jueves, 25 de junio de 2009

EL PROTOCOLO



Le imponen otro vestuario, otros servidores y nuevos y rigidísimos códigos de protocolo: no podía hablar con cualquiera de cualquier modo, no podía correr y hasta el más mínimo acto cotidiano, como levantarse o ponerse los zapatos, estaba obsesivamente codificado como una gran puesta en escena.Es verdad que habiendo crecido en Viena, en la sencillez de las cortes alemanas, donde las costumbres eran familiares y burguesas, le costaba mucho a Maria Antonieta acostumbrarse a las tiránicas reglas, tan anticuadas, que eran de uso en la familia real hasta en su vida intima. Por ejemplo, la costumbre exigía que en la mañana, al despertar, entrasen en su habitación todas las damas de honor y de guardarropa, vestidas con sus trajes de ceremonia, lo mismo que las princesas de sangre real, a las que pertenecía el privilegio de verter el agua para lavarle las manos, ponerle la camisa y presentarle el vestido. La idea era que los reyes fueran tratados como dioses. Por eso Versalles era más una iglesia que un castillo".



pudo soportarlo hasta que decidió recluirse en el petit trianon, donde iba a encontrar la paz que tenia cuando estaba en viena, fuera de las apariencias y el protocolo. "El mundo no existía para ella; sólo tomaba entidad bajo la forma reducida y miniaturizada del Petit Trianon. Soñaba con recrear allí el universo entero. Hasta llegó a proyectar la construcción de un volcán en erupción."

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 · de los parisinos a menudo dan lugar a rumores absurdos e "le ruego a su majestad que no de crédito a los rumores sobre la reina. la exuberancia y la alegría increíbles, estos rumores dan la vuelta un día, y se contradicen con la siguiente". (el conde mercy a marie teresa, julio 1774).

MADAME DU BARRY "LA ENEMIGA"



María Antonieta contra su voluntad los primeros años se ve envuelta y arrastrada por aquella mezquina y pequeña guerra de intrigas de la corte de Luis XV. Ya a su llegada encuentra Versalles dividido en dos partidos. Hace tiempo que ha muerto la reina, y, por tanto, el primer puesto femenino, con todas sus prerrogativas, corresponde legítimamente a las tres hijas del rey. Aburridas y desagradables solteronas, no ejercen la menor influencia sobre su regio padre, el cual únicamente quiere su placer, y a la verdad, en bajas formas sensuales y hasta en las mas groseras. Toda la atención de la corte, todo el brillo, todos los honores, van hacia aquella que tiene muy poco que ver con el honor: hacia la última favorita del rey, hacia madame Du Barry.

Procedente de la hez popular, de un pasado oscuro, capta la apariencia con derecho a tener acceso a la corte gracias a la debilidad de carácter de su amante que le compra un noble esposo, el conde Du Barry, un caballero en extremo complaciente como marido, el cual, el mismo día de la boda, una vez firmados los papeles, desaparece para siempre. Pero en todo caso, su nombre ha dado capacidad para entrar en la corte a la antigua muchacha de la calle.


Naturalmente, como ella tiene conferido el poder, todos los cortesanos se agrupan en torno suyo, los embajadores de los soberanos esperan, llenos de respeto en su antecámara; reyes y príncipes le envían presentes; puede destituir ministros, repartir cargos; puede mandar que le construyan palacios, dispones de todos los regios tesoros, pesados collares de diamantes centellean sobre su lascivo cuello, gigantescos anillos resplandecen en sus manos, besadas respetuosamente por todas las eminencias de la iglesia, príncipes y solicitantes. La diadema regia centellea, invisible, sobre su espesa y oscura cabellera. Toda la luz del favor real cae dilatadamente sobre esta ilegitima soberana de alcoba; todas las adulaciones y homenajes son para esta osada mujerzuela, que se pavonea por Versalles con mayor arrogancia de lo que jamás lo haya hecho reina alguna.

Escondidamente, en sus habitaciones de segundo orden, se mantienen, las despechadas hijas del rey, gimen y se lamentan por culpa de aquella desvergonzada moza, que deshonra a toda la corte, cubre de ridículo a su padre, hace ineficaz el gobierno a imposible toda cristiana vida familiar. Con todo el odio de su virtud aborrecen a esta ramera de babilonia.
Entonces, por una dichosa casualidad, aparece en la corte esta archiduquesa extranjera, María Antonieta. Ella debe ser la que dé la cara para ayudarlas a derrotar a la bestia impura. De este modo, con fingida ternura, atraen a su círculo a la princesita. Y sin sospecharlo siquiera al cabo de pocas semanas, María Antonieta se alza en el centro de una encarnizada contienda.

A su llegada María Antonieta no sabía nada ni de la existencia ni de la singular situación de una madame Du Barry, en la severidad de costumbres de la corte de Marie teresa, la idea de una querida del rey era desconocido plenamente. Solo en la primera cena, entre las otras señoras de la corte, ve a una dama de abultado pecho, brillantemente vestida y con magnificas joyas, la cual la mira curiosamente, y oye que, al hablar le dicen “condesa”, condesa Du Barry.

Pero las tías, le explican el caso fundamental a intencionadamente,Y es así que María Antonieta se entera de que aquella mujer que ve tan cerca del Rey vestida con suntuosidad y llena de diamantes es su amante, una mujer sin nombre, recogida de las calles, que se encuentra allí por el simple merito de ser una experta en el campo del erotismo pues, pocas semanas más tarde, María Antonieta le escribe ya a su madre acerca de “el más estúpido y la más impertinente criatura que se pueda imaginar”. En voz alta, la delfina repite en sus charlas todas las observaciones, ruines y malignas, que las queridas tías ponen en sus traviesos labios, y de repente la corte, que se aburre y esta siempre ávida de tales sensaciones, encuentra divertido en que una rubia muchacha desprecie del modo más profundo a esa arrogante intrusa de palacio real.

Según la ley de bronce de la etiqueta, en la corte de Versalles amas a una dama de categoría inferior le es lícito dirigir la palabra a una de categoría superior, sino que tiene que esperar respetuosamente a que la de categoría superior se la dirija. Ya se comprende que la delfina, en ausencia de una reina, es la dama en calidad más alta y María Antonieta hace abundante uso de su derecho. Fría, sonriente y provocativa, deja que la condesa Du Barry espere tiempo y tiempo su saludo; durante semanas, durante meses, hace que la impaciente se perezca por una sola palabra de sus labios. Naturalmente los chismosos y aduladores advierten pronto el caso; encuentran en este duelo una alegría infernal; toda la corte se calienta placenteramente al fuego atizado por las tías con el mayor cuidado. Todos observan, llenos de expectación, a la Du Barry, la cual ocupa su asiento entre todas las damas de la corte y tiene que contemplar con mal contenida furia como aquella petulante rubia de quince años charla y charla alegremente con las damas, solo ante ella María Antonieta frunce siempre un poco su labio Habsburgues, no dice palabra y parece mirar, como a través de un vidrio, lo que hay detrás de la condesa, resplandeciente de brillantes.


