ya oscuro cuando la familia real llega delante del antiguo castillo de los templarios, el Temple. Las ventanas del edificio principal están iluminadas con innumerables linternas -¿no es aquél un día de fiesta popular?-. María Antonieta conoce este palacete.

Ha habitado aquí, durante los dieciocho años frívolos del rococó, el hermano del rey, el conde de Artois, su camarada de bailes y diversiones. Con repiqueteantes cascabeles, envuelta en preciosas pieles, fue hasta allí una vez, en invierno, catorce años hace, en un trineo ricamente decorado, para comer a toda prisa en casa de su cuñado. Hoy, unos amos de casa menos amables, los miembros de la Comuna, la invitan a quedarse allí permanentemente, y, en vez de lacayos, se alzan delante de las puertas, como cuidadosos vigilantes, guardias nacionales y gendarmes. La gran sala donde sirven la comida a los prisioneros es conocida por nosotros por un cuadro célebre: «Un té en casa del príncipe Conti». El mozuelo y la muchacha que entretienen en él con un concierto a una sociedad ilustre son nada menos que el niño de ocho años Wolfgang Amadeo Mozart y su hermana: música y alegría han resonado en este recinto; nobles señores, felices y gozadores de la vida, han habitado últimamente esta mansión.

"te en casa del príncipe conde". Fue en esta sala que se sirvió una comida generosa para la familia real. Nadie se atrevía a decir a María Antonieta que volvería a este palacio y que en una ocasión sugirió al su cuñado demoler las torres y que ahora serian su lugar de residencia.
Pero no es este elegante palacio, en cuyas cámaras, recubiertas de madera tallada y dorada, todavía queda quizás un suave aleteo de la argentina ligereza de las melodías de Mozart, lo que está destinado por la Comuna para residencia de María Antonieta y de Luis XVI, sino los dos torreones antiquísimos, redondos y de puntiagudo tejado, que se alzan junto a él. Edificados por los caballeros templarios de la Edad Media, con firmes sillares, como inexpugnable fortaleza, estos torreones, grises y tenebrosos, semejantes a la Bastilla, provocan primeramente un estremecimiento de supersticioso terror. Con sus pesadas puertas forradas de hierro, sus escasas ventanas, sus fúnebres patios entre murallas, hacen pensar en olvidadas baladas de otros tiempos, en la Santa Vehma, en la Inquisición, en antros de brujas y cámaras de tormento. De mala gana, con tímidas miradas, contemplan los parisienses esos restos últimos de una edad de violencia, que se han mantenido en pie, del todo inútiles y por ello doblemente misteriosos, en medio de un animado barrio de pequeños burgueses: era un símbolo de elocuencia cruel destinar estos viejos y ya inútiles muros para prisión de la vieja y ya inútil monarquía.


Las siguientes semanas sirven para aumentar la inviolabilidad de esta prisión dilatada. Se demuele una fila de casitas que rodean las torres, son echados abajo todos los árboles del patio, para que no impidan la vigilancia por ninguna parte; además, los dos patios que rodean a las torres, pelados y desnudos, son separados por un muro de piedra de los otros edificios, de modo que hay que atravesar primero tres recintos amurallados antes de que se penetre en la verdadera ciudadela. Se levanta en todas las salidas garitas de vigilancia, y en todas las puertas interiores que dan a los pasillos de cada piso se cuida de poner barreras para forzar a cada uno de los que entren o salgan a justificar su personalidad ante siete a ocho guardias diferentes. Como custodios, el consejo municipal, que responde de los prisioneros, elige a diario, echando suertes, cuatro diferentes comisarios que, alternativamente, vigilen día y noche todas las habitaciones y estén obligados, por la noche, a tomar en depósito la totalidad de las llaves de todas las puertas. Fuera de ellos y de los consejeros municipales, a nadie le es permitido penetrar sin una especial tarjeta de permiso de la municipalidad dentro de todo el recinto fortificado del Temple; ningún Fersen ni ningún otro amigo complaciente puede acercarse ya a la real familiar la posibilidad de hacer pasar cartas y de ponerse en contacto con los de fuera está -o por lo menos lo parece- irrevocablemente excluida.


