viernes, 23 de octubre de 2009

"MADAME DEFICIT"


La significación histórica del proceso del collar consiste en que arroja la agria y dura luz de la publicidad sobre la persona de la reina y las interioridades de Versalles; en tiempos revueltos, siempre es peligroso el hacerse visible. Pues para tomar las armas, para llegar a ser activo, todo estado de descontento, todavía en situación pasiva, necesita siempre una figura humana, ya sea como abanderado de su idea, ya como blanco para el acumulado odio; un bíblico chivo expiatorio. A ese ser misterioso que es el «pueblo» sólo le es dado pensar antropomórficamente, sólo partiendo de seres humanos; las ideas no son nunca plenamente claras para su capacidad de concepción, sino sólo los personajes: por ello, dondequiera que hay una culpa quiere ver al culpable. El pueblo francés sospecha ya oscuramente, desde hace mucho tiempo, que hay una injusticia que le es infligida no sabe desde dónde. Durante largos años se ha inclinado obediente, esperando, crédulo, tiempos mejores: al advenimiento de cada nuevo Luis siempre ha tremolado con embeleso las banderas, siempre ha cumplido piadosamente con sus señores feudales y la Iglesia en el pago de censos y prestaciones personales; pero cuanto más se somete, tanto más dura llega a ser la presión de los impuestos que, ávidamente, le chupan la sangre. En la rica Francia están vacíos los graneros, empobrecidos los arrendatarios; en la más fértil tierra de Europa, bajo los más bellos cielos, escasea grandemente el pan. Alguien tiene que ser el culpable; si los unos carecen totalmente de pan, tiene que ser porque otros devoren demasiado; si los unos se ahogan bajo la carga de sus deberes, tiene que haber otros que se arroguen demasiados derechos. Aquella sorda inquietud que siempre precede a toda idea y a todo pensamiento creador se extiende, poco a poco, por todo el país. La burguesía, a quien un Voltaire y un Jean-Jacques Rousseau han abierto los ojos, comienza a juzgar por sí misma, a censurar, a leer, a escribir, a instruirse: a veces un relámpago abrasa los cielos anunciando la gran tormenta; son saqueadas las granjas y amenazados los señores feudales. Un gran descontento pesa desde hace tiempo, como una niebla, sobre todo el país.


Entonces, uno detrás de otro, dos deslumbradores relámpagos cruzan el espacio a iluminan toda la situación a ojos del pueblo: el proceso del collar es uno de ellos; el otro las manifestaciones de Calonne sobre el déficit. Estorbado en la realización de sus reformas, acaso también por secreta animosidad contra la corte, el ministro de Hacienda, al hablar de la situación financiera, ha citado por primera vez cifras exactas. Se sabe ahora lo que se silenció durante tanto tiempo: en doce años de reinado, Luis XVI ha tomado a préstamo mil doscientos cincuenta millones. Todo el pueblo se queda lívido ante el resplandor de este relámpago. Un millar doscientos cincuenta millones, cifra astronómica, ¿en qué y por quién han sido consumidos? El proceso del collar da la respuesta; saben por él los pobres diablos que por algunos zancajean trabajosamente jornadas enteras que, en ciertos círculos sociales, son presentados como corrientes regalos amorosos, diamantes por valor de millón y medio, que se adquieren palacios por diez o veinte millones, mientras que el pueblo se muere de hambre. Y como todo el mundo sabe que el rey, ese humilde zote, esa alma de pequeño burgués, no es capaz de participar en esta fantástica dilapidación, toda la mala voluntad, a modo de catarata, se precipita sobre la reina fascinadora, pródiga y aturdida. Se ha encontrado a la culpable de las deudas del Estado. Ahora se sabe ya por qué los billetes tienen menos valor de día en día, el pan está cada vez más caro y los impuestos cada vez más altos; es porque esa zorra dilapidadora hace revestir, en su Trianón, toda una habitación con brillantes y porque le envía secretamente a su hermano José, a Austria, centenares de millones de oro para pagar su guerra: porque colma de pensiones, empleos y prebendas a sus amantes y amiguitas. La desgracia tiene de pronto una causa, la bancarrota un autor, la reina un nuevo nombre. Desde un extremo de Francia hasta el otro se la llama «Madame Déficit»: la palabra quema sus espaldas como un hierro candente. 