La Du Barry que ha ascendido desde lo más bajo con una velocidad tan vertiginosa, no se contenta con una apariencia de poder, quiere asolearse vana y lozanamente con un esplendor que no le corresponde, y sobre todo quiere que se le reconozca derecho a todo ello. Quiere ocupar el primer puesto entre las damas de la corte, quiere llevar los mas preciosos brillantes, poseer los trajes mas magníficos, los más hermosos carruajes, los caballos más ligeros. Todo esto lo obtiene sin trabajo del hombre débil de voluntad, absolutamente sometido a ella sexualmente; nada le es negado. 

De modo que la Du Barry quiere ser reconocida como existente por la primera mujer de la corte, ser recibida cordial y amablemente por la archiduquesa de la casa de Habsburgo. Pero no solo esta petite rousse (así llama a María Antonieta en su impotente furor) que ni siquiera puede hablar aun correctamente francés, frunce siempre los labios ante ella y la ofende delante de la corte, sino que, además tiene el descaro de burlarse a su costa, públicamente y con toda imprudencia, siendo ella la mujer más poderosa de la corte.

María Antonieta no tiene para que hablar de esa dama la cual, como condesa, está colocada muy por debajo de la heredera del trono aunque en su pecho centelleen siente millones de diamantes. Pero la Du Barry tiene detrás de si el poder efectivo: tiene al rey plenamente en sus manos. Pero Luis XV no quiere otra cosa sino su tranquilidad y sus goces deja que las cosas vayan como quieran.

Esta repentina guerra femenina turba enojosamente su paz. La Du Barry, le rompe a diario los odios diciéndole que no se dejara humillar por aquella criatura, que no dejara que la ponga en ridículo delante de toda la corte; el rey tiene que defenderla, guardar el honor de la condesa, al mismo tiempo que el suyo propio. Hacen llamar a la primera dama de honor de María Antonieta, madame de Noailles, claramente le dice que a la delfina se le permite hablar un poco libremente sobre lo que ve, y seria conveniente llamarle la atención para que supiera que tal conducta tiene que producir mal efecto en el circulo intimo de la familia. La dama de honro trasmite al instante la advertencia a María Antonieta, la cual se la refiere a las tías y a Vermond, y este, por ultimo, lo comunica al conde de Mercy, el cual, se queda espantado –la alianza, la alianza1- y por correo urgente, relata todo el asunto a la emperatriz en Viena.


Dolorosa situación para Marie teresa, ella que en Viena, por medio de su famosa comisión de costumbres, hace azotar implacablemente y conducir al establecimiento correccional a las damas de aquella clase. ¿No puede prescribir a su hija que se muestre amable con una de tales criaturas? Como madre, como estricta católica y como política, se hala ante el más penoso conflicto. Por ultimo, se zafa del asunto, como antigua y hábil diplomática, atribuyendo la cuestión a la cancillería. Su ministro de estado Kaunitz, redacta un prescripto dirigido a Mercy, con la misión de exponerlo a María Antonieta: “cometer faltas de cortesía hacia las personas a quienes el rey ha admitido en su circulo es ofender a ese mismo circulo, y todos tienen que respetar en tales personas el que el monarca mismo la considere dignas de su confianza, y a nadie le es licito permitirse examinar si lo ha hecho con razón o sin ella. La elección del príncipe, del monarca mismo, tiene que ser estimada como indiscutible”.

Esta claro, hasta quizás sobradamente claro. Pero María Antonieta se halla sometida a la acción incitadora de sus tías. Cuando le leen la carta, le dice a Mercy, con su abandonada manera habitual, un negligente “si, sí” y un “esta bien”. Desde que ha observado lo espantosamente que se enoja aquella tonta, la escaramuza proporciona doblado placer a la orgullosa muchachilla; cada día encuentra a la favorita en bailes, fiestas, partidas de juego y hasta en la esa del rey, y observa como la otra espera su saludo, pasa glacial a su lado, la frase apetecida y anhelada por la Du Barry, por el rey, por Mercy, por Kaunitz y hasta en secreto por Marie teresa no es nunca pronunciada. La guerra esta ahora abiertamente declarada. Los cortesanos se agrupan en torno a las dos mujeres. Todos quieren ver y saber, y hasta se cruzan apuestas sobre cual de las dos soberanas de Francia impondrá su voluntad, si la legitima o la ilegitima.

Pero ahora el rey se enoja más a fondo. Con gran sorpresa suya, el embajador austriaco, el conde de Mercy, se ve convocado a una conferencia por el ministro francés de asuntos extranjeros y no en la sala de audiencias, sino en la habitación de la condesa Du Barry. Cuando apenas ha hablado algunas palabras con el ministro cuando entra la Du Barry, le saluda cordialmente y le refiere al detalle lo injusto que se es con ella, el embajador habla con diplomacia una y otra vez. Pero entonces se abre silenciosamente la secreta puerta de la tapicería y Luis XV interviene en la delicada conversación. “hasta ahora ha sido usted –le dice a mercy- el embajador de la emperatriz; sea usted ahora embajador mío por algún tiempo, se lo ruego”. Después se expresa muy francamente sobre María Antonieta, la encuentra encantadora pero siendo aun muy joven cae en toda suerte de intrigas y se deja dar malos consejos por otras personas. Ruega por eso a Mercy que emplee toda su influencia para que la delfina modifique su conducta.

Mercy comprende al instante que el asunto se ha convertido en político, está en presencia de una orden clara y manifiesta que se tiene que ejecutar. Visita a María Antonieta, insiste a insiste, la intimida aludiendo vagamente a venenos con los cuales, en la corte francesa, ha sido suprimida más de una persona altamente situada y con fuerza de persuasión muy especial, echa sobre María Antonieta todas las culpas para el caso de la alianza, la obra maestra de su madre, llegue a ser rota a causa de su conducta. Con lágrimas de cólera en los ojos promete al embajador que un día determinado dirigirá la palabra a la Du Barry. Mercy respira profundamente. ¡Gracias a dios! La alianza esta salvada.

Una función de gala de primera categoría espera ahora a los íntimos de la corte. De boca en boca pasa la misteriosa notificación: hoy, en la noche, la delfina dirigirá al fin por primera vez, la palabra a la Du Barry. María Antonieta comienza a dar la vuelta al salón. Saluda a todas las damas; ahora solo queda todavía una dama, la ultima, entre ella y la Du Barry; dos minutos, un minuto y tiene ya que haber llegado junto a Mercy y la favorita.

