jueves, 5 de noviembre de 2009

APERTURA DE LOS ESTADOS GENERALES


Señores:

Este día que mi corazón esperaba desde hace mucho tiempo ha llegado al fin, y me veo rodeado de representantes de la nación que tengo la gloria de conducir... Un largo intervalo ha transcurrido desde la última reunión de los Estados Generales, y aunque la convocatoria a estas asambleas parece haber caído en desuso, no he vacilado en restablecer una costumbre de la que el reino puede extraer una nueva fuerza y que puede abrir a la nación una nueva fuente de dicha.
La deuda del Estado, ya inmensa cuando accedí al trono, ha aumentado bajo mi reinado; una guerra costosa, pero honorable ha sido la causa; el aumento de los impuestos ha sido la consecuencia necesaria, y ha hecho recalcar su repartición desigual. Una inquietud general, un deseo inmoderado de innovaciones se ha apoderado de los ánimos, y terminará por confundir totalmente las opiniones, si no nos apresuramos a fijarlas en una reunión de consejos sabios y moderados.
Es en esta confianza, señores, que os he reunido, y veo con sensibilidad que mi confianza ha sido justificada por las disposiciones que las dos primeras órdenes han demostrado de renunciar a sus privilegios pecuniarios. La esperanza que he concebido de ver todas las órdenes reunidas por el sentimiento de concurrir conmigo al bien general, no será engañada.
He ordenado ahorros considerables en los gastos. Me presentaréis, en este sentido, ideas que percibiré con entusiasmo, pero pese al recurso que puede ofrecer la economía más severa, temo señores, no poder aliviar a mis súbditos tan rápidamente como lo desearía. Haré poner ante vuestros ojos la situación exacta de las finanzas, y cuando la hayáis examinado, estoy seguro de antemano de que me propondréis los medios más eficaces para establecer un orden permanente y afirmar el crédito público. Esta obra grande y saludable, que asegurará la dicha del reino en el interior y la consideración exterior, os ocupará esencialmente.
Los espíritus están agitados, pero una asamblea de representantes de la nación, sólo escuchará sin duda los consejos de la sensatez y de la prudencia. Vosotros mismos juzgaréis, señores, que recientemente nos hemos apartado de esto en ocasiones múltiples; pero el espíritu dominante en vuestras deliberaciones responderá a los verdaderos sentimientos de una nación generosa, en la que el amor a sus reyes ha sido siempre el carácter distintivo: apartaré todo otro recuerdo. Conozco la autoridad y el poder de un rey justo en medio de un pueblo fiel y unido a los principios de una monarquía, que han sido el brillo y la gloria de Francia; yo debo ser el sostén, y lo seré constantemente. Pero todo lo que puede esperarse del más tierno interés ante el bien público, todo lo que se puede pedir a un soberano como primer amigo de sus pueblos, debéis esperarlo de mis sentimientos.
¡Ojalá, señores, un dichoso acuerdo reine en esta asamblea, y que esta época sea para siempre memorable, por la dicha y la prosperidad del reino! Este es el deseo de mi corazón, el más ardiente de mis votos, en fin, el precio que espero por lo recto de mis intenciones y mi amor por mis Pueblos.

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