lunes, 26 de diciembre de 2016

LA FAMILIA REAL ES TRASLADADA AL TEMPLE (1792)

llegada de la familia real al temple.
Es ya oscuro cuando la familia real llega delante del antiguo castillo de los templarios, el Temple. Las ventanas del edificio principal están iluminadas con innumerables linternas -¿no es aquél un día de fiesta popular?-. María Antonieta conoce este palacete.

Ha habitado aquí, durante los dieciocho años frívolos del rococó, el hermano del rey, el conde de Artois, su camarada de bailes y diversiones. Con repiqueteantes cascabeles, envuelta en preciosas pieles, fue hasta allí una vez, en invierno, catorce años hace, en un trineo ricamente decorado, para comer a toda prisa en casa de su cuñado. Hoy, unos amos de casa menos amables, los miembros de la Comuna, la invitan a quedarse allí permanentemente, y, en vez de lacayos, se alzan delante de las puertas, como cuidadosos vigilantes, guardias nacionales y gendarmes. La gran sala donde sirven la comida a los prisioneros es conocida por nosotros por un cuadro célebre: «Un té en casa del príncipe Conti». El mozuelo y la muchacha que entretienen en él con un concierto a una sociedad ilustre son nada menos que el niño de ocho años Wolfgang Amadeo Mozart y su hermana: música y alegría han resonado en este recinto; nobles señores, felices y gozadores de la vida, han habitado últimamente esta mansión.

"te en casa del príncipe conde". Fue en esta sala que se sirvió una comida generosa para la familia real. Nadie se atrevía a decir a María Antonieta que volvería a este palacio y que en una ocasión sugirió al su cuñado demoler las torres y que ahora serian su lugar de residencia.
Pero no es este elegante palacio, en cuyas cámaras, recubiertas de madera tallada y dorada, todavía queda quizás un suave aleteo de la argentina ligereza de las melodías de Mozart, lo que está destinado por la Comuna para residencia de María Antonieta y de Luis XVI, sino los dos torreones antiquísimos, redondos y de puntiagudo tejado, que se alzan junto a él. Edificados por los caballeros templarios de la Edad Media, con firmes sillares, como inexpugnable fortaleza, estos torreones, grises y tenebrosos, semejantes a la Bastilla, provocan primeramente un estremecimiento de supersticioso terror. Con sus pesadas puertas forradas de hierro, sus escasas ventanas, sus fúnebres patios entre murallas, hacen pensar en olvidadas baladas de otros tiempos, en la Santa Vehma, en la Inquisición, en antros de brujas y cámaras de tormento. De mala gana, con tímidas miradas, contemplan los parisienses esos restos últimos de una edad de violencia, que se han mantenido en pie, del todo inútiles y por ello doblemente misteriosos, en medio de un animado barrio de pequeños burgueses: era un símbolo de elocuencia cruel destinar estos viejos y ya inútiles muros para prisión de la vieja y ya inútil monarquía.


Las siguientes semanas sirven para aumentar la inviolabilidad de esta prisión dilatada. Se demuele una fila de casitas que rodean las torres, son echados abajo todos los árboles del patio, para que no impidan la vigilancia por ninguna parte; además, los dos patios que rodean a las torres, pelados y desnudos, son separados por un muro de piedra de los otros edificios, de modo que hay que atravesar primero tres recintos amurallados antes de que se penetre en la verdadera ciudadela. Se levanta en todas las salidas garitas de vigilancia, y en todas las puertas interiores que dan a los pasillos de cada piso se cuida de poner barreras para forzar a cada uno de los que entren o salgan a justificar su personalidad ante siete a ocho guardias diferentes. Como custodios, el consejo municipal, que responde de los prisioneros, elige a diario, echando suertes, cuatro diferentes comisarios que, alternativamente, vigilen día y noche todas las habitaciones y estén obligados, por la noche, a tomar en depósito la totalidad de las llaves de todas las puertas. Fuera de ellos y de los consejeros municipales, a nadie le es permitido penetrar sin una especial tarjeta de permiso de la municipalidad dentro de todo el recinto fortificado del Temple; ningún Fersen ni ningún otro amigo complaciente puede acercarse ya a la real familiar la posibilidad de hacer pasar cartas y de ponerse en contacto con los de fuera está -o por lo menos lo parece- irrevocablemente excluida.


De modo más grave hiere aún a la real familia otra medida de precaución. En la noche del 19 de agosto se presentan los funcionarios municipales con la orden de sacar de allí a todas las personas que no pertenezcan a la real familia. Especialmente dolorosa para la reina es la despedida de madame de Lamballe, que, estando ya en seguro refugio, había vuelto voluntariamente de Londres para testimoniar su amistad en la hora del peligro.

Ambas presienten que no volverán nunca a verse; en esta despedida, no presenciada por ningún testigo, tiene que haber sido cuando María Antonieta, como única muestra de cariño, le regaló a su amiga aquel mechón de cabellos, encerrados en un anillo, con esta trágica inscripción: «Encanecidos por la desgracia», y que más tarde se halló sobre el despedazado cadáver de la asesinada princesa. También la preceptora, madame de Tourzel, y su hija tuvieron que ser trasladadas de esta prisión a otra especial, a la Force; lo mismo que los acompañantes del rey: sólo un ayuda de cámara le es dejado para servir a su persona. Con ello queda destruida la última apariencia y brillo de una corte, y, en adelante, las personas de la familia real, Luis XVI, María Antonieta, sus dos hijos y la princesa Elisabeth, se hallan consigo mismas, solas por completo.


El temor de un acontecimiento es, en general, más insoportable que el acontecimiento mismo. Por mucho que la prisión signifique una humillación para el rey y la reina, ofrece, en primer lugar, cierta seguridad a sus personas. Los gruesos muros que los rodean, los patios cerrados de barricadas, los puestos de guardia con los fusiles permanentemente cargados, cierto que impiden toda tentativa de fuga, pero protegen, al mismo tiempo, contra todo ataque imprevisto. Ya no necesita la real familia, como en las Tullerías, acechar a diario y a cada hora todo rebato de campanas y redobles de tambores para saber si hoy o mañana hay que aguardar algún ataque. En este torreón solitario es la misma distribución de tiempo, ayer como hoy, el mismo aislamiento seguro y tranquilo y el mismo alejamiento de todos los sucesos del mundo. El gobierno de la ciudad hace, al principio, todo lo posible para cuidar del bienestar puramente material de la real familia prisionera; despiadada en la lucha, la Revolución, según su última voluntad, no es inhumana. Después de cada duro golpe, vuelve a suspender otra vez su marcha durante un momento, sin sospechar que precisamente estas pausas, estas aparentes renuncias, hacen aún más sensible para los vencidos su derrota.

Los primeros días después del traslado al Temple se esfuerza la municipalidad por presentar su prisión a los prisioneros como lo más aceptable posible. La gran torre es empapelada de nuevo y provista de muebles; se prepara todo un piso con cuatro habitaciones para el rey; cuatro habitaciones para la reina, su cuñada madame Elisabeth y los niños. Pueden en todo momento salir de la lúgubre y mohosa torre, ir a pasear por el jardín, y, ante todo, cuida la Comuna de que no carezcan de lo que, por desgracia, es lo más preciso para el bienestar del rey: una comida buena y abundante. Nada menos que trece personas cuidan a diario de su mesa; cada mediodía hay por lo menos tres sopas, cuatro principios, dos asados, cuatro platos ligeros, compota, fruta, vino de Malvasía, burdeos, champaña; de modo que al cabo de tres meses y medio, los gastos de cocina ascienden nada menos que a treinta y cinco mil libras. También se los provee abundantemente de ropa interior, de trajes y de todo lo que se refiere al pertrecho de la casa mientras Luis XVI no es todavía considerado como un criminal. Según sus deseos, recibe, para matar el tiempo, toda una biblioteca de doscientos cincuenta y siete volúmenes, en su mayor parte clásicos latinos; en esta primera época, muy corta, la prisión de la familia real no ha tenido en modo alguno carácter de castigo, y así, prescindiendo de la opresión moral, podían el rey y la reina llevar una vida tranquilamente cómoda y casi pacífica.


Por la mañana hace María Antonieta venir a sus niños y los instruye o juega con ellos; a mediodía comen reunidos; de sobremesa juegan una partida de chaquete o de ajedrez. Mientras el rey lleva después a pasear al delfín por el jardín y con él echa a volar cometas, la reina, que es demasiado orgullosa para pasear públicamente bajo vigilancia, se ocupa, en general, en su habitación, con labores de mano. Por la noche acuesta ella misma a los niños, y después charlan todavía un poco o juegan a las cartas; hasta alguna vez intentan tocar el clave, como en tiempos anteriores, o cantar un poco, pero, apartada del gran mundo y de sus amigas, le falta para siempre la perdida ligereza de su corazón. Habla poco, y prefiere estar sola o con los niños. Le falta como consuelo aquella gran piedad de Luis XVI y de su hermana, que rezan mucho y observan severamente todos los días de ayuno, con lo cual adquieren resignación y paciencia. La voluntad de vivir de la reina no se deja quebrantar tan fácilmente como la de aquellos seres de apagado temperamento: su pensamiento, hasta entre estos cerrados muros, está siempre dirigido hacia el mundo; su alma, habituada al triunfo, se niega todavía a renunciar, aún no quiere abandonar la esperanza -hacia dentro se reconcentran ahora sus no empleadas fuerzas-. Es la única que no se da por prisionera en la prisión; los otros sienten apenas su cautividad, y, si no fuera por la vigilancia y el eterno miedo del mañana, aquel pequeño burgués de Luis XVI y la monja de madame Elisabeth encontrarían realmente realizada la forma de vivir por la cual inconscientemente habían suspirado años y años: una pasividad sin responsabilidad ni pensamiento.