Pero en este momento decisivo, madame Adelaida, la principal azuzadora ente las tres tías, se dirige severamente a María Antonieta y le dice imperativamente: “es hora de que nos retiremos. ¡Ven! Tenemos que esperar al rey en la, habitación de mi hermana Victoria”. María Antonieta se ruboriza, se embrolla y se aleja de allí corriendo más bien que nadando, con o cual el anhelado saludo no llega a ser pronunciado. Los malignos de la corte se frotan de gusto las manos; hasta en los cuartos de la servidumbre se refiere, entre ahogadas risas, como la Du Barry ha esperado inútilmente. Pero la favorita echa espumarajos y lo que es más grave, Luis XV cae en una manifiesta cólera.


“ya veo, señor Mercy –le dice rencorosamente al embajador- que sus consejos no tiene ninguna influencia. Es necesario que arregle el asunto por mi mismo”. El rey de Francia esta iracundo y pronuncia amenazas; madame Du Barry se enfurece en sus habitaciones; la alianza franco-austriaca esta en peligro. Al instante anuncia a Viena el mal giro del asunto. Ahora a emperatriz tiene que emplear todo el peso de su autoridad. Ahora Marie teresa misma tiene que intervenir, porque ella sola, entre todas las criaturas humanas, tiene el poder sobre aquella niña obstinada. Marie teresa esta extraordinariamente asustada con los acaecimientos.

Pero esta vez la trágica anciana emperatriz tiene que ser infiel a si mismo y a sus principios, en este ardiente conflicto de conciencia, se presenta la alarmante carta de Mercy diciendo que el rey esta enojado con María Antonieta, que le ha manifestado abiertamente al embajador su disgusto. Marie teresa se espanta, tiene que hacer, ante la razón de estado, un sacrificio tan doloroso de conciencia: «¡Ay, tanto miedo y tanta vergüenza para hablarle al rey, el mejor de los padres! ¡O para hacerlo con aquellas gentes que te aconsejan que le hables! ¡Vaya un encogimiento para dar solamente los buenos días! ¿Cualquier palabra sobre un traje o sobre cualquier otra pequeñez te cuesta tantos aspavientos? Te has dejado coger en tal esclavitud que, visiblemente, la razón y hasta tu deber no tienen ya fuerza para persuadirte. No puedo guardar silencio por más tiempo. Después de la conversación con Mercy y de su comunicación acerca de lo que el rey desea y lo que tu deber exige, ¿has osado desobedecerle? ¿Qué motivo razonable puedes aducir para ello? Absolutamente ninguno. No tienes que considerar a la Du Barry sino como a todas las restantes damas que en la corte son admitidas en el círculo del rey. Como primer súbdito del rey, tienes que mostrar a toda la corte que ejecutas sin condiciones el deseo de tu soberano. Naturalmente que si te pidiese bajezas o deseara de ti intimidades con ella, entonces ni yo ni ningún otro te lo aconsejaría; pero ¡cualquier palabrilla indiferente, no por la dama misma, sino por tu abuelo, tu soberano y bienhechor!».

Este bombardeo de razones quebranta la energía de María Antonieta; aunque indomable, voluntariosa y obstinada, jamás ha osado oponer resistencia ante la autoridad de su madre. Aun se opone un poco la delfina, pero guarda las formas: “no digo que no, ni tampoco que no haya de hablar con ella en una hora o día previamente determinados, para que ella lo anuncie con anticipación y pueda presentarse como triunfadora”. 

El día de años nuevo de 1772 trae por fin la solución de esta guerra femenina heroico-cómica; aporta el triunfo de madame Du Barry y la sumisión de María Antonieta. La escena está de nuevo teatralmente preparada; otra vez la corte, solemnemente reunida, está llamada a ser testigo y espectadora. Llega por fin la hora de las felicitaciones. Una después de otra, según su categoría, las damas de la corte desfilan por delante de la delfina, y entre ellas la duquesa Aiguillon, la esposa del ministro, con madame Du Barry.


La delfina dirige algunas palabras a la duquesa de Aiguillon; después vuelve la cabeza en dirección a madame Du Barry –todos contienen el aliento para no perder ni una silaba-, dice las palabras tanto tiempo anheladas, por las cuales lucho tan fieramente, inauditas y cargadas de fatalidad, le dice: “hay hoy mucha gente en Versalles”. Seis palabras se ha forzado a pronunciar María Antonieta; este es un acontecimiento inmenso en la corte, mas importante que la ganancia de una provincia, más emocionante que todas las reformas largo tiempo necesarias... ¡por fin, por fin la delfina ha hablado con la favorita! María Antonieta se ha rendido, madame Du Barry ha triunfado. Ahora todo vuelve a ser como es debido; todos ven el cielo abierto sobre Versalles. El rey recibe a la delfina con los brazos abiertos, la abraza tiernamente como una hija perdida que acaba de ser encontrada; Mercy da las gracias conmovido, la Du Barry atraviesa las salas como un pavo real, las enojadas tías alborotan furiosas; toda la corte esta excitada, se charla y parlotea a grandes voces acerca del sucesos, y todo ello porque María Antonieta le ha dicho a la Du Barry: “hay hoy mucha gente en Versalles”.


María Antonieta ha sido vencida, lo sabe, su juvenil orgullo, aun infantilmente indomado, ha recibido un golpe terrible. Por primera vez ha bajado la cabeza, pero no volverá a inclinarla por segunda vez hasta la guillotina. En esta ocasión se ha hecho visible de repente que esta tierna y juguetona criatura, tan pronto como se toca su honor saca de si un alma soberbia a inconmovible. Amargamente le dice a Mercy: “una vez le he hablado, pero estoy decidida a que la cosa quede aquí. Esa mujer no oirá nunca más el tono de mi voz”. También a su madre le muestra claramente que después de esta única condescendencia no hay que esperara de ella posteriores sacrificios: “mis funciones aquí, a veces son difíciles de cumplir. Puede usted creer que siempre renunciare a mis prejuicios y repugnancias, mientras no se me ponga en evidencia y vaya contra mi honor”.


 En vano vuelve Marie teresa a escribirle una y otra vez: “tienes que hablar con ella como con cualquier señora de la corte del rey; nos debes eso al rey y a mí”. En vano es que Mercy y los otros procuren convencerla sin cesar de que debe mostrarse afectuosa con la Du Barry, asegurándose de este modo el favor del rey. Los delgados labios Habsburgueses de María Antonieta, que una única vez se han abierto contra su voluntad, permanecerán cerrados como si fueses de bronce, ninguna amenaza, ninguna seducción puede romper el sello que los cierra. Seis palabras le ha dicho el 1 de enero de 1772 a la Du Barry, y jamás la odiada mujer llegara a oír la séptima.