De modo más grave hiere aún a la real familia otra medida de precaución. En la noche del 19 de agosto se presentan los funcionarios municipales con la orden de sacar de allí a todas las personas que no pertenezcan a la real familia. Especialmente dolorosa para la reina es la despedida de madame de Lamballe, que, estando ya en seguro refugio, había vuelto voluntariamente de Londres para testimoniar su amistad en la hora del peligro.

Ambas presienten que no volverán nunca a verse; en esta despedida, no presenciada por ningún testigo, tiene que haber sido cuando María Antonieta, como única muestra de cariño, le regaló a su amiga aquel mechón de cabellos, encerrados en un anillo, con esta trágica inscripción: «Encanecidos por la desgracia», y que más tarde se halló sobre el despedazado cadáver de la asesinada princesa. También la preceptora, madame de Tourzel, y su hija tuvieron que ser trasladadas de esta prisión a otra especial, a la Force; lo mismo que los acompañantes del rey: sólo un ayuda de cámara le es dejado para servir a su persona. Con ello queda destruida la última apariencia y brillo de una corte, y, en adelante, las personas de la familia real, Luis XVI, María Antonieta, sus dos hijos y la princesa Elisabeth, se hallan consigo mismas, solas por completo.


El temor de un acontecimiento es, en general, más insoportable que el acontecimiento mismo. Por mucho que la prisión signifique una humillación para el rey y la reina, ofrece, en primer lugar, cierta seguridad a sus personas. Los gruesos muros que los rodean, los patios cerrados de barricadas, los puestos de guardia con los fusiles permanentemente cargados, cierto que impiden toda tentativa de fuga, pero protegen, al mismo tiempo, contra todo ataque imprevisto. Ya no necesita la real familia, como en las Tullerías, acechar a diario y a cada hora todo rebato de campanas y redobles de tambores para saber si hoy o mañana hay que aguardar algún ataque. En este torreón solitario es la misma distribución de tiempo, ayer como hoy, el mismo aislamiento seguro y tranquilo y el mismo alejamiento de todos los sucesos del mundo. El gobierno de la ciudad hace, al principio, todo lo posible para cuidar del bienestar puramente material de la real familia prisionera; despiadada en la lucha, la Revolución, según su última voluntad, no es inhumana. Después de cada duro golpe, vuelve a suspender otra vez su marcha durante un momento, sin sospechar que precisamente estas pausas, estas aparentes renuncias, hacen aún más sensible para los vencidos su derrota.

Los primeros días después del traslado al Temple se esfuerza la municipalidad por presentar su prisión a los prisioneros como lo más aceptable posible. La gran torre es empapelada de nuevo y provista de muebles; se prepara todo un piso con cuatro habitaciones para el rey; cuatro habitaciones para la reina, su cuñada madame Elisabeth y los niños. Pueden en todo momento salir de la lúgubre y mohosa torre, ir a pasear por el jardín, y, ante todo, cuida la Comuna de que no carezcan de lo que, por desgracia, es lo más preciso para el bienestar del rey: una comida buena y abundante. Nada menos que trece personas cuidan a diario de su mesa; cada mediodía hay por lo menos tres sopas, cuatro principios, dos asados, cuatro platos ligeros, compota, fruta, vino de Malvasía, burdeos, champaña; de modo que al cabo de tres meses y medio, los gastos de cocina ascienden nada menos que a treinta y cinco mil libras. También se los provee abundantemente de ropa interior, de trajes y de todo lo que se refiere al pertrecho de la casa mientras Luis XVI no es todavía considerado como un criminal. Según sus deseos, recibe, para matar el tiempo, toda una biblioteca de doscientos cincuenta y siete volúmenes, en su mayor parte clásicos latinos; en esta primera época, muy corta, la prisión de la familia real no ha tenido en modo alguno carácter de castigo, y así, prescindiendo de la opresión moral, podían el rey y la reina llevar una vida tranquilamente cómoda y casi pacífica.