la reina comparada con las peores reinas de francia, Fredegunda y Catalina de Medicis.
Ha estallado ahora, por fin, la nube lóbrega: una granizada de folletos, panfletos, libelos; un diluvio de escritos, proposiciones, peticiones, se derrama mugidora; jamás en Francia se ha hablado y escrito tanto; el pueblo comienza a despertar. Los voluntarios y soldados de la guerra norteamericana hablan, hasta en las aldeas más ignorantes, de que hay un país democrático, sin corte, rey ni nobleza, sino sólo puros ciudadanos con perfecta igualdad y libertad. Y ¿no está ya claramente expresado en el Contrato social de Jean-Jacques Rousseau, y más fina y discretamente en los escritos de Voltaire y Diderot, que el régimen monárquico no es el único querido por Dios ni el mejor de todos los existentes? El viejo respeto, mudo y reverente, alza por primera vez, furioso, la cabeza, y con ello una nueva confianza es infundida en la nobleza, la burguesía y el pueblo; el leve rumor de las logias masónicas y de las reuniones públicas asciende poco a poco de tono hasta convertirse en un mugir y un atronar tempestuoso: «Lo que aumenta el mal en monstruosas proporciones -comunica a Viena el embajador Mercy- es la creciente excitación de los espíritus. Puede decirse que, poco a poco, la agitación ha alcanzado a todas las clases sociales, y esta febril inquietud da fuerza al Parlamento para perseverar en su oposición. No se creería si se dijera la audacia con que se expresan las gentes en los lugares públicos sobre el rey, los príncipes y los ministros: se critican sus gastos; se pinta con los más negros colores la prodigalidad de la corte, y se insiste en la necesidad de una convocación de los Estados Generales, como si el país estuviera sin gobierno. Es ya imposible reprimir con medidas penales esta libertad de lenguaje, pues la fiebre ha llegado a ser tan general que aun cuando se encerraran por millares las gentes en la cárcel, no podría ser contenido el daño, sino que tal hecho provocaría en tan alto grado la cólera del pueblo, que la insurrección sería inevitable». 

la reina retratada como una bruja!
Ahora el descontento general no necesita ya de ninguna máscara ni de ninguna precaución; se presenta abiertamente y dice lo que quiere decir; ya no son guardadas ni las formas externas de respeto. Cuando la reina, poco tiempo después de la cuestión del collar, vuelve a pisar por primera vez su palco, es recibida con tan violentos silbidos que en adelante evitar ir al teatro. Cuando madame Vigée-Lebrun quiere exponer públicamente en el «Salón» su retrato de María Antonieta, es ya tan grande la probabilidad de un ultraje a la pintada «Madame Déficit», que se prefiere retirar a toda prisa el retrato de la reina. Por todas partes, recibe María Antonieta una fría hostilidad, no ya sólo a sus espaldas, sino cara a cara y abiertamente.

Cuantas más perversidades sabe referir de la reina, tantas más quieren conocer. Los libelos suceden ahora a los libelos; cada uno excede al anterior en lascivia y ordinariez; pronto aparece una pública «Lista de todas las personas con las cuales ha tenido la reina relaciones licenciosas»; contiene nada menos que treinta y cuatro nombres de uno y otro sexo, duques, comediantes, lacayos, el hermano del rey, así como su ayuda de cámara, la Polignac, la De Lamballe y, por último, para abreviar, routes les tribades de Paris , incluyendo a las mozas perdidas de las calles, castigadas a latigazos. Pero estos treinta y cuatro nombres no agotan, ni con mucho, todos los compañeros de vicio que atribuye a María Antonieta la opinión de los salones y la de la calle, artificialmente excitadas; toda una nación se ha apoderado de una mujer, y se le adjudica, hoy como en esos tiempos, en forma de alud, todos los excesos y perversiones imaginables. Otro libelo, La vie scandaleuse de Marie-Antoinette , tiene noticias de un vigoroso bárbaro que ya en la corte imperial austríaca tenía que apaciguar los inextinguibles Fureurs utérines (éste es el delicado título de un tercer libero) de la muchacha de trece años; con mucho detalle se describe en el Bordel royal (otro título de libelo) el comercio de la reina con sus mignons et mignones , y se ponen al alcance del embelesado lector con numerosos grabados pornográficos que representan a la soberana, con sus diferentes colegas, en aretinescas posturas amorosas. Cada vez más alto salpica la basura; las mentiras son cada vez más odiosas y es creída cada una de ellas porque se desea creer todo lo que se diga sobre aquella «criminal». A los dos o tres años es imposible ya salvar a María Antonieta, infamada en toda Francia como la mujer más lasciva y depravada, más astuta y tiránica que cabe imaginar.