Madame Du Barry no se siente muy a gusto después de este triunfo. Ahora está contenta y no desea más; esta avergonzada y asustada de su pública victoria. Pues en todo caso, es lo bastante lista para saber que todo su poder se alza sobre bases inseguras, sobre las gotosas piernas de un hombre que envejece velozmente. La muerte de este protector de sesenta y dos años, y a la mañana siguiente esta muchachilla puede ser ya la reina de Francia, sería uno de aquellos fatales boletos de viaje a la prisión de la bastilla.

Por ello apenas ha triunfado sobre María Antonieta, hace las más vivas, las más leales y sinceras tentativas de reconciliación. Endulza su bilis, sojuzga su orgullo, se presenta una y otra vez en las reuniones de la delfina y aunque no sea honrada con ninguna palabra más, no se muestra, en modo alguno, enojada. De cien maneras se esfuerza por alcanzar mercedes de su regio amante para su antigua adversaria: atrae a María Antonieta con amabilidades, intenta comprar sus favores.

Se sabe en la corte –y se sabe, por desgracia-, demasiado bien, que María Antonieta ama desenfrenadamente las joyas magnificas. La Du Barry piensa por tanto que acaso sea posible domesticarla por medio de un regalo. El gran joyero de la corte, Boehmer posee unos pendientes de brillantes que han sido tasados en setecientas mil libras. Probablemente, María Antonieta habrá expresado privada o públicamente su admiración por tal joya, y la Du Barry habrá tenido conocimiento de su antojo. El caso es que un día hace que se le sea insinuado en voz baja a la delfina por una de las damas de la corte que si realmente quiere tener los pendientes, será un placer para la Du Barry convencer a Luis XV que debe regalárselos.
Pero María Antonieta no responde ni palabra a esta impúdica proposición, se vuelve despreciativamente y continua mirando glacialmente a su adversaria, ni por todas las piedras preciosas de la tierra esta madame Du Barry, que una vez la humillo públicamente oirá ninguna palabra de estimación de sus labios. Un nuevo orgullo, un aplomo nuevo, comienza a mostrarse en la muchacha de diecisiete años, no necesita ninguna joya debida a la merced y al favor ajeno, pues siente ya sobre su cabeza las proximidades de la diadema de reina.

LA DIFICIL VIDA EN LA CORTE


Versalles era un mundo cerrado y fantasmagórico, el ideado por Luis XIV como el forum maximum de Europa, decae bajo Luis XV hasta ser un teatro de sociedad de nobles aficionados; claro que, en todo caso, el mas artístico y caro que jamás ha conocido el mundo. La expresión de una avallasadora plenitud de poder, hace tiempo que no es más que frivolidad y movimiento desprovisto de alma y de sentido. De nuevo reina un Luis, pero no es ya un dominador soberano, sino un apático esclavo de las mujeres; también este al igual que su antecesor, el rey sol, reúne en torno así una come de arzobispos, ministros, mariscales, arquitectos, poetas y músicos. Pero no es un grupo de mentes brillantes, sino una casta de codiciosos de destinos, aduladores a intrigantes que solo quieren gozar en vez de crear y vivir parásitamente sobre lo ya producido.

Sobre este magnífico escenario aparece ahora por primera vez, con vacilante paso de debutante una muchacha de quince años, Antonieta, hermosa y caprichosa, era antojadiza, superficial y distraída. La coqueta princesa no tardo en enredarse en la tupida red de intrigas de la corte francesa. Falta de experiencia práctica y poco ducha en las astucias y sutilezas diplomáticas, la delfina no logro ganarse el favor de la corte. Aquella niña tiene la singular pretensión de moverse con infantil libertad, sin ningún envaramiento, por aquellos sacrosantos salones; la joven toinette alborota por todas partes, con revoleo de faldas, aun no puede acostumbrarse a la desolada mesura, a la reserva glacial que sin cesar se exige aquí de la esposa de un príncipe real.

Por tanto, ¡en nombre del cielo!, que jamás haya un gesto espontaneo, no cabe mostrarse natural a ningún precio, sería una falta contra las costumbres. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana, siempre buen porte, buen porte y buen porte; sino, murmura el implacable publico de aduladores, el objeto de cuya existencia es vivir en este teatro patético.


Su alta educación compete, junto a la santurrona dama de honor la condesa de noailles, a las hijas de Luis XV tres solteronas beatas y malignas: madame Adelaida, madame victoria y madame Sofía; esas tres parcas se ocupan, con aparente cariño, de María Antonieta, en su escondida madriguera, enseñándole toda la estrategia de las pequeñas guerras de corte: las intrigas, la calumnia.
Al principio esta nueva enseñanza divierte a la inexperta princesa y pronto, por su instinto recto, se libera de la tutela de sus tías. Al igual mala suerte tiene la condesa de noailles con su discípula, la joven se subleva contra la mesure; contra el empleo del tiempo acompasado y siempre unido a un párrafo de reglamento.


María teresa conoce al detalle esta peligrosa situación de su hija en la corte extranjera: sabe también que aquella criatura demasiado joven, frívola y ligera, nunca estará en disposición de evitar por su propio instinto todas las trampas de la intriga y celadas de la política de palacio.

Afectuosa, cordial y perezosa para reflexionar, la niña que es maría Antonieta no siente en realidad ninguna antipatía hacia toda la gente que la rodea. Quiere mucho a Luis XV, el abuelo político, que la mima amistosamente; soporta pasablemente a las viejas tías solteronas y a “madame etiqueta”; siente confianza hacia su buen confesor vermond y una afección infantil y llena de respeto por el sereno y cordial amigo de su madre, el embajador mercy.

“madame la delfina se aburre con el rey y no siempre se toma las molestia de ocultarlo, pero lo cierto es que el rey tiene una inclinación mas decidida por la delfina, pero ella no quiere tomar ventaja de ello y he tenido poco éxito de convencerla que lo haga”. (El conde mercy, 1772).

Porque este aburrimiento? Todas estas personas que la rodean son mayores, todas serias, mesuradas, ceremoniosas, y a ella, la muchacha de quince años, le gustaría amistarse despreocupadamente con alguien; ser alegre y sentir confianza en alguien; quería compañeros de juego y no solo maestros vigilantes y sermoneadores: su juventud esta sedienta de juventud.

Pero su esposo, solo un año mayor que ella; es regañón, tímido y a menudo grosero por su propia timidez, este lerdo compañero evita toda confianza con su joven esposa. De este modo, solo quedan los hermanos mas jóvenes de su marido, el conde de Provenza, de hermosos ojos negros que le contaba historias que la hacían reír; y el conde de artois, que compartía su afición por el baile.