Por la mañana hace María Antonieta venir a sus niños y los instruye o juega con ellos; a mediodía comen reunidos; de sobremesa juegan una partida de chaquete o de ajedrez. Mientras el rey lleva después a pasear al delfín por el jardín y con él echa a volar cometas, la reina, que es demasiado orgullosa para pasear públicamente bajo vigilancia, se ocupa, en general, en su habitación, con labores de mano. Por la noche acuesta ella misma a los niños, y después charlan todavía un poco o juegan a las cartas; hasta alguna vez intentan tocar el clave, como en tiempos anteriores, o cantar un poco, pero, apartada del gran mundo y de sus amigas, le falta para siempre la perdida ligereza de su corazón. Habla poco, y prefiere estar sola o con los niños. Le falta como consuelo aquella gran piedad de Luis XVI y de su hermana, que rezan mucho y observan severamente todos los días de ayuno, con lo cual adquieren resignación y paciencia. La voluntad de vivir de la reina no se deja quebrantar tan fácilmente como la de aquellos seres de apagado temperamento: su pensamiento, hasta entre estos cerrados muros, está siempre dirigido hacia el mundo; su alma, habituada al triunfo, se niega todavía a renunciar, aún no quiere abandonar la esperanza -hacia dentro se reconcentran ahora sus no empleadas fuerzas-. Es la única que no se da por prisionera en la prisión; los otros sienten apenas su cautividad, y, si no fuera por la vigilancia y el eterno miedo del mañana, aquel pequeño burgués de Luis XVI y la monja de madame Elisabeth encontrarían realmente realizada la forma de vivir por la cual inconscientemente habían suspirado años y años: una pasividad sin responsabilidad ni pensamiento.

Pero la guardia está allí. Sin interrupción se les recuerda con ello a los cautivos que hay otro poder que rige su destino. En el comedor ha colgado en la pared la Comuna la edición en folio del texto de la Declaración de los derechos del hombre, fechada en una forma dolorosa para un rey: «Año primero de la República». Sobre las placas de latón de su estufa tiene que leer el rey: «Libertad, igualdad, fraternidad». A la hora de la comida de mediodía aparece un comisario o el comandante como huésped no invitado. Cada pedazo de su pan es cortado por una mano extraña para investigar si acaso no contendrá algún mensaje secreto; ningún periódico puede entrar en el recinto del Temple; cada uno que penetra en la torre o sale de ella es registrado del modo más minucioso por los guardias, en busca de los papeles que pueda llevar escondidos, y, además, las puertas de las habitaciones regias son cerradas por fuera. Ni un solo paso puede dar el rey o la reina sin que detrás de ellos, con el fusil cargado al hombro, aparezca la sombra de un guardia, ni tener ninguna conversación sin testigos, ni leer ningún impreso sin censurar. Sólo en su apartado dormitorio conocen la dicha y la merced de estar solos consigo mismos.


Tal hombre, puesto como señor y vigilante de la real familia, goza evidentemente, con todo el contento de un alma pequeña, de la posibilidad de que le sea lícito tratar de un modo que le haga bajar la cabeza a toda una archiduquesa de Austria y reina de Francia.De una cortesía intencionadamente helada en el trato personal, y siempre cuidadoso de mostrar que él es el auténtico representante de la nueva justicia, da libre curso Hébert, en el Pére Duchéne , con groseras injurias a su enojo porque la reina rehúsa toda conversación con él; es la voz del Père Duchéne la que solicita ininterrumpidamente el «salto de carpa» y el rasoir national para el «borracho y su golfa» , los mismos a quienes el señor procurador Hébert visita todas las semanas del modo más cortés. Indudablemente que las palabras de su boca eran más violentas que los sentimientos de su corazón; pero ya hay una innecesaria humillación para los vencidos en el hecho de encargar precisamente al más despiadado y más insincero de todos los patriotas de que sea jefe supremo de la prisión. Porque el miedo a Hébert actúa naturalmente sobre los soldados de la guardia y los empleados. Por temor a ser considerados como negligentes, tienen que hacer mayores crueldades de las que querrían hacer; mas de otra parte, sus gritos de odio han servido a los encerrados de modo sorprendente, pues los honrados y cándidos artesanos y pequeños burgueses que Hébert coloca como guardianes han leído siempre en las páginas del Pére Duchéne cosas terribles acerca del «sanguinario tirano» y de la austríaca prostituta y dilapiladora. Y ahora, destinados al servicio de vigilancia, ¿qué es lo que ven? Un inocente y gordo burgués que con su hijito de la mano, va a pasear por el jardín y mide, con él mismo, cuántas pulgadas y pies cuadrados tiene de superficie el patio; lo ven comer mucho y con regodeo, dormir y estar inclinado sobre sus libros.

