domingo, 5 de julio de 2015

VIDA EN LAS TULLERIAS: IMBERT DE SAINT-ARMAND

Vemos las impresiones del libro de Imbert de Saint-Armand, Marie Antonieta en las tullerias de 1893. A pesar de los elogios, hay muchas citas de las cartas originales, así como el día a día de la familia real durante su arresto domiciliario desde octubre de 1789 hasta finales de 1791. Los pasajes siguientes se describen el endurecimiento de la seguridad alrededor de la familia después de su intento de fuga en junio de 1791.


“se había resuelto que la reina no debía tener ningún asistente personal, excepto la doncella que había actuado como espía antes del viaje a Varennes. Un retrato de esta persona fue colocado al pie de la escalera que conduce a las habitaciones de la reina, para que el centinela de turno no permitiera la entrada a ninguna otra mujer. Luis XVI se vio obligado a apelar a La Fayette a fin der que esta espía saliera del palacio donde su presencia era un ultraje a María Antonieta. Este espionaje y la inquisición persiguieron a la infortunada reina, incluso en su dormitorio. Los guardias tenían instrucciones de no perderla de vista por la noche o de día. Tomaron nota de sus menores gestos y escucharon a sus menores palabras. Estacionados en la habitación contigua a la suya que custodiaba la puerta de comunicación siempre abierta para que pudieran ver a los cautivos en todo momento.

La familia siguió prestando asistencia a misa todos los días, aunque con dificultad. Las precauciones tomadas eran tan rigurosas que estaba prohibido decir la misa en la capilla del palacio, porque las distancia entre ella y los apartamentos de Luis XVI y María Antonieta  se creía demasiado grande. Un rincón de la galería de Diana, se erigió un altar de madera, que llevaba un crucifijo de ébano y unos pocos vasos con flores se convirtieron en el único lugar donde el rey más cristiano, podía oír la misa.

Sin embargo, su fortaleza era admirable. La familia real soporto su cautiverio con dulzura admirable y resignación, se ocuparon menos de su propio destino por pensar en el bienestar de las personas comprometidas por el viaje a Varennes, que fueron encarceladas. Luis XVI en lugar de caer en recriminaciones contra los hombres y las cosas, ofreció sus humillaciones y sufrimientos a Dios. Él oro, leyó y medito junto a su libro de oraciones, su lectura favorita “la vida de Carlos I de Inglaterra”, ya sea porque busco, en el estudio de la historia, una manera de encontrar un escape a un final nefasto como el de aquel monarca, o debido a una analogía de los dolores y los desastres le dio una simpatía profunda y misterios entre el rey que había sido decapitado y el rey que pronto iba a tener el mismo destino”.

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