Pero la guardia está allí. Sin interrupción se les recuerda con ello a los cautivos que hay otro poder que rige su destino. En el comedor ha colgado en la pared la Comuna la edición en folio del texto de la Declaración de los derechos del hombre, fechada en una forma dolorosa para un rey: «Año primero de la República». Sobre las placas de latón de su estufa tiene que leer el rey: «Libertad, igualdad, fraternidad». A la hora de la comida de mediodía aparece un comisario o el comandante como huésped no invitado. Cada pedazo de su pan es cortado por una mano extraña para investigar si acaso no contendrá algún mensaje secreto; ningún periódico puede entrar en el recinto del Temple; cada uno que penetra en la torre o sale de ella es registrado del modo más minucioso por los guardias, en busca de los papeles que pueda llevar escondidos, y, además, las puertas de las habitaciones regias son cerradas por fuera. Ni un solo paso puede dar el rey o la reina sin que detrás de ellos, con el fusil cargado al hombro, aparezca la sombra de un guardia, ni tener ninguna conversación sin testigos, ni leer ningún impreso sin censurar. Sólo en su apartado dormitorio conocen la dicha y la merced de estar solos consigo mismos.


Tal hombre, puesto como señor y vigilante de la real familia, goza evidentemente, con todo el contento de un alma pequeña, de la posibilidad de que le sea lícito tratar de un modo que le haga bajar la cabeza a toda una archiduquesa de Austria y reina de Francia.De una cortesía intencionadamente helada en el trato personal, y siempre cuidadoso de mostrar que él es el auténtico representante de la nueva justicia, da libre curso Hébert, en el Pére Duchéne , con groseras injurias a su enojo porque la reina rehúsa toda conversación con él; es la voz del Père Duchéne la que solicita ininterrumpidamente el «salto de carpa» y el rasoir national para el «borracho y su golfa» , los mismos a quienes el señor procurador Hébert visita todas las semanas del modo más cortés. Indudablemente que las palabras de su boca eran más violentas que los sentimientos de su corazón; pero ya hay una innecesaria humillación para los vencidos en el hecho de encargar precisamente al más despiadado y más insincero de todos los patriotas de que sea jefe supremo de la prisión. Porque el miedo a Hébert actúa naturalmente sobre los soldados de la guardia y los empleados. Por temor a ser considerados como negligentes, tienen que hacer mayores crueldades de las que querrían hacer; mas de otra parte, sus gritos de odio han servido a los encerrados de modo sorprendente, pues los honrados y cándidos artesanos y pequeños burgueses que Hébert coloca como guardianes han leído siempre en las páginas del Pére Duchéne cosas terribles acerca del «sanguinario tirano» y de la austríaca prostituta y dilapiladora. Y ahora, destinados al servicio de vigilancia, ¿qué es lo que ven? Un inocente y gordo burgués que con su hijito de la mano, va a pasear por el jardín y mide, con él mismo, cuántas pulgadas y pies cuadrados tiene de superficie el patio; lo ven comer mucho y con regodeo, dormir y estar inclinado sobre sus libros.

Pronto reconocen que este torpe y buen padre de familia no es capaz de hacer daño ni a una mosca; es verdaderamente difícil odiar a un tal tirano, y si Hébert no vigilara tan severamente, los soldados de la guardia probablemente habrían charlado con aquel humilde señor como con un camarada del pueblo, bromeando con él y hasta jugando a las camas. La reina, naturalmente, impone mayores distancias. María Antonieta, en la mesa, ni una sola vez dirige la palabra a los inspectores, y cuando viene una comisión y le pregunta si desea alguna cosa o tiene alguna queja que dar, responde invariablemente que no desea ni apetece nada. Prefiere echar sobre sí todas las desazones a pedir un favor a ninguno de los guardianes de su prisión. Pero precisamente esta altivez en la desgracia impresiona a aquellos hombres simples y, como siempre, una mujer que sufre visiblemente provoca especial compasión.

grabado que muestra a luis XVI rodeado de sus dos hijos en la prisión del temple.
Pero a poco, los guardianes, que en realidad comparten la prisión con los prisioneros, llegan a sentir cierta inclinación hacia la reina y la real familia, y sólo esto explica la posibilidad de diversas tentativas de evasión; si, como se dice en las Memorias monárquicas, los soldados de la guardia se condujeron de un modo extremadamente áspero y acentuando su republicanismo; si, al pasar arriba y abajo, lanzaban una grosera blasfemia o silbaban más ruidosamente de lo que fuera menester, tal cosa sólo ocurría realmente para disimular cierta íntima compasión ante los vigilados. Mejor que los ideólogos de la Convención, ha comprendido el pueblo bajo que los vencidos merecen respeto en su desgracia, y ante los soldados del Temple, aparentemente tan groseros, ha encontrado la reina mucho menos odio y menos actos odiosos que en los salones de Versalles en otros tiempos.


domingo, 18 de diciembre de 2016

MARIE ANTOINETTE VE POR PRIMERA VEZ A MADAME DU BARRY

 
La Muette , 15 de mayo de 1770

Hubo una fiesta privada en el hermoso verde pálido y salas de oro del palacio de la Muette. A las puertas la delfina fue recibida por el propio rey donde procedió finalmente a presentar a la joven a los dos hermanos menores del delfín. El conde de Provenza, de soñolientos ojos marrones y el más joven del trio, el conde Artois, con una mirada netamente italiana y labios sensuales.

El conde de Provenza se aproximó a la princesa y le dio una rápida mirada de arriba hacia abajo como todos los hombres lo hacen “estoy contento de encontrarme con vosotros al fin – le dijo en un tono de cortesía alemán- he estudiado el idioma con mi tutor, pensé que sería bueno si alguien la saludaba en su propia lengua”. Luego se acercó el conde de Artois, cuyos ojos oscuros se encontraron con los de ella con admiración “espero que cuando sea la hora de casarme con una princesa sea tan bonita como tú” –le dijo con una sonrisa encantadora.

Con un aire de lamento el rey paso la mano para el delfín, quien sin mirarla se dirigió rígidamente hacia la mesa, que estaba iluminada por docenas de candelabros y cubiertas de exuberante floración de color rosa, melocotón amarillo y peonias, reluciente de plata, copas de cristal fino y un servicio de Sevres exquisito.

¿Qué hermoso es todo aquí? Le comento a su marido de una manera agradable. Él se encogió de hombros y miro hacia abajo estrepitosamente en su plato y jugo nerviosamente con el tenedor de plata que se encontraba junto a él.


María Antonieta lo observa por un momento en silencio, tratando desesperadamente de pensar en algo, cualquier cosa que pudiera por lo menos mostrar algo de entusiasmo. “¿le gusta la caza?” era todo lo que podía pensar. “si me gusta” le contesto el delfín con un aire indiferente.

Todos los presentes en la mesa la miraban con expresiones de curiosidad mezclada con hostilidad. Excepto una rubia muy bonita con fusión de ojos azules y una sonrisa encantadora que se sentó en el extremo de la mesa. Vestía muy bien, seda brillante de color oro pálido que brillaba con la luz de las velas y puso de manifiesto su pecho opulento. La extraña dama le guiño un ojo y con sarcasmo levanto la copa de vino y le hizo un silencioso brindis.

La joven se inclina hacia el delfín, que con entusiasmo masticaba un muslo de pollo y que no prestaba ninguna atención a las conversaciones sobre la mesa “¿Quién es esa hermosa dama en el extremo de la mesa?” –le susurro la delfina, asegurándose de no permitir que sus ojos se deslizaran de nuevo en dirección a ella. El delfín la miro con una expresión de sorpresa.


Su prima, la señora de Chartres, que estaba sentada en su otro lado, se apoyó lánguidamente a través de Luis Augusto y con una sonrisa susurro: “esa, mi querida, es la señora condesa Du Barry”. A la nueva delfina el nombre no le era familiar y en las lecciones del Abad Vermont no se acordaba que le hubiera mencionado nunca a nadie con este nombre. “¿quién es ella? ¿Cuál es su posición en la corte?”.

La señora de Chartres se echó a reír, mientras que el delfín frunció el ceño frente a su plato, mirando como si quisiera estar en otro lugar. “su posición en la corte?” – se escondió la duquesa con una sonrisa de diamantes incrustados detrás de su abanico. “bueno, déjame ver, la posición de la señora condesa es… divertir a su majestad” – hablo con un susurro exagerado- “no se todos los detalles, pero lo que si se es perfectamente impactante, mi querida! Al parecer, la señora condesa es hija ilegítima de una costurera común y un monje! También he oído que ella manejo su comercio en las calles antes de encontrar un protector rico, hasta que llamo la atención de su majestad y la trajo a vivir aquí a Versalles. Usted tendrá que acostumbrarse a estas cosas si usted va a vivir entre nosotros. El palacio entero es u hervidero de chismes e intrigas”.


María Antonieta miro hacia madame Du Barry y vio que ella seguía mirándola, pero esta vez con un toque de desafío. Sus miradas se cruzan una ala otra y ambas saben que se convertirán de ahora en adelante en rivales, sin saber que solo una tendrá la diadema de reina.

No fue ningún azar que la lucha entre María Antonieta y madame Du Barry se decidiera a favor de la ilegitima de alcoba y no la petit rose austriaca. Con la Du Barry triu8nfaba la voluntad de la mujer, que empuja hacia adelante, que arroja tras de sí las formas gastadas como cascadas vacías y prueba, creativa, sus energías en otras siempre nuevas. En su vida encarna la energía de una nación que quiere conquistar su sitio en el universo; con el final de María Antonieta muere este esplendor y heroico, un pasado de una estirpe poco seria, frívola y descreída.