Pronto reconocen que este torpe y buen padre de familia no es capaz de hacer daño ni a una mosca; es verdaderamente difícil odiar a un tal tirano, y si Hébert no vigilara tan severamente, los soldados de la guardia probablemente habrían charlado con aquel humilde señor como con un camarada del pueblo, bromeando con él y hasta jugando a las camas. La reina, naturalmente, impone mayores distancias. María Antonieta, en la mesa, ni una sola vez dirige la palabra a los inspectores, y cuando viene una comisión y le pregunta si desea alguna cosa o tiene alguna queja que dar, responde invariablemente que no desea ni apetece nada. Prefiere echar sobre sí todas las desazones a pedir un favor a ninguno de los guardianes de su prisión. Pero precisamente esta altivez en la desgracia impresiona a aquellos hombres simples y, como siempre, una mujer que sufre visiblemente provoca especial compasión.

grabado que muestra a luis XVI rodeado de sus dos hijos en la prisión del temple.
Pero a poco, los guardianes, que en realidad comparten la prisión con los prisioneros, llegan a sentir cierta inclinación hacia la reina y la real familia, y sólo esto explica la posibilidad de diversas tentativas de evasión; si, como se dice en las Memorias monárquicas, los soldados de la guardia se condujeron de un modo extremadamente áspero y acentuando su republicanismo; si, al pasar arriba y abajo, lanzaban una grosera blasfemia o silbaban más ruidosamente de lo que fuera menester, tal cosa sólo ocurría realmente para disimular cierta íntima compasión ante los vigilados. Mejor que los ideólogos de la Convención, ha comprendido el pueblo bajo que los vencidos merecen respeto en su desgracia, y ante los soldados del Temple, aparentemente tan groseros, ha encontrado la reina mucho menos odio y menos actos odiosos que en los salones de Versalles en otros tiempos.


domingo, 18 de diciembre de 2016

MARIE ANTOINETTE VE POR PRIMERA VEZ A MADAME DU BARRY

 
La Muette , 15 de mayo de 1770

Hubo una fiesta privada en el hermoso verde pálido y salas de oro del palacio de la Muette. A las puertas la delfina fue recibida por el propio rey donde procedió finalmente a presentar a la joven a los dos hermanos menores del delfín. El conde de Provenza, de soñolientos ojos marrones y el más joven del trio, el conde Artois, con una mirada netamente italiana y labios sensuales.

El conde de Provenza se aproximó a la princesa y le dio una rápida mirada de arriba hacia abajo como todos los hombres lo hacen “estoy contento de encontrarme con vosotros al fin – le dijo en un tono de cortesía alemán- he estudiado el idioma con mi tutor, pensé que sería bueno si alguien la saludaba en su propia lengua”. Luego se acercó el conde de Artois, cuyos ojos oscuros se encontraron con los de ella con admiración “espero que cuando sea la hora de casarme con una princesa sea tan bonita como tú” –le dijo con una sonrisa encantadora.

Con un aire de lamento el rey paso la mano para el delfín, quien sin mirarla se dirigió rígidamente hacia la mesa, que estaba iluminada por docenas de candelabros y cubiertas de exuberante floración de color rosa, melocotón amarillo y peonias, reluciente de plata, copas de cristal fino y un servicio de Sevres exquisito.

¿Qué hermoso es todo aquí? Le comento a su marido de una manera agradable. Él se encogió de hombros y miro hacia abajo estrepitosamente en su plato y jugo nerviosamente con el tenedor de plata que se encontraba junto a él.


María Antonieta lo observa por un momento en silencio, tratando desesperadamente de pensar en algo, cualquier cosa que pudiera por lo menos mostrar algo de entusiasmo. “¿le gusta la caza?” era todo lo que podía pensar. “si me gusta” le contesto el delfín con un aire indiferente.

Todos los presentes en la mesa la miraban con expresiones de curiosidad mezclada con hostilidad. Excepto una rubia muy bonita con fusión de ojos azules y una sonrisa encantadora que se sentó en el extremo de la mesa. Vestía muy bien, seda brillante de color oro pálido que brillaba con la luz de las velas y puso de manifiesto su pecho opulento. La extraña dama le guiño un ojo y con sarcasmo levanto la copa de vino y le hizo un silencioso brindis.

