domingo, 26 de julio de 2015

MONUMENTO AL LEON HERIDO DE LUCERNA (SUIZA)


Esta estatua masiva en Lucerna, Suiza, fue erigida para conmemorar la masacre de la Guardia Suiza, mientras defendían  las Tullerías de la masa revolucionaria el 10 de agosto  de 1792 durante la Revolución Francesa. La lucha comenzó cuando 5 miembros de la Guardia Suiza fueron asesinados ante su capitán, pero la Guardia Suiza logró contener el asalto. Mientras tanto el rey se refugió en la Asamblea Legislativa, donde fue obligado a pedir a la Guardia Suiza que se retirase y volviese a sus cuarteles. El capitán Dürler, que había visto como asesinaban a sus cinco guardias le pidió al rey una orden por escrito (que ha sobrevivido). Cuando el rey se la facilitó, acató la orden y al salir del palacio, indefensos, fueron masacrados sin piedad por los revolucionarios y sus cabezas fueron puestas en picas en las calles de la ciudad. De los 1.000 miembros de la Guardia Suiza que defendían al rey, sólo sobrevivieron unos 300.

La obra está situada en una roca de arenisca de la misma ciudad de Lucerna, que durante años fue explotada como cantera para construir la ciudad. No se trata de una obra de tamaño natural, ya que está realizada al doble del tamaño de un león real. Mide 6 metros de altura y 10 metros de largo. La obra representa a un león caído, herido de muerte y con el dolor clavado en el rostro, sobre un escudo con la flor de lis de la Monarquía francesa y junto a él hay un escudo con el emblema de Suiza.


La iniciativa de crear el monumento fue tomada por Karl von Pfyffer Altishofen, un oficial de la Guardia que habían estado de vacaciones en Lucerna, en el momento de la lucha. Comenzó a reunir dinero en 1818 para la creación de un monumento en honor de la Guardia Suiza, ya que esta masacre causó una gran consternación en Suiza. Esta escultura maestra es la obra de Bertel Thorvaldsen y se completó entre 1819 y 1821.

El escritor estadounidense Mark Twain  elogió la escultura del león como "El trozo de piedra más triste, conmovedor y contundente del mundo"

lunes, 20 de julio de 2015

EL EXILIO AL DUQUE DE AIGUILLON (1775)

En la primavera de 1774, la reina tenía todas las razones para estar satisfecha, porque el rey había enviado a madame Du Barry a  la abadía de Pont-Aux-Dames. María Antonieta sintió la dulce venganza por la favorita odiada. Queda por deshacerse de su otro enemigo, el duque de Aiguillon. ¿No es el ex canciller, el instigador de folletistas y sátiras difundidas diariamente contra la reina? ¿Aquel que mando al destierro a su amado Choiseuil? ¿Además protegido de la Du Barry? Por tanto hay que sacar a este hombre maquiavélico de la corte, fuera para siempre.

Según el Conde Mercy: “mis búsquedas y observaciones muy atentas he adquirido diariamente varias pistas que el autor principal de todas las pequeñas intrigas contra la reina son conspiradas por el duque de Aiguillon”.


Cuando la duquesa de Aiguillon vino a la Muette para conquistar a la reina, está la recibió muy fríamente. A pesar de que era él sobrino de Maurepas, el ministro considero que el viento soplo en él esta vez en la desgracia. Sin sentir una aversión a Aiguillon, Luis XVI tampoco lo estimaba mucho. La gestión de asuntos exteriores y de guerra careció de brillo, tenía una reputación deplorable, fue acusado de borrar a Francia en el momento de la partición de Polonia. Tenía en su contra a los amigos de Choiseuil, a quien había enviado al destierro, los simpatizantes y amigos parlamentarios lo designan como el genio del mal de los jesuitas.

En tales razones graves se añadió el odio de la reina hacia el ex protegido de Du Barry. Desde la muerte de Luis XV, mari Antonieta estaba constantemente acosando a su marido para obtener el exilio de un ministro que inspiro su “verdadero horror” en las mismas palabras de Mercy.

“este odio tuvo dos razones… la más baja fue la distancia que había dejado con la casa de Austria y contra el pacto de la misma –añade el abate de Veri- lo peor fue en las locuras diarias con madame Du Barry contra la delfina y la familia real… este patrón podría ser que la reina actuó apresuradamente contra el señor de Aiguillon que fue apartado por el propio rey e incluso despreciado por su tío, el señor de Maurepas”.