Ese enfrentamiento en el espacio, en el tiempo y en sus figuras seria grandioso de no ser tan miserablemente mezquina la forma en que se libró. Porque a pesar de su espléndida talla, esas dos mujeres siguen siendo mujeres, no pueden superare las debilidades de su sexo a la hora de librar sus enemistades. Si en vez de María Antonieta y madame Du Barry se enfrentaran dos hombres, dos reyes, enseguida se produciría un abierto combate, una guerra clara. La pretensión abrupta a la pretensión, el valora al valor. En cambio, el conflicto se sustrae a esta clara y varonil sinceridad, es una pelea entre gatas, un acecharse y vigilarse con las garras escondidas, un juego traicionero y deshonesto. Se miran a los ojos de frente, nunca su odio fue más abierto, cierto y claro, no se saludan ni se cubren de buenos deseos la una a la otra, nada de adulaciones ni hipocresías, cada una ellas mantiene el cuchillo a la espalda. No, la crónica de la guerra entre estas dos mujeres no presenta batallas dignas de la Ilíada, situaciones gloriosas; no es un poema épico, sino un pérfido capítulo de Maquiavelo, sin duda muy excitante desde el punto de vista psicológico de la nobleza francesa, que le importa más esta querella que la situación del país. Este juego indecente empieza enseguida.

sábado, 10 de diciembre de 2016

LUIS XVI - ANTONIA FRASER

 
El joven delfín de Francia, el prospectivo novio era un niño agradable, pero sin educación, fue de alguna manera particularmente poco prometedor. Su vida había tenido un comienzo desafortunado. Su madre se inclinó por el dolor durante su tercer embarazo, gracias a la muerte de su segundo hijo, el infante duque de Aquitania. Era, sin embargo, la muerte del hijo mayor, el duque de Borgoña, en 1761, que dejo a los siete años de edad, Luis augusto con un complejo de inferioridad permanente. De acuerdo con las reglas de etiqueta inexorable de Versalles, Luis augusto fue trasladado a los apartamentos de su hermano agonizante en el mismo día de su muerte.

Sus padres no hicieron ningún secreto de sus lamentaciones por la muerte del hijo favorito. El hombre a cargo de Luis augusto, el duque de Vauguyon, gobernador de los hijos de Francia a partir de 1758, también aprovecho la oportunidad para dar un retrato sobre la inadecuación para el papel, en comparación con su hermano fallecido. La firmeza es de todas las virtudes, la más necesaria para un rey; pero el resultado fue una terrible falta de confianza en sí mismo. La muerte de su padre, el delfín Luis Fernando, en 1765, significo que Luis augusto, ahora delfín, estaba a tan solo un latido de distancia del trono de Francia.

Lo que le faltaba en la confianza, el delfín ciertamente no lo compenso por la atracción física. Fue construido en gran medida a un peso que aumentaría aún más con el paso del tiempo. Había una especie de gen de la gordura en esta rama de la familia Borbón, que puede haber sido glandular en origen. Su padre había sido enormemente gordo. El padre de María Josefa, Augusto III también había sido obeso. Donde quiera que la herencia viniera –posiblemente a partir de la reunión de dos genes similares- no había duda de que Luis Augusto, su hermano más cercano, el conde de Provenza y su hermana menor Clotilde, tenían un problema de peso.

Notoriamente torpe, el delfín corto una figura lamentable en los bailes de la corte; el tenía un mal oído para que su canto provoco estremecimientos generales, sus claros ojos azules –a diferencia delos sajones- espumosos “eslavos” de su abuelo Luis XV, miopes lo que hace mirar a los cortesanos y no lo reconoce; a menudo mantuvo la cabeza baja de manera que se evita la confrontación total. Mal equipados para la vida formal en Versalles, el delfín se refugió en una profunda pasión por la caza, la ocupación real tradicional. Desde la edad de nueve años en adelante grabo sus hazañas en una revista de caza que constituía el diario de un deportista.

El delfín fue, sin embargo, inteligente, naturalmente estudioso y bien instruido por los métodos de memorización y aprendizaje para la época. Le gustaba la literatura y las “melodías sublimes” de Racine. Por encima de todo, él tenía el amor por la historia que fue inculcada por David Hume. Teniendo en cuanta todos estos factores, dado que el delfín seria rutinario capaz del acto conyugal como cualquier otro marido seguramente sería?.

-Marie Antoinette: the journey - Antonia Fraser 

domingo, 4 de diciembre de 2016

LA MUERTE DEL EMPERADOR LEOPOLDO II (1792)

el emperador Leopoldo II
Una tras otro, María Antonieta perdió sus últimas posibilidades de seguridad, vio como los dos soberanos desaparecen de los cuales ella había esperado un auxilio: su hermano, el emperador Leopoldo II y Gustavo III, rey de Suecia. Leopoldo no había sido todas las ilusiones que su hermana había acariciado con respecto a él, pero, sin embargo, mostro un gran interés en los asuntos franceses y un vivo deseo de ser útil a Luis XVI, había adoptado una política de conciliación. El deseaba una reconciliación con los nuevos principios, y por otra parte, no era ciego a la inexperiencia y la levedad de los emigrados.

el emperador leopoldo se reúne con el rey de prusia Federico para discutir la situación de la monarquía francesa.
Pero la obligación por los tratados, para defender los derechos de los príncipes que sostienen la propiedad en Alsacia, su miedo a la propaganda de sedición, el lenguaje agresivo de la asamblea nacional y la prensa parisina, había terminado con tomar una actitud más decisiva, y fue en el momento de esta intensión seria para acudir en ayudar a su hermana que fue llevado por una muerte súbita. A pesar de que no deseaba una guerra entre Austria y Francia, la reina había persistido en desear un congreso armado, lo que habría sido un compromiso entre la paz y la guerra, pero la asamblea nacional habría considerado esto como una humillación intolerable. No se debe negar, la situación era falsa. Entre los verdaderos sentimientos de Luis XVI y su nuevo papel como un soberano constitucional, había una verdadera incompatibilidad. En cuanto a la reina, no estaba en buenas relaciones ni con los emigrados ni con la asamblea.

Con el fin de obtener una idea justa de los sentimientos mostrados por los emigrados, es necesario leer una carta escrita desde Treves el 16 de octubre de 1791, por la señora de Raigecourt, amiga de madame Elisabeth, a otra amiga de la princesa, la marquesa de Bombelles: “veo con dolor que parís y Coblenza no están en buenas condiciones, el emperador trata a los príncipes como niños… los príncipes no pueden evitar sospechar que se trata de la influencia de la reina y sus agentes, que frustran sus planes y hace que el emperador se comporte de un modo tan extraño… algunos engaños por parte de las tullerias todavía se sospecha en este país. Ellos deben de explicar el uno al otro una vez por todas”. La señora de Raigecourt termina su carta con esta denuncia contra Luis XVI: “nuestro desgraciado rey se rebaja más y más todos los días; porque él esta haciendo demasiado, incluso si todavía tiene la intención de escapar… la emigración, por su parte, aumenta cada día, y la actualidad no habrá más franceses que alemanes en esta región”.

El conde Artois, Federico de Prusia y Leopoldo se reúnen para la declaración de Pillnitz, mostrando su solidaridad con la monarquía francesa: “su majestad el emperador y su majestad el rey de Prusia… consideran que la situación en la que el rey de Francia se encuentra ahora, es tema de interés común para todos los soberanos europeos”.
Esta extraña posición del emperador simplemente era que velaba por sus propios intereses y ambiciones, aunque mostraba su apoyo a los franceses, pactaba con Rusia y Prusia sobre un segundo reparto Polonia. El 4 de agosto de 1791 escribió a María cristina con una relativa calma: “no crea nada, ni verse tentada a hacer o decir lo que los franceses y príncipes emigrantes le pregunten. Solo cortesías y cenas, no hay intensión de darles dinero, no hay ninguna garantía de tropas para ellos”.En este preciso momento, la reina estaba ilusionada con que el emperador fuera el salvador de su familia, como le escribió el 4 de octubre de 1791: “mi único consuelo es escribirle a usted mi querido hermano, estoy rodeada de tantas atrocidades que necesito toda su amistad para tranquilizar mi mente… un punto de gran importancia es la de regular la conducta de los emigrados. Si vuelven a entrar a Francia a la fuerza, todo está perdido, y será imposible hacer que no estamos en connivencia con ellos. Incluso la existencia de un ejército de emigrados en la frontera sería suficiente para mantener la confianza. En primer lugar, repito, que pondría un control sobre los emigrados, y por otra parte, sería hacer una impresión aquí… adiós, mi querido hermano, te queremos y mi hija me ha encargado especialmente un abrazo a su buen tío”.

grabado francés satírico con el lema: "el emperador de las dos caras".
Mientras María Antonieta estaba convenciendo así a Austria sobre el congreso armado, la asamblea nacional de parís repelió con energía todo el pensamiento de cualquier tipo de intervención por parte de las potencias extranjeras. El 1 de enero de 1792, se emitió un decreto de destitución contra los hermanos del rey, el príncipe de Conde y el señor de Calonne. La confiscación de los bienes de los emigrados y la tributación de sus ingresos para el beneficio del estado había sido prescrita por otro decreto al que Luis XVI no había ofrecido ninguna oposición.

Por una curiosa coincidencia, esta fecha de 1 de marzo fue precisamente aquella en la que el emperador Leopoldo fue a morir de una terrible enfermedad. Él estaba en perfecto estado de salud el 27 de febrero, cuando ofreció una audiencia al enviado turco, el 28 estaba en su agonía y el 1 de marzo, murió. Su médico afirmo que había sido envenenado. La idea de un crimen se había extendido entre la gente.