La joven se inclina hacia el delfín, que con entusiasmo masticaba un muslo de pollo y que no prestaba ninguna atención a las conversaciones sobre la mesa “¿Quién es esa hermosa dama en el extremo de la mesa?” –le susurro la delfina, asegurándose de no permitir que sus ojos se deslizaran de nuevo en dirección a ella. El delfín la miro con una expresión de sorpresa.


Su prima, la señora de Chartres, que estaba sentada en su otro lado, se apoyó lánguidamente a través de Luis Augusto y con una sonrisa susurro: “esa, mi querida, es la señora condesa Du Barry”. A la nueva delfina el nombre no le era familiar y en las lecciones del Abad Vermont no se acordaba que le hubiera mencionado nunca a nadie con este nombre. “¿quién es ella? ¿Cuál es su posición en la corte?”.

La señora de Chartres se echó a reír, mientras que el delfín frunció el ceño frente a su plato, mirando como si quisiera estar en otro lugar. “su posición en la corte?” – se escondió la duquesa con una sonrisa de diamantes incrustados detrás de su abanico. “bueno, déjame ver, la posición de la señora condesa es… divertir a su majestad” – hablo con un susurro exagerado- “no se todos los detalles, pero lo que si se es perfectamente impactante, mi querida! Al parecer, la señora condesa es hija ilegítima de una costurera común y un monje! También he oído que ella manejo su comercio en las calles antes de encontrar un protector rico, hasta que llamo la atención de su majestad y la trajo a vivir aquí a Versalles. Usted tendrá que acostumbrarse a estas cosas si usted va a vivir entre nosotros. El palacio entero es u hervidero de chismes e intrigas”.


María Antonieta miro hacia madame Du Barry y vio que ella seguía mirándola, pero esta vez con un toque de desafío. Sus miradas se cruzan una ala otra y ambas saben que se convertirán de ahora en adelante en rivales, sin saber que solo una tendrá la diadema de reina.

No fue ningún azar que la lucha entre María Antonieta y madame Du Barry se decidiera a favor de la ilegitima de alcoba y no la petit rose austriaca. Con la Du Barry triu8nfaba la voluntad de la mujer, que empuja hacia adelante, que arroja tras de sí las formas gastadas como cascadas vacías y prueba, creativa, sus energías en otras siempre nuevas. En su vida encarna la energía de una nación que quiere conquistar su sitio en el universo; con el final de María Antonieta muere este esplendor y heroico, un pasado de una estirpe poco seria, frívola y descreída.


Ese enfrentamiento en el espacio, en el tiempo y en sus figuras seria grandioso de no ser tan miserablemente mezquina la forma en que se libró. Porque a pesar de su espléndida talla, esas dos mujeres siguen siendo mujeres, no pueden superare las debilidades de su sexo a la hora de librar sus enemistades. Si en vez de María Antonieta y madame Du Barry se enfrentaran dos hombres, dos reyes, enseguida se produciría un abierto combate, una guerra clara. La pretensión abrupta a la pretensión, el valora al valor. En cambio, el conflicto se sustrae a esta clara y varonil sinceridad, es una pelea entre gatas, un acecharse y vigilarse con las garras escondidas, un juego traicionero y deshonesto. Se miran a los ojos de frente, nunca su odio fue más abierto, cierto y claro, no se saludan ni se cubren de buenos deseos la una a la otra, nada de adulaciones ni hipocresías, cada una ellas mantiene el cuchillo a la espalda. No, la crónica de la guerra entre estas dos mujeres no presenta batallas dignas de la Ilíada, situaciones gloriosas; no es un poema épico, sino un pérfido capítulo de Maquiavelo, sin duda muy excitante desde el punto de vista psicológico de la nobleza francesa, que le importa más esta querella que la situación del país. Este juego indecente empieza enseguida.

sábado, 10 de diciembre de 2016

LUIS XVI - ANTONIA FRASER

 
El joven delfín de Francia, el prospectivo novio era un niño agradable, pero sin educación, fue de alguna manera particularmente poco prometedor. Su vida había tenido un comienzo desafortunado. Su madre se inclinó por el dolor durante su tercer embarazo, gracias a la muerte de su segundo hijo, el infante duque de Aquitania. Era, sin embargo, la muerte del hijo mayor, el duque de Borgoña, en 1761, que dejo a los siete años de edad, Luis augusto con un complejo de inferioridad permanente. De acuerdo con las reglas de etiqueta inexorable de Versalles, Luis augusto fue trasladado a los apartamentos de su hermano agonizante en el mismo día de su muerte.