A esta edad poco exigente, María Antonieta trajo sus gustos especiales: tenía una afición por las flores, y lleno su apartamento con Jacintos, tulipanes y rosas. Tenía lo que mercy llamaba “una pasión por los niños”, realizaba fiestas en el jardín con niños de cuatro años.

“recientemente, la señora delfina, una vez mas volvió a su costumbre de jugar con los niños, y por desgracia después del estreno de Femme de Chambre tiene dos niños, ambos de los cuales son muy molestos. Madame la delfina pasa gran parte de su día con estos niños, que estropean la ropa, arrancan y rompen el mobiliario y salen de su habitación en el mayor desorden”. (el conde mercy, 22 junio 1771).

Desde la primera hasta la última hora lucha en María Antonieta un ser libre y natural contra la artificialidad de aquel ambiente que llega a ser suyo por el matrimonio, contra el preciosista patetismo de aquellas faldas à paniers y aquellos rígidos bustos encorsetados. Esta ligera y juguetona vienesa se ha sentido siempre como extranjera en el solemne palacio de Versalles, el de las mil ventanas.

en una carta de marie teresa al rey luis xv: " sus intenciones son excelentes, pero dada su edad, te lo ruego indulgencia por cualquier error por descuido...yo recomiendo una vez mas como la promesa mas tierna que existe tan felizmente entre nuestros estados y nuestras casas".

SU CONSEJERO, EL CONDE MERCY

 
María Teresa conoce al detalle esta peligrosa y dañina situación de su hija en la corte extranjera: sabe también que aquella criatura demasiado joven, frívola y ligera, nunca estará en disposición de evitar por su propio instinto todas las trampas de la intriga y las celadas de la política de palacio. Por ello le ha dado como fiel consejero a la mejor persona que posee entre sus diplomáticos, al conde de Mercy. «Temo mucho -había escrito la emperatriz con asombrosa franqueza a su representante- la excesiva juventud de mi hija, la demasía de lisonjas en torno suyo, su pereza y su falta de gusto por toda actividad seria, y recomiendo a usted, ya que tengo en su persona plena confianza, que vigile para que no vaya a caer en malas manos.»

 La emperatriz no hubiera podido hacer mejor elección. Belga de nacimiento, pero totalmente adicto a su soberana: hombre de corte, pero no servil cortesano: sereno de pensamiento, pero no frío: lúcido, aunque no genial, este solterón, rico y sin ambiciones, que no desea otra cosa en la vida sino servir plenamente a su soberana, toma a su cargo este puesto tutelar con todo el tacto imaginable y la más conmovedora fidelidad. En apariencia, es el embajador de la emperatriz en la corte de Versalles, pero en realidad no es más que el ojo, el oído y la mano protectora de la madre; gracias a sus minuciosos informes. María Teresa puede observar a su hija desde Schoenbrunn como a través de un telescopio. La emperatriz sabe cada palabra que pronuncia su hija, cada libro que lee, o más bien que no lee: conoce cada vestido que se pone; llega a su conocimiento cómo emplea o disipa María Antonieta cada uno de sus días, con quién habla, qué faltas comete, pues Mercy, con gran habilidad, ha tendido estrechamente sus redes en torno a su protegida. «He ganado la confianza de tres personas del servicio personal de la archiduquesa, la hago observar día tras día por Vermond, y sé, por medio de la marquesa de Durfort, hasta la palabra más insignificante que charla con sus tías. Poseo además, otros medios y caminos para conocer lo que pasa en la cámara del rey cuando se encuentra ahí la delfina. Añado a esto mis propias observaciones, en forma que no hay ni una sola hora del día acerca de la cual no pueda decir, con conocimiento, lo que la delfina ha hecho, dicho a oído. Y extiendo siempre tan allá mis investigaciones por si es necesario para tranquilidad de Vuestra Majestad.» Todo lo que oye y acecha este fiel y honrado servidor lo comunica con la más completa veracidad y sin miramiento alguno.
  

 Correos especiales, ya que los recíprocos robos de correspondencia representan entonces el arte principal de la diplomacia, transportan estos íntimos informes, exclusivamente destinados para María Teresa, los cuales ni una sola vez son accesibles al canciller de Estado o al emperador José, gracias a la cerrada envoltura con la inscripción: «Tibi soli» . Cierto que a veces se asombra la inocente María Antonieta de lo rápida y detalladamente que están informados en Schoenbrunn sobre cada particular de su vida, pero jamás llega a sospechar que aquel canoso señor tan amistosamente paternal sea el espía íntimo de su madre y que las cartas exhortadoras, misteriosamente omniscientes, de la emperatriz estén pedidas a inspiradas por el propio Mercy, pues Mercy no tiene otro medio de influir en la indómita muchacha sino acudiendo a la autoridad materna. Como a embajador de una corte extranjera, aunque sea amigo, no le es permitido dar reglas de conducta moral a la heredera del trono, no puede tener la pretensión de educar a la futura reina de Francia o de querer influir sobre ella. De este modo, cuando quiere alcanzar algún objeto, encarga siempre una de aquellas cartas, cariñosamente severas, que María Antonieta recibe y abre con corazón palpitante. No sometida a nadie más sobre la tierra, esta niña frívola experimenta siempre un sagrado temor cuando le habla su madre, aunque sólo sea por escrito, a inclina entonces respetuosamente la cabeza, aun ante la más severa censura. 

Gracias a esta vigilancia perenne, María Antonieta, durante los primeros años, está a salvo de los peligros exteriores y de sus demasías internas. Otro espíritu, otro más fuerte, la grande y perspicaz inteligencia de su madre, piensa en lugar de ella; una resuelta severidad vela sobre su aturdimiento. Y la culpa que la emperatriz ha cometido con relación a María Antonieta, sacrificando demasiado pronto su joven vida a la razón de Estado, trata de redimirla la madre con infinitos desvelos.

LA ENFERMEDAD DE LUIS XVI

SECRETO DE ALCOBA!


Aquella primera noche los novios solo duermen, el problema del matrimonio no consumado los primeros meses es de los recién casados, pero luego esto traspasa las habitaciones de ellos y se vuelve cada vez más grande hasta que toda Francia se mofa de la incapacidad del Delfín de Francia. Pero a pesar de que la situación empeora, el matrimonio no se consuma ni en un mes ni en un año, lo que atraerá serios problemas; algo detiene a Luis Augusto pero no se sabe que es.