Consuelo de la monarquía austriaca sobre la muerte del emperador Leopoldo II
Vagos Rumores se refieren a una mujer que había intervenido en el último baile de máscaras en la corte. Esta persona desconocida, al abriga de su disfraz, había presentado al soberano unos caramelos envenenados. Los jacobinos podrían haber deseado deshacerse del jefe armado del imperio, y los emigrados, que podrían haberle reprochado por ser demasiado tibio en su posición a los principios de la revolución francesa. Esta hipótesis era poco probable, los jacobinos no tenían ninguna parte en la muerte del emperador Leopoldo. Pero las mentes estaban tan excitadas en el momento en que las partes se acusaron entre si mutuamente, en todas las ocasiones, de los crímenes mas execrables.

Lo cierto es que María Antonieta cree en el envenenamiento. “la muerte del emperador Leopoldo –dice madame Campan- se produjo el 1 de marzo de 1792. La reina estaba fuera cuando la noticia llego a las tullerias. A su regreso, le di la carta que le anunciaba. Ella grito que el emperador había sido envenenado, que había observado y preservado un boletín en el que, en un artículo sobre la sesión del club de los jacobinos en el momento en que Leopoldo había declarado la coalición, se decía, al hablar de él, que había que deshacerse con ese asunto. A partir de ese momento la reina había considerado esta frase como una advertencia de los propagandistas”.

grabado que muestra el velorio del emperador.
En el mismo día que el hermano de Maria Antonieta murió. El ministro de Luis XVI, de asuntos exteriores, el señor de Lessart, había enfurecido a la asamblea nacional mediante la lectura de los extractos de su correspondencia diplomática, que se encontró lo suficientemente firme. Estaban indignados por un despacho en el que el príncipe Kaunitz, dijo: “los últimos acontecimientos nos dan esperanzas, parece que la mayoría dela nación francesa, impresionado con los males que ha desatado, están regresando a los principios más moderados y la inclinación para hacer al trono la dignidad y la autoridad que son la esencia del gobierno monárquico”.

Cuando de Lessart bajo la tribuna el murmullo se transformó en gritos de rabia y amenazas contra el ministro y la corte, que según se decía, estaban planeando una contrarrevolución en las tullerias y dictando al gabinete de Viena el idioma por el cual se espera intimidar a Francia. En la sesión de la tarde ese mismo día, Rouyer, un diputado, propuso destituir al ministro de asuntos exteriores. “es posible –exclamo- que un ministro perfido debe venir aquí para hacer un desfile de su trabajo y establecer la responsabilidad de la misma a una potencia extranjera? ¿Será el tiempo en que nunca llegara cuando los ministros dejaran de traicionarnos? Mi cabeza es el precio de la denuncia que estoy haciendo, me gustaría, no obstante, seguir adelante con ella”. En la sesión del 6 de marzo, Gaudet, dijo: “es hora de saber si los ministros desean hacer a Luis XVI rey de los franceses, o el rey de Coblenza”.
 
Claude Antoine de Valdec de Lessart 
El decreto de juicio político contra los ministros fue votado por una mayoría muy amplia. A Lessart se le aconseja tomar el vuelo, pero se negó. “se los debo a mi país –dijo él- a mi rey y para mi hacer mi inocencia y la regularidad de mi conducta normal ante el tribunal y he decidido entregarme en Orleans”. Luis XVI no se atreve hacer nada para salvar a su ministro favorito que es encarcelado. El 11 de marzo, Petion, alcalde de parís, llego a la barra de la asamblea y lee, en nombre de la comuna, una dirección en la que se decía: “cuando la atmósfera que nos rodea está cargada de vapores malolientes, la naturaleza puede aliviarse solamente por una tormenta de truenos. Así, también, la sociedad puede purgarse de los abusos que perturban solo por una explosión formidable… es cierto, entonces, que la responsabilidad no es una palabra vana; que todos los hombres, cualquiera que sea sus estaciones, son iguales ante la ley; que la espada de la justicia está suspendida sobre todas las cabezas, sin distinción”.

grabado revolucionario que muestra el juicio político de los ministros de luis XVI (1792)
Rodeada por un millar de trampas, odiada por cada una de las partes extremas, por los emigrados, así como por los jacobinos, María Antonieta ya no vio nada más que tristeza. En el extranjero, como en Francia, su mirada se posó en solo espectáculos deprimentes. Todos habían conspirado para traicionarla. Ella había experimentado tantos engaños y tanta angustia; el destino la había perseguido con tanta amargura, que su corazón, agotada con las emociones y abrumada por la tristeza, estaba cansada de todas las cosas, incluso de la esperanza.

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA CHAPELLE EXPIATOIRE

Después de la ejecución de Luis XVI y María Antonieta en enero y octubre de 1793 respectivamente, sus cuerpos fueron arrojados sin ceremonia junto a los de otros varios de miles de víctimas de la revolución en el pequeño cementerio de la Madeleine. Sus cuerpos permanecieron allí olvidados junto a los de la guardia suiza masacrados en agosto de 1792, Charlotte de Corday, madame Du Barry, la señora Roland e incluso el duque de Orleans se encontraban enterrados allí.

En 1805 el sitio fue comprado por un juez con lealtad realista, Pierre-Louis Olivier Desclozeaux, quien había estado observando cuando la pareja real fue enterrada y así fue capaz de recordar donde estaban los cuerpos y hacer todo lo posible por marcar discretamente las manchas con Cipreses.


Curiosamente, en 1770, el pequeño cementerio Madeleine fue también lugar de entierro de las ciento treinta y tres víctimas del trágico accidente que ocurrió en el castillo con los fuegos artificiales con motivo de la celebración en parís de la boda de Luis y María Antonieta. ¿Quién podría haber imaginado que la pareja real terminaría un día enterrados junto a ellos y en tales circunstancias espeluznantes?.

tallado que muestra la exhumacion de los restos de la pareja real.
Después de la restauración borbónica en 1815, una de las primeras acciones de Luis XVIII, era tener los cuerpos de su hermano y cuñada para ser enterrados con ceremonia apropiada en la basílica de Saint-Denis junto a sus antepasados. Un año más tarde, Desclozeaux vendió el cementerio al rey, quien luego procedió a construir una capilla conmemorativa en el sitio, compartiendo el enorme gasto (tres millones de libras) con su sobrina y única hija sobreviviente de Luis XVI y María Antonieta, la duquesa de Angulema.


Al caminar por el sendero hacia el edificio principal, se ve las tumbas que están destinadas a conmemorar la guardia suiza que fue masacrada en las tullerias en agosto de 1792, así como los monumentos a otras víctimas conocidas del terror enterrados allí. El cementerio se cerró oficialmente en marzo de 1794 después de las ejecuciones de Hebert y sus principales partidarios.

La Chapelle Expiatoire fue diseñado por uno de los arquitectos favoritos de Napoleón, Pierre Fontaine y supervisado por su ayudante Louis-Hippolyte Lebas y tardo diez años en completarse. En el momento en que acaba realmente, Carlos X junto con la duquesa de Angulema presidieron la inauguración de la capilla en 1826. El arzobispo de parís fue el encargado de bendecir la primera piedra.

El interior de la capilla refleja la serenidad y el pálido resplandor del exterior y es un diseño neo-clásico perfectamente equilibrado y armonioso, que se las arregla para ser a la vez edificante y sombrío, al mismo tiempo. Creo que María Antonieta habría aprobado el proyecto, cuando se pisa el interior se puede recordar la dulce serenidad de su capilla en el trianon y la laiterie construido para ella en Rambouillet.


Desde el exterior, el edificio aparece como un recinto con el portal a una explanada elevada flanqueada por dos galerías del claustro, pequeño campo santo, la zona de aislamiento y meditación. El altar de la cripta, mármol blanco y negro, marca el lugar exacto del entierro de Luis XVI. Gracias a su capacidad para manejar los temas más diversos, Pierre Fontaine ha creado una arquitectura rigurosa y hierática, único para exaltar la memoria. Antonio-Francois Gerard, hizo tallados en bajorrelieve que muestra la exhumación del rey y la reina del cementerio Madeleine. Los “testamentos” de los dos soberanos se reproducen en su base.

monogramas de los reyes
Al entrar a la capilla, a mano izquierda hay una estatua de María Antonieta con el apoyo de la religión por Jean Pierre Cortot. La reina se apoya sobre la religión en un frenesí de devoción con su cabello cayendo sobre la espada y los ojos mirando hacia arriba fervientemente. Esto nos recuerda que aunque mari a Antonieta vivió una vida aparentemente frívola antes de la revolución, se encontró con un enrome consuelo en sus últimos años de vida.


En el lado derecho una estatua de Luis XVI llamado a la inmortalidad, sostenido por un ángel por François Joseph Bosio. Él está anclado al suelo por sus grandes túnicas y mira hacia arriba con aparente alivio cuando el ángel con la luz le muestra el camino a seguir. Aquí está un hombre que nunca quiso ser rey, que hizo lo que puedo y murió sintiendo que había fallado en su deber tanto a su pueblo y también a su familia.

Es imposible entrar en la capilla y no ser movido por el destino horrible de la pareja real y de los otros miles de víctimas cuyos cuerpos residen en ese sitio sagrado. Se puede descender a una bóveda debajo de la capilla mayor y ver un altar de mármol negro que marca el lugar donde los restos dela pareja real fueron descubiertos originalmente, fueron identificados gracias al hecho de que a diferencia de los otros cuerpos que los rodeaban habían sido enterrados en ataúdes.

domingo, 20 de noviembre de 2016

MARIE ANTOINETTE SE NIEGA A EMPARENTAR CON NAPOLES

Madame Royale, en un retrato de Heinrich Fügerora.
 En 1787, la reina María carolina envió en secreto a Francia, como se desprende de las memorias de madame de Campan, al caballero de Bressac, un coronel francés que se unió al ejército en Nápoles. La reina tenía en mente un matrimonio entre su hijo, francisco, duque de Calabria y heredero del trono, con la hija de María Antonieta, que tenía unos nueve años. El mensajero tuvo entonces la tarea de informar sobre un acto puramente formal y por fuera, el proyecto de carolina a María Antonieta. La reina, al tiempo que reconoce la propuesta de una unión entre las dos familias, se negó argumentando que ya se había decidió un matrimonio con el duque de Angulema, por lo que Marie Theresa Charlotte no perdería el rango de hija del rey, que prefería esta posición a la una reina en otro país, que nada en Europa podría ser comparado con la corte francesa.