Sus padres no hicieron ningún secreto de sus lamentaciones por la muerte del hijo favorito. El hombre a cargo de Luis augusto, el duque de Vauguyon, gobernador de los hijos de Francia a partir de 1758, también aprovecho la oportunidad para dar un retrato sobre la inadecuación para el papel, en comparación con su hermano fallecido. La firmeza es de todas las virtudes, la más necesaria para un rey; pero el resultado fue una terrible falta de confianza en sí mismo. La muerte de su padre, el delfín Luis Fernando, en 1765, significo que Luis augusto, ahora delfín, estaba a tan solo un latido de distancia del trono de Francia.

Lo que le faltaba en la confianza, el delfín ciertamente no lo compenso por la atracción física. Fue construido en gran medida a un peso que aumentaría aún más con el paso del tiempo. Había una especie de gen de la gordura en esta rama de la familia Borbón, que puede haber sido glandular en origen. Su padre había sido enormemente gordo. El padre de María Josefa, Augusto III también había sido obeso. Donde quiera que la herencia viniera –posiblemente a partir de la reunión de dos genes similares- no había duda de que Luis Augusto, su hermano más cercano, el conde de Provenza y su hermana menor Clotilde, tenían un problema de peso.

Notoriamente torpe, el delfín corto una figura lamentable en los bailes de la corte; el tenía un mal oído para que su canto provoco estremecimientos generales, sus claros ojos azules –a diferencia delos sajones- espumosos “eslavos” de su abuelo Luis XV, miopes lo que hace mirar a los cortesanos y no lo reconoce; a menudo mantuvo la cabeza baja de manera que se evita la confrontación total. Mal equipados para la vida formal en Versalles, el delfín se refugió en una profunda pasión por la caza, la ocupación real tradicional. Desde la edad de nueve años en adelante grabo sus hazañas en una revista de caza que constituía el diario de un deportista.

El delfín fue, sin embargo, inteligente, naturalmente estudioso y bien instruido por los métodos de memorización y aprendizaje para la época. Le gustaba la literatura y las “melodías sublimes” de Racine. Por encima de todo, él tenía el amor por la historia que fue inculcada por David Hume. Teniendo en cuanta todos estos factores, dado que el delfín seria rutinario capaz del acto conyugal como cualquier otro marido seguramente sería?.

-Marie Antoinette: the journey - Antonia Fraser 

domingo, 4 de diciembre de 2016

LA MUERTE DEL EMPERADOR LEOPOLDO II (1792)

el emperador Leopoldo II
Una tras otro, María Antonieta perdió sus últimas posibilidades de seguridad, vio como los dos soberanos desaparecen de los cuales ella había esperado un auxilio: su hermano, el emperador Leopoldo II y Gustavo III, rey de Suecia. Leopoldo no había sido todas las ilusiones que su hermana había acariciado con respecto a él, pero, sin embargo, mostro un gran interés en los asuntos franceses y un vivo deseo de ser útil a Luis XVI, había adoptado una política de conciliación. El deseaba una reconciliación con los nuevos principios, y por otra parte, no era ciego a la inexperiencia y la levedad de los emigrados.

el emperador leopoldo se reúne con el rey de prusia Federico para discutir la situación de la monarquía francesa.
Pero la obligación por los tratados, para defender los derechos de los príncipes que sostienen la propiedad en Alsacia, su miedo a la propaganda de sedición, el lenguaje agresivo de la asamblea nacional y la prensa parisina, había terminado con tomar una actitud más decisiva, y fue en el momento de esta intensión seria para acudir en ayudar a su hermana que fue llevado por una muerte súbita. A pesar de que no deseaba una guerra entre Austria y Francia, la reina había persistido en desear un congreso armado, lo que habría sido un compromiso entre la paz y la guerra, pero la asamblea nacional habría considerado esto como una humillación intolerable. No se debe negar, la situación era falsa. Entre los verdaderos sentimientos de Luis XVI y su nuevo papel como un soberano constitucional, había una verdadera incompatibilidad. En cuanto a la reina, no estaba en buenas relaciones ni con los emigrados ni con la asamblea.