Por último tiene que sufrir la última afrenta: el teniente de Policía anuncia de una manera embozada que sería aconsejable que la reina se abstuviera de visitar París por el momento, no fuera a darse el caso de que se produjesen incidentes enojosos, de los cuales no hubiera modo de defenderla. Ahora desde el pulpito, en voz alta y clara, se exige un proceso contra la pecaminosa, el estado eclesiástico después de la ofensa contra el cardenal de Rohan exige que se juzgue a la reina. De domingo en domingo, los sacerdotes adoptan tonos cada vez más ásperos. Igual de imperdonable, gritan desde los pulpitos a la entusiasmada multitud, es el adulterio, el derroche, la frivolidad y el crimen cometido por una reina que por la mujer más insignificante del país. Pronto el odio desciende de la iglesia a la calle y con especial celo braman las mujeres contra la reina. Cada vez más furioso ruge el grito “¡matar a la puta!” “muerte a la ramera de Versalles!”. La agitación hasta entonces contenida en la totalidad del país se desencadena salvajemente ahora contra una sola persona y, arrancada repentinamente de su despreocupación, despertada al ser golpeada y azotada por ese látigo de odio, solloza desesperada la reina, dirigiéndose a sus últimos fieles: « ¿Qué quieren de mí? ¿Qué les he hecho?».


Inmediatamente después de esto es otra, con la energía quebrada, el valor destrozado. Como un fuego arde la conciencia en su cuerpo, con mirada petrificada, loca, se espanta a sí misma. Una única y loca ambición envenena su cerebro atormentado: la ambición del dejar de saber, del no tener que pensar en ello, la mina. Algo en sus rasgos, en su ser, ha cambiado de forma permanente, la habitual ligereza y seguridad ha desaparecido. Camina, vive y actúa como una persona sometido a una fuerte presión. Se encierra en su habitación y a través de las puertas las camareras la oyen gemir y sollozar. Normalmente confiada, esta vez no confía en nadie. Sus labios están sellados, y nadie sospecha el terrible secreto que lleva a través de sus días y sus noches y que poco a poco le asfixia el alma. Espantoso despertar, en que los sentidos se concentran y deslumbra el reconocimiento de las locuras cometidas.

Este cambio, e incluso sus rasgos muestran tan extrañeza en comparación con su ser anterior: la que era indiferente a lo que el mundo pensara de ella, si es inteligente o sensato lo que emprendiera. Tan solo adelante, adelante, no detenerse y no reflexionar. ¡Tan solo dejar de pensar, dejar de saber, dejar de ver, dejar de oír, tan solo avanzar y avanzar hacia la locura!. Ya no recuerda en nada a la mujer alegre, prudente, locuaz, segura de sí misma, que era hace algunos años. Se encierra en sí misma, se oculta, se esconde. Quizá sigue esperando que el mundo callara y la ola negra pasara clemente sobre su cabeza.


Pero cuando las voces empiezan a preguntar, a apremiar, cuando por los salones de Versalles, por las calles de parís, cuando el mundo entero exige de ella explicaciones, respuestas y sentencia, se sume poco a poco en la confusión. Sabe que tendría que hacer algo para ocultar el hecho, para disculparlo. Pero le falta fuerza para dar una respuesta convincente, para decir una palabra inteligente y engañosa. Indefensa, impotente y desesperada María Antonieta quiere huir de las voces, las que advierten y amenazan.