María Antonieta no quería exponer a la pequeña princesa a los remordimientos, enviarla a Nápoles desde entonces como los recuerdos y las comparaciones que habían causado las mismas penas que había sufrido cuando era adolescente, tomada por un tribunal que le gustaba. La reina estaba consciente de las dificultades encontradas con su hermana carolina en el reino de Nápoles, siempre en desacuerdo con España; la razón por la que quería evitar dolores de cabeza a su hija, verse mezclada en cuestiones políticas.

Francisco Duque de Calabria en un retrato de Elisabeth Vigée Le Brun
Es razonable suponer que, si bien María Antonieta estaba convencida dela superioridad de la corte francesa, lo utilizo solo como una excusa para no separarse de su hija. No sabemos la reacción de carolina que, políticamente astuta, había contado con tal unión, no solo porque madame Royal era la hija de su hermana favorita, sino también porque estaba interesada en recibir el apoyo de Luís XVI. Pues en caso de dificultad con España, el rey francés, quien podría negarse a intervenir para defender a su cuñada, seria movido por medio de su hija.

Así carolina volvió al asalto, esta vez proponiendo a su hija María Amelia como la novia del delfín de Francia, Luís José. Sin embargo, la unión entre el Delfín y Amelia se frustro debido a la prematura muerte del niño que murió a la edad de 7 años. María Amelia, a pesar de que nunca había conocido en persona, fue muy afectada por la muerte de su primo y muchos años más tarde, escribió recordando está perdida: “llore amargamente la muerte de mi primo, pero al final era mi destino convertirme en reina de Francia…”.
  
Luis Felipe en 1793, en los días en que era un maestro de escuela
Amelia se casó con el futuro rey Luis Felipe. La unión con Orleans (pues Luis Felipe era hijo de Felipe Egalite que había votado la muerte de su primo Luis XVI) no fue bien recibida en la corte de Nápoles, pero Fernando y María carolina estaba en un sentido obligados a aceptar el matrimonio. María Amelia corría el riesgo de que siguiera siendo una solterona y ya era grande para los cánones de la época. La mala voluntad de los reyes de Nápoles se refleja en las cuentas más contemporáneas. El rey Fernando en presencia del hijo futuro siempre hablo en napolitano para no hacerse entender, y durante la última visita que le hizo Luis Felipe, le pregunto si había ido allí para tomar sus medidas del ataúd.

En cuanto a francisco, duque de Calabria y futuro rey de las dos Sicilia, a quien María Antonieta se negó como posible hijo en ley, carolina eligió para él otra sobrina, María clementina, hija de su hermano Leopoldo II. María clementina nació en la villa imperial en Florencia, dulce y tímida, bastante educada, la niña no podría definir como una gran belleza, en parte debido a las cicatrices que le dejo la viruela, pero era alta y delgada y tenía una mirada elegante.

María Clementina en un retrato de Hickel

domingo, 13 de noviembre de 2016

PRIMERAS LOCURAS: QUERER NOMBRAR Y DESTITUIR MINISTROS CAPRICHOSAMENTE

Durante los primeros años los pasos políticos de la reina no escapo de nadie. El embajador de Cerdeña denuncio a su amo que “la emperatriz influirá por medio de su hija en las decisiones del gabinete de Versalles”. Los planes de Mercy fueron claros: “necesitamos por la seguridad de su felicidad, que ella comience a hacerse cargo de la autoridad que el delfín no practicaba de forma precaria”, dijo durante la agonía de Luis XV. Luego pidió una intervención urgente a su soberana con la futura reina para que “deseara escucharlo en los grandes temas que podrían ser de interés para la unión”.

Madame Adelaida propuso a su sobrino para ser asesorado por el viejo conde de Maurepas, caído en desgracia en 1749 durante el reinado de Luis XV. María Antonieta había jugado en esta ocasión como intermediario entre su marido y sus tías. Alarmado por la noticia, Mercy fue a Choisy para advertir contra los primeros ministros cuyo arte “siempre ha sido la de interceptar y destruir el crédito de las reinas”. Pero María Antonieta respondió con clama que Maurepas estaba allí para ayudar al rey en los primeros días, ya que no podía ver a los ministros de Luis XV durante nueve días debido al contagio. El embajador estaba preocupado de que el anciano permaneciera sutil a las intrigas, a pesar de su largo exilio de la corte, gobernó Francia imponiendo sus puntos de vista a los príncipes más vacilantes. Maurepas comenzó una carrera como primer ministro sin tener el título y que duraría hasta su muerte en 1781.En sí era como el mentor del joven rey. "El conde de Maurepas" , dice el Príncipe de Montbarrey , "los primeros quince minutos de la instalación, que parecía ocupar un lugar que hace Nunca había dejado. "

el conde Maurepas, ministro de estado. retrato de Jean-César Fenouil.
El canciller austriaco, el príncipe Kaunitz no había perdido un momento para expresar sus deseos al embajador. Él le había enviado un largo documento sobre el curso que deseaba seguir y debía ser aprobado por la reina. Tenía que infirmar las decisiones sin que su marido pudiera darse cuenta que estaba bajo su influencia. Naturalmente, ella intentaría frustrar las maquinaciones de los que trabajarían “para fomentar en la mente la idea maligna que la reina gobierna al rey”. Con la máxima delicadeza, ella mantendría la paz dentro de la familia real.

El informe de Kaunitz fue más allá. Anuncio claramente a Mercy que el duque de Aiguillon, para los que la corte de Viena sentía el más profundo desprecio, debía ser retirado a pesar de que se mantuvo como el ministro ideal. En caso de un nombramiento de primer ministro, el cardenal de Bernis, apreciado en muchos aspectos, sería el mejor candidato para Viena. En cuanto a la protección al duque de Choiseul por parte de la reina, Kaunitz no quería oír hablar de eso. Marie Theresa por su parte insto a su hija para que siguiera los consejos del conde Mercy: “míralo a él como un ministro, aunque no tiene ese cargo, combina muy bien”. María Antonieta escucho al embajador, pero continúo obedeciendo a sus propios caprichos.

El 3 de junio el duque de Aiguillon renuncio. El fiel ejecutor dela voluntad de Kaunitz, sin embargo, sugirió a la princesa que el nombramiento del cardenal de Bernis había sido excelente para la alianza. María Antonieta seguía siendo “fría e indiferente” sobre el tema. Ella hubiera preferido al barón de Breteuil, cuya hermana María carolina se jacto de sus méritos.

El nombramiento de Vergennes, tuvo lugar poco tiempo después. La embajada austriaca empezaba a darse cuenta acerca de la real influencia de María Antonieta. El rey estaba dispuesto a ceder a sus caprichos, pero no consulto los asuntos de estado con ella. “este anuncio no dará a la reina cualquier parte en los asuntos de estado”, señalo entonces el Abad de Veri, conocedor de Maurepas y Vergennes.

el conde Vergennes, ministro de asuntos exteriores.
Para complacer a su esposa, Luis XVI acepto levantar el exilio a Choiseul. Incluso fueron utilizados todos los trucos posibles para salirse con la suya. Ella tenía que fingir que era humillante no ser capaz de obtener la gracia con la que había negociado su matrimonio. El rey escucho sus votos. Sin embargo, la recepción dada por Luis XVI, pocos días después al hombre que odiaba no tenía ninguna intención de restablecerse al departamento. A pesar de las sutilezas de la reina y el conde Artois, Choiseul inmediatamente volvió a Chanteloup.

Tras la ausencia de Maurepas a Pontchartrain, los choiseulistas continuaron su batalla con el mayor ardor de su gran hombre que estaba allí. Mercy vio impotente sus maniobras: “la reina esta rodeada de todos los aficionados del duque de Choiseul que hacen mal en ejercer su favor e imponer sus puntos de vista personales sin cuidado por la gloria y reputación de la reina”, escribió a la emperatriz.

Toda la corte hablaba sobre la audiencia concedida por la reina al duque de Choiseul, se pensaba que estaría de vuelta en el poder. Sin embargo, esperando su regreso al poder en un futuro próximo, Choiseul se mantuvo cauteloso. Sintiendo como el nuevo monarca revela su repugnancia visible hacia él, sus posibilidades eran muy limitadas, su conversación con la reina era la de un cortesano interesado y traicionero. Él había pedido favores a sus amigos, especialmente la cinta azul para el conde Guines y el título de duque para el príncipe de Beauveua y el conde Du Chatelet. Por ultimo Choiseul  le dio el consejo más desastroso a la reina: “tiene solo dos cursos a tomar, ganarse al rey por los caminos de la ternura, o la de los subyugados por el miedo y habidos de poder”. Según Mercy, la reina adopto el segundo enfoque. Los partidarios de Choiseul aun halagaban su pronto retorno. Besenval y la condesa de Brionne se apresuraron a reanudar su alza sobre María Antonieta a pesar de que Vermond y Mercy trataron en vano de oponerse a sus maniobras.

el duque de Choiseul.
Desde que había regresado a Versalles, la reina había cambiado su comportamiento hacia Maurepas. Abandonando sus aires altivos, lo trataba con especial amenidad, que no dejo de sorprender al anciano y los otros ministros muchos más atentos a sus cambios de humor desde el reciente caso de Aiguillon. El ministerio pronto interpreta esto como el efecto de un nuevo plan de los Choiseulistas. No se habían equivocado, la maniobra de Besenval es aconsejar fuertemente a la reina de acercarse al mentor, así ganarse el favor de Maurepas que retuvo la confianza del rey para atacar esta vez a Turgot, el hombre fuerte del departamento. “la presencia de la contraloría general es incompatible con el regreso de Choiseul –dijo Veri- el tipo de espíritu, los principios del gobierno y los corazones son absolutamente contradictorias en ambos personajes”.