Con el fin de obtener una idea justa de los sentimientos mostrados por los emigrados, es necesario leer una carta escrita desde Treves el 16 de octubre de 1791, por la señora de Raigecourt, amiga de madame Elisabeth, a otra amiga de la princesa, la marquesa de Bombelles: “veo con dolor que parís y Coblenza no están en buenas condiciones, el emperador trata a los príncipes como niños… los príncipes no pueden evitar sospechar que se trata de la influencia de la reina y sus agentes, que frustran sus planes y hace que el emperador se comporte de un modo tan extraño… algunos engaños por parte de las tullerias todavía se sospecha en este país. Ellos deben de explicar el uno al otro una vez por todas”. La señora de Raigecourt termina su carta con esta denuncia contra Luis XVI: “nuestro desgraciado rey se rebaja más y más todos los días; porque él esta haciendo demasiado, incluso si todavía tiene la intención de escapar… la emigración, por su parte, aumenta cada día, y la actualidad no habrá más franceses que alemanes en esta región”.

El conde Artois, Federico de Prusia y Leopoldo se reúnen para la declaración de Pillnitz, mostrando su solidaridad con la monarquía francesa: “su majestad el emperador y su majestad el rey de Prusia… consideran que la situación en la que el rey de Francia se encuentra ahora, es tema de interés común para todos los soberanos europeos”.
Esta extraña posición del emperador simplemente era que velaba por sus propios intereses y ambiciones, aunque mostraba su apoyo a los franceses, pactaba con Rusia y Prusia sobre un segundo reparto Polonia. El 4 de agosto de 1791 escribió a María cristina con una relativa calma: “no crea nada, ni verse tentada a hacer o decir lo que los franceses y príncipes emigrantes le pregunten. Solo cortesías y cenas, no hay intensión de darles dinero, no hay ninguna garantía de tropas para ellos”.En este preciso momento, la reina estaba ilusionada con que el emperador fuera el salvador de su familia, como le escribió el 4 de octubre de 1791: “mi único consuelo es escribirle a usted mi querido hermano, estoy rodeada de tantas atrocidades que necesito toda su amistad para tranquilizar mi mente… un punto de gran importancia es la de regular la conducta de los emigrados. Si vuelven a entrar a Francia a la fuerza, todo está perdido, y será imposible hacer que no estamos en connivencia con ellos. Incluso la existencia de un ejército de emigrados en la frontera sería suficiente para mantener la confianza. En primer lugar, repito, que pondría un control sobre los emigrados, y por otra parte, sería hacer una impresión aquí… adiós, mi querido hermano, te queremos y mi hija me ha encargado especialmente un abrazo a su buen tío”.

grabado francés satírico con el lema: "el emperador de las dos caras".
Mientras María Antonieta estaba convenciendo así a Austria sobre el congreso armado, la asamblea nacional de parís repelió con energía todo el pensamiento de cualquier tipo de intervención por parte de las potencias extranjeras. El 1 de enero de 1792, se emitió un decreto de destitución contra los hermanos del rey, el príncipe de Conde y el señor de Calonne. La confiscación de los bienes de los emigrados y la tributación de sus ingresos para el beneficio del estado había sido prescrita por otro decreto al que Luis XVI no había ofrecido ninguna oposición.

Por una curiosa coincidencia, esta fecha de 1 de marzo fue precisamente aquella en la que el emperador Leopoldo fue a morir de una terrible enfermedad. Él estaba en perfecto estado de salud el 27 de febrero, cuando ofreció una audiencia al enviado turco, el 28 estaba en su agonía y el 1 de marzo, murió. Su médico afirmo que había sido envenenado. La idea de un crimen se había extendido entre la gente.