Luis era un hombre muy  inseguro, su inseguridad aumento al conocer a su bella esposa, en su diario escribió: “no pasó nada ni el primer día ni el día siguiente ni el próximo, es que ella es tan encantadora que me asusta, temo que yo le resulte poco encantador”. Y por lo que dice María Antonieta  a su madre no se equivocaba, de inmediato se lo describe como gordito, retraído y extraño, así que sabemos que tampoco tenía ganas de consumar su relación. Lo increíble es que ambos son jóvenes en pleno desarrollo, muchos a esta edad tienen las hormonas alborotadas, y la única manera de liberarlas es teniendo sexo, pero en esa habitación dorada ¡no hay acción!.

Un año después del fatídico matrimonio en 1771 María Teresa le escribe a su hija: "caresses, cajolis" carícias y mimos, pero sin abusar de ellos, le dice la experimentada mujer, con esto mejora la situación y el Delfín visita cada noche a la Delfina pero no se consuma el matrimonio. Pasan dos años y la Emperatriz se impacienta ¿qué pasa con el heredero?. Marie Antoinette le confiesa a su madre de que podría ser «maladresse et jeunesse», en torpeza y juventud.

Pero la madre interviene de nuevo. Hace llamar al médico de la corte. Van Swieten y lo consulta sobre la incapacidad del delfín. El medico se encoge de hombros. Si una muchacha con tales atractivos no logra inflamar al Luis augusto, quedara sin efecto todo procedimiento medicinal. Marie teresa escribe a parís carta tras carta, finalmente, el propio Luis XV, con gran experiencia y ejercitado maestro en estos terrenos, interroga a su nieto: “¿es que no amas a tu esposa? A lo que él le respondió: la amo mucho con mi vida, no podría vivir sin ella, y estoy seguro que ella me aprecia pero necesito tiempo, solo un poco más de tiempo”. El médico de la corte, Lassone, es iniciado en el secreto y entonces se pone de manifiesto que esta impotencia del Delfín no es producida por ninguna causa espiritual, sino por un insignificante defecto orgánico: una fimosis.

 “quien dice que el frenillo sujetó  tanto el prepucio, que no cede a la introducción y causa dolor vivo en él, por el cual se retrae su majestad del impulso que conviene. Quien supone que dicho prepucio esta tan cerrado que no puede explayarse para la dilatación de la punta o cabeza de la parte, en virtud de lo cual no llega la erección al punto de elasticidad necesaria” (informe secreto del embajador español).

 Se suceden consultas tras consultas para saber si debe intervenir con su bisturí el cirujano, como se murmura cínicamente en las antecámaras. También María Antonieta, instruida por sus amigas experimentadas, hace todo lo posible para inducir a su esposo a que se someta al tratamiento quirúrgico. “"Yo trabajo para determinar la pequeña operación que ya ha sido discutido y creo que es necesario" (escribe a su madre en 1775).

Pero Luis XVI, Delfín entre tanto ha llegado a ser rey, pero al cabo de cinco años sigue todavía sin ser esposo. Lo retrasa y titubea, prueba y vuelve a probar y esta terrible, repugnante y ridícula situación de eternos ensayos y eternos fracasos, provoca la burla de toda la corte, la rabia de Marie teresa y la humillación de Luis XVI, se prolonga aun durante otros veinticuatro meses, por siete años de ridículas luchas, por estas dos mil noches en las cuales María Antonieta, como mujer y como esposa, ha sufrido las más extensas humillaciones de su sexo.

"la frialdad del delfín, un joven esposo de tan solo veinte años, en relación con una mujer bonita para mi es inconcebible". la emperatriz marie teresa al embajador mercy (3 enero de 1774).

El secreto traspasa sus habitaciones: charlan de ello todas las camareras, todas las damas de la corte, los caballeros y los oficiales, la servidumbre lo saben y las lavanderas de palacio. Hasta en su propia mesa tiene que soportar el rey algunas bromas pesadas acerca de ello.Este es el comienzo de la hostilidad hacia Marie Antoinette ya que no se acusaba a Luis Augusto el de la ausencia de descendencia, sino a Marie Antoinette, que como mujer se veía humillada frente a todos, desde sus damas, hasta su servicio y las mujeres del mercado murmuraban sobre la ineptitud de ella al no ser lo suficiente mujer de provocar que su esposo la hiciera su mujer. Cuando la carroza de Marie Antoinette pasaba clandestinamente en las madrugadas por París las mujeres del mercado al reconocerla alzaban a sus hijos en señal de burla por su incapacidad.

Como la capacidad de engendrar de un Borbón, en cuanto a la sucesión del trono, constituye un asunto de alta política, todas las cortes extranjeras se mezclan en el asunto del modo más insistente. Se hacen informes detallados del delicado asunto en las cortes de Cerdeña, Prusia y Sajonia; el más celoso de todos ellos, el embajador español, el conde de Aranda, hasta llega a hacer examinar las sabanas del lecho real por criados sobornados, para seguir del modo más minucioso la posible pista de todo suceso fisiológico. Por todas partes, por toda Europa, se ríen y bromean reyes y príncipes sobre el bochornoso asunto de su colega. No solo en Versalles, sino en todo parís y en Francia entera, la vergüenza conyugal del rey se habla en todas las calles, vuela de mano en mano en forma de libelos, panfletos y coplas pornográficas.

Esto determina el carácter del rey y la reina: Luis XVI se vuelve retraído, en la vida pública le falta la fuerza necesaria para decidirse a actuar. No sabe presentarse en público: no es capaz de mostrar una voluntad, ni mucho menos de imponerla. Desmañado, tímido y secretamente avergonzado, huye de toda sociedad en la corte y especialmente del trato con las mujeres. A veces intenta imponerse violentamente cierta autoridad, darse una apariencia viril, pero entonces se coloca siempre en un peldaño demasiado alto: se convierte en grosero, brusco y brutal, típico gesto de fingida fuerza, en la cual no cree nadie. Pero jamás logra presentarse a la gente de un modo libre, natural y consciente de sí mismo, y mucho menos con majestad. Porque no sabe ser hombre en su dormitorio, tampoco logra presentarse ante los otros como rey.

Sus aficiones personales son varoniles: la caza, duros ejercicios corporales y su taller de herrero. Apenas Luis se ha puesto su uniforme de gala y se presenta en medio de sus cortesanos, descubre que aquella fuerza es solo muscular y no del corazón, y al punto se ve turbado. Rara vez se le oye reír, rara vez se le ve realmente feliz y divertido.

Pero este sentimiento de secreta debilidad actúa del modo más peligroso en sus relaciones con su mujer. Luis XVI no encuentra a gusto en modo alguno, la vertiginosa y turbulenta manera de divertirse de la reina, la sociedad que la rodea, su disipación, su frivolidad nada regia. Pero no tiene ni la voluntad ni las fuerzas para intervenir en ello, se sonríe de sus excesos y en el fondo está orgulloso de tener una mujer universalmente admirada. Además ¿Cómo puede un hombre, con una mujer ante la cual todas las noches se cubre de vergüenza y que le conoce como desvalido y ridículo, desempeñar durante el día papeles de amo y señor?.