El día después de la coronación, Turgot, verdadero estadista, contralor general del ministro de finanzas parecía ser la clave, capaz de imponer sus puntos de vista con el rey, podía seguir en el camino previo a reformas audaces. Turgot estaba construyendo no solo proyectos innovadores económicos y fiscales, también cree que inspira las medidas que están directamente relacionadas con su ministerio tan vital para los protestantes, la secularización de la educación y la asistencia publica. Todas estas propuestas, que se distorsionaron arbitrariamente amenazaban muchos privilegios.

Algunos lo hicieron responsable de la “guerra de la harina”, atribuyendo el alto precio del pan a la libertad del comercio de granos en el reino. La camarilla Choiseul profeso el más profundo desprecio por este Robín comido por “la furia del bien público”. Para Besenval, Turgot, “con su inutilidad”, era una prueba de “discapacidad real”. Rápidamente consiguió disgustar a la reina de este “sistema de hombre”, “filosofo arrogante y débil”. Al mismo tiempo, le aseguro que el momento era propicio para la afirmación de su propio poder.

Jacques Turgot, contralor general de finanzas.
Luis XVI quería nombrar sucesor al duque de Vrilliere, único sobreviviente del antiguo ministerio de Luis XV. Maurepas insistió en que Malesherbes, el famoso presidente del tribunal de Sida, sería más adecuado para este cargo. El destacado abogado con una pasión por la institucionalidad, Malesherbes fue justamente una de las mentes más ilustradas de su tiempo. Entrado al ministerio reforzó el partido “filosófico” que desean renovar las reformas estructurales del viejo edificio monárquico. Pero el rey vacilo esta vez en nombrarlo. Sin embargo, Turgot tuvo que escuchar como María Antonieta le dijo en su cara que “se había aprobado la elección de Sr. Malesherbes”.

Pero unos días después de regresar de Reims, cambio de opinión porque Besenval la había convencido de nombrar a Sartine en la casa real y Ennery en la armada. María Antonieta fue a buscar a Maurepas: “ya sabes las ganas que tengo de caminar de acuerdo con usted –dijo- es por el bien del estado, el bien del rey y por lo tanto el mío propio. El señor Vrilliere se retirara, quiero poner a Sartines y la posición de la armada para el señor Ennery. Esto es suficiente para tener la seguridad que estarán al servicio del rey. Sino serian bribones… te advierto que se lo diré esta noche al rey, y lo voy a repetir mañana lo que quiero. Reitero que quiero estar unida con vosotros”. Maurepas evadió amablemente la petición de la reina. Trato de hacer todo lo posible para frenar la influencia de esta mujer ignorante que cambia de opinión a discreción de asesores interesados y peligrosos.

Este delicado nombramiento dependía naturalmente de Luis XVI, que aun vacilaba en tomar una decisión. Sus ministros respetuosamente le dijeron que el público lo culpaba por ser demasiado débil respecto a su esposa, el rey resolvió resistirse: “estos son sus deseos señora, lo sé, eso es suficiente, pero es mi deber tomar la decisión”, dijo con cierta brusquedad cuando ella trato de darles los ministros de su elección. También envió una carta urgente a Malesherbes para que aceptara el ministerio. El fracaso de la reina era también al del partido de Choiseul.

Guillaume-Chrétien de Lamoignon de Malesherbes, ministro de la casa real.
María Antonieta saludo fríamente a Malesherbes pero pronto seguirán nuevas locuras. Todavía bajo la influencia de Besenval mantuvo intrigando sin perder un momento. Ella pidió que el duque de Chartres fueras gobernador de Languedoc que el rey había prometido al mariscal Biron. Luis XVI no hizo caso. Quería que el Chevalier de Montmorency debía obtener el trabajo de superintendente, vacante desde la caída de Choiseul, mientras Turgot propone eliminar este cargo que resultaba costoso. Luis XVI se unió a las opiniones de su ministro. Nada contuvo a María Antonieta a pedir los ministros a destiempo por sus amigos. Incluso se atrevió a exigir la destitución del señor Garnier, secretario de la embajada de Londres porque no se había presentado conforme a lo solicitado por el conde de Guines durante su juicio. María Antonieta También quería la protección de Choiseul y el título de duque para el conde de Du Chatelet y el príncipe de Beauveau, pero Vergennes frustra momentáneamente este proyecto a lo que la reina le dijo sin rodeos: “seguiré insistiendo”, verdaderos escrúpulos de reina.

De hecho, tras la repentina muerte del mariscal de Muy quien ocupó ese cargo, Turgot y Malesherbes pensaron en dar como sucesor al conde de Saint-Germain y se mantuvieron en secreto con el rey. Aun sin saber que la cita estaba prácticamente decidido, Besenval corrió a la reina. Le mostro la oportunidad de probar su crédito y vengarse de su anterior fracaso. Quería nombrar al mariscal de Castries en lugar del conde de Muy. María Antonieta lo escucho. Sin embargo Luis XVI ya había deicidio, la reina mantuvo el secreto del nombramiento de Saint-Germain como ministro de guerra a sus confidentes más cercanos.
   
Claude-Louis de Saint-Germain, ministro de guerra.
 En cuanto al emperador José, furioso contra su hermana, escribió sus reprimendas más severas: “«¿Para qué te mezclas tú en estas cosas?. Haces deponer ministros; a los otros mandas desterrados a sus tierras; creas en la corte nuevos destinos dispendiosos. ¿Te has preguntado alguna vez con qué derecho te metes en los asuntos de la corte y de la monarquía francesa? ¿Qué conocimientos has adquirido para atreverte a participar en ellos; para imaginarte que tu opinión pueda ser importante desde cualquier punto de vista, y especialmente en los asuntos de Estado, que exigen muy especial y profundo saber? ¿Tú, una admirable personilla, que en todo el día no piensa más que en frivolidades, en sus toilettes y diversiones; que no lee nada, que no emplea ni un cuarto de hora al mes en una conversación instructiva, que no reflexiona, que nada acaba, y nunca, estoy seguro de ello, piensa en las consecuencias de lo que dice o hace?». A este agrio tono de maestro de escuela no está acostumbrada aquella mimada y adulada mujer; jamás lo oyó en boca de sus cortesanos de Trianón, nuevas locuras, nuevos caprichos.

domingo, 6 de noviembre de 2016

EL BANQUETE DEL 1 DE OCTUBRE (1789)


 El 23 de septiembre, el regimiento de Flandes, organizado por el conde de Estaing, comandante de la guardia nacional de Versalles, hizo su entrada en la ciudad. Luis XVI y María Antonieta respiraban, había ahora con ellos, además de los mil cien hombres de Flandes, un regimiento de infantería de guardaespaldas, algunos destacamentos de cazadores, una compañía no valida, una compañía de guardias de Preboste y la guardia nacional.

El rey y la reina querían buenas relaciones entre las tropas. El 30 de septiembre las banderas reales recibieron la bendición en la iglesia de Notre-Dame, en presencia del gobernador de Versalles, el municipio, muchos parlamentarios y varios curiosos, termino con una comida en la que se bebió a la salud del rey, la familia real y la prosperidad de la nación. Los agentes del nuevo regimiento fueron recibidos en la corte. La reina los admitió en sus juegos y tuvieron la suerte de disfrutar de estos pequeños privilegios.


El 1 de octubre, las tropas se trasladan de sus cantones permanentes a Versalles y, para hacerlos entrar en calor, les prepara la corte un solemne recibimiento. La gran sala de la ópera es dispuesta para un banquete y, sin consideración que en parís reina extrema carencia de subsistencias, no se economizan los buenos manjares y el vino, también la fidelidad, lo mismo que el amor, pasan frecuentemente a través del estómago.

La fiesta comienza a las tres y media de la tarde, y después del segundo servicio, el ambiente se puso muy caliente. Exclamaban –viva el rey! Viva la reina!- mientras suenan las trompetas. Cortesanos, parlamentarios y algunos individuos había obtenido permiso para instalarse en las casas de campo para asistir a la fiesta. Algunos pronto mezclaron sus aplausos a los soldados. Madame de Tesse corrió a la reina para pedirle que viniera a la opera con el delfín. María Antonieta había pensado en un principio ser prudente y no aparecer en el banquete, pero derrotada por la presión de su entorno afectivo, decidió llegar allí cuando el rey regreso de la partida de caza.


  La familia real hizo su aparición en el pabellón central. La orquesta comenzó a tocar el aire de “Richard, corazón de león”: “oh, Richard, oh mi rey, el mundo te abandona, pero tenéis cientos de corazones fieles a ti!”. La multitud reunida empezó a animar; los hombres agitaron sus sombreros, las mujeres sus pañuelos, con el entusiasmo más salvaje.