Consuelo de la monarquía austriaca sobre la muerte del emperador Leopoldo II
Vagos Rumores se refieren a una mujer que había intervenido en el último baile de máscaras en la corte. Esta persona desconocida, al abriga de su disfraz, había presentado al soberano unos caramelos envenenados. Los jacobinos podrían haber deseado deshacerse del jefe armado del imperio, y los emigrados, que podrían haberle reprochado por ser demasiado tibio en su posición a los principios de la revolución francesa. Esta hipótesis era poco probable, los jacobinos no tenían ninguna parte en la muerte del emperador Leopoldo. Pero las mentes estaban tan excitadas en el momento en que las partes se acusaron entre si mutuamente, en todas las ocasiones, de los crímenes mas execrables.

Lo cierto es que María Antonieta cree en el envenenamiento. “la muerte del emperador Leopoldo –dice madame Campan- se produjo el 1 de marzo de 1792. La reina estaba fuera cuando la noticia llego a las tullerias. A su regreso, le di la carta que le anunciaba. Ella grito que el emperador había sido envenenado, que había observado y preservado un boletín en el que, en un artículo sobre la sesión del club de los jacobinos en el momento en que Leopoldo había declarado la coalición, se decía, al hablar de él, que había que deshacerse con ese asunto. A partir de ese momento la reina había considerado esta frase como una advertencia de los propagandistas”.

grabado que muestra el velorio del emperador.
En el mismo día que el hermano de Maria Antonieta murió. El ministro de Luis XVI, de asuntos exteriores, el señor de Lessart, había enfurecido a la asamblea nacional mediante la lectura de los extractos de su correspondencia diplomática, que se encontró lo suficientemente firme. Estaban indignados por un despacho en el que el príncipe Kaunitz, dijo: “los últimos acontecimientos nos dan esperanzas, parece que la mayoría dela nación francesa, impresionado con los males que ha desatado, están regresando a los principios más moderados y la inclinación para hacer al trono la dignidad y la autoridad que son la esencia del gobierno monárquico”.

Cuando de Lessart bajo la tribuna el murmullo se transformó en gritos de rabia y amenazas contra el ministro y la corte, que según se decía, estaban planeando una contrarrevolución en las tullerias y dictando al gabinete de Viena el idioma por el cual se espera intimidar a Francia. En la sesión de la tarde ese mismo día, Rouyer, un diputado, propuso destituir al ministro de asuntos exteriores. “es posible –exclamo- que un ministro perfido debe venir aquí para hacer un desfile de su trabajo y establecer la responsabilidad de la misma a una potencia extranjera? ¿Será el tiempo en que nunca llegara cuando los ministros dejaran de traicionarnos? Mi cabeza es el precio de la denuncia que estoy haciendo, me gustaría, no obstante, seguir adelante con ella”. En la sesión del 6 de marzo, Gaudet, dijo: “es hora de saber si los ministros desean hacer a Luis XVI rey de los franceses, o el rey de Coblenza”.
 
Claude Antoine de Valdec de Lessart 
El decreto de juicio político contra los ministros fue votado por una mayoría muy amplia. A Lessart se le aconseja tomar el vuelo, pero se negó. “se los debo a mi país –dijo él- a mi rey y para mi hacer mi inocencia y la regularidad de mi conducta normal ante el tribunal y he decidido entregarme en Orleans”. Luis XVI no se atreve hacer nada para salvar a su ministro favorito que es encarcelado. El 11 de marzo, Petion, alcalde de parís, llego a la barra de la asamblea y lee, en nombre de la comuna, una dirección en la que se decía: “cuando la atmósfera que nos rodea está cargada de vapores malolientes, la naturaleza puede aliviarse solamente por una tormenta de truenos. Así, también, la sociedad puede purgarse de los abusos que perturban solo por una explosión formidable… es cierto, entonces, que la responsabilidad no es una palabra vana; que todos los hombres, cualquiera que sea sus estaciones, son iguales ante la ley; que la espada de la justicia está suspendida sobre todas las cabezas, sin distinción”.

grabado revolucionario que muestra el juicio político de los ministros de luis XVI (1792)
Rodeada por un millar de trampas, odiada por cada una de las partes extremas, por los emigrados, así como por los jacobinos, María Antonieta ya no vio nada más que tristeza. En el extranjero, como en Francia, su mirada se posó en solo espectáculos deprimentes. Todos habían conspirado para traicionarla. Ella había experimentado tantos engaños y tanta angustia; el destino la había perseguido con tanta amargura, que su corazón, agotada con las emociones y abrumada por la tristeza, estaba cansada de todas las cosas, incluso de la esperanza.