Por su incapacidad viril, Luis XVI aparece plenamente indefenso ante su mujer, sometido a ella, superior a él en inteligencia y se echa a un lado, consiente de su inferioridad, para no quitarle la luz. A su vez ella sonríe de este marido cómodo, pero lo hace sin malignidad, pues también ella lo quiere en cierta indulgente forma. Pues la deja regirse y gobernarse según su capricho; se retira delicadamente cuando siente que no es deseada su presencia; no penetra jamás sin anunciarse en la cámara de su esposa; marido ideal que, a pesar de su espíritu ahorrativo, vuelve siempre a pagar las deudas de la reina, le consiente todo. Cuanto más vive con Luis XVI, tanto más crece en ella la estimación por el carácter de su esposo, altamente merecedor de respeto, a pesar de todas sus debilidades.

Con desesperación ven los ministros, ve la emperatriz madre, ve toda la corte, como por esta trágica flaqueza todo el poder va a caer en manos de una joven aturdida, la cual lo malgasta con la mayor ligereza. Hasta cuando Luis XVI llego realmente a ser esposo y padre de familia, aunque debería ser el dueño de Francia, continuo siempre como siervo de María Antonieta, sin voluntad propia, solo porque a su debido tiempo no pudo ser su marido.

No menos fatalmente influye el fracaso sexual de Luis XVI en el desenvolvimiento espiritual de María Antonieta. Su castidad despreocupada e intacta virginidad, durante dos mil noches su sexualidad es excitada infructuosamente de esta manera insatisfactoria, vergonzosa y deprimente, que ni una sola vez sacia sus apetitos. De este modo, no es necesario ser medico neurólogo para dictaminar que aquel fatídico exceso de vida, aquel perpetuo ir y venir y nunca estar satisfecha, aquella voluble carrera de placer en placer, son directa consecuencia típicamente clínica de un permanente esta de excitación sexual no satisfecha, producido por su esposo. Porque, en lo profundo de su ser, no ha sentido nunca verdaderas emociones y no ha podido sosegarse, esta mujer, aun no poseída al cabo de siete años de matrimonio, tiene necesidad de movimiento y ruido en torno de si, y lo que fue un infantil y regocijante afición al juego, se convierte poco a poco en un delirante y enfermizo furor de diversiones, considerado como escandaloso por toda la corte y contra la cual Marie teresa trata de luchar vanamente.

Lo mismo que en el rey la vitalidad insatisfecha se trasforma en rudo trabajo de herrero y en pasión por la caza, en oscuro y fatigante esfuerzo muscular, en la reina la falsamente dirigida y desaprovechadamente fuerza de sentimientos se refugia en tiernas amistades con mujeres, en coquetería con caballeros jóvenes, en preocupaciones por el adorno de su persona y otras satisfacciones semejantes, insuficientes para su temperamento.

Noches y noches huye del lecho conyugal, el triste lugar de su femenina humillación, y mientras su esposo y no esposo duerme profundamente reposando de las fatigas de la caza, ella se arrastra hasta las cuatro o las cinco de la mañana por bailes de ópera, salas de juego, cenas con compañías dudosas, excitándose con pasiones ajenas, reina indigna por haber caído en manos de un esposo impotente. Trata de llenar ese vacío que tiene de una manera equivocada, cada año que prolonga su desgracia hace que se vuelva cada vez más frívola, pero aquel vacío de amor nunca se llena, a pesar de que tenga el vestido más brillante, el diamante más caro, los zapatos más hermosos, el tocado más alto, nada de eso la satisface, es más, se siente más vacía que nunca, y esto se nota cuando le escribe a su madre que su parienta la duquesa de Chartres ha dado a luz en su primer embarazo a un niño muerto: “por muy espantoso que tenga que ser eso, querría por lo menos llegar hasta ahí”. Esto resume la desesperación de María Antonieta de ser madre.

Todo esto, no obstante, habría sido solo una tragedia privada, una desdicha como las que también hoy ocurren a diario detrás de las cerradas puertas de la intimidad. Pero las consecuencias de tal disgusto conyugal se extiende mucha más allá de la vida privada. Marido y mujer son aquí rey y reina; sin evasión se hallan siempre ante el deformante espejo cóncavo de la atención pública. Lo que en otros permanece secreto, alimenta en este caso charlas y murmuraciones. Una corte tan burlona como la francesa no se contenta, naturalmente, con la dolorosa comprobación de la desgracia. Sino que husmea sin cesar en torno a la cuestión de cómo se resarcirá María Antonieta del fracaso de su esposo.

Desde entonces toda la odiosa banda de chismosos no se preocupa más que de  averiguar con quien  engañara a su esposo. Justamente por no poder decirse nada preciso, el honor de la reina cae en frívolos comadreos. Un paseo a caballo con cualquier caballero y ya los desocupados charlatanes le han nombrado amante; una excursión matinal por el parque con damas de la corte y caballeros, y al punto se refieren las orgias más increíbles. Constantemente, el pensamiento de toda la corte está ocupado con la vida amorosa de la desengañada reina: los chismorreos se convierten en canciones, libelos y versos pornográficos.
Primero son las damas de la corte las que se pasan de una a otras, detrás del abanico, esos versillos; después salen zumbando procazmente fuera de la real casa, son impresos y tienen gran éxito entre el pueblo.

depravada y pervertida, aquella gente no puede comprender lo natural, y pronto comienzan los cuchicheos y conversaciones sobre sádicas tendencias de la reina. "con gran liberalidad me han atribuido ambas inclinaciones, hacia las mujeres y hacia los amantes", le escribe, con toda franqueza y alegría, marie antoinette a su madre, bien segura de sus sentimientos; su sinceridad orgullosa desprecia a la corte, a la opinión publica y al mundo entero.

Los aparentes ridículos de las primeras noches y de los primeros años de la vida conyugal dan forma no solo al carácter de ambos esposos, sino que determina la configuración general del mundo. Las consecuencias venideras en esta muchacha de dieciocho años, ya reina, que bromea, sin sospecha alguna, con su marido inepto! Con alegre y palpitante corazoncito y con sus sonrientes y curiosos ojos claros, cree ascender las gradas de un trono, cuando es un patíbulo lo que se alza al término de su vital carrera. Pero aquellos esposos destinados desde su origen a una suerte negra no reciben de los dioses ninguna indicación ni advertencia. Les dejan recorrer su camino, despreocupados y sin presentimientos, y desde el fondo de su propia persona, su destino crece y avanza a su encuentro.