Además el ministro había denunciado la corrupción del embajador de Guines a quien María Antonieta protegía. Un proceso la había puesto delante de dos hombres, Guines afirma que todo fue pura calumnia y acuso a Aiguillon de su ruina. Finalmente Guines fue absuelto y nombrado duque (la reina estaba detrás del velo altamente transparente),  sin embargo, quiere castigar a Aiguillon por atreverse a perseguir a su “amigo”. –“he hablado con el rey, ella anuncia a Besenval, creo que él lo arreglara todo”-.

Según Mercy, el astuto Besenval utilizo su habilidad para manipular a la reina para darle la protección a Guines como un medio de venganza contra Aiguillon. Por tanto, el rey intenta paralizar nuevamente la situación. María Antonieta está furiosa y cuando el duque de Aiguillon viaja para tomar los pedidos del examen anual de la casa del rey, donde esta él a la cabeza, ella duramente lo ataca con estas palabras:

-¿mis pedidos? ¿Porque no vas a soltárselos a Du Barry?

El 30 de mayo, en Marly, en el desfile de la caballería comandada por Aiguillon, la reina no disimula y se retira de su palco tan pronto como pasa el ministro en su caballo, de acuerdo con el exministro, incluso ella mostraría su idioma austriaco.

Esa noche ella quiere que el rey envié al exilio al amigo de la “criatura”. “me impaciencia en mi cabeza cuando veo ese hombre!” Luis solo suspira en las exigencias de su esposa.

 Finalmente el 2 de junio probablemente alentado por su tío, el duque de Aiguillon renuncio. Se dice que el rey no lo miraría a los ojos y la reina que estaba presente; dicen que le sacó la lengua. Se le permite mantener su carga de coronel de caballería ligera, recibe una pensión y una gratificación de 500.000 francos. Pero necesita la condena de María Antonieta se exilió, 16 de Mayo de 1775, no en su castillo de Véretz, pródigamente al castillo de Aiguillon, doscientas leguas de Versalles, la construcción en ruinas y casi sin muebles.

domingo, 12 de julio de 2015

domingo, 5 de julio de 2015

VIDA EN LAS TULLERIAS: IMBERT DE SAINT-ARMAND

Vemos las impresiones del libro de Imbert de Saint-Armand, Marie Antonieta en las tullerias de 1893. A pesar de los elogios, hay muchas citas de las cartas originales, así como el día a día de la familia real durante su arresto domiciliario desde octubre de 1789 hasta finales de 1791. Los pasajes siguientes se describen el endurecimiento de la seguridad alrededor de la familia después de su intento de fuga en junio de 1791.


“se había resuelto que la reina no debía tener ningún asistente personal, excepto la doncella que había actuado como espía antes del viaje a Varennes. Un retrato de esta persona fue colocado al pie de la escalera que conduce a las habitaciones de la reina, para que el centinela de turno no permitiera la entrada a ninguna otra mujer. Luis XVI se vio obligado a apelar a La Fayette a fin der que esta espía saliera del palacio donde su presencia era un ultraje a María Antonieta. Este espionaje y la inquisición persiguieron a la infortunada reina, incluso en su dormitorio. Los guardias tenían instrucciones de no perderla de vista por la noche o de día. Tomaron nota de sus menores gestos y escucharon a sus menores palabras. Estacionados en la habitación contigua a la suya que custodiaba la puerta de comunicación siempre abierta para que pudieran ver a los cautivos en todo momento.

La familia siguió prestando asistencia a misa todos los días, aunque con dificultad. Las precauciones tomadas eran tan rigurosas que estaba prohibido decir la misa en la capilla del palacio, porque las distancia entre ella y los apartamentos de Luis XVI y María Antonieta  se creía demasiado grande. Un rincón de la galería de Diana, se erigió un altar de madera, que llevaba un crucifijo de ébano y unos pocos vasos con flores se convirtieron en el único lugar donde el rey más cristiano, podía oír la misa.

Sin embargo, su fortaleza era admirable. La familia real soporto su cautiverio con dulzura admirable y resignación, se ocuparon menos de su propio destino por pensar en el bienestar de las personas comprometidas por el viaje a Varennes, que fueron encarceladas. Luis XVI en lugar de caer en recriminaciones contra los hombres y las cosas, ofreció sus humillaciones y sufrimientos a Dios. Él oro, leyó y medito junto a su libro de oraciones, su lectura favorita “la vida de Carlos I de Inglaterra”, ya sea porque busco, en el estudio de la historia, una manera de encontrar un escape a un final nefasto como el de aquel monarca, o debido a una analogía de los dolores y los desastres le dio una simpatía profunda y misterios entre el rey que había sido decapitado y el rey que pronto iba a tener el mismo destino”.