Tenía que caer un crepitante rayo para hacer salir con espanto a María Antonieta de su orgulloso a indiferencia. En este momento está despierta; ahora comienza a comprender lo que ha omitido de sus obligaciones aquella mujer mal aconsejada y sorda a todo favorable aviso en su debido momento, y, con la nerviosa impetuosidad que le es propia, se apresura a enmendar de una manera bien visible lo más irritante de sus faltas.

De una sola plumada limita inmediatamente el costoso tren de su vida. A mademoiselle Bertin se le firma la licencia: en el vestuario, en el régimen doméstico, en las caballerizas, se adoptan limitaciones que economizan más de un millón al año; los juegos de azar, con sus banqueros, desaparecen de sus salones; se interrumpen las nuevas construcciones del palacio Saint-Cloud; se venden con toda rapidez posible otros palacios; son destituidos los ocupantes de una porción de cargos inútiles, en primer lugar los de sus favoritos de Trianón. María Antonieta permanece firme. Desde que mira con despiertos ojos, conoce mejor muchas cosas. Se retira visiblemente de la fatal sociedad de los Polignac y vuelve a acercarse a sus antiguos consejeros, a Mercy y al hace mucho tiempo despedido Vermond. Por primera vez, María Antonieta vive con el oído alerta; por primera vez no obedece a la antigua potencia, la moda de su mundo, sino a la nueva, la opinión pública. Es como si su tardío buen sentido quisiera justificar póstumamente a María Teresa por sus inútiles advertencias. 


Pero «demasiado tarde»: esta funesta frase será desde ahora la respuesta a cada uno de sus esfuerzos. Todas estas pequeñas renuncias pasan sin ser notadas en el general tumulto; estas economías precipitadas no son más que gotas que rezuman del enorme tonel de las danaides del déficit. Reconoce ahora, con espanto, que con medidas parciales y accidentales no puede ya salvarse nada; es necesario un Hércules que aparte, por fin, a un lado los gigantescos peñascos del déficit.

«Tiemblo sólo con la idea» -escribirá al conde Mercy- «perdóneme usted esta debilidad» , «mi destino es atraer la desgracia», «necesito mucho que un amigo tan bueno y fiel como usted me sostenga en este momento», tales palabras no se han oído ni leído jamás como brotadas de la anterior María Antonieta. Hay un nuevo tono; es la voz de un ser humano conmovido y removido hasta lo más profundo de su intimidad; ya no el acento leve y cargado de aleteos de risa, de la adulada joven dama; María Antonieta ha mordido la amarga manzana del conocimiento y pierde su seguridad de sonámbulo, pues sólo quien desconoce el peligro está siempre sin miedo. Comienza ahora a darse cuenta del tremendo precio con que está gravada toda gran posición: la responsabilidad. Por primera vez siente el peso de la corona, que hasta ahora había llevado fácilmente, como un sombrero a la moda. ¡Qué temeroso se hace ahora su paso desde que percibe sordos ruidos volcánicos bajo el frágil suelo! ¡No avanzar ahora, mejor retroceder! Preferiría permanecer alejada de todas las resoluciones; para siempre fuera de la política y de sus turbios negocios; no mezclarse más en determinaciones, que tan fáciles estimó antes, y de las cuales reconoce ahora todo el peligro.

Una transformación total se produce en la conducta de María Antonieta. La que hasta ahora había sido feliz en medio del ruido y de la agitación, busca actualmente el silencio y el apartamiento. Evita el teatro, las redoutes y mascaradas, no quiere ni siquiera asistir al Consejo del rey; sólo respira todavía en el círculo de sus hijos. En esta cámara, llena de risas, no penetra la pestilencia de odios y envidias. Como madre se siente más segura que como reina. Todo podría ser aún reparado; sólo desea vivir tranquila y en un ambiente íntimo y natural; no provocar más al destino, ese misterioso adversario cuya fuerza y malignidad comprende ahora por primera vez.

Pero precisamente en el momento en que todo en su corazón ansía la calma, el barómetro de la época marca tempestad. Justamente en la hora en que María Antonieta conoce sus faltas y quiere retroceder para que no se note su presencia, una despiadada voluntad la empuja hacia delante, al centro de los más emocionantes acontecimientos de la Historia.

2 comentarios:

  1. El oro que faltaba en las arcas fiscales,estaba en las paredes de los palacios de Versalles.
    Gracias.

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