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LA INTENCION DE MARIA TERESA

María Antonieta ve partir a su hermana María Carolina en medio de lágrimas hacia Nápoles, en el fondo de su corazón, sabe que no la volverá a ver, y la tristeza la embarga; mientras tanto su madre tiene otros planes para ella, como política María Teresa sabe todas las mañas, sabe que su peor enemigo es Francia y Prusia, que su subida al trono fue turbulenta y a pesar de los años, necesita el respaldo francés para hacer frente a sus enemigos que la acechan, Francia es potencia con su pedante Rey Luis XV, pero ambos monarcas tienen que consolidar su poder para el futuro de sus dinastías, María Teresa ofrece a su hija menor María Antonieta de 11 años para contraer nupcias con su nieto Luis Augusto Duque de Berry, así sellarían la Alianza Franco - Austriaca que había sido pactada en 1756, ambos tienen casi la misma edad, son unos adolescentes en pleno desarrollo.

El 24 de mayo de 1766 el Embajador francés en Austria le comunica a la Emperatriz: “El rey se ha manifestado en tales términos, que vuestra majestad ya puede considerar el proyecto como asegurado y resuelto”.

María Teresa se desenvuelve como toda una casamentera y hace que lleguen a Paris diversas noticias sobre las cualidades y bondades de la pequeña Princesa Austriaca, abruma a los embajadores con regalos y atenciones con el fin de ganar su favor y haya una petición de mano formal por parte del viejo Luis XV; María Teresa actúa más como Emperatriz que como una madre y como una completa monarca absolutista que no piensa en nada más que acrecentar su poder y el de su dinastía, aun a costa de la felicidad de su hija; María Antonieta se vuelve un peón al igual que sus hermanas en el juego de poder de su madre; a pesar de que su embajador en Paris le advierte: “La naturaleza ha negado todos sus dones al joven Delfín de Francia".

Total que importa la felicidad de un princesita austriaca con tal de que llegue a ser Reina de uno de los reinos más importantes y poderosos del siglo XVIII.

Si bien Luis Augusto, no es atractivo a la vista, su manera de actuar no es agradable, es torpe, tosco, tartamudea, no puede expresarse con claridad, las circunstancias de la vida hicieron que este huérfano se refugiara dentro de sí mismo. Su madre nunca estuvo a su lado y mucho menos su padre, ambos murieron muy jóvenes a causa de la viruela, el no iba a ser el Rey de Francia, su hermano mayor era el destinado pero su muerte prematura empujó al tímido Luis Augusto Duque de Berry a ocupar su lugar. Durante años Luis XV recibe las noticias sobre la Archiduquesa, dejando así en expectativa la respuesta definitiva sobre el matrimonio. María Antonieta tiene ya 13 años, posee una belleza innegable, es alegre, amable y bondadosa por naturaleza, algo indiscreta y no oculta sus sentimientos.

A medida que Toinette crece, más segura se hace la petición de mano, María Teresa que no es nada tonta para asegurar su poder sobre su hija, se acerca más a ella y nota con horror que la futura Reina de Francia no sabe hablar francés!!! Hay que poner énfasis en su educación y mayor severidad, tiene que convertirse en una dama instruida, se contrata a Noverre para la danza y a dos cómicos franceses, para la pronunciación uno y para el canto el otro, lo que provoca que en la corte austriaca empiecen a murmurar, esto llega a oídos del embajador Francés en Austria el Marqués de Durfort; y lo comunica inmediatamente a Francia, cuando llega una misiva a Austria advirtiendo:“Una futura Reina de Francia, no puede ser educada por una patulea de cómicos”.

Apresuradamente se entabla nuevas negociaciones diplomáticas, pues Versalles considera ya como asunto propio la educación de la propuesta novia del delfín, y al cabo de largas discusiones por recomendación del obispo de Orleans, es enviado a Viena como preceptor cierto abate vermond; de su mano poseemos los primeros informes auténticos sobre la archiduquesa de trece años: “ junto con un semblante delicioso, posee todas las innegables gracias en su figura y si cree algo, como es licito esperar, tendrá todos los encantos que se pueden desear en tan alta princesa. Su carácter y su corazón son excelentes”.

Juguetona, distraída, retozona, traviesa, la pequeña María Antonieta, a pesar de su gran facilidad de comprensión, no muestra jamás la menor inclinación a ocuparse de ningún asunto serio: “ tiene más inteligencia de la que se sospecho en ella durante largo tiempo, pero por desgracia, esta inteligencia, hasta los doce años, no ha sido acostumbrada a ninguna concentración. Un poco de dejadez y mucha ligereza me han hecho aun mas difícil el darle lecciones. Comencé durante seis semanas por los fundamentos de las bellas letras; comprendía bien, juzgaba rectamente, pero no podía llevarla a que profundizara en las materias, aunque sentía yo que tenía la capacidad para ello. De este modo comprendí finalmente que solo sería posible educarla distrayéndola al mismo tiempo”.

Casi literalmente, se quejaran de igual modo, diez y hasta veinte años más tarde, todos los hombres de estado que tengan que tratar con ella, de su repugnancia a pensar junto con una gran inteligencia, de su fuga por aburrimiento ante toda conversación seria; ya a los trece años está a la vista todo el peligro de este carácter, que lo puede todo y no quiere nada realmente.

La adolescente Toinette se aburre rápidamente con temas serios, esto no cambiaria mucho con el transcurso de los años, pero qué más da en la corte francesa se aprecia más a las mujeres por su aspecto físico que por su inteligencia. María Antonieta sabe danzar con gracia, es agradable a la vista y eso basta. En 1769 María Teresa supervisa los avances de su hija, la interroga por más de dos horas y queda satisfecha con las respuestas de Toinette. Meses después le comunica que en un futuro no muy lejano será la Reina de Francia.


Luis XV envía una misiva solicitando formalmente la mano de María Antonieta para su nieto Luis Augusto Duque de Berry, Delfín de Francia y propone como fecha de matrimonio la pascua del siguiente año, por fin María Teresa ve su meta cumplida, con esto llegará la paz a su imperio y Europa. Inmediatamente se lo comunica a la corte vienesa y lo mismo sucede en Versalles. Se envían mensajes a todas las casas reales de los Habsburgo y Borbones, se dispone un año entero para los preparativos de la boda. En Versalles y Schönbrunn, la etiqueta y la monería del siglo XVIII es tan extravagante, una vanidad hecha por los cortesanos. Todas las casas reales europeas más importantes son invitadas al evento del año, un heredero de Francia se unirá a una Archiduquesa de Austria. Empiezan a barajarse diversos nombres sobre los participantes secundarios en esta espectacular puesta en escena, diversos nobles y plebeyos quieren participar del cortejo nupcial, lavanderas, peluqueros, caballeros, damas, todos quien presenciar el tan esperado evento.

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