domingo, 1 de abril de 2012

EL ODIO DE MARIE ANTOINETTE HACIA EL CARDENAL DE ROHAN!

Antes de pasar a describir todos los acontecimientos que precedieron el asunto del collar. Pasemos a examinar el resentimiento que sentía maría Antonieta hacia el cardenal de rohan. este mundano y noble sacerdote no le hizo jamás daño alguno; hasta fue aquel que, cuando la entrada en Francia de la reina, le dio la bienvenida a la puerta de la catedral de Estrasburgo; Bautizó a los hijos de la reina y ha buscado todas las posibles ocasiones para acercarse a ella amistosamente. Hasta en lo más profundo de su ser no existe oposición alguna entre sus dos naturalezas; por el contrario, este cardenal de Rohan es realmente una copia masculina del carácter de María Antonieta; igualmente frívolo, igualmente superficial y gastador, y tan negligente en cuanto a sus deberes religiosos como ella respecto a sus deberes regios; un clérigo mundano, lo mismo que ella es una soberana mundana; obispo del rococó, lo mismo que ella es reina del rococó. Habría concertado excelentemente con las gentes del Trianón, dadas sus maneras cuidadas, su espiritual aburrimiento, su ilimitada prodigalidad, y probablemente se habrían entendido a las mil maravillas el cardenal elegante, bello, ligero, gratamente veleidoso, y la reina coqueta, bonita, jugadora y gozadora de la vida. Sólo una casualidad los convirtió en adversarios, pero ¡con cuánta frecuencia aquellos que, en el fondo, son entre sí muy semejantes se convierten en los más encarnizados enemigos!.

María Teresa fue quien actuó de cuña para apartar a Rohan y María Antonieta; el odio de la reina es herencia materna, un odio contagioso, nacido de la persuasión. Antes de ser cardenal de Estrasburgo, Luis de Rohan había sido embajador en Viena; allí había sabido atraer hacia sí el ilimitado enojo de la vieja emperatriz. Esperaba ella un diplomático y encontró frente a sí un presumido charlatán. La escasa capacidad intelectual del cardenal la habría aceptado gustosa María Teresa, porque la simplicidad del enviado de una potencia extranjera significaba un buen elemento en favor de su propia política. También habría dispensado el fausto de que se rodeaba el cardenal, aunque la enojara fuertemente que este vano siervo de Jesús hubiera entrado en Viena con dos carrozas de gala, cada una de las cuales costaba cuarenta mil ducados; una gran caballeriza, camareros y ayudas de cámara, guardias y lectores, maestros de ceremonias y de casa y corte, un abigarrado bosque de plumachos a innumerables sirvientes con libreas de seda verde: lujo que dejaba insolentemente en la sombra el de la corte imperial.


El espectáculo de un servidor de Dios que deja sus sagrados hábitos para irse, vestido de cazador, rodeado de admiradoras, a matar en un solo día ciento treinta piezas de caza provoca en esta mujer piadosa ilimitada indignación, la cual asciende hasta el furor tan pronto como observa que aquella libre, frívola y dispendiosa conducta, en vez de escandalizar, encuentra en Viena general aprobación, ¡en su Viena, la ciudad de los jesuitas y de las comisiones de costumbres! Toda la nobleza respira libremente en compañía de este noble y elegante fanfarrón; ante todo, las señoras, a quienes la severidad de costumbres de la puritana viuda amarga la existencia, se agolpan para concurrir a las alegres cenas del embajador.

«Nuestras mujeres, sean jóvenes o viejas, bellas o feas, están hechizadas por él. Es su ídolo; están plenamente locas, en tal forma, que el cardenal se siente extraordinariamente a gusto aquí y asegura que quiere prolongar su residencia aun después de la muerte de su tío el arzobispo de Estrasburgo.» Pero hay más todavía: la ofendida emperatriz tiene que ver como Kaunitz, su hombre de confianza, siempre fiel, llama a Rohan su querido amigo, y hasta su propio hijo José, establece también cierta amistad con el obispo: tiene que contemplar la emperatriz cómo aquel elegante señor seduce a la familia imperial, a toda la corte y a toda la ciudad, encaminándolos hacia su disoluto modo de vivir. Pero María Teresa no quiere que su Viena, severamente católica, llegue a ser ningún frívolo Versalles, ni ningún Trianón, ni dejar que se introduzcan en su nobleza el adulterio y el amancebamiento; tal peste no debe establecerse en Viena, y para ello es preciso que Rohan se marche. Carta tras carta van hacia María Antonieta para que ésta haga todo lo posible para apartar de la proximidad de su madre este «repugnante individuo», conduce la cólera de esta mujer reflexiva. Gime, grita hasta la desesperación, para que la «libren» por fin de este mensajero del Anticristo. Y en efecto, apenas María Antonieta asciende al trono, cuando logra, obediente a su madre, que Luis de Rohan sea llamado de su puesto en la Embajada de Viena.


Pero un Rohan, cuando cae, es para ascender. Por el perdido puesto de embajador lo elevan a obispo, y poco después a gran limosnero, la suprema dignidad eclesiástica de la corte, por cuyas manos son distribuidos todos los dones benéficos del rey. Sus rentas son inmensas, pues no sólo es obispo de Estrasburgo, sino landgrave de Alsacia, abad de la muy lucrativa abadía de Saint-Vaast, superintendente del hospital real, provisor de la Sorbona y además de eso, no se sabe por qué méritos, miembro de la Academia Francesa. Pero por muy poderosamente que se amontonen sus ingresos, siempre son sobrepujados por los gastos, pues Rohan, bonachón, aturdido y dilapidador, derrama dinero a manos llenas. Reedifica, gastando millones, el palacio arzobispal de Estrasburgo: da las fiestas más suntuosas, no es ahorrador con las mujeres, y, de todas sus fantasías, su amistad con el conde Cagliostro es de las más escandalosas, pues este señor es miembro de la francmasonería. Pronto no es un secreto para nadie que las finanzas del obispo se hallan en una situación extremadamente triste; con más frecuencia se encuentra a este servidor de Cristo en casa de usureros judíos que en la de Dios, y más a menudo en compañía de damas que en la de sabios teólogos.

Durante quince años, desde su primer encuentro delante de la catedral de Estrasburgo, María Antonieta, fiel al mandato de su madre, no le ha dirigido la palabra ni una sola vez, sino que lo ha tratado mal delante de toda la corte. De este modo tiene que considerar como un villano acto de venganza el que precisamente este hombre haya osado mezclar el nombre de la reina en un asunto de estafa; de todos los ataques a su honor que ha sufrido de parte de la nobleza francesa, le parece el más desvergonzado a insidioso.

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