María Antonieta no ha sabido nunca el provechoso arte de ganar el favor de las gentes por medio de una consciente habilidad, cálculo o lisonja. Pero la naturaleza ha impreso en su cuerpo y en su alma cierta altivez, que actúa seductoramente sobre todos los que por primera vez la encuentran: ni los individuos ni la masa pudieron nunca sustraerse a esta extraña magia de la primera impresión. También esta vez, al aparecer esta hermosa mujer joven, llena de grandeza y al mismo tiempo amable, oficiales y soldados saltan entusiasmados de sus asientos, sacan de la vaina las espadas, lanzando un mugiente viva en honor del soberano y de la soberana y olvidando probablemente, al hacerlo, el que está prescrito también para la nación. La reina pasa por medio de las filas. Sabe sonreír encantadoramente, ser amable de una manera asombrosa y que no la obliga a nada; sabe, como su autocrática madre, como su hermano, como casi todos los Habsburgos (y este arte se ha seguido heredando en la aristocracia austríaca), en medio de un interno a inconmovible orgullo, ser cortés y complaciente hasta con la gente más humilde, sin producir por eso efecto de rebajamiento. Con una sonrisa sinceramente feliz (pues ¿cuánto tiempo hace que no ha oído gritar ese «Vive la Reine!» ?) rodea con sus niños la mesa del banquete, y la vista de esta mujer bondadosa, llena de gracia y verdaderamente regia que viene, como huésped, junto a ellos, groseros soldados, traspone a oficiales y tropa hasta el éxtasis de la fidelidad monárquica: en aquella hora, cada cual está dispuesto a morir por María Antonieta.


Un oficial suizo se acercó a la soberana y le pidió llevar al joven delfín alrededor de la habitación. “ella conmovida no tenía el menor temor. El oficial puso al niño sobre la mesa, gritos y aplausos se escucharon a su alrededor. La reina no estaban tan tranquila y cuando se lo regresaron, beso al delfín con ternura”.

La comida, que había sido interrumpida por la visita de la familia real, se reanudo después en los apartamentos. Cuando todo termino, los invitados, los músicos y los espectadores entraron al patio de mármol y comenzaron a animar una vez más. Algunos soldados bailaron bajo las ventanas de la reina con gritos de “¡viva el rey!”.


La euforia sin embargo, no fue compartida por todos los presentes. La actitud de los oficiales, su desprecio por la nación y el conjunto que representaban, indigno a más de un adjunto. Según el embajador de español “corrió el rumor de que habían pisoteado las rosetas tricolor. El aprendizaje de estos eventos asombro a toda la audiencia. Las personas hablan de esta escena caótica e incluso contraproducente”.

Sin embargo, estas manifestaciones ruidosas de fidelidad monárquica habían calmado al rey y a la reina. Al día siguiente, María Antonieta recibió una delegación de la guardia nacional que llego a darle las gracias por las banderas de regalo. “estoy encantada con el día jueves –dijo- la nación y el ejercito deben estar unidos al rey, como a nosotros mismos”. El sábado 3 de octubre, durante una nueva comida juntos, las tropas aclamaban al rey y la familia real.



La historia de estas fiestas había escandalizado a la capital. Los siguientes días redoblan ya ensordecedores los tambores de los periódicos patrióticos; la reina y la corte han comprado asesinos contra el pueblo. Han embriagado a los soldados con vino tinto para que viertan dócilmente la sangre de sus conciudadanos. Los oficiales con alma de esclavos han arrojado al suelo la escarapela tricolor, la han pisoteado y profanado, han contado canciones serviles y todo ello bajo la provocadora sonrisa de la reina. Bajo las ventanas del monstruo austriaco, han gritado “viva el rey, viva la reina, abajo la asamblea”. ¿Seguís sin fijaros aun en esto, patriotas? Quieren caer sobre parís, los regimientos están ya en marcha. Por tanto, ¡arriba ahora ciudadanos! ¡Alzaos para el último combate, para el decisivo! Reunidos patriotas. En las calles la multitud grita: “es hora de matar a la reina!”.

Dos días más tarde, el 5 de octubre, estalla la revuelta en París. Estalla, y pertenece a los muchos secretos impenetrables de la Revolución francesa el saber realmente cómo se originó. Pues esta revuelta en apariencia espontánea se nos muestra como una maravilla de organización y cálculo previsor, tan insuperablemente montada, desde el punto de vista político, que el disparo parte, con toda precisión y derechamente, desde el debido punto de arranque hasta alcanzar la debida meta, en forma que unas manos muy prudentes, muy sabias, muy hábiles y ejercitadas tienen que haber mediado en ello. Ya fue una idea genial, el cual dirigía en el Palais Royal, por cuenta del duque de Orleans, la campaña contra la corona, no querer ir con un ejército de hombres, sino con una masa de mujeres, a buscar al rey a Versalles.

domingo, 30 de octubre de 2016

ARRESTO AL CARDENAL DE ROHAN (1785)


Los ensayos del Barbero de Sevilla tocan a su fin. María Antonieta está cada vez más inquieta y ocupada. ¿Parecerá realmente bastante joven y bastante bonita para hacer de Rosina? El parterre de amigos invitados, tan exigente y mal acostumbrado, ¿no le hará el reproche de tener poca soltura y naturalidad y de parecer más bien una diletante que una cómica? Verdaderamente, está llena de escrúpulos; singulares escrúpulos de una reina. Y ¿por qué no acaba de venir hoy madame Campan, con la cual debe ensayar su papel? ¡Por fin, por fin aparece! Pero ¿qué ocurre? ¡Parece tan extrañamente excitada! En el día de ayer, el joyero de la corte, Boehmer, se ha presentado en su casa totalmente consternado -acaba por balbucear la dama-, para pedir inmediatamente una audiencia a la reina. Aquel judío sajón le ha contado una historia totalmente loca y embrollada; según su relato, la reina había hecho comprar secretamente en casa del joyero, algunos meses antes, cierto célebre y magnífico collar de diamantes, concertando el pago a plazos. Pero hace ya mucho tiempo que está vencido el término del primero y no le ha sido pagado ni un ducado. Sus acreedores le apremian, y necesita en seguida su dinero.

Los joyeros de la corte Bassange Paul y Charles Auguste Boehmer.
¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué diamantes? ¿Qué collar? ¿Qué dinero? ¿Qué plazos? Al pronto, la reina no comprende ni palabra. Por fin recuerda que conoce, naturalmente, el grande y precioso collar que han labrado con tan perfecto gusto los dos joyeros de la corte, Boehmer y Bassenge. Se lo han ofrecido varias veces en un millón seiscientas mil libras; ¡claro que le habría gustado poseer esta joya magnífica! Pero los ministros no dan dinero para ello; hablan siempre de déficit. ¿Cómo pueden, pues, estos embusteros afirmar que lo han adquirido para ella y hasta a plazos y en secreto y que les debe, además, dinero? Tiene que haber una loca confusión. En todo caso, se acuerda ahora la reina, hará cosa de una semana que ha recibido de estos joyeros una carta singular en la que le daban las gracias por algo y le hablaban de una alhaja preciosa. ¿Dónde está la carta? ¡Ah, es verdad!: la ha quemado. No suele leer nunca detenidamente las cartas, y también esta vez ha destruido al instante aquella respetuosa a incomprensible faramalla. Pero ¿qué quieren, en realidad, de ella? María Antonieta hace al instante que su secretario le dirija una carta a Boehmer. En todo caso, no lo cita ya para el día siguiente, sino para el 9 de agosto. ¡Dios mío!, el asunto de ese loco no corre tanta prisa, y la reina necesita de toda su atención para los ensayos del Barbero de Sevilla.

El 9 de agosto, pálido, excitado, se presenta Boehmer, el joyero. La historia que refiere es completamente incomprensible. Al principio, la reina cree tener en su presencia a un loco. Cierta condesa Valois, la amiga íntima de la reina -«¿Cómo? ¿Amiga mía? No he recibido jamás a una dama de ese nombre»-, ha examinado aquella alhaja en casa del joyero, declarando que la reina quiere comprarla en secreto. Y Su Eminencia, monseñor el cardenal de Rohan -«¿Qué? ¿Ese repugnante sujeto con el cual no he cambiado jamás una palabra?»-, ha recibido la joya por encargo de Su Majestad.


Por insensato que parezca todo ello, algo tiene que haber de verdad en el asunto, pues el sudor brota de la frente de este pobre hombre y tiembla de la cabeza a los pies. También la reina tiembla de furor al saber el villano abuso que aquellos desconocidos bribones han hecho de su nombre. Ordena al joyero inmediatamente que redacte por escrito una detallada exposición de todo el asunto. El 12 de agosto tiene en sus manos este fantástico documento, que todavía se encuentra hoy en los archivos. María Antonieta cree soñar. Va leyendo, y su enojo y su furia crecen de línea en línea: tal impostura carece de precedentes. Hay que hacer un castigo ejemplar. Por el momento no da cuenta de ello a ningún ministro, no se aconseja con ninguno de la familia; únicamente le confía al rey todo el asunto, el 14 de agosto, solicitando que defienda su honor.

Más tarde sabrá María Antonieta que habría hecho mejor meditando cuidadosamente sobre este embrollado asunto, lleno de confusos escondrijos. Pero, en lo fundamental, el reflexionar, el hacer un examen serio de las cosas, no ha figurado nunca entre las notas características de este temperamento dominante a impaciente, y menos que nunca cuando se halla ya excitado el resorte fundamental de su ser: su impulsivo orgullo.

En su falta de dominio, la reina no ve, al principio, en todo este escrito acusatorio más que un solo y único nombre: el del cardenal Luis de Rohan, a quien, con toda la violencia de su no dominado corazón, detesta implacablemente desde hace años y a quien atribuye irreflexivamente todas las ligerezas y todas las infamias.

El rey, sometido sin reserva alguna a su mujer, no reflexiona en nada cuando la reina solicita algo de él; ella, por su parte, jamás examina las consecuencias de todas sus acciones y deseos. Sin comprobar la acusación, sin pedir los documentos, sin interrogar al joyero ni al cardenal, se pone Luis XVI, con obediencia de esclavo, al servicio de una irreflexiva cólera de mujer. El 15 de agosto sorprende el rey a su Consejo de Ministros al manifestarles su intención de hacer detener inmediatamente al cardenal. ¿Al cardenal? ¿Al cardenal de Rohan? Los ministros se asombran, se espantan y, estupefactos, se miran unos a otros. Por último, uno de ellos osa preguntar prudentemente si no hará muy mal efecto el detener públicamente, como a un vulgar criminal, a tan alto dignatario, y, para más, eclesiástico. Pero precisamente esto, precisamente la pública ignominia, es lo que exige María Antonieta como castigo. Hay que dar, por fin, un bien visible ejemplo para que se sepa que el nombre de la reina no puede ser mezclado de este modo en toda vileza.

Inconmovible, María Antonieta lo exige así de la justicia pública. Muy de mala gana, llenos de inquietud y malos presentimientos, acceden por fin los ministros. Pocas horas más tarde se desarrolla un inesperado espectáculo. Como la Asunción de María es el santo de la reina, se presenta toda la corte en Versalles para felicitarla; el Oeil de Boeuf y la Galería de los Espejos están totalmente llenos de cortesanos y de altos dignatarios. También el principal actor, Rohan, a quien incumbe la tarea de celebrar la misa de pontifical en aquel día solemne, espera inocentemente, con su sotana escarlata y revestido ya de su sobrepelliz, en el recinto destinado para los personajes de alta categoría, para las grandes entrées, delante de la cámara del rey.


Pero en lugar de aparecer solemnemente Luis XVI para ir a misa con su esposa, un lacayo se acerca a Rohan. El rey le ruega que pase a su gabinete particular. Allí, mordiéndose los labios y apartando la vista del que entra, se halla en pie la reina; la cual no corresponde a su saludo; a igualmente solemne, glacial y desatento, el ministro barón de Breteuil, enemigo personal del cardenal. Antes de que Rohan pueda reflexionar en lo que es posible deseen de él, el rey comienza a hablarle franca y rudamente: « Querido primo, ¿qué es eso de un collar de diamantes que ha comprado usted en nombre de la reina?».
Rohan palidece. No viene preparado para esto. « bien veo que fui engañado, pero yo no he engañado», balbucea.
«Si es así, querido primo, no tiene usted por qué inquietarse. Pero le ruego que me lo explique todo.» Rohan es incapaz de responder. Ve frente a sí a María Antonieta, muda y amenazadora.
Le falta la palabra. Su confusión provoca la piedad del rey, el cual busca una salida.
«Ponga usted por escrito lo que tenga que decirme», dice el rey, y sale de la habitación con María Antonieta y Breteuil.
El cardenal, al encontrarse solo, logra escribir unas quince líneas en un papel y le tiende su declaración al Rey cuando vuelve a entrar. Una mujer llamada Valois le ha decidido a comprar ese collar para la reina. Pero comprende ahora que ha sido engañado por esa persona.
«¿Dónde está esa mujer?», pregunta el rey.
«no lo sé.» «¿Tiene usted el collar?» «Está en manos de esa mujer.» El rey hace llamar entonces a la reina, a Breteuil y al guardasellos y hace leer la exposición de ambos joyeros. Pregunta por los pagarés aparentemente suscritos por la reina.
Totalmente abrumado, tiene que confesar el cardenal: «están en mi poder; son manifiestamente falsos».
«Claro que lo son», responde el rey. Y aunque el cardenal ofrece ahora pagar el collar, resume severamente el rey: «Señor mío, dadas las circunstancias, no puedo abstenerme de mandar que sellen su casa y de apoderarme de su persona. El nombre de la reina es precioso para mí. Está en compromiso; no debo hacerme culpable de ninguna negligencia».


Rohan procura insistentemente que le sea evitada tamaña vergüenza y especialmente en la hora en que debe comparecer ante Dios y decir la misa de pontifical para toda la corte. El rey, blando y bondadoso, se siente inseguro ante la manifiesta desesperación de aquel hombre que ha sido engañado. Pero ahora María Antonieta no puede contenerse ya por más tiempo y, con coléricas lágrimas en los ojos, zahiere a Rohan, preguntándole cómo pudo haber creído, después de ocho años en que no le ha honrado dirigiéndole ni una sola palabra, que iba a escogerlo a él como mediador para concertar secretamente ningún negocio a espaldas del rey. El cardenal no encuentra respuesta a este reproche; él mismo no comprende ahora cómo ha podido dejarse enredar insensatamente en esta aventura. El rey lo lamenta mucho, pero acaba por decir: «Deseo mucho que pueda usted justificarse. Pero tengo que cumplir aquello a que estoy obligado como rey y como esposo».

 Ha terminado la conversación. Fuera, en la cámara de recepción, colmada de gente, espera, inquieta y curiosa, toda la nobleza. La misa debería haber comenzado hace ya mucho tiempo. ¿Por qué se retrasa tanto? ¿Qué es lo que ocurre? Los vidrios de las ventanas vibran levemente con los impacientes pasos de los que pasean de un extremo a otro; otros se hallan sentados y cuchichean; se percibe en el ambiente que está a punto de estallar una tormenta.


De repente se abren con violencia las hojas de la puerta del gabinete real. El cardenal de Rohan aparece el primero, con su sotana color rojo, pálido y mordiéndose los labios; detrás de él, Breteuil, el antiguo soldado, enrojecido su tosco semblante de viñador, con ojos centelleantes de excitación. En medio del salón ordena de pronto al capitán de los guardias de corps, con voz intencionadamente sonora: «¡Detened al señor cardenal!».

Todos se estremecen. Todos se aterran. ¡Un cardenal detenido! ¡Un Rohan! ¡En la antecámara del rey! ¿Estará borracho ese viejo espadachín de Breteuil? Pero no; Rohan no se defiende, no se indigna; con los ojos bajos, se adelanta obediente al encuentro de la guardia. Estremecidos abren camino los cortesanos y, a través de esta doble fila de miradas investigadoras, humillantes, irritadas, avanza de sala en sala, hasta descender la escalera, el príncipe de Rohan, gran limosnero del rey, cardenal de la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación; príncipe imperial de Alsacia, miembro de la Academia y decorado, además, con innumerables dignidades. A sus espaldas, lo mismo que tras un condenado a galeras, va un rudo soldado vigilándolo. En una apartada estancia.

imagenes del film l'affaire du collier de la reine de 1946, donde muestran el arresto del cardenal en medio de todos los cortesanos.
Rohan es confiado a la guardia de palacio y, al despertar de su aturdimiento aprovecha el atolondramiento general para trazar rápidamente, con lápiz, algunas líneas en una hoja de papel, en las cuales indica a su abate secretario que queme rápidamente todos los escritos contenidos en una camera roja; son, según se sabrá más tarde por el proceso, las falsificadas cartas de la reina. Abajo, uno de los haiducos de Rohan monta con toda celeridad a caballo, galopa con el papel hasta el Hotel de Estrasburgo y llega antes de que la Policía, más lenta en sus movimientos, vaya a sellar todos los muebles y antes de que -vergüenza sin igual- el gran limosnero de Francia sea conducido a la Bastilla en el momento en que iba a decir la misa ante el rey y toda la corte. Al mismo tiempo es publicada la orden de detención contra todos sus cómplices en este asunto todavía oscuro. Aquel día no se dice ninguna misa más en Versalles; ¿para qué? Nadie habría tenido devoción para oírla; toda la corte, toda la ciudad, todo el país quedan aturdidos con esta noticia, que surge inesperadamente como un rayo que cae de un sereno cielo.

Fotocopia de la carta de Luis XVI ordena el envió a la bastilla del cardenal de Rohan dirigida al gobernador de Launay.
Detrás de la cerrada puerta queda, muy agitada, la reina; vibran aún de enojo sus nervios; la escena la ha excitado espantosamente, pero siquiera ha caído, por fin, uno de los calumniadores, uno de los hipócritas enemigos de su honor. Todas las gentes de buenos sentimientos, ¿no se precipitarán ahora para felicitarla por la detención de ese miserable? ¿No alabará toda la corte la energía con que el rey, tanto tiempo tenido por débil, hizo prender con mano firme al más indigno de los sacerdotes? Pero, cosa rara: nadie viene. Con sus miradas confusas, hasta sus propias amigas evitan acercársele; todo está muy silencioso en Trianón y en Versalles. La nobleza no se esfuerza en disimular su enojo por haber sido preso de modo tan deshonroso uno de los miembros de su clase privilegiada, y el cardenal de Rohan, repuesto de su primer espanto y a quien el rey ha ofrecido indulgencia en el caso de que se someta a su juicio personal, declina fríamente la merced y elige como juez al Parlamento. La precipitada reina se siente molesta. María Antonieta no se alegra de su éxito; por la noche, sus camareras la encuentran llorando.

Pero pronto predomina su antigua frivolidad. « En lo que a mí toca -le escribe con loca ilusión a su hermano José-, estoy encantada de que nunca más volveremos a oír hablar de ese repugnante asunto.» Escribe esto en el mes de agosto, y el proceso ante el Parlamento, en el mejor de los casos, sólo podrá ser visto en diciembre, y hasta quizás en el año próximo. ¿Para qué, pues, cargarse ahora con tal lastre la cabeza? ¿Qué importa que las gentes charlen y murmuren? De prisa por tanto; que traigan los potecillos de ungüentos para el rostro, y los trajes nuevos, que por una nimiedad como ésta no va a renunciarse a tan deliciosa comedia. Los ensayos siguen su curso; la reina estudia (en lugar de los expedientes de la Policía en aquel gran proceso, que acaso todavía estaba en sazón de ser detenido) el papel de la alegre Rosina en El barbero de Sevilla. La comedia rococó termina definitivamente con esta última representación del 19 de agosto